SAN BERNARDINO DE SIENA (1380-1444)
por Bernardino Llorca, s.j.
San Bernardino de Siena fue uno de aquellos predicadores de penitencia que en el siglo XV recorrieron gran parte de Italia y contribuyeron eficazmente a la reforma y mejoramiento de las costumbres. Su celo ardiente y apostólico y su oratoria popular y apasionada han quedado como ejemplos vivientes del celo y de la predicación evangélica y aun del estilo de aquellos predicadores del siglo XV, San Vicente Ferrer, San Juan de Capistrano y otros.
Nacido en 1380 en Massa, cerca de Siena, de la noble familia de los Albiceschi, recibió Bernardino en Siena una educación completa en las ciencias eclesiásticas. En 1402 vistió el hábito de San Francisco; en 1404 recibió la ordenación sacerdotal y un año después fue destinado a la predicación. Pero transcurren unos doce años, y ni su voz ni sus cualidades oratorias le ayudaban a desempeñar con éxito este importante ministerio. Mas como, por otra parte, se distinguía por sus eximias virtudes religiosas, aparece el año 1417 como guardián en el convento franciscano de Fiésole. Entonces, pues, de una manera inesperada, que tiene todos los visos de sobrenatural, se refiere que recibió la orden divina, transmitida por un novicio: «Hermano Bernardino, ve a predicar a Lombardía». El hecho es que, desde 1418, aparece San Bernardino en Milán y comienza aquella carrera de grandes misiones o predicaciones populares, cuya característica era un intenso amor a Jesucristo, que llegaba al interior de sus oyentes y arrancaba lágrimas de penitencia. Este amor a Jesucristo lo sintetizaba en el anagrama del nombre de Jesús, tal como, precisamente desde entonces, se ha ido popularizando cada vez más: I H S. Llevábalo a guisa de banderín y procuraba fuera grabado en todas las formas posibles, en estampas de propaganda, en grandes carteles y, sobre todo, en los testeros de las iglesias, casas consistoriales y domicilios particulares de las poblaciones donde misionaba. Aquello debía servirles de recuerdo perenne de las verdades predicadas y de las decisiones tomadas. De ello pueden verse, aun en nuestros días, multitud de ejemplos en los territorios donde él predicó. Efectivamente, en 1418 predica la Cuaresma en la iglesia principal de Milán, donde el último de los Visconti daba el triste ejemplo de una vida entregada a todos los vicios. Bernardino se revela un orador popular de cualidades extraordinarias. El pueblo se siente transformado por el fuego de su predicación. Vuelve al año siguiente y se repiten los mismos resultados de grandes conversiones y reforma de costumbres. De 1419 a 1423 recorre las poblaciones de Bérgamo, Como, Plasencia, Brescia. Unas veces predica en la misa, otras durante el día; unas veces organiza una misión, otras es un sermón de circunstancias; pero el resultado es siempre la transformación de las costumbres y reforma de vida. En 1423 desarrolla su actividad reformadora en Mantua, y por vez primera aparece allí su fuerza taumatúrgica. Según los relatos contemporáneos, al negarse el barquero a conducirle al otro lado del lago, lo atraviesa sobre su manteo, y a nadie sorprende tan estupendo milagro, pues todos son testigos de su ascetismo extraordinario y del abrasado amor de Dios que respira en su predicación. Pero el fruto de su apostolado no se limita a la transformación de costumbres y reforma de vastos territorios. En Venecia, donde predica en 1422, obtiene la fundación de una cartuja y de un hospital para infecciosos. Predica de nuevo en Verona en 1423, y de nuevo nos relatan los cronistas del tiempo un milagro estupendo obrado por él, cuando hace retornar a la vida a un hombre muerto en un accidente. La fama de su santidad y de la fuerza arrebatadora de su predicación toma proporciones nunca oídas. A partir del año 1424 llega a su apogeo. Ya no bastan las mayores iglesias para contener las grandes masas, ansiosas de escuchar la palabra ardiente de un santo. En Vicenza habla en la plaza pública a una multitud de veinte mil personas. En Venecia desarrolla en 1424 una actividad extraordinaria y acude la población entera a las plazas públicas para escucharle. Los grandes carteles, en que ostenta el anagrama de Jesús, producen un efecto admirable. De allí pasa a Ferrara, donde consigue tocar el corazón de sus habitantes, que renuncian en masa al lujo y a las diversiones pecaminosas. Parece imposible que su naturaleza débil y enfermiza pueda resistir un trabajo tan agotador, sobre todo si se tiene presente que lo acompaña con una vida extremadamente austera. Su aspecto exterior, tal como nos lo transmitieron los más afamados pintores del cuatrocientos, es el prototipo del ascetismo más exagerado, que contribuye eficazmente a la eficacia de su obra apostólica. Predica la Cuaresma en Bolonia, que se hallaba en rebelión contra el romano pontífice Martín V (1417-1431). Introduce un nuevo juego, haciendo pintar el nombre de Jesús en las cartas que se emplean. El pueblo y el mercader que se compromete en esta empresa la miran con recelo; pero, al fin, terminan todos por entusiasmarse con el invento, que trae consigo una transformación completa de la ciudad. Siguiendo la llamada de los florentinos, predica en Florencia durante el verano de 1424, y esta ciudad, prototipo de la elegancia y del lujo más exagerados, termina la misión organizando grandes hogueras, a las que las damas de la más elegante sociedad arrojan los objetos más preciados de sus vanidades. Más aún. Como recuerdo de tan importantes acontecimientos se hace pintar el anagrama de Jesús y se coloca en la fachada de la iglesia de la Santa Cruz. En medio de esta carrera de predicación en grande estilo de San Bernardino no podía faltar su turno a su ciudad natal, Siena. En efecto, después de predicar la Cuaresma en Prato, en 1425, llega a Siena a fines de abril, y allí derrocha tesoros de su más ardiente palabra apostólica durante cincuenta días. Entre sus oyentes se encuentra el gran humanista Eneas Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II (1458-1464). La ciudad en peso decide esculpir el anagrama de Jesús en el testerPalazzo public. En Asís, en Perusa, en otras poblaciones renueva todas las maravillas de su predicación. En 1427 se hallaba en Viterbo, donde predica la Cuaresma y ataca duramente la usura, una de las plagas del tiempo. Esta campaña de 1418-1427, extraordinariamente fecunda en frutos de conversiones, renovación de costumbres y reforma fundamental de vida, constituye la primera etapa de la gran obra reformadora realizada por San Bernardino de Siena. Ahora bien, para conocer las características de la predicación de este gran orador cristiano debemos poner a la cabeza de todas su eminente santidad y austeridad de vida, que fascinaba a las multitudes y arrastraba con la fuerza irresistible del ejemplo. Mas, por lo que se refiere a la estructura literaria de sus sermones, no podemos tomar como ejemplos los esquemas latinos que se nos han conservado y podemos leer en sus obras, por ejemplo, en la edición crítica de las mismas, que se ha publicado en nuestros días. Porque su palabra viva y ardiente era completamente diversa de estos esbozos eruditos, a manera de tratados teológicos. De la verdadera elocuencia de su lenguaje popular y vivo nos dan una idea aproSermones vulgare, que uno de sus oyentes copió en su predicación de