BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ (1743-1801)
por Arturo Llin
Nació en Cádiz en 1743. De jovencito entró en la Orden capuchina. Fue un predicador asombroso; los mayores templos eran incapaces de contener a sus oyentes. Sus dotes oratorias iban acompañadas de singulares gracias del cielo. Se le consideraba apóstol de la misericordia. Escribió numerosas obras. Murió en Ronda en 1801. Lo beatificó León XIII en 1894. A finales del siglo XVIII, centuria marcada por las corrientes enciclopedistas y regalistas, destacó por las misiones populares, con las que procuró evangelizar la sociedad de su tiempo, el capuchino beato Diego José de Cádiz. José Francisco López-Caamaño y García Pérez nació en Cádiz el 30 de marzo de 1743. A los quince años vistió el hábito capuchino en Sevilla, tomando el nombre con el que será conocido en la posteridad. Tras algunos altibajos en su vida espiritual, estudiando segundo curso de teología, experimentó una súbita transformación por obra de la gracia divina, imponiéndose una vida metódica de gran perfección, que pronto quedó manifiesta a todos los que le trataban. En 1766 recibió la ordenación sacerdotal. Dotado de cualidades extraordinarias, dio comienzo a las misiones populares en 1771. En los primeros diez años no hubo población importante de Andalucía que no escuchase su voz. Recorrió durante su vida prácticamente toda la geografía española. En octubre de 1786 emprendió una gira por tierras valencianas. Su verbo elocuente se dejó oír por los pueblos tanto de la Ribera como de l. montaña. Y no es extraño encontrarse aún hoy en algún pueblo con el lugar que recuerda donde el fervoroso capuchino predicó la palabra de Dios ante un gran auditorio. Enorme era la conmoción popular que se experimentaba con su predