Globalización y mercado de la alimentación
Jorge Eduardo Rulli (Argentina), Grupo de Reflexión Rural (GRR)
Globalización
El modelo agroexportador y el rol de país forrajero configuran la nueva situación colonial en el capitalismo global. Ejemplos pueden hallarse en toda América Latina: hambre en países productores de alimentos, represión a los productores, exportación creciente de productos transformados mediante la biotecnología, para lograr aumento de divisas y dependencia del modelo de agronegocios. La lógica del modelo es el aumento constante de las exportaciones; crecimiento que va en desmedro de la producción de alimentos. Las consecuencias son inmensos territorios vaciados de sus poblaciones rurales, pueblos que desaparecen, pequeños productores que deben dejar sus tierras o hipotecarlas debido a su dependencia de insumos, semillas OGM, herbicidas, maquinarias de siembra directa y, sobre todo, hambre para las poblaciones, ya que la alimentación comienza a depender del mercado internacional manejado por intereses globalizados.
El discurso verde. Los discursos de sustentabilidad social y ambiental, que fueran parte del arsenal de denuncias de las organizaciones de la sociedad civil, son cooptados por las corporaciones que pretenden investirse de nuevas responsables con la complicidad de ONG que exhiben como progreso las mitigaciones o morigeraciones de
impactos que se prometen. El discurso hegemónico tiene marcos precisos y estrategias efectivas; por ejemplo, confundir la violencia, que siempre es un hecho cultural, con la agresividad que es propia y característica del espíritu del hombre. Se reclama el respeto a las reglas y la moderación en el discurso mediante la aceptación de protocolos del consenso que no dan posibilidades para la propia identificación ni permiten la manifestación suficiente y previa de las diferencias. De ese modo, se produce una transmutación del enemigo en adversario, y de los combatientes en aquello que combatían. La visión del capitalismo globalizado impone la regla de diluir las antinomias e intercambiar los roles de los opuestos. Un ejemplo claro es el uso cooptado del concepto de sustentabilidad con el que se producen verdades aparentes sin mayores consecuencias. El discurso hegemónico trata de imponer una mirada en la que ya no hay verdades básicas ni fundamentos de verdades últimas, de modo que queda sin sustento la identidad y por consiguiente la posibilidad de definir al otro como diferente, llámese enemigo o como se lo quiera llamar. La construcción del modelo se basa en generar sentidos comunes a la subjetividad creada por el neoliberalismo. Una vez que se ha construido ese sentido común, la dificultad de deconstruirlo y de construir otro sentido alternativo requiere un esfuerzo titánico.
La resistencia crece. Sin embargo, y más allá de los discursos, la violencia está vigente como nunca jamás en la historia; además, se ha globalizado. Pero ¿acaso son la agresividad y la violencia parteras de la historia?, ¿acaso no son la estrategia que permite romper o desbordar los modelos impuestos que se reproducían a sí mismos intentando perpetuarse? Rodolfo Kusch, cuando habla de América profunda, refiere siempre a un imaginario de magma y a un abismo impensable, horrible y hediondo que oficia como caos creador del inconsciente y de las fuerzas colectivas ligadas a la tierra por lo fundante del pensamiento, por el arraigo, por la tradición y la cultura. Sobre ese magma social y de pensamiento popular se enfría una capa leve de lava sobre la cual ejercemos nuestra precaria racionalidad y nuestras certezas sobre el mundo de los objetos. A veces esa capa es tan fuerte que nos hace olvidar que debajo subyace un abismo y en el escenario en que construimos el propio universo casi nos dejamos convencer sobre la inexistencia de la muerte y la existencia en cambio de un progreso ilimitado; otras veces la capa leve se fractura y nos caemos en lo hondo; en ocasiones el magma estalla y es preciso reformular ideas y el orden social. Después de cada estallido cambian las correlaciones de fuerzas. Sin embargo, hay un modelo que se impone cada vez más: aquel en que el grueso de las cadenas de la
producción, de la comercialización y la exportación pasa a manos del dominio transnacional. Se agregan a este modelo intensas políticas sociales: para paliar la pobreza, para fomentar microemprendimientos, para la atención a la salud, etc., que en realidad no buscan resolver el tema de la exclusión y del hambre, sino perpetuarlo y contenerlo para evitar nuevos estallidos. Nos encontramos así con que las zonas de extrema pobreza, marginalidad y desocupación son también zonas donde el capitalismo globalizado explora nuevos modos de manipulación y de clientelismo. Juegan un papel muy importante en esto los multimedios oligopólicos haciendo estragos sobre la idea que los excluidos tienen de sí mismos. También, el uso del poder político se asocia muy frecuentemente al de las bandas de narcotraficantes, las policías de “gatillo fácil” y de los punteros políticos. Resulta al menos arriesgado imaginar que de esas zonas pueda surgir el nuevo sujeto emancipatorio.
