Sensación. I. Filosofía.
En el lenguaje corriente, el término s. -que procede del latín, sensatio, sensus- suele abarcar una amplia gama de significados, que van desde la mera impresión o sentirse afectado por algo -p. ej., "lo he sentido mucho", "noto una extraña sensación"-, a un estado emocional definido -s. de miedo, alegría, etc. (v. SENTIMIENTOS)- y, sobre todo, a una forma de conocimiento (v.). En el ámbito científico -filosófico y psicológico- la s. es entendida unívocamente en esta última acepción, como un fenómeno cognoscitivo primario, por la que captamos las cualidades y cantidades concretas de los objetos corpóreos. En este estudio trataremos el tema desde un punto de vista filosófico. Los aspectos más propiamente psicológicos de la s. pueden verse en la segunda parte de este trabajo y en el artículo SENTIDOS; y la fisiología, en cada una de las voces dedicadas a los órganos sensoriales ’(V. OJO II; OÍDO II; OLFATO; GUSTO; TACTO).
1. Noción y clases de sensaciones. La s. suele definirse como el fenómeno psíquico causado por la estimulación de un órgano sensorial, por el que captamos las propiedades sensibles -color, forma, peso, etc- de un objeto. Se distingue entre s. externa e interna. La primera se caracteriza porque el estímulo procede inmediatamente de un objeto exterior, y depende de un órgano sensorial específico, como el ojo, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, aunque este último en realidad sea un sentido múltiple, que comprende diversos receptores sensoriales.La s. interna, en cambio, no se actúa por una estimulación externa: se produce también en ausencia del objeto, pero siempre sobre la base de una s. externa, cuyos contenidos se integran y perciben de modo consciente por el sentido común, persisten gracias a la imaginación, son evocados por la memoria en cuanto experiencias pasadas, y adquieren un significado concreto gracias a la cogitativa. La s. interna carece, además, de una localización orgánica conocida. La imaginación, la memoria, etc., no parecen estar ubicadas en un área específica del sistema nervioso central (v.). Hoy tiende a considerarse todo el cerebro (v.) en su conjunto como el órgano de los sentidos internos. Puesto que cada uno de estos sentidos posee ya una voz propia (v. SENTIDO COMÚN; FANTASÍA I; IMAGINACIÓN; MEMORIA; INSTINTOS II; COGITATIVA), aquí nos referiremos sobre todo a la s. externa.
Además del órgano sensorial que constituye la base biológica, la s. postula -como cualquier otra actividad propia de los seres vivos- la existencia de una facultad anímica que entra como principio formal en la operación cognoscitiva. Órgano y facultad constituyen una unidad que denominamos sentido, y que es el principio operativo de la sensación.
Por la s. se aprehenden formas corpóreas, singulares y concretas; es decir, accidentes. Espontáneamente, en una primera interpretación a nivel del saber precientífico, la S. se presenta como la forma de conocimiento más pobre, pero a la vez como la más inmediata y evidente. Cualquier otra actividad cognoscitiva reconoce su punto de partida, más o menos directamente, en los sentidos. No es de extrañar, pues, que el tema haya encontrado un puesto importante en la metafísica (v.), como se estudiará más adelante (v. 3 y 4).
2. Estructura de la sensación. En toda s. cabe distinguir los siguientes elementos: un objeto capaz de estimular un órgano sensorial, la modificación fisiológica de ese órgano y la aprehensión de una cualidad sensible, como el sonido, el color, la forma, el peso, la magnitud, etc.
Los estímulos, que pueden ser de diversas clases, son específicos para cada órgano: electromagnéticos -la luzpara la vista, ondulatorios -ondas aéreas- para el oído, químicos -sustancias diluibles y evaporables- para el olfato, físicos -peso, temperatura, vibraciones, rugosidad, etc.- para el tacto. Las reacciones producidas en el órgano correspondiente por esos estímulos son de índole electrobioquímica. Pero ni aquéllas ni éstas aparecen en la conciencia (v.) del sujeto cognoscente. Esto quiere decir que en la s. -como se verá más adelante-, las cualidades del objeto no son aprehendidas de un modo físico, sino inmaterial.
P. ej., el color en una cosa es la propiedad de absorber unas ondas luminosas y reflejar otras; en el órgano visual es, la capacidad de ser estimulado por esas ondas; en la visión es esa misma propiedad del objeto iluminado, pero recibida por el cognoscente como cualidad sensible, como s. de color. Esto último es un fenómeno de naturaleza psíquica, que constituye lo característico del conocimiento sensorial.
