Consentimiento comunitario
Javier Luna Orozco (Bolivia), Universidad Nuestra Señora de La Paz
Consentimiento
El concepto de consentimiento. La realidad ampliamente diversa de los grupos que conforman las
sociedades humanas, de acuerdo con características genéticas propias de su raza, idiosincrasia, cultura, religión, lengua y medio geográfico en el que habitan es, de por sí, un tema que debería llevar a un análisis mucho más profundo de las nociones de consentimiento que han venido aplicándose en la práctica médico-asistencial y en la investigación. Aceptar únicamente la definición médico-legal de consentimiento informado como “el que ha de prestar el enfermo o, de resultarle imposible, sus allegados, antes de iniciarse un tratamiento médico o quirúrgico, tras la información que debe transmitirle el médico de las razones y riesgos de dicho tratamiento” es una definición limitada que no da lugar a considerar esa diversidad, situando a la persona en un contexto genérico que no considera la individualidad intrínseca que posee. Al concepto de consentimiento informado deberían agregarse las cualidades de esclarecido y particularizado, lo cual no solo requiere aplicar el principio de información adecuada para conseguirla, sino que esta información, a más de ser entendida y asumida por la persona, debe ser brindada previamente con una actitud afectiva que muestre y demuestre sinceridad, solidaridad y benevolencia, acordes con el virtuosismo y el carácter del good doctor del que nos habla James Drane y que los latinos lo definieron en el vir bonus sanandi peritus, es decir, hombre bueno (con la condición previa de bondad) experto o perito en el arte de sanar. Lo dicho se completa y se hace aún más complejo con las connotaciones filosóficas del giro aplicado al casuismo o situacionismo en el que podría ubicarse el paciente individual, considerado en su singularidad y dignidad particular.
Consentimiento comunitario. La complejidad es aun mayor si aceptamos que el consentimiento pudiera ir más allá del que brinda la persona enferma y sus familiares, y ser influido por otras condiciones, dígase sociales, económicas, religiosas o de otra índole, situándose en esa complejidad el denominado consentimiento comunitario sobre el cual no existe casi nada escrito, pero que se inscribe en una realidad muy propia de algunas sociedades indígenas americanas y probablemente de otras latitudes. Esto al menos es lo que se observa en los hospitales de Bolivia, como el Hospital de Clínicas de La Paz que, al ser público y no estar cubierto por la seguridad social, acoge a los grupos poblacionales más pobres, y por tanto vulnerables, constituidos en su inmensa mayoría por indígenas que tienen una fuerte raigambre rural de naturaleza comunitaria, donde las decisiones no las toma el individuo, sino el núcleo social agrario al que pertenece, bajo la égida de un cacique o curaca, y con un totemismo de dioses tutelares propios (huakas), distintos de los de la familia propiamente dicha (konopas), ya que “los mitos representan las
huellas psíquicas” impresas en el carácter de su pueblo. Esa sumisión a la opinión del conjunto ha calado hondamente en la psicología y el comportamiento de muchos pacientes y sus familiares próximos, que no deciden o tienen temor de decidir por sí mismos, en tanto no cuenten con una opinión de consenso colectivo, manifestada con la inclusión de allegados a quienes se respeta por ser padrinos, compadres o poseer cualquier otro rango en la comunidad de la cual procede el enfermo. Lo dicho se confronta con el principio de autonomía y el respeto a la confidencialidad de la bioética anglosajona, y es algo que debe saber interpretar y conducir muy prudentemente el equipo de salud a cargo del paciente, porque escapa de la ética convencional puramente regulada por normas, acercándose más al diálogo entre extraños morales de Engelhardt. A más de ello, está la necesaria adecuación de la atención médico-sanitaria a los hábitos y costumbres diversas que tienen los pacientes, desde la manera de vestirsen, la actitud que adoptan ante el médico o la lengua que hablan –que muchas veces requiere intérpretes–, hasta la posición de parto que prefieren las mujeres de determinadas etnias; sumándose la influencia del curandero y/o médico tradicional (yatiri o callahuaya de las culturas aymara y quechua), que puede actuar antes o después de la atención médica del paciente en el hospital.
Realidad latinoamericana, interculturalidad y etnomedicina. Todos estos factores, más o menos compartidos en muchas realidades latinoamericanas, determinan que la interculturalidad en las prestaciones médico-sanitarias de los países con una alta concentración poblacional indígena (México, Bolivia, Perú, Ecuador y algunos de Centroamérica), deba ser incorporada como un tema muy propio, tanto en la identificación y construcción de una bioética latinoamericana, como en la formación académica universitaria de los recursos humanos en salud y las disciplinas sociales relacionadas, acercándonos cada vez más al perfil social humanístico que debe tener el nuevo profesional en salud, con conocimientos de filosofía aplicada, antropología, sociología, geografía sanitaria, historia de la medicina, idiomas nativos, medicina tradicional local y formas de medicina alternativa, a más de la deontología y las éticas aplicadas. Afortunadamente, la interculturalidad está siendo incorporada,
incluso en la práctica diaria de algunos hospitales, revalorizando el aporte de las muchas expresiones que tiene la etnomedicina, en especial en lo que hace al uso de plantas medicinales y otras substancias de origen natural que deben ser valficamente; como lo ha demostrado el XIV Congreso Italo-Latinoamericano de Etnomedicina, realizado en Ciudad de México, en septiembre de 2005. La gravitación del consentimiento comunitario no solo se da en la asistencia médica de los pacientes, sino también en los procesos de investigación que se desarrollan en comunidades rurales, requiriéndose, en muchas ocasiones, el consentimiento de las autoridades de la comunidad (corregidor, sindicato, incluso de una asamblea), luego de dejar en claro el impacto y la relevancia de la investigación, a más del mejoramiento de la salud y otros beneficios que pudiera darse a la comunidad. Lo mismo puede decirse frente a las enfermedades endémicas, cuyo control requiere necesariamente la participación de grupos sociales activos que previamente sean informados, sensibilizados y capacitados para coadyuvar en las tareas sanitarias a realizarse. Por último, una expresión de consentimiento comunitario es la respuesta misma que se logra de la población en general ante las muchas formas de medicina social, como las campañas promocionales de educación sanitaria, prevención de enfermedades infecto-contagiosas, saneamiento básico y ambiental, prevención de desastres y otras, que involucran a las personas en pro de sus propios intereses.
Referencias
James F. Drane, Becoming a Good Doctor, Sheed Ward, second edition, 1995. - Graciela Fernández, “El problema filosófico de la aplicación: casos y situaciones”, en El giro aplicado, transformaciones del saber en la filosofía contemporánea, Ediciones Universidad Nacional de Lanús, 2002. - Javier Luna Orozco, “Relación con los pacientes en el quehacer médico sanitario”, Revista Boliviana de Bioética, Vol. 1, N° 1, enero-junio, 2005. - Fernando Montes Ruiz, La máscara de piedra, La Paz, Editorial Quipus, 1984. - Revista Latinoamericana de Química, Suplemento especial XIV Congreso Italo-Latinoamericano de Etnomedicina Gonzalo Aguirre Beltrán, México, Edición Mixim, 2005. - Enrique Vargas Pacheco, “Investigación en salud, adecuada y aprobada éticamente”, Revista Boliviana de Bioética, Vol. 1, N° 1, enero-junio, 2005.
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