La Cerda, Infantes de HIST.
Categoria:
Historia
Se conoce con este nombre a los infantes Alfonso y Fernando, hijos de Fernando de La Cerda, primogénito de Alfonso X (v.). El calificativo obedece a un mechón de pelo en el hombro que tenía el hijo del Rey Sabio. La temprana muerte de Fernando de L. C. (en Villa Real, 1275) planteó un agudo problema sucesorio. Los infantes de L. C., amparándose en los últimos testamentos de Alfonso X, que les designaba como herederos, reclamaron insistentemente la corona de Castilla. Su tenaz lucha, a lo largo de los reinados de Sancho IV (v.) y Fernando IV, no condujo a nada. La prestación de homenaje por Alfonso de L. C. a Alfonso XI (v.), en 1331, puso punto final a la contienda.Pleito sucesorio. La muerte del primogénito del Rey Sabio planteó el dilema de la sucesión entre los hijos del fallecido o el segundo hijo varón, Sancho. De acuerdo con la tradición, no podía trasmitir ningún derecho sucesorio quien no lo había poseído efectivamente, como en el caso de Fernando de L. C. Pero la Ley de Partidas, redactada por Alfonso X, aunque todavía no puesta en vigor, mantenía el sistema de primogenitura en la sucesión, aun en el caso de muerte prematura del heredero, en virtud del llamado derecho de representación. Sin embargo, el problema no estaba nada claro. Alfonso X y las Cortes de Segovia de 1276 reconocieron por heredero a Sancho. La reina Violante, ante esta decisión, huyó con su nuera. Da Blanca, hija de S. Luis de Francia, y con sus nietos, los infantes de L. C., a tierras aragonesas, donde fue acogida por su hermano Pedro III (v.). Pero la presión francesa en favor de los infantes de L.C. y los intentos de Alfonso X de compensar a éstos con el reino de Jaén, provocaron la rebelión del infante Sancho. D. Alfonso desheredó a Sancho y, en sus testamentos de noviembre de 1283 y enero de 1284, nombró herederos a los hijos de su primogénito, Fernando; basó esta decisión no en el presunto derecho de primogenitura regulado por las Partidas, sino en la rebelión de Sancho. En su último testamento, el Rey Sabio creaba, dentro de la corona de Castilla, dos reinos vasallos, el de Sevilla-Badajoz y el de Murcia, que donaba respectivamente a sus hermanos los infantes D. Juan y D. Jaime. Pero todos estos planes fracasaron, pues al morir Alfonso X (1284) se consolidó la posición de Sancho IV como rey de Castilla.A partir de entonces, los infantes de L. C. se convierten en un simple instrumento al servicio de intereses ajenos. Pedro III los había encerrado, en 1281, en el castillo de Játiva, en donde pasaron su infancia. Sancho IV, por su cuenta, negoció con Felipe IV de Francia (v.), llegando al tratado de Lyon (1288), por el que concedía a los infantes de L. C. el reino de Murcia y Ciudad Real, y les reconocía como herederos si él moría sin descendencia. Incluso se proyectó el matrimonio del infante Alfonso con una hija del monarca castellano. Pero la huida a tierras aragonesas de Diego López de Haro, después del asesinato de su hermano en Alfaro, y la presentación del tratado de Lyon como una confabulación antiaragonesa cambiaron el panorama. Alfonso 111 de Aragón decidió que los infantes de L. C., que desde Játiva habían pasado a Morella, fueran llevados a la Corte, en laca. Allí, en septiembre de 1288, Alfonso de L. C. fue jurado rey de Castilla por los castellanos presentes. La tensión castellano-aragonesa desembocó en un conflicto de tipo fronterizo. En él, Alfonso de L. C., a quien se dejó el mando de las tropas, se reveló como un mal guerrero. Las esperanzas de los infantes se diluyeron. En el tratado de Bayona, suscrito entre Castilla y Francia en 1290, se excluían las cláusulas beneficiosas para los infantes de L. C., concertadas en Lyon, por su actitud -levantisca. Da Blanca, la madre de los infantes, recibía importantes donaciones de Sancho IV, a cambio de reconocerle implícitamente como monarca legítimo. Por su parte, el nuevo rey de Aragón, Jaime