Las cualidades sensibles que son percibidas exclusivamente por un solo sentido, como el color, el sonido, el gusto, el olor, la dureza, el calor, etc., se denominan sensibles propios. Con estas cualidades se aprehenden concomitantemente, y de una manera también inmediata aunque distinta, otras propiedades de los cuerpos que están ligadas a la cantidad, como la magnitud, el movimiento, la figura y el número. Como éstas no son percibidas exclusivamente por un sentido, sino por varios a la vez, se conocen como sensibles comunes. A veces se utiliza otra terminología -sensibles primarios y secundarios-, que está ligada a la errónea hipótesis propuesta por Galileo (v.) según la cual los sensibles propios no serían causados por el objeto estimulador, sino puestos por el sujeto cognoscente.
La s. como actividad aislada, pura, es sólo una abstracción científica, impuesta por la necesidad de analizar el proceso cognoscitivo, deslindando sus distintas fases o momentos. De hecho, la unidad de conocimiento más simple es la percepción (v.), por la que se aprehende sensiblemente un objeto de una manera global y unitaria.
En toda percepción, las s. aportan un material cognoscitivo directo e inmediato, que -trámite el sentido común (v.)- constituye la plataforma sobre la que operan los demás sentidos internos y el mismo pensamiento (v.). Las s. no son, pues, elementos que sumados o asociados darían lugar a una percepción; sino más bien constituyen sus contenidos más sencillos e indivisibles, y vienen a ser como una materia, múltiple y con una estructura poco diferenciada, que es en su totalidad ordenada por el acto perceptivo. Con ello no se niega la realidad de las s.; al contrario, se subraya su carácter de raíz, de fuente, de las percepciones y aun del mismo pensamiento.
3. Metafísica de la sensación. La temática filosófica dé la s. comprende tanto cuestiones de reciente formulación -p. ej., todo el tema del estructuralismo (v.)-, como problemas que se remontan a los mismos orígenes de la filosofía. El tema central, sin embargo, sigue siendo el de la naturaleza metafísica de la sensación.
El realismo (v.), desarrollando los datos que proporciona la experiencia inmediata, afirma el carácter estrictamente cognoscitivo -captación de una realidad objetiva- de la s. y su estrecha relación con el pensamiento. El idealismo (v.), en cambio, partiendo de una concepción apriorística del conocer, considera el sentir y el pensar como un proceso en el que de algún modo el sujeto construiría lo real. Para el realismo las s. son una fuente de información del mundo circundante; para el idealismo, lo son de la subjetividad.
La solución del problema gnoseológico de la s. depende, en parte, de otras dos cuestiones que se expondrán seguidamente. Una es el modo de entender la relación entre el aspecto fisiológico -la modificación del órgano sensorial- y el aspecto psíquico -la aprehensión de una cualidad sensible-, que constituyen la s. Otra se refiere al papel de los sentidos y del objeto en el conocimiento sensorial.
a) Fisiología y sensación. Sabemos que la estimulación del órgano sensorial por un objeto exterior es una condición necesaria pero no suficiente para el conocimiento sensible. Por eso, ni la sensación es un simple epifenómeno de las modificaciones fisiológicas del órgano y de sus centros nerviosos, como afirma el monismo (v.) materialista; ni las reacciones biológicas son algo totalmente ajeno -o a lo más, un mero instrumento- al hecho de conciencia, como pretende el dualismo (v.). Se trata más bien de una única realidad, que ofrece dos vertientes o facetas: una biológica o somática y otra anímica o psicológica. Esta última no es reductible directamente a la primera.
Del mismo modo que hay una correspondencia entre el estímulo físico y la reacción sensorial existe también una correspondencia natural entre el fenómeno fisiológico y el psíquico, como puede demostrarse aun experimentalmente. Nótese que se habla de correspondencia y no de igualdad, para no caer en el exceso inicial de la Psicología de la forma (v.), que identificaba las formas físicas con las psicológicas.
P. ej., la temperatura es un estímulo físico que modifica el órgano termotáctil, actuando sobre los receptores situados en la piel. Se puede comprobar científicamente la correspondencia entre la temperatura y los cambios fisiológicos, aunque son de naturaleza distinta; la primera depende de la energía cinética de las partículas que componen el cuerpo; los segundos son de índole eléctrica y química. Más aún: las terminaciones nerviosas y los centros cerebrales de la temperatura registran los cambios de calor, pero ellos mismos no se calientan, ni enfrían: tienen la temperatura constante del cuerpo humano.
