SAN MAXIMILIANO M. KOLBE (1894-1941)
Texto de L’Osservatore Romano
Raimundo Kolbe nace en Zdunska Wola, Lodz (Polonia), el 8 de enero de 1894, de Julio Kolbe y María Dabrowska. A los 13 años entra en el seminario de los franciscanos conventuales en Leópolis. Terminado el noviciado, hace la profesión religiosa a los 17 años y adopta el nombre de fray Maximiliano María. Al año siguiente viene a Roma. Permanece en Italia 7 años, de 1912 a 1919; son los años de su maduración humana, intelectual, religiosa y espiritual, con las siguientes etapas principales: 1 de noviembre de 1914, profesión solemne; 22 de octubre de 1915, doctorado en filosofía; 16 de octubre de 1917, con seis religiosos, comienza el Movimiento de apostolado mariano Milicia de la Inmacu; 28 de abril de 1918, ordenación sacerdotal; 22 de julio de 1919, doctorado en teología. Seguidamente vuelve a Cracovia (Polonia). En enero de 1922 publica el primer númerRycerz Niepokala (Caballero de la Inmaculada), órgano de la Milicia de la Inmacula (M.I.): dieciséis páginas con una tirada de 5.000 ejemplares. A fin de año, es destinado al convento de Grodno. Enero de 1923, comienza el trabajo editorial con una máquina tipográfica manual de su propiedad. Imprime de Rycerz Niepokala.ej Noviembre de 1924. Se imprime el primer calendario-almanaq Rycerz Niepokal para el año 1925, con una tirada de 12.000 ejemplares. El 13 de junio de 1927, estudia la posibilidad de conseguir que el Príncipe Juan Ducki Lubecki le dé un terreno a 42 Km. de Varsovia para levantar un convento y un centro editorial. Al cabo de pocos meses se instala con otros veinte frailes en el nuevo centrNiepokalanow (Ciudada de la Inmaculada o Lugpropieda de la Inmaculada). A principios de 1930 se prepara a abrir una misión en Extremo Oriente, y a primeros de marzo parte con otros cuatro religiosos, y llega a Nagasaki. Al mes de su llegada salRycerz Niepokala en lengua japonesa, con el Mugenzai no Seibo no Kis, y tiene una tirada de 10.000 ejemplares. Permanece en Japón hasta 1936, con varios viajes a Europa en estos seis años.
Mientras tanto Niepokalanow prosigue su obra. Aumenta el número de religiosos de modo que, al estallar la segunda guerra mundial el 1 de septiembre de 1939, los frailes son 700 y hay otros 200 preparándose a profesar. Continúa imprimiéndose Niepokalanow mensualmente elRycerz Niepokala, con este progreso: en 1930, 343.000 ejemplares; en 1935, 717.000; en 1938, un millón de ejemplares. En 1933 nace la revista infEl pequeño Caballero de la Inmacul y lueEl Caballeri, elMiles Inmaculata en latín para el clero de todo el mundo, elBoletín mision, y Eco de Niepokalanow . Pero lo más extraordinario fue la publicación en 1935 de un diaMali Dzien (El pequeño periódico), que al comienzo de la guerra tiene una tirada de 180.000 ejemplares los días corrientes, y 250.000 los domingos, con siete redacciones periféricas en Varsovia, Poznan, Lodz, Gdinia, Vilna, Grodno y Cracovia, y gran número de corresponsales locales; sale diariamente en doce ediciones. Cuando a causa de su poco costo, que los otros periódicos consideraban de «competencia desleal», se prohíbe su venta en los kioscos, el P. Kolbe organiza una cadena de kioscos propios y recluta gran número de vendedores voluntarios. Con la segunda guerra mundial, todo se para. El 19 de septiembre es arrestado el P. Maximiliano Kolbe por las tropas alemanas, junto con otros 37 franciscanos, y se les interna en un campo de concentración. El 8 de diciembre siguiente los frailes quedan en libertad. El P. Kolbe pide permiso reiteradamente para imprimiRycerz Niepokala; por fin lo obtiene, pero para un sólo número, el de diciembre de 1940 - enero de 1941. Sale con una tirada de 120.000 ejemplares. En el artículo editorial figura esta frase elocuente: «Nadie puede cambiar la verdad...». El 17 de febrero de 1941, el futuro mártir es arrestado nuevamente y encerrado en la prisión de Pawiak de Varsovia. A fines de mayo se le interna en el campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz). Y allí muere el 14 de agosto del mismo año, en las circunstancias de todos bien conocidas, sustituyendo voluntariamente a un padre de familia condenado a la muerte por hambre. El día 10 de octubre de 1982, el Papa Juan Pablo II proclamó santo al beato Maximiliano Kolbe. Selecciones de Franciscani,mo vol. XI, n. 33 (1982) 377-378]
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SAN MAXIMILIANO M. KOLBE (1894-1941)
Siguiendo las huellas de S. Francisco por los caminos del siglo XX por Gianfranco Grieco, o.f.m.
