Filosofía de la práctica científica
Jorge Bacallao Gallestey (Cuba), Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana
Ciencia y tecnología
Introducción. Pese a las voces provenientes de ciertos ámbitos académicos que no ocultan sus inconformidades y que llegan en ocasiones a proferir críticas abiertas a la ciencia –casi siempre desde posturas irracionalmente seudocientíficas o anticientíficas– (Bunge, 1996), la mayor parte de nuestros contemporáneos tiene un juicio casi incondicionalmente positivo y reconoce en ella la expresión más paradigmática del progreso. Las razones de este juicio y de este reconocimiento son esencialmente de naturaleza práctica y se asocian
recurrir al cuestionamiento sistemático y a las argumentaciones del discurso teórico cuando existen controversias acerca de la verdad de sus enunciados, y su saber queda acumulado como teorías sobre el mundo objetivo. Este es el lugar del conocimiento científico (v. Explicación y determinismo en ciencias de la vida). 3. Las acciones reguladas por normas pueden juzgarse bajo el aspecto de su rectitud, están orientadas al entendimiento, se puede recurrir al examen del discurso práctico cuando existen controversias acerca de la rectitud de las acciones tanto para examinar la rectitud de una acción en relación con una norma dada como para luego examinar la rectitud de la misma norma, y su saber práctico-moral regulativo se acumula en representaciones morales y jurídicas de las relaciones del mundo social (v. Legitimidad). 4. Finalmente, las acciones dramatúrgicas que hablan de un saber acerca de la subjetividad del agente de la acción pueden ser juzgarse por su veracidad, están orientadas al entendimiento y pueden rechazarse como engaños o autoengaños mediante la argumentación de la crítica estética en los primeros y el diálogo terapeútico en los últimos, y su saber expresivo puede ser explicitado en forma de valores subyacentes a la interpretación de necesidades, deseos y actitudes afectivas, pudiendo acumularse, por ejemplo, en obras de arte (v. Verdad y apariencia; Autenticidad y alienación; Valores éticos; Emociones morales y acción; Interpretación moral en arte y literatura).
Puede verse así, que la connotación moral que en menos de dos siglos han ido teniendo la ciencia y la tecnología nos muestra profundos replanteos. Las que hemos señalado y muchas otras contribuciones de la filosofía de la ciencia y la tecnología hacen necesario y posible desenvolver una reflexión bioética auténticamente crítica sobre la ciencia y la tecnología en perspectiva regional.
[J. C. T.]
a las posiciones de poder que el hombre ha conquistado a través de la ciencia, en particular en sus relaciones con la Naturaleza. Aunque una minoría de intelectuales aprecie ante todo la racionalidad de la ciencia (sus atributos de objetividad y rigor), el gran público venera a la ciencia por sus ventajas práctico-instrumentales, es decir, por los resultados y conquistas concretos que se manifiestan y reafirman a diario en la vida de todos los seres humanos, aunque desgraciadamente con dolorosas e inaceptables desigualdades. Aun los antirrealistas –que niegan la capacidad de la ciencia para abrirnos el camino hacia la verdad y que solo reconocen en ella
un instrumento eficaz para ordenar nuestras percepciones actuales y prever la trama de nuestras percepciones futuras– conceden a la ciencia cierta propiedad exclusiva de racionalidad pragmática, es decir, un privilegio especial para diseñar del modo más eficiente la conquista de los fines mediante el ordenamiento inteligente de los medios. Junto a esta racionalidad pragmática que no podrían negar ni aun los irracionalistas más fanáticos, algunos reconocen una racionalidad teórica, que aunque solo es aparente en el plano cognoscitivo, produce, tarde o temprano, frutos útiles en el campo de las aplicaciones. Por eso aspiramos a exponer la distinción entre estas dos formas de racionalidad, delinear posibles tareas de una filosofía de la práctica científica y proponer las bases en las que podría emerger el juicio ético.
