SAN LORENZO DE BRINDIS (1559-1619)
porLamberto de Echeverría El Santo nació en Brindis, cerca del lugar en que la bota italiana llevaría la espuela contra el Balcán turco. Era en julio de 1559. Tres semanas después, el viejo papa Paulo IV, duro campeón de la reforma católica, moría en Roma. El populacho mostraba su alegría por verse libre de su firme puño, y echó abajo la estatua del Pontífice. El recién nacido heredaría en cierto modo el celo del reformador difunto, pero sabría ser más caritativo y más flexible. Había nacido de noble familia. Recibió en el bautismo el nombre de Julio César. Se cuenta que a los seis años predicó en la catedral y que el auditorio quedó transportado de admiración. Reduzcamos las cosas a sus justos límites: no es imposible que participara en alguna fiesta infantil, al estilo de las que tan frecuentemente vemos organizarse en las catequesis. Y nada tendría de raro que el despierto muchacho, puesto en una ocasión tal, encantara a su auditorio por el despejo y la soltura con que trataba de las verdades religiosas. Muerto su padre, César entra en los franciscanos conventuales, y queda allí hasta la edad de catorce años. Pero ya hemos dicho cuál es el emplazamiento de Brindis. Los turcos amenazaban con su poder creciente la pequeña ciudad y César, con su madre, se refugia en Venecia, donde un tío suyo cuidará tiernamente de su formación. El adolescente no había olvidado el ideal franciscano. Y el 17 de febrero de 1575 entra en la Orden capuchina tomando el nombre de Lorenzo. Su ingreso tuvo lugar en el convento de Verona. Novicio modesto y grave, penitente hasta el extremo, cayó enfermo y hubo que retrasar su profesión. Por fin, el 24 de marzo, víspera de la Anunciación, pudo hacerla. El futuro doctor de la Iglesia recibió en la Orden capuchina una formación verdaderamente excepcional. Enviado a estudiar a Padua, conoció a fondo la Sagrada Escritura, y así, durante su vida, hemos de verle muchas veces discutir directamente sobre el texto hebreo con los herejes y los judíos. Tuvo un conocimiento de idiomas poco corriente, pues hablaba el francés, el alemán, el griego, el siríaco y el hebreo. Su formación teológica era tal que, no siendo aún sacerdote, predicó dos cuaresmas en Venecia, ciudad nada fácil para un predicador bisoño. Alguna de sus conquistas apostólicas tuvo enorme resonancia en la ciudad, así, por ejemplo, la de aquella cortesana que, venida al sermón con ánimo de hacer alguna mala conquista, fue conquistada por Cristo. Una vez sacerdote, sus trabajos continuaron a un ritmo todavía más vivo. Durante tres años, por encargo de Clemente VIII, predica a los judíos de Roma, obteniendo buenos resultados gracias a sus conocimientos de hebreo. Pero las dos grandes empresas de su vida habían de ser la lucha antiprotestante y la cruzada contra los turcos. El historiador, aun profano, que recorra sumariamente los acontecimientos religiosos de la edad postridentina, y estudie la contraofensiva de la restauración católica, tropezará necesariamente con la figura de este capuchino italiano que, aun perteneciendo a la provincia de Venecia, fue enviado en 1599 a Austria, al frente de un grupo de doce hermanos suyos, con los que se estableció en Viena, Graz y Praga. Llegaba allí Lorenzo precedido de la fama de religioso austero, de hombre cultísimo, de predicador iluminado, de polemista eficaz. A sus cuarenta años de edad había recorrido ya con éxito asombroso toda Italia. Y, en efecto, en Praga sus predicaciones conmueven la opinión pública y provocan la reacción de los protestantes que solicitan del emperador Rodolfo II su expulsión. Un doble paréntesis se abre en su acción antiprotestante, para atender a la guerra contra los turcos, y al cargo de ministro general de su propia Orden (1602-1605). Pero apenas libre de los cuidados de este cargo, vuelve de nuevo a la lucha, primero en Praga (1606-1610), y después en Munich (1610- 1613), junto a su amigo íntimo el duque Maximiliano de Baviera. Se esforzó en la constitución de una liga de príncipes católicos de Alemania que pudiera oponerse a la unión de los protestantes, y con una misión oficial en Madrid consiguió que se adhiriera y ayudara financieramente a dicha liga el rey Felipe III de España. Cuando parecía seguro que iba a tener que marchar de Alemania, una intervención del cardenal Dietrichstein ante el papa Paulo V lo impidió. Así él pudo continuar su trabajo. Obtuvo después el restablecimiento de la paz entre las autoridades españolas y el duque de Saboya, Carlos Manuel el Grande, en 1618, y desarrolló una feliz legación en Madrid y Lisboa (1618-1619), en defensa de la ciudad de Nápoles contra la tiranía del virrey Osuna. Es difícil sintetizar en pocas líneas la colosal labor de este predicador. «Dios me ha llamado -repetía- a ser franciscano para la conversión de los pecadores y de los herejes». Y, en efecto, predicó, de manera incesante, en Italia, en Hungría, en Bohemia, en Bélgica, en Suiza, en Alemania, en Francia, en España y en Portugal. Apoyado por los jesuita, desarrolló una admirable labor en la Europa central, y sembró de conventos franciscanos gran parte de estas naciones en las que había predicado. Hacía falta también un animador espiritual en la lucha contra los turcos, que golpeaban las puertas del Imperio. El papa Clemente VIII envió a San Lorenzo de Brindis al emperador Rodolfo II, «seguro de que él solo valdría lo que un ejército». Y, en efecto, San Lorenzo fue el brazo derecho del príncipe Felipe Manuel de Lorena, que consiguió el año 1601 una victoria resonante sobre el Islam en Stuhiweissenburg (Alba Real) contra la masa de cerca de 80.000 turcos, capitaneados por Mohamet III, que se aprestaba a invadir la Stiria y amenazaba conquistar Austria, invad.endo desde allí Italia y Europa entera. San Lorenzo nos escribió una preciosa crónica de la campaña y, aunque ocultase en parte sus rasgos de valor, capitanes y soldados le aclamaron como el principal autor de la batalla. No cabe la menor duda de que también San Lorenzo pudo ejercitar, en aquel cosmopolita ejército, su conocimiento de idiomas. Lo que es cierto es que resultó un admirable capellán militar, que a la hora de la victoria únicamente se lamentaba de no haber podido lograr con aquella ocasión el mérito del martirio. Recientemente, en marzo de 1959, Su Santidad el Papa elevó a San Lorenzo de Brindis a la dignidad de doctor de la Iglesia universal, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación de Ritos. Es el tercero de los franciscanos que recibe este honor, después del doctor seráfico, San Buenaventura, y del doctor evangélico, San Antonio de Padua. A San lorenzo de Brindis podría cuadrar bien el título de doctor apostólico. Independientemente de su admirable predicación por toda Europa, nos dejó San Lorenzo una multitud de obras editadas desde 1926 a 1956 en una espléndida colección de quince volúmenes, que nada deja que desear ni en cuanto al aparato científico ni en cuanto a la magnífica presentación tipográfica. Allí encontramos más de ochocientos sermones, que ocupan once de los quince volúmenes: Marial, Quadragesimales, Adviento, Domingos del año, Santoral, etc. Se ha señalado que estos once volúmenes constituyen un admirable ejemplo de lo que modernamente se ha llamado teología kerigmática, y que esta manera de exponer las verdades eternas le sitúa en la línea de clásica actividad pastoral de los Santos Padres y de los grandes Doctores obispos. En especial, destaca su admirable mariología, de una claridad de conceptos verdaderamente extraordinaria. Encontramos también en su obra literaria reflejada la actividad que desarrolló en pro de la conversión de los judíos. Estas tareas y la enseñanza de la Sagrada Escritura a los religiosos de su Orden, juntamente con su conocimiento profundo del hebreo y suficiente del arameo y el caldeo, le permiten mostrarse como espléndido exegeta eExplanación del GénesiUniendo una sana filosofía con profundos conocimientos teológicos, trata de manera magistral todas las cuestiones referentes a Dios Creador, a sus atributos, a los ángeles, a la naturaleza y composición del hombre, a la institución matrimonial, etc. También se refleja en su obra literaria el admirable apostolado antiprotestante que desarrolló. Tuvo en Praga una disputa con el luterano Policarpo Leiser, teólogo escritor y predicador de la corte del príncipe elector de Sajonia. Reflejo de aquella disputa sLutheranismivolúmenes de la hypotypos, manual práctico de apología de la fe católica y confutación de la interpretación protestante. El vigor de la dialéctica teológica está sostenido por la exactitud del estudioso, que se informa sobre la génesis histórica y doctrinal del protestantismo directamente en la literatura y en los símbolos protestantes, en una cuarentena de autores reformados, sin excluir los manuscritos y los libelos, además de las obras de Lutero. En esta empresa, defensiva y confirmativa al mismo tiempo, característica de una época en que la controversia adquirió tanta importancia, San Lorenzo emula, con acentuación polémica, la acción de San Pedro Canisio y simplifica, para el uso ministerial, el métoDisputatio de San las Roberto Belarmino. La proclamación de San Lorenzo como Doctor de la Iglesia universal contribuirá al conocimiento de su biografía y, consiguientemente, de su influencia en la historia del pensamiento y en la misma marcha política de Europa. Porque aún ocultan muchísimos documentos interesantes los archivos europeos, que podrán dar luz sobre aspectos desconocidos de su increíble actividad. En medio de tareas tan extraordinarias, acogido en todas partes como un santo, habiendo obtenido ciertos éxitos extraordinarios en su acción diplomática, se mantuvo siempre, aunque rodeado de ovaciones, sencillo y afable, revestido de una humildad típicamente franciscana. Rechazaba los honores con la mayor naturalidad. Permaneció siempre fiel a su costumbre de dormir sobre tablas, de levantarse durante la noche para salmodiar, de ayunar con frecuencia a pan y verdura, de disciplinarse cruelmente y, sobre todo, de meditar con asiduidad los sufrimientos de Cristo. Se encontraba en Lisboa, tratando con Felipe III la causa de los napolitanos vejados y oprimidos por el virrey, cuando le llegó la muerte. Era el 22 de julio de 1619. Su cuerpo fue llevado al convento de monjas franciscanas de Villafranca del Bierzo, en Galicia. Fue beatificado por Pío VI en 1783 y canonizado por León XIII en 1881. Según hemos dicho, Su Santidad el Papa Juan XXIII, el 19 de marzo de 1959, le otorga el título de Doctor de la Iglesia por el Celsitudo ex humilit. «Con esta proclamación la Iglesia adscribe oficialmente al senado luminoso de sus maestros, que unen la santidad con una ciencia sagrada auténtica y excelente, su trigésimo miembro.» Lamberto de Echeverría , San Lorenzo de Brin, enAño Cristian, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 212-217.
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SAN LORENZO DE BRINDIS (1559-1619)
«Doctor Apostólico» por Prudencio de Salvatierra, o.f.m.
cap. San Lorenzo, sacerdote capuchino, nació en Brindis y murió en Lisboa. Fue una persona superdotada, a quien Dios concedió cualidades intelectuales extraordinarias. Infatigable y elocuente predicador, escritor erudito, ocupó, además, todos los cargos en su Orden y desempeñó graves y delicadas misiones diplomáticas por Europa. En su vida de piedad destacó su fervorosa celebración de la misa y su filial devoción a la Virgen. Juan XXIII le dio el título de "Doctor Apostólico". Guillermo Rossi, noble patricio de la ciudad de Brindis, escribía hacia 1560 a su hermano Pedro, que se hallaba de cura en Venecia: «Hermano: Pongo en tu noticia cómo el Señor me ha dado un hijo, pero de unas cualidades tan extraordinarias y sobrenaturales que, según lo que ha escrito Dios en su rostro, no me atrevo a decir si es criatura humana o celestial... Te aseguro que, en los pocos meses que tiene, da tales muestras de talento, virtud y santidad, que tiene admirados a todos...». No parece que exageraba el padre de este «niño prodigio» al hacer las declaraciones ingenuas que acabamos de transcribir, como después se verá.