La reacción fisiológica a la temperatura es la causa, de carácter material, proporcionada para que se verifique el acto de sentir el calor o el frío. "Sentir" la temperatura del ambiente es algo muy distinto de "tener" temperatura, aunque esa s. exija el hecho físico del fenómeno térmico.
Si se rompe arbitrariamente la relación sensación-hecho fisiológico-hecho físico, fundada en la unidad psicosomática del sentido, único principio del conocimiento sensible, se crea un problema gnoseológico artificial de muy difícil solución. Éste es el caso del dualismo psicosomático, en todas sus formas.
b) Sensación y objeto. La s. implica la percepción de una cualidad sensible -color, sonido, etc.-: éste quizá es el hecho inicialmente más llamativo. Pero la s. es sobretodo una operación, una actividad que, desencadenada por el estímulo, da a conocer inmediatamente el objeto sentido. El sujeto cognoscente aprehende ese objeto, pero de un modo inmaterial (v. CONOCIMIENTO): es decir, el objeto no penetra físicamente en el sujeto, ni éste pierde su modo propio de ser para adquirir el de la cosa aprehendida. Sin embargo, como fruto de esa actividad cognoscitiva, el sujeto cognoscente se enriquece: gracias a la cualidad sensible generada, tiene presente en sí el objeto, de un modo que técnicamente se denomina "intencional".
Sobre esto, gracias a la función de conciencia sensible propia del sentido común (v.), al sentir calor, frío, etc., de un modo concomitante, inmediato, "siente que siente". También hay s. que quedan fuera de este campo de conciencia; son las s. subliminales, como, p. ej., las de la sensibilidad profunda (v. SENTIDOS; SENSIBILIDAD).
A través de los sentidos, una cosa es conocida en alguna de sus condiciones corpóreas, individuales y concretas; accidentales. La s. no es una toma de conciencia de un proceso orgánico -como sucede en algunos estados afectivos: el cansancio, la euforia, la depresión, etc.-; ni tampoco es una pura información sobre la cualidad nociva o útil de las cosas. Es un conocimiento, inmediato y directo, de los objetos en sí mismos, en cuanto que éstos tienen capacidad de estimular los órganos sensoriales. El idealismo se ha equivocado al ignorar la receptividad que hay en el conocimiento sensorial, vaciándolo entonces de contenido.
c) Valor gnoseológico de las sensaciones. Con estos presupuestos, el problema gnoseológico de las s. adquiere sus justas proporciones. Por medio de los sentidos, adquirimos unos conocimientos que no son fruto de una inferencia o juicio. En este plano decimos que los sentidos son infalibles: no hay proceso intermedio que pueda distorsionar la percepción sensorial. El error podrá introducirse en la ulterior elaboración de esos datos, por los sentidos internos y por el entendimiento (v.).
Conviene notar que esa propiedad de los sentidos externos es privilegio de los sensibles propios. Los comunes, aunque son captados inmediatamente, entran en composición con los datos de varios sentidos, dándose así la posibilidad de error.
Puesto que las s. constituyen la primera información que es recogida sobre la realidad (v.) circundante, y el hombre nace desprovisto de imágenes y conceptos -que no son heredables-, la actividad sensorial constituye el punto de partida genético de cualquier otro conocimiento. En esta línea afirma el conocido aforismo que nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu: todo lo que es conocido intelectualmente de alguna manera estaba ya presente en los sentidos.
El sensismo (v.) interpreta esta relación sentido-pensamiento como si no hubiera diferencia esencial entre el pensar y el sentir, desconociendo la naturaleza espiritual del objeto y de la actividad intelectiva (v. ENTENDIMIENTO; CONOCIMIENTO). El problema del sensismo se supera, sin negar la primacía temporal o genética de la s., admitiendo que por los sentidos se captan más cosas de las que se sienten. Así, el realismo distingue entre los sensibles per se y los sensibles per accidens. Los primeros son los que los sentidos son capaces de aprehender: formas corpóreas, singulares y concretas; es decir, lo que constituye propiamente la sensación.
