La experiencia del cuerpo propio
María de la Luz Casas Martínez (México), Facultad de Medicina de la Universidad Panamericana
Cuerpo humano
El desarrollo biotecnológico y la noción de cuerpo humano. Ante los avances biotecnológicos actuales, las acciones médicas sobre el sustrato corpóreo humano suscitan admiración y misterio, ya que agudizan la problemática tradicional entre lo natural y lo artificial, pues se dicotomiza lo creado con tecnología al ser aplicado al hombre. Lo biotecnológico tiende en ocasiones a cerrar el círculo natura-cultura, haciendo difícil definir sus tradicionales límites; en otras, a potenciar su diferencia. El cuerpo humano, considerado tradicionalmente lugar simbólico, donde el hombre proyecta las diversas visiones de sí mismo, se ha convertido en el lugar físico de las decisiones
extremas y ahora es un novedoso campo de expresión de la libertad humana concretada en las diversas opciones sobre el mismo que, rebasando los actos terapéuticos, lo sitúan en el ámbito perfectivo y de opciones personales, alejando cada vez más de la consideración de lo humano la idea de necesidad y carencia. Así, la combinación de las interacciones entre una epistemología predominantemente experimental, la evolución de la tecnomedicina, la idea dualista del cuerpo, las reglas del mercado, por una parte, una visión social contemporánea orientada a los derechos humanos, por otra, con acento en el individualismo, han producido efectos imprevisibles en la actual visión de la persona sobre su cuerpo. De hecho estas ideas, a veces contrapuestas, han visto el cuerpo humano desde perspectivas diferentes, como sujeto y objeto, como todo y partes, como fuera y dentro del mercado. Tal situación reclama de la bioética acciones resolutivas, pero su planteamiento suscita, a la vez, resistencia y perplejidad, ya que los estudiosos están ante situaciones inéditas cuyas consecuencias se enmarcan en un ambiente de incertidumbre. En definitiva, los cambios socioculturales de los últimos siglos han modificado los conceptos de libertad, responsabilidad, pluralidad y tolerancia, lo cual ha contribuido a diversificar las ideas de la representación del cuerpo por la persona. Estos cambios inciden y modifican el paradigma de actuación en las áreas de salud. Por estas razones, la reflexión sobre el cuerpo humano constituye un aspecto fundamental de la filosofía contemporánea, sobre todo en el área bioética. En la actualidad se presentan muchas opciones y filosofías sustentantes que encuentran una realidad escindida: aborto, eutanasia, eugenesia, manipulación embrionaria, reproducción asistida, clonación, transgénesis perfectiva y decisiones de fin de vida, son algunos de los problemas que inciden y hacen urgente la elaboración de una idea clara y coherente del significado de la experiencia del cuerpo propio, así como de las posibles opciones que sobre él puedan ser realizadas con aval legal y ético.
Visiones sobre el cuerpo propio. ¿Cómo formula el sujeto la experiencia del cuerpo como propio? Del concepto antropológico sobre la propiedad del cuerpo se derivan diversas posibilidades de actuación ética y legal sobre el mismo. ¿Quién tiene derecho y qué derechos se tienen sobre el cuerpo propio? Para contestar estas preguntas puede hacerse referencia a dos componentes fundamentales. Por una parte, el hecho de la existencia corpórea: ¿Es el cuerpo mío o yo soy el cuerpo? Por la otra, el significado humano del cuerpo: ¿Experimentar mi cuerpo tiene un significado específico en mi especie? En el primer componente, la existencia corpórea se explica
por diversas teorías filosóficas que apuntan a formas diversas de interacción cuerpo-espíritu. Estas interpretaciones se mueven en torno al problema ¿cómo interactúa el hombre con su cuerpo?, lo cual se explica a través de varias ideas: a) La platónica, dualista, que señala la primacía del espíritu sobre la materia; unidos ambos sólo exteriormente durante la vida humana. Desde esta postura, el cuerpo concebido como materia es solamente un vehículo para el espíritu, verdadero valor de la persona. b) La aristotélico-tomista, que acentúa la estructura ontológica, donde materia y forma espiritual configuran una unidad sustancial e inseparable. Su representante es la postura hilemórfica de Aristóteles. Tomando en cuenta estas premisas, cuerpo y espíritu actúan inseparablemente y ambos elementos poseen un valor específico para la persona. c) La racionalista, basada en Descartes, constituye una postura dualista a través de una radical división entre cuerpo y conciencia; el hombre se identifica en especial con el último componente. d) La mecanicista, la cual considera que el ser humano es solo materia. Aduce que la conciencia es producto mecánico de la mente, considerada también manifestación de la materia. Se trata pues, de una idea monista, materialista. La existencia de procesos espirituales se identifica con las funciones de la mente.