Siena en 1427 y han sido recientemente publicados. Aquí es todo vida, naturalidad, comunicación íntima con el auditorio. El orador, sin perder de vista el objeto primordial de su discurso, sigue la inspiración del momento, repite las cosas más difíciles, mezcla su discurso con frecuentes diálogos con el auditorio, prorrumpe en ardientes exclamaciones y apóstrofes, lo empapa todo con un espíritu sobrenatural y divino, que lleva la convicción.a las almas y arranca de sus oyentes lágrimas de compunción y propósitos de reforma. Es admirable la maestría de esta oratoria, eminentemente popular y profundamente teológica y cristiana. Conserva siempre la dignidad de la cátedra apostólica; adáptase, en cuanto le es posible, a los oyentes que le escuchan y a las circunstancias del tiempo; fustiga las divisiones de partidos y los vicios más típicos de la época, sobre todo la usura, la sensualidad, el despilfarro, la vanidad, el espíritu pendenciero; pero siempre en una forma tan digna y elevada que aparecen su espíritu verdaderamente apostólico y las entrañas de misericordia de Dios, siempre dispuesto a acoger en sus brazos a los que de veras se arrepienten de sus vicios y pecados. En particular se observa que, a diferencia de Jerónimo Savonarola, se mantiene siempre alejado de los partidos y de toda significación política, y nunca se expresa de un modo desconsiderado contra ninguna clase de autoridades, eclesiásticas y aun civiles. Esto no obstante, el año 1427, cuando predicaba la Cuaresma en Viterbo, fue citado y tuvo que presentarse en Roma ante el Papa Martín V. Habíase elevado una acusación contra él por la novedad que ofrecía su predicación sobre el nombre de Jesús y la propaganda que hacía de las estampas, tabletas e inscripciones de su anagrama. Al llegar a Roma se le prohibió subir al púlpito y fue obligado a mantenerse recluido hasta que se examinara y decidiera su causa. El Santo, lleno de la más humilde resignación y con la confianza puesta en Dios, obedeció sin ninguna especie de resistencia. Pero entonces mismo llegó su inseparable amigo y discípulo predilecto, San Juan de Capistrano, quien supo exponer su causa en tal forma que el Papa se convenció de que la devoción del anagrama de Jesús no ofrecía ninguna dificultad teológica y, por el contrario, podía ser un resorte eficaz para fomentar la devoción del pueblo. La respuesta a los acusadores se dio públicamente, permitiendo el Papa que San Bernardino predicara en Roma durante ochenta días, en los que dirigió al pueblo romano ciento catorce sermones. Puesta así de relieve la santidad, y habiendo aumentado extraordinariamente la popularidad y reputación de su compaisano, los sienenses suplicaron al Papa que nombrara obispo de Siena a San Bernardino. El Papa accedió a tan justificados ruegos, pero el Santo se resistió. En cambio, entonces precisamente dio él comienzo a la segunda etapa de su vida apostólica. Desde agosto del mismo año 1427 desarrolla una intensa campaña en Siena, desgarrada entonces por las más encarnizadas divisiones. Los cuarenta y cinco sermones que entonces predicó, tomados literalmente por un copista y publicados en nuestros días, son la más clara prueba de la elocuencia popular, fuerza persuasiva y unción religiosa y aun mística de su predicación. Luego siguió un amplio recorrido por la Toscana, Lombardía, Romaña, Marca de Ancona. La madurez de su criterio y experiencia, la eximia santidad de su vida y la aureola de reputación que lo acompañaba, todas estas circunstancias juntas producían un efecto sin precedentes. Nada se resiste a su arrolladora elocuencia. Así, con su palabra de fuego, consigue fácilmente detener a los sienenses en su ya iniciada guerra contra Florencia. Precisamente en esta ocasión el emperador Segismundo se encuentra en Siena y traba con él la más íntima amistad, y en abril de 1433 le lleva consigo a Roma. Desde 1433 se inicia la última etapa de la vida de San Bernardino. Retirado al convento de Capriola, se dedica tres años al trabajo de redacción de sus obras. En 1436 dedícase de nuevo dos años a la predicación. En 1438 es nombrado vicario general de los conventos de la observancia, y en inteligencia con Eugenio IV (1431-1447), que tan decididamente la favorecía, trabaja desde entonces en fomentarla por todas partes. Es significativa, en este sentido, la carta dirigida el 31 de julio de 1440 a todos sus súbditos. Con la anuencia de Eugenio IV toma como ayudante en esta obra de reforma regular a San Juan de Capistrano, su más insigne discípulo, émulo de su elocuencia popular y de la eximia santidad de su vida. En esta forma visita las provincias de Génova, Milán y Bolonia. Es un nuevo campo, donde realiza una labor sumamente provechosa. Finalmente, en 1442, admite el Papa su renuncia a este cargo. Parece que podía entonces dedicarse al descanso. Pero su espíritu apostólico no se lo permite. Agotado por las fatigas de tantos años de predicación y por una vida de continuas austeridades y la observancia más estricta de la disciplina religiosa, siente reanimarse su espíritu entregándose de nuevo a la predicación. Así lo vemos en Milán, en el otoño de 1442, donde combate la herejía de un tal Amadeo; predica en Padua en 1443 una serie de sesenta sermones, que, copiados literalmente por uno de sus oyentes, constituyen una de las mejores joyas de la elocuencia sagrada; tiene que negarse a predicar en Ferrara, y aparece luego en Vicenza. A principios de 1444 tiene un breve descanso en su querido convento de Capriola, donde acaba de revisar algunas de sus obras, Discursos sobre las Bienaventu. Al exponer el Bienaventurados los que l da suelta a su tierno corazón por la honda pena que acaba de experimentar por la muerte del hermano Vicente, compañero suyo inseparable durante veintidós años. «Débil de cuerpo -exclama-, con frecuencia yo he estado enfermo. Entonces él me sostenía, él me conducía. Si mi cuerpo se sentía débil, él me alentaba. Si me sentía decaído o negligente en el servicio de Dios, él me excitaba. Yo era imprevisor, olvidadizo; pero él velaba por mí. ¿Cómo me has sido arrebatado, oh Vicente? ¿Cómo me has sido arrancado, tú que eras como una misma cosa conmigo, tú que eras tan conforme a mi corazón?» Tal es San Bernardino al final de su vida: el gran predicador popular, que ha transformado con su palabra y ejemplo comarcas enteras de Italia; el gran propagador de la devoción del nombre de Jesús, a la que dedicó escritos maravillosos; el gran entusiasta de la devoción a María; el gran reformador y defensor de la observancia; el enamorado de Cristo al estilo de su padre, San Francisco de Asís. Es un sol que se halla en su ocaso. Todavía quiere predicar a Cristo. Sacando fuerzas de flaqueza, se decide a ir a predicar a Nápoles. En el camino predica en varios lugares; obra varios milagros; se detiene en Asís, en Santa María de los Angeles; pero, llegado a Áquila, rendido al cansancio, muere el 20 de mayo, víspera de la Ascensión. Seis años después, el 24 de mayo de 1450, el papa Nicolás V (1447-1555), cediendo a los clamores del pueblo cristiano, le eleva al honor de los altares. San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del espíritu franciscano de todos los tiempos. Bernardino Llorca, S. ISan Bernardino de Se, enAño Cristian, Tomo II, Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 436-443.
