El alma de los brutos
Tiene por objeto este artículo demostrar a todos aquellos que no encuentran sino semejanzas entre el hombre y el bruto, que entre uno y otro existen cuatro diferencias esenciales: el alma del hombre difiere esencialmente de la del bruto por las operaciones, por la naturaleza, por el origen y por el destino.
1° Admito, como se ve, que los brutos tienen alma. Al hacerlo así, no ignoro la desazón que causo a muchos espiritualistas, que no comprenden [111] cómo es posible, en buena lógica, dejar a salvo la preeminencia del hombre sobre el bruto, una vez que también a éste se le concede alma. Pero, por grandes que fueran los inconvenientes que resultaran de reconocer alma en el animal, no nos podríamos excusar de hacerlo así, si de ello encontramos una razón demostrativa: ahora bien, esta razón existe.
En efecto, el animal vive; luego tiene alma.
Por alma entendemos, en general, el primer principio de las operaciones vitales en los seres vivientes; principio que es distinto de las fuerzas físicas y químicas, como se demuestra por este argumento común a Santo Tomás y a Mr. Claudio Bernard; es a saber, que las propiedades características de los seres vivientes no pueden explicarse ni por la física ni por la química. (Véase el artículo Vida).
Si el alma no es otra cosa que el primer principio de las operaciones vitales, es evidente que habremos de admitir la existencia de un alma donde quiera que se produzcan operaciones vitales, como por ejemplo, fenómenos de sensibilidad, &c.
Ahora bien: tales fenómenos se producen en el animal tan perfectamente como en el hombre, y en ello nos confirman la anatomía y la fisiología comparadas. Deducimos, pues, que hay necesidad de reconocerle un alma.
Comprobada, pues, la existencia del alma, así en el hombre como en el bruto, ¿cabe señalar alguna diferencia esencial entre el alma del hombre y la del bruto?
Lo afirmo.
La primera diferencia esencial entre el hombre y el bruto consiste en que el hombre piensa y raciocina, mientras que el animal no practica ninguna de estas dos operaciones.
Se me preguntará desde luego qué entiendo yo por pensar y qué por raciocinar; voy a decirlo.
2° Pensar, según nosotros los escolásticos, es conocer lo inmaterial por medio de una facultad inmaterial. Siguiendo a Santo Tomás, contraponemos el pensamiento a la sensación o percepción sensible, caracterizada esencialmente por el hecho de tener [112] siempre por objeto un cuerpo, y por principio subjetivo un cuerpo también, quiero decir, un órgano.
De donde se sigue que, por pensamiento entendemos una percepción o conocimiento que tiene por objeto una cosa inmaterial, y por principio subjetivo una facultad inmaterial.
- Y ¿qué es raciocinar?
- Es inferir una verdad de otra por medio de un principio general expreso o sobrentendido. Al hablar así, no creemos se nos pueda objetar cosa alguna, puesto que no se trata todavía más que de una definición de nombre, y nos es permitido dar a los términos el sentido que nos plazca, a condición de hacer una advertencia, si es que nos separamos del sentido que se les da ordinariamente, lo que no tenemos que hacer en el caso presente.
Antes de probar que el hombre piensa y raciocina, y que el animal ni piensa ni raciocina, quisiera desarrollar algún tanto esta noción del pensamiento en el ser que raciocina, exponerla de algún modo, y hacer ver todo lo que se contiene en esas definiciones cortas que no ocupan más de una línea.
Me atrevo a suplicar se preste la mayor atención a estas explicaciones -muy metafísicas en el fondo, pero que no lo serán tanto en la forma,- porque, si no me equivoco, han de arrojar nueva luz a la vez, acerca de la diferencia irreductible que separa al hombre del animal, y del valor filosófico de esas fórmulas profundas sí, pero redactadas con un laconismo lleno de misterios que a cada paso se encuentran leyendo a Bossuet, Pascal o Descartes; fórmulas que estos jefes ilustres de la escuela espiritualista francesa emplean siempre que quieren marcar de un modo preciso lo que caracteriza el alma del hombre, y la coloca fuera de toda comparación con respecto a la del animal: "La razón humana es un instrumento universal que se ejerce en todas direcciones." (Descartes). "En nuestra razón, una reflexión evoca otra reflexión, procediendo así hasta lo infinito y sobre toda clase de objetos." (Bossuet). "El alma humana hace reflexión sobre todo y sobre sí misma." (Pascal).