Los sensibles per accidens, en cambio, comprenden todo aquello que de suyo no es perceptible sensorialmente, pero en lo que hay algo que sí lo es. Un ejemplo típico es la sustancia: los sentidos no conocen más que los accidentes, pero como éstos de hecho son inseparables del sujeto único que los sostiene, al percibir los accidentes, de alguna manera -per accidens- es también captada la sustancia sobre la que éstos inhieren.
En cuanto a la riqueza cognoscitiva de la s., es distinta según los diversos sentidos (v.). Mientras el gusto y el olfato tienen un reducido contenido gnoseológico, lo mismo que el tacto -y aun la sensación dolorosa está muy cercana a los fenómenos afectivos-, la vista y el oído proporcionan una extensa información del mundo sensible circunstante (v. SENTIDOS).
4. La sensación en la filosofía. Antes de Aristóteles no existe una teoría sistemática de la s. Sin embargo, el problema fundamental -la naturaleza metafísica de la s. y su valor gnoseológico- se encuentra ya planteado con toda claridad.
Quizá la primera interpretación del proceso de la s. deba atribuirse a Empédocles (v.), que la entiende como un fenómeno mecánico desencadenado por los efluvios que emanan de los cuerpos, y que son captados gracias a que los sentidos estarían compuestos de los mismos elementos que las cosas. En esta misma línea, aunque más sofisticado, se sitúa el mecanicismo (v.) atomístico de Demócrito (v.): la s. no sería otra cosa que la recepción de las imágenes (eidolas) que se desprenden de los cuerpos, penetrando a través de los poros. Sólo los sensibles comunes tendrían un valor objetivo; los propios no pasarían de ser meras impresiones subjetivas: "opinión es lo dulce, opinión lo amargo, opinión lo caliente, opinión lo frío, opinión el calor; solamente los átomos y el vacío constituyen la verdad".
La cuestión del valor efectivo del conocimiento sensorial fue uno de los temas más importantes del pensamiento griego. Por un lado, se constituye una corriente sensista presente -según el Teeteto de Platón- ya en Protágoras (v.), que únicamente reconoce como cierto lo que impresiona nuestro sentido. Esta postura alcanzará su apogeo siglo y medio más tarde, con el epicureísmo (v. EPICÚREOS). Según Diógenes Laercio, "Epicuro dice que el canon de lo verdadero son las s., las prenociones y los afectos" aunque todo viene a reducirse a la evidencia sensible. Mucho más tarde, un discípulo suyo, el poeta Lucrecio Caro (v.), dirá: "los sentidos son irrefutables", los errores "provienen de las conjeturas que nuestra mente les añade".
Más antigua y mejor representada se encuentra la corriente intelectualista que parte ya de Heráclito (v.) y Parménides (v.). Éste dirá que las s. constituyen el origen del "mundo engañoso de las opiniones de los mortales"; y el primero no será más benóvolo -"malos testimonios son los ojos y los oídos de aquellos que tienen el alma inculta"-, aunque no vacila en reconocer su necesidad para alcanzar la sabiduría. La postura de Heráclito, sin embargo, está impregnada de un fuerte relativismo, por lo que en él se suele individuar el origen del sensismo de Protágoras y de los sofistas.
Platón (v.) trata el tema de las s. desde la perspectiva de su problema fundamental: el de las relaciones entre el mundo de lo sensible y de lo inteligible. Por eso, más que afirmar el valor en sí de la s., se esfuerza en demostrar sus límites. Lo importante para que haya ciencia son las ideas, y éstas no son objeto de conocimiento sensorial. Por eso la ciencia no puede descansar en las impresiones, sino en el razonamiento ejercido sobre ellas. Pero el entendimiento conoce las ideas, si no se quedaría al nivel intermedio de la matemática, de modo que en último término las ideas constituyen el fundamento de todo conocimiento.
Ya Empédocles había dicho que "vanamente se piensa encontrar la verdad nada más que con la razón". Mas, sin una solución metafísica del tema de los sentidos, esa frase habrá de tener siempre un sabor más escéptico que de sano realismo. Y es precisamente por esto, más que por el hecho de haber ofrecido un tratado completo de la s., por lo que destaca el pensamiento aristotélico. En el De Anima, De sensu et sensato y De memoria et reminiscentia propone Aristóteles (v.) un estudio detallado sobre la naturaleza de la s. Los puntos más importantes quizá sean: a) el haber descubierto que la s. es una operación, una actividad, por la que se conoce un objeto en sus cualidades sensibles; b) la distinción entre los sentidos internos y externos, y sus mutuas relaciones, así como su diferencia cualitativa con respecto al conocimiento intelectual; c) la perfecta armonía y dependencia entre los diversos grados del conocer. Con estos presupuestos el problema del valor del conocimiento sensorial viene resuelto coherentemente: hay una correspondencia entre los objetos y las s., que constituyen el punto de arranque de cualquier otro proceso cognoscitivo.
