PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, poeta y dramaturgo español (biografía)
CALDERÓN DE LA BARCA (PEDRO)
Biografías. Poeta y autor dramático español. Nació en Madrid el 17 de enero de 1600; murió en 23 de mayo de 1681. Su vida llena casi todo el siglo XVII, cuya cultura intelectual en España, cuyos sentimientos e ideas hay quien supone que personifica Calderón mejor que nadie, suposición que puede atribuirse, sin quitar mérito a Calderón, a que sus obras han sido más leídas y comentadas por la crítica que las de otros autores de la misma época.
Tan fecundo autor escribió mucho para el teatro. Sus comedias llegan a ciento veinte o ciento treinta; a ochenta sus autos; los entremeses, sainetes y jácaras, que pueden considerarse como suyos, serán dieciocho.
Como poeta lírico, hubo sin duda de escribir bastante; pero es poco y de corta importancia lo que se conserva de él. Calderón, además, escribió en prosa una Apología de la comedia, que se ha perdido, y una descripción de las fiestas que se celebraron en Madrid en la entrada de doña Mariana de Austria.
De la vida de este ilustre poeta no se tienen muy circunstanciadas noticias. Su familia era originaria de las montañas de Santander, como lo denotan sus apellidos Calderón de la Barca, Henao, Barreda y Riaño.
Hizo su primera educación, gramática y humanidades, con los jesuitas, en el Colegio Imperial de Madrid. Dicen que luego estudio en Salamanca, pero no cuánto tiempo ni qué facultad.
Desde los veinticinco años sirvió en Flandes y en Lombardía con reputación de buen soldado.
Vuelto a Madrid, creció pronto su alta fama de dramaturgo.
Tuvo en sus mocedades amoríos, pendencias y cuchilladas. En uno de estos lances salió herido.
Cuando sobrevino la guerra de Cataluña, volvió al servicio militar como Caballero profeso que era de la Orden de Santiago.
En 1651 se hizo sacerdote. Su vocación fue sincera, y desde entonces su vida fue ejemplar, y no como la de Lope, quien aun después de ordenado, continuó con sus devaneos y locuras.
Desde que Calderón fue sacerdote no escribió ya para el teatro sino como forzado a ello por mandato del Rey; y como sus émulos le censurasen de que aún componía comedias, escribió al Patriarca disculpándose. "Si es bueno, decía, no me obste; si es malo, no se me mande."
Hasta su muerte vivió Calderón muy honrado y favorecido como poeta de la corte por dos reyes: Felipe IV y Carlos II.
Su fallecimiento causó un verdadero luto nacional, y para honrar su memoria se imprimieron en Valencia muchos elogios fúnebres.
La gloria de su nombre y la popularidad de sus obras dramáticas no disminuyeron durante su vida, y aun se puede decir que crecieron después de su muerte, hasta pasado el primer tercio del siglo XVIII, en que apareció la Poética de Luzán, y se divulgó en España el gusto pseudo-clásico.
Desde entonces, casi durante un siglo, hasta que vino a España la moda del romanticismo, se puede afirmar que Calderón fue muy desdeñado entre los mismos españoles.
Los críticos de aquel período tal vez no exageraban demasiado los defectos; pero los veían claros y los ponían de realce con su atinada crítica negativa, sin notar las bellezas y sin hacerlas notar y admirar.
El recto juicio, aunque ofuscado por las doctrinas literarias del pseudo-clasicismo, y el amor de la patria, que cifra en Calderón una de sus glorias, no consintieron que Calderón fuese más desdeñado aún; pero en todos los críticos españoles del siglo XVIII y de principios del XIX se advierte tibieza o frialdad en la alabanza, y que ésta se da a menudo a las prendas que lo merecen menos: al desenfado y a la gracia de los criados, al conocimiento del juego escénico y a lo complicado de los enredos o lances con que están tejidas las comedias.