Pensar es concebir, es entender lo [113] inmaterial. Hay que notar, sin embargo, que una cosa, un objeto, puede ser inmaterial de dos modos: natural o artificialmente. Me explicaré: el honor, el derecho, el deber, el aprecio, el menosprecio, el orgullo, he aquí cosas inmateriales, y son inmateriales por naturaleza, por sí mismas, pues ninguna cosa material entra a constituir la esencia de las mismas.
Por lo contrario, supongamos que en virtud de una operación del entendimiento, un ser material por su naturaleza, como un caballo o un roble, se encuentra en alguna parte bajo la forma de noción o de concepto, con una manera de existir completamente ideal, absolutamente independiente de las condiciones de existencia propias a los cuerpos que están real y actualmente en el espacio. Este ser, por razón de su existencia completamente ideal, es también inmaterial. Mas no lo es por su naturaleza, sino por efecto de una operación del espíritu, de una especie de preparación (Santo Tomás, Cont. Gent., lib. II, c. 60) que la filosofía explica: lo es artificialmente.
Pensar, pues, será concebir lo inmaterial puro, o también, según añade Santo Tomás, lo material, con tal que se presente de un modo inmaterial. Vel ipsnm materiale immaterialiter. (Comp., Platón. Repub., VII. -Taine, de l’Intelligence, 4.a edic., p. 34-38). Explanemos lo que supone esto de concebir una cosa material de un modo inmaterial, y con aquella existencia completamente ideal de que antes hablábamos.
La existencia actual y material en el espacio individualiza y concreta el ser, es decir, que le constituye individual y concreto. "Un ser, por el mero hecho de constar de materia, ocupar tal o cual lugar del espacio, subsistir en tal o cual momento de tiempo, y poseer tal número determinado de propiedades, de cualidades y de relaciones, es necesariamente único; es una existencia que no puede hallarse más que una vez, dado el conjunto de circunstancias que la acompañan; es, pues, una existencia necesariamente individual y concreta, y, si me es lícito hablar así, irrealizable en más de un ser.
Si, pues, se concibe un ser material, [114] no con la existencia circunstanciada que posee fuera del espíritu, en la realidad, sino con una existencia completamente ideal en que ya no aparece ligado a la materia, a tal punto del espacio, a tal instante del tiempo, ni con propiedades, cualidades y relaciones determinadas, este ser, en vez de ser individual y concreto, aparece inmediatamente como abstracto y universal; es decir, pudiendo reproducirse, repetirse en los individuos un número indefinido de veces: así el triángulo, el círculo, la palanca, entendidos de un modo general y abstracto.
Hay que decir, pues, que si pensar es concebir lo inmaterial, es también, por lo mismo, concebir lo abstracto y lo universal.
Pero hemos de decir algo más.
En los seres debidamente constituidos y en estado normal, la actividad que les es propia se ejercita espontáneamente hasta el completo desarrollo de los mismos, y las funciones inferiores se cumplen y ordenan por sí mismas, según lo que reclaman las funciones superiores, a menos que circunstancias exteriores desfavorables se opongan a ello.
