CARABANTES, José de (1628-1694)
Figura estelar entre los misioneros capuchinos de América. Nació en Carabantes (Soria) el 27 de junio de 1628. Su nombre de pila era José Velázquez Fresneda, que cambió por el de José de Carabantes cuando ingresó en los capuchinos en 1645. Recibió la ordenación sacerdotal en 1652. Apóstol de cuerpo entero, se entregó con todas sus fuerzas al ministerio entre fieles al que se consideró llamado desde el momento de su ordenación sacerdotal. Sentíase atraído por la misión entre infieles. Dudaba, empero, de su capacidad y de sus fuerzas. Consultó con la venerable Madre ágreda, la cual le aconsejó que no dudase de su espíritu misionero, pero que el lugar y el modo lo dejase a la obediencia religiosa, consejo al que se atuvo toda su vida. Pocos años llevaba entregado al apostolado popular en España cuando sonó la llamada de América. Dos misioneros capuchinos de Cumaná (Venezuela) habían venido a España para defender a su misión ante la Corona. Brilló la verdad y la Corte no sólo aceptó aquella misión, sino que quiso potenciarla con más misioneros capuchinos. Fue la hora del P. José de Carabantes. En otoño de 1657 desembarcó con otro compañero en la isla Margarita, donde tuvieron que esperar la llegada de los otros misioneros. Aprovechó la ocasión para predicar en sendas misiones populares en los núcleos urbanos de Cumaná y Caracas. Los frutos de conversión fueron sensacionales. El ardor de su palabra se vio robustecido con el de su caridad, que brilló con motivo de una peste que asoló aquellas regiones. Finalmente, se le dio la oportunidad de dedicarse a la evangelización de los caribes, cuya ferocidad era proverbial. A punto estuvo de que lo sacrificaran, pero circunstancias providenciales hicieron ver a los indígenas que tenían delante a un gran hombre. El siervo de Dios se consagró de lleno a su cristianización. Comenzó aprendiendo su lengua, que a pesar de su dificultad consiguió dominar hasta poder escribir una gramática para otros misioneros. Años tensos dedicados a evangelizar, fundar ciudades y penetrar tierra adentro, convirtiendo a cinco caciques. Su predicación iba acompañada de extraordinaria ejemplaridad y de hechos taumatúrgicos, como el de haber liberado a sus neófitos de una plaga de langosta. Cosa de nueve años llevaba entregado a su arriesgada misión apostólica cuando tuvo que regresar a España para defender a sus misioneros, falsamente calumniados. Tanto ante la Corona como ante la corte pontificia defendió la verdad y el honor de sus misioneros. Se le agasajó y le dieron toda clase de regalos para estos últimos. A punto estaba de regresar a Venezuela cuando la obediencia religiosa dispuso que se quedase a misionar en España, precepto que obedeció con la generosidad de siempre. Y misionando le llegó la hora de Dios, en Monforte de Lemos (Lugo), el 11 de abril de 1694. Tiene introducida la causa de beatificación. Dejó escritos varios opúsculos pastorales que adquirieron una notoria popularidad, entre ellos un Tratado sobre el ejercicio de las misiones.- [L. Galmés, BAC maior 37].
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