Las censuras, en cambio, son severísimas, y en algunos preceptistas rayan en crueles. Luzán es de los más blandos. Don Blas Nasarre llega a decir de Calderón: "El enredo hace toda la esencia de sus comedias; el carácter está absolutamente despreciado; rara vez se contenta con una materia simple y única; parece que, al contrario, quiere sostener su genio con la variedad de acciones que toma de dos o tres asuntos. Parecióle tal vez que ésta, que es verdadera pobreza, era riqueza de imaginación. Mezcla, no liga los asuntos; pero de modo tan infeliz, que parece se ven representar de una vez dos comedias, en tanto una escena de la una y en tanto de la otra, lo que es contrario a las leyes del teatro como a las del juicio." Entre los que más rebajaron el mérito de Calderón descuellan el citado Nasarre, D. Nicolás Fernández de Moratín, con ser tan español y tan castizo, Montiano y Luyando y Velázquez. Los que más le defendieron y encomiaron, saltando por encima de las preocupaciones pseudo-clásicas y declarándole egregio poeta, a pesar de todos sus defectos que reconocían, fueron Estala, Munárriz, Martínez de la Rosa y don Francisco Javier de Burgos.
Más tarde, e influidos sin duda por los extraordinarios encomios que los críticos alemanes, y sobre todos ambos hermanos Schlegel, prodigaron a Calderón, los críticos españoles han escrito de él entusiastas panegíricos, esmerándose en esto D. Fermín Gonzalo Morón y don Antonio Gil y Zárate.
El éxito pasmoso de Calderón en Alemania tuvo dos fundamentos: uno el fervor católico, el amor a los sentimientos e ideas de la Edad Media, que Guillermo y Federico Schlegel querían resucitar; y otro, la crítica de la escuela y de la estética de Hegel que dan tanta importancia a la manifestación de la idea, a lo transcendental y característico de un momento histórico y de una raza de hombres.
Calderón fue, pues, casi endiosado en Alemania, y aun colocado por algunos al igual o por cima de Shakespeare, por dos motivos y en virtud de dos muy opuestas tendencias: por el fervor católico más vivo, y por la filosofía más librepensadora, más audaz, más progresista, y, a la par, más ingeniosa, profunda y nueva de cuantas desde Aristóteles hasta nuestros días se han inventado.
Acaso fue fortuna para Calderón que, teniendo tan altos y poderosos propugnadores en los dos campos en que se divide casi todo el mundo filosófico y político de más valer, le saliesen detractores llenos de talento, sin duda, pero movidos por pasiones estrechas y por mezquinas preocupaciones algo anacrónicas: por el odio protestante al catolicismo. Entre estos vehementes detractores se señala Sismondi, para quien Calderón es el tipo humano de la miserable decadencia española: falso en las costumbres que describe, alambicado en lenguaje y estilo, amaneradísimo siempre, ergotista sin alma, incapaz de pintar nada trágico ni patético de una manera digna; desconocedor de la verdad histórica, sin una frase verdaderamente tierna o sublime; inmoral, perverso, corrompido, poeta de la Inquisición, y haciéndonos odiar la feroz y sombría religión que ensalza.
Ya naciendo de tan opuestos juicios, ya porque hoy en día la crítica es menos apasionada y más razonable, ya porque la propensión general es al eclecticismo en todo, lo cierto es que el juicio que hoy se emite con más frecuencia acerca de Calderón se pone en un medio término entre los dos extremos de los Schlegel y de Sismondi.
Nadie ha expresado mejor este juicio ecléctico, en brevísimas palabras, que el ilustre don Antonio Alcalá Galiano, la índole de cuyo talento le inclinaba a ver en todo el pro y el contra y a concertarlos en juicio armónico y conciliador. Galiano dice de Calderón que fue "en la invención feliz; en la formación del enredo y desenredo de sus comedias ingenioso y atinado; en idear caracteres casi siempre común, aunque en raras ocasiones, como en el Segismundo de La Vida es sueño, en El Alcalde de Zalamea y otros, aun en esto acertó a ser eminente; en sus conceptos valiente, si bien con frecuencia afectado; con altas cualidades para lírico, para trágico, para cómico, con frecuencia desperdiciadas por sutileza, hinchazón y pedantería; con fluidez, soltura, pompa y sonoridad en la versificación; ya natural en la expresión, ya violento; una de las primeras glorias de España, en fin, aunque por muchos años tasada en menos de su justo valor, y, hoy acaso, a consecuencia de los elogios de algunos extranjeros, repetidos por no pocos de sus paisanos, avaluado en grado todavía superior al de su verdadero merecimiento."