Así, la planta se alimenta, saca su tallo y sus hojas, produce y madura su fruto tan naturalmente como el astro despide su luz, como la nube derrama su lluvia, como el hidrógeno y el oxígeno se combinan por la acción de la chispa eléctrica. Así, en el animal, las fuerzas físicas y químicas preparan el órgano, el órgano la función, y las funciones más bajas aquellas otras más elevadas. He aquí lo que han observado todos los hombres que pasan por haber estudiado el mundo a la luz del genio; lo que decía Alberto Magno al exponer la hermosa economía de la actividad humana (De Anima, lib. III, t. V, c. 4); lo que decía M. Claudio Bernard, cuando describía el processus de la vida (La Science experimentale, Definición de la vida); lo que canta Dante Alighieri en sus versos inmortales, cuando nos presenta todas las naturalezas, desde el origen de ellas, ordenadas entre sí e inclinadas a la acción por el poder eterno, y cada una impulsada por secreto instinto hacia la perfección que le ha sido concedida. [115]
Onde si muovono a diversi porti
Per lo gran mar dell’esser e ciascuna
Con istinto a lei dato che la porti.
Explíquese como se quiera este hecho, siempre la verdad de su existencia resulta fuera de toda duda, y por todos reconocida. Todo ser se dirige a la acción por una espontaneidad de naturaleza, y si está bien constituido y colocado en un medio propicio, su actividad se desarrolla siguiendo un orden perfecto en el sentido de la perfección particular propia de su especie.
Supongamos, pues, al ser que piensa y raciocina, en las condiciones, ya internas, ya externas, normales y favorables. Las nociones, los términos, no podrán quedar aislados en un espíritu dispuesto para el raciocinio. Ellos se concertarán y ordenarán entre sí de modo que formen juicios; y como quiera que los términos que entran en estos juicios son generales, los juicios mismos serán también generales, universales. Pongamos por ejemplo las ideas de todo, de parte, de magnitud. Con estos tres términos el espíritu obtendrá seguidamente este juicio general: el todo es mayor que su parte.
Supongamos también las nociones de causa, de efecto, de proporción: tan pronto como se hayan concebido, provocarán este segundo juicio, universal como el primero: todo efecto tiene una causa proporcionada.
Pensar, pues, no es sólo concebir lo inmaterial o poseer nociones universales, conceptos generales; es concebir, es formular principios, axiomas. Y yo añado, porque esto es una nueva consecuencia no menos necesaria que las anteriores: es poseer la llave del saber, es dominar el secreto de la ciencia.
Un principio, no hay necesidad de decirlo, es un saber en potencia, es algún conocimiento en germen. La ciencia está en el principio como el movimiento en el resorte y en el vapor, como la llama en el combustible, como este hermoso panorama del mundo en el sol que nos lo revela. Y cuando el principio es completamente universal y absoluto, es un sol que puede dirigir sus rayos en todas direcciones y esparce su luz en todas las regiones de la verdad. [116]
Estos dos principios, por ejemplo: "nadie da lo que no tiene"; "todo efecto reconoce una causa proporcionada", son y han sido siempre verdaderos, en todas partes y en todo orden de cosas. Cuando el espíritu se halla en posesión de éstos y otros parecidos, puede, pues, no sólo escudriñar lo que hay en sí mismo y lo que existe por debajo de él, sino también abrirse nuevos y luminosos caminos que le conduzcan a realidades que existan tal vez en un mundo superior.
Este progreso en la ciencia se realizará sin duda alguna, porque no hablamos de un espíritu que piensa solamente, sino que raciocina además; es decir, que procede de lo conocido a lo desconocido valiéndose de lo que sabe para llegar al conocimiento de lo que no sabe.
El espíritu se considera a sí mismo. Siendo inmaterial puede replegarse sobre sí mismo, observar sus actos y sus estados. Observará, pues, estos actos y estos estados; y luego, relacionando con estos datos de la experiencia el gran principio de "que todo hecho tiene una causa proporcionada", se formará idea de su naturaleza espiritual.
Además, si se halla unido substancialmente a un cuerpo, no simplemente introducido en un cuerpo, observará los fenómenos del cuerpo que él anima, como ha observado sus propios accidentes, y hará esfuerzos por descubrir la naturaleza de su cuerpo, como los hizo para descubrir su propia naturaleza.
