Contexto, familia y crisis
Jorge Aceves y Patricia Safa Barraza (México), Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas Occidente)
América Latina › Comunidad y contexto
¿Qué es la familia? Definir la familia hoy día es una cuestión que no tiene consenso. Su significado es polisémico. En el mundo actual las dimensiones de la definición clásica de familia –la sexualidad, la procreación y un conjunto de relaciones de convivencia– han experimentado grandes cambios que manifiestan múltiples direcciones y que han dado por resultado la multiplicidad de formas de familia y de convivencia. Pensar ahora a la familia como el átomo de la sociedad es un argumento difícil de sostener. La postura que plantea un solo modelo de
familia es insensible a la evidente diversidad económica, social y cultural de nuestros países. No obstante que la mayoría de los cambios en las formas de la familia han sido graduales, en ellos han incidido tanto los contextos rural o urbano, como la clase social y las diversas experiencias históricopolíticas por las que han transitado nuestras sociedades de América Latina. La familia como forma de organización social constituye un microcosmos de relaciones de producción, de reproducción y distribución, con una estructura de poder y con un caudal de componentes ideológicos y afectivos que le han permitido su reproducción y persistencia en el tiempo. Las relaciones de familia y de parentesco se establecen por filiación, por nacimiento, y generan redes de relaciones, de solidaridades, de responsabilidades mutuas y fuertes reciprocidades. La realidad social actual indica que no existe una única modalidad de familia y de sus componentes, no tenemos una manera “natural” de constituir familias; la diversidad es la característica dominante.
Familia y contexto social. Las familias en el mundo contemporáneo no son unidades aisladas ya que participan en el mundo social que las rodea por medio de redes de relaciones sociales, tanto en el ámbito económico como con el Estado. Las familias están insertas en un contexto social, entendido este como el conjunto de elementos y circunstancias del mundo social del que forma parte la familia y que condiciona su forma, su estructura y su dinámica. Los diversos procesos de cambio asociados a la modernización han tenido efectos directos e indirectos en las formas y dinámicas de las familias. Estas, por su parte, influyeron en los patrones de reproducción de la población y en el descenso en las tasas de natalidad. Los acelerados cambios sociales, económicos y culturales han incidido en las relaciones internas de las familias, las mentalidades y las prácticas sociales donde coexisten los nuevos componentes, como la mayor autonomía de la mujer, la reducción de la maternidad y la independencia económica femenina, con aquellos elementos antiguos: la dependencia subjetiva y la división sexual del trabajo. Este conjunto de cambios que han afectado a la familia se refiere también a procesos culturales, como la individuación, que permite a los individuos sustraerse a la influencia y el dominio de las redes familiares y lograr la toma de decisiones de manera personal en la búsqueda de satisfacer necesidades y deseos propios más que colectivos. De manera que reconocer la diversidad implica también la posibilidad de mayores opciones y elección personal.
El ámbito demográfico. Aquí emerge un conjunto decisivo de cambios sociales que afectan la familia y que expresan la acumulación de tendencias seculares: a) el pronunciado descenso en la
fecundidad y la disminución del tamaño medio de la familia, debido a la declinación del número de hijos y al mayor espaciamiento entre ellos. A estos se agrega la menor presencia de hogares multigeneracionales y el consiguiente aumento de hogares unipersonales; b) la generalización del uso de métodos anticonceptivos ha posibilitado un mayor control de las mujeres sobre sus cuerpos al distinguir entre prácticas de reproducción y de sexualidad, que junto a los avances en la fertilización artificial, trastocaron la habitual identificación entre espacio familiar y reproducción, afectando asimismo la visión tradicional de la familia como el lugar de la reproducción y el control de la sexualidad. Esto abrió la posibilidad para las mujeres de optar por otros itinerarios sociales, como elevar su escolaridad, la búsqueda del trabajo remunerado o la realización de proyectos de vida propios; c) el aumento en la esperanza de vida y el envejecimiento de la población ha prolongado, y en ocasiones modificado, la duración de los roles familiares. Si bien se han acortado los tiempos de la mujer para la reproducción biológica, también se han incrementado los deberes familiares relativos a la atención y el cuidado de las personas mayores; d) la prolongación del proceso formativo escolarizado, aunado a la mayor urbanización y a la adquisición de un ethos social más individualista, así como la exposición a una variedad de estilos sociales difundidos por los medios masivos de información, conforman la plataforma del surgimiento de los jóvenes como grupo social diferenciado. La prolongación del proceso formativo de los jóvenes ha extendido la etapa de adolescencia, en particular en los sectores medios urbanos, retardando la escisión del núcleo familiar.