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En 1559 nació en Brindis Julio César Rossi y Massella, de padres nobles y ricos. A los cuatro años ya tenía caprichos muy distintos de los caprichos ordinarios de los otros niños de su edad y condición. El capricho fue vestir el hábito de los religiosos Conventuales de San Francisco, y andar por las calles de Brindis disfrazado de frailecito. Después del hábito, vino la santa manía de predicar, primero a sus amigos, y más tarde a todo el mundo, dando así los primeros pasos en el oficio que iba a ser el más brillante de toda su vida. Gustaba de oír en la catedral a los mejores oradores; y luego les remedaba en la calle, copiando sus gestos, sus inflexiones de voz, y hasta sus frases que una felicísima memoria le hacía retener con admirable exactitud. Los Padres Conventuales no podían desprenderse de aquel niño angelical que parecía un San Pablo en miniatura; y frecuentemente le obligaban a predicar en el coro del convento, mirándole embelesados y conmovidos, llorando de dulcísima emoción ante aquel formidable orador de seis años. Un día invitaron al Arzobispo de Brindis para que asistiera a uno de los sermones; y el prelado aceptó gustoso, y se escondió en el coro de manera que el niño no pudiera turbarse al sospechar su presencia. Debió de ser tan elocuente y tan docto el sermón, que el Arzobispo vio claramente al Espíritu de Dios hablando por aquella boca infantil. Abrazó al niño, y le permitió que un día predicase públicamente en la catedral de Brindis. Fue cosa de ver al niño predicador encaminarse a la imponente catedral, acompañado de dos reverendos Padres Conventuales que eran sus maestros, sus ángeles guardianes..., y también sus discípulos y admiradores. La multitud llenaba las amplias naves del templo, ávida de escuchar al niño santo, cuya vocecita ora sonaba musical como la de un jilguero, ora tronaba grave y majestuosa como la de un profeta. Lágrimas de arrepentimiento, conversiones, sollozos y gritos, fueron el fruto inmediato de aquellas curiosas prédicas. Pero todavía el apóstol no era más que una bellísima promesa. Los Padres Conventuales no se deslumbraron ante aquella precocidad, y cuidaron del niño. Aquí podríamos decir, guardando las distancias, lo que San Lucas dice de Jesucristo: «El niño crecía en edad, en sabiduría y en virtud delante de Dios y de los hombres».
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Guillermo Rossi, el padre de nuestro Julio César, murió hacia 1573; y el niño fue con su madre a Venecia, a recibir la educación y los cuidados de su venerable tío don Pedro Rossi, sacerdote santo y sabio y rector del seminario de San Marcos de aquella ciudad. En Venecia, nuestro joven comenzó una vida de estudio intenso y de penitencias y oraciones continuas: quería prepararse para el llamamiento de Dios, para la vocación religiosa que ya sentía crecer en su alma. Un día vio a dos religiosos Capuchinos, y se le fueron los ojos y el alma en pos de los humildes monjes. Jamás había visto hombres de tan celestial continente. Aquellos sayales castaños y pobres, como de antiguos ermitaños; aquel cíngulo con que se ceñían; aquellas barbas majestuosas y cándidas, como las de los grandes profetas; aquellos pies descalzos, que parecían hollar todas las vanidades; y aquellos ojos de humildad y de pureza, fueron para el joven estudiante el colmo de la perfección y el modelo de la santidad. Y después, en sus frecuentes visitas al pobre convento, creyó que aquel era el palacio de la virtud, el castillo de Cristo, su vivienda y su cielo. Poco tiempo después, en el convento de Verona, un novicio de dieciséis años cambiaba su ilustre nombre, Julio César Rossi, por el de fray Lorenzo de Brindis, y los finos vestidos de seda por el grueso sayal capuchino. Antes de admitirle, el padre provincial le hizo ver las dificultades y asperezas de la vida religiosa, el total abandono del mundo, la pobreza y la mortificación; y le mostró una de las celdas del noviciado en la que no había más lujos que una cama de tablas, el breviario, las disciplinas y una imagen de Cristo. El joven contestó a todas las objeciones: «Padre, me parece que nada me será difícil si puedo tener en la celda un crucifijo».
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Los fervores del novicio fueron cosa insólita aun entre los santos religiosos de aquella casa; y así se convirtió fray Lorenzo, de simple aprendiz, en maestro consumado de oración, de penitencia y de espíritu franciscano. Graves fueron las cavilaciones de los padres cuando, al cumplir el joven su año de noviciado, cayó gravemente enfermo: unos decían que aquello era la voz de Dios que quería que fray Lorenzo se santificara en el mundo y no en el claustro; otros pensaban que no era posible privar a la Orden Capuchina de una lumbrera de tal magnitud. Se resolvió esperar un mes para darle la profesión o negársela. En pocos días, gracias a las fervientes plegarias del enfermo, las dolencias desaparecieron, y el novicio hizo su profesión religiosa con más alegría que si hubiese conquistado el mundo. En Padua empezó el estudio de la filosofía y de las lenguas más importantes. Dícese que se aprendió de memoria toda la Biblia, y la citaba aun en las conversaciones ordinarias con puntualísima precisión. Él mismo afirmaba que si los Libros Sagrados se perdieran, podría, con el auxilio de Dios, volver a escribirlos exactamente en hebreo. En filología fue un caso excepcional: alcanzó a dominar, con absoluta perfección de acento, giros y modismos, las lenguas francesa, italiana, alemana, española, hebrea, griega y caldea y otras. Los judíos que le oyeron hablar le creían hebreo, y aseguraban que se expresaba con más elegancia y corrección que los mismos rabinos. Tenía tal memoria que se dijo de él: «Nunca olvidó lo que una vez leyó». A este propósito se cuenta una anécdota graciosa. Había por aquel tiempo en Venecia un famoso predicador dominico, el P. Eberto, muy amigo del padre guardián de los capuchinos. Éste quiso hacer un día una broma a su elocuente amigo. Mandó a fray Lorenzo que fuese a oír un sermón del P. Eberto, y que después escribiese lo que hubiere oído. Obedeció el joven, y escribió todo el sermón al pie de la letra, sin faltar punto ni coma. El padre guardián tomó las cuartillas y se las mandó al P. Eberto con una esquela que decía: «Amigo, tenga cuidado con lo que predica como cosa propia; ya ve que todo estaba escrito por otra mano». El predicador no podía dar crédito a sus ojos cuando leyó las cuartillas, pues el sermón que acaba de predicar era completamente original, sin plagios ni usurpaciones. Pero su asombro fue aún mayor cuando supo lo que había ocurrido; fue al convento de capuchinos y pidió, con gran interés, ver a fray Lorenzo, de cuya cultura y piedad quedó admirado hasta el extremo. Cuéntase también que su maravilloso don de lenguas, y en especial el conocimiento perfecto del hebreo, fueron dones de la Santísima Virgen a quien fray Lorenzo pidió estas y otras gracias con frecuentes oraciones, para trabajar por la gloria pie Dios y de la Iglesia.
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Las cualidades y virtudes del joven religioso pronto traspasaron los muros de su convento y llegaron a oídos del General de la Orden, el cual le nombró predicador antes de que terminase sus estudios y se ordenase de sacerdote. Fray Lorenzo hubo de aceptar humildemente el cargo, y predicó dos cuaresmas en San Juan de Venecia, y más tarde, en Verona, Padua, Nápoles, Génova, Mantua y otras importantes ciudades de Italia. Los pueblos iban tras él, y casi siempre las mayores iglesias eran insuficientes para contener al público; había que llevar el púlpito a la plaza o colocarlo en medio del campo. El fruto de estas predicaciones era una bendición manifiesta de Dios. En Venecia, una dama célebre por sus riquezas y por sus escándalos, prorrumpió en amargo llanto en uno de los sermones. En Pavía, un grupo de estudiantes universitarios fue, por curiosidad y tal vez por espíritu de burla o de crítica, a oír a fray Lorenzo. Aquellos jóvenes eran la pesadilla de la ciudad por sus desórdenes y escándalos. Después del sermón buscaron al predicador y cayeron a sus pies llorando de arrepentimiento. Todos prometieron cambiar de vida; y en efecto, unos se encerraron en diversos conventos, y otros expiaron con penitencias y virtudes los vicios de la juventud.
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No podemos omitir un suceso de singular importancia en la vida de nuestro santo: su promoción al sacerdocio y la celebración de su primera misa. La santa misa fue para San Lorenzo de Brindis, durante su larga vida, el panal de todas las dulzuras y la fragua de todas las energías. Nuestro santo tiene rasgos eucarísticos inconfundibles que bien merecen ser puestos ante los ojos de todos los sacerdotes y de todos los cristianos. La santa misa fue el centro y la razón suprema de su vida espiritual. Después de una prolongada meditación preparatoria, el santo subía al altar, todo tembloroso y encendido de fervores. Allí eran los transportes y coloquios con su Dios, los éxtasis inefables. Parecía que Dios aprovechaba esa ocasión para comunicarse con su fiel siervo, sin velos y sin trabas. Las horas se sucedían rápidas en esos coloquios; tres, cinco, ocho horas duraba ordinariamente la misa de nuestro santo; y los acólitos acechaban los gestos y otras señales visibles de contemplación y de fervorosos éxtasis. Unos atestiguaron haberle visto rodeado de llamas, como si ardiese en una hoguera celestial; otros aseguraban que muchas veces le vieron elevado sobre el suelo, como transportado por manos invisibles. Un día, en la corte de Baviera, mientras el santo celebraba su misa, vieron todos los asistentes una clarísima luz que le circundaba y hermoseaba con resplandores celestes. Y esos efectos maravillosos se transmitían también al cuerpo: durante largos años, el santo padeció fuertes dolores de gota, con tal intensidad, que le privaban de cualquier movimiento. Sólo durante la celebración del santo sacrificio, sentía que Dios mitigaba sus dolores. El mismo lo confesaba: «Cuando estoy oficiando en el altar, mis tormentos desaparecen». Se le notaba ágil, rejuvenecido, hacía todas las ceremonias de la misa con soltura y gravedad, con cierta elegancia natural, con admirable exactitud en todos los pormenores litúrgicos. Con razón se ha dicho que las misas de San Lorenzo de Brindis son una página excepcional en la hagiografía cristiana. Se cuenta que viajando una vez por tierras de herejes, y no teniendo dónde celebrar el santo sacrificio, anduvo a pie más de cuarenta millas, con terribles dolores de gota; para no perder la misa. Caminó toda la noche, como llevado por el Espíritu de Dios, y a la madrugada llegó a una iglesia católica en la que pudo celebrar la santa misa con trasportes extraordinarios de felicidad. Estando en el altar, lloraba con tal abundancia que alguna vez llegó a empapar de lágrimas siete pañuelos; sus amigos y devotos se los repartían después como reliquias, y los enfermos recobraban la salud con sólo tocar aquellos lienzos humedecidos.
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La fama del capuchino llegó también a los augustos oídos del Papa Clemente VIII. El Pontífice le llamó a Roma y le dio el expreso encargo de predicar a los judíos de la Ciudad Eterna. Fray Lorenzo, ante la magnitud e importancia de la difícil misión que se le confiaba, redobló sus oraciones y ayunos, y comenzó inmediatamente su apostolado. Penetró en los tugurios, en los comercios, en las buhardillas y en las sinagogas de los hebreos, inflamado de celo y de caridad, y empezaba siempre sus pláticas con el saludo consabido: «Mis queridos hermanos». Los judíos, al oír este desacostumbrado título de fraternidad, al ver su cariñosa solicitud, al escuchar aquel irreprochable lenguaje de su raza, le cobraron tal simpatía que por todas partes le llamaban «nuestro querido predicador». Y las ovejas dispersas de Israel volvían en gran número al redil amoroso del Buen Pastor. Un día, el cardenal Spinelli, Legado apostólico en Praga, convidó a varios rabinos de los más eruditos y recalcitrantes a celebrar una disputa pública sobre la religión en su propio palacio. Llamó también al P. Lorenzo, que acudió puntual y sin libro alguno, fiado de la gracia de Dios, y de su feliz memoria que era «toda una librería animada», como dice un biógrafo. Se había preparado con especiales oraciones y con crueles disciplinas extraordinarias. Comenzaron los rabinos, ayudándose unos a otros, citando textos, amontonando citas y autoridades, revolviendo con mucho aparato sus venerables infolios. El capuchino, sin inmutarse, comenzó a destrabar la complicadísima maraña de tan sutiles y numerosos argumentos. Explicó los Profetas que anunciaron a Cristo, confrontó los textos de ambos Testamentos y los compulsó con los escritores judíos, trajo a colación las palabras de los antiguos rabinos, recitó de memoria capítulos enteros de los mismos escritores hebreos; y todo con absoluta seguridad, sin tropezar un punto, y al mismo tiempo con tal aire de ingenua y exquisita cortesía, que los maestros de Israel quedaron aturdidos y confusos. Y varios de los presentes se convirtieron a la verdadera fe, al verla expuesta con tanta claridad, sabiduría y fervor.