conv. La vida de Francisco, revolucionaria y original en todos sus aspectos, encuentra en Kolbe uno de sus intérpretes más verdaderos y auténticos. Al «estilo» de Francisco, corresponde el «estilo» de Kolbe. Francisco se convierte al Cristo crucificado de San Damián y abraza la dama pobreza. Se convierte en «otro Cristo» que camina por aldeas y ciudades anunciando la Buena Nueva del reino. En torno a él, un número siempre creciente de hermanos. Dejan todo para seguir a Cristo hasta la cruz. En un mundo ávido de riquezas y poder, la opción de Francisco se vuelve provocación cristiana. Para seguir a Cristo, predica Francisco, es necesario abandonarlo todo. Para ser verdaderamente libre, debe seguirse el Evangelio de las Bienaventuranzas. Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos por la justicia, bienaventurados los puros de corazón, los que son calumniados a causa de Cristo... Francisco imitó a Cristo pobre y humilde hasta ser transformado en Él, con las llagas. Muriendo sobre la desnuda tierra, dejó a sus hijos espirituales esta consigna: «Yo he concluido mi tarea. Cristo os enseñe la vuestra» (2 Celano 214). Maximiliano Kolbe no fue iluminado como Pablo en el camino de Damasco ni como Francisco en la quietud de San Damián. Él respondió generosamente a la llamada y eligió a Francisco como padre y maestro de vida. «Si viviera ahora, ¿qué diría san Francisco viendo estas costosas máquinas?» A esta desconcertante pregunta de un canónigo polaco, que admiraba la imponente rotativa de Niepokalánow que había costado una enormidad de dinero, el padre Kolbe respondió enseguida: «Se arremangaría la sotana, haría marchar a toda velocidad las máquinas, y trabajaría como trabajan estos buenos hermanos, con los medios más modernos, para difundir la gloria de Dios y de la Inmaculada.» Pobreza y trabajo: dos componentes especiales de la vida del verdadero «hermano menor». Dos tensiones complementarias que por una parte indican la separación de todas las cosas del mundo, y por otra el servicio-trabajo de darse cotidianamente al hombre. En Francisco estas dos opciones de vida van juntas: «Aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia del trabajo, trabajen fiel y devotamente, de forma tal que, evitando el ocio, que es enemigo del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales. Y como remuneración del trabajo acepten, para sí y para sus hermanos, las cosas necesarias para la vida corporal, pero no dinero o pecunia; y esto háganlo humildemente, como corresponde a quienes son siervos de Dios y seguidores de la santísima pobreza» (2 R 5). En Maximiliano Kolbe la relación es más explícita: «Todo miembro de Niepokalánow -para imitar a la Inmaculada, imitadora de Jesús, para imitar a san Francisco, imitador de Jesús- debe limitar sus exigencias personales a las extremadamente necesarias; no buscando comodidad y solaz, sino contentándose únicamente de lo imprescindible para extender lo más pronto posible el reino de la Inmaculada.» Esto dice Kolbe en una carta que enviara desde Nagasaki al padre Koziura, superior de la ciudad mariana polaca, y agrega: «Esta renuncia y espíritu de sacrificio de la pobreza, es la que permite Caballer, que debeaje del difundirse en todo el mundo; pobreza de costumbres, de vestimenta, de comida, es decir, pobreza franciscana a la luz de la Inmaculada...» Pobreza, pues, como elección de vida, como testimonio cristiano. Trabajo como compromiso cotidiano indispensable para el advenimiento del reino de Dios y de María en los corazones. Si en el centro de la opción de vida de Francisco domina la presencia de Cristo crucificado, la vida de Kolbe revela en cada uno de sus acto idea fi de la Inmaculada. Cristo pobre, humilde, trabajador; María, humilde virgen del Señor, pobrecilla de Yavhé, obrera de la viña de Dios, ha sido para Kolbe un modelo de vida religiosa, distribuida entre trabajo y oración, servicio y sacrificio, modestia y heroísmo. Pobreza y trabajo en Francisco como en Kolbe no son nunca considerados como fines en sí mismos. Pobreza y trabajo tienden en cambio, naturalmente, al logro de un gran objeel anuncio de la Palabra. Francisco iba predicando por las calles de la ciudad y por los caminos de la campiña, con palabras sencillas, el advenimiento del Reino. No tenía otros medios que el arma de la palabra y el ejemplo. «...Desde entonces comenzó a predicar a todos la penitencia con gran fervor de espíritu y gozo de su alma, edificando a los oyentes con palabra sencilla y corazón generoso» (1 Celano 23). Su palabra era como fuego