Significados, atributos y expectativas sobre el cuerpo propio. Desde estas diversas visiones se aprecia que el cuerpo propio posee diversos significados, atributos y expectativas. Así, la perspectiva materialista, en su justificación, partirá de una postura inmanentista del hacer con el cuerpo. Ya que la materia solamente existe en un mundo semejante, no existen compromisos espirituales después de la muerte. Los actos de expectativa humanitaria se valoran en el hoy y ahora de la temporalidad material. En cambio, para las posturas que tienen en cuenta la existencia del espíritu, las realidades de actuación pueden ser ampliadas hasta la vida después de la muerte. Ambas posiciones implican profundas diferencias en la consideración ética ante el sufrimiento, la carencia y la muerte. Pero en la toma de decisiones sobre el cuerpo como propio no solamente intervienen las ideas enunciadas, sino que además se combinan con la percepción del cuerpo como propiedad. En la sociedad actual predomina la idea que, basada en la autonomía, el cuerpo es propiedad de la persona. Aunque este pensamiento es justificable, no es del todo preciso, ya que el sujeto como ser libre experimenta en diversos momentos el cuerpo como propio y a la vez como ajeno. Desde la visión fenomenológica, es posible afirmar que la experiencia del cuerpo propio se identifica con los actos humanos. Ante ellos es fácil percatarse de la unidad
cuerpo-espíritu, pues el ámbito corpóreo es evidente y lo son también las funciones de la psiqué que rebasan los postulados científicos materiales. En la experiencia humana, los actos siempre son corpóreos porque se realizan en el ámbito espacial y temporal, o si se prefiere, existe una cualidad de duración y extensión en los actos corpóreos. Pero las funciones de la mente no son espaciales, sino incorpóreas; se aprecia en ellas un ámbito inmaterial y, como son experimentadas por la misma persona, aparece en esta una doble presencia de materia y no materia. El sujeto dice: yo pienso, yo amo, ambos actos inmateriales e incuantificables. De la misma forma puede afirmar: yo camino, yo hablo. Y en ambos casos es el mismo hombre.
Materialidad y espiritualidad del cuerpo propio. En términos generales, filosóficamente hablando, podemos señalar a los actos no materiales como espirituales. Es posible utilizar el término corporeidad para designar al cuerpo humano vivo, ser material-espiritual. Pasaremos entonces a una segunda reflexión. Aunque los actos materiales y espirituales suceden en la misma persona, se experimenta en la práctica una tensión entre cuerpo y espíritu. El sujeto reconoce la existencia de ambas entidades, la interacción, pero a la vez la disyunción de los componentes. El cuerpo aparece como mío en el acto libre, sea físico o mental, pero a la vez la persona vive los límites de su acción voluntaria sobre el cuerpo ante aquello que se escapa al ejercicio de su arbitrio: la experiencia de la enfermedad, la vejez, la limitación física o mental y la muerte. El humano es el propio cuerpo; sin embargo, tiene cuerpo, porque no lo posee nunca perfectamente. En ocasiones, la mente ordena y el cuerpo no responde; en otras, el cuerpo actúa y la mente no puede controlarlo. Estas experiencias dan sentido específico al cuerpo como propio y a la vez ajeno, de una corporeidad, espíritu y materia unidos positivamente y a la vez en tensión constante. Esta tensión, que permite la identificación-no identificación cuerpo-espíritu, conforma entonces al ser humano como una unidad-dual, ser uno y a la vez no ser sólo uno. Desde esta perspectiva, la vivencia del cuerpo como propio no significa propiedad. La postura kantiana ha otorgado un especial significado al cuerpo vivo como persona y no como cosa. Para Emmanuel Kant: “El hombre no puede disponer de sí mismo porque no es una cosa; no es su propiedad; decir eso sería contradictorio; ya que si es una persona es un sujeto en donde se inviste la propiedad, y si él fuera su propiedad, sería una cosa, sobre la que tiene propiedad”. Por ello un hombre no es su propio dueño, dispone del cuerpo mientras vive, y solamente en sentido beneficente. Nadie tiene derecho de dañarse o dañar a los demás. No hay un derecho irrestricto del hombre sobre su cuerpo. En bioética, esta teoría es
la base actual de la gratuidad de los trasplantes entre humanos y de la prohibición de la comercialización de los órganos y del genoma, así como de la jerarquización del principio de beneficencia en los actos médicos. En esta teoría se aprecia con claridad el hecho señalado anteriormente: somos el cuerpo, pero rebasamos la materia a través del concepto de dignidad de la persona. El cuerpo humano no es un simple objeto, sino un ser corporal que se expresa humanamente, porque está configurado intrínsecamente en forma espiritual. El ser humano es en sí un símbolo, en forma más específica por las funciones del espíritu, pensamiento, voluntad, libertad, que a la vez son funciones del cuerpo, porque el cuerpo no es sólo vehículo, sino compuesto del ser humano. Para MerleauPonty, el cuerpo humano está impregnado del significado espiritual de la persona, y solamente si es comprendido en totalidad podrá actuarse éticamente frente a él.
