Materialismo
I Qué es el materialismo. Su historia.
II Exposición del materialismo, y argumentos que a su favor se aducen.
1º Teorías generales.
2º Teoría materialista del mundo inorgánico.
3º Teoría materialista del mundo orgánico.
4º Explicación materialista del pensamiento.
5º Teorías materialistas respecto a Dios, el alma, el libre arbitrio, la moral, las artes y las relaciones sociales.
III Refutación del Materialismo.
1º Refutación de las teorías generales del materialismo.
2º Refutación de la teoría materialista del mundo inorgánico.
3º Refutación de la teoría materialista del mundo orgánico.
4º Refutación de la explicación materialista del pensamiento.
5º Refutación de las teorías materialistas acerca de Dios, el alma, el libre arbitrio, la Moral, las artes, las relaciones sociales. Consecuencias de dichas teorías.
I. Qué es el materialismo. Su historia
El materialismo es un sistema que reduce toda la realidad a la materia. Podemos dividir a los materialistas en dos clases. Los unos consideran la materia formada de partes sin más propiedades que la extensión, y pretenden explicar todos los fenómenos del universo por las diferentes relaciones que produce entre esas partes el movimiento de que se hallan animadas. Tal fue en la antigüedad el materialismo de Leucipo y Demócrito. "He aquí, dice Mr. Brin (Historia de la Filosofía, t. 1, pág. 83), el compendio de su sistema: dos principios son necesarios para explicar los fenómenos del universo y dar razón de toda existencia: el vacío y los átomos. El vacío es infinito en extensión; los átomos infinitos en número. Son eternos, dotados de solidez, imperceptibles, a los sentidos, todos de la misma especie, pero con figuras o formas diferentes. El movimiento (sea tal o cual, que poco importa, su principio) es eterno. El movimiento eterno de los átomos en el vacío infinito explica el origen del universo sin la intervención de una causa inteligente. Los cuerpos se forman por la reunión y la combinación de los átomos. El alma misma es un agregado de pequeños átomos redondos y sutiles que penetran en el cuerpo y le comunican la vida y el movimiento. Sometida a todas las vicisitudes de los cuerpos, es perecedera como ellos. El pensamiento se forma de ciertas emanaciones o imágenes que se escapan de los cuerpos, se deslizan con el auxilio de los sentidos hasta el alma, y le hacen conocer los objetos exteriores, sus formas y propiedades.
"Nuestras relaciones son ciertos fantasmas que vagan en la superficie de la tierra y nos aparecen durante el sueño; los acontecimientos extraordinarios, el rayo, los eclipses, bastan para hacer nacer en nosotros la idea de la Divinidad [2126] y para explicar la existencia del sentimiento religioso. La moral que se deriva de semejantes teorías fácilmente se comprende: es una forma de la moral del placer." Este sistema no atribuye a la materia ninguna propiedad, sino la forma y la extensión, pues que el movimiento de que está animada no le es esencial, y resulta de un choque que los átomos reciben y se comunican desde toda la eternidad.
Otra clase de materialistas suponen, al contrario, que la materia está naturalmente dotada de fuerza, y que la fuerza inherente a la materia explica todas sus propiedades y sus movimientos. Tal fue la doctrina de la mayor parte de los filósofos de la Escuela jónica. Epicuro va también con esta clase de materialistas; porque, bien que admitiendo en su conjunto la teoría de Leucipo y Demócrito, enseñó que los átomos están dotados de peso, y que pueden en su movimiento desviar ligeramente de la línea recta. Todos los materialistas pertenecen a una u otra de estas dos Escuelas. Por lo demás, si no se entienden entre sí acerca de las propiedades esenciales de la materia, están contestes todos en explicar el mundo, la vida y el pensamiento por el juego exclusivo de los elementos que suministra la materia inorgánica.