Por la consideración de su cuerpo, ha llegado ya a la noción abstracta del ser material; ya conoce, pues, lo que los demás cuerpos tienen de común con el suyo. Aquello en lo que se distingue, ya lo aprenderá por la experiencia externa. Pero no se detendrá aquí.
Cuando haya observado los hechos en sí y fuera de sí, cuando los haya generalizado, entonces los comparará, los clasificará, verá que unos son antecedentes necesarios de otros, y llegará de este modo a concebir las leyes que rigen su actividad y las de otras substancias.
Y si vive en sociedad con otros espíritus unidos como él a un cuerpo, habiendo aprendido al observarse a sí propio por qué signos exteriores se [117] traducen naturalmente los pensamientos y las disposiciones de su alma, y observando e interpretando estos mismos signos en los demás, conocerá a sus semejantes poco más o menos como se conoce a sí mismo.
He aquí, pues, la serie de progresos que debe realizar en virtud de "su naturaleza el ser que piensa y raciocina.
Se conoce a sí mismo, conociendo su actividad y sus leyes.
Conoce los cuerpos, la actividad y las leyes de los mismos.
Conoce las demás naturalezas inteligentes, la actividad y las leyes de las mismas.
Mira todavía por encima de sí, para ver si su existencia finita y limitada tiene su explicación y su principio en una existencia más alta. ¿Va ya con esto a detener su marcha? ¿Estará cerrado en adelante para él el camino del progreso?
No. Viviendo, como le suponemos, acompañado de otras naturalezas inteligentes como él, y en medio del universo, sentirá bien pronto que le sería útil sobremanera cambiar con sus semejantes algunos pensamientos, y poder, en cierta medida, recular y dirigir la acción de los seres que le rodean.
He aquí el doble progreso que aspira desde entonces a realizar, y que realizará sin duda alguna con las nociones generales y los principios que posee. A los signos naturales por los que ha visto que expresaba él mismo sus pensamientos, añadirá otros signos convencionales, y, combinando de distintos modos las actividades y las leyes que ha observado en el mundo, llegará a regular un tanto, según sus deseos, la sucesión de los acontecimientos.
¿Se han expuesto ya con esta serie de deducciones rápidas, todo el alcance, la plenitud del sentido que encierran aquellas dos palabras, pensamiento y raciocinio?
Fijaos en el más humilde pensamiento, escoged la última de las naturalezas que piensan y raciocinan, el espíritu que menos sobresale de la materia, suponiéndole, como yo le supongo, en condiciones favorables al desarrollo y a1 ejercicio de su potencia.
Es un espíritu, y como tal piensa y raciocina: [118]
Luego conoce lo inmaterial;
Luego conoce lo abstracto, lo universal;
Luego formula principios generales.
Luego de los fenómenos que él observará en sí y en los seres que le rodean, inferirá cuál es su naturaleza y la de los seres que ve a su alrededor;
Luego le veremos investigar su origen y su principio.
Luego descubrirá las leyes que regulan su actividad y la de los demás seres;
Luego inventará signos con que manifestar sus pensamientos e impresiones;
Luego tratará de modificar, de dirigir a su provecho los fenómenos de la naturaleza.
Iba a omitir un punto esencial. Pensar es concebir lo abstracto, lo general. El que piensa, pues, no sólo conoce tal bien concreto, sino el bien abstracto, general, universal, absoluto, perfecto. De aquí esta consecuencia capital: el ser que piensa, puesto en presencia de algún bien particular finito, cualquiera que éste sea, no se halla nunca necesariamente impelido a quererlo y perseguirlo. Y en efecto, todo bien finito, por lo mismo que es finito y no realiza todo el ideal de la bondad, presenta por este lado una imperfección que puede ser para la voluntad motivo de aversión y de disgusto, y dispondrá siempre de una acción sumamente débil para vencer la resistencia que pueda oponerle una facultad cuya naturaleza tiene por objeto adecuado el bien universal y perfecto (Santo Tomás, 1ª, 2 ae q. XIII, art. 6).
Pensar, pues, es también ser libre, no con relación al bien ni a la felicidad en general, sino con respecto a la elección de los bienes particulares y de los medios que pueden conducir al bien, a la perfecta felicidad.
Ya sabemos, por consiguiente, lo que encierra naturalmente la noción de pensamiento y de raciocinio. Sabemos más: sabemos cuáles son los signos, cuáles son los indicios seguros que nos darán a conocer si un ser piensa y raciocina.
Hay pensamiento y raciocinio allí donde aparecen nociones abstractas universales, allí donde se muestra un [119] progreso en la ciencia, pero un progreso que, haciendo que se pase del conocimiento de los hechos al de las leyes, y del conocimiento de las leyes al de los hechos por una serie de operaciones delicadas y complejas, es lento y laborioso cual una conquista; pero un progreso cuyo principio, cuyo resorte, digámoslo así, se halla al arbitrio del ser que lo realiza, y no tiene en cada circunstancia, por causa determinante inmediata, un impulso ciego de naturaleza o una violencia que le viene de fuera; un progreso, en fin, que en el orden práctico se traduce por la investigación en todos sentidos y por la invención de lo que puede ser útil y agradable, a fin de perfeccionar el comercio social y mejorar las condiciones de la existencia.
Por lo contrario, allí donde todo se explica por nociones concretas, donde todo saber es innato sin haber aprendido cosa alguna, y donde se ignoran invenciblemente las leyes y razones de lo que se hace y de lo que acontece, allí donde existe la inmovilidad, la uniformidad, y a despecho de las más vivas solicitaciones y de las circunstancias más favorables, la carencia total de invención y de progreso consciente y reflexivo, donde nada se sale de la marcha ordinaria, allí no hay pensamiento ni se da raciocinio.
Vamos a resumirlo todo en una palabra.
El progreso de un ser, es decir, el adelanto consciente, reflexivo, calculado, querido libremente en cuanto a los detalles, por todos los caminos de la ciencia, de las artes y de la civilización; es el efecto seguro y el sello infalible del pensamiento y raciocinio ejercitándose en condiciones normales y favorables.
Sentado esto, podemos ya resolver la cuestión: ¿el hombre y el bruto piensan y raciocinan?
3° En cuanto al hombre, no hay cuestión. Su espíritu, así como sus discursos, están llenos de términos generales y abstractos. Las ciencias de que trata, aun las de observación -y en esto debieran haber reparado los positivistas- versan sobre abstracciones. ¿Qué es la botánica orgánica en general? Un estudio de las plantas en que se [120] hace abstracción de los caracteres propios de las diversas especies. ¿Qué es la zoología orgánica? El estudio de los animales en general, el estudio de la animalidad tomada en sí misma. ¿Qué es la biología? El estudio de la vida, abstracción hecha del sujeto en que reside, sea hombre, planta, o animal.
Y los principios, ¿no estamos invocándolos a cada momento todos, filósofos y sabios, sin distinción de escuelas? Principio de contradicción, principio de causalidad, principio de razón suficiente.
Poseyendo el hombre las nociones generales y los principios transcendentales, no podía permanecer estacionario y uniforme ni en su saber ni en su obrar. Su misma naturaleza le prescribía el progreso. Y en efecto, ha avanzado en su camino.
Desde luego se miró y se escuchó a sí mismo. Viose de pronto henchido de asombrosos pensamientos, así por el número como por la variedad de los mismos; pensamientos que hacían de él un espectáculo sucesivamente encantador y terrible, humilde y grandioso, risueño y triste al mismo tiempo: sintióse afectado por extrañas impresiones, impresión de amor y de odio, impresión de confianza y de temor, de felicidad y de amargura, de indignación y de esperanza. Al lado y por debajo de estos fenómenos observó otros de una naturaleza menos elevada; porque su cuerpo se mueve y vibra, sufre, goza, desfallece y se reanima.
Y el hombre, al sentirse autor y objeto al mismo tiempo, de estos acontecimientos tan diversos, se preguntó a sí mismo qué era él.
Pero no ve, no percibe el fondo de su naturaleza bajo la cubierta de los fenómenos que la envuelven. ¿Deberá, pues, limitarse a registrar hechos?
¿Permanecerá siendo un misterio para sí mismo?
De ningún modo.
Va a echar mano de un principio, como se coge una vela para alumbrar en un lugar obscuro, y mediante el raciocinio llegará hasta las profundidades a que no podía llegar la observación directa.
Y se dirá: todo fenómeno tiene una causa, y una causa proporcionada. Y a la luz de este axioma, penetrará en [121] su naturaleza y se verá a sí mismo, notando su maravillosa unidad, resultado de dos principios, materia y espíritu, ligados, entrelazados, fundidos por tan admirable manera, que de tal fusión resulta una sola substancia, doble en su base, una y simple en su coronamiento; porque, en el hombre, el espíritu no está como anegado en la materia, a la que penetra y vivifica; sino que sobresale por encima del cuerpo en que se halla, según la bella expresión de Dante Alighieri, "como el nadador en el agua."
De la ciencia de su naturaleza, pasó el hombre a la ciencia del mundo. Aquí también, se presentan fenómenos más numerosos aún, y no menos sorprendentes. Al contemplarlos, concibió el hombre el deseo de conocer la naturaleza de esos cuerpos, que son su teatro y su principio.
Pero he aquí que le sale al paso la dificultad de antes: no ve más que fenómenos. ¿Cómo descubrir la fuente? Pues hará como hizo antes: se servirá de los principios como de proyecciones luminosas, y ahuyentará las tinieblas en las regiones profundas de la realidad corporal, y descubrirá el átomo que la observación no puede alcanzar a ver, y en el átomo, la materia y la fuerza que constituyen su esencia.
A medida que su ciencia se acrecienta, le espolea más y más el deseo de saber, proponiéndose infinidad de cuestiones. Se pregunta muy especialmente de dónde procede él y de dónde procede el mundo. Y siempre el mismo principio que estimula su curiosidad, sirve también para satisfacerla.
"No hay efecto sin causa." Ahora bien: el hombre es un efecto, el mundo es también un conjunto de efectos. ¿Cuál es pues la causa del hombre y del mundo? Y a estas alturas se sirve del raciocinio y llega no sin esfuerzo a esta conclusión: que por encima y aparte de la serie de los seres contingentes y finitos, existe un ser necesario e infinito, de quien procede y depende todo lo existente.
Si tal ser existe, y el hombre se halla con respecto a él en tal dependencia, ¿no tendrá este hombre deberes que cumplir para con aquel? ¿No deberá adorarle por razón de su infinita [121] excelencia, darle gracias por el beneficio de la existencia que le ha dado y le conserva, suplicarle que continúe concediéndole sus favores? ¿Y no deberá también considerar la voluntad de Dios donde y como quiera que se manifieste, como una ley sagrada?
Mas si el hombre sabe, también obra; y así como progresa en la ciencia, debe progresar en la acción.
El hombre está hecho para vivir en sociedad, y así vive en efecto. Sólo en sociedad puede encontrar su naturaleza el debido desarrollo, y sólo en sociedad también puede proporcionarse, con la seguridad, los medios de vivir felizmente.
Ahora bien: la primera condición para que la sociedad le proporcione todas las ventajas que tiene derecho a sacar de ella, es que pueda fácilmente entrar en comunicación de ideas con sus semejantes. El hombre, pues, debió sentir la necesidad de crear signos por medio de los cuales pudiese transmitir su pensamiento.
¡Y cuánto ha trabajado para esto! ¡Con qué cuidado, con qué constancia va perfeccionando el lenguaje! ¡Cómo aumenta las palabras, modifica las frases y los giros a fin de poder expresar su pensamiento con los más delicados y finos matices de expresión!