Es evidente que Galiano aludía aquí a los que se dejan llevar de las pomposas alabanzas de los Schlegel, y olvidaba los terribles vituperios de Sismondi; pero, sea como sea, Galiano se pone en el término medio, que más propende al elogio que a la censura, término medio al que mejor que nadie, en tierra extraña, ha venido a parar el conde Federico Adolfo de Schack.
Con menos entusiasmo, hasta rayar en injusticia, han tratado después a Calderón en Francia Morel Fatio, Marc Monnier y otros.
En España, por último, críticos muy ilustrados, y más que nunca en estos años últimos, con ocasión de la fiesta con que se celebró el Centenario de Calderón, han escrito tratando de tasar en su justo valor el mérito de este insigne poeta.
En el sentir de quien esto escribe, nada mejor ni más completo en punto a juicio literario, aunque quizás peca de severo, que el libro de D. Marcelino Menéndez Pelayo, titulado Calderón y su teatro, y el prólogo puesto por el mismo crítico a las obras dramáticas escogidas de Calderón publicadas en la Biblioteca del señor Navarro.
El juicio, pues, de Menéndez Pelayo nos servirá, hasta cierto punto, de guía, al emitir también nuestro juicio, en resumen, como lo exige el carácter enciclopédico de esta publicación.
No hablaremos de los Autos sacramentales, ya que de ellos hablamos ampliamente en el artículo correspondiente de este DICCIONARIO, artículo al que nos remitimos.
Hablaremos sólo de las comedias, que dividiremos en cuatro clases: 1.ª Dramas religiosos. 2.ª Dramas filosóficos. 3.ª Dramas trágicos, y 4.ª Comedias de capa y espada, incluyendo en esta clase cuarta todo lo dramático de orden inferior.
A la primera clase, al drama religioso, conocido en Alemania antes de que allí se conociesen los de otros autores españoles, debe principalmente Calderón las extraordinarias alabanzas que alcanzó en dicho país. Hoy, para todos, y particularmente para los españoles, hasta en esta clase de dramas se citan algunos que se sostiene que superan a los de Calderón en mérito. Tales son acaso La fianza satisfecha, de Lope de Vega; El esclavo del demonio, de Mira de Amescua, y El Condenado por desconfiado, de Tirso de Molina.
Como quiera que sea, los dramas religiosos de Calderón, sin contar los Autos sacramentales, pasan de quince. Citaremos los títulos de los más famosos: La devoción de la Cruz, Los dos amantes del cielo, El Purgatorio de San Patricio, El mágico prodigioso; Los cabellos de Absalón, El José de las mujeres, y El Príncipe constante.
Sobre esta clase de dramas, que unos llaman comedias devotas, otros comedias de santos, otros comedias a lo divino, se ha hablado y escrito mucho en pro y en contra, señalándose entre los que en pro han escrito D. Manuel Cañete en un hermoso discurso que leyó ante la Academia Española.
De los dramas religiosos que de Calderón hemos citado, descartaremos Los cabellos de Absalón, ya que en realidad no debe mirarse esta obra como de nuestro poeta. En su tiempo, así en España como en cualquiera otro país, no eran tan severos como hoy en día los deberes que la propiedad literaria impone, y los autores se copiaban o se refundían sin decirlo y sin escrúpulo. Así lo hacía Shakespeare en Inglaterra, y así lo hacían nuestros dramáticos.
Los cabellos de Absalón es, de esta suerte, drama refundido y en gran parte copiado del drama de Tirso La venganza de Tamar, cuya sublimidad celebran Schack y otros, a pesar de su terrible crudeza naturalista.
Tres puede decirse que son los puntos teológicos principales en que los dramas o comedias a lo divino deben fundarse.
Sobre cada uno de estos puntos elegiremos un drama de Calderón que le ilustre, y sólo de estos dramas hablaremos.