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Comisario general de Austria, y por último, General de toda la Orden Capuchina (1602). En todos estos cargos fue el hombre providencial, dejando a su paso huellas indelebles de sabiduría, de tino y de fervor, que le hicieron ser considerado como la figura cumbre de su época, el oráculo de la cristiandad en las frecuentes luchas contra el error. La Orden capuchina, en especial, tuvo en San Lorenzo de Brindis, un propagador incansable, una palanca espiritual que levantó a indecible altura las actividades reformadoras de los primeros y difíciles tiempos. Como apóstol, fue un segundo Vicente Ferrer: incansable, erudito, elocuente, taumaturgo. Cuando San Lorenzo de Brindis predicaba en una ciudad, era día de bullicio y de fiesta. Los labradores dejaban sus bueyes y sus arados; los estudiantes, sus clases; los muchachos, sus juegos y travesuras; los enfermos, sus lechos de dolor. Era imponente aquella figura austera y venerable: alto y robusto de cuerpo, voz timbrada y poderosa, barbas abundantes que los años fueron emblanqueciendo. Pero lo que más atraía hacia su púlpito era aquella unción, aquel fervor con que las palabras salían de sus labios. No es posible formarse una idea aproximada de la eficacia de su verbo candente, si sólo nos contentamos con leer los sermones que nos dejó su pluma. Hay que acudir al prestigio de sus virtudes y al fuego de su alma; hay que recordar sus milagros innumerables y ruidosos.
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Una nueva aureola debía coronar la frente de este hombre extraordinario: la gloria de la diplomacia. El padre Brindis llegó a ser el árbitro de reyes y emperadores, el consejero de los príncipes católicos de toda la Europa cristiana, el brazo derecho de los Papas Clemente VIII y Paulo V en los graves asuntos internacionales. El año 1599 es una fecha capital en la vida de nuestro santo. Desde entonces hasta su muerte en 1619, el porvenir religioso y aun político de Europa estará en sus manos o dependerá de su acción. El arzobispo de Praga, monseñor Berka, con el beneplácito del emperador Rodolfo II de Alemania, pide al Sumo Pontífice una misión de capuchinos para detener los avances del Protestantismo. Clemente VIII le manda inmediatamente doce capuchinos bajo la dirección del padre Brindis, a quien nombra Comisario apostólico en Alemania. Los apóstoles llegan a Viena en días críticos para la causa católica: una poderosa armada turca amenaza invadir el territorio húngaro. El archiduque Matías, hermano del emperador, y lugarteniente suyo en Viena, ha huido ante el peligro de las huestes de Mahomet III que se acercan «como una negra tempestad». Los capuchinos entran en la ciudad y comienzan sus tareas con aplauso unánime de la población católica. Fundan un modesto convento en uno de los barrios más pobres y abandonados, y desde allí salen todos los días a predicar por las calles y por los campos, visitan a los enfermos de los hospitales, levantan el caído ánimo de los campesinos, les instruyen, les consuelan; poco a poco, los frailes se van haciendo dueños de todos los corazones. El padre Lorenzo deja en Viena seis religiosos y va a Praga con otros seis a repetir sus hazañas y sus predicaciones. Funda un convento en la corte y otro en Gratz, con la segunda expedición de religiosos que acaban de llegar de Italia. Nuestro santo se convierte pronto en el ídolo de la ciudad imperial. Ha llegado a Praga en días de epidemia, y se multiplica en actos de heroísmo, visitando a los enfermos, catequizando a los protestantes, predicando con arrebatadora elocuencia, en las iglesias y en las plazas públicas. Dondequiera que se presenta, la multitud le sigue y le aclama con delirante entusiasmo. No es raro ver, entre las filas de su auditorio, las barbas rabínicas de los maestros judíos o las severas hopalandas de los pastores protestantes. Pero tampoco faltan las injurias y los ataques traicioneros. Un día, un grupo de protestantes le espera en el Puente Viejo; llega sereno el predicador, y súbitamente se lanzan sobre él con ánimo de asesinarle. Los familiares del Nuncio tienen que intervenir y logran despejar el campo después de encarnizado combate. Pero los protestantes no se dan por vencidos, y promueven una guerra sorda y tenaz contra el padre Lorenzo y sus compañeros. La población de Praga era, en aquella época de agitación, un conglomerado de todas las sectas y de todos los errores religiosos, gracias a la debilidad del . . emperador. Los capuchinos tuvieron que sufrir las burlas del pueblo que se reía al verlos descalzos y con sus hábitos descoloridos y remendados. En Viena no andaban mejor las cosas: el populacho, incitado por los protestantes, asaltó el convento, y los religiosos estuvieron a punto de perecer bajo el fuego de los fusiles.
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Repentinamente, el emperador Rodolfo II cambia de conducta. Católico sincero, entusiasta admirador y protector de los capuchinos, amigo de las artes y de las ciencias, tiene la mala fortuna de caer, al mismo tiempo, en las manos del astrónomo protestante Tycho Brahe y en las garras de una terrible neurastenia. El emperador tórnase suspicaz, triste, inconstante y nervioso. Deja a un lado los importantes asuntos del imperio y de la religión, y se entretiene en las pérfidas charlas del sabio Tycho Brahe que domina al soberano con su indiscutible prestigio. El astrónomo le envuelve en sus intrigas, le va saturando de recelos, le maneja como a un muñeco. Rodolfo se siente al borde de la muerte; sus nervios, mantenidos en creciente tensión por el sabio, no le dejan sosegar un punto; las más negras pesadillas atormentan su sueño; ve el puñal homicida en las manos de los capuchinos, frente a un espejo de su palacio, gracias a un hábil truco del astrónomo embaucador; y ordena que los religiosos salgan inmediatamente de sus dominios. El decreto de expulsión no llegó a firmarse: cuando ya los capuchinos estaban prontos a volver a su patria, el emperador revocó sus órdenes y mandó que no salieran de la ciudad, y aun dio al padre Lorenzo nuevas y abundantes limosnas para terminar los conventos recién fundados. Nuestro santo visita a sus hermanos infundiéndoles ánimo y asegurándoles que la mano de Dios estará siempre de su parte. En su visita al convento de Viena, se encuentra probablemente con el gran orador y santo religioso, el Beato Benito Passionei de Urbino, que ha llegado de Italia en la segunda expedición de capuchinos, y que será uno de sus más eficaces colaboradores en la predicación y en el sostenimiento de los conventos que empiezan a surgir en Hungría y Alemania.
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Por estos días los turcos renuevan la ofensiva contra el imperio con la toma de Kanizsa; el peligro se agrava por momentos; y hay que hacer algo, rápido y enérgico, para salvar a la cristiandad. Rodolfo II olvida su neurastenia por algunos días, únese a su hermano Matías emperador de Hungría, y pide al Papa que le mande sus ejércitos. Clemente VIII organiza rápidamente una pequeña armada, nombra capellanes de la misma a los capuchinos, y el padre Lorenzo recibe órdenes del Pontífice para ponerse al frente de la expedición, en calidad de jefe espiritual. El ejército imperial se reunió en Praga con las huestes papales, y el padre Brindis y sus compañeros montaron a caballo, entre las risas de los soldados luteranos y el asombro de los católicos. El primer choque con el enemigo fue en Stuhlweissenburg (Alba Real), y la batalla duró varios días sin que se supiera quién había de resultar vencedor. El padre Lorenzo fue el que decidió la suerte: galopando por entre las filas de los soldados, llevando el crucifijo en su diestra como única arma, administrando los sacramentos a los heridos y pidiendo fervorosamente en su corazón el triunfo de la causa católica, consiguió lo que a muchos parecía imposible. El enemigo se retiró en desorden; los veinte mil combatientes del ejército imperial habían derrotado a más pies sin tocarle, y que varias se le habían quedado enredadas en el pelo de la tonsura y de la barba. Unos decían que en todo momento se le vio en los puntos más difíciles, dirigiendo la lucha con sus voces enérgicas de mando, que unas veces eran gritos de animación, y otras, fervorosas oraciones por la victoria. Decíase también que hubo de dejar en el campo cinco caballos, heridos o muertos en el combate. Los mismos soldados protestantes no pudieron contener su asombro ante las hazañas del intrépido capuchino; muchos volvieron a la fe de la Iglesia Católica, y algunos le siguieron después en la vida monástica.
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Al año siguiente, 1602, San Lorenzo de Brindis fue elegido General de toda la Orden capuchina, y dedicó sus indomables energías a fomentar el genuino espíritu franciscano en las numerosas provincias que visitó personalmente, con un celo impetuoso que, a veces, le acarreó serios disgustos. Recorrió Italia, Suiza, Alemania, Francia, Bélgica y España, caminando siempre a pie, a pesar de sus fuertes dolores reumáticos que no le dejaban un momento de reposo. Dondequiera que llegaba el santo capuchino, los pueblos le recibían en triunfo, corrían a oír sus sermones, le traían los enfermos para que los bendijera, y aun los herejes e incrédulos se postraban a su paso. En los conventos era mirado como un nuevo San Francisco, lleno del Espíritu de Dios y adornado con la aureola de la santidad. Pasaba largas horas ante el sagrario, embebido en altísima contemplación, y hablaba a los religiosos con palabras rebosantes de caridad y a veces de santa energía. El carácter de nuestro santo no debía de ser de una dulzura inalterable; más bien nos le figuramos severo, y a ratos inflexible. La Orden capuchina, extendida prodigiosamente por Europa antes de cumplir un siglo de existencia, tenía el peligro de perder la característica austeridad primitiva, dando cabida a ciertos abusos o libertades que pudieran mitigar su primer rigor. El santo General comprendió el peligro, y se propuso conjurarlo con mano de hierro. En España encontró un convento demasiado lujoso que le hizo llorar amargamente por la pérdida de la pobreza. Llamó a la comunidad, y exclamó ante los religiosos consternados: «Desventurado convento, que por tu orgullosa vanidad eres indigno de ser morada de los pobres siervos de Cristo; en nombre del mismo Jesús y de San Francisco, yo, indigno vicario suyo, te maldigo. Pero vosotros, hijos míos, no temáis por vuestra vida, porque sois inocentes de este pecado». Pocos días más tarde, estando todos los frailes en una procesión por la ciudad, el convento se derrumbó, quedando en pie solamente la iglesia, que era pobre y muy conforme a la sencillez capuchina.
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En el capítulo de 1605, el padre Lorenzo deja el oficio de General y se retira a Venecia. Allí reanuda sus predicaciones, y lleva la paz al ducado de Mantua que se había alzado en violenta rebelión contra su soberano. Al año siguiente, el papa Paulo V le confía una misión delicada en Alemania, y nuestro santo vuelve a su antiguo campo de acción, con el nombramiento de Comisario apostólico para las misiones capuchinas de aquella nación; a su paso por Donauwörth, hace prevalecer los derechos de la abadía benedictina en contra de los vejámenes cometidos por los protestantes; llega a Praga, y comienza inmediatamente la formación de una Liga católica de defensa de la fe, entre Maximiliano de Baviera y varios príncipes eclesiásticos. De allí corre a España a conseguir la adhesión valiosa del rey Felipe III, y regresa a Munich con la promesa de ayuda del soberano español.
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Pero nuestro admirable santo no es solamente un hábil diplomático; sobre todas las cosas, es un apóstol de Cristo y un hijo de San Francisco de Asís. En España, con una rapidez increíble, pone los fundamentos de la provincia capuchina de Castilla, consiguiendo un convento en Madrid y otro en los dominios reales de «El Pardo». Felipe III accede gustoso a todas las insinuaciones del padre Lorenzo, gracias a la entusiasta apología que del capuchino hace la reina, la grande y piadosa Margarita de Austria, que le había tratado en su juventud y había recibido sus preciosos consejos y su experta dirección espiritual. El monarca observa con ojo atento al capuchino, y pronto se convence de que es un hombre de Dios; le colma de honores, pide su bendición y sus consejos, y quiere darle un título de grandeza para allegarle más a su corona. Pero nuestro santo sólo aprovecha la benevolencia del rey para gloria de la Iglesia y de su Orden, rehusando cualquier honor o título que se refiera únicamente a su persona. En la corte de España, el padre Brindis dejó un recuerdo imperecedero de su prudencia y de su santidad. Un día la reina, valida de su confianza con el santo, se atrevió a pedirle una gracia que él sólo podía conceder. Una de las damas de la corte, la más apreciada de los reyes por su virtud, padecía una enfermedad incurable. La piadosa reina solicitó del padre Lorenzo la curación milagrosa de la favorita. El siervo de Dios hizo la señal de la cruz sobre la enferma, y ésta, en presencia de todos y en el mismo instante, se sintió completamente sana. Otro prodigio tuvieron ocasión de presenciar los reyes y los dignatarios de la corte. El padre Lorenzo regaló a la reina un puñadito de tierra del monte Calvario, asegurándole que sobre ella había caído la sangre de Cristo. Algunos incrédulos se burlaron de la extraña afirmación del capuchino; pero al colocar el santo aquella tierra sobre unos corporales, comenzó a salir sangre fresca y en abundancia, ante los ojos atónitos de los ministros extranjeros y de las damas y caballeros de la corte.