ardiente, penetraba en lo íntimo de los corazones, colmando a todos de admiración... En cada sermón, antes de comunicar la Palabra de Dios al pueblo, auguraba la paz diciendo: «El Señor os dé la paz.» Esta paz él la anunciaba siempre sinceramente a hombres y mujeres, a cuantos encontraba o venían a él. De este modo lograba a menudo, con la gracia del Señor, inducir a los enemigos de la paz y de la propia salvación, a convertirse ellos mismos en hijos de la paz, deseosos de la salvación eterna. A la palabra anunciada con fuerza y pasión, Francisco agregó la palabra escrita, como las tres cartas circulares «a todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos los que habitan en el mundo entero», «a todos los clérigos, reverendos en Cristo» y «a las autoridades de los pueblos». Considerándose obligado a «servir a todos y suministrar a todos las perfumadas palabras» de su Señor, Francisco, con su predicación descalza, renovó la conciencia de los hombres de su tiempo y el rostro de la sociedad. Maximiliano Kolbe amó la Palabra como parte integrante de su vida. A la predicación verbal prefirió la forma escrita. El trabajo era para Kolbe, Palabra, y la Palabra era trabajo. Sin cansarse nunca, toda su acción editorial ha pregonado con muchas voces la armonía y la sublimidad de esta Palabra. Desde Polonia al Japón, un canto coral que era de alabanza a Dios y de servicio a los hermanos, se elevaba desde las páginas de sus impresos. Pero en medio de todas sus obras, que agrupaban en el trabajo una cantidad de religiosos comprometidos y laboriosos, Kolbe no perdió nun.a los objetivos de fondo de su convincente acción apostólica. «Debemos decir que nuestro trabajo es bello e importante -escribe a fray Lucas Kuzba-, pero es sólo algo exterior. Primero, antes de toda otra cosa, debemos cuidar de nuestra vida interior, la vida de la gracia, de la cual debe proceder toda la actividad exterior.» Y se pregunta: «¿Acaso el desarrollo de Niepokalánow reside en extender y agrandar sus muros? ¡No! Las nuevas casas no son índice de progreso. Y si en el futuro nos llegan máquinas más nuevas y perfectas, no será eso progreso en senCaballero multiplicara por dos o por tres su tirada, ni siquiera así se habrá cumplido el desarrollo de Niepokalánow, porque las cosas exteriores son a menudo falaces... Todas las otras cosas, incluso la ciencia, son cosas exteriores. En la santificación de nuestras almas está el verdadero progreso de Niepokalánow...» Antes que el trabajo exterior y frenético de las máquinas y los hombres, Kolbe recomienda como exigencia fundamental de vida y como condición para alcanzar la conciencia de los hombres, el trabajo de la conversión interior del corazón. Sólo en esta línea se tiene la certidumbre de la «victoria». El padre Kolbe hizo una elección radical de vida enteramente dedicada al trabajo, sinónimo también de sacrificio: «En el nuevo convento, nuestro sacrificio deberá ser total -afirma Kolbe-. La vida religiosa deberá allí florecer en la más perfecta observancia, especialmente en la práctica de la obediencia. Allí habrá mucha pobreza de acuerdo con el espíritu de san Francisco. Allí habrá mucho trabajo, mucho sufrimiento y no pocas incomodidades.» Hombre y religioso íntegro, Kolbe quería que fueran también así los hermanos, dispuestos a seguirlo en el camino de la pobreza, del sacrificio, del trabajo. De «Pawiak», la cárcel de Varsovia, con fecha 13 de marzo de 1941, envía a los religiosos de Niepokalánow una tarjeta postal en la que dice: «Todos los hermanos oren mucho y bien, trabajen con fervor y no se preocupen demasiado de nosotros, porque, sin el permiso de Dios y de la Inmaculada, nada puede sucedernos.» Este es el Evangelio del trabajo y del amor de Maximiliano Kolbe, víctima, al final de sus dolorosos días, de las monstruosas crueldades del coronel Fritsch y del feroz Krott en el bloque núm. 17. Kolbe, el hombre que había obtenido una gran «victoria» sobre el trabajo humano -un medio para arribar a un fin-, es condenado a trabajos forzados en el campo de concentración de Auschwitz: se inicia así el «vía crucis» de Kolbe, hombre de sufrimientos, de sacrificio, de heroísmo. Este es el testimonio del prisionero Szweda: «Krott cargó sobre la espalda de Kolbe pedazos de madera especialmente pesados y luego le dio la orden de correr. Cuando el padre Kolbe cayó por tierra, le dio puntapiés en la cara, en el vientre, y lo apaleó gritando: ¡No tienes ganas de trabajar, holgazán! ¡Te haré ver lo que es trabajar!... Durante el intervalo del mediodía, entre