Neurosis Ii. Neurosis y Moral.
El concepto de n. está lejos todavía de lograr una perfecta delimitación. Aunque la sintomatología neurótica es vastísima -desde los trastornos orgánicos más varios hasta las manifestaciones psicológicas, como la angustia, el sentimiento de culpa, las ideas obsesivas, etc-, hay muchos autores modernos que niegan a la n. el carácter de enfermedad propiamente dicha. Allers afirma que n. y enfermedad tienen en común una sola cosa: el dolor. Schottlánder sostiene que la n. es la rebelión contra ciertas condiciones de la existencia, a las que hay que resignarse, como la temporalidad, la corporalidad, la inserción comunitaria, la desigualdad entre las personas, etc. Weitbrecht dice claramente que la n. no es una enfermedad sino una actitud de afirmación o de fracaso ante la vida. Es hoy día indiscutible que se trata de "problemas humanos", que van mucho más allá del simple desequilibrio neurovegetativo (teoría neurológica) o del conflicto instintivo-emotivo (teoría psicoanalítica). Las corrientes fenomenológicas y existenciales hacen ver en toda n. un "error" o "herejía vital", una "estructura existencial restringida de la relación total del hombre con el mundo, con las cosas, con los demás hombres, con los valores, con Dios" (teoría del análisis existencial). El neurótico es siempre un egocéntrico, cuya trastornada emotividad traducida en alteraciones orgánicas y psíquicas diversas revela un tipo de existencia poco libre y que se declina en una relaciónconsigo mismo, y con los demás, inauténtica, parcial, sumamente reducida.
Cuando S. Freud (v.) introdujo en la interpretación de la n. el elemento psicológico, y precisamente los conceptos de "censura", de "conversión" (de alteraciones psíquicas en orgánicas), hizo entrar a la moral en la patología, después de siglos de esfuerzos por tenerla alejada de ella. En realidad el censor freudiano o Super-Yo, que el fundador del psicoanálisis (v.) confunde con la conciencia moral, no tiene que ver nada con ella, pues según él, se trata ni más ni menos que de la "introyección" inconsciente de las normas sociales comúnmente aceptadas. Y donde no hay conciencia clara, ni libre y responsable decisión, no hay verdadera moralidad, sino puro mecanicismo determinista.
Liberándose del mecanicismo y del psicologismo freudianos la psicopatología fenomenológica y existencial considera a la n. como una modificación de la estructura existencial, como pérdida del sentido del significado de la vida (Frankl) o como radical alteración de la relación con "el otro" (Binswanger, Boss). En esta perspectiva, las anomalías psicológicas y psicosomáticas del neurótico no son sino "realizaciones", o "versiones" en el plano psíquico y orgánico, de la estructura existencial alterada, y pueden curar tan sólo con la recuperación de un modo de vivir total, que sea un verdadero con-vivir con la realidad del mundo, del prójimo y de Dios: sólo cuando el ser (Sein) acepta libre y responsablemente su esencial ser-con-el-otro ("Mit-Sein") (Binswanger). No pretende, por tanto, la psicoterapia alcanzar solamente la libertad "de algo" (de complejos, p. ej.), sino la libertad "para algo", esto es para empeñarse en la vida con responsabilidad personal y con espíritu de servicio (Boss, Frankl).
Se comprende que el neurótico no posee ni claridad de conciencia sobre su actitud de fondo, ni plena madurez de su libertad. Por ello, dado que desde un punto de vista psicológico el fundamento de la verdadera moralidad (v. MORAL I) es la responsabilidad personal -que incluye la conciencia y la libre decisión (v. VOLUNTARIO)-, es evidente que la vida moral del neurótico está seriamente afectada y que el enjuiciamiento de la misma ha de hacerse con suma cautela. Si no del todo irresponsable, el neurótico tiene una fuerte atenuación de la responsabilidad de sus actos, al menos en algunas zonas de su conducta. La exhortación moralizadora no basta para resolver los errores vitales de estas personas. Hay que curarlos.
Se pregunta a menudo si el pecado puede ser causa de n., y la respuesta tiene que ser muy matizada. El pecado (v.) en cuanto tal -en cuanto hecho religioso: tibi sol¡ peccavi (Ps 50,6)- no produce n., pero en cuanto acto que aleja al hombre de Dios y, por tanto, de su realidad como criatura, es fruto de un egocentrismo exaltado y puede llevar a la neurosis. Si, como han advertido algunos psiquiatras de la talla científica de Jung, Baruk y Frankl, la represión de la conciencia moral es lo que ha conducido a muchos hombres a la n., ello se debe más que a la esencia teológico-moral del pecado, al desorden de la naturaleza que representa, al encogimiento existencial egocéntrico, y a sus dimensiones emotivas y psicosomáticas. Por lo demás el "sentimiento de culpa" neurótico poco o nada tiene que ver con el arrepentimiento (v.) o la contrición (v.), y se trata más bien de la protesta vital contra un ideal de vida erróneo, mezquino, anquilosado, formalista o polarizado, según los casos.