SAN BERNARDINO DE SIENA (1380-1444)
FRANCISCANO PERFECTO
por Agustín Gemelli, o.f.m.
San Bernardino nació en Massa, cerca de Siena (Italia), en 1380, de familia noble. Cuando había recibido ya una formación completa en las ciencias eclesiásticas, vistió el hábito de San Francisco en 1402. Apenas recibida la ordenación sacerdotal en 1404, fue destinado a la predicación, pero no destacó en ella hasta 1418. A partir de entonces fue uno de los mayores predicadores populares del siglo XV, culto a la vez que cercano al pueblo. Fue el gran difusor del anagrama del nombre de Jesús y de la devoción a tan divino nombre. Contribuyó eficazmente a la reforma de las costumbres, y también de su Orden. Murió en Áquila el 20 de.mayo de 1444 Advertimos al lector que, del amplio aparato de notas que lleva el libro, aquí suprimimos muchas de ellas, así como las numerosas referencias bibliográficas. La frágil figura de San Bernardino domina la primera mitad del Cuatrocientos italiano. La palabra de este frailecito, casi incorpóreo, mueve a las masas, atrae y preocupa a los gobernantes, doblega la soberbia humanista como se ve en la invitación respetuosa a predicar una Cuaresma en la catedral: «Vos ergo quantum valemus instantissime requirimus, hortamur atque etiam rogamus ut pro consolatione populi nostri, proque utilitate animarum dignemini proxima quadragesima in cathedrali ecclesia hujus nostrae civitatis praedicationes vestras audire cupientibus in vera caritate sinceritateque exhibere» (1). ¿Por qué tanto entusiasmo? ¿Vuelve, acaso, San Francisco por los caminos de Italia en el siglo XV? No es San Francisco, pero es alguien que se le asemeja por un parentesco espiritual más estrecho que el de la sangre. En las familias religiosas se observa lo que naturalmente sucede en las familias humanas: los caracteres del padre se trasmiten a los hijos y también a los hijos de los hijos hasta lejanas generaciones; y los caracteres de los padres se transmiten gracias a un proceso cuya acción es más poderosa que aquella a la que se confía la transmisión de las llamadas diferencias de carácter. En efecto, varía la fisonomía espiritual de cada uno de los pertenecientes a las órdenes religiosas, varía también su actividad, pero un sello común, bien definido, permanece porque la espiritualidad del fundador se imprime de tal modo en sus hijos espirituales que éstos se le asemejan más o menos, y esto tanto más fuertemente cuanto más original fue la personalidad del fundador y cuanto más fiel fue en sus hijos la tradición de sus enseñanzas. San Francisco, originalísimo entre los santos, imprimió su sello en su descendencia espiritual. Puesto que el Franciscanismo tiene como norma de vida, entre otras, esta característica: no se impone como una regla rígida que no padece excepciones o derogaciones, sino que deja intacta la personalidad del que la profesa; aun habiendo ejercido San Francisco una gran influencia sobre sus hijos, la señal, por ser originalísima, no gravita pesadamente sobre éstos, mejor aún, no los obliga a una forma de vida impuesta con monótona uniformidad, no los marca en serie, sino que favorece en cada uno el desarrollo de su propia personalidad y deja, al mismo tiempo, en todos un aire de familia. Por este altísimo respeto por la personalidad, que es característico en San Francisco, todos los franciscanos tienen algo de original; el ideal los une, la libertad interior los distingue poniendo en evidencia las cualidades y los defectos de cada uno, aun del más oscuro. Cuando un hombre encuentra a San Francisco y es fascinado por él, un vigor nuevo entra en su vida, que es fortalecida y puesta al servicio de Cristo. Recuérdese el primer encuentro con San Francisco de Bernardo de Quintaval, de Pedro Cattani, de Gil de Asís, de Ángel Tancredi, de Pacífico, el "rey de los versos". Eran hombres como tantos otros, iguales a los que se encuentran en la vida cotidiana, inconscientes de sus propias energías; hablaron con el Heraldo del gran Rey y se hicieron caballeros de la tabla redonda. Algo parecido se repite en todo franciscano. La vocación, en un principio, lo envuelve irresistiblemente, después templa sus cualidades purificándolas, sobrenaturalizándolas, para decirlo con una característica expresión buenaventuriana, sursumagend. Esta es también la historia de Bernardino de los Albizzeschi. Precisamente en el momento en que a todo joven se le presenta el problema de la vocación, él sintió el llamado de San Francisco. Bernardino era noble, culto, delicado. La vida, sin embargo, lo había tratado duramente, abandonándolo, huérfano a los cinco años, a la educación de tíos y tías. «Yo en la niñez hacía pequeñas ballestas, morteros y otras cosas de poco valor y me parecía una gran cosa», recuerda en una prédica (2); pero esos juegos, si bien belicosos, eran inocentes; también su adolescencia, vigilada por piadosas mujeres, se mantuvo casta, tanto como para ser digna de sentir el encanto de la belleza de María Virgen y como para querer amarla y servirla para siempre. Y casta fue también su juventud, tanto como para no comprender las insistencias insidiosas de la sensualidad en las almas convertidas, pero cicatrizadas del pecado. «Cuando en mi juventud -dice- leí epístolas de San Jerónimo y sobre todo una dirigida a Eustaquio, en la que él mismo cuenta acerca de la soledad del desierto, sometido a tanta penitencia, porque tenía tantas tentaciones que le parecía estar entre montones de las mujeres de Roma, a mí, poco práctico, sin entender, me parecía fantasía que un hombre tan santo tuviera tentaciones de carne...». Su pureza se fortaleció en la triple prueba del dolor, de la caridad y del estudio. Enfermero voluntario de los apestados en el hospital de Santa María della Scala, más tarde enfermero de la vieja tía Bartolomea y al mismo tiempo estudiante de derecho canónico en el Estudio de Siena, San Bernardino conoció de cerca las miserias y las lisonjas de la vida. ¿Cuándo y cómo encontró a San Francisco? Faltan, que yo sepa, documentos seguros para recoger el primer germen de la vocación franciscana en San Bernardino; en verdad no se manifestó muy pronto, ya que él mismo en la prédica confesaba haberse reído cuando joven si alguien le predecía o le aconsejaba la vida religiosa. «Sucedióme en el siglo, decíanme que me hiciera fraile y yo me burlaba de él y de los frailes, pero decía que si Dios me llamase iría, de otra manera, no». Por una prédica hecha en Siena en 1427 conocemos el