befas y blasfemias, le ordenó extenderse sobre un tronco; después eligió uno entre los más fuertes de sus matones, y le ordenó darle cincuenta golpes a su víctima. El padre Maximiliano no se movía más. Fue arrojado en el fango y cubierto con los haces de leña. Después de esto y del trabajo de toda la jornada, siguió una extenuante marcha hasta el campo. El padre Kolbe estaba tan agotado que tuvieron que transportarlo, y al día siguiente no pudo salir a trabajar. Lo llevaron entonces al consultorio del hospital del campo y fue internado con el diagnóstico: pulmonía, con agotamiento general.» Se iba concluyendo así, consumida por un trabajo absurdo en el campo donde aparentemente había vencido el odio, el racismo y el trabajo-esclavitud, la existencia terrena de un hombre que con su trabajo pobre, humilde y anónimo había atravesado las etapas de una vida consagrada a los demás. Al hombre de hoy, esclavo de la máquina, de la técnica y del trabajo- ganancia-bienestar, ¿qué tiene que decirle una figura como la del padre Maximiliano Kolbe? La pregunta es inevitable si queremos advertir la presencia impetuosa de este contemporáneo nuestro. Fiel a los temas evangélicos, Kolbe, con su opción por la pobreza- trabajo, ha ubicado al hombre como agente de trabajo, ha predicado la solidaridad entre los trabajadores, ha enseñado que el trabajo es participación en la obra del Creador. Mirando a Cristo, hombre de trabajo, con su compromiso de cada día, Kolbe ha asumido el trabajo humano a la luz de la cruz y de la resurrección de Cristo. «El Cristiano que está a la escucha de la Palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo y la oración -escribe Juan PLaborem exercens-, debe saber qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terrenal, sino también en el desarrollo del reino de Dios, al cual somos todos llamados con la potencia del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio» (núm. 27). Es ésta también la visión franciscana y kolbiana del binomio pobreza- trabajo. Usar de todo con desapego para alcanzar el gran fin. Usufructuar de todos los medios de la técnica y del progreso para hacer al hombre más hombre, artífice y protagonista de su presente, co-creador del devenir de la historia. [L’Osservatore Roma, Ed. semanal en lengua española, del 10-X-82] Selecciones de Franciscani,mo vol. XI, n. 33 (1082) 379-382]
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SAN MAXIMILIANO M. KOLBE (1894-1941)
Homilía de Juan Pablo II en su Canonización (10-X-82) 1. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Joh 15:13). Desde hoy la Iglesia quiere llamar «santo» a un hombre a quien le fue concedido cumplir de manera rigurosamente literal estas palabras del Redentor. Así fue. Hacia finales de julio de 1941, después que los prisioneros, destinados a morir de hambre, habían sido puestos en fila por orden del jefe del campo, este hombrMaximiliano María Kolbe , se presentó espontáneamente, declarándose dispuesto a ir a la muerte en sustitución de uno de ellos. Esta disponibilidad fue aceptada, y al padre Maximiliano, después de dos semanas de tormentos a causa del hambre, le fue quitada la vida con una inyección mortal, el 14 de agosto de 1941. Todo esto sucedía en el campo de concentración de Auschwitz (Oswiecim), donde fueron asesinados durante la última guerra unos cuatro millones de personas, entre ellas la Sierva de Dios Edith Stein (la carmelita sor Teresa Benedicta de la Cruz), cuya causa de beatificación sigue su curso en la Congregación competente [fue canonizada por Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998]. La desobediencia al mandamiento de Dios creador de la vida: «No matarás», causó en ese lugar la inmensa hecatombe de tantos inocentes. En nuestros días, pues, nuestra época ha quedado así horriblemente marcada por el exterminio del hombre inocente. 2. El padre Maximiliano Kolbe, prisionero del campo de concentración, reivindicó, en el lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, uno de los cuatro millones. Este hombre (Franciszek Gajowniczek) vive todavía y está aquí presente entre nosotros. El padre Kolbe reivindicó su derecho a la vida, declarando la disponibilidad de ir él mismo a la muerte en su lugar, ya que ese hombre era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos. De este modo, el padre Maximiliano María Kolbe reafirmó así el derecho exclusivo del Creador sobre la vida del hombre inocente y dio testimonio de Cristo y del amor. Así, escribe, en efecto, el Apóstol Juan: «En esto hemos conocido la caridad: en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1Jn 3:16). El padre Maximiliano, al que la Iglesia venera ya como «Beato» desde 1971, al dar su vida por un hermano, se asemeja a Cristo de manera particular. 