Significados del cuerpo propio. ¿Cuál es el significado del cuerpo propio? Lo importante del cuerpo vivo y propio es que sus actos poseen significado y expresión específicos: los de la humanidad. Muchos autores, en especial fenomenológicos, han descrito estos significados del cuerpo. En su forma relacional se refieren específicamente a la persona, quien vive su propia existencia a través del cuerpo y a través de él se expresa a los demás hombres. El cuerpo es presencia en el mundo, el lugar de comunicación con el otro, el origen de la instrumentalidad y la cultura. La expresión del cuerpo y sus funciones están llenas de simbolismo y de intención en el humano, que implican no solo una actitud mental psicológica, sino una intención valorativa, que en el aspecto positivo hace la diferencia con la conducta animal: la conducta humana es humanizadora. Ante la consideración del ser humano vivo, como corporeidad, el significado del cuerpo humano es múltiple en su expresión y ejemplifica un ser único. El cuerpo se manifiesta en: a) un significado personal: Yo, en mi existencia; b) un significado comunitario: ser con y para los demás; c) un significado trascendente: yo, como humanizador y transformador del mundo. El ser humano, ser en el mundo, ser social, experimenta la relación con los demás a través de la responsabilidad. Debemos algo a quienes nos precedieron, y tenemos responsabilidades para quienes nos sucederán; la vida es una liga moral. Las acciones sobre nuestro cuerpo tienen implicaciones sociales, como sucede con algunas prácticas de la moderna medicina: tecnología reproductiva, cirugía cosmética, trasplantes y genética, entre otras. Por ello, la persona no puede actuar solamente bajo decisiones de una autonomía solipsista, sin considerar la justicia. El concepto de autonomía ilimitada de la persona sobre su cuerpo
queda truncada por la propia experiencia de la vida limitada ante los demás y ante sí mismo. El movimiento de la mano, la visión, la articulación de sonidos, tienen un significado específico: la expresión hacia el otro, la apreciación de la belleza, el lenguaje. No vive sus actos la persona en un mero automatismo, una causa-efecto meramente biológica. Existe, detrás de la mayoría de las acciones humanas, una intención y un significado personal, esto es, individual y a la vez intersubjetivo. No es el ojo el que ve, sino que yo veo a través del ojo; yo interpreto, yo razono, me emociono, a través de lo que el ojo capta, y yo envuelvo esas aferencias en una serie de correlaciones y memorias con significado personal. Las percepciones corporales se vuelven sensaciones y emociones con carga psicológica, se vuelven parte de mí, de mi sistema de recuerdos, de lo que soy yo como una construcción histórica de encuentros con significados, y estos a su vez son ligas de intercomunicación con los demás y el entorno. Estos significados, elaborados a partir de las sensaciones, son propios, internos, pero a la vez, poseen un marco comunicable a los demás, poseen una coherencia con el sistema de interpretación humana. Mis vivencias pueden ser comunicadas, aunque nunca totalmente; son mías, propias, intransferibles, pero en gran parte comunicables. Esa posibilidad y esa carencia son la base de la potencialidad y el obstáculo de la relación humana. Mis sentimientos son, en gran parte, imposibles de vivir plenamente por el otro, pero no hasta el grado de no poder ser captados en sentido empático por quienes desean comprenderlos. En consecuencia, los sentimientos más profundos son un misterio, como señala Marcel, y ese misterio a su vez provoca una necesidad de comunicación, nunca satisfecha, pero siempre presente, que alimenta la necesidad de tratar de continuar en la búsqueda de una mejor intercomunicación humana. Diego Gracia aporta otra parte de la visión del cuerpo como propio: El cuerpo es siempre ‘mi’ cuerpo, se identifica conmigo, con mi personalidad e identidad, con el yo, es el instrumento donde realizo mis proyectos, y se define por principios como el de autonomía. Pero al mismo tiempo, posee una intransferible dimensión genética y social. Pertenece a la especie y solo tiene sentido en la dimensión de los seres humanos, opuesta a la dimensión individualista. Los actos que realizo con mi cuerpo tienen una repercusión social, una liga de responsabilidad. Es también cierto que uno puede aceptar su corporeidad o rebelarse ante ella. Aceptar posibilidades y límites individuales, significados y responsabilidades que se ejercen con y a través del cuerpo. Pero habrá que aceptar en gran parte que el propio cuerpo es una determinación y una relativa libertad. La libertad, aunque limitada, posibilita