lI (v.), buscó una aproximación a Sancho IV (Monteagudo 1291), retirando su apoyo a los infantes de L. C. Las pretensiones a la corona castellana de los desdichados infantes parecían relegadas al más profundo olvido.Reinado de Fernando IV. Fueron una vez más circunstancias ajenas a los propósitos de Alfonso y Fernando de L. C. las que reavivaron sus aspiraciones. La minoría de Fernando IV abrió una etapa de anarquía en Castilla. Jaime II de Aragón, cuyas relaciones con Castilla habían Qmpeorado, especialmente después de repudiar a la infanta Isabel, creyó llegada la hora de incorporarse el reino de Murcia, vieja aspiración. El infante D. Juan conspiró contra la regente, María de Molina (v.). En estas circunstancias, los infantes de L. C. constituyen una pieza clave. Alfonso de L. C., que en 1290 había ido a Francia en busca de socorros y que nada positivo había obtenido, intervino activamente en las negociaciones. En 1296 se delineó un plan entre Jaime 11, el infante D. Juan y los infantes de L. C., que contaban también con el apoyo de Portugal y Francia. El proyecto era repartirse el reino de Castilla. Alfonso recibiría, con el título regio, Castilla, Toledo, Jaén y Córdoba. El infante D. Juan reinaría sobre León, Galicia, Sevilla y Extremadura. Murcia pasaría al monarca aragonés. Alfonso de L. C., al frente de un ejército, penetró en Castilla. Aunque en Sahagún se coronó rey e inició un avance sobre Valladolid, apenas despertó entusiasmo. El pueblo castellano estaba al lado de María de Molina. El fracaso ante Mayorga y la difusión de la peste, que diezmó a sus tropas, le obligaron a retirarse a la zona de Soria, en donde estaba combatiendo en 1298.El acceso de,,Fernando IV a la mayoría de edad (1301), supuso un nuevo y rotundo fracaso de las aspiraciones de Alfonso de L. C. Todavía en 1303 el viejo e intrigante infante D. Enrique planeó la entrega del reino de León a Alfonso de L. C., después de que se casase con una hija suya. Pero esta descabellada idea no prosperó. Alfonso, desengañado una vez más, había marchado a Francia en 1302. Mientras tanto, castellanos y aragoneses preparaban la paz, sancionada en la sentencia arbitral de Tarazona de 1304. En ella se estipulaba la renuncia de Alfonso de L. C. a la corona de Castilla, y la devolución de las plazas de Soria; Deza, Serón y Almenara. A cambio se le recompensaba con un conjunto de plazas, entre las cuales figuraban Alba, Béjar, Valdecorneja, Gatón, Real de Manzanares, Gibraleón y la Algaba. Además recibía una pensión de 400.000 maravedíes. Alfonso, bondadoso y confiado, se sometió a lo acordado en dicha sentencia.Fin de la causa. La temprana muerte de Fernando IV, en 1312, parecía ofrecer una nueva oportunidad a Alfonso de L. C. Pero su causa estaba tan debilitada que nadie pensó en defenderla. Al final, despojado de sus bienes, hubo de marchar nuevamente a tierras francesas. El homenaje que rindió a Alfonso XI, en 1331, liquidó el ya prolongado pleito dinástico. Dos años más tarde, en 1333, murió Alfonso de L. C. En Francia, donde había sido muy bien acogido por Felipe IV, casó con la condesa de Clermont. De dicho matrimonio nació Luis de L. C., más conocido por Luis de España, padre a su vez de Isabel de L. C., de la que desciende la casa de Medinaceli. El otro infante, Fernando, que siempre estuvo en un segundo plano, casó con Juana de Lara. Una nieta de este matrimonio fue Juana Manuela, mujer de Enrique 11 de Castilla (v. TRASTÁMARA, CASA DE). Esto explica que, en 1386, Juan I, para desarticular las pretensiones del duque de Lancaster a la corona de Castilla, afirmase que Sancho IV y sus descendientes habían sido ilegítimos, en tanto que él recogía la herencia legítima, la de Fernando de L. C.J. VALDEÓN BARUQUE.
BIBL.: La vida de los infantes de L. C. se puede seguir, aunque en forma dispersa, en las Crónicas de los reyes coetáneos, de Alfonso X a Alfonso XI.
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