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Vuelto el padre Brindis a Alemania, recorre Sajonia y el Palatinado predicando con la maravillosa elocuencia de su vida ejemplar y de su palabra de fuego. Los pueblos protestantes se convierten en masa; y era tal la fuerza irresistible de los argumentos del predicador, que uno de los príncipes herejes prohibió a sus vasallos ir a los sermones, temeroso de que todos acabasen por abjurar la fe de Lutero. Por este tiempo sostiene una ruidosa polémica con el célebre predicador protestante Policarpo Laiser, y le obliga a retirarse vergonzosamente, derrotándole con la lógica aplastante de la verdad. Vuelve después a su patria, coronado de gloria, y prosigue incansable su obra de pacificador en las diferencias entre el rey de España y el duque de Saboya. Pasa luego al reino de Nápoles; asiste entristecido a las injusticias y arbitrariedades que sufre la población por los caprichos del despótico virrey Duque de Osuna; y se propone terminar cuanto antes con aquellos abusos. Los principales personajes de Nápoles le eligen como embajador extraordinario ante el soberano español; el Papa aprueba y bendice la idea; y el padre Lorenzo se dirige a España con dos compañeros, venciendo antes los manejos del Duque de Osuna, que quiere impedir a toda costa aquel viaje de justicia y de paz.
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manera alarmante. Felipe III se hallaba en Lisboa por aquellos días; y el santo embajador quiso más atender a su deber que a su quebrantada salud, y se puso en camino inmediatamente. En la capital portuguesa, apenas cumplida su importante misión, cayó en cama para no levantarse más. Don Pedro de Toledo le dio el consuelo de sus cuidados y la hospitalidad de su palacio. Los cinco últimos días de la vida del siervo de Dios fueron una fervorosa preparación para el gran viaje a la eternidad. La Eucaristía volvió a ser entonces su fuerza, su esperanza y su alegría; los dos capuchinos que siempre le acompañaban pudieron darle la santa comunión hasta el día de su muerte. El 22 de julio de 1619, fecha en que cumplía 60 años de edad, murió aquel hombre extraordinario, una de las personalidades más complejas y más admirables que ha visto la humanidad. Su cadáver fue llevado al convento de Clarisas descalzas de la Anunciada de Villafranca del Bierzo, donde actualmente reposa. «A su muerte, toda Europa gimió. El rey de España aseguraba haber sentido esa desgracia tanto como la muerte de su propio padre. El Papa y los cardenales lloraron al recibir la dolorosa noticia». La fama de santidad del gran capuchino fue creciendo por toda Europa y se confirmó con numerosos prodigios. Fue beatificado por Pío VI en 1783, y canonizado por León XIII en 1881. El biógrafo de San Lorenzo, padre Ajofrín, hace en su obra este retrato de nuestro héroe: «Desde joven empezó a ser de corpulenta estatura, de suerte que, ya grande, descollaba sobre todos en cualquiera concurso. Su rostro, apacible y grave; el color era por lo regular entre blanco y encarnado; pero en los últimos años inclinaba a pálido por el rigor de sus austeridades y continuos trabajos; sus ojos negros, rasgados y majestuosos; la frente despejada; el cabello negro, aunque en la ancianidad tiraba a cano. Era cuasi calvo, pero con perfección; la barba muy poblada y larga, entre cana y roja; la nariz aguileña y proporcionada... Se puede decir de este Pasmo de la Gracia lo que de Catón se celebraba: "Que ni de siete años era niño, ni de setenta viejo"».
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Indudablemente, la figura de San Lorenzo de Brindis es una de las más interesantes que nos presenta la historia del siglo en que vivió. Pero todavía no hemos dicho todo. Hay que recordar que esa vida de continuo ir y venir, sin perder un punto la tranquila serenidad del espíritu ni la perfecta unión del alma con Dios, estuvo en constante producción literaria y científica. Su pluma es un milagro de fecundidad; no acertamos a comprender cómo aquel infatigable viajero, lleno de preocupaciones espirituales y políticas, pudo llenar tantas y tan sesudas páginas que hoy son la admiración de teólogos y apologistas. En el pobre cuarto de la posada, a la luz de mortecino candil, robando al sueño horas preciosas, el santo escribiría vertiginosamente todo lo que su corazón y su inteligencia le iban dictando. Y sin embargo, en esos escritos no se nota la fatiga ni la prisa; parecen redactados en el recinto y sosiego de una copiosa biblioteca; están esmaltados de citas y de textos bíblicos, a veces en caracteres hebreos o griegos; suponen un prodigioso dominio de la cultura eclesiástica y profana de la época. Obras de exégesis bíblica, sermones, comentarios, panegíricos, discursos, consideraciones sobre la vida religiosa, apologética y controversia; verdaderas obras maestras de erudición, a veces profundas y áridas como un abismo, a veces galanas y perfumadas como un jardín. La historia, que no siempre es justiciera, había olvidado en parte la formidable labor de San Lorenzo de Brindis. Hoy se hace plena justicia a sus méritos. Hombres estudiosos e imparciales reconocen que San Lorenzo fue un acérrimo defensor de la verdad católica y un maravilloso expositor de los misterios de la fe; y que, en la rica y variada colección de sus obras, campean la elegancia del lenguaje, la cultura teológica y patrística, la fuerza del raciocinio y la singular efusión de una alma endiosada. Los modernos editores de sus obras (Padua, 1928 y siguientes) dicen en la introducción al «Mariale» que «si la vida de San Lorenzo fue un cántico del corazón en honra de la Virgen, sus escritos marianos pueden llamarse un cántico de la inteligencia». Véase este original pasaje de un sermón sobre el Ave María: «¡Dichosos y bienaventurados aquellos que, inspirados del Espíritu divino y movidos por el afecto sincero del corazón, como enviados por Dios en compañía del arcángel San Gabriel, se acercan a la Virgen, la saludan con el ángel, la honran, la adoran y felicitan con vivo espíritu y con piadoso afecto de interna devoción! Porque no es posible que la Virgen no les devuelva su saludo. El ángel se retiró feliz, después de conseguir su petición; así también, los que la saludan con él, no podrán retirarse de su presencia sin una riquísima consolación del alma y sin copiosos favores y dones celestiales!» ¡Bellísima manera de incitarnos al rezo fervoroso y frecuente de la salutación angélica!
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Entre las obras de San Lorenzo de Brindis, «muchas, devotas, graves y sapientísimas», merece singular mención la monumental refutación del Protestantismo, titulada «Lutheranismi hypotyposis». La palabra «hypotyposis», algo extraña para los lectores profanos de nuestros días, significa, según lo declara el mismo simagen clara retrato exacto o exposición fidedigna; es decir, que en el libro se combate con argumentos sacados de la misma doctrina luterana. Dicha obra, verdadero arsenal de conocimientos, está dividida en la siguiente forma: Hypotyposis de Martín Lutero; Hypotyposis de la Iglesia y de la doctrina luterana; Hypotyposis de Policarpo Laiser. El plan general de esta obra es el mismo para todas sus partes: el santo escritor saca a la luz pública los errores protestantes, desmenuza las teorías de los heresiarcas, pulveriza sus argumentos, pone de manifiesto las falsedades, obscenidades y delirios de Lutero y de Laiser, con palabras textuales tomadas de las obras de los mismos adversarios, y muestra sus paradojas, sus sofismas y falacias en la interpretación arbitraria de la Sagrada Escritura. Comienza por aquel texto de Cristo: «No puede un árbol bueno dar malos frutos, ni darlos buenos un árbol malo»; y termina con aquellas otras palabras de aplastante lógica: «Por sus frutos los conoceréis». El principal adversario de nuestro santo fue un teólogo luterano llamado Policarpo Laiser, gran hablador, erudito no despreciable, hombre que se enorgullecía de sus fáciles triunfos oratorios, y que era llamado por sus secuaces «el Fósforo de los teólogos», «el Doctor hermosísimo», «el Teólogo sincero y ortodoxo», y otros títulos no menos pomposos y retumbantes. San Lorenzo de Brindis se encargó de desinflar ese globo de vano viento con golpes certeros y repetidos. Laiser tuvo que retirarse del campo de la polémica y se esfumó misteriosamente. Más tarde, San Lorenzo escribió la refutación de los errores de Laiser; pero no quiso publicar su obra por un exceso de delicadeza: su rival había muerto por aquellos días, y el santo juzgó que la aparición de su libro sería mirada como un acto innoble contra el hombre que «ya no podía defenderse». Prudencio de Salvatie, OFMCap, San Lorenzo de Brind, enÍdem, Las grandes figuras capuch. Madrid, Ed. Studium, 1957, 2.ª ed.; pp. 65- 87.
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SAN LORENZO DE BRINDIS (1559-1619) "Doctor Apostólico" por Arturo M. de Carmignano di Brenta, o.f.m.