Hasta podemos decir que desde Demócrito y los filósofos jónicos para acá, nada se ha modificado en los rasgos generales de la teoría de los materialistas. Se han renovado las fórmulas acomodándolas a los descubrimientos de la Ciencia en las diversas épocas; se ha pretendido encontrar nuevas pruebas del sistema en dichos descubrimientos, sobre todo en los de nuestro siglo; pero el fondo no ha cambiado, y los argumentos han sido siempre los mismos.
Así que, "rigorosamente hablando, dice Mr. Caro (El Materialismo y la Ciencia, segunda edición, pág. 136), el materialismo no tiene historia, o por lo menos su historia es tan poco variada que se la puede exponer en pocas líneas. Bajo cualquiera forma que se nos presente, se le reconoce al punto en la absoluta sencillez de las soluciones que nos propone. El materialismo contemporáneo no ha cambiado el cuadro [2127] inmóvil de esa filosofía, antigua ya de veinte siglos. No ha salido de ese programa, y únicamente lo ha enriquecido con nociones científicas; lo ha transformado tan sólo en la apariencia, transportando a él los datos nuevos, las apreciaciones, las infinitas hipótesis que nacen de cada progreso de las ciencias físicas, químicas y fisiológicas. Demócrito reconocería sin dificultad su pensamiento si leyese el libro del Sr. Büchner; ni el lenguaje ha cambiado sino de una manera casi imperceptible."
La historia del materialismo se reduce, pues, a indicar la influencia que ha ejercido en las diversas épocas y el nombre de sus más famosos corifeos.
Durante las épocas de fe, poca cabida encontró en los ámbitos de la cristiandad. En la segunda mitad del siglo XVIII ha tomado nuevo vigor, al paso que se debilitaban nuestras antiguas creencias cristianas. Además, el sensualismo de Locke y de Condillac le preparaba el camino. En 1802 Cabanis resumía su Tratado del hombre en lo físico y en lo moral en la siguiente fórmula: "El pensamiento es una secreción del cerebro." Veinticinco años después, en 1828, el fisiólogo Broussais intentaba explicar por la excitación y la irritación de los tejidos nerviosos los fenómenos de la vida sensitiva, intelectual y moral. El espiritualismo encontró brillantes defensores, y el materialismo perdió terreno; pero en nuestros días ha tomado nuevas fuerzas, y encontrado favor en la prensa y en las cátedras de los incrédulos. Debe atribuirse esta resurrección al menosprecio de la Metafísica y de la Filosofía, hecha excesivamente idealista, al mismo tiempo que a una confianza exclusiva en los datos de las ciencias experimentales. El odio a la Religión y el deseo de lisonjear a las masas inspiran también a menudo los artículos y las novelas en que se ostenta cínicamente esa desoladora doctrina.
Por lo demás, los fabricantes de teorías francamente materialistas no brillan por conceptos filosóficos originales. Vanagloríanse ante todo de ser hombres de ciencia experimental y reemplazar con la Fisiología toda especie de Filosofía, porque, en su sentir, la Filosofía sólo tiene por objeto entidades [2128] imaginarias. Los más conocidos entre ellos son Moleschott, Carlos Vogt y Büchner.
Moleschott expuso su doctrina en una colección de cartas dirigida al célebre Liebig, y publicadas en 1852 bajo el título de La circulación de la vida.
Toda su teoría viene a resolverse en estos dos asertos:
1º La materia y la fuerza están indisolublemente unidas.
2º Todos los fenómenos, aun aquellos que se llaman espirituales, tienen por única causa la circulación de la materia, que pasa incesantemente del estado de vida al estado de muerte, o del estado de muerte al de vida, subiendo y bajando la escala de los seres. "Así como el comercio es el alma de las relaciones entre los hombres, así también, escribe dicho autor (carta tercera), la circulación eterna de la materia es el alma del mundo."