Rol de las empresas transnacionales. No se puede ignorar el poder de estas empresas que afecta a todos los órdenes de la vida de la gente. Cuando en plena ofensiva de estas empresas se acepta la discusión de los problemas, como lo hacen algunas organizaciones ambientalistas, se da por supuesto que de parte de esas organizaciones existe capacidad de negociar, es decir la certeza de disponer del poder suficiente para ello. Sin embargo, cuando de hecho se enfrenta en las mesas de negociación el poder de unas con el de las otras, el resultado suele ser, por estas últimas, aceptar y sumarse a la estrategia empresarial con la esperanza de negociar algunos límites a sus ofensivas y acotar el daño que se considera inevitable. Pero no debemos olvidar que estas empresas necesitan ver legitimado su modelo por la gente y los intelectuales, así como que se interiorice el neocolonialismo hasta el punto que sea asumido como una nueva identidad: la identidad de los hombres del consenso en el nuevo orden neocolonial. Necesitan preservar sus estrategias de mercadeo global y recurren a la cooptación de ciertas ONG y a la información proveniente de ciertas consultoras prestigiadas para evitar las posibles crisis sociales y la conciencia de los colapsos ambientales que generan sus negocios.
La sustentabilidad. Para comprender el uso de discursos ambientales para propósitos de dominio económico, podemos tomar el caso de la soja en Argentina. Este país viene acrecentando su producción de soja desde hace más de catorce años mediante la incorporación del modelo agroexportador y el rol de país forrajero. La etapa actual se acompaña con un discurso que recurre al argumento del Mercosur y la sustentabilidad. Es necesario, sin embargo, aclarar que en esta etapa no solo está programado añadir nuevos territorios a las extensiones
asignadas a los monocultivos, con una planificación económica orientada al beneficio de las empresas por ellas mismas ante un Estado ausente, sino que fundamentalmente se genera la complejización del modelo y la incorporación de nuevos actores y protagonistas que lo fortalezcan y legitimen. El nuevo modelo está sustentado sobre diagnósticos correctos que describen situaciones sumamente críticas e igualmente insoportables para la conciencia del consumidor europeo. Así se ofrece como argumento mayor rotaciones de soja y ganadería para preservar suelos e imaginar ilusorios modelos de sustentabilidad. Esta propuesta olvida la concentración en el uso del suelo en Argentina y el masivo abandono del campo por los pequeños productores imposibilitados de mantener este tipo de cultivo. En realidad esta propuesta debe ser leída desde la crisis suscitada por los problemas ambientales en Europa, consecuencia de la enorme concentración de corrales de engorde en las cercanías de los puertos donde desembarca el grano importado y la búsqueda de las empresas de una mayor racionalidad de la producción que les permita evitar los actuales impactos, trasladando la cría en engorde a los países productores de forraje. En el mismo sentido se halla el incremento de la agricultura orgánica, que responde a las nuevas políticas y mercados certificados que inauguran las corporaciones. Cuando las empresas se refieren a la agricultura orgánica, están hablando de una agricultura extensiva y de exportación que respeta absolutamente el modelo impuesto por las transnacionales de semillas mejoradas y de producción de agrotóxicos desde los finales de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una agricultura orgánica muy dependiente de insumos supuestamente no contaminantes, dependiente asimismo de semillas certificadas y de empresas controladoras de la calidad de esa producción orgánica. La transformación de la agricultura en agro-business y la conversión de las prácticas agrícolas en farming han sido ejes fundamentales de la transformación impuesta al sector rural en