3. Reunidos aquí hoy, domingo 10 de octubre, ante la basílica de San Pedro en Roma, nosotros queremos poner de relieve el valor especial que a los ojos de Dios tiene la muerte por martirio del padre Maximiliano Kolbe: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de » (Salmo 115 [116],15). Así hemos repetido en el Salmo responsorial. ¡Verdaderamente es preciosa e inestimable! Mediante la muerte de Cristo en la cruz se realizó la redención del mundo, ya que esta muerte tiene el valor del amor supremo. Mediante la muerte del padre Maximiliano Kolbe, un límpido signo de tal amor se ha renovado en nuestro siglo, que en tan alto grado y de tantos modos está amenazado por el pecado y la muerte. Parece como si en esta liturgia solemne de la canonización se presentara entre nosotros aquel «mártir del amor» de Oswiecim (como lo llamó Pablo VI), diciendo: «Yo soy tu siervo, Señor, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas» (Salmo 115 [116],16). Y, como recogiendo en uno sólo el sacrificio de toda su vida, él, sacerdote e hijo espiritual de San Francisco, parece decir: «¿Qué podré yo dar al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Alzaré el cáliz de salvación, invocando tu nombre, Señor» (Salmo 115 [116], 12s). Estas palabras son palabras de gratitud. La muerte sufrida por amor, en lugar del hermano, es un acto heroico del hombre, mediante el cual, junto al nuevo Santo, glorificamos a Dios. De Él, en efecto, proviene la gracia de semejante heroísmo, la gracia de este martirio. 4. Glorifiquemos, por tanto, hoy las grandes obras de Dios en el hombre. Ante todos nosotros, reunidos aquí, el padre Maximiliano Kolbe levanta «el cáliz de la salvación», en el que está recogido el sacrificio de toda su vida, sellada con la muerte de mártir «por un hermano». Maximiliano se preparó a este sacrificio definitivo siguiendo a Cristo desde los primeros años de su vida en Polonia. De aquellos años data el sueño arcano de dos coronas: una blanca y otra roja, entre las que nuestro santo no elige, sino que acepta las dos. Desde los años de su juventud estaba invadido por un gran amor a Cristo y por el deseo del martirio. Este amor y este deseo lo acompañaron en el camino de su vocación franciscana y sacerdotal, para la que se preparó en Polonia y en Roma. Este amor y este deseo lo siguieron a través de todos los lugares de su servicio sacerdotal y franciscano en Polonia, y en su servicio misionero en Japón. 5. La inspiración de toda su vla Inmaculada , a la que confiaba su amor por Cristo y su deseo del martirio. En el misterio de la Inmaculada Concepción se desvelaba a los ojos de su alma aquel mundo maravilloso y sobrenatural de la gracia de Dios ofrecida al hombre. La fe y las obras de toda la vida del padre Maximiliano indican que entendía su colaboración con la gracia como una milicia bajo el signo de la Inmaculada Concepción. La característica mariana es particularmente expresiva en la vida y en la santidad del padre Kolbe. Con esta señal quedó marcado todo su apostolado, tanto en su patria como en las misiones. En Polonia y en Japón fueron centro de este apostolado las especiales ciudades de la Inmaculada («Niepokalonów», polaco, «Mugenzai no Sono», japonés). 6. ¿Qué sucedió en el búnker del hambre del campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz), el 14 de agosto de 1941? A esta pregunta responde la liturgia de hoy: «Dios probó» a Maximiliano María «y lo encontró digno de sí» (cf. Wis 3:5). Lo probó «como oro en el crisol y le agradó como un holocausto» (cf. Wis 3:6). . . Aunque «a los ojos de los hombres padecía un castigo», sin embargo, «su esperanza estaba llena de inmortalidad», ya que «las almas de los justos están en las manos de Dios y no les tocará tormento alguno». Y cuando, humanamente hablando, les llega el tormento de la muerte, cuando «a los ojos de los hombres parece que mueren...», cuando «su partida de este mundo es considerada por nosotros como una desgracia...», «ellos están en paz»: tienen su vida y su gloria «en las manos de Dios» (cf. Wis 3:1-4). Semejante vida es fruto de la muerte a la manera de la muerte de Cristo. La gloria es la participación en su resurrección. ¿Qué sucedió, pues, en el búnker del hambre, el día 14 de agosto de 1941? Se cumplieron las palabras de Cristo a los Apóstoles, al «enviarlos a dar fruto y un fruto que permaneciese» (Joh 15:16). El fruto de la muerte heroica de Maximiliano Kolbe perdura de modo admirable en la Iglesia y en el mundo. 