Carlos Vogt se ha señalado en el campo de los materialistas por varias obras. Citaremos los Cuadros de la vida animal, las Cartas fisiológicas, las Lecciones sobre el hombre, su lugar en la creación y en la historia de la tierra. Lo que principalmente le ha hecho célebre es el comentario brutal que ha puesto a las palabras de Cabanis: "el pensamiento es una secreción del cerebro." Carlos Vogt pone de relieve el carácter materialista de semejante definición, y enseña a sus lectores que "el cerebro escreta el pensamiento como el hígado la bilis y los riñones la orina."
Esta proposición, tan manifiestamente insostenible, ha sido refutada por Büchner; pero, combatiendo a Carlos Vogt en ese punto, Büchner se ha adherido al materialismo de Moleschott, que había dicho: "Sin fósforo no hay pensamiento... El pensamiento es un movimiento de la materia."
Büchner critica, pues, la comparación de Vogt "porque la orina y la bilis son materias palpables, ponderables y visibles; son además materias deyecticias que el cuerpo ha usado y expele, mientras que el pensamiento no es una materia que el cerebro produce y arroja." ¿Será, pues, independiente de la materia, como sostienen los espiritualistas? Büchner dice que "no, porque el [2129] pensamiento es la acción misma del cerebro. Si yo combato a Vogt, es únicamente porque la acción de la máquina de vapor no debe confundirse con el vapor expelido por la máquina." Büchner condensa, pues, el pensamiento como una resultante de las fuerzas del cerebro; es, según él, un efecto de la electricidad nerviosa. Este autor ha escrito, bajo el título de Fuerza y materia, un opúsculo que ha popularizado las teorías del materialismo contemporáneo, y que viene a ser como el manual de dicha doctrina.
Moleschott, Büchner y la mayor parte de los materialistas de nuestros días afirman que la materia está siempre unida a la fuerza, porque ésta es una propiedad esencialisíma de la materia. Eduardo Lowenthal se separa de ellos para volver resueltamente al antiguo sistema atomístico de Demócrito. Tacha a Moleschott y a Büchner de materialistas eclécticos. Opina él que la fuerza no es una propiedad primordial de la materia, sino el resultado de la agregación de los átomos.
Al lado de los materialistas que cargan con todas las consecuencias de su sistema, hay escritores que pretenden no tener nada de común con ellos, aunque admiten parte de sus teorías. Tales son, por ejemplo, los positivistas. Declaran éstos que su sistema es concretarse a los hechos de experiencia, y no ocuparse en la cuestión de si existen o no substancias y causas; mas no por eso dejan de combatir el espiritualismo y se arriman casi siempre a las doctrinas de los materialistas. Tales son también todos los transformistas, que extienden hasta el alma del hombre la teoría de la evolución, y hasta son precisamente los trabajos de Darwin y su escuela los que más han contribuido a volver a poner el materialismo en alza entre la comparsa de los semidoctos.
El estudio y refutación de estos errores, que se dan la mano con el materialismo, serán objeto de artículos especiales. Aquí nos limitaremos al sistema de aquellos que aceptan francamente los principios del materialismo, y no retroceden ante ninguna de sus aplicaciones y sus consecuencias lógicas.
Dicho sistema ha sido condenado de nuevo por aquella definición del [2130] Concilio Vaticano: "Si alguno tuviese la impudencia de afirmar que nada existe fuera de la materia, sea excomulgado." Si quis praeter materiam nihil esse affirmare non erubuerit, anathema sit. (Const. Dei Filius, cap. 2.)
II. Exposición del materialismo, y argumentos que a su favor se aducen
El materialismo se halla por entero contenido en esta fórmula: Nada hay fuera de la materia, y, por consiguiente, los fenómenos que se producen en el universo son todos, sin excepción, modificaciones de la materia.
Para renovar este fondo de su doctrina los materialistas contemporáneos intentan aprovechar para su escuela todos los datos de la ciencia experimental, y proclaman que toda afirmación que no se apoya sobre esos datos es quimérica e ilusoria.