1.º La conversión del pagano al cristianismo, en el cual viene luego a ser el convertido santo o mártir.
Tal es El mágico prodigioso.
2.º El arrepentimiento del pecador que logra así que Dios le perdone. La devoción de la Cruz.
Y 3.º Las hazañas, virtudes y sacrificios de que es capaz el héroe católico, movido por el amor de Dios y por la firmeza de su fe. Alto tipo de esto es El príncipe constante.
Para la acción de cualquiera de estos dramas la imaginación del dramaturgo servía de poco y casi siempre se tomaba el argumento, en lo sustancial, de vidas de santos. A más del pagano o filósofo gentil convertido, que luego era santo o mártir, y a más del pecador arrepentido que logra el perdón de Dios, solía figurar en estas tradiciones o leyendas un pacto con el diablo, que el sabio o filósofo celebraba dando su alma a aquel común enemigo a trueque de que le habilitase para satisfacer su ambición o para gozar del amor de alguna dama esquiva de quien andaba enamorado. Ésta fue la base de la leyenda de Fausto, sobre la cual se fundan el célebre drama de Marlowe y las dos magníficas tragedias de Goethe. Desde muy antiguo era algo semejante objeto de la poesía en España. Tanto Gonzalo Berreo cuanto el Rey Sabio en sus Cantigas refieren el caso o historia de Teófilo, que en sustancia es lo mismo, y es probable que de origen griego, así como la historia de Cipriano de Antioquía.
La historia de este Cipriano y la de su amada la virgen Justina viene extensa y candorosamente contada en la famosa Leyenda aurea de Jacobo de Voragine. Cipriano y Justina padecieron el martirio en Antioquía por los años de 280, en tiempo de Diocleciano. Sus restos mortales fueron trasladados a Roma, y más tarde a Placencia, donde parece que aún se custodian y veneran.
Fue esta leyenda de Cipriano y Justina objeto de la poesía desde los tiempos más antiguos. Doce siglos antes de Calderón compuso sobre ella un poema épico, en hexámetros griegos, la célebre emperatriz de Constantinopla Eudoxia, llamada Atenais antes de su conversión, e hija de Leoncio, ilustre retórico de Atenas.
El historiador alemán Gregorovius, que ha escrito un libro sobre la vida de esta emperatriz, da en él como apéndice parte de la traducción del poema de Cipriano y Justina.
Bandini descubrió este poema, incompleto, en la Biblioteca Medicea, y publicó el primer libro o canto, sin principio, y el segundo, del que falta el final, en Graecae Ecclesiae Vetera Fragmenta, con una buena traducción en hexámetros latinos.
La misma emperatriz Atenais tomó ya el argumento de otra obra anterior muy divulgada del siglo IV, y que es sin duda la que va inserta, con traducción latina, al fin de las Opera S. Cecilii Cypriani Ep. Carthaginis, etc., de Baluzius (París, 1726).
En el poema de la emperatriz hay mucho que coincide con el drama de Calderón, y mucho más que en Calderón, que coincide con el Fausto de Goethe.
Cipriano va primero a ver si seduce a Justina por cuenta de su amigo, que la emperatriz llama Aglaida; pero pronto él mismo se enamora de Justina, y se empeña ya en enamorarla y ganarla para sí.
Todos sus esfuerzos son vanos, y entonces reconoce que nada vale su ciencia diabólica; la abjura, quema todos sus libros de magia, y se hace cristiano.
Los más bellos recursos de que Calderón se vale, las más conmovedoras situaciones están ya en el poema de la imperial poetisa: el diablo que se transforma en ruiseñor y que no puede quebrantar el libre y valeroso ánimo de Justina, y la aparición del demonio en una figura semejante a la de la dama, a fin de engañar a Cipriano.
La diferencia está en que el Cipriano de Calderón es mediano estudiante y justifica menos que el Cipriano de la emperatriz el calificativo de mágico prodigioso.
El Cipriano de la emperatriz semeja más a Fausto, y en parte de la confesión que hace al pueblo cristiano de sus pecados, a veces hay frases y sentencias que parecen de Goethe: del monólogo con que empieza la primera tragedia.