7. Los hombres miraban lo que sucedía en el campo de «Auschwitz» (Oswiecim). Y, aunque a sus ojos les parecía que «moría» un compañero de su tormento, aunque humanamente podían considerar su «partida de este mundo» como «una desgracia», sin embargo, en su conciencia ésta no era simplemente «la muerte». Maximiliano no murió, «dio la vida... por el hermano». En esta muerte, terrible desde el punto de vista humano, estaba toda la definitiva grandeza del acto y de la opción humanas: voluntariamente se ofreció a la muerte por amor. En esta su muerte humana había un testimonio transparente de Cristo: el testimonio dado en Cristo a la dignidad del hombre, a la santidad de su vida y a la fuerza salvadora de la muerte, en la que se manifiesta la fuerza del amor. Por esto, la muerte de Maximiliano Kolbe se convirtió en un signo de victoria. La victoria conseguida sobre todo el sistema de desprecio y odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en el hombre; victoria semejante a la conseguida por nuestro Señor Jesucristo en el calvario. «Seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Joh 15:14). 8. La Iglesia acepta este signo de victoria, conseguida mediante el poder de la redención de Cristo, con veneración y con gratitud. Intenta leer su elocuencia con toda humildad y amor. Como sucede siempre que proclama la santidad de sus hijos e hijas, también en este caso intenta obrar con toda la precisión y responsabilidad debidas, penetrando en todos los aspectos de la vida y muerte del Siervo de Dios. Sin embargo, la Iglesia, al mismo tiempo, ha de estar atenta, leyendo el signo de santidad dado por Dios en su Siervo aquí en la tierra, a no dejar pasar su plena elocuencia y su significado definitivo. Por eso, al juzgar la causa del Beato Maximiliano Kolbe -a partir de su beatificación-, se tomaron en consideración las diferentes voces del Pueblo de Dios, y, sobre todo, de nuestros hermanos en el Episcopado, tanto de Polonia como de Alemania, que pedían proclamar Santo a Maximiliano Kolbe como mártir. Ante la elocuencia de la vida y la muerte del Beato Maximiliano, no puede dejar de reconocerse lo que parece constituye el contenido principal y esencial del signo dado por Dios a la Iglesia y al mundo con su muerte. ¿No constituye esta muerte, afrontada espontáneamente, por amor al hombre, un cumplimiento especial de las palabras de Cristo? ¿No hace esta muerte a Maximiliano, de modo especial, semejante a Cristo, modelo de todos los mártires, que ofreció su propia vida en la cruz por los hermanos? ¿No tiene una muerte semejante una especial y penetrante elocuencia precisamente para nuestra época? 9. Por todo esto, en virtud de mi autoridad apostólica, he decretado que Maximiliano María Kolbe, que después de la beatificación era venerado como confesor, sea venerado en lo sutambién como mártir . «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos». Amén. [CfSelecciones de Franciscani, vol. XI, n. 33 (1982) 372-376] [Después de la canonización del P. Kolbe, a la hora del Ángelus, el Papa dijo:] Estamos en la hora del reÁngelus,la oración que recuerda el misterio de la Encarnación del Verbo en el seno purísimo de María Santísima. Y lo haremos con las inspiradas palabras del nuevo Santo, Maximiliano María Kolbe, apóstol infatigable de la devoción a la Inmaculada: «Al cumplirse el tiempo de la venida de Cristo, Dios Uno y Trino crea exclusivamente para Sí a la Virgen Inmaculada, la colma de gracia y habita en Ella (“El Señor es contigo”). Y esta Virgen Santísima con su propia humildad cautiva de tal manera su Corazón, que Dios Padre le da por Hijo a su propio Hijo Unigénito; Dios Hijo desciende a su seno virginal, mientras Dios Espíritu Santo plasma en Ella el cuerpo santísimo del Hombre-Dios. Y el Verbo se hizo carne como fruto del amor de Dios y de la InmacuScri III, pág. 700). María es el don maravilloso que Cristo ha hecho a la Iglesia y a la humanidad. «Para atraer a las almas y transformarlas mediante el amor -dice también el nuevo Santo-, Cristo manifestó el propio amor iluminado, el propio Corazón inflamado de amor por las almas, un amor que le ha impulsado a subir a la cruz, a permanecer con nosotros en la Eucaristía y a entrar en nuestras almas y a dejarnos en testamento su propia Madreo.omo Madre nuestra» ( c., III, pág. 699). Elevemos, pues, con filial confianza nuestra mirada a Ella y digamos: "Ángelus Domini...».