desarrollos diversos que inciden en la corporeidad como un todo. El ser humano es acto y proyecto; hay una dimensión dialéctica entre la situación y el proyecto que está más allá del aquí y el ahora. Por mi proyecto trasciendo, y ello incluye la corporeidad; no puedo trascender sin mi cuerpo. Esto significa que el ser humano puede trabajar un proyecto de corporeidad sin negar sus límites, ni desconocer sus posibilidades. La corporeidad se vive, pero se comprende en forma ambigua, se experimenta en parte como instrumento, porque a través de él se realizan los actos que la interioridad planea. Esto resulta reduccionista en la reflexión kantiana, porque sería como tomarse a sí mismo como medio y no como fin. Marcel ya lo señalaba: “... esta comunidad es indivisible, yo no puedo decir legítimamente: yo y mi cuerpo. La dificultad radica en que pienso mi relación con mi cuerpo por analogía a mi relación con mis instrumentos”.
Cuerpo y corporeidad. En gran parte, la biología ha contribuido a una visión instrumentalizada de la corporeidad. Por esta visión mecanicista, la persona considera que las funciones de la mente y el cuerpo se basan en la concepción dualista. Es verdad que el cerebro realiza las funciones de la mente, pero esto sucede porque la mente y la materia están juntas en ese concepto llamado persona o corporeidad. La relación con el ser humano no puede ser nunca sujeto-objeto; el cuerpo humano jamás es solo objeto, y no existe relación con un sujeto sin cuerpo. La experiencia inmediata no me hace ver el cuerpo como una cosa objetiva, identificable y confundible con otras cosas objetivas. Lo propio de las cosas es la exterioridad respecto a la persona humana, la posibilidad de disponer y de deshacerse de algo. Pues bien, no puedo tratar el cuerpo lo mismo que a una cosa objetiva. No puedo deshacerme de él. Lo puedo observar y mirar de algún modo, pero solo en la medida en que al mismo tiempo lo considero idéntico conmigo mismo. Para Marcel, hay que decir más bien que yo soy mi cuerpo, que soy corpóreo. También es posible que el hombre corpóreo pueda ser considerado desde dos aspectos diversos: como cuerpo orgánico y como cuerpo humano. El aspecto corpóreo orgánico de la persona es vivido indiscutiblemente en la pertenencia al mundo de los vivientes. Desde este punto de vista, pueden encontrarse en el hombre todos los aspectos objetivos que se encuentran en otros mamíferos, y ser descritos por las ciencias de la naturaleza, pero existe otro componente inseparable: el no material. Por este último el cuerpo humano vivo otorga la posibilidad de realización de la libertad y la interpretación del mundo; por tanto, la posibilidad de ejercer nuestros deberes morales, y por ello, la corporeidad, debe respetarse. El cuerpo como propio es la vivencia de la realización de la persona, su sentido
humano en diálogo con los demás. En la práctica, las decisiones sobre aborto, eutanasia, tecnología reproductiva, manipulación genética, neuropsicofisiología de las funciones mente-cuerpo, entre otras, son problemas bioéticos ligados a la vivencia del cuerpo como propio, esto es, de la corporeidad.
Referencias Immanuel Kant [1785]. Grundlegung zur metaphysik der sitten, Hrsg. von Karl Vorlander, Hamburg, 3a ed., Meiner, 1957. - Maurice Merleau-Ponty. Phénoménologie de la perception, Paris, Gallimard, 1945. - Gabriel Marcel. Le mystère de l’être, 2 vols. Paris, Aubier, 1951.
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