El contexto de la economía y el trabajo. Desde la década de los años ochenta se ha experimentado una serie de crisis económicas recurrentes. El eje de la acumulación capitalista actual se centra en la apertura del mercado externo, la atracción de capitales transnacionales y los flujos de capital que aporta el turismo, por ejemplo, y ya no tanto, como ocurría a mediados del siglo XX, en el desarrollo económico que privilegia al mercado interno. En este marco de transformaciones se refiere también a la revolución del trabajo, ya que se trata de la erosión gradual pero sistemática de las coordenadas sociales que regían el mundo laboral: trabajos de tiempo completo, carreras laborales previsibles, masculinización del mercado de trabajo, expectativas de movilidad social, acceso a la seguridad social y a las políticas de apoyo y asistencia. Los cambios han incrementado trabajos de tiempo parcial, el subempleo y el desempleo, la seguridad en el puesto de trabajo es cada vez más difícil, hay mayor polarización en el mercado laboral, se imponen procesos de desregulación,
flexibilidad laboral y depreciación de las calificaciones profesionales, lo que genera un aumento general de la precariedad del trabajo. La persistencia de desigualdades sociales, la baja de los salarios y la precarización del mundo de trabajo, junto con las transformaciones demográficas y socioculturales, han propiciado una mayor participación de la mujer en el mercado laboral. La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral ha modificado los patrones habituales de funcionamiento de los hogares latinoamericanos. Si bien los cambios demográficos apuntados han sido lentos, esta incorporación de las mujeres al trabajo ha tenido un ritmo ascendente. Esta mayor participación femenina en el ámbito laboral origina nuevas percepciones de los papeles que cumplen las mujeres y que les reditúa en una mayor autonomía con relación a sus familias. Esta situación ha contribuido a que los hogares se alejen del modelo tradicional de organización familiar centrado en el jefe-varón proveedor exclusivo –cuyo salario es supuestamente suficiente para la manutención de la familia– y la mujer-ama de casa recluida en el hogar. En la nueva situación la carga de trabajo para la población femenina se ha incrementado al asumir la administración y ejecución casi total de las tareas domésticas y al mismo tiempo tener que buscar recursos económicos para compartir la manutención cotidiana de la familia. Se ha constatado que existe una correlación importante entre los ingresos del hogar y la estructura familiar. He aquí también un efecto de la incorporación de la mujer al mercado laboral.
Un Estado en crisis y los cambios desde la cultura. El modelo del Estado de Bienestar entró en crisis fiscal por el incremento de la deuda externa y la demanda de bienes y servicios que lo obligan a reestructurar el gasto público en relación con la prestación de tales bienes y servicios. En este contexto se da una revaloración de la familia como parte relevante de la dinámica social, y como lugar de generación de recursos económicos, sociales y simbólicos. Ante la actual pérdida de importancia del Estado en la provisión de servicios sociales, se han incrementado las responsabilidades económicas y las cargas domésticas de las familias. Las familias pueden ser objeto y sujeto del cambio, ya que no son receptoras pasivas, sino activas. Son ámbitos de creación de símbolos, de formas de convivencia y estilos de vida, están inmersas en contextos más amplios de relaciones sociales y al mismo tiempo guardan rasgos de autonomía. A pesar de los cambios culturales que han modificado las relaciones familiares, en el plano social persisten imágenes y representaciones sociales de dominación que evidencian la contradicción entre el discurso tradicional y las
nuevas prácticas y modelos de familia. Expresión de esos cambios culturales son, por ejemplo, las nuevas relaciones paterno-filiales, que reflejan aumento de los derechos infantiles y pérdida de la importancia de las relaciones de jerarquía y sumisión, o también los procesos de individuación y de autonomía de los individuos por sobre los intereses familiares, así como los cambios en los modelos de sexualidad.