episodio ya famoso del bocado de cerraja que sirvió para quitarle la tentación («que en verdad reconozco que ésa era tentación», dice) de la vida eremítica, pero esa llamada tentación significa el llamado a las cumbres excelsas, la nostalgia de lo sublime en la jovencísTrattato delle ispir y las agudas observaciones diseminadas en sus prédicas acerca de la perplejidad que invade al alma frente a las resoluciones más imperiosas, traducen una experiencia personal del argumento. Parece ser que un sueño lo decidió: el sueño de un palacio envuelto en llamas, a excepción de una ventana a la que se asomaba un fraile invocando en alta voz por tres veces: ¡Francisco! Esa ventana permanecía libre del incendio mientras el edificio entero vacilaba. A este sueño se refiere el mismo Bernardino en su primera prédica sienesa de 1427 sobre San Francisco, pero confusamente y cortando bruscamente el relato como quien teme revelar algo muy íntimo: «También me acuerdo de alguien que antes de que abandonase el mundo vio un palacio con cinco ventanas hechas en su nombre; más aún, fue vista una montaña que ardía». Pero si ignoramos "la primera raíz" de su vocación franciscana, sabemos con certeza qué profundidad tomó después y cómo se desarrolló sin ninguna interrupción: «Cuatro gracias máximas me hizo Dios. La primera, haberme creado; la segunda, haberme redimido; la tercera, haberme conservado; la cuarta, haberme elevado y atraído a la religión. Y me siento muy dichoso y todavía no he tenido un pequeño pensamiento en contra, para gloria de Dios». Desde el día de su vestición en Siena (8 de septiembre de 1402) hasta el de su muerte en Áquila (20 de mayo de 1444), San Bernardino no perdió jamás de vista al fundador de su Orden; lo imitó en la vida, lo siguió en la predicación y en la acción. Novicio endevotissimum etolombaio, " asperrimu", afrontó alegremente, como San Francisco, la humillación de mendigar en la misma ciudad que lo había visto rico hidalgo, recibió sonriendo las pedradas arrojadas por ciertos jovenzuelos contra sus aristocráticos tobillos, soportó sin turbarse la serie de injurias de un pariente indignado e irritado por su vocación, amó la penitencia al punto de llevar, no metafóricamente, la cruz sobre las espaldas desde el Colombaio a Seggiano. Dos años después trabajó, como San Francisco, como peón de albañil para transformar la ermita de la Capriola en convento franciscano. Aristócrata por nacimiento, por educación y por cultura, se hizo como San Francisco corazón y lenguaje del pueblo para evangelizarlo. Imitó también al fundador soportando con gallardo valor las enfermedades que siempre afligieron a su organismo delicado y le anticiparon la vejez, pero que jamás le impidieron hacer todo lo que quería para gloria de Dios, y de hacerlo alegremente, en las barbas de las exigencias del hermano cuerpo. En el Colombaio, con la severa formación interior de los espirituales, Bernardino recibió la tradición cara a todos los franciscanos que veían en San Francisco «el otro ángel que subía del oriente llevando el sello alterum angelum ascendentem ab ortu solis habentem signum ).i vivi Sobre estas palabras del Apocalipsis (7,2) traza el esquema de dos sermones latinos y de dos prédicas vulgares explicando, como ya lo hiciera Ubertino de Casale, su autor preferido aunque jamás citado, que el primer ángel supuestalterums es Santo Domingo; el segundo, marcado con sello divino, es San Francisco. «Creo que a él le fue mostrado en esta figura a Santo Domingo y a San Francisco... Aquel lo fue primero, y que fuera primero Santo Domingo se ve, porque dice que el otro tenía la señal del Dios vivo, que era Francisco, que se conformó tanto a Dios que quiso llevar su sello por amor suyo». San Bernardino veía en su gran Padre al perfecto imitador de Cristo, al privilegiado por los estigmas; sobre estos dos puntos esenciales centralizaba los sermones y las prédicas que tenían como tema a San Francisco. Además, el recuerdo del Santo de Asís aparecía a menudo en sus palabras, sea con un llamado fugaz, sea con una cita, sea con un ejemplo referido entusiastamente como el de la "pequeña col" plantada por obediencia con la raíz para arriba y la punta para abajo, sea con una "florecilla" hábilmente adaptada al tema de la prédica o a la psicología de los oyentes (3), sea con referencias a cosas o criaturas predilectas del Santo, como en la prédica florentina del 14 de marzo de 1425. «La alondra era tanto la enamorada de San Francisco que estaba vestida de su color y con el penacho como su capucha; y tiene esta condición: que siempre canta en el aire y no de otro modo, y se eleva alta cuando puede volar, siempre cantando y no descansa sino cuando tiene necesidad de comer, es decir, de alimento corporal; es necesario que vuelva aquí abajo y entonces no canta». Cuando en la vida franciscana se afirmó, casi segunda vocación, su genialidad de predicador, su maestro fue también San Francisco. Así dice en una prédica: «Hemos tomado la vida apostólica bajo el seráfico Francisco que en su Regla nos ordena, entre otras cosas: "Predicad a los pueblos acerca de los vicios, de las virtudes, de lo más elevado y de la gracia", y yo he prometido observarla». Y la observó fielmente. Este precepto guió a San Bernardino en la observación de las costumbres contemporáneas; una y otra vez vigiló e incitó su fantasía a reconstruir tipos y pequeñas escenas, apólogos y fábulas, ejemplos antiguos y nuevos. La cultura de San Bernardino fue la que San Francisco habría bendecido y animado: no abstracta, libresca, fuera de la vida, sino adquirida en la vida, sumergida en la vida, y al servicio de la vida. Sus fuentes doctrinales son poca cosa comparadas con la riqueza de su observación y de su experiencia. Si la oratoria de San Francisco era tan nueva y tan valiente como para tomar como principio de prédica una balada de amor, San Bernardino, aunque en homenaje a la tradición comience siempre con un versículo bíblico, se inspira en cosas vistas y sentidas. La eficacia de su palabra consiste, en parte, en este sentido de concreción que el Franciscanismo lleva es éste: tengo cinco letras, de las cuales tiene Cristo dos en las manos, dos en los pies y una sobre el costado, y éstas son: A.M.O.R.E.» Amor. El amor seráfico fue el íntimo impulso de su predicación así como de su vida; de ella excluyó toda ambición literaria para tender sólo a la conquista de las almas. Franciscanamente San Bernardino trataba de ser sencillo y claro