Etnias y lenguajes
María Luisa Rubinelli (Argentina), Universidad Nacional de Jujuy
América Latina › Diversidad cultural y lingüística
Etnia como categoría y sus limitaciones. Cuando se habla de etnia, se menciona a un conjunto de personas que han construido una concepción del mundo, de la vida y, por tanto, de la cultura que son compartidas, y de acuerdo con las cuales se organizan. Esto identifica a sus miembros entre sí y los diferencia de otros grupos humanos. Así se incluyen en un nosotros que los identifica, amparándolos y distinguiéndolos de los otros diferentes. Suelen ser la raza, la lengua que hablan y las expresiones culturales que crean, los componentes más empleados para distinguir a una etnia. Algunos antropólogos sostienen que las categorizaciones étnicas, en muchos casos, son producto de clasificaciones efectuadas por actores externos a los grupos, sin que estos las asuman, al no identificarse con ellas. Uno de los problemas que enfrenta esta categorización etnográfica es que puede generar intentos de identificar, delimitar y preservar en supuesto estado de “pureza” los rasgos que se consideren característicos de una etnia. De esta manera se carga de un carácter ahistórico y esencialista al grupo humano en cuestión, al que se adjudican notas que originariamente habría poseído, y que debería conservar inmutables (Barth, 1976). Así se condena a un aislamiento que se constituiría en la única garantía de conservación de pureza. Esto es especialmente válido en relación con el tratamiento de identidades étnicas de grupos mal llamados “arcaicos”, integrados por aborígenes o por sus descendientes. Pero estas concepciones esconden intereses sectoriales de dominación económica y política, ya que excluyen de la toma de decisiones y del ejercicio de los derechos tanto individuales como colectivos a los
sectores desfavorecidos. Evocan de manera parcializada la memoria histórica y niegan vigencia a las formas vivas y en transformación de la cultura de esos grupos. Cada uno de estos grupos, portador de sus propias formas culturales, podría ser entonces analizado separadamente, despojando a sus expresiones de los contextos inmediatos y mediatos de producción. La esencialización de las etnias, presentadas como estáticas, genera estigmatizaciones que hacen que sean consideradas como expresiones del atraso, la superstición y la barbarie, y por tanto necesitadas de un impulso externo a ellas que les posibilite la superación de una deficiencia que les sería congénita. Estos estigmas suelen ser autoasumidos como marcas negativas propias por parte de los miembros de las etnias así caracterizadas desde instituciones prestigiadas por su función legitimadora del orden dominante, que logran que estos grupos étnicos se posicionen como subalternos y supuestamente incapaces de producir cambios en su situación. Además, por fomentar el empleo de generalizaciones, pocas veces este tipo de análisis permite indagar acerca del sentido y las modalidades de generación, organización y funcionamiento de las diferenciaciones económicas que pueden existir al interior de esos grupos. Desde perspectivas que se proponen superar dificultades como las señaladas, se entiende la etnicidad como construcción de identidades mediante procesos histórico-sociales, y se tiene en cuenta cómo diacrónica y sincrónicamente se establecen en ese proceso las relaciones con otras etnias, conformándose identidades en contraste, que implican formas de identificación social (Trinchero, 1994). De esta manera se procura enfatizar la importancia del proceso de construcción de la propia etnicidad, en el marco de relaciones interétnicas. Como una dimensión importante del proceso, es preciso considerar la existencia de conflictos, tanto al interior de una etnia como en su relación con las demás. Una etnia no necesariamente está vinculada a un determinado territorio de referencia.
Etnias, Estado y expresiones étnicas. La historia de América Latina muestra cómo los Estados han ejercido políticas homogenizadoras con el objetivo de instaurar la idea de nacionalidad propia de la modernidad europea. Ello se instrumentó a través de variadas estrategias, desde el genocidio de poblaciones nativas, hasta la negación del derecho al empleo de la propia lengua, la cual no solo es un medio fundamental de comunicación, sino de aprendizaje de concepciones de la vida y estructuras organizadoras del pensamiento en que todo sujeto cultural se forma. Gran parte de las etnias americanas han ido perdiendo su referente territorial. Además, en muchos casos han perdido la memoria de parte de su historia. Sus lenguas,
religiones, códigos legales, formas de organización socioeconómico-políticas han sido prohibidas, negadas, estigmatizadas o descalificadas y metamorfoseadas en productos folclóricos, que a menudo presentan carácter fragmentario. Sin embargo, numerosos grupos étnicos han sobrevivido combinando la resistencia con la innovación y la apropiación de elementos de otras culturas que adaptaron a la propia (Bonfil Batalla, 1990). El dinamismo y la creatividad de estas culturas constituyen uno de sus rasgos más sobresalientes, y se ponen de manifiesto en numerosas expresiones. Entre ellas ocupa un lugar muy importante la narrativa oral, que funciona con una compleja lógica propia. Abundan los relatos sobre sucesos relacionados con creencias en seres sobrehumanos, con quienes los hombres y mujeres corren el riesgo de encontrarse cotidianamente enfrentando situaciones que pueden hacer peligrar su salud. En esos textos, narrados desde