Por lo demás es curiosísima toda la narración que hace Cipriano, en el poema, de sus estudios, de sus viajes en busca de ciencia, y de los prodigios que es capaz de obrar con la que ha adquirido. Cuando llega a establecerse en Antioquía, sabe ya cuanto hay que saber de ciencias ocultas. El demonio, en virtud de dichas ciencias, acude a su evocación y se le muestra en toda su aparente gloria; el rostro como una flor de oro, la vestidura de llamas y la diadema de carbunclos: la tierra tiembla bajo su pie, y los genios le obedecen y llevan su trono. Este príncipe de las tinieblas llama por su nombre a Cipriano, le promete el señorío del mundo, y le da poder para mandar a los espíritus y fuerzas de la naturaleza.
Para llegar a este grado de elevación en su arte, Cipriano ha hecho inauditos esfuerzos desde pequeño. A los siete años fue consagrado a Mitras, en Atenas; a los diez, iniciado en los misterios de Eleusis; luego estuvo en los bosques del monte Olimpo, donde aprendió el ni significado y el valer del bramido de los vientos, del vagar de las nubes y de los nombres de los dioses. Bajo la dirección de pontífices paganos aprendió allí los secretos de la tierra, del mar y del aire, y las ponzoñas y los medicamentos que tienen los jugos de las plantas. Después, peregrinando, ya en Frigia, ya en Persia, ya en Escitia, ya en Caldea, y residiendo más de diez años en Egipto, desentrañó el enigma del verbo humano y cómo las energías de la tierra se mezclan y conciertan, y la ley que siguen los genios que gobiernan los astros; que huyen de las tinieblas y que viven en las tinieblas, y vio vestigios y apariciones y fantasmas.
Tanta ciencia no valió, con todo, a Cipriano, para vencer el libre albedrío de Justina, ayudada de la gracia. Entonces, así como el demonio de Calderón dice:
Venciste, mujer, venciste
Con no dejarte vencer,
el Cipriano de la emperatriz habla como Fausto, desengañado y maldiciendo de la ciencia impura. "De nada me ha valido, exclama, la ciencia que estudié en antiguos libros. He consumido vida y hacienda en esas mentiras. Estaba muerto y creía que estaba vivo." Entonces Cipriano se vuelve a Dios.
En Calderón no es Cipriano tan instruido, ni discurre tanto; pero es mucho más activo y valeroso. Él mismo, cuando ve lo inútil del pacto que hizo con el demonio, y que éste no le entrega a Justina en cuerpo y alma para que la goce, sino sólo una sombra, da el pacto por roto y se considera libre y lucha por su libertad contra el demonio, que sin fundamento no quiere otorgársela.
Menester es confesar que en el drama de Calderón no hay verdad histórica, esto es; ni color local, ni costumbres de la época en que la historia sucede. Los personajes de El mágico prodigioso rondan a las damas, tienen lacayos graciosos; hablan de duelos y pendencias, y riñen como los personajes del tiempo de Felipe IV; pero todos estos anacronismos se aceptaban o no se notaban entonces. Tan llenos de ellos están los dramas de Shakespeare como los de nuestros autores.
Es de lamentar, además, que sea tan infantil y tan corto y tan en forma silogística el saber de Cipriano, pero, aun con todos estos defectos, hay bellezas de primer orden y situaciones de sumo interés en el drama de Calderón, si bien queda muy por bajo del Fausto de Goethe, a pesar de todos los encomios de Rosenkranz. Sin duda Justina es una santa y Margarita no lo es: pero Justina es menos persona que Margarita. Cipriano nada vale como sabio, y el demonio de Calderón es incoloro e indeterminado y dista inmensamente de la determinación, distinta fisonomía y ser individual de Mefistófeles.
El segundo modo de comedias a lo divino o de comedias devotas, modo de que es tipo La devoción de la Cruz, ha sublevado no poco la conciencia de los moralistas librepensadores, y ha dado ocasión a las más crueles diatribas contra nuestro teatro.