No satisfecho de poder comunicarse con sus contemporáneos, buscó y encontró medio de dar fijeza a la palabra por medio de la escritura, y de establecer un comercio intelectual entre hombres separados por una larga sucesión de siglos. Con la escritura podía ya comunicarse a distancia, pero era necesario un tiempo muy largo para transmitir sus escritos; a este inconveniente proveyó inventando el telégrafo.
Desgraciadamente el telégrafo, con sus signos, no permite oír la palabra, que es la vibración del alma: por esto ha inventado el teléfono.
Pero el teléfono presenta el inconveniente de que la palabra no puede percibirse sino en el momento en que la pronuncia el que habla; y lo ha remediado inventando el fonógrafo, que fija la palabra sonora, como la escritura fija la palabra gráfica, permitiendo de este modo el citado instrumento guardar la palabra en cartera. [123]
Estos inventos admirables nos manifiestan ya las conquistas verdaderamente asombrosas que el hombre ha conseguido en el dominio de la naturaleza.
Empezó por estudiar en ella las grandes leyes y las grandes fuerzas; con sublime entusiasmo se lanzó al descubrimiento en todas direcciones; exploró los lugares solitarios y desiertos, afrontó las iras espantosas del Océano, escudriñó la inmensidad de los cielos, las simas profundas del abismo, observándolo y anotándolo todo. Cuando ya se encontró frente a seres inaccesibles a su mirada, recurrió a las luces de su razón y creó una ciencia maravillosa para llegar a conocer con rigurosa exactitud la sucesión de los fenómenos.
En la actualidad conoce la tierra hasta sus últimos confines; conoce el cielo visible en el detalle de sus movimientos y en el conjunto de sus leyes. Calcula la distancia de los astros, conoce igualmente el peso de los mismos.
Conociendo las grandes fuerzas del mundo y el modo como estas se desarrollan, el hombre ha concebido la atrevida empresa de encauzarlas y dirigirlas para su propia utilidad. Efecto de ello ha sido hacer funcionar estas fuerzas como el maquinista hace funcionar las partes todas de una máquina; y de aquí las maravillas contemporáneas en las aplicaciones de la ciencia: la electricidad, el calor, el movimiento, el aire, el agua, todas las energías han venido sucesivamente a ponerse al servicio del hombre, a someterse a su voluntad y aun a su capricho, a subvenir a sus necesidades o a amenizar su existencia.
Ya se ve, pues: el hombre significa el progreso en todas direcciones. El hombre es, pues, esencialmente progresivo. Progresa en la ciencia y progresa también en la acción, en la práctica. No posee su saber desde que nace, sino que aprende, se perfecciona, se forma a sí mismo.
El hombre, por consiguiente, no sólo tiene conciencia de que piensa y raciocina, sino que, además, presenta la prueba, la señal cierta, irrefragable de ello. El progresa con un progreso [124]consciente, reflexivo y calculado, querido libremente, universal.
¿Puede decirse del animal otro tanto?
4° Ábrase el libro más reciente del naturalista mejor informado de nuestra época, y léanse las descripciones que nos da de lo que se llama el carácter y costumbres de los animales que aparecen hoy a nuestra vista. ¿Hay siquiera un detalle de alguna importancia que no se encuentre ya en las descripciones de los naturalistas del último siglo? No.
Más aún: cójase a Buffon, y cuando se haya leído lo que escribió este grande hombre sobre los animales que muy impropiamente se llaman los más inteligentes, ábrase a Plinio el Viejo, y compárense las descripciones del escritor francés con las que compuso el escritor romano hace más de dieciséis siglos: no podrá menos de convenirse en que dieciséis siglos no han producido ni un sólo cambio apreciable en la manera de ser y de obrar de las bestias que se han observado.
