Medicina natural y tradicional
Eduardo Freyre Roach (Cuba), Universidad Agraria de La Habana
Medicina y profesiones de la salud
La exclusión de la medicina tradicional por la Modernidad. Hasta no hace mucho tiempo eran rechazadas prácticas médicas catalogadas, estigmatizadas y ridiculizadas como no científicas o seudocientíficas: la medicina herbaria tradicional, la acupuntura, la homeopatía, la terapia parapsicológica o “psi”, la moxibustión, la energía piramidal, y otras. Para marginar y excluir al saber médico natural y tradicional, se invocaron tanto razones epistemológicas y científicas como éticas. Existe un amplio consenso acerca de que la medicina moderna se impuso y desplazó a la medicina natural y tradicional no siempre demostrando superioridad terapéutica, sino gracias a presiones políticas de colonizadores y neocolonizadores, hecho particularmente relevante en América Latina, y a presiones religiosas y económicas. La supresión violenta de la medicina natural y tradicional interrumpió su desarrollo, y con ello su compromiso con la salud de una gran parte de la población humana que, como sabemos, depende ancestralmente de la misma. No es difícil darse cuenta que muchos de estos hechos comprometen el respeto en la bioética no solo de los supuestos de beneficencia y autonomía, sino y sobre todo a la justicia en la atención y el cuidado de la salud. La irrupción en los últimos tiempos de los movimientos sociales indigenistas, campesinos, feministas y ecologistas, consolidó toda una ola de recuperación e introducción de la medicina natural y tradicional en la salud pública. Esto se conjugó con el ambiente filosófico anticientificista que se respira en nuestros tiempos.
La inclusión de la medicina tradicional en los sistemas de salud. Los sistemas actuales de salud incorporan las prácticas de medicina natural y tradicional sobre la base de la comprobación científica de la eficacia terapéutica de las mismas. Empero, se plantea la cuestión bioética de si un médico puede recetar un procedimiento natural y tradicional en ausencia de la demostración científica de su inocuidad o posibles efectos iatrogénicos.
Hoy se sabe que en muchos casos la eficacia de los fármacos tradicionales depende de la creencia mítico-religiosa de los pacientes y la comunidad. En todo tratamiento, sea tradicional o convencional, está involucrada de una u otra forma la predisposición de los implicados. Así lo ejemplifica muy bien el caso de la entonación de un canto indígena para asistir a un parto difícil, sin administración de remedios y sin que el asistente toque a la parturienta. En términos modernos, este tipo de asistencia tiende a llamarse especie de ‘cura psicológica’ o ‘terapia psi’ (Strauss, 1987). Es importante tomar en cuenta que muchas de las estrategias naturales y tradicionales han sufrido afectaciones, debido precisamente a las improntas de la historia colonial e imperialista. Su estudio científico es de crucial importancia para recuperar o potenciar su efectividad. El diálogo de saberes que presuponen estas iniciativas adquiere una connotación ética. Este es el caso de un programa que desde los años noventa la Organización Mundial de la Salud lleva a cabo, consistente en el adiestramiento de parteras tradicionales en aquellos contextos donde es limitado el acceso a servicios médicos con tecnologías de punta o de avanzada. Con ello se garantiza, no solo más eficacia, sino también la posibilidad de que demandas de asistencia al parto a una escala masiva poblacional mayor sean satisfechas (OMS, 1992). Una iniciativa similar se reporta en Chiapas, México, donde rezadores, hueseros, culebreros y mujeres parteras indígenas coordinan acciones de rescate y aplicación del saber médico tradicional en los marcos del Consejo de Organizaciones de Médicos y Parteras Indígenas Tradicionales (Compitch). Es posible que la asistencia chamanística a un parto difícil no sea exitosa en el caso de una mujer educada en la tradición moderna. Y eso mismo acontecería con una parturienta indígena si es atendida en una sala equipada con tecnología de punta. Con ello no se quiere decir que, para asumir desafíos bioéticos consecuentes y coherentes, tengamos que sobrestimar o subestimar el alcance de ambas prácticas.
La investigación sobre medicinas tradicionales. Hoy sabemos que la investigación en estos recursos no convencionales representa una línea importante de desarrollo de la medicina actual. Por ejemplo, muchas de estas prácticas, como la acupuntura, exigen un enfoque más particular acerca del paciente, lo cual a veces el tratamiento convencional no tiene en cuenta, sobre todo cuando se aferra de manera dogmática y desmedida al dato susceptible de generalización, medición y cálculo estadístico. El caso de la homeopatía también es ilustrador, y en virtud de ello plantea serios problemas éticos. Como se conoce, además de basar el tratamiento en disposiciones psíquico-espirituales de los pacientes, el médico homeópata elabora por sí
mismo el fármaco, de manera que resulta un fármaco particular para un enfermo particular, por no hablar de que sus búsquedas han de hacerse en buena medida a partir de la experimentación de una determinada sustancia en personas sanas o animales sanos. Si aceptamos actuar bajo el marco del respeto a la autonomía y la solicitud de consentimiento, entonces las instituciones de salud tendrían que aceptar que los homeópatas puedan aplicar procedimientos no aceptados por la medicina convencional. Se han registrado casos en que un médico, que comparte la tradición científica y la religiosa, se encuentra en el dilema moral de si debe recetar o no un fármaco tradicional y permitir la realización de una ceremonia religiosa, estando él en la institución médica como responsable del cuidado del paciente. Algunos médicos deciden obrar en favor de esto amparados por su experiencia tradicional y, por supuesto, considerando la eficacia peculiar de las prácticas terapéuticas tradicionales. Eso compromete el consenso ético profesional e institucional.