cap. Con san Lorenzo de Brindis, Doctor Apostólico, la Orden capuchina alcanza una de sus cimas más altas y una de sus expresiones más completas. Robusta figura de orador y misionero, de escritor y polemista, de superior y diplomático, de contemplativo y místico, san Lorenzo encarna y compendia las características más bellas y originales, y los ideales más elevados de la reforma capuchina; y su figura se yergue precisamente al comienzo del siglo de oro de la Orden. Los primeros años San Lorenzo nació en Brindis, en Apulia, el 22 de julio de 1559, hijo de Guillermo Russo e Isabel Masella. Al día siguiente se le administró el bautismo en la catedral de la ciudad, y se le impuso el nombre de Julio César. Poco se conoce de su infancia; pero es lo suficiente para que intuyamos en él un alma sensibilísima y dócil al toque de la gracia. Fallecido su padre, fue acogido por los menores conventuales enniños oblato dotado de una inteligencia pronta y vivaz, frecuentó su escuela con gran provecho. Muerta más tarde también su madre, se trasladó, todavía adolescente, a Venecia, a casa de un tío sacerdote, que dirigía con seriedad y competencia una escuela privada; el tío supo comprender y alentar las profundas aspiraciones del muchacho hacia la perfección y santidad. En Venecia tuvo la oportunidad de conocer y tratar a los capuchinos que vivían en un humilde convento cerca de la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles, en la isla de la Giudecca. Atraído por su vida austerísima y recogida, pidió la gracia de ingresar en la Orden. Joven capuchino Vistió el hábito religioso en Verona el 19 de febrero de 1575, recibiendo el nombre de fray Lorenzo. Tuvo algunas dificultades debidas a su delicada salud; con todo, superó felizmente y con intenso fervor el año de noviciado, bajo la dirección de religiosos prudentes y santos. El 24 de marzo de 1576 emitió la profesión religiosa. Inmediatamente, comenzó los estudios de lógica en Padua, y después, en Venecia, los cursos de filosofía y teología. Su excepcional agudeza de mente y su insaciable sed de conocimientos lo estimularon a aplicarse con empeño a desentrañar los problemas del pensamiento humano y de la teología. Enamorado de la Sagrada Escritura, la estudió y la meditó de tal manera que llegó a sabérsela de memoria. Él mismo dijo confidencialmente a un religioso que, si por un imposible, la Biblia se perdiera, él sería capaz de re-escribirla toda completamente. Y no se contentó con el texto sagrado, sino que estudió por su cuenta las lenguas bíblicas, y las aprendió tan perfectamente que hasta los propios rabinos, que lo trataron más tarde, quedaron estupefactos. No fue menor el interés con que se dedicó a la adquisición de las virtudes religiosas. La misma orientación bonaventuriana seguida entonces por los capuchinos en los estudios era la más propicia para la elevación del espíritu: la unción del alma y el fervor de la voluntad eran más importantes que la ilustración de la inteligencia y la adquisición del saber; más que a la verdad lógica, se rendía a la visión y a la experiencia mística. Según atestiguan los condiscípulos de Lorenzo, ni él mismo sabía dónde terminaba el estudio y dónde comenzaba la oración. «Más que estudiar, parecía que oraba». Además del tiempo establecido para la oración común, dedicaba a la contemplación «muchas horas del día y de la noche». Después del rezo nocturno de maitines, frecuentemente se quedaba en la iglesia hasta el alba, especialmente los días que iba a comulgar. Añadía a la oración mortificaciones y penitencias. Y no le bastaban las austeridades y rigores de la Orden, ya de por sí numerosos y severos, sino que se cargaba con otros todavía más exigentes, incluso con riesgo de su salud. De este modo, con empeño y fervor excepcionales, se preparó intelectual y espiritualmente para el sacerdocio. Juan Trevisan, patriarca de Venecia, le confirió las sagradas órdenes el 18 de diciembre de 1582. Predicador La predicación fue la actividad que más larga e intensamente ejerció san Lorenzo durante su vida. Tenía tan alto concepto de la predicación que llegó a definirla: «Misión grande, más que humana, angélica, mejor divina», ya que tiene por objeto proclamar la palabra de Dios, que es «el tesoro que compendia todo bien». Otras actividades lo tuvieron ocupado períodos más o menos largos de su multiforme y ajetreada existencia; pero el ministerio de la palabra lo tuvo ocupado a lo largo de toda su vida sacerdotal. Mejor dicho, lo ocupó aun antes de ser sacerdote. A instancias de sus maestros, había comenzado en Brindis a predicar pequeños sermones en la catedral de la ciudad y en otras partes. Más tarde, en 1582, todavía diácono, predicó una cuaresma completa en la iglesia de San Juan Nuevo, en el corazón de Venecia, a pocos pasos de la célebre plaza de San Marcos, y quienes le escucharon aseguran que despertó «gran admiración en toda la ciudad por la profundidad de los temas que predicaba»; y habló «con tanto celo, espíritu y fervor, que parecía salirse fuera de sí, y, llorando él, conmovía también al pueblo hasta las lágrimas». No sin motivo fue requerido inmediatamente para la cuaresma próxima en la misma iglesia. Es sabido que en el siglo XVI, antes del concilio de Trento, la predicación dejaba mucho que desear, tanto por el contenido como por la forma. Según los historiadores parece que los predicadores no trataban de anunciar a Cristo y las verdades eternas. Contra este proceder reaccionaron decididamente los capuchinos desde sus comienzos y, ateniéndose a la letra de la Regla franciscana, volvieron al Evangelio en la forma y en el fondo. Y quizás es éste el principal motivo que dio a su predicación un amplio éxito en toda Italia. La formación intelectual y espiritual de Lorenzo coincidió con aquel período en que el influjo y el fervor de los pioneros de la reforma capuchina se mantenían aún vivísimos, y en el que se resumían y sistematizaban las múltiples experiencias de la primera y segunda generación de la Orden. Por otra parte, Lorenzo estaba dotado para la predicación de un conjunto de cualidades físicas e intelectuales capaces de convertirlo en un verdadero orador: robustez física y armonía de proporciones que le prestaban una belleza digna y varonil; gran riqueza de sentimientos y una espontánea distinción que atraían y a la vez imponían respeto y reverencia; una mirada luminosa y profunda capaz de traspasar y conmover a las almas; una voz que podía traducir las más delicadas vibraciones del espíritu y, a la vez, cuando era necesario, tronaba con fuerza y vehemencia; un gesto natural y enérgico que podía adoptar una expresión dramática. No menos favorables eran sus dotes intelectuales: una memoria imborrable que le asistía siempre y donde quiera; una agilidad y lucidez de pensamiento y de palabra que le permitían improvisar con gran facilidad y eficacia; sólida preparación remota y una erudición tan amplia que suscitaban la admiración de cuantos le escuchaban. Su santidad manifiesta añadía a todo esto el acento de una profunda persuasión y una unción singular. Predicaba «con tanto amor de Dios que parecía derretirse; con tanto ardor contra el pecado que conmovía hasta las fibras más íntimas del corazón». Y con frecuencia las palabras iban acompañadas de lágrimas. Un testigo nos dice refiriéndose a un sermón predicado a los religiosos: «A todos nos hizo llorar, y él mismo lloraba a lágrima viva». Se preparaba con prolongadas oraciones y penitencias. Cada sermón iba precedido de «tres horas seguidas de oración, con llantos y suspiros, de modo que empapaba hasta tres pañuelos». Meditaba en el evangelio de la fiesta o del día que tenía que predicar. «Nunca estudiaba otro libro que la Sagrada Escritura, arrodillado siempre ante una imagen de la Virgen bienaventurada, con lágrimas, sollozos y suspiros...; y a medida que Dios le inspiraba, mientras estaba de rodillas, escribía las ideas que luego predicaba, sin estudiar otro libro. Y levantándose de la oración, hacía una profundísima adoración a la bienaventurada Virgen. Y su comida de cuaresma se reducía a hierbas cocidas, y ensalada con algún rábano y, a veces, un poco de pescado». Este es el testimonio de uno que vivió cerca de él durante muchos años. Hoy tenemos la suerte de poder leer las «anotaciones» que el santo escribía durante su oración, y constituyen la parte más notable de sus escritos. Son reflexiones riquísimas y muy atinadas sobre los evangelios de cuaresma, del adviento, de los domingos, de las fiestas de los santos y de la Virgen. Después de todo lo dicho, no nos maravilla que las gentes corriesen en masa a escucharle y que las iglesias fuesen insuficientes para tanta multitud. Las conversiones, clamorosas a veces, se multiplicaban a su paso. Además de dirigirse a los cristianos, Lorenzo tenía un interés especial en dedicarse a los hebreos; y éste fue un aspecto característico de su actividad apostólica. Sabemos que, especialmente al comienzo de la segunda mitad del siglo XVI, esta forma de apostolado era muy recomendada y hasta urgida por los sumos pontífices y por las disposiciones sinodales; pero no era muy practicada por falta de personas preparadas. San Lorenzo, en cambio, estaba perfectamente equipado gracias a su profundo conocimiento de la Biblia, de las lenguas escriturísticas y de los escritos talmúdicos y rabínicos. A esto se dedicó por propia iniciativa desde joven en Venecia y dondequiera que se le presentaba ocasión. Más tarde, de 1592 a 1594, por encargo de la autoridad pontificia, predicó a los judíos de la misma ciudad de Roma. Pero lo más importante es que demostró siempre gran paciencia y caridad, aun cuando la actitud de sus oyentes no fuese siempre, como es natural, la más propicia para captar la benevolencia del predicador. Tampoco entre los judíos faltaron las conversiones. Primeros cargos Fue la predicación lo que más contribuyó a que Lorenzo fuera conocido más allá de las fronteras de la región veneciana. Después de haber ejercido el oficio de "lector" durante un trienio (1583-1586), y de desempeñar durante otros tres años (1586-1589) los cargos de guardián y de maestro de novicios, el año 1589 fue llamado a predicar la cuaresma en la ciudad de Consenza, en Calabria. Después el general de la Orden, padre Jerónimo de Pilizzi, no le permitió volver a su provincia porque quería tenerlo como colaborador. Por aquellos años se debatía una sorda lucha entre el general de la Orden y el cardenal protector Julio Antonio Santori, porque este último pretendía inmiscuirse en el gobierno de los religiosos, provocando inquietudes y desórdenes. En la lucha se vio envuelto también Lorenzo, a quien el padre general encargó un cometido que exigía rapidez y decisión, y que Lorenzo llevó a cabo del mejor modo posible, ganándose cada vez más la confianza y la estima del superior. Y quizás por este motivo fue elegido, al final del mismo año, vicario provincial de Toscana, en contra de la voluntad del cardenal protector. Había comenzado ya el camino de los «honores» y, bien que a su pesar, tuvo que recorrerlo hasta el fin. De 1594 a 1597 fue provincial de Venecia, y en 1598 fue elegido provincial de Suiza. Además, el año 1596 fue nombrado definidor general. Misionero En 1593, por las constantes peticiones del archiduque Fernando de Austria y su mujer Ana Catalina de Gonzaga, se había fundado un convento de capuchinos en Innsbruck, capital del Tirol. Era el primer paso de la Orden hacia el centro de Europa, hacia el corazón del Sacro Romano Imperio. Tres años después, en 1596, fue Lorenzo, a la sazón provincial de Venecia, quien dio el segundo paso, aceptando una nueva fundación en Salzburgo por invitación del príncipe arzobispo Wolfgang Teodorico von Raitenau. Las dos casas religiosas dependían de la provincia de Venecia, y era presumible que otras nuevas fundaciones surgirían en breve. Por eso era oportuno prepararse para una cadena de conventos que, a través del valle del Adigio, uniese el Véneto con el Trentino y el Tirol. Fue precisamente Lorenzo quien inició esa cadena. Ya existía un convento en Rovereto; él aceptó otro en Trento en 1597, y quizás se interesó también por otras fundaciones. Los países del centro de Europa entraron definitivamente dentro del radio de acción de la Orden en 1599, cuando san Lorenzo recibió el encargo de conducir allá a un grupo de doce misioneros. Desde hacía algunos años llegaban de aquellos países peticiones cada vez más insistentes de misioneros capuchinos. La más reciente era la del arzobispo de Praga Zbynek Berka von Duba. Angustiado por las desoladoras condiciones religiosas de su diócesis y de sus fieles, acosados por el recrudecimiento de la herejía, y completamente abandonados por un clero negligente y escandaloso, el prelado no veía otra salvación que la vida ejemplar y el celo apostólico de los capuchinos. Hay que reconocer que las condiciones político-religiosas de Bohemia y, en general, del Imperio, bajo el acoso de los herejes, eran cada vez más preocupantes; sobre todo por la debilidad y el descuido del emperador Rodolfo II y por la ineficacia de sus ministros. No menos deplorables eran las condiciones intelectuales y morales del clero tanto diocesano como regular. Existía el serio peligro de que el catolicismo fuera definitivamente arrollado y desapareciese del todo en aquellos países. La presión de los herejes se sentía de modo particular en Praga, sede de Rodolfo II y capital del Imperio. Por fortuna estaban allí los jesuitas, quienes con pensamiento del arzobispo Zbynek se volviese con esperanza hacia los capuchinos, quienes al final del siglo XVI eran, junto con los jesuitas, los misioneros más prestigiosos y renombrados de Europa, y los más fieles portaestandartes de la ofensiva católica contra la invasión de la herejía. Pero el envío de religiosos a lugares tan lejanos y diferentes planteaba problemas nuevos y muy graves; y los