Los dramaturgos, en efecto, por su afición a la desmedida hipérbole, han presentado verdaderos monstruos en los héroes de este linaje de comedias, cuyos crímenes feroces son perdonados al fin por Dios, merced a un sincero arrepentimiento, que Dios mismo provoca por un milagro, llevándose después al criminal a su santa gloria.
Ciertamente, y dejando para después el hablar del efecto moral práctico, los librepensadores no tienen razón y aun se contradicen. El hombre, a quien ellos no conceden a veces libre albedrío, no es tan responsable de sus culpas, por grandes que sean, para que se exija de la justicia soberana que no se las perdone ni aun arrepentido. Y aún concediendo libre albedrío en el hombre, hay que tener en cuenta las violentas pasiones que le combaten y que le amenguan, y no dar por ineludible el castigo por la eternidad, ni que, gracias al arrepentimiento, el ser Omnipotente y soberano, sin menoscabo de su justicia, no pueda templar el castigo, mitigarle o suprimirle con su infinita misericordia.
Los tiros de la crítica en este punto van muy por alto, y pasando por cima de las composiciones dramáticas, procuran herir el catolicismo; pero los tiros se neutralizan por otros que llevan contraria dirección y contrario impulso. Ya se acusa de sombría y cruel la religión y se mira como ferocísimo e incompatible con la bondad divina el dogma de las penas del infierno; y ya, queriendo ver en la religión, que tal vez se niega, un suplemento de la policía y de los tribunales, para que el ignorante vulgo halle en el miedo freno, se vitupera la pintura de la misericordia infinita. No se quiere comprender que Dios ha grabado en el alma libre del hombre la ley moral, con caracteres tan indelebles y tan imperiosos, que el hombre, por empedernido y avezado que esté en la maldad, no se perdona ni se absuelve. Dios sólo absuelve y perdona. Dios impone la ley, y, sin derogarla, purifica al que la ha infringido. Esto no sólo es católico, sino esencial en toda religión, y aun racional y de sentido común, como no se niegue la existencia de un Ser todopoderoso, personal e inteligente.
Ni vemos la inmoralidad práctica del asunto. El valer de la ley moral queda más firme cuando, para salvar al que la ha infringido, se requieren en él fe, arrepentimiento, buenas obras que sirvan de algún contrapeso a las malas, expiación más o menos clara, y, sobre todo esto, la intervención sobrenatural y milagrosa del Ser omnipotente y supremo.
Acusación injusta es, además, la de suponer que la fe, que salva, se pone, como en La devoción de la Cruz, en un objeto material, convirtiéndole en una especie de fetiche. La cruz, por cuya devoción se obran en el drama todos los milagros, ni en la mente de los espectadores del drama, ni en la mente de Eusebio, su héroe, que no eran unos mentecatos, podía pasar por un mero fetiche, sino por signo, símbolo y figura, en que se cifran los más sublimes misterios de la encarnación, de la unión de la naturaleza humana y de la naturaleza divina en el Hombre-Dios, y de nuestra redención por virtud suya.
El asunto de La devoción de la Cruz y de otros dramas semejantes, sobre todo de El condenado por desconfiado, de Tirso, y la manera con que nuestros poetas le trataron, va también contra los que ven en la religión católica algo de sombrío, cruel y pesimista. Por horribles que se pinten el mundo y las cosas de la vida, por fieras e indomables que se presenten sus pasiones, nada es tenebroso y nada es desesperante, iluminado por la luz del cielo, dulcificado por la bondad divina, siempre inexhausta, y hermoseado por la promesa de la infinita misericordia, que pone, al fin de toda lucha, la paz eterna, la celestial reconciliación y el más dichoso desenlace.
Claro está que cada crítico interpretará o comentará a su antojo una obra de arte; pero, en nuestro sentir, la recta interpretación y el razonable comentario de este género de drama religioso, es que se funda en el más transcendente e invencible de los optimismos. Hasta el hacinar crímenes, maldades y sucesos trágicos, concurre a dicho fin, pues si, a pesar de ellos, el mal se trueca en bien, y el bien en mejor, como Calderón dice, ¿qué será cuando no hay mal y todo es bien desde el principio?