Nuevos modelos de familia y crisis. Son nuevas prácticas no convencionales que cuestionan el modelo tradicional de familia. Sus integrantes producen una especie de legalidad intrafamiliar que procura organizar su convivencia. Son, por ejemplo: a) hombres y mujeres divorciados que legalizan un nuevo matrimonio e incluyen en el mismo a los hijos del matrimonio anterior de uno o ambos miembros de la nueva pareja, b) parejas formadas por homosexuales que adoptan niños, c) matrimonios que desean procrear a través de la inseminación artificial de hombres donantes de semen o mujeres que alquilan su útero, d) familias que crecen por la incorporación de infantes robados o adopciones ilegales, e) parejas que conviven pero que habitan en lugares diferentes o distantes. Estas familias con hijos no están exentas de conflictos sociales, intrafamiliares y psíquicos. Se entiende por crisis una situación de conflicto que pone en tela de juicio los valores y las relaciones predominantes entre generaciones y entre los grupos sociales. La crisis contemporánea expresa una falta de organicidad o de uniformidad en los valores y los modos de vida. Se cuestiona si la familia está en crisis, si va a desaparecer o solo a transformarse. Por un lado, está la opinión de que las nuevas formas familiares evidencian una suerte de catástrofe social de gran magnitud. Por otro, la opinión que acepta que la situación ha cambiado y no puede ser la misma que ellos experimentaron de jóvenes. Desde una mirada tradicional la familia ciertamente está en crisis, pero no lo está desde otra perspectiva que ha puesto el énfasis en las posibilidades de democratización y de extensión del “derecho a tener derechos”.
Familia, ética y Derechos Humanos. Como un constructo sociocultural, la familia tiene connotaciones ideológicas e implicaciones morales. La familia moderna está marcada por la ética de las religiones dominantes en la sociedad occidental que se nutre del pensamiento judeocristiano. A pesar de la fuerza de las transformaciones acontecidas en la segunda mitad del siglo XX, las concepciones idealizadas de la familia persisten. Los nuevos arreglos (madres solas, mujeres sin pareja, parejas de homosexuales) no gozan del pleno reconocimiento social y son vistos como desviaciones sociales. En el pensamiento tradicional y más conservador los
conciben como “indicadores” de la actual crisis de la familia. Las interrelaciones en las familias actuales son fundamentalmente de carácter asimétrico, jerárquico, y operan bajo una diferenciación interna del poder con base en la distinción del género y la generación. Si bien el mundo familiar es un entramado de vínculos de solidaridad, también está cargado de ambivalencias y tensiones, de acuerdos tácitos y de enfrentamientos reales. La familia es un espacio paradójico, lugar de afectos y ámbito para la intimidad y el amor; no obstante, también es espacio privilegiado para la violencia en sus diversas manifestaciones. La violencia intrafamiliar –acoso y violación sexual, maltrato y daño corporal, violencia psicológica, restricción a la libertad de movimiento, etc.– son expresiones violatorias a los Derechos Humanos básicos, acciones que se ocultan bajo el manto de la privacidad de los afectos y del autoritarismo patriarcal, pero que ya son cada vez más visibles conforme avanza la reivindicación de los derechos lastimados. Lo anterior nos lleva a la discusión y redefinición de los ámbitos público y privado, de la privacidad y de las responsabilidades públicas. Plantear la intervención del Estado tiene una doble cara: la defensa de las víctimas, pero también la posibilidad de la intervención arbitraria e impune, el control extremo y el terror a domicilio. Redefinir el ámbito de lo público y lo privado pasa por la reflexión de los Derechos Humanos y la implementación de acciones de orden legislativo y más aún de políticas públicas que se diseñen y desarrollen en sintonía con los importantes cambios ocurridos durante las últimas décadas en nuestras sociedades latinoamericanas.