Mr. Caro resume en las siguientes palabras las diversas teorías de los mismos (El Materialismo y la Ciencia, segunda edición, pág. 116): "Una sola substancia en acto, es decir, en movimiento desde toda la eternidad; una sola fuerza diversificada a lo infinito, pero cuyas variadas manifestaciones pueden reducirse a la unidad, y son todas susceptibles de transformarse unas en otras; una sola ley múltiple en apariencia por lo numeroso y complejo de sus aplicaciones, y que en el fondo no es sino mecánica pura: he ahí el resumen de esa doctrina. El punto fundamental es el principio de la unidad absoluta de la naturaleza; la idea de que en la variedad de los fenómenos físicos, intelectuales y morales no hay transición brusca de un orden de fenómenos a otro cuya razón de ser contiene y cuyas condiciones determina el precedente. Cada término inferior explica y produce el superior. En la materia reside el principio del movimiento; en el movimiento está la razón de la vida; en la vida, la razón del pensamiento. De manera que, volviendo al primer término de la serie, se ve que el pensamiento y la vida no son sino formas del movimiento, el cual es la propiedad original inherente a la eterna materia. En cuanto a la naturaleza, destituida de principio transcendente, no tiene objeto ni finalidad fuera de sí misma. Se es a sí propia causa y fin, principio, creación y [2131] perfección asimismo, porque desde el primero al último eslabón de la cadena es identidad y necesidad."
Penetremos más en las diversas partes de este vasto sistema. Podemos distinguir en él las teorías generales que tienden a explicar todos los órdenes de existencia, y las teorías especiales propuestas para dar razón de clases especiales de hechos:
1º Teorías generales. Pueden distinguirse dos que, por lo demás, se enlazan.
Primera teoría. Es un principio universalmente admitido que sólo debe invocarse el menor número posible de causas para dar razón de un fenómeno. Ahora bien; los materialistas pretenden que la materia basta para dar razón de todos los fenómenos, y deducen de aquí que no debe aceptarse más causa que la materia. Todas las causas inmateriales a que nosotros los espiritualistas atribuimos operaciones de orden superior, es a saber: el principio vital, el alma, el libre albedrío, Dios, todas estas causas son, pues, en sentir de ellos, quimeras sin realidad. A darles crédito, no habría que distinguir entre seres de orden superior y de orden inferior, y no existiría más que una clase de seres cuyo juego se diversifica y produce todos los progresos y desarrollos del universo. Todo se reduce a la materia y al movimiento de ésta. Lo perfecto es, pues, el producto de lo imperfecto. Explicar lo superior por lo inferior, el pensamiento por sólo las leyes de la Fisiología, la vida por sólo las leyes de la Química, los fenómenos físicos y químicos por sólo las leyes de la Geometría y de la Mecánica, y el movimiento mecánico por la materia; he ahí en breves palabras la primera fórmula del materialismo.
Segunda teoría. Decían los antiguos materialistas: "Nada existe sino lo que perciben los sentidos; todo lo demás es ilusión." Los materialistas modernos han renovado ese principio revistiéndolo de una apariencia científica. "Nada existe, dicen, sino lo que nos atestigua la ciencia experimental." ¿Y qué entienden ellos como atestiguado por la ciencia experimental? Entienden exclusivamente los fenómenos que se muestran a sus sentidos y los que descubren [2132] con el escalpelo, el microscopio, el análisis químico o el espectral. Excluyen, pues, del mundo real todo lo que no son fenómenos sensibles, porque sólo éstos pueden ser objeto de la experimentación entendida de esa manera. De consiguiente, ni alma, ni Dios. Para los positivistas, el campo que se extiende más allá de la experiencia es el campo de lo desconocido; para los positivistas es un campo donde nada hay real, donde todo es quimérico. El telescopio y el escalpelo no abarcan sino fenómenos que se suceden; no nos revelan ningún designio o plan seguido por la naturaleza. Así, pues, los materialistas nos arguyen de error en admitir causas finales y una Providencia. No están tampoco conformes con los panteístas naturalistas diciendo que yerran éstos en haber imaginado una fuerza inmanente a la materia que guía al mundo con arreglo a un plan. El materialismo no quiere admitir sino causas eficientes que producen sus efectos mecánicamente y por una marcha completamente ciega.