Volviendo ahora a indicar la cuestión del valor relativo de las comedias a lo divino, y dejándola sin resolver aquí por falta de espacio; no afirmando aquí resueltamente que El condenado por desconfiado, o algún otro drama de autor español, valga o no más que La devoción de la Cruz, bien puede afirmarse que La devoción de la Cruz es uno de los mas hermosos e inspirados poemas dramáticos que se han escrito en el mundo. Por la creación de caracteres serán superiores algunos dramas de Shakespeare; pero por la alta transcendencia, el drama de Calderón sólo con el Prometeo de Esquilo y con el Fausto de Goethe es comparable.
En lo tocante al efecto escénico, a las situaciones conmovedoras, al interés siempre creciente, a la unidad de acción hábilmente expuesta y desenlazada, el arte de Calderón es consumado. El estilo y el lenguaje son todo lo naturales y sin tiquis-miquis culteranos, que entonces podían ser. La versificación es perfecta. Y aunque el drama es más de pasión que de caracteres, y la acción es tan rica y tiene que ir tan rápidamente, que da más difícilmente lugar para que los caracteres se desenvuelvan en sus psicológicos fundamentos, todavía los caracteres se muestran y no son tan vagos e indeterminados, como por moda o rutina se persiste en afirmar, ni tienen nada de contradictorios, como supone del de Julia el Sr. Menéndez Pelayo.
Eusebio no es radicalmente malo. Valiente, enamorado y generoso, desde que aparece en escena gana la voluntad del espectador. Enamorado de Julia, que ignora que es su hermana, y ofendido por el desprecio insolente de Lisardo, tiene que matarle en duelo. Perseguido y acosado después como una fiera, tiene que convertirse en forajido. En medio de sus extravíos, conserva siempre nobles virtudes que le hacen simpático: no es sólo su fe en la Cruz. Y esta fe en la Cruz no es fetichista y grosera, sino como si la Cruz fuese, como es, signo y compendio de las más bellas doctrinas religiosas y morales. No es fetichista ni material la devoción de la Cruz que hace decir a Eusebio:
Árbol donde el cielo quiso
Dar el fruto verdadero
Contra el bocado primero;
Flor del nuevo Paraíso;
Arco de luz, cuyo aviso
En piélago más profundo
La paz publicó del mundo;
Planta hermosa, fértil vid,
Arpa del nuevo David,
Tabla del Moisés segando:
Pecador soy, tus favores
Pido por justicia yo;
Pues Dios en ti padeció
Sólo por los pecadores.
A mí debes tus loores;
Que nos mí solo muriera
Dios, si más mundo no hubiera:
Luego eres tú, Cruz, por mí,
Que Dios no muriera en ti
Si yo pecador no fuera.
Lejos, pues, de ser grosero fetichismo esta devoción de la Cruz, se ve que proviene del más alto concepto del valor del hombre, imagen de Dios y criatura tan querida suya, que por él se humana y padece; no ya por la humanidad toda: por un solo hombre, por un solo pecador, cuyo rescate, aunque más mundo no hubiera, valdría tanto, que Dios por él y por su amor daría la vida.
De estos inefables misterios de amor, que unen lo divino con lo humano, podrán decir lo que quieran los racionalistas: no nos incumbe aquí refutarlos; pero, a la verdad, más que de fetichista y grosera, pudiera un librepensador acusar de alambicada, sutil y metafísica la devoción a la Cruz de Eusebio.
En cuanto a Julia, lejos de creer nosotros que su carácter no es humano, que es falso, como asegura el señor Menéndez Pelayo, dejándose arrastrar irreflexivamente de la manía contagiosa de no hallar caracteres en Calderón y de ver a enjambres los caracteres en Shakespeare, notamos que su carácter es conforme a la naturaleza y propio de una mujer apasionadísima y vehemente.