para llegar al corazón y a la mente de sus oyentes; sonreía indulgentemente ante esos predicadores tan sublimes que no se dejan comprender por el pueblo: «Fue un fraile de nuestra Orden, valerosísimo en la predicación, y se expresaba en forma tan sutil, tan sutil, que era una maravilla, más sutil que el hilado de vuestras hijas. Y este fraile tenía un hermano junto a él, tan torpe, de esos torpes que son una confusión... Sucedió que una vez, habiendo oído la predicación de éste su hermano, un día se introdujo en el círculo de los otros frailes y dijo: "Oh, ¿no habéis estado nunca en la prédica de mi hermano que dijo cosa tan noble?" Estos le dijeron: "Oh, ¿qué dijo?" "Oh, él dijo la cosa más noble que jamás habéis oído". Pero no sabía repetir otra cosa el pobre hermano torpe, torpe. Finalmente declaró: "Él habló tan elevado que no entendí nada"». Y San Bernardino comenta: «Es preciso predicar la doctrina de Cristo en modo que todos la comprendan. Es necesario que tu decir sea entendido. ¿Sabes cómo? Decirlo claramente a fin de que quien oye se vaya contento e iluminado y no encandilado». Hablar "a las claras", es decir, sencillamente, con la elocuencia del corazón, en unión a la realidad, haciéndose pequeño con los pequeños y, si es necesario, docto con los doctos, pero siempre llanamente; este es el método franciscanísimo de San Bernardino de Siena que, como su fundador y maestro, fue con toda el alma al encuentro del pueblo. Imitaba también al fundador en el extremado respeto por el clero. «San Francisco solía decir que si encontrara en un canino a un ángel y a un sacerdote, mayor reverencia tributaría al sacerdote que al ángel». En el primer tercio del siglo XV, cuando los ánimos estaban todavía desorientados por «esa batahola de tres Papas que imprudentemente se excomulgaban por turno... y la disciplina eclesiástica se mantenía apenas», San Bernardino hacía conocer al pueblo el deber de respetar al clero con todos sus defectos antes que provocar escándalos y divisiones en la Iglesia, hacía conocer la necesidad de alabar a los buenos sacerdotes y de soportar a los indignos antes de porque donde falta el sacerdocio, faltan los sac. «Si se suprimieran todos los malos, pocos buenos quedarían; es menos malo tenerlos no buenos que no tener ninguno» (G. Minozzi). Por eso, en las prédicas evitaba cualquier observación sobre las costumbres del clero, aunque las dolorosas condiciones de la Iglesia después del cisma de Occidente se prestaran ya para esos reproches contra la corrupción eclesiástica que más tarde hicieron célebre a Savonarola. «No se debe corregir a los prelados desde el púlpito - predicaba San Bernardino-, no por temor, sino por menor escándalo, a ti el decírselo». Consolidaba el principio con la autoridad de su maestro San Francisco: «No corregir jamás a nadie que tenga tonsura (en la cabeza) sino de tú a él». "De tú a él"; en efecto, en las prédicas a los religiosos y religiosas no tenía pelos en la lengua, desenmascaraba los defectos ocultos con esa franqueza de lenguaje que caracterizó su apostolado, pero en público jamás. Dice en un sermón: «Igualmente prediqué al pueblo en Verona y en Padua, siempre con reverencia a la dignidad sacerdotal; terminada la cuaresma y completadas las prédicas hice una prédica sólo a los prelados y a los clérigos de la tierra, que no asistió ningún secular, y aquí los encontrarás como merecidamente se debía, en forma que esa prédica tuvo más frutos que si en veinte cuaresmas hubiese siempre hablado mal de ellos». Franciscana era también su ilimitada devoción al Pontífice en cuanto representante de Cristo, prescindiendo del hombre. Decía: «Antes adoraré en este mundo a un Papa verdadero que a San Pedro Apóstol si bajara del Paraíso, porque el Papa, por malo que sea, es Vicario de Dios. Un rector que sea ladrón ¿no puede ahorcar a otro ladrón? ¡Ciertamente! Sólo por el ministerio que lleva y por la autoridad que tiene». La reverencia a las supremas llaves no le impide, sin embargo, defender abiertamente la devoción al Nombre de Jesús cuando Roma, escuchando las acusaciones de sus adversarios, lo llamó a juicio.
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Franciscanísimo era su amor a la pobreza, que lo separó aún joven, del mundo; religioso, de toda concesión a la vida cómoda; provecto y célebre, de la ambición de altos cargos eclesiásticos. Sin embargo, mientras San Francisco cantó poéticamente la pobreza con la imagen caballeresca de la dama ideal, San Bernardino la celebró verídicamente, reconociendo con humorismo exquisito los valores y las ventajas de "no poseer nada". En una prédica en Siena en 1425, decía: «La religión de los frailes menores, sí, es ésta de ir descalzos... Ciertamente es un entretenimiento: en invierno adquieres méritos y en verano estás fresco. Y también mereces por vestirte, porque debes vestir esas ropas que te son necesarias según tu naturaleza y según el lugar donde estés; si estás en países fríos debes vestir más ropas, si eres viejo, también es motivo; sí, que haya también discreción. Y así siempre mereces. Te conviene no tener dinero. Y esto es un placer, porque el que no tiene dinero no tiene ninguna preocupación. Yo no me preocupé más después que me hice fraile. Y no hay aquí ninguno de vosotros, seculares, que aunque sea un día no haya sentido afán de reunir ropas y dinero. Te conviene dormir vestido, porque es un alivio. ¿Quieres verlo? Si es invierno, cuando te desvistes sales de las ropas calientes y entras en las heladas. Me siento todo molido cuando duermo en un lecho (porque a veces me conviene complacer a quien hospeda) porque me parece morir de ansiedad. Si es verano, me muero entre las plumas, y si duermo sobre la paja, es un placer el fresco que ella da, y en invierno, es caliente la paja. Deben los frailes ir mendigando, y éste es el bocado deseado porque tienes toda clase de pan. Si lo quieres fresco, lo tienes, si lo quieres cocido, poco o mucho, lo tienes. Si quieres vino de todo género, tienes el agrio, el noble y a veces el vino. Y porque de todo lo que desees tienes y no debes realizar otro trabajo más que ir por ello». San Francisco habría suscrito Tau este elogio de la pobreza que, en estilo burlesco, encierra tanta vena de poesía como para recordar lo que él mismo, Francisco, dijo a fray Maseo para hacerle comprender la belleza de la mesa preparada sobre la piedra ancha y blanca, con pocos mendrugos mendigados por amor de Dios (Florecillas 13). Toda la