Remontémonos aún más lejos; traduzcamos algunas páginas de la historia de los animales de Aristóteles. Por una parte creeremos leer a un escritor de nuestro tiempo, y por otra nos convenceremos de que los detalles suministrados por el filósofo griego se hallan en perfecta conformidad con lo que los antiguos monumentos de Egipto nos enseñan sobre los animales de fechas remotísimas.
Es, pues, un hecho indudable, que los animales, durante la larga sucesión de los siglos, no han llevado a cabo un sólo progreso notable.
Y téngase muy presente que cuando hablo de animales hablo de los "más inteligentes", usando el lenguaje que hoy se emplea, y hablo de aquellos que, sin duda alguna, se han encontrado en las mejores condiciones para el progreso. Hablo del mono, del perro, del elefante, del caballo. Hablo de las más hermosas razas de perros, de monos, de elefantes, de caballos; de las que viven en el más benigno de los climas, bajo el cielo más puro, y dejo escoger según que una u otra condición sea más o menos favorable al desarrollo intelectual, en sociedad o en el aislamiento; en el seno de la abundancia, [125] del reposo y de los placeres, o en medio de las fatigas de una existencia austera y miserable; en la paz o en la guerra.
En cualquier época, en cualquier lugar y en cualquiera circunstancia que se consideren, ¿podrá mostrársenos una sola de estas bestias que vaya caminando por la senda del progreso? No.
Una circunstancia excepcionalmente favorable para este progreso de los animales, y que debería producirlo necesariamente, si fuese posible y cupiese en la naturaleza, es el comercio de tales animales con el hombre. El hombre que piensa, que razona y que progresa en presencia del animal, no podría menos de conducirlo por el camino de su pensamiento y de su acción.
De hecho, el hombre no ha vivido nunca probablemente sin el animal. El perro, por lo menos, ha sido su fiel compañero desde los tiempos más antiguos. El ha visto, pues, al hombre fabricándose instrumentos adecuados para trabajar la piedra, la madera, el hierro; le ha visto pasar, gracias a su actividad y a su industria, de la penuria y escasez a la abundancia y a las comodidades, luego al lujo; él ha ocupado un sitio en su mesa y en su hogar; él le ha seguido a la caza, a la guerra, en los viajes, en las fiestas y asambleas públicas. El ha sido su compañero, y ¡cuantas veces ha ocurrido no tener a nadie más que a él por amigo y confidente! Ha sido, decimos, el compañero no sólo del pastor y del salvaje, sino también del artesano en su taller, del sabio en su gabinete de estudio, del general en el campo de batalla, del rey hasta en sus consejos.
El hombre no se ha contentado con exponer ante sus ojos las maravillas de su arte y de sus inventos: ha querido, además, instruirle, y ha recurrido a toda clase de medios para conseguirlo; caricias, golosinas, golpes, hambre, sed, estímulos de todas clases, amenazas, palabras, gestos de todo género. Y estos esfuerzos, estas tentativas de instrucción no se han empleado con individuos tomados casualmente y sin tino, sino que se han escogido los que parecían ofrecer más probabilidades de buen éxito. Y no se ha trabajado solamente con ejemplares aislados [126] y sin relaciones unos con otros, sino que tales trabajos se han operado a veces sobre los padres, y se ha querido darles permanencia en la raza, cultivando en los productos de una serie de generaciones las cualidades preciosas que se había pretendido desarrollar en los individuos, por una educación algunas veces secular. Los anales de la montería contienen sobre este particular los hechos más auténticos y curiosos.
Pues bien: con todos estos ensayos, con tanta habilidad y paciencia tanta, ¿hase podido conseguir que brillase una chispa de razón en uno sólo de estos cerebros caninos? ¿Hase visto una raza siquiera que llegase a producir, en un orden cualquiera de cosas, acciones tales que no puedan explicarse sin que se reconozca a los individuos de esta raza conceptos abstractos, ideas generales, universales, en las que se hayan inspirado para realizar por ellos mismos (ex propria inquisitione) un sólo progreso? Si tal raza existe, exhíbasenos: si no existe ya, que se nos
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