Sin embargo, por lo general, está muy arraigada la idea de que los procedimientos se intercomplementan. Este hecho minimiza las tensiones éticas posibles de ocurrir cuando se aplican dos procedimientos al mismo tiempo. Si se trata de tomar en serio la no-maleficencia, entonces es necesario prestar mucha atención al hecho de que si bien un fármaco tradicional puede reportar un beneficio, pudiera también a corto, mediano o largo plazo acarrear un perjuicio. No raras veces sucede que el afán de hacer el bien seduce tanto, que se olvida la posibilidad implícita en el supuesto bien de provocar males mayores. Por supuesto, esto vale también para la generación y transferencia de tecnologías biomédicas convencionales. En ambos casos puede ocurrir que los esfuerzos por demostrar las bondades de un fármaco sean mayores que los empleados en demostrar sus potencialidades, daños o contraindicaciones. En cuanto a la justicia, es necesario considerar los costos de investigación y el uso de esos llamados fármacos tradicionales pues, como se sabe, en ocasiones resulta muy caro conocer y extraer de las plantas el principio farmacológico activo. La promoción de un fármaco de tal índole pudiera ser menos costosa que la de un fármaco convencional. Es más, es posible que en algunos casos la disponibilidad de un fármaco natural coadyuve a minimizar el costo de importación de fármacos convencionales. Cabe reiterar que la opción de estimular el estudio y uso de la medicina tradicional natural es justa, también, porque amplía las posibilidades de tratamiento a nivel masivo. Esto exigiría incluso una participación ciudadana más activa en la atención a la salud, lo cual contribuiría al desarrollo de un metadiscurso médico que armonice las narrativas
tradicionales y modernas, la cultura médica popular y la cultura médica profesional.
Propiedad y comercialización del saber tradicional. Las cuestiones bioéticas que se debaten en torno a la medicina natural y tradicional trascienden la relación médico-paciente. Este es el caso en que la recuperación del saber médico natural y tradicional de los pueblos indígenas adopta la forma de usurpación de ese patrimonio. Así se ha reportado el tráfico ilegal de especies medicinales desde las selvas tropicales latinoamericanas, y desde diversos territorios africanos y asiáticos, hacia los mercados norteamericanos y europeos. La ONU, otros organismos internacionales y numerosas ONG han denunciado tales actos. Así sucedió en el caso de la Hoodia y la Tricocaulon, dos especies de plantas africanas que se utilizan para aplacar la sed y el apetito. La empresa británica Phytopharm reclamó derechos monopólicos sobre el uso de los agentes inhibidores derivados de estas plantas, sin contemplar beneficio alguno para los poseedores originales de ese conocimiento. Ocurrió asimismo en el caso de la cúrcuma (Curcuma longa), especie que los hindúes han empleado tradicionalmente en el tratamiento de torceduras y desgarramientos musculares, esguinces, inflamaciones y para la curación de heridas. Dos científicos de Estados Unidos buscaron obtener la patente sobre el uso de esta especie para tratar heridas externas, pero la solicitud fue rechazada. De no haber sido así, las empresas hindúes no hubiesen podido vender cúrcuma y hubiese sido ilegal su venta en la propia India. Esto había pasado también en la India con el árbol de Nim, que la compañía W. R. Grace buscó comercializar haciendo que las comunidades que ancestralmente lo utilizaban no tuvieran posibilidades de adquirir ese recurso tradicional que les pertenecía.
Medicina tradicional y derechos de propiedad en América Latina. En América Latina esto ha sucedido en varias ocasiones. La etnobióloga Constanza Larrota considera que hay empresas multinacionales que extraen cada año de los bosques húmedos tropicales del Pacífico colombiano un número no precisado de especies de plantas medicinales, valiéndose en algunos casos de científicos nacionales, a los que calificó de mulas (correos) de los laboratorios. Según afirma, una tercera parte de todas las recetas médicas formuladas en el mundo contienen ingredientes activos derivados de las plantas, y más de tres mil antibióticos tienen su materia prima en bacterias de bosques tropicales húmedos, como los del Chocó (noroeste de Colombia). Esto debiera suponer proyectos de bioprospección y acuerdos adecuados entre países, con transparencia, responsabilidad y participación comunitaria en los mismos.