Finalmente, la ciencia experimental nos muestra que las mismas causas producen siempre los mismos fenómenos. Y el materialismo deduce de ahí que todo obedece a las leyes de la fatalidad, y que libre arbitrio y responsabilidad no son sino palabras hueras, o más bien ilusiones.
"La Ciencia, exclama Moleschott (Circulación de la vida), ha arrancado, por fin, al idealismo el cetro que éste llevaba contra toda lógica y toda justicia tantos siglos ha... Ya no admitimos hoy sino las verdades fundadas en la experiencia y atestiguadas por la ciencia... Dios, el alma, la libertad, la inmortalidad, las causas finales, no son sino palabras que expresan las fuerzas diversas de la naturaleza."
2º Teoría materialista del mundo inorgánico.
Al decir de los materialistas contemporáneos:
1º Las fuerzas físicas son inseparables de la materia.
2º Esta materia es eterna e indestructible.
3º Dichas fuerzas son igualmente eternas e indestructibles.
4º Ellas son las que producen los fenómenos mecánicos, físicos y químicos según las leyes de la Geometría y [2133] la Mecánica, porque todos esos fenómenos se retrotraen al movimiento de los átomos.
¿En qué fundáis semejantes afirmaciones?
En los datos de la ciencia experimental, responde el materialismo.
1º La experiencia nos muestra siempre y doquiera la fuerza unida a los átomos materiales; síguese, pues, que es inseparable de ellos y esencial a los mismos.
2º Lavoisier ha probado que la materia existe constantemente en la misma cantidad en el universo; que no se produce ni se destruye un solo átomo de ella a través de todas las combinaciones y descomposiciones químicas. Es, en efecto, una regla sin excepción que el peso de los compuestos es el equivalente del peso de los componentes. Pues si la materia no puede producirse ni destruirse, necesario es que sea eterna, que no haya tenido principio y que no tenga nunca fin.
3º Lo que Lavoisier había probado respecto a la materia, ha sido también probado respecto a las fuerzas materiales. El movimiento mecánico produce calor, y el calor produce movimiento mecánico, según desde largo tiempo se ha observado. Pero lo que la Ciencia de nuestros días ha podido comprobar experimentalmente y con la más rigorosa precisión, es que la caloría de calor tiene un equivalente mecánico constante, y que en la transformación del calor en movimiento, o del movimiento en calor, no se destruye movimiento alguno sin transformarse en calor equivalente, y a la recíproca. Hay motivo de pensar que lo que es verdadero respecto al calor lo es también para todas las fuerzas físicas. Resulta de aquí que se conserva siempre en el universo la misma cantidad de fuerzas físicas sin producirse ni destruirse. Por donde se debe reconocer, al decir de los materialistas, lo que uno de ellos, Büchner, ha llamado la inmortalidad de la fuerza, es decir, su eternidad, pues que la fuerza debe ser eterna desde el momento en que es imposible producirla o destruirla.