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SAN MAXIMILIANO M. KOLBE (1894-1941) Su figura evangélica Homilía de Juan Pablo II en Niepokalanów (18-VI-83)
El día 18 de junio de 1983, en el curso de su viaje apostólico a Polonia, el Papa visitó Niepokalanów, la Ciudad de la Inmaculada, complejo fundado por el P. Kolbe en 1927 y que contaba con un convento, una imprenta, una emisora y un parque de bomberos. Allí vivió san Maximiliano de 1927 a 1930, y de 1936 (a su vuelta de Japón) hasta que fue arrestado en 1941. En la basílica, santuario mariano muy popular, saludó a los religiosos y religiosas, y luego, en la Misa celebrada en la gran explanada, pronunció la homilía que transcribimos seguidamente, tomada d L’Osservatore Romano,Ed. semanal en lengua española, del día 26-VI-83. 1. Señores cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, especialmente vosotros, hijos e hijas de san Francisco, y vosotros todos, queridos compatriotas, hermanos y hermanas: El 10 de octubre del año pasado tuve la oportunidad de elevar al honor de los altares de la IgleMaximiliano María Kolbe , hijo de la tierra polaca. Fue una canonización insólita. En ella estaban presentes polacos, de Polonia y de la emigración, en un número considerable. Pero constituían sólo la minoría de la gran muchedumbre de peregrinos, que aquel domingo llenaba la plaza de San Pedro. Venían ciertamente de Roma y de toda Italia, pero también en número importante de Alemania y de otros países de Europa, así como de otros continentes, en particular de Japón, que ha unido duraderamente su corazón al Caballero de la Inmaculada. Se advertía bien que la proclamación como Santo, por parte de la Iglesia, del P. Maximiliano alcanzaba un punto neurálgico en la sensibilidad del hombre de nuestro tiempo. Por esto la espera de esta canonización fue universal, y la participación hizo ver lo que había sido la espera. Reflexionando sobre las motivaciones, se puede afirmar que Maximiliano Kolbe, mediante su muerte en el campo de concentración, en el «búnker del hambre», puso de relieve muy elocuentemente el drama de la humanidad del siglo XX. Sin embargo, el motivo más profundo y más conforme parece ser el hecho de que en este sacerdote-mártir se hizo particularmente transparente la verdad central del Evangelio: la verdad sobre la fuerza del amor. Dar la vida por los hermanos 2. «Nadie tiene amor mayor que el que da su vida por sus amigos» (Joh 15:13): así dice Jesús al despedirse de los Apóstoles en el Cenáculo, antes de encaminarse hacia la pasión y la muerte. «Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos», repetirá después de su Maestro el Apóstol Juan en su primera Carta (1Jn 3:14). Y concluirá: «En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1Jn 3:16). Precisamente esta verdad del Evangelio se hizo particularmente transparente, mediante el acto realizado en Oswiecim por el P. Maximiliano Kolbe. Se puede decir que el modelo más perfecto que nos dejó el Redentor del mundo fue asumido en aquel acto con un heroísmo total y al mismo tiempo con una gran sencillez. El P. Maximiliano Kolbe sale de la fila, para ser aceptado como un candidato al «búnker del hambre», en lugar de Franciszek Gajowniczek: él tomó la decisión en la que manifiesta al mismo tiempo la madurez de su amor y la fuerza del Espíritu Santo, y realiza esta decisión evangélica hasta el final: dar la vida por un hermano. Esto sucede en el campo de la muerte, en un lugar donde sufrieron la muerte más de cuatro millones de personas de diferentes naciones, lenguas, religiones y razas. Maximiliano Kolbe también sufrió la muerte: al final, se le dio el golpe de gracia con una inyección mortal. Sin embargo, en esta muerte se manifestó al mismo tiempo la victoria espiritual sobre la muerte, semejante a la que tuvo lugar en el Calvario. Él «no sufrió», pues, la muerte, sino que «dio la vida» por un hermano. En esto consiste la victoria moral sobre la muerte. «Dar la vida por un hermano» quiere decir que se es, de alguna manera, ministro de la propia muerte. Un testimonio para el mundo de hoy 3. Maximiliano Kolbe eraministro: era, en efecto, un sacerdote hijo de san Francisco. Él celebraba diariamente, de modo sacramental, el misterio de la muerte redentora de Cristo sobre la cruz. Repetía frecuentemente estas palabras del Salmo, recordadas por la liturgia de hoy: «¿Qué podré dar yo a Yahvé / por todos los beneficios y que me ha hLevantaré el cáliz de la sal/ e invocaré el nombre de Yahvé» (Salmo 115 [116],12-13). Así es. Él alzaba diariamente el cáliz de la nueva y eterna Alianza, en la cual, bajo la especie de vino, la Sangre del Redentor es sacramentalmente «derramada» para la remisión de los pecados. Junto al misterio del cáliz eucarístico maduraba en él la hora de la decisión de Oswiecim: «El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» (Joh 18:11). Y bebió, bebió hasta el final este cáliz, para dar testimonio ante el mundo de que el amor es más fuerte que la muerte. El mundo tiene necesidad de este testimonio, para sacudirse las ataduras de la civilización de la muerte que, especialmente en algunos momentos de la época actual, muestra su rostro amenazante. Testigo singular de la resurrección . . 