paralelo con la commoditización de sus producciones, la creciente dependencia de insumos y la adaptación a los nichos de mercados con certificaciones, trazabilidad y denominaciones de origen. En los nuevos discursos empresariales hallan su lugar también las inversiones en energías renovables y en gestión de residuos sólidos urbanos. La aprobación del Protocolo de Kyoto y la búsqueda de mecanismos de desarrollo limpios abren amplios espacios para implementar nuevos negocios con el cambio climático que la misma industria provoca. Así, los países desarrollados se comprometieron a apoyar la utilización de energías menos contaminantes en los países en vías de desarrollo; con ello iniciarán un gigantesco mercado de créditos de
carbono regidos por mecanismos de mercado como la oferta y la demanda de certificados de emisiones de gases de efecto invernadero. La propuesta de producir biocombustibles implica en realidad un modelo de agricultura no sustentable e improductivo, porque consume más energía que la producida y porque exigirá un mayor productivismo y escala en aquellos lugares en que se desarrolle. Será un modelo de agricultura injusta porque concentrará riqueza en pocas manos y será antiecológica porque al proponerse producción en escala lo hará inevitablemente con abuso de insumos químicos y sin respetar los procesos naturales. Es injusto que en un país y en un mundo plagado de hambrientos, continúe insistiéndose en usar la agricultura para fines que no son producir alimento, sosteniendo un modelo de agricultura sin agricultores y de exportación de insumos que vacía de población rural el campo y, en aras de una agricultura de escala y de una ganadería de fábrica, abandona el modelo de seguridad alimentaria y también la antigua producción de alimentos.
Impactos de la soja RR en Argentina. Los impactos del modelo de la soja sobre los ecosistemas y las poblaciones son cada vez más evidentes en todo el territorio nacional. Cuando se alcanzan los 18 millones de hectáreas de monocultivos transgénicos, sus efectos han sido devastadores tanto para el medio ambiente y la biodiversidad cuanto para la vida y la cultura rural. El modelo agroexportador de forrajes se ha constituido en una fábrica inagotable de pobreza, fuente de desarraigo y razón de migración hacia las grandes ciudades, donde en los nuevos y crecientes conurbanos se multiplican los fenómenos de la indigencia y de la exclusión social. Además, la soja y el maíz transgénico han desplazado a muchos otros cultivos que aportaban alimentos a la mesa de los argentinos, algunos de los cuales ahora deben ser importados. El uso intenso de agrotóxicos ha mostrado la falsedad de las promesas que tuviera en los años 90 la llamada revolución biotecnológica. Las cifras en uso de herbicidas y de nuevos pesticidas son elevadas y han provocado una masiva contaminación de las cuencas hídricas y de las napas freáticas. Asimismo esta agricultura industrial ha barrido las pequeñas producciones hortícolas, tambos y criaderos de aves que rodeaban tradicionalmente a todas las ciudades argentinas. Ahora los monocultivos llegan a las primeras calles de los pueblos y ciudades, y las fumigaciones aéreas impactan sin piedad sobre las poblaciones de los barrios periféricos, provocando graves y crecientes estadísticas de cánceres y enfermedades terminales. Como consecuencia de los profundos desequilibrios del ecosistema, han aparecido nuevos patógenos como el fusarium y la roya, que ahora infestan los monocultivos de soja. Ello