superiores estaban indecisos. Una orden de Clemente VII despejó las dudas. Así en el capítulo general de 1599 Lorenzo, que había sido reelegido definidor, fue encargado de guiar al otro lado de los Alpes a un puñado de hermanos elegidos de varias provincias. A principios de julio partió a pie y, atravesando el Tirol, llegó a Viena el día 28 de agosto. Aquí, a causa de las penurias padecidas en el camino, cayó enfermo con casi todos sus compañeros; y como en el país se propagaba la peste, se sospechó que también ellos estaban contagiados; y se vieron abandonados y rechazados por todos, en un estado de suma indigencia. Pero habría hecho falta mucho más para acobardar a quien llegaba con la esperanza de padecer el martirio por amor a Cristo. Sanaron por fin, y, a principios de noviembre, emprendieron el camino hacia Praga, recibidos en todas partes con injurias, insultos, improperios y pedradas. No les preocupó el recibimiento; ya se lo esperaban de una gente en gran parte herética y acaloradamente anticatólica, y que se sentía más audaz y descarada por la ausencia del emperador y de casi todas las autoridades. Estas se habían refugiado en Pilsen, aterrorizadas por el espectro de la peste, que en los meses anteriores se había acrecentado y que todavía no acababa de extinguirse. Uno de los pocos que acogió humanitariamente a los capuchinos fue el arzobispo, que los alojó provisionalmente en un hospital diocesano con iglesia. Aquí, sin perder tiempo y sin dejarse intimidar ni por los hombres, ni por el contagio, ni por el frío «que fue rigurosísimo aquel año», Lorenzo, ayudado por sus hermanos, comenzó una intensa actividad y, especialmente con su predicación, empezó pronto a atraerse un número siempre creciente de personas. Entraba también en las casas de los católicos donde sabía que podía encontrar algunos herejes, y, en diálogo abierto y familiar, dilucidaba la verdad y disipaba las dudas, facilitando el retorno a la fe católica. En contrapartida, se agudizaba la hostilidad de los adversarios. Cuando salían de casa, los frailes tenían que encomendar su alma a Dios. «Cada día -cuenta uno de ellos-, cuando se iba afuera, se volvía a casa con muchas pedradas y muchas veces con las cabezas rotas. También a su persona (la de Lorenzo) descalabraron los herejes y tiraron por tierra». Todavía no era el martirio, pero faltaba poco. Lo peor vino más tarde, cuando los herejes lograron infundir en la mente del emperador graves sospechas contra los religiosos, que estuvieron a punto de ser expulsados de Bohemia. Pero, gracias a Dios, al final se arregló todo, y los capuchinos pudieron construir su convento cerca del palacio imperial, desarrollando con renovado celo su misión pastoral. Lorenzo fundó al año siguiente (1600) un segundo convento en Viena y otro en Graz, en la Stiria: tres conventos que, andando el tiempo, serían el centro de tres provincias religiosas. Alba Real Contribuyó mucho a acrecentar el prestigio del santo y a suscitar nuevas simpatías hacia los capuchinos la intervención de san Lorenzo en la victoria del ejército imperial contra los turcos en Hungría en octubre de 1601. Ya desde 1593 el emperador se encontraba en guerra con la Medialuna. La lucha proseguía con diversa fortuna, dirigida por jefes mediocres y cobardes. El archiduque Matías, hermano de Rodolfo II, se destacaba entre todos por su ineptitud, impericia militar y falta de prestigio. Y era precisamente el archiduque quien estaba en 1601 al mando del ejército imperial. Por suerte, a mediados de septiembre, una partida de soldados consiguió apoderarse de Alba Real, antigua sede de los reyes húngaros, y ciudad que se encontraba en el centro de aquella región. Tal pérdida dolió a los turcos como un hierro ardiente en carne viva y mandaron contra el lugar todas las tropas disponibles. Así, a principios de octubre, frente a los imperiales, que podrían sumar de 16 a 18.000 hombres, se presentaron no menos de 60.000 turcos, armados hasta los dientes. El choque, que pudo ser un desastre para los imperiales, se convirtió en un éxito. El mérito principal no fue ciertamente de los jefes militares, irresolutos e incapaces como siempre; sino que, a juicio de los entendidos, el triunfo debe atribuirse en buena parte a san Lorenzo. Desde que llegó al campamento, aunque al principio fue acogido con silbidos y escarnios por una parte de la soldadesca, no cesó de inflamar con ardorosos discursos a las tropas cristianas desmoralizadas; llegado el momento, acompañaba a los combatientes en los mayores peligros; algunas veces iba intrépidamente por delante, con el crucifijo en la mano, bendiciéndolos e invocando los nombres de Jesús y María. Parecía invulnerable, incluso cuando estaba cercado por una nube de saetas y proyectiles enemigos; ni los golpes de las cimitarras podían con él. Por todas partes le arropaba una fuerza invisible. El consejero imperial de guerra, Jerónimo Dentico, experto en asuntos militares, escribe en una relación oficial al nuncio pontificio: «Estaba aquel buen padre con ánimo intrepidísimo y firmísimo, como lo haría el mejor soldado y el más curtido del mundo». Y añadía que la victoria tenía algo de milagroso, y que todo había que atribuirlo a las oraciones de los buenos «y a las de este buen padre siervo de Dios que está con nosotros, como ya lo dice todo este ejército, incluidos los herejes más principales». En cuanto a los herejes, algunos de ellos quedaron tan impresionados de cuanto sucedió en torno a Lorenzo que se convirtieron al catolicismo. Dejando de lado otros testimonios, bastará decir que el mismo santo, más tarde, reconoció que «verdaderamente Dios nuestro Señor había obrado cosas tan maravillosas que se podían parangonar con las maravillas que se cuentan en la Escritura». El general santo Algunos meses después de estos sucesos, Lorenzo, vuelto a Italia, fue elegido general de la Orden (24 de mayo de 1602). Con esta elección los religiosos le daban una gran prueba de estima, pero le cargaban con un pesado cometido: visitar todas las provincias, especial
mente las transalpinas, que desde hacía mucho tiempo esperaban la visita de un padre general. Solamente otro superior, Jerónimo de Sorbo, había logrado hacer algo parecido; pero en un tiempo en que la Orden tenía una extensión más reducida, y valiéndose, con las debidas licencias, de una cabalgadura. Ahora, en 1602, los capuchinos estaban repartidos en treinta provincias con casi nueve mil religiosos, diseminados por gran parte de la Europa católica. Lorenzo debía visitarlos a todos, en un solo trienio, viajando siempre a pie. Era una empresa ardua incluso para él, aunque sólo tuviera cuarenta y tres años. Terminados los trabajos capitulares, sin pérdida de tiempo, se puso en camino. Recorrió el norte de Italia, visitó Suiza, pasó por el Franco Condado y Lorena y, en la segunda mitad de septiembre se encontraba ya en los Países Bajos, en Bruselas y Amberes. Después, sin desanimarse por los malos caminos, los hielos invernales y la nieve, continuó su marcha, visitando las amplísimas provincias de Francia: París, Lyon, Marsella y Toulouse. En la primavera de 1603, se encontraba entre los capuchinos de España, dispersos en un extenso territorio, que iba desde Rosellón a Valencia, de Cataluña a Aragón; y el día 20 de junio celebraba capítulo provincial en Barcelona. En menos de un año había terminado la parte más difícil y pesada del cargo que se le había confiado: la visita de las provincias transalpinas. Vuelto a Italia, se detuvo brevemente en Génova; después, en septiembre, llegaba a Sicilia, de donde subió a la Península, continuando sus visitas. Las tiempo para bajar a Nápoles a predicar diariamente la cuaresma en la iglesia del Espíritu Santo; y no se contentó con un solo sermón al día, sino que quiso predicar también por la tarde, sobre el Ave María, para difundir más la devoción a la Virgen. Su recorrido fue verdaderamente gigantesco, de miles y miles de kilómetros, siempre a pie, en verano y en invierno, bajo el golpeteo de la lluvia o el azote del sol, atravesando ríos y cenagales, montes y llanuras, nieves y hielos, sin un momento de reposo. Un compañero de viaje afirma: «Anduvo siempre a pie; ni siquiera quería pasar a caballo los ríos, donde una vez casi nos ahogamos todos; y él siempre alegre». A veces recorría en un solo día más de veinticinco y treinta millas. Sólo un obstáculo era capaz de detenerlo: la enfermedad que, a veces, lo redujo a punto de muerte. Pero aun entonces, en cuanto podía ponerse en pie, reemprendía audazmente el viaje. Por penosas que fuesen las caminatas, continuaba observando rigurosamente las severas costumbres de la Orden, los prolongados ayunos y las rigurosas abstinencias. A veces llegaba agotado a los conventos, en un estado que daba pena. Y ni aun entonces aceptaba distinciones ni tratos de favor. En la mesa no quería más que la comida común; como lecho, el jergón de paja, y por la noche se levantaba a maitines. Un compañero suyo nos cuenta: «Yo que sentía tanto cansancio y que me parecía imposible ir a maitines después de tanto viaje, me levantaba para ver qué haría el padre general, e infaliblemente lo encontraba en el coro para maitines y la oración». Es natural que semejantes ejemplos suscitasen la admiración y el asombro de los religiosos y de sus propios compañeros de viaje. Era también admirable su trato con todos los hermanos, su cariño y solicitud incluso para el último fraile del convento; su humildad que lo llevaba a lavar los cacharros de la cocina. Dedicaba un afecto especial a los enfermos y se enternecía ante sus sufrimientos, «y hacía todo lo posible para ayudar y consolar a las personas dolientes». Pero a él, general de la Orden, no podía bastarle el ejemplo. El cargo que desempeñaba lo impulsaba a ser el custodio del espíritu de san Francisco. Las Ordenaciones que dejó en varios lugares nos demuestran cuán vivo llevaba ese espíritu en el corazón. Era constante, enérgico, insistente su llamada a la observancia de la Regla y Constituciones, a las austeridades tradicionales de la Orden, especialmente a la pobreza más rigurosa. Y contra quien faltaba demasiado fácilmente sabía mostrarse hombre enérgico, especialmente si se trataba de superiores. «Tenía tacto con grandes y pequeños, abrazando y favoreciendo a los hermanos fervorosos y que juzgaba útiles en la Orden, y reprendiendo con energía a quienes no consideraba tales, aunque se tratase de padres de importancia». Sus exhortaciones eran conmovedoras. «En sus pláticas parecía que el corazón se le salía del pecho». Todo esto, unido a los prestigios que se sucedían a su paso, explicaba suficientemente que fuese llamgeneral sant. el Polemista Al terminar su generalato (27 de mayo de 1605) no permaneció san Lorenzo mucho tiempo inactivo. En Praga había dejado una huella profunda, y muchos deseaban su regreso. Recurrieron al papa Pablo V, quien a principios de 1606 le ordenó encaminarse hacia el norte. Pasando por el Tirol, llegó a Munich, donde conoció personalmente a Maximiliano el Grande, duque de Baviera y cabeza de los católicos alemanes. Fue el primer encuentro de dos grandes espíritus, llamados a comprenderse, a estimarse recíprocamente y a cooperar activamente en favor de la Iglesia católica en el Imperio. A su llegada a Praga, Lorenzo fue acogido con calurosas manifestaciones de simpatía y se consagró celosamente a la predicación. No se trataba de una actividad de poca monta. La iglesia y el convento de capuchinos se encontraban junto a la residencia del emperador y se habían convertido en lugar de encuentro para diplomáticos y embajadores, ministros y cortesanos, quienes, después de las funciones religiosas, se detenían con discreción para tratar sus asuntos sin llamar la atención. En la iglesia de capuchinos tenían su propio puesto el nuncio apostólico, los ministros católicos y los embajadores. Por eso predicar desde aquel púlpito equivalía a predicar a los principales personajes de la política imperial y a los representantes de los príncipes católicos de Europa; y las palabras que allí se pronunciaban podían tener una enorme resonancia, como se puede comprobar hoy examinando los despachos que aquellos años llegaban desde Praga a las cancillerías de Venecia, Florencia, Roma, Madrid, etc. Ahora bien, si había un hombre que por la competencia teológica, la valentía oratoria y la creciente fama de santidad podía subir dignamente a aquel púlpito, éste era sin duda Lorenzo de Brindis. Y una voz como la suya, en aquellos momentos, era ciertamente providencial. No eran tiempos fáciles para el catolicismo. Aprovechándose de la debilidad del emperador y del apoyo más o menos descubierto de los ministros y otros personajes, los herejes ejercían crecientes presiones en detrimento de los católicos. Pero Lorenzo, que tenía sus informadores, lograba estar al tanto de cualquier maquinación, y no tenía empacho en denunciar desde el púlpito todo tipo de concesiones y compromisos. A él se debe en gran parte el mérito de que en diciembre de 1607 se publicase el bando imperial contra la ciudad de Donauwörth que, desde hacía tiempo, conculcaba los derechos de los católicos. El duque de Baviera fue el encargado de ejecutarlo y procedió con mucha decisión y rapidez. «Todos supieron que no se habría hecho nada de no estar en Praga fray Lorenzo, quien, con gran bochorno de los ministros del emperador, les echó en cara repetidas veces desde el púlpito el poco celo que tenían de la religión católica». . . No menos vigorosa fue su intervención en julio del mismo año durante la visita que hizo al emperador el duque de Sajonia Cristián II. Entre las cuatrocientas personas de su séquito se encontraba el predicador áulico, Policarpo Laiser, uno de los más conocidos teólogos y de los más afamados representantes de la reforma luterana. Según las prescripciones entonces en vigor, en Praga y en toda Bohemia, no se admitían más que