Sin embargo, los intereses comerciales, el afán de lucro y ganancias, y las injusticias asociadas, han derivado en la denominada “biopiratería”. Este fue el caso del consorcio farmacéutico multinacional Merck Sharp & Dhome que en 1991 cerró un contrato con el Instituto Nacional de Biodiversidad de Costa Rica (INBio) por el cual a ambas entidades, sin contar con el consentimiento de los indígenas, se les otorgaron derechos sobre la biodiversidad de un 30% de la superficie nacional. Detrás de este contrato se escondía la usurpación, privatización, conversión en mercancía y comercialización del conocimiento indígena medicinal (Milborn, 2002). INBio, asociación privada creada en 1989, debía proveer diez mil muestras de plantas, animales y suelo a Merck, el cual tendría los derechos exclusivos para el estudio de estas muestras durante dos años y conservaría las patentes de cualquier medicamento desarrollado utilizando las mismas. Como contraparte, Merck pagaría al Instituto un millón de dólares más ciento treinta mil dólares adicionales para su equipamiento, y las royalties (calculadas en un 2-3%) de las ganancias por cualquier medicamento desarrollado a partir de las muestras. Las ganancias de INBio resultarían mayores cuando se tratara de la identificación de plantas curativas, aunque solo una mínima parte de ello se pagaría a los taxónomos indígenas conocedores de las mismas (RAFI, 2001). En ese y en otros casos el papel de los organismos no gubernamentales ha sido muy importante para difundir información que no se hace pública. Genetic Resources Action International (Grain) es uno de esos organismos que han reportado un número importante de incidentes de biopiratería que suelen ocurrir en nuestra región. Sucedió con el llamado tepezcohuite o “árbol de la piel” (Mimosa tenuiflora), especie muy difundida en Chiapas, México, que posee la propiedad de curar lesiones cutáneas y quemaduras, y cuyo polvo obtenido de la corteza tostada del árbol y principio activo medicinal fue patentado en los Estados Unidos. De ese modo, todo el polvo producido con métodos tradicionales y comercializado constituye una violación de los derechos de patentes y los lugareños tienen que competir por el acceso al árbol con quienes lo comercializan. Cabe citar el caso de la ayahuasca o yagé (Banisteriopsis caapi), al que las poblaciones del Amazonas ecuatoriano han dado un uso medicinal y ceremonial. Un ciudadano estadounidense reivindicó haber descubierto una nueva variedad de esta especie. Su solicitud fue anulada, pues se descubrió que esta variedad había sido domesticada por los pueblos indígenas de la región. Por lo general, quienes se oponen a los contratos de bioprospección argumentan que la gran promesa para la humanidad de encontrar remedios a enfermedades pasa por la pérdida de
control de sus recursos por parte de las comunidades indígenas (Carlsen, 2002). El Convenio de Biodiversidad, lanzado en la Cumbre de la Tierra de 1992, que sugiere la participación justa y equitativa en los beneficios de la biodiversidad, lamentablemente se ve comprometido por esos actos de biopiratería sobre el patrimonio de la medicina natural y tradicional de los pueblos (Montesinos y Vicente, 2005). Las llamadas bibliotecas genéticas terminan convirtiéndose en casinos biotecnológicos, donde se apuesta con los conocimientos medicinales que han sido usurpados a los médicos naturales y tradicionales indígenas (Valdez, 2005). La medicina natural y tradicional ha sido afectada por las políticas que dieron preponderancia a la medicina sustentada en las ciencias modernas. La recuperación de ese conocimiento plantea múltiples problemas bioéticos, que giran en torno no sólo a su utilización masiva en los sistemas modernos de salud pública y en el contexto de la relación médico-paciente, sino también a los conflictos que genera el patentamiento y la comercialización transnacional del patrimonio genético y el saber natural y tradicional de los pueblos.
Referencias L. Carlsen. “El corredor biológico mesoamericano: la nueva inserción de la biodiversidad en el mercado global”, en C. Heineke, La vida en venta: transgénicos, patentes y biodiversidad, El Salvador, Ediciones Heinrich Boll, 2002. - C. Milborn. “Privatizando la vida, diversidad biológica, biopiratería y propiedad intelectual”, en C. Heineke, La vida en venta: transgénicos, patentes y biodiversidad, El Salvador, Ediciones Heinrich Boll, 2002. - C. Montesinos y C. Vicente, “Naturaleza, conocimiento y sabiduría”, en ¿Un mundo patentado? La privatización de la vida y el conocimiento, El Salvador, Fundación Heinrich Boll, 2005. - OMS, Adiestramiento de parteras tradicionales, Roma, 1992. - A. Valdez. “Conocimiento tradicional, la experiencia de los médicos tradicionales y parteras de Chiapas”, en ¿Un mundo patentado? La privatización de la vida y el conocimiento, El Salvador, Fundación Heinrich Boll, 2005. - RAFI-Rural Advancement Foundation International, Bioprospecting /Biopiracy and indigenous peoples, 31 de octubre de 2001 (RAFI se convirtió en el Action Group on Erosion, Technology and Concentration, ETCGroup www.etcgroup.org).
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