Dos formas de racionalidad de la práctica científica. Una expresión de la racionalidad científica que salta de inmediato a la vista puede caracterizarse por la búsqueda explícita y exclusiva de lo que es, o sea, por el conocimiento de cómo son las cosas y de por qué son de ese modo. Esta es una racionalidad teórica. El papel de la ciencia en esta búsqueda puede resumirse en el verstehen (comprender) y en el erklären (explicar), dos acciones conectadas en el discurso hipotético-deductivo, el cual, a su vez, permite evidenciar que lo que es, precisamente es lo que debe ser, como resultado de una necesidad lógica o de una regularidad estocástica. Sin embargo, la racionalidad científica asume una nueva expresión, cuando a la intención de saber cómo son las cosas se añade el propósito de aprovecharnos de ese conocimiento con vistas a la acción. El conocimiento que destinamos a ese uso es un conocimiento práctico que da lugar a la segunda dimensión racional del ejercicio de la ciencia: la racionalidad práctica, cuyo problema consiste en dar fundamento a una acción o elección futura (Agazzi, 1996). Esta dualidad nos remite a la distinción entre una filosofía teórica de la ciencia, que es una filosofía del conocer, y una filosofía práctica, que es una filosofía del actuar. No obstante, debe reconocerse que en relación con la actuación o con el actuar, también puede asumirse una actitud puramente teórica, por ejemplo, cuando se intenta explicar las acciones prescindiendo de cualquier consideración sobre sus razones o su legitimidad, o dicho de otro modo, sobre su deber ser. A partir de este reconocimiento puede reformularse la distinción anterior y concluir que la filosofía teórica es una búsqueda en relación con lo que es, en tanto que la filosofía práctica es una búsqueda sobre lo que debe ser, en relación con el actuar. Esta reformulación resulta cardinal, porque si el discurso filosófico se restringe a la acción pura, sin ningún compromiso en el plano del deber ser, corre el riesgo de diluirse en un juego
de hipótesis-deducción-verificación y terminar siendo absorbido por el análisis científico propio de las ciencias del hombre y la conducta. Aun es importante hacer una segunda distinción, que ya aparecía en la filosofía aristotélica, y que consiste en reconocer dos manifestaciones del actuar: una de ellas como acción propiamente, y la otra como producción. De este modo, la esfera práctica se presenta como una articulación de dos actividades humanas que responden a sendas expresiones de racionalidad: una racionalidad práctica y una racionalidad técnica (Berti, 1989). Bajo esta perspectiva, la filosofía práctica o filosofía del deber ser se desdobla a su vez en un componente estrictamente práctico y otro técnico, el primero de los cuales concierne a los fines y el segundo, a los medios. El pensamiento filosófico inherente a la racionalidad práctica, o lo que podríamos sintéticamente llamar filosofía práctica, tiene entonces como principal encomienda la justificación de los actos, mediante el examen y la reflexión crítica sobre sus fines. Por su parte, el pensamiento filosófico que corresponde a la racionalidad técnica debe encargarse de establecer cuáles son los medios que deben conducir al logro de determinados fines ya establecidos. En este sentido, la filosofía técnica o filosofía sobre la técnica se ocupa de una racionalidad instrumental que no está llamada a formular juicios valorativos sobre los fines. Es imposible no advertir en la racionalidad práctica la presencia de un ingrediente ético que no aparece, o lo hace con trazos mucho menos visibles, en la racionalidad técnica. En efecto, en esencia esta última se encarga del cómo, es decir, de elucidar los modos de una acción adecuada y eficaz para conducir a ciertos fines. Ciertamente, la elección de unos modos en lugar de otros presupone una indagación del porqué, pero solo como parte de una intención explicativa y no justificativa, es decir, como parte de un proceso que nos remite de nuevo a la razón teórica. En la racionalidad práctica, por el contrario, la razón interviene para responder la pregunta del porqué con arreglo a los fines, con el empeño de descubrir por qué algo debe ser. Así, el juicio de valor y la consiguiente emergencia de la dimensión ética solo pueden buscarse como parte de un ejercicio filosófico práctico.
El surgimiento de lo ético dentro de la filosofía práctica. No obstante, al afirmar que los juicios de racionalidad práctica nos remiten a fines, y los de la racionalidad técnica, a medios, se incurre en cierto reduccionismo, porque lo cierto es que la racionalidad práctica formula también juicios sobre los medios, aunque no juicios de eficacia o pertinencia, sino juicios de valor que gravitan en torno a la pregunta de si dichos medios son justificables en punto a valores que a menudo trascienden el horizonte de los fines particulares a los que ellos deben conducir.