dos confesiones religiosas: la católica y la husita. No obstante, Laiser quiso predicar dos veces desde las ventanas del palacio en que se hospedaba. Las dos prédicas, convenientemente anunciadas de antemano a bombo y platillo, metieron ruido porque trataban de la salvación sin necesidad de buenas obras y de la justificación: dos temas particularmente gratos para los luteranos. Se trataba de un descarado desafío a los católicos. «Me sentí abrasado de tanto celo que no supe contenerme», escribe Lorenzo. Contraatacó a su manera con fuerza y vehemencia. «Llevó al púlpito la Biblia en tres lenguas (hebreo, caldeo y griego), y al final del sermón dijo: Quiero que sepáis qué clase de gran hombre es ese charlatán que ha tenido la osadía de predicar contra nuestra religión católica... Coged estos libros...; veréis que ni siquiera sabrá leerlos». Y con gesto enérgico los lanzó en medio del auditorio. La impresión fue enorme; el secretario imperial, Juan Barvizio, recogió los volúmenes para llevárselos a Laiser. Pero éste no aceptó el reto y, «más mudo que un pez», se batió en retirada. Más tarde, en Dresde, para remediar el descalabro sufrido, dio a la imprenta los dos serprólog y seguidos de un uepílogo, en los que atacaba personalmente al capuchino y a un padre jesuita. Lorenzo tomó rápidamente la pluma y escribió un esbozo de respuestaApologeticum. Pero poco a poco el trabajo fue engrosando hasta convertirse en una refutación universal, viva y palpitante, aunque sintética, de todo el luteraLutheranismi hypotypos. Trabajó activamente, y para finales de 1608 la obra estaba ya ultimada en sus líneas generales. Por desgracia nunca pudo darle la última mano ni llegó a imprimirla por contratiempos que luego veremos y por la muerte de Laiser; no quería dar la impresión de «combatir contra los muertos ni pelear contra sombras». La elaboración de su importante y genial obra, que lo tuvo ocupado varios meses, no le impidió ejercer el ministerio de la predicación que por su calidad se hacía cada vez más importante. Y a la predicación añadía la obra de persuasión mediante entrevistas personales y coloquios frecuentes, que sostenía con los principales personajes de la corte y de la política. Además hay que contar el nombramiento de comisario o superior de sus religiosos, en la primavera de 1608. Tenía el encargo de separar de la misión los conventos de Stiria, erigiéndolos en comisariato independiente: el comisariato de Graz. Las denuncias y críticas de Lorenzo no bastaban para mover la oxidada y casi paralizada máquina del gobierno imperial. A la indolencia de Rodolfo II se contraponía el dinamismo creciente de los calvinistas que, dirigidos por el elector palatino Federico IV, se habían coaUnióno secretamente en la evangélic. La situación se tornó más grave todavía cuando en abril de 1608, el archiduque Matías se levantó contra su hermano Rodolfo II, obligándole a cederle las provincias de Austria y Moravia y la corona real de Hungría. Los protestantes aprovecharon la ocasión para sacar la mayor tajada posible, y arrancaron al archiduque concesiones cada vez más perjudiciales para la Iglesia católica. Peor todavía: muerto sin herederos el príncipe Juan Guillermo von Mark, quedaban vacantes los ducados de Jülich, Cleves y Berg. Emplazados entre Francia, Países Bajos y Alemania meridional, estos territorios se encontraban en una posición estratégica y delicada. Enrique IV, rey de Francia, estaba dispuesto a todo con tal de que no cayeran en manos de los Habsburgo; por eso daba todo su apoyo a los calvinistas. Ante tan grave situación, el duque de Baviera decidió no esperar la catástrofe cruzado de manos. Mientras trabajaba secretamente organizando una Liga de príncipes católicos para contrarrestar la Unión evangélica, pensó enviar a España y a Roma un embajador que solicitara el apoyo financiero y militar de Felipe III y Pablo V. El embajador fue Lorenzo de Brindis, con quien el duque, ya de tiempo atrás, mantenía una asidua y confidencial correspondencia. El duque sabía, por experiencia personal, que el capuchino estaba «informadísimo» de los asuntos de Alemania, que conocía hasta los «últimos entresijos», y por lo tanto estaba capacitado para informar adecuadamente al rey de España. Además, su gran prestigio y su fuerza de persuasión le abrirían muchas puertas en Madrid. Y el nuncio de Praga estaba de acuerdo con Maximiliano. Lorenzo fue llamado a Munich. Después de haberse entendido perfectamente con el duque y con las debidas licencias, partió para Génova y se embarcó rumbo a España. Llegó a Madrid el día 10 de septiembre. Bien pronto, como lo había previsto el duque, Lorenzo se ganó la benevolencia de todos, especialmente del rey y de la reina, a quienes podía visitar libremente cuando quería; otras veces eran los reyes mismos quienes lo llamaban. Así, superadas todas las dificultades, consiguió cuanto pedía: 300.000 ducados anuales para la Liga católica y el compromiso por parte del rey de pertenecer a la misma. Consiguió además algo que no habían logrado todavía sus hermanos de hábito: la fundación de un convento de capuchinos en Madrid. Partió para Roma. Llegó a principios de febrero de 1610. Aquí se encontró con los enviados de los príncipes alemanes, y junto con ellos consiguió del papa una promesa firme de ayudar a la Liga. Similares propósitos obtuvo a continuación en Florencia, Módena y Parma. A finales de mayo estaba de regreso en Alemania, donde tuvo que trabajar durante otros dos meses como embajador volante entre Munich y Praga para solucionar algunas graves dificultades que habían surgido entre tanto; sólo a mediados de agosto se pudo decir que la Liga católica estaba consolidada. Maximiliano y los príncipes católicos podían estar seguros de haber plantado un firme puntal contra la superchería de los herejes y el progresivo deterioro del catolicismo en el Imperio. En cuanto a la intervención de Lorenzo, confesó el duque de Baviera que «toda Alemania y la cristiandad entera debían agradecer al padre Brindis, porque gracias a él se había formado la Liga católica de la que había derivado tanto provecho». En los tres años siguientes, a requerimiento de Maximiliano y por mandato de Pablo V, san Lorenzo tuvo que permanecer en Munich y desempeñar ante el duque, aun sin ostentar el título oficial, el cargo de representante de la Santa Sede o nuncio papal. Su amistad con Maximiliano fue cada vez más íntima y se convirtió en una verdadera paternidad espiritual. No había asunto grande o pequeño, privado o público, religioso o político que el duque no lo tratara confidencialmente con él. El convento de capuchinos se alzaba sobre un baluarte de los muros de la ciudad y, mediante un pasadizo subterráneo, comunicaba con el palacio ducal. Por él pasaba Maximiliano cuando iba a consultar a san Lorenzo o a asistir, cada vez con más frecuencia, junto con su esposa, a la misa que celebraba el santo en un oratorio privado: una misa que duraba horas. La presencia de Lorenzo en Munich, en una época en la que Baviera adquiría cada vez más importancia y se convertía en el eje de la defensa católica en el Imperio, resultó providencial, especialmente en ciertas cuestiones graves, y proporcionó notables beneficios tanto a la Santa Sede como al mismo duque. Maximiliano habría querido tener más tiempo a su amigo a su lado; pero Lorenzo, en la primavera de 1613, regresó a Italia para tomar parte en el capítulo general y, por varias razones, no volvió a cruzar los Alpes. Los países septentrionales por su clima frío e inclemente no sentaban bien a su ya avanzada edad, aquejada de indisposiciones cada vez más graves, con frecuentes e implacables ataques de gota que le afectaban a pies y manos, que le hacían gritar de dolor. Nuevos encargos y nuevas cruces En el capítulo general de 1613 fue elegido definidor por tercera vez y enviado a visitar la provincia de Génova. Esta provincia comprendía también la Liguria y el Piamonte, es decir, cobijaba religiosos de índole muy diferente que pertenecían a dos estados distintos. Esto explica que en el interior de los conventos hubiera cierta desazón, aumentada por el hecho de que los capuchinos piamonteses, o mejor, algunos de los más exaltados, estaban decididos a erigirse en provincia autónoma; para conseguirlo habían recurrido a su soberano Carlos Emanuel I de Saboya. Este estuvo muy decidido a apoyar la iniciativa e hizo saber a los superiores que en su Estado no quería saber nada de «extranjeros», es decir, frailes ligures. Pero el capítulo general de 1613 no había permitido la desmembración y por toda respuesta envió a san Lorenzo como visitador. Después de recorrer la provincia, dándose cuenta del problema, convocó capítulo provincial en Pavía para el 13 de septiembre. Los religiosos, que en su mayoría estaban por la paz y la concordia, y que habían podido admirar el equilibrio y la virtud del visitador, pensaron que era él el más capaz para gobernarlos en aquellas difíciles circunstancias. Y contra su expresa voluntad, lo nombraron superior a viva voz y casi por unanimidad. A sus protestas respondieron entonando eTe Deum . Quien no cantó Te Deum fue el duque de Saboya. Indignado por la fallida erección de la provincia, prohibió al nuevo superior pisar su territorio y cerró la entrada a los religiosos ligures. De hecho, durante todo el trienio, Lorenzo no pudo dirigirse allá. Esta contrariedad, y otras que le ocasionaron los «independentistas», fue la cruz más pesada que tuvo que llevar durante estos años. Los habitantes de la Rivera trataron de resarcirle de esta pena; siempre y en todas partes lo acogían con manifestaciones de veneración; acudían en masa a escuchar su palabra, especialmente cuando predicó la cuaresma en la catedral de Génova. Por lo demás, no es de extrañar que la gente se apiñase en torno a un hombre a cuyo paso las gracias y portentos florecían prodigiosamente. El santo franciscano Al terminar su provincialato en la Liguria, en agosto de 1616, regresó Lorenzo a su provincia de Venecia y pudo por fin gozar de un intervalo de tranquilidad y de paz. Después de haberse detenido algún tiempo en Verona, se retiró a Bassano, al pie del gigantesco macizo de Grappa, donde se enfrascó enteramente en las cosas de Dios. Pero para conocer mejor su vida en este tiempo feliz y para comprender el secreto de toda su existencia y de su actividad, es oportuno recoger, aunque sea de pasada, alguna de las características fundamentales de su espiritualidad y santidad. espiritualidad cristocéntrica y templó su espíritu en el clima de fervor suscitado en el Véneto por los iniciadores de la nueva reforma franciscana. Enamorado de la pobreza como Francisco de Asís, la practicó sin componendas; cuando fue superior, se preocupó de su más estricta observancia, aceptando y haciendo aceptar todos los sacrificios y renuncias que comporta. Esto no le impidió mostrarse caritativo con sus hermanos. Durante su provincialato en Venecia (1594-1597) le llamaban «el consuelo de todos los religiosos». Y tampoco fue óbice para estar siempre alegre. «En todos sus rigores y asperezas -asegura uno de sus compañeros- se manifestaba siempre alegre»; «pero era una alegría que arrastraba a la devoción, viendo con qué sencillez, sinceridad y pureza trataba». Con el mismo empeño practicaba la pobreza interior que consiste en la humildad. Nunca hablaba de sí mismo; había que tirarle de la lengua para que soltase prenda. En cuanto a su ciencia sagrada, «si no era provocado y más que provocado, no decía ni una palabra que diese a entender que sabía algo». Sufría profundamente al verse aclamado por las gentes, tenido por santo, promovido a los más altos cargos de la Orden. De haber dependido de su voluntad, habría vivido completamente feliz en la obediencia. Fray Juan de Monteforte, que le asistió en la última etapa de su vida, asegura que, aun siendo definidor general, «se me sometía y quería hacer mi voluntad y no la suya, y lo hacía con tal humildad que causaba asombro». Pero la nota que caracteriza mejor su espiritualidad y su personalidad es su riqueza de sentimiento y