4º No solamente es una fuerza equivalente, sino la misma la que se encuentra en todos los fenómenos mecánicos y físicos. La teoría de la unidad de las [2134] fuerzas físicas, que refiere todas la fuerzas al movimiento, se apoya, en efecto, sobre un gran número de hechos experimentales. Oigamos al profesor de Senarmont (citado por Saigey, La Filosofía moderna, pág. 216):
"Antes cada grupo de hechos reconocía un principio especial. El movimiento y el reposo resultaban de fuerzas bastante mal definidas, y a las cuales se había convenido en llamar mecánicas. Los fenómenos de calor, de electricidad, de luz, eran producidos por sendos agentes propios, fluidos dotados de acciones especiales. Un examen más detenido ha permitido reconocer que este concepto de diferentes agentes específicos y heterogéneos no tiene en el fondo más que una sola y única razón, a saber: que la percepción de estos diversos órdenes de fenómenos se opera en general por órganos diferentes, y que, dirigiéndose más particularmente a cada uno de nuestros sentidos, excitan necesariamente sensaciones especiales; de modo que la heterogeneidad aparente no consistiría tanto en la naturaleza misma del agente físico como en las funciones del instrumento fisiológico que forma las sensaciones. Con lo cual, transportando por una falsa atribución las desemejanzas del efecto a la causa, vendríamos a tener en realidad los fenómenos mediadores que nos dan conciencia de las modificaciones de la materia más bien que de la esencia misma de esas modificaciones.. Todos los fenómenos físicos, cualquiera que sea su naturaleza, parecen no ser en el fondo más que manifestaciones de un solo y mismo agente primordial."
Hay también motivo para pensar que las transformaciones químicas deberán atribuirse al juego de las fuerzas físicas existentes en las substancias que se combinan. Véase lo que a este propósito dice Huxley (Revista científica, 17 de julio de 1869):
"Cuando al poner juntos oxígeno e hidrógeno en las proporciones convenientes, y hacer atravesar la mezcla por una chispa eléctrica se forma agua, ¿de dónde vienen las propiedades del cuerpo recién producido? No suponemos una fuerza misteriosa, como la denominada en otros días acuosidad, que entre en [2135] escena y se apodere del oxígeno y del hidrógeno; no vacilamos en creer que de una u otra manera dichas propiedades resultan de los elementos componentes. Muy cierto es que no hay el más ligero parecido entre las propiedades del agua y las de los dos gases a quienes debe su origen. Pero no importa; el hombre científico abriga la confianza de que cualquier día, gracias a los progresos de la Ciencia, podamos pasar de las propiedades del agua a la de los gases componentes, y recíprocamente, con tanta facilidad como podemos deducir la marcha de las agujas de un reloj del arreglo de las diversas partes que lo componen."
De estas observaciones deducen los materialistas que la Ciencia moderna confirma su concepto del universo reduciendo al movimiento todas las fuerzas y todas las propiedades del mundo inorgánico. Porque si, en efecto, se admite la unidad de las fuerzas físicas, todos los fenómenos estudiados en la Mecánica, la Física y la Química resultan de la circulación del movimiento a través de los átomos de la materia conforme a una ley única.
3º Teoría materialista del mundo orgánico.
1º La vida, dicen los materialistas, se ha producido en el seno de la materia bruta por un feliz encuentro de los elementos químicos que entran en la composición de la célula viviente.
2º Encontrando estas condiciones favorables, se han desarrollado y producido otras células, las cuales han suministrado los materiales de tejidos y órganos diversos, que se han formado y harmonizado para constituir organismos más completos.
3º La evolución de estos organismos ha creado progresivamente las diversas especies de vegetales y de animales que encontramos en estado fósil o que son contemporáneos del hombre.
He aquí los principales argumentos de los materialistas en favor de tales asertos:
1º El químico descompone la célula viviente. Encuentra allí oxígeno, carbono, hidrógeno y algunas materias minerales muy diversas. Esto es, según ellos, una prueba de que la célula se ha formado por el solo encuentro de [2136] dichos elementos en condiciones favorables.
Nosotros objetamos a los materialistas que si el químico ha podido hacer el análisis de la substancia viviente, le ha sido imposible hasta el presente hacer la síntesis de la misma y reconstituirla. Responden ellos que la naturaleza posee recursos que el hombre científico no puede poner en juego en sus experimentos, y que, además, nuestra objeción ha perdido todo su valor. Porque, en efecto, Berthelot ha llegado en nuestros días a reconstituir artificialmente las substancias orgánicas, el azúcar, el éter, el alcohol. La Química orgánica se encuentra así enlazada a la Química mineral, y hay motivo (al decir de los materialistas, ya se entiende) para esperar que los procedimientos de laboratorio creen un día seres vivientes con todos sus órganos, como han creado azúcar y alcohol.