es consecuencia de que la comunidad de microorganismos del suelo ha sufrido fortísimas modificaciones y se han multiplicado los hongos en desmedro de las colonias bacterianas. Asimismo se han registrado cambios en las comunidades de malezas con la aparición de especies inusuales en estos sistemas y de varias malezas que han desarrollado tolerancia al glifosato. La respuesta de los sojeros ha sido hasta ahora operar sobre los efectos, aumentando las aplicaciones y la cantidad de glifosato por hectárea, así como de otros fungicidas y herbicidas como el 2.4D, fungicidas e insecticidas para responder a las nuevas amenazas producidas por un profundo desequilibrio de los agroecosistemas. Otro tema de fuertes impactos es la práctica de barbechos químicos en el invierno que, luego de una soja de primera y una de segunda, completa en vastas extensiones el ciclo del monocultivo y del creciente agotamiento de los suelos. Luego de la última cosecha y antes de las primeras heladas, en estos campos que se disponen para el barbecho germinan verdes alfombras de soja guacha. El método que se emplea, dado que por ser esa soja RR resistente al glifosato y tal vez para evitar demandas de la empresa Monsanto, proveedora mayoritaria de la semilla OGM, es combatirla con un producto cuyo nombre comercial es Grammoxone y cuyo componente activo es el temible paraquat. Como consecuencia de la nueva situación ambiental creada en el campo por las aerofumigaciones y la contaminación, podemos verificar una masiva colonización de las zonas urbanas por los pájaros silvestres, incluidas las aves carroñeras, de rapiña y gaviotas, así como los roedores del campo, obligados todos a abandonar sus hábitats naturales, ahora convertidos en lugares hostiles.
La ética empresaria. La responsabilidad social empresarial tiene como concepto aproximadamente unos diez años de vida y viene creciendo con renovadas fuerzas. Habiendo sido al principio solo motivadora de acciones aisladas, filantrópicas, destinadas a la ayuda de sectores desfavorecidos, se transformó pronto en un medio eficaz para añadir valor agregado a las propias producciones o servicios y proponerse nuevos criterios de maximización de ganancias. Dice Adela Cortina en su libro Ética de la empresa: “lo ético es rentable, entre otras cosas, porque reduce los costos de coordinación externos e internos de la empresa: posibilita la identificación con la corporación y una motivación más eficiente”. En los últimos años muchas carreras de administración de empresas incorporaron cursos de ética desde una perspectiva meramente instrumental para ponerla al servicio de un logro empresarial: la maximización de las ganancias. La comprobación de que el grueso de los consumidores considera positivo que
una empresa se encuentre comprometida con su entorno inmediato, más allá de sus intereses económicos, abrió camino para experimentar que buena parte de esos consumidores estarían dispuestos a pagar un plus por productos socialmente responsables. Esto lleva a las empresas a pensar la responsabilidad social empresarial desde tres grandes líneas estratégicas según los intereses del mercado de consumo: un área de políticas laborales, uno de políticas sociales y por último uno de políticas ambientales. Esto les posibilita nuevos modos de ejercitar la competencia y, lo que es más importante, sumar a sus arsenales de marketing discursos y pensamientos sociales y ambientales, dejando atrás los tradicionales mensajes publicitarios, enriqueciendo y complejizando sus estrategias, y asumiendo nuevas responsabilidades que fueron hasta ayer propias del Estado. Sin embargo, el discurso de la ética empresarial, respaldado por el de la sustentabilidad de ciertas prácticas agrícolas e industriales, no cuestiona los factores económicos y políticos que producen la injusticia, sino que se preocupan por las estrategias y los procedimientos empresariales. Todo debate sobre la ética y la economía solo cobra sentido si somos capaces de recuperar la antigua concepción de la economía como economía política, en el sentido que la capacidad y la decisión de modificar las reglas sigue siendo un tema político. Ello ocurrirá sólo si somos capaces de reconocer con visión integral que el sistema económico no es más que un subsistema de la sociedad global.