su capacidad de amor que parecen no tener límites. Todavía adolescente, en Venecia, en casa de su tío sacerdote, su contemplación iba acompañada de impresionantes fenómenos místicos y de incontenibles efusiones de afecto y de lágrimas. Más tarde, entre los capuchinos, especialmente en su edad madura, cuando se ponía en oración, daba la sensación de estar arrebatado por una fuerza irresistible: la cara se le encendía poco a poco, respiraba con dificultad como sacudido por una violencia misteriosa; de pronto, los suspiros y gemidos se convertían en una respiración de fuego e, incapaz de contenerse, prorrumpía en auténticos gritos de júbilo o de dolor, de amor y de ternura, de tal manera que «parecía que le estallaba el corazón en pedazos; y los gritos no eran escuchados solamente por los frailes, sino también por los seglares». Había especialmente dos realidades sobre las que volcaba el torrente de su amor y que manifestaban su espiritualidad eminentemente cristocéntrica: la santa misa y la madre de Dios. En cuanto a la misa, puede decirse que san Lorenzo constituye un fenómeno único en la historia de la hagiografía. Después de su ordenación sacerdotal y, especialmente a partir de los cuarenta años, fue sucesivamente prolongando el tiempo de la celebración hasta una, dos y tres horas. Obtenido más tarde un permiso de Pablo V, la prolongaba cada vez más, hasta ocho, diez y más de doce horas. También cuando la gota lo torturaba hasta el punto de impedirle apoyar los pies en el suelo -y después de 1613 esto le sucedía con frecuencia-, se hacía llevar en volandas al altar, donde parecía recobrar las fuerzas, y allí permanecía dos, tres, cuatro horas. Durante todo este tiempo se abandonaba a fervores incontenibles, prorrumpiendo en exclamaciones y ardientes invocaciones, de modo que parecía sacudido en todo su ser, y se le oía desde muy lejos aun celebrando en lugares cerrados. Recurriendo a las palabras de quien lo conoció, parecía «que el aire abrasaba a su alrededor». También: «Parecía que se quemaba todo y, suspirando, lanzaba como llamas que hacían arder el corazón de los que estaban presentes». Frecuentemente caía en manifestaciones ingenuas y conmovedoras: «¡Oh, oh, Jesús, María!», exclamaba; y aplaudía y, «como ebrio del amor divino, prorrumpía a veces en palabras como si hablase con Jesucristo o con su santísima Madre». Y no hablemos de la abundancia de sus lágrimas, que era tal que empapaba cuatro, seis y más pañuelos; bañaba también los ornamentos, el corporal y los manteles del altar. Y después de la misa se entretenía durante algunas horas en ardiente acción de gracias. No menos profundo y ardoroso era el amor que profesaba a la madre de Dios. Celebraba casi siempre la misa de la Virgen y a ella atribuía todos los dones y gracias. Hablaba de Ella como un serafín y se llenaba de gozo con sólo pensar en Ella. Durante los viajes, «cantaba loas a la Virgen y en particular la de PetrarcVergine bell o eStabat Mater o las letanías lauretanas, con tanto sentimiento que muchas veces andaba como fuera de sí». Hemos visto cómo en Nápoles, en 1605, además del sermón cuaresmal de la mañana, predicó otro por la tarde para ganar nuevos devotos de la Virgen. Es superfluo recordar las mortificaciones y demás obsequios que le ofrecía, especialmente los sábados y la víspera de sus festividades. Cuando se le presentaba la ocasión de visitar algún santuario no dejaba de aprovecharla. Sentía particular devoción por el santuario de Loreto, en el que pasó una cuaresma completa el año 1602, antes de ser elegido general de la Orden, y al que retornó en 1605, al término del pesado cargo. También las bendiciones prodigiosas que impartía a todos, especialmente a los enfermos, las daba siempre en el nombre de la Virgen; y en su honor escribió una de sus obras más hermosas: eMarial donde no hay dogma, privilegio o tema mariano que no toque, aclare o defienda. Y lo hace con su estilo peculiar: con claridad y equilibrio, con apasionado amor y entusiasmo poético. Mediador de paz San Lorenzo tuvo que interrumpir su tranquilo retiro de Bassano por mandato del papa, que lo enviaba a Milán como mediador de paz. No era la primera vez que debía asumir el papel de pacificador. En noviembre de 1614, para ahorrar a los ciudadanos sufrimientos inútiles, se había ofrecido para acordar la rendición de los piamonteses fortificados en Oneglia, asediados por los españoles. Dos años más tarde, por deseos del legado pontificio Alejandro Ludovisi (el futuro Papa Gregorio XV) intervino ante Candia Lomellina para buscar un acuerdo entre españoles y piamonteses, aunque el intento falló a causa de los últimos. Ahora, a principios de 1618, recibía la orden de dirigirse a Milán para convencer al gobernador español don Pedro de Toledo, para que aceptase la paz con Carlos Emanuel I, restituyéndole la plaza fuerte de Vercelli. No fue tarea fácil persuadir al astuto y caprichoso gobernador; pero al fin, con su prestigio, su tacto y su santidad, consiguió lo que otros muchos habían intentado en vano. Mucho más dramáticas fueron las circunstancias en las que se vio envuelto durante el otoño del mismo año, al intentar restablecer la serenidad y la paz en el reino de Nápoles. Después de ser reelegido definidor en el capítulo general (Roma, 1 de junio de 1618), bajó a Nápoles desde donde pensaba dirigirse a Brindis, su ciudad natal, para visitar un monasterio de clarisas que el duque de Baviera había mandado edificar sobre su casa paterna. A la sazón era virrey de Nápoles don Pedro Téllez de Girón, duque de Osuna, hombre de grandes cualidades, pero también de grandísimos defectos: impulsivo, libidinoso, bravucón, desmedidamente ambicioso y de una prepotencia y desenfreno sin límites. Con su comportamiento caprichoso e independiente era causa, desde hacía tiempo, de preocupaciones e inquietudes para varios estados de Italia, especialmente para Venecia, que el duque odiaba de corazón. En Nápoles, en donde era virrey desde 1616, para dominar más fácilmente a los súbditos y obrar a su gusto, no había encontrado nada mejor que incitar a una parte de la población contra la otra. Amenazas y abusos, arbitrariedades e injusticias estaban a la orden del día. No había casas, ni lugares sagrados, ni siquiera monasterios de monjas que se vieran libres de las lujuriosas hazañas del virrey y de sus soldados. De ahí las exasperaciones, represalias y venganzas cada vez más sangrientas. Cuando se presentó san Lorenzo, la tensión rayaba en la desesperación. Para librarse de Osuna, los ciudadanos más responsables se dirigieron en secreto al santo, cuya virtud conocían, y también sus dotes de diplomático y la amistad que lo unía a Felipe III; y lo convencieron para que fuera a la corte de España a presentar sus quejas y conseguir la destitución del virrey antes de que fuera demasiado tarde. El santo no supo negarse y, provisto de la debida viaje logró evitar no pocos peligros y toda una red de trampas que le tendió el virrey; y aunque tuvo que detenerse en Génova algunos meses, a finales de mayo de 1619, pudo alcanzar al soberano en Lisboa, adonde se había dirigido el monarca para asistir a la coronación de su hijo Felipe IV como rey de Portugal. En repetidos encuentros le informó de todo; pero cayó enfermo a mediados de junio, cuando ya los asuntos tomaban un cariz favorable. No obstante la asistencia que le prestaron los médicos del rey, consumido por las fatigas y sufrimientos, murió el 22 de julio de 1619, a los sesenta años justos de edad, después de haber recibido, con conmovedora devoción y en presencia de numerosos personajes, los últimos sacramentos. Fue grande la condolencia del rey, de la corte y de cuantos lo habían conocido. Don Pedro de Toledo, que se encontraba entre el séquito del soberano, se apresuró en hacer embalsamar el cadáver y trasladarlo a Villafranca del Bierzo (León), capital de su marquesado, donde fue sepultado en la iglesia del monasterio de las franciscanas descalzas, fundado por su hija, sor María de la Trinidad. También los objetos de su uso personal fueron saqueados por la gran veneración que le profesaban, especialmente los pañuelos empapados en lágrimas durante la misa. En particular su corazón fue embalsamado y repartido entre quienes le habían profesado más afecto. Lo veneraban como santo. Santo y doctor de la Iglesia Muchísimos fueron los milagros y las gracias que se atribuyeron a Lorenzo durante su vida. Pero no menos numerosos fueron los atribuidos después de la muerte; y si aquéllos le habían valido el apelativo de «padre santo», éstos impulsaron al general de la Orden, Clemente de Noto, a introducir el proceso de canonización cuatro años después de su muerte. Desgraciadamente, cuando el proceso estaba ya ultimado, se publicaron los conocidos decretos de Urbano VIII que prohibían la introducción de las causas hasta que pasaran cincuenta años a partir del fallecimiento. También la causa de Lorenzo quedó congelada y, por diversas razones, no fue reemprendida hasta un siglo más tarde. Fue beatificado el 23 de mayo de 1783 por Pío VI. Sucesivamente otros impedimentos, y en particular las repetidas supresiones de entidades religiosas, retrasaron también mucho la canonización, que por fin tuvo lugar el 8 de diciembre de 1881 por obra de León XIII, gran admirador suyo. Pero los contemporáneos de Lorenzo no sólo admiraron su santidad sino también su ciencia sagrada. En los procesos de canonización, numerosísimos testigos elogiaron su profundidad y su riqueza. La destacaron los biógrafos y no faltaron artistas que plasmaron al santo en el momento de escribir sus voluminosas obras bajo la inspiración del cielo. Más tarde, quien, por deber de oficio, se acercaba a sus escritos, quedaba admirado y declaraba que Lorenzo era digno de ser contado entre los doctores de la Iglesia. No se trataba de una exageración, como lo demostOpera omnia,ación de su llevada a cabo entre 1928 y 1956; y como lo demostró sobre todo la proclamación del santo brindisino como Doctor de la Iglesia (19 de marzo de 1959). El documento pontificio, con el que Juan XXIII le confirió el título de Doctor Apostólico, define sus escritos como «verdaderos tesoros de sabiduría» y muestra la admiración de que un hombre, tan consagrado a la predicación y a otras tareas apostólicas, haya podido encontrar tiempo para escribir obras que abarcan toda la gama de la ciencia sagrada. Se trata de quince gruesos volúmenes. Y no encierran todo lo que brotó de su pluma. Algunos escritos han desaparecido sin dejar rastro; de otros quedan acá y allá algunos retazos. Las obras del santo pueden dividirse en cuatro clases: 1. Obras de predicación: son las más numerosas. Contienen sermones de cuaresma, de adviento, homilíSantoral con una nutrida serie de panegíricos para las fiestas y el común de varioMarial con una colección riquísima de sermones sSalv el Magnífic el Ave María yfestividades de la V.rgen 2. Obras escriturístiExplanatio in Genesi con la exposición de los once primeros capítulos deDe numeris amorosi que es un opúsculo sobre el significado místico y cabalístico del nombre hebreo de Dios. 3. Una obra de controversia relLutheranismi hypotypos compuesta entre 1607 y 1609. 4. Escritos de carácter personal y autobiográfico: De rebus Austriae et Bohem redactado por orden de los superiores, narra las peripecias que vivió en tierras alemanas entre 1599 y 1612. Y un grupo de cartas. Se ha hablado mucho sobre el valor de cada una de estas obras, y no es fácil formular una valoración exhaustiva. Lo cierto es que las obras principales son eMarial la Explanatio in Gene y lLutheranismi hypotypos.s Ya nos hemos referidoMarial al hablar de la devoción del santo a la Virgen, de la que es un elocuente documento. Pero es, a la vez, una verdadera mariología, rica, sólida, completa, escrita en estilo oratorio. En ella se encuentran afirmadas con claridad, e iluminadas magistralmente, incluso verdades que en tiempo de Lorenzo no estaban todavía definidas -como la Inmaculada, la Asunción, la mediación universal de María-. Bien puede decirse que el santo brindisino, con esta obra, merece figurar entre los más grandes mariólogos que hubo hasta su tiempo. La Explanatio in Gene nos revela en el santo al escriturista. La diligencia y meticulosidad con que indaga y determina el sentido literal de la Escritura, el conocimiento que demuestra de los Santos Padres y el dominio de las lenguas bíblicas manifiestan sus notables dotes de exegeta. Y la seriedad del método empleado puede servir de ejemplo aun después de casi cuatro siglos. La Lutheranismi hypotypos escrita contra Laiser, puede considerarse como su obra principal y más orgánica. San Lorenzo se manifiesta en ella como uno de los polemistas más destacados del período postridentino. Se trata de una completa refutación del luteranismo, considerado desde tres puntos de vista: el histórico, es decir, en la realidad viva o hipotiposis del fundador, Lutero; desde el punto de vista doctrinal: en los errores y tergiversación de la verdad cristiana por parte de la Iglesia luterana; desde el punto de vista práctico: en la realidad permanente de sus secuaces, de los que Laiser es prototipo. El aspecto más insólito y genial de la obra estriba en que compendia las ventajas ofrecidas por los polemistas anteriores, es decir, las ventajas de la controversia histórico-personal, y a la vez las de la controversia doctrinal; ofrece una visión sintética y universal de los errores luteranos y proporciona los argumentos esenciales para refutarlos; es un compendio de la apologética culta y de la divulgación popular. En cuanto a las obras destinadas a la predicación, aun dejando de lado otras consideraciones, no se puede menos que poner de relieve el uso magistral que el santo hace en ellas de la sagrada Escritura; profundiza tanto en el texto que la Escritura parece ser el alma, la vida, la sustancia misma de sus sermones. Leyéndolo, se siente uno frente a un hombre que piensa con la Biblia, discurre con la Biblia, se expresa con el lenguaje mismo de la Biblia, se emborracha de Biblia como una alondra se emborracha de cielo y de sol. Esto imprime a sus discursos un aliento extraordinario y un sabor profundamente sagrado; y al mismo tiempo corrobora todo cuanto los compañeros de Lorenzo afirman unánimemente en los procesos: que sabía de memoria la Biblia. Y no hay que olvidar otro aspecto especial. Ninguna de sus obLutheranismi hypotypos estaba destinada a la imprenta. Esto nos hace admirar todavía más el vigor y la profundidad de pensamiento que encontramos en sus páginas, la solidez teológica que lo distingue, la claridad y elegancia de su expresión. Después de todo lo que llevamos dicho sobre la vida y actividad de san Lorenzo de Brindis, encaja perfectamente el juicio sintético y expresivo que eficaz y amplia, armoniosa y oportunamente unida a una doctrina singular, refulgió como luz espléndida en medio de la Iglesia, iluminó admirablemente el tesoro de la fe, dispersó las tinieblas de los errores, aclaró las cosas oscuras, disipó las dudas, abrió los arcanos de la Escritura, así que con razón puede ser proclamado "Doctor Apostólico"». Nota bibliográf:ca Dado que la bibliografía sobre la vida y actividades del santo es muy abundante, consúltese la siguiente obra que nos pFelicea un elenco general: da MaretoBibliographia Laurentiana opera complectens an. 1611-1961 edita de sancto Laurentio a Brindisi docto Roma 1962.co, Arturo M. de Carmignano di Brenta, O.F.M.Cap.San Lorenzo de Brindis. «Doctor Apostó, en AA.VV«... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables c. Tomo I. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1993, págs. 133-161.
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