La influencia de Aristóteles en el pensamiento posterior fue notable. Su punto de vista sobre la naturaleza de la s. fue aceptado, y la mayor parte de las divergencias entre sus seguidores obedece a un problema de interpretación, que aún hoy sigue siendo arduo en algunos aspectos, porque, efectivamente, la terminología aristotélica no siempre es clara.
San Agustín (v.), contra el renovado sensismo materialista de su época, afirmará que sentir no es del cuerpo, sino del alma por medio del cuerpo. Pero es con la escolástica cuando el tema de la s. vuelve a adquirir una cierta importancia en filosofía. El tema central es el de la relación entre los sentidos y la inteligencia.
Hay una cierta tendencia a considerar este periodo de la historia de la filosofía como algo tremendamente unitario, olvidando que tanto por escuelas, como por originalidad de pensamiento en sus autores, y aun por el mismo número de publicaciones, se trata de una época filosóficamente compleja. Es un error, aun en el mismo tema de la s., uniformar puntos de vista tan singulares como los de un Hugo de San Víctor, un Rogerio Bacon y un Scoto.
De todos modos, en este cuadro que por motivos de espacio no podemos desarrollar, destaca la síntesis de Santo Tomás (v.). Su noción de acto de ser, fuente de la unidad, operatividad y perfección del ente, permite comprender la estrecha relación entre objeto, s. y pensamiento. El conocimiento humano procede desde lo sensible hasta lo inteligible, salvando la diferencia de naturaleza entre esas dos esferas de la realidad gracias a la unidad del único acto de ser que penetra todas las estructuras y dinamismos del sujeto cognoscente. Además, el concepto de participación (v.), en el campo gnoseológico, ilumina metafísicamente la continuidad funcional entre el conocimiento sensitivo y el conocimiento del intelecto.
La escisión cartesiana entre res cogitans y res extensa, que se traduce en un dualismo alma-cuerpo, y su desprecio de la s. para acogerse al criterio de la idea clara y distinta, supone una regresión en el pensamiento filosófico, cuyas consecuencias pesan después de casi cuatro siglos. En sustancia, el punto de vista de Descartes (v.) sobre la s. es doble: a) considerada en sí misma, no puede ser otra cosa que la excitación misma que el objeto causa en los órganos sensoriales; b) considerada como hecho de conciencia -"es muy cierto que me parece que veo, oigo y siento calor; esto no puede ser falso"-, viene reducida a un estado afectivo o subjetivo.
Se puede decir que estas dos interpretaciones, pero ya completamente disociadas, son las que dominan todavía, especialmente en la ciencia psicológica nacida del positivismo (v.). Desde Descartes a la época actual, la cadena especulativa sobre la s. -centrándose casi exclusivamente en su valor gnoseológico- sigue los siguientes eslabones: la afirmación de Locke (v.) de que todo conocimiento procede de la experiencia; la negación de Berkeley (v.) de que a nuestras sensaciones correspondan objetos corpóreos de alguna clase; la síntesis empirista y escéptica de Hume, centrada en el principio de que lo que verdaderamente conocemos no son realidades exteriores, sino sólo hechos de conciencia, más en concreto percepciones, entre las que destaca la s., que se caracteriza por su fuerza y vivacidad (v. HUME, DAVID, 2). Por la misma época, en Francia, Condillac (v.) se convertía en el teórico del sensismo materialista más rígido de su tiempo.
Una vez perdido el carácter activo -operativo, dinámico- de la s. y su relación intencional con el objeto, el planteamiento crítico de la filosofía hizo imposible la recuperación de esas nociones. Para ello hubiera sido necesario, más que analizar las condiciones del conocimiento filosófico como hizo Kant, reconstruir una metafísica del ser y del operar. Acríticamente, Kant reduce la s. a una mera receptividad de datos informes, que vienen organizados en la intuición sensible por lo que considera las formas a priori de la sensibilidad, el espacio y el tiempo. Contra el racionalismo (v.) encarnado por Wolff (v.), Kant (v.) admite la necesidad del dato sensible para conocer la verdad, al mismo tiempo que se separa del empirismo (v.) inglés al negar a la s. un valor absoluto; en su terminología, las s. no pasan de ser juicios sintéticos puros, carentes de valor científico.