La razón técnica persigue un ideal de eficacia en el logro de ciertos fines, cuya legitimidad se encuentra fuera de su ámbito de reflexión; la razón práctica, por su parte, cumple su tarea cuando distingue entre fines que deben ser realizados y fines que no deben ser realizados. Uno de los grandes dilemas de la modernidad consiste en el conflicto entre la razón práctica y la razón técnica, ya sea porque la trama de intereses y presiones sociales hacen prevalecer la dimensión técnica sofocando cualquier vestigio de rebelión ética o, por el contrario, porque las reivindicaciones éticas de la razón práctica llegan al extremo de querer liquidar la técnica y su racionalidad propia. En la cultura moderna estos conflictos han llegado a adquirir dimensiones críticas. Por eso es imperioso estimular una reflexión filosófica práctica que no se regodee en simples planteos analíticos, ni se resigne a una mera retórica de la exhortación, sino que elabore un nuevo discurso racional con arraigo en una ética concebida como disciplina destinada a crear los cimientos que fundamenten la acción humana (Bacallao, 2002). Esta filosofía práctica estaría llamada a una búsqueda racional de fines, y a plantearse el problema de establecer racionalmente lo que está bien para el hombre en general, y en particular en el ámbito de la investigación científica. Sería, obviamente, una tarea ardua y continua, en permanente ejecución –a tono con las características variadas y vertiginosamente cambiantes de la modernidad– que tendría que aprovechar y movilizar todos los recursos y componentes activos de la sociedad para conquistar y asegurar el reconocimiento y el respeto que tal tarea merece. Ello no implicaría ejercer coacciones morales que restrinjan el despliegue de la creatividad científica o técnica, sino respetar su autonomía, otorgándole un sentido que le permita rescatar la integridad de la dimensión humana que le corresponde. Una pregunta queda por responder: ¿cómo debería desarrollarse este trabajo fundacional? Lo primero consiste en reconocer que el aliento esencial para esa filosofía práctica vendría dado por una ética entendida como saber y no como pulsión espontánea y subjetiva hacia ideales abstractos, aunque sean compartidos y estimulados socialmente. Esa ética cognitiva tendría que afrontar la ardua empresa de fundamentar los valores, principios y normas de la práctica científica, no simplemente como una acción deductiva que lleva de los valores y principios a las normas, sino también como una tentativa de justificar y dar sentido a esos valores y principios fundacionales. ¿Y cómo conseguir esto último? No a través de un tejido inductivo que se enredaría –como tantas veces ocurrió, en el pasado reciente, a los intentos del empirismo lógico– en una trama circular e interminable de autojustificaciones y que tropezaría además
con el insalvable escollo de los relativismos culturales (Black, 1984), sino a través de un nuevo recurso a la tradición helénica que nos legó la inagotable herencia de la dialéctica, refinada luego por Hegel y reinterpretada por Marx y los neomarxistas. Se trataría de un recurso a la dialéctica entendida como ejercicio dialogal (ambos términos tienen no por casualidad un origen común), que no aspira a certezas absolutas, sino a un austero consenso intersubjetivo que se conquista mediante la reflexión y el examen críticos (Sotolongo, 2002). Ese diálogo que protagonizan científicos, filósofos y políticos y del que no puede quedar excluida la sociedad en su conjunto –a quien en última instancia hay que dar cuentas por el uso eficaz y responsable de los recursos para la investigación científica– debería nutrirse de una experiencia axiológica compartida, de la intuición moral del deber, del patrimonio científico de la sociología y la psicología, de argumentos fecundos –¿por qué no?– de naturaleza metafísica y, por supuesto, de datos objetivos de la propia investigación científica (López y cols., 1996). Es importante notar que la ética que inspira y sirve de sostén a esta filosofía práctica no puede confundirse con la ciencia clásica, porque aunque comparte con esta varios de sus recursos más señalados, se sirve también de determinaciones que trascienden la experiencia puramente sensible, como los valores y el deber. Es, por consiguiente, una ciencia orientadora con su propio método, irreducible a las ciencias empíricas o a las ciencias formales. Siguiendo la tradición escolástica, esta ética sería propiamente una sabiduría o phronesis que, por un lado, regularía la explosiva mentalidad técnico-científica orientada solo por una ilimitada voluntad de poder, y la sustituiría por una ciencia de la comprensión que respeta las exigencias de la conciencia moral, y por otro, pondría el discurso ético a la altura del nuevo mundo creado por la ciencia y la tecnología, para que sea capaz de hablar al hombre contemporáneo y lograr que este reencuentre su imagen y las motivaciones morales para actuar en armonía con ella.
Referencias Agazzi, Evandro, El bien, el mal y la ciencia. Las dimensiones éticas de la empresa científico-tecnológica, Madrid, Editorial Tecnos, 1996. - Jorge Bacallao, “Neutralidad y compromiso: la presencia de la dimensión ética en el trabajo científico”, en José Acosta, Bioética para la sustentabilidad, La Habana, Publicaciones Acuario, Centro Félix Varela, 2002.
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