hace siglos, es posible comprobar que han ido estableciéndose relaciones contextuales e intertextuales que los mantienen actualizados. Es una constante en ellos la remisión a aspectos actuales y concretos de la vida cotidiana de los grupos que los recrean, emergiendo referentes de sus concepciones de la relación con los otros miembros del grupo, con las fuerzas germinantes que posibilitan la continuidad de la vida y con los antepasados con quienes se mantienen vinculados como reaseguro de la subsistencia. Se destaca la concepción integrada de tiempo y espacio, simbólicamente organizados, significados y actualizados por las celebraciones de fiestas y rituales sincronizados con los ciclos naturales y productivo-rituales, a los que se han incorporado personajes sagrados del culto católico que adoptaron caracteres como la sexualidad y la bivalencia en tanto detentan tanto el poder de bendecir como de maldecir, que no son propios de la doctrina ortodoxa, sino de la resignificación de los mismos operada desde concepciones culturales y religiosas diferentes. Además, y a pesar de la diversidad y cantidad de celebraciones vinculadas al culto, a los patronos protectores de las actividades productivas más importantes de cada región, dos festividades se constituyen en ejes del calendario en toda América Latina: el carnaval como celebración de la producción, y el recibimiento de las almas de los difuntos que se reencuentran con sus seres queridos una vez por año. La iconografía también brinda ejemplos de procesos de resignificación, tal como ocurre con San Santiago, que continúa siendo asociado –como en sistemas religiosos prehispánicos– al poder del rayo, y del terremoto, encontrándose presente en toda América Latina, aun en religiones afroamericanas. Análisis semiológicos de tejidos andinos han permitido relacionar el empleo de colores, espacios, ritmos
de alternancia, combinación de texturas, con estructuras y operaciones de pensamiento que se vislumbran como expresión de interpretaciones holísticas de la realidad (Cereceda, 1990) que implican modelos de conocimiento y sistemas de valores. Las concepciones de salud/enfermedad de poblaciones de la región andina parecen estar sustentadas en la convicción de que existe una permanente relación con los elementos de la naturaleza, que son capaces de producir la enfermedad si el hombre profana el carácter sagrado de ciertos espacios y momentos. El enfermo entonces lucha contra el desequilibrio en busca de su salud. Quien lo cura, en tanto intermedia con los poderes que han producido el mal, también intenta compensar la inferioridad en que se halla el paciente. Ello implica una constante dialéctica de tensión-distensión del hombre en la relación con las fuerzas sagradas y la de los otros hombres.
La presencia de la diversidad. El proyecto de construcción de un Estado moderno encerró el ideal de una nación progresista, por lo que la condición de ciudadano, en abstracta igualdad de condiciones ante la ley, debía universalizarse, procurando la desaparición de la diversidad. En el mundo actual, el Estado nacional está en crisis, y se ha deteriorado la confianza en el poder normativo de la razón humana, que debía guiar la decisión libre y responsable de la conciencia moral en la construcción de un deber ser universal. Las reivindicaciones étnicas y las expresiones xenófobas estallan con fuerza, y se abren nuevos procesos de etnogénesis. La dignidad del ser humano, proclamado fin en sí mismo por el imperativo categórico kantiano, requiere ser retomada como problema ético. La ética dialógica contemporánea promueve la fundación de un acuerdo en torno a principios de validez universal que posibiliten la vigencia de la justicia, sustentada en un diálogo racional argumentado entre las partes implicadas. Es preciso plantearse interrogantes en torno a la cuestión. Aun siendo un riguroso intento filosófico de acuerdo sobre principios universales, que valoriza el lenguaje como posibilitador del diálogo, puede contener limitaciones todavía etnocéntricas. Los procesos de comunicación están relacionados con formas de organización de la vida que son distintas en diversas culturas y grupos humanos; y suponen sistemas de códigos organizados socialmente, portando valores y concepciones ideológicas. El diálogo no podrá ser tal en tanto no se construyan condiciones básicas de simetría entre los participantes. En el marco de la lucha de diversas minorías lingüísticas y étnicas, la mayoría de los países latinoamericanos han modificado sus leyes, reconociendo condiciones más equitativas a los pueblos indígenas (Albó, 1999). Desde Latinoamérica se desarrollan propuestas éticas interculturales sustentadas
por la ética dialógica, la hermenéutica y la teoría crítica (Salas Astraín, 2003).
Referencias Xavier Albó, Iguales aunque diferentes, La Paz, Cipca, 1999. - Fredik Barth, Los grupos étnicos y sus fronteras: la organización social de las diferencias culturales, México, FCE, 1976. - Guillermo Bonfil Batalla, México profundo, México, Los Noventa, 1990. - Verónica Cereceda, “A partir de los colores de un pájaro…”, Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino Nº 4, Santiago de Chile, 1990, pp. 57-104. - Ricardo Salas Astraín, Ética intercultural, Santiago de Chile, Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez, 2003. - Héctor Trinchero, “Entre el estigma y la identidad. Criollos e indios en el Chaco salteño”, en Cultura e identidad en el Noroeste argentino. Buenos Aires. CEAL, 1994.
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