Con el idealismo (v.), desaparece el último rasgo objetivo de la s., conservado por Kant: el de la receptividad. Para Hegel (v.) la s. es un momento más de la dialéctica del espíritu. El primer paso de la fenomenología (v.) de la experiencia de lo consciente que conduce a la autoconciencia.
El s. XX, junto con una extensa difusión del empirismo en las diversas formas de positivismo científico, conoce un cierto renacimiento de la metafísica de la s:, sin llegar a recuperar los avances conseguidos siglos atrás por el realismo. Influyen en esta línea la filosofía de Bergson (v.), la fenomenología y otros autores inspirados en la Psicología de la forma.
Bergson vuelve a entender la s. como el conocimiento inmediato de una cualidad sensible en sus condiciones corpóreas. Sin embargo, niega que la percepción sensible pueda expresar la realidad tal como es; esta tarea sería privilegio exclusivo de una intuición intelectual que se desarrollaría -como la s.- sin intermediario alguno, ni siquiera por conceptos.
Para la fenomenología de Husserl (v.) la s. ocupa un lugar importante en el proceso de conocimiento, en cuanto que los diversos datos adquiridos por las s. constituyen el primer paso para mostrar o exhibir el aparecer de los fenómenos. Sin embargo, la objetividad de la s. queda comprometida por las reducciones típicas del método husserliano (V. FENOMENOLOGÍA).
Remitiéndose a las conclusiones de la Gestaltpsychologie, Merleau-Ponty (v.) subraya que la s. no puede reducirse ni a una mera impresión, ni a la emergencia de unacualidad, y mucho menos a la respuesta inmediata a la excitación sensorial. La s. debe considerarse dentro del marco perceptivo total, para lo cual habría que superar los postulados racionalistas y empiristas; los primeros por su enajenación de la experiencia; los segundos, porque operan con unos datos experimentales carentes de significado. Pero la intención de Merleau-Ponty de ofrecer un programa para la construcción de la ciencia a partir del acto perceptivo, en el estadio actual de su pensamiento, no pasa de ser un esbozo.
Las pérspectivas actuales para el desarrollo de una metafísica de la s. son prometedoras. Hay, sobre todo, dos hechos que van acaparando la atención: la unidad del acto cognoscitivo -aunque en él sean analizables diferentes niveles y estructuras- y la estrecha relación -sin atenuar sus diferencias de naturaleza- entre sentidos e inteligencia. Por el momento, parece que la investigación de este tema se va orientando por dos líneas: una que trata de explicar la conexión entre s. y entendimiento por medio de estructuras intermedias -como la cogitativa (v.)-; otra que funda esa interrelación en la unidad del acto del ser, que comunica su perfección a todas las funciones operativas del ente.
V.t.: CONOCIMIENTO; SENTIDOS; PERCEPCIÓN.
I. CARRASCO DE PAULA.
BIBL.: ARISTÓTELES, De Anima: íD, De sensu et sensato; SANTO TOMÁS DE AQUINO, in de Anima commentarium; íD, Quaestio disputata De Anima; M. BARBADO, Estudios de Psicología Experimental, 2 vol. Madrid 1946-48; R. E. BRENNAN, Psicología general, 4 ed. Madrid 1969; C. FABRO, Percezione e pensiero, 2 ed. Brescia 1966; íD, L’anima, Roma 1955; G. FRAILE, Historia de la Filosofía, Madrid 1956; É. GILSON, Le thomisme, París 1942; J. HISCHBERGER, Historia de la Filosofía, 4 ed. Barcelona 1971; R. JOLIVET, Psicología, 5 ed. Buenos Aires 1966; A. MICHOTTE, La perception de la causalité, Lovaina 1954; F. J. NUYENs, L’évolution de la Psyehologie d’Aristote, Lovaina 1948; A. RIERA MATUTE, La articulación del conocimiento sensible, Pamplona 1970; R. VERNAUX, Filosofía del hombre, 3 ed. Barcelona 1971; A. WILLWOLL, Alma y espíritu, Madrid 1946.
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