4. En el acontecimiento de Oswiecim está inscrito aquel diálogo fundamental, que permite al hombre superar el horror de la civilización de la muerte, y le permite diariamente superar los diferentes pesos de la temporalidad. Y éste es el diálogo del hombre con Dios: «¿Qué podré yo dar a Yavhé?... / ¡Oh Yahvé! Siervo tuyo soy, / siervo tuyo e hijo de tu esclava» (Salmo 115 [116],12.16). Así dice el hombre, ministro de la Eucaristía diaria, el hombre ministro de la propia muerte en el campo de Oswiecim. Así dice el hombre. Es ésta una palabra que resume toda su vida. Y Dios responde con las palabras del libro de la Sabiduría. Estas son las palabras que contienen la respuesta de Dios: «Las almas de los justos están en las manos de Dios, y el tormento no los alcanzará... Dios los probó y los halló dignos de Sí. Como el oro en el crisol los probó y le fueron aceptos como sacrificio de holocausto» (Wis 3:1.5-6). ¿Es verdaderamente así? ¿«No alcanzó el tormento» realmente al P. Maximiliano? ¿Al hombre que veneramos precisamente como mártir? La realidad de la muerte en el martirio es siempre un tormento; pero, el secreto de esa muerte está en que Dios es mayor que el tormento. La prueba del sufrimiento es grande, «probar como oro en el crisol» es duro; pero más fuerte es la prueba del amor, más fuerte es la gracia: «El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5:5). Así, pues, delante de nosotros tenemos un mártir: Maximiliano Kolbe -ministro de la propia muerte-, fuerte en su tormento, pero aún más fuerte en su amor, al que fue fiel, en el que creció a lo largo de toda su vida, en el que maduró en el campo de Oswiecim. Maximiliano Kolbe: un testigo singular de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testigo singular de la resurrección. Siervo de María Inmaculada 5. «¡Oh Yahvé! Siervo tuyo soy, / siervhijo de tu esclava».. Esta madurez en el amor, que llenó toda la vida del P. Maximiliano y se cumplió en tierra polaca de una forma definitiva mediante el acto de Oswiecim, esa madurez estuvo especialmente unida a la Inmaculada Sierva del Señor. Él fue, como pocos, hijo espiritual «de tu esclava». Él experimentó desde su primera juventud su maternidad espiritual: la maternidad que se constituyó en el Calvario, a los pies de la cruz de Cristo, cuando María aceptó como hijo al primer discípulo de Cristo. Maximiliano Kolbe, como pocos, había sido penetrado por el misterio de la divina elección de María. Su corazón y su pensamiento se concentraron de forma particular en torno al «nuevo comienzo», que fue en la historia de la humanidad -por obla Inmaculada Concepción de la Madre de su encarnación terrena. «El significado de Madre -escribía- lo sabemos, pero el de Madre de Dios no lo podemos comprender con la inteligencia, con la mente limitada. Sólo Dios mismo comprende perfectamente qué significa “Inmaculada”... La Inmaculada Concepción está llena de misterios consoladores» (M. KolCarta del 12 de abril de 1.33) Maximiliano Kolbe penetró en este misterio de forma particularmente profunda, particularmente sintética: no de forma abstracta, sino a través del vivo contexto de Dios-Trinidad, Dios que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y a través del vivo contexto de los designios salvíficos de Dios para el mundo. Escuchemos de nuevo sus palabras: «Busquemos cada vez más, cada día más, acercarnos a la Inmaculada; de este modo nos acercaremos cada vez más al Sacratísimo Corazón de Jesús, a Dios Padre, a toda la Santísima Trinidad, porque ninguna criatura está tan cercana a Dios como la Inmaculada. Así acercaremos también todos los que nos son cercanos en el corazón a la Inmaculada y al buen Carta desde Nagasa, 6 de abril de 1934). Todas las iniciativas apostólicas del P. Maximiliano Kolbe dan testimonio de que el misterio de la Inmaculada Concepción estaba en el centro de su conciencia. De ello dan testimonio la «Milicia de la Inmaculada» y el «Caballero de la Inmaculada». De ello da testimonio la «Ciudad de la Inmaculada» (Mugenzoi no Sono) japonesa. De ello da testimonio, finalmente, nuestra «Niepokalanów» polaca. 6. Es bueno que nos hayamos reunido aquí, precisamente después de la canonización del P. Maximiliano. Ya, después de su beatificación, tuvo lugar en Oswiecim nuestra gran asamblea en tierra natal: fue una ceremonia emocionante. Oswiecim es, en efecto, el lugar en el que él «dio la vida por un hermano». Hoy estamos aquí en Niepokalanów, y Niepokalanów nos habla del descubrimiento del «nuevo comienzo» de la humanidad de Dios. Niepokalanów es el lugar donde, en continua obediencia al Espíritu de verdad, a ejemplo de la Inmaculada, el hombre se iba formando día a día, de manera que el Santo superase al hombre no sólo en función de la vida y del apostolado, sino también en función de una muerte de mártir «por el hermano». [...] [Selecciones de Franciscani, vol. XII, n. 35 (1983) 245-254]
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