libertad, la nobleza, la alegría de la pobreza franciscana se compendian en esta fresquísima página del gran sienés que, cuanto más esconde en la burla su ideal vivido, tanto más hace sentir su heroísmo.. Para defender a la dama del fundador, de la que también él estaba enamorado, San Bernardino tomó una actitud decisiva en la situación histórica de la Orden en su época. También en este campo, y no solamente en ése más notable del apostolado en las masas, su figura se delinea con una luz providencial. San Bernardino aparece a fines de este siglo XIV que fue espasmódico para los franciscanos, quienes conocieron todos los dolores y todas las humillaciones, desde las divisiones internas a las infiltraciones herejes; desde la negación de la pobreza apostólica por decreto de Juan XXII a la alteración de la propia Regla por voluntad de los prelados y debilidad de los Ministros generales. Plasmado por el Beato Juan de Stroncone, amigo y discípulo del Beato Paoluccio Trinci (iniciador de ese movimiento que humildemente, llanamente quería volver a la observancia integral del pensamiento de San Francisco), San Bernardino fue "observante" en toda la perfección de la palabra, y, apoyado por Eugenio IV (4), sostuvo y difundió la observancia con todas sus fuerzas, pero, al mismo tiempo, con espíritu de humildad, de paternidad, de disciplina, de que carecían muchos espirituales, y con una amplitud de miras que sus mismos maestros no poseían. San Bernardino salió de uno de esos noviciados rigurosos en los que al novicio «le era dado un maestro que obstaculizaba todas sus inclinaciones y le ordenaba por obediencia lo contrario». Tal vez la humildad lo hubiera recluido en un pequeño convento de la montaña o limitado a corto radio de acción, si una fuerza superior, venciendo también cierta debilidad física, no lo hubiera llamado imperiosamente a la predicación, en la campaña al principio y después en los púlpitos de las grandes y lejanas ciudades. La voz del novicio que gritaba en la noche fiesolana: «¡Bernardino, Bernardino, no tengas ocultos los talentos que el Señor te ha dado, ve a predicar a Lombardía!», aunque legendaria, no está desprovista de significado. la pobreza (por los libros), al oficio divino y a la devoción (por el estudio), San Bernardino, después de larga vigilia de silencio, de oración, de estudio, se dedicó a la predicación con una exclusividad que a ciertos espíritus formalistas pareció excesiva. Pero su propósito estaba bien meditado y fundado en motivos sobrenaturales. «Cada vez que se te presenten estas tres cosas: bien, mejor y óptimo, si las puedes alcanzar, siempre prefiere lo óptimo. En cuanto a mí, esta regla me agradó hace ya muchos años; tengo esta tarea de predicar desde hace tiempo y he encontrado el mejor trabajo que jamás realizara y he querido abandonar toda otra operación. No confieso hombre ni mujer y no me ocupo sino de sembrar la palabra de Dios, y la tengo por óptima regla, porque considero que deseando hacer muchas cosas, no haría bien ninguna». Los viajes, el contacto con poblaciones diversas y pertenecientes a distintas condiciones sociales, le hicieron ver los nuevos aspectos de su era y las correspondientes exigencias del apostolado. De esta inteligente comprensión de la realidad procedió el tono particular que supo imprimir a la Observancia, alejándola del ideal eremítico al que en un principio tendía, lanzándola a la predicación evangélica por los caminos del mundo, según las directivas de San Francisco, y conciliando, como jamás lo habían hecho ni deseado los espirituales, los grandes conventos adaptados a una comunidad numerosa y la pobreza, el necesario cuidado del cuerpo y la penitencia, el estudio y la humildad, el apostolado social y la oración. Franciscano de la era humanista, comprendió la necesidad imprescindible del estudio para los fines del apostolado, pero siguió fielmente las directivas de San Francisco cuando prohibió los libros «a ciertos hombres hechos y maduros y torpes de intelecto... antes aptos para empeorar que para aprender», y, por otro lado, siguió la sabia interpretación de San Buenaventura cuando animó «a los jóvenes aptos e idóneos a aprender para hacer honor a la Iglesia de Dios y a la Orden». Merece ser totalmente reproducido el pasaje de la prédica que enuncia con términos simples y vigorosos su criterio defensor acerca de la elección de los sujetos a dirigir a los estudios: «Un trabajador, hombre torpe, que no sea apto ni por el ingenio ni por la edad para aprender ciencia y, sin embargo, quieras enseñársela, y él tenga voluntad de aprender, se romperá la cabeza y no hará nada, porque la ciencia requiere la aptitud del ingenio y también la naturaleza ágil y sensible a la enseñanza. Nuestro padre San Francisco previó esto muy bien, porque viendo llegar a la Orden a ciertos hombres hechos y maduros y torpes de intelecto, ordenó en su Regla que quien no supiese letra no buscase de aprender porque veía que eran antes aptos para empeorar que para aprender. Nuestro hermano Maese Buenaventura, cardenal y gran doctor, escribiendo una carta a un amigo suyo, de quien no desea decir el nombre, respondióle por qué le había reprochado que los frailes de San Francisco no debían estudiar, es decir, aprender letras, dícele así: "que así lo consideró San Francisco para aquellos hombres que no eran aptos para aprender, pero que los jóvenes aptos e idóneos no estaban comprendidos, sino que para aquellos que son aptos para aprender y hacer honor a la iglesia de Dios y a la Orden era voluntad de Dios y podíase hacer"». En sus cuatro años de Vicariato general de la Observancia aumentó de veinte a doscientos (un antiguo biógrafo dice aun trescientos) los conventos de la Observancia, promovió los estudios de teología y de derecho canónico, quitó la confesión a los frailes ignorantes, quienes no se lo perdonaron. Se esforzó, en cuanto de él dependía, en mantener la unidad de la Orden mediante la institución de los Vicarios de la Observancia, sometidos al único General; pero, a la muerte de éste en ejercicio, Guillermo de Casale, y a la tempestuosa elección del sucesor, comprendió cuán difícil era establecer, como su espíritu bien equilibrado soñaba, la distinción en la unidad. Si también San Bernardino tuvo su Alvernia (al que, por otra parte, ningún franciscano puede escapar), esto fue precisamente en el cuatrienio del Vicariato, del que salió envejecidísimo y al que sobrevivió dos años, como San Francisco a los estigmas.