Julia, enamorada primero de Eusebio, se despide de él y le desecha para siempre, después de que, si bien por irresistible ley de honor, ha manchado su diestra con sangre de su hermano; pero Julia, aunque se retira al convento, ama siempre a Eusebio; cuando entra éste en su busca en el sagrado recinto y en la misma celda en que ella duerme, Julia se resiste aún, por los sentimientos de honor y de deber; pero al cabo el amor lo atropella todo, y la somete y la rinde. Hasta la idea de que por ella se pone en peligro, exalta más su ánimo y la excita a amarle más y a rendirse y entregarse. Eusebio descubre entonces en el pecho desnudo de ella el signo de la Cruz estampado, y en vez de satisfacer su pasión y la que en el alma y en todo el ser de ella ha encendido, retrocede y huye lleno de terror y de respeto religioso.
Si este abandono, aun antes de la posesión, ignorante Julia de la causa sobrehumana que le produce, no es harto motivo para volver loca a una mujer de brío, no sé yo qué causa pueda bastar para el furor y la locura. El furor, los crímenes, todos los delirios de Julia, están así explicados. Ella misma lo declara:
¿Por qué introdujo venenos
Naturaleza, si había,
Para dar muerte, desprecios?
Sin duda, que en el fin del drama, todo es fausto y bello. Eusebio, arrepentido, antes de morir y sin confesión, sólo requiere el milagro para más solemnidad y certidumbre en el espectador de que está perdonado; Julia hace penitencia y confiesa sus culpas; y el padre de Julia y de Eusebio, ocasión de todo el mal por sus infundados celos y determinación violenta, puede decir bien:
Donde cometí el pecado
El cielo me castigó;
y el desenlace dichoso, con la justificación de la Providencia, que en este bajo mundo no siempre aparece con claridad, se ve en el fin de este drama de un modo transcendente, cuya profundidad se admira más por el candor con que está todo expuesto.
El Príncipe constante es el tercer tipo de drama religioso que hemos propuesto. Es drama religioso por el sentimiento que anima al héroe y al poeta que le canta; pero bien pudiera llamarse drama histórico.
En el juicio de este drama no nos apartarnos, como en el de La devoción de la Cruz, del juicio del señor Menéndez Pelayo, que nos limitamos a extractar aquí.
El asunto es sencillo y sublime. Don Fernando, Infante de Portugal, cae cautivo en poder de los moros, los cuales exigen por su rescate la entrega de Ceuta. El monarca portugués consiente en la cesión, pero el Infante se opone y recibe la palma del martirio, víctima heroica de la religión y de la patria, y glorioso Régulo cristiano.
"La austeridad del protagonista del drama, dice el señor Menéndez, está templada por cierto suave y varonil encanto. La acción está conducida con toda la severidad del gusto que el caso exige; el interés se concentra en el Infante. Encierra esta obra hermosísimos raptos líricos, y ha creado un carácter admirable." No convenimos, con todo, con el señor Menéndez en que El Príncipe constante es el mejor drama religioso de Calderón. Hallamos que La devoción de la Cruz está muy por encima.
En todo caso, a ambos dramas se pueden aplicar las elocuentes palabras con que Schack elogia a Calderón:
"Sus composiciones religiosas más acabadas, dice, respiran la celestial unción que sólo puede nacer del más profundo y vivo sentimiento de lo eterno. En ellas vemos un espíritu consagrado a Dios, que, despidiendo rayos de suprema sabiduría, se eleva en místico vuelo sobre los límites de lo finito, y llega a un mundo de perenne belleza, donde la religión y la poesía, como la estatua de Memnón, suenan armoniosamente al lucir la aurora que precede al día de la eternidad. Con alma grande, llena de fe, y con inagotable amor, el poeta descorre el velo que oculta el reino de Dios a los ojos de los mortales. Descúbrese el cielo lleno de nubes transparentes que se suceden sin cesar, y una luz santa refleja en la humanidad con tanta fuerza, e ilumina de tal modo el sombrío abismo de lo finito, que todas las miserias terrenales desaparecen ante el brillo del sol divino."
Pasando ahora a hablar de los dramas filosóficos, esto es, de aquéllos en cuya acción se simboliza, sin la intervención principal de los dogmas de alguna religión positiva, algo acerca de los problemas psicológicos,
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