Respuestas políticas argentinas. La Cancillería argentina se define en política internacional contra los subsidios que afectan su acceso a los grandes mercados europeos. Lo que no se considera es que la política de subsidios en Europa se genera a partir del hambre y de una enorme necesidad de seguridad alimentaria en la posguerra y que, en consecuencia, esa propuesta fue y sigue siendo absolutamente legítima para los europeos. Es verdad que esas políticas, justificadas en su origen, derivaron luego en el respaldo a la industria alimentaria y a muchos modos de favorecer la exportación y en un dumping internacional de producciones alimentadas con forrajes provenientes de países subdesarrollados, que sufren en los mercados internacionales por los precios subsidiados. Reconocer esto no significa dejar de señalar que la política exterior argentina sigue siendo estar contra todo subsidio y contra toda propuesta de seguridad alimentaria. Además, debemos reconocer que esa política se mantiene aún al precio terrible de condenar a un tercio de la propia población al hambre, ya que la clase política parece tan principista en este terreno y tan leal a las reglas de la OMC, que para ser consecuente con su discurso internacional se niega a establecer precios sostén
para alimentos destinados a la mesa de los argentinos y que podrían aliviar el hambre de los indigentes y evitar una próxima generación de argentinos intelectualmente disminuidos. La respuesta política que puede responder a este proceso globalizador que se convierte en un proceso colonizador, usando la producción agropecuaria como arma, es imaginar modos de lucha que, como lo hicieron otros a lo largo de la historia de los países del tercer mundo, posibiliten la recuperación plena de lo humano que les ha sido expropiado por el colonizador. La recuperación de lo humano por el colonizado es siempre la recuperación de la propia identidad, y ello sigue siendo una tarea
pendiente. Junto a la afirmación orgullosa de esa identidad necesaria, falta la proclamación del hecho cultural de existir en la otredad, aún no reconocida de ser diversa y única. Ello significa estar arraigado tanto en un suelo dado como en una historia que nos provee un modo de saber quiénes somos, de dónde venimos y, por tanto, determinar adónde queremos llegar.
Referencias Alberto Buela. Metapolítica y filosofía, Buenos Aires, Editorial Teoría, 2002. - Rodolfo Kusch. América profunda, Ed. Bonum, 1975. - Página del GRR http/www.grr.org.ar. - Franz Fanon. Los condenados de la Tierra.
L
a imagen de alguien sufriendo desnutrición o muriendo de hambre impacta nuestra conciencia no solo por la idea de violación de un mandato moral a priori, sino también por la ruptura de todo futuro imaginable para nuestra integridad moral (v. Desnutrición infantil y pobreza). Se trata de un impacto emocional, sin duda, y algunos bioeticistas han querido sostener que estas emociones no forman parte del discurso moral en cuanto a generar deberes, sino que pueden conducir cuando más a actos de libre disposición a la caridad. Pero este tipo de abordaje moral, como suelen ser las distintas variantes del egoísmo ético, tienen poca aceptación desde el sentido común y resultan muy vulnerables a la inmensa mayoría de las concepciones teóricas sobre la justicia, por no decir a su totalidad. El problema moral que se encierra en determinadas situaciones de la realidad no requiere otra cosa que la intuición (v.) como comprensión directa e inmediata de una verdad, para alcanzar la certeza de que esa realidad –la del hambre– nos ofende y nos obliga moralmente. Aún más, la situación de hambre y desnutrición de una persona sacude la totalidad de nuestra identidad y no solo nuestro saber o nuestra voluntad. Porque el absurdo de ser, ante esa visión, es de tal magnitud que lleva hasta el límite a las condiciones mismas de nuestra autocomprensión. No se trata de un problema de libertad, sino de la integridad de nuestra identidad moral. Esto es, de la razón constitutiva del ser que somos como fundamento posible de nuestra libre voluntad.