Referencias
Irma Arriagada y Verónica Aranda (comps.), Cambio de las familias en el marco de las transformaciones globales: necesidad de políticas públicas eficaces, Santiago de Chile, División de Desarrollo Social, UN, Cepal, Unfpa, 2004 (Serie: Seminarios y Conferencias, 42). - Catalina Denman et ál. (coords.), Familia, salud y sociedad. Experiencias de investigación en México, México, U. de G., INSP, Ciesas, El Colegio de Sonora, 1993. - María de la Paz López y Vania Salles (comps.), Familia, género y pobreza, México, Miguel Ángel Porrúa Eds., Gimtrap, 2000 (Col. Las Ciencias Sociales). - Pablo Rodríguez (coord.), La familia en Iberoamérica 1550-1980, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2004. - José Manuel Valenzuela y Vania Salles (coords.), Vida familiar y cultura contemporánea, México, Conaculta, DGCP, 1998 (Col. Pensar la Cultura). - Varios autores, Panorama social de América Latina. 2000-2001, Santiago de Chile, Cepal-Naciones Unidas, 2001. - Catalina Wainerman (comp.), Vivir en familia, Buenos Aires, Unicef/ Losada, 1996. - Catalina Wainerman (comp.), Familia, trabajo y género: un mundo de nuevas relaciones, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina/ Unicef, 2002.
A
lgunas cuestiones bioéticas que hoy tanto nos preocupan pueden ser vistas como signos de una turbulencia y una ruptura cultural inexplicables. Pero ocupándonos de la reflexión ética podemos preguntarnos si se trata de una ruptura cultural moralmente buena o mala (v. Valores culturales). Y más en general aún, ¿qué sentido cabe dar a los cambios culturales? Después de la aprobación de la Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (2005) aprobada por la Unesco el mismo año en que aprobó la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, estas cuestiones se han convertido en materia de reflexión obligada para la bioética en América Latina.
Cultura y moral: la perspectiva psicoanalítica. En El malestar en la cultura, Freud ofrece las coordenadas centrales de su pensamiento en orden a entender preguntas como estas desde una perspectiva psicoanalítica. Puestos ante una crisis de valores en una sociedad, para Freud no hay que preguntarse sobre la finalidad de la vida, cuestión sobre la que solo puede responder la religión, sino tan solo sobre las razones que guían a los hombres a actuar en unos sentidos u otros. Y encuentra que esas razones están en conseguir la felicidad: esto es, en evitar el dolor y tener sensaciones placenteras. Este objetivo, dirá sin embargo, no es totalmente realizable porque el sufrimiento amenaza al hombre desde el dolor, la angustia y la decadencia de su cuerpo, desde el mundo externo y desde las relaciones con los demás (v. Bienestar, dolor y sufrimiento; Antropología del dolor). Por ello, con la cultura o suma de producciones e instituciones que nos distancian del mundo animal nos defendemos de las amenazas de la naturaleza y regulamos las relaciones entre nosotros. Entre esas producciones destacan la ciencia y la técnica, el orden, las ideas de los sistemas religiosos, las especulaciones filosóficas y las construcciones ideales, como los objetivos de una nación. Pero también son importantes las regulaciones de las relaciones entre los hombres y el concepto de justicia que se impone como regulador básico de una sociedad armoniosa. Así, la libertad individual, en un sentido profundo, no aparece en realidad como patrimonio de la cultura ya que esa libertad era máxima antes de la cultura. Por el contrario, hay una auténtica frustración cultural de esa libertad que en parte explica toda hostilidad contra el desarrollo de la cultura. Históricamente, sin embargo, la vida en común de los hombres fue posible porque tanto el trabajo como satisfacción de las necesidades, así como el amor que instituyó la familia, hicieron
posible extender los vínculos de relación entre los hombres. Pero no solo el impulso amoroso de satisfacción sexual directa dado en la familia, sino también el no satisfecho y derivado a un fin inhibido, como la amistad o el cariño, facilitaron el desarrollo cultural por la ampliación de vínculos. A pesar de ello, la tendencia cultural al crecimiento de los lazos en la comunidad humana ha tendido a privilegiar la tendencia amorosa de fin inhibido por su mayor eficacia (v. Amor y odio). De allí que la sexualidad, en tanto vínculo entre dos personas, concluya enfrentada con la cultura. La razón fundamental de la necesidad cultural de ampliar los vínculos sociales reside para Freud en el control de la