A esto objetamos que la materia orgánica obtenida por los químicos no es materia viviente, pues no puede, en efecto, alimentarse ni reproducirse; y así, todo lo más, se parecerá a la materia orgánica muerta.
Les objetamos además que el ser viviente no nace jamás sino del germen producido por un ser viviente. No hay, sostenemos nosotros, generaciones espontáneas, es decir, no hay producción de organismos vivientes por el solo juego de las fuerzas químicas de la materia. Ha podido discutirse en otro tiempo esta conclusión; pero las experiencias de Mr. Pasteur dan definitivamente la victoria a los adversarios de la generación espontánea.
Los materialistas nos replican que si las materias orgánicas formadas en los laboratorios, no viven, nada prueba que no pueda encontrarse algún día el medio de hacerlas aptas para la vida. Pretenden además mostrar que la diferencia que distingue los seres vivientes de los que no tienen vida no es absoluta. La vida se caracteriza principalmente, aducen ellos, por la unidad harmónica de las partes del ser viviente, y de las funciones de las mismas. "Todo ser organizado, dice Cuvier (Discurso sobre las revoluciones del globo), forma un conjunto, un sistema cerrado, cuyas partes todas se corresponden [2137] mutuamente y concurren a la misma acción definitiva por una reacción recíproca." Ahora bien, añaden los materialistas, este carácter se encuentra en las cristalizaciones de los cuerpos inorgánicos, y no lo hay en más de un fenómeno de orden vital, con lo cual tenemos un puente para salvar el abismo que separa el mundo viviente del inanimado. Ambas afirmaciones intenta el materialismo apoyarlas en numerosos hechos.
Primeramente, la unidad y el orden de todas las partes prodúcense mecánicamente en las cristalizaciones que se verifican cuando un cuerpo pasa del estado líquido al sólido. En efecto, dicho cuerpo toma entonces formas regulares y geométricas; y lo que es más, cada especie de cuerpo tiene su tipo distinto, y siempre el mismo, que permite reconocerlo y definirlo. Así hay especies cristalinas como hay especies vivientes, y en cada una de ellas las moléculas vienen a asociarse como si obedeciesen a la idea de un plan o de un tipo preexistente.
En segundo lugar, los seres vivientes no presentan siempre ese carácter de correlación absoluta entre las diversas partes que debería distinguirlos. Lo prueba así, en sentir de los materialistas, el que hay ciertos seres que se pueden cortar y dividir, como los seres inorgánicos, y cuyos trozos se convierten en un animal completo que vive tan bien como el todo de donde se ha separado. (Janet, El materialismo contemporáneo, 4ª edición, pág. 83.)
De tales hechos sacan ellos que la diferencia que separa del reino mineral los reinos orgánicos no es absoluta, y que, por consiguiente, la vida es una resultante de las fuerzas físicas de la materia.
Las demostraciones que Mr. Pasteur ha opuesto a su teoría de generaciones espontáneas, no convencen tampoco a los materialistas. Las experiencias del sabio químico versan, en efecto, sobre organismos bastante complejos. Ahora bien; según ellos, son simples células vivientes de orden inferior las que han debido producirse ellas mismas sin gérmenes, y, además, las condiciones del medio no han sido y no son en todas partes las mismas que aquellas en que [2138] ha experimentado Mr. Pasteur. Y, por último, ya que se compare a una materia muerta la materia orgánica obtenida en el laboratorio del químico, debe admitirse, si hubiésemos de creer a los materialistas, que sería capaz de vivir una vez colocada en circunstancias favorables. Dan como una prueba que los animales muertos pueden revivir. La experiencia muestra, en efecto, que organismos que parecían muertos sin estar descompuestos ejercen alguna vez de nuevo las funciones vitales. "Ranas aprisionadas por el hielo y completamente congeladas (lo transcribimos de Perier, Anatomía y Fisiología animal, pág. 270), crisálidas de mariposa expuestas al frío y solidificadas hasta el punto de resonar como pedazos de piedra, han vuelto completamente a la vida después de lentamente recalentadas. Hay rotíferos, tardígrados, gusanillos, las anguilas, organismos con todo bastante elevados, que se dejan buenamente desecar. Inmóviles, y hasta algo deformados, parecen absolutamente muertos; pero si se los vuelve a colocar en la humedad, luego renace en ellos la vida."