La n., por otra parte, no es en sí una capitulación sino más bien una lucha, un ansia de recuperación frustrada. Y precisamente en esto consiste el aspecto positivo de las n.: representan un intento de restablecer el contacto perdido con la realidad total -aun a través de las formas más aberrantes y perversas-, un esfuerzo hacia la verdad, hacia el amor y el bien, aunque por vías anormales y angostísimas ( ¡de ahí la "angustia"! ).
Se ha insistido mucho en distinguir la perfección (v.) moral de la normalidad (v.) psíquica, y ciertamente la gracia de Dios, única fuente verdadera de santidad, todo lo puede utilizar y trasfigurar, y hay que admitir también, por tanto, que el proceso de santificación de una persona es independiente de su conformación psicológica. Pero no hay que olvidar que la gracia sobrenatural (v.) supone la naturaleza y la perfecciona, y que una personalidad neurótica por su agarrotamiento egocéntrico y por su alterada relaéión con Dios y con los hombres no suele permitir, ordinariamente, el desarrollo normal de la vida moral.
Por esto se puede afirmar que: 1) personas con alteraciones psicosomáticas de cierto relieve, en las que la emotividad aparece profundamente trastornada, en las que un determinado grado de egocentrismo obstaculiza la maduración de la personalidad, la cual, sin embargo, se conserva nuclearmente intacta y no se ha organizado existencialmente de modo radicalmente erróneo, pueden poseer una vida moral irreprochable, aunque para ellas el camino hacia la santidad presentará dificultades especiales, y exigirá una purificación progresiva o en forma de crisis; 2) en cambio, los verdaderos neuróticos (en los cuales existe un fuerte componente moral), cuya personalidad está estructurada de modo existencialmente inauténtico y cuyas perturbaciones orgánicas o psíquicas les impiden conducir una vida normal -en lo profesional, familiar, social, religioso-, hay que concluir que, si no curan, tienen el camino de la vida espiritual y su evolución hacia la santidad considerablemente obstruido. El neurótico, aun viviendo las prácticas piadosas, deforma muy fácilmente su espiritualidad, aunque a veces sus artificios son tan sutiles que sólo un ojo muy experto y un conocimiento profundo de la verdadera mística y de la psicopatología logra descubrir sus falacias. El neurótico pseudomístico, de todos modos, a la corta o a la larga deja ver su angustia de fondo, su narcisismo, su apegamiento a lo formal y a lo extraordinario. S. Juan de la Cruz y S. Teresa de Jesús, a los que aun los autores más modernos se remiten en esta materia, señalan con gran agudeza los rasgos distintivos de la vida mística (v.) y los contraponen a las falsificaciones de la misma.
La madurez de la vida moral, la santidad (v.), exige la integración de todas las dimensiones de la existencia que precisamente en el neurótico se encuentran deformadas, especialmente aquellas que los antiguos llamaron pasiones (v.). S. Tomás de Aquino afirma que "del mismo modo que es mejor que el hombre quiera el bien y realice también actos exteriores, así pertenece a la perfección de la bondad que el hombre se mueva hacia el bien no sólo con su voluntad sino también con su apetito sensitivo, según lo que dice el Ps 83,3: `Mi corazón y mi carne han exultado en el Dios vivo’, y donde por corazón se debe entender el apetito intelectual y por carne el apetito sensitivo" (Sum. Th. 1-2 q24 a3), porque "es propio del moderado desear como conviene y lo que conviene" (Sum. Th. 1 q95 a2 ad3).
V. t.: PSICOANÁLISIS II; ESCRúPULOS.
JOAN BAPTISTA TORELLÓ.
BIBL.: J. B. TORELLÓ, Medicina y pecado, en VARIOS, Realidad del pecado, Madrid 1962; íD, Sacerdoti e psicopatici, "Anime e Corpi", PIX, Varese 1963-64; íD, Psicoanálisis y confesión, Madrid1963; A. STOCKER, La cura morale dei nervosi, Milán 1951; A. PL$, Le développement de la personnalité selon la perspective du théologien, Actas del VII Congreso católico internacional de Psicoterapia y Psicología clínica, Madrid 1957; G. CONDRAU, Angustia y culpa. Problemas fundamentales de la psicoterapia, Madrid 1968; A. GODIN, Guide á l’usage du clergé pour discerner les troubles mentaux, "Nouvelle Revue théologique" 6 y 10 (1960); R. GLEASON y G. HAGMAIER, Orientaciones actuales de psicología pastoral, Santander 1960; GOLDBRUNNER, Pastoral personal, psicología profunda y cura de almas, Madrid 1957; E. RINGEL, Problemas básicos de la neurosis, Madrid 1964; I. LEPP, Amor, neurosis y moral cristiana, Madrid 1965; V. FRANKL, La idea psicológica del hombre, Madrid 1965; íD, Teoría y terapia de las neurosis, Madrid 1964; E. NAVARRO RUBIO, La dirección espiritual en los neuróticos, Madrid 1957.
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