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La base filosófica y teológica del pensamiento de San Bernardino es decididamente franciscana. Los estudios de Scaramuzzi, de Longpré, de Pacetti, de Blondel, de Folgarait nos mostraron sus fuentes: si de tal demostración resulta que no existe originalidad especulativa en el Santo, aparece evidente la fuerza asimiladora, unificadora y sintética de un hombre que sabe meditar y templar problemas dogmáticos y morales. San Bernardino se apropia esa piedad cristocéntrica que, vivida intensamente por el gran Estigmatizado, se volvió teología con Alejandro de Hales, San Buenaventura y Escoto. El Cristocentrismo de San Bernardino se expresa en forma concreta e icástica, antigua por la substancia, nueva por la manifestación, adecuada, al mismo tiempo, a la naturaleza del Santo y a las tendencias de su siglo: la devoción al Nombre de Jesús. Ese trigrama inscrito en el sol no podía significar mejor la concepción bernardiniana de Dios y de la vida, ni responder mejor al deseo de belleza y de alegría propio del siglo XV. Cristo es el centro del universo, es calor, luz, fecundidad, salvación, felicidad no sólo de todo hombre, sino de toda criatura animada o inanimada; es rey de los siglos. Cristo es verdad, sabiduría, belleza y amor, sobre todo amor que se da irresistiblemente. El que resiste a su acción se encierra en las tinieblas: «Abre la ventana si quieres que el sol entre en tu alma, y en seguida, cuando la hayas abierto, el sol entra y te calienta para bien obrar». Esa ternura impaciente que San Francisco sentía por la humanidad de Cristo y que se manifiesta en su culto por el pesebre y por la cruz, se renueva en la devoción al Nombre de Jesús de San Bernardino. Dice en una prédica: «Cuando recuerdes este nombre, Jesús, limpia tu boca, a fin de que recuerdes con claridad y pureza que aquél que lo recuerda convendría que fuese de tanta pureza que en él no existiera ninguna mancha de pecado por la perfección que se expresa en ese Nombre. Y quien lo recuerda convendría que lo recordase con tanta reverencia que llegara a sentir esa dulzura que él posee en sí, que si uno lo recordase considerando esto, él se transmutaría en contemplación». Al Cristocentrismo se une el culto mariano de San Bernardino, sólidamente fundado en la teología escotista, y, al mismo tiempo, poético y caballeresco. La Virgen María es "Madonna", es decir, señora por excelencia. A Ella todo homenaje, a Ella el saludo del Angelus. «Oh vosotros que sois de Siena - decía a sus conciudadanos en 1427-, cuando en la tarde suena el Ave María haced que desde entonces en adelante os arrodilléis, quitándoos la capucha por amor a Ella, rogándole, por último, que nos conceda aquello de que tenemos necesidad. Y digo que le hagáis esta reverencia tanto si estuvierais fuera de casa como si estuvierais en casa. Y lo digo tanto a vosotras mujeres como a los hombres; haced que este nombre de María lo tengáis en reverencia y devoción... Y para que sepas cómo Ella no es ingrata cuando tú la saludas, aunque no le ruegues, Ella se vuelve hacia ti, recibiendo tus palabras con el mismo afecto que las dices; y si tú le ruegas con reverencia y fe ¿qué crAstitit Regina a destr. Está la Reina Madre de Dios a tu derecha y ruega por ti». Sostuvo la Inmaculada concepción, la Asunción y la Mediación de María, tres privilegios cuya verdad han desarrollado los siglos posteriores al punto de que el primero [y también el segundo] se convirtió en dogma y los otros llegaron al mismo reconocimiento supremo; celebró las virtudes y la belleza de María con fervor de santo y con arte de poeta, manteniendo y aumentando la tradición mariana que desde la Porciúncula se deslizó como vena de oro en el Franciscanismo. Escotista en la concepción del primado de la voluntad, precisamente en la voluntad movida por el amor San Bernardino hace pie para convertir a sus oyentes, ya que un hombre «tanto conoce cuanto ama. Más conoce el que ama que el que no ama». El amor transforma en el amado. «Eso que amas, eso te vuelves». Sólo el amor hace fácil la virtud porque éste «lleva el peso» y une a Dios, que es felicidad. El apostolado de San Bernardino está centrado en el principio del amor, que mueve la voluntad; la pedagogía, fácil de determinar en sus prédicas, no tiene por base una inmanencia ante la letra, como algún idealista ha querido ver, sino el ejercicio de la voluntad considerada facultad reina del alma, «dama de la casa», y la correspondencia de la voluntad a la gracia según el sabio activismo franciscano: «Quien no abre la puerta o la ventana, la gracia no entra en él». Dios concede la gracia a quien la pide, «pero quiere que tú la consigas espada en mano».
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La perfección de la vocación franciscana de San Bernardino se manifiesta en su alegría. En la alegría, me atrevo a decir, supera al maestro, porque está humanas como hace, con vena cómica de cuentista toscano, San Bernardino. Pero aparte de esta diferencia natural, el santo sienés es enteramente franciscano en la gustosa aceptación del dolor, en el secreto de transformarlo en alegría por amor a Cristo, en el optimismo generoso que sabe ver los aspectos mejores de la realidad para poder actuar sobre los peores y volverlos al bien, según la economía de la Providencia. Su alegría natural se sobrenaturaliza en la pureza, en la pobreza voluntaria, sobre todo, en la confianza en Dios. «Señala la medida tú mismo, dice maese Domeneddio. Si te confías grandemente, grandemente te ayudaré; si te confías medianamente, medianamente te ayudaré; si poco, poco». San Bernardino confiaba ilimitadamente en Dios y por eso nada temía. Había descubierto la luminosa fuente de la felicidad que nadie puede robarnos. Ese sol radiante alrededor de la sigla del nombre de Jesús, que él presentaba a las masas pintado sobre las famosas tablillas, lo llevaba en sí y lo irradiaba en su predicación, la que atraía también por el tono insólitamente suave, tan distinto del tono enfático y elegíaco de los otros predicadores. Experimentó las dificultades y las ventajas del estado religioso, y entre las dificultades una más que todas: la vida en común, o para usar una expresión suya: «apelotonarse, vale decir, adaptarse mutuamente a las condiciones de hombres extraños» de opuestos caracteres. "Apelotonarse" (obsérvese la palabra sinceramente bernardiniana), «éste es el gran trabajo y si no se prueba no se puede saber». En compensación: «vivir libremente en buena religión es un medio paraíso». El fraile que, con los votos, ya se ha desligado del mundo y de sí mismo, llega al gran paso sin temores y sin lamentaciones. «Pasan allá en forma que no se siente. Muere gustoso y en santa paz el verdadero religioso». Toda la dulzura de la hermana Muerte, franciscanamente entendida y recogida, está en esta expresión de San Bernardino.