Otro argumento que invocan los materialistas, es que desde Descartes hasta nuestros días la explicación de los fenómenos vitales por las leyes generales de la materia ha hecho y hace aún cada día nuevos progresos. Nadie lo contradice. "El hecho de la respiración, dice Mr. Janet (ibid., pág. 91), ha sido referido desde Lavoisier al fenómeno puramente químico de la combustión. Las experiencias sobre las digestiones artificiales, inauguradas por Spallanzani y desarrolladas después por tantos fisiólogos eminentes, tienden igualmente a probar que la digestión no es sino un fenómeno químico. El descubrimiento de la endosmosis por Dutrochet ha aproximado los hechos de la absorción a los fenómenos de la capilaridad, y los recientes descubrimientos de Mr. Graham han aclarado mucho lo relativo a las secreciones. La electricidad, sin poder explicar todos los fenómenos de la vida, como se había creído en la primera embriaguez, digámoslo así, del descubrimiento de Galvani, no deja de ser uno de los principales agentes de los cuerpos organizados, y [2139] entra ciertamente por mucho en la teoría del movimiento. La teoría mecánica del calor ha impulsado, tal vez más que ninguna otra teoría, la posibilidad de una explicación física de la vida. La transformación del calor en movimiento, fenómeno que podemos observar en nuestras máquinas y cuya ley se conoce rigorosamente, ¿no sería el hecho capital de la vida? En fin, con mucha antelación a esos descubrimientos, y en el siglo mismo de Descartes, la escuela de Borelli había aplicado las teorías de la Mecánica al movimiento de los cuerpos vivos. De todos estos hechos parece, pues, resultar que un gran número de fenómenos vitales pueden ya desde ahora explicarse por las leyes de la Física y de la Química; y en cuanto a los que todavía se resisten a ser explicados así, ¿no hay motivo de pensar que se llegue a conseguirlo algún día?"
Pero la conclusión de los materialistas va mucho más adelante. Oigamos a Moleschott, que hace consistir la vida toda en la combinación de los elementos brutos de la materia: "Una botella que contiene carbonato de amoníaco, cloruro de potasio, fosfato de sosa, cal, magnesia, hierro, ácido sulfúrico y sílice: he ahí, según dicho escritor, el principio vital completo."
2º Después de haber explicado así el nacimiento de la célula viviente, los materialistas atribuyen a esa célula la formación de los tejidos de los diversos órganos, y de todas las especies del reino animal y del reino vegetal, insistiendo siempre en los datos de la ciencia experimental para apoyar sus argumentos.
En otro tiempo se asimilaba el cuerpo viviente a una máquina para la cual estaban fabricados todos los órganos. "La organización, decía Hunter, viene a resumirse en la asociación mecánica de las partes." Esta teoría, según M. Robin (Revista de los cursos científicos, primera serie, tomo l), no puede ya sostenerse. De admitirla, sería preciso, en efecto, atribuir la vida al cadáver en que aún no ha sobrevenido la descomposición, y también a los fósiles que conservan la forma y la estructura de todos los órganos del animal vivo, por más que la materia viviente haya sido destruida y reemplazada molécula a [2140] molécula mediante la fosilización. Lo que constituye el organismo viviente no es, pues, esa estructura exterior, sino la materia que la construye, las células que existen antes de es
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