El hambre en América Latina. En América Latina millones de personas padecen hambre y desnutrición. Los casos bioéticos repiten una y otra vez, hasta en medio del uso de altas tecnologías, esta realidad regional. Hay pacientes con insuficiencia renal, por ejemplo, que reciben diálisis hasta que pueden realizarles un trasplante, pero que no tienen vivienda permanente ni condiciones sanitarias adecuadas, que están desnutridos no solo por la enfermedad que padecen, sino por no tener dinero para alimentarse, y no tienen dinero para pagar los medicamentos de sostén del trasplante ni tienen cobertura de salud para hacerlo. Así sucede en tantas otras situaciones en atención de la salud (v.). Pero el problema del hambre ha tenido una historia muy particular en América Latina. Cuando los españoles llegaron a este continente, sin conocimiento alguno sobre los modos de producir alimentos en los nuevos territorios, padecieron muerte por hambre salvo cuando lograban ser
asistidos por los aborígenes que estaban mejor alimentados y tenían alimentos para darles. Se trató de la primera crisis de seguridad alimentaria (v.), sin duda alguna, y de esta situación han quedado detalladas descripciones. Una de las crónicas más difundidas han sido los Naufragios y comentarios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyo argumento central –puede decirse– es la historia del hambre de un colonizador en su peregrinación por las tierras aborígenes del norte de América (situación que luego le perseguiría cuando Cabeza de Vaca entró por Brasil hasta Paraguay). En el sur, poco después de la fundación de la actual Buenos Aires por Pedro de Mendoza, esta ciudad sería llamada Puerto del Hambre. Ulrico Schmidl, que formó parte de esa expedición fundadora, describió hasta el horror las razones de tal nombre en su crónica conocida como Derrotero y viaje a España y las Indias según la traducción de Edmundo Wernicke. En su pasaje más atroz, Schmidl dice: “Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas, hasta los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido. Sucedió que tres españoles robaron un caballo y se lo comieron a escondidas; y así que esto se supo se les prendió y se les dio tormento para que confesaran. Entonces se pronunció la sentencia de que se ajusticiara a los tres españoles y se los colgara de una horca. Así se cumplió y se les ahorcó. Ni bien se los había ajusticiado, y se hizo la noche y cada uno se fue a su casa, algunos otros españoles cortaron los muslos y otros pedazos del cuerpo de los ahorcados, se los llevaron a sus casas y allí los comieron. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto. Esto sucedió en el año 1535, en el día de Corpus Christi, en la referida ciudad de Buenos Aires”.
Pero al culminar la conquista de la región, la situación se invertiría: los españoles estarían bien alimentados y los aborígenes morirían de hambre. Una de las razones más importantes para ese cambio fue producto de la ‘encomienda’, institución de origen feudal que en América otorgaba un número de indios a determinado señor para que este recibiera el fruto del trabajo y los tributos de aquellos a cambio de protección y evangelización. Todos los españoles aspiraban a ser encomenderos porque con un número de indios a su servicio aunque fuera pequeño quedaban a salvo del hambre. Sin embargo, este régimen no solo cambió el destino de consumo de la producción alimentaria indígena, sino también sus modelos de producción y finalmente les sumió en la desnutrición.
Instalada la dialéctica del amo y el esclavo, el hambre pasó a ser padecimiento de los pueblos originarios y se convirtió en endemia regional. Aunque las Leyes Nuevas de 1542 abolieron el carácter hereditario de las encomiendas otorgadas a los primeros conquistadores, la rebelión de los colonos a dicha norma persuadió a Carlos V que dicha supresión sería la ruina económica de las colonias. En 1545 suprimió el capítulo 30 de aquellas leyes, que había abolido las encomiendas. Los resultados de la persistencia de aquella legislación, entre otros factores, han de analizarse para comprender las
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.