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Sin embargo, los biógrafos y los estudiosos modernos han insistido demasiado en la sonrisa de San Bernardino. Ciertamente es de naturaleza solar y posee una vena cómica y humorista nada común al fustigar los vicios, pero posee asimismo aspectos de ternura y de tragedia que le inspiran palabras dulcísimas y palabras terribles. Las dulcísimas son para Dios, para Jesucristo, para la Virgen, son particularmente para el Nombre de Jesús y para la bondad del Padre celestial, son también para los niños, de quienes toma las similitudes más vivaces y más tiernas para indicar las relaciones entre Dios y el hombre. «Así como una mujer que amamante a su hijo no se olvida jamás de darle la leche, así creas y estés seguro que Dios nuestro Padre no olvida jamás de ayudarnos si somos buenos hijos suyos». La escala para llegar al paraíso tiene «los escalones muy altos. Es necesario tener piernas largas, pero si deseas subir, Dios te ayudará como tú ayudas a tu pequeño hijo a subir al banquillo». Estas imágenes evidentísimas, que persuaden a un abandono ilimitado en el Padre celestial, no pueden originarse sino en un alma atenta y sensibilísima a todos los matices de la naturaleza y de la gracia. Pero San Bernardino tiene palabras terribles para los vicios obstinados y abominables que en su época estaban ampliamente difundidos en todas las capas sociales, para los sacrilegios tan en contraste con la fe de gran parte del pueblo, para las facciones que laceraban las ciudades italianas. Algunas de sus invectivas contra la usura, la sodomía, los partidos güelfo y gibelino provocan aún hoy estremecimientos: «Oh señores florentinos -exclama desde el púlpito de Santa Cruz, el 18 de marzo de 1425-, ¿creéis que Dios no tiene oídos?... Oiréis gritos que harán asombrar al cielo y a la tierra. Id a vuestro puente Viejo, sobre el Arno, y poned el oído en tierra y escuchad: ¡oiréis el gran grito! Id a los privados, id a los establos, id a los jardines de la aldea o de Florencia, id a la tienda de los barberos o de los boticarios, o a casa de los médicos, poned el oído abajo y escuchad, y oiréis clamores al cielo que gritan: "¡Venganza, venganza, Dios!" ¡Tantas desdichas, tantos lamentos que asombra! ¿Qué lamentos? Son las voces de los niños inocentes arrojados en vuestro Arno, en vuestros privados, y enterrados vivos en vuestros establos, en vuestros jardines para evitar la vergüenza del mundo y muchas veces sin bautismo». Dos años más tarde, en Siena, al condenar las facciones de los Güelfos y Gibelinos, describe con la misma eficacia las violencias de los partidarios y los condena sin misericordia: «El que consiente estar en la parte gibelina o güelfa, si muere en esa parte, perdido está... El que confiesa de palabra ser güelfo o gibelino, y con esa parte muere, condenado está. El que activamente ha tomado o toma parte güelfa o gibelina, y con esa parte muere, condenado está; el que activamente ha tomado o toma partido güelfo o gibelino, a la casa del diablo va, si así muere». Este alegre frailecito franciscano no cede a Savonarola en señalar las injusticias de los gobernantes y la vanidad del mundo. «El vestir demasiado pomposo no está libre de pecado mortal... Los torneos que hacéis realizar los domingos de la santa cuaresma es pecado mortal, para el que lucha y para el que os da licencia... El cantar de los paladines el día de las fiestas ordenadas, y principalmente la cuaresma, es pecado mortal para el que canta y para el que escucha. Oh, tú podrás decir: "Fray Bernardino, todo en este mundo es pecado mortal". Yo no digo estas cosas, pero las encuentro escritas en los libros de quien ha sabido más que yo». Espíritu sereno y santamente alegre, pero también inflexible en su misión, defiende la doctrina del Nombre de Jesús frente a los teólogos y a los Pontífices; mantiene su libertad de palabra y su autoridad de apostolado frente a príncipes y señores; ni las amenazas ni el oro de Felipe María Visconti lo inducen a callar, ni las protestas de los banqueros y de los mercaderes, tocados en lo vivo en sus prédicas contra "las malversaciones" y los engaños comerciales y el préstamo a interés, lo intimidan. Su palabra es luminosa, pero también cortante como una espada. Sabe que se le juzga demasiado rígido, pero no debe y no quiere suavizar su severidad: «Quien te lleva por el camino amplio, te lleva a la casa maldita; por el camino estrecho se llega al paraíso... Estáis tan acostumbrados a estar y a habitar en el camino amplio que os es mostrado por los predicadores o por otros, que lo que os predico os parece un canino estrecho. Sé bien que ninguno de vosotros desearía sentirse sin ninguna necesidad en este mundo, e ir después calzado y vestido al Paraíso. Además así no se llega... ¡no lo hagáis! Quiero poneros en el camino directo, no en el desviado». A quien le aconseja no atacar abiertamente los vicios le responde que no puede, absolutamente no puede ni callar, ni esconder, ni paliar: «Tú dirás: -- Fray Bernardino, ten paciencia, quédate tranquilo, deja decir al que dice; ocúpate de tus asuntos y del pueblo. Tú no lo entiendes. Estás obligado a defender la verdad. Más aún, estás obligado a amonestar a quien impugna la verdad». En sus palabras hay algo de angustioso y de ardiente, el celo del apóstol y la piedad afectuosa del hermano: «No os reprendo jamás por vuestros pecados sin que muera de dolor por vuestros pecados... Tenéis necesidad de que os diga la verdad. Creo que maese Domeneddio me condenaría si callase esta verdad». Este gran predicador no enseña nunca con tono catedrático; sin embargo, dice verdades terminantes, no sólo en forma graciosa, sino aun en forma trágica; una y otra inspiradas por sincera caridad y por eso agradables a los oyentes, aunque éstos fuesen rebeldes. Uno solo era el punto de partida y el punto de llegada de San Bernardino: Dios. Cuando se sumergía en la vida terrena llevaba al Eterno en el corazón y veía dondequiera su oculta presencia; cuando volvía al Eterno meditaba en su presencia las cosas terrenas adquiriendo una intuición segura, una experiencia más que humana. Perfectamente franciscano también en esto, unió en su apostolado la acción y la contemplación alcanzando ese ideal de vida que creyó superior a todo otro según el ejemplo de nuestro Señor, de San Pablo y de San Francisco.
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De los cuatro mayores santos franciscanos del siglo XV, San Bernardino es el que ha influido más profundamente en la Orden de los Menores y en la vida italiana. Ejemplar viviente de la Observancia, iniciador de una forma de elocuencia más unida a la realidad, provocó muchísimas vocaciones, fue maestro de vida y de predicación para Juan de Capistrano, para Jaime de la Marca, Alberto de Sarteano, para una pléyade de predicadores de la penitencia que recondujeron la Orden al vigor y a la fecundidad de los orígenes y es aún hoy un maestro que enseña y ayuda a vivir, facilitando el camino de la santidad Después de la muerte del Santo, Italia sintió por algún tiempo el influjo moral de su palabra; conservó por los siglos la insignia del Nombre de Jesús sobre las casas de sus ciudades y de sus aldeas, recuerdo casi del segundo heraldo del gran Rey y augurio de un reino ideal de las almas bajo la soberanía de Cristo Señor. Italia, que San Bernardino amó como «la parte del mundo más intelectiva», como «la más deleitable para habitar si no tuviera el vicio de las divisiones», Italia puede aún aprender de éste su viejo Santo, pero siempre joven, separado por cinco siglos pero siempre cercano y actual, el secreto de resurgir en el Nombre de Cristo, de renovarse a la luz solar de su Evangelio.
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NOTAS: 1) Carta de Leonardo Bruni a San Bernardino, de 1424. 2Le prediche volgar colección de sermones de San Bernardino, de los que están tomadas casi todas las citas. 3) Entre las "florecillas" narradas por San Bernardino considero útil reproducir una de la que ignoro la fuente: «Cuando nuestro Padre San Francisco fue donde el Sultán de Babilonia a predicar a Jesucristo crucificado, el Sultán tejió una tela o un tapiz todo de cruces rojas y lo hizo extender por tierra, y San Francisco caminó sobre él. Díjole el Sultán: "Oh, ¿tú vas con los pies sobre la cruz que tanto predicas?". Respondió San Francisco: "No paso sobre la cruz de Cristo, sino sobre la cruz del ladrón a mano izquierda"». 4) Eugenio IV «atendía, cuanto podía, a reducir lugares a la observancia, y toda su preocupación era destruir todos los conventos y hacer de todo observancia; y acostumbraba decir que si Dios le diera tanta gracia como pudiera, todas las religiones las reduciría a la observancia, e hizo todo lo que pudo, pero fue impedido» (Vespasiano da Bisticci). Agustín Gemelli, O.F.M.San Bernardino de Siena, franciscano per en Idem, San Francisco de Asís y sus "pobre. Buenos Aires, Ed. Pax et Bonum, 1949, pp. 149-165.
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