hostilidad humana. La cultura controla a la agresión al introyectarla como conciencia moral o superyó que se enfrentará a las tendencias hostiles del yo permitiendo ampliar así los lazos sociales. De esta manera queda establecida la tensión del sentimiento de culpabilidad que en la evolución individual aparece como resultado del enfrentamiento de una tendencia “egoísta” a la felicidad y una tendencia “altruista” a la comunidad con los demás (v. Altruismo y egoísmo). Aunque, así como en la evolución de cada individuo nos parecerá ver que prima la tendencia egoísta, en la evolución cultural creeremos que se privilegia el altruismo y las restricciones que el mismo supone. Y tal como sucede en la evolución individual, cada época cultural tiene su superyó que regulará las relaciones entre los individuos bajo el campo de la ética. Sin embargo, los sistemas éticos abordan mediante un imperativo lo que no pudo lograrse mediante el desarrollo cultural. “Amarás al prójimo como a ti mismo” es un mandato que desconoce la agresividad humana y toda ética que lo proponga está destinada al fracaso. La evolución cultural ha de ser vista como la lucha de la especie humana por la vida en el enfrentamiento entre Eros y Tanatos o la tendencia de vida y la tendencia de muerte o de autodestrucción del hombre. Y como conclusión, para Freud el destino de la especie humana tendrá que ver con el punto hasta el cual el desarrollo cultural logre controlar las tendencias agresivas y autodestructivas que sacuden a la sociedad.
La destrucción de la cultura en América Latina por imperialismos y dictaduras. La perspectiva psicoanalítica de las relaciones entre cultura y moral, aunque pueda ser criticada, ha sumado una visión importante para nuestra comprensión de una ética de la vida. Y así resulta útil, por ejemplo, para esclarecer el supuesto de que la historia de la humanidad en general y la de América Latina en particular es una
historia de agresiones destructivas en modo de imperialismos y dictaduras que han buscado imponer sus visiones morales y sus prácticas inmorales. Por eso la cuestión que debemos plantearnos al ver la falta de neutralidad en nuestras concepciones de la vida moral es: ¿qué posición tomaremos para hablar del perfil posible de un ethos de América Latina? Podemos tomar por ejemplo un texto del Popol Vuh –las antiguas historias de los indios quiché de Guatemala–, quizás uno de los descubrimientos más importantes de la literatura precolombina, y tratar de abordar aquellas preguntas intentando comprenderlas y explicarlas desde ese texto, desde esa visión, trazo o contorno de una parte al menos de América Latina (v. Etnias y lenguajes). En él se dice: “Este es el principio de las antiguas historias del Quiché, donde se referirá, declarará y manifestará lo claro y escondido, el Creador y Formador, que es Madre y Padre de todos. Esto lo trasladamos en el tiempo de la Cristiandad, porque aunque tenemos el libro antiguo y original de estas cosas, ya no se entiende.” (v. Tradición oral indígena). Por la historia sabemos que la capital de los indios quiché fue destruida por la conquista y estos indios se refugiaron en Chichicatenango, adonde llevaron los libros originales en que ellos recogían los mitos de la Creación, las historias del pueblo y todo lo que constituía su moral o costumbres. La lectura del Popol Vuh empieza a trazar desde su mismo origen un perfil y nos marca una vía de entrada a América Latina. Pero también podríamos tomar la primera carta-relación de Hernán Cortés en el año 1519 para pensar sobre su visión de la realidad. Y en ella dice: “A vuestras Realezas Altezas escribimos y contaremos aquí desde el principio que fue descubierta esta tierra hasta el estado en que al presente está. Porque Vuestras Majestades sepan la tierra que es, la gente que la posee y la manera de su vivir y el rito y ceremonias o ley que tienen y el feudo que en ellas Vuestras Reales Altezas podrán hacer y de ellas podrán recibir. Para que en la conversión de esta gente se ponga diligencia y buen orden, pues que de ellos se espera sacar tan buen fruto. El oro y joyas y piedras y plumajes que se ha habido en estas partes nuevamente descubiertas después que estamos en ellas, son las siguientes:...”. De este modo podemos observar en primer lugar que el mundo de la moral, de las costumbres, aquello que es la sustancia del ethos (aunque por su raíz etimológica griega ethos remita más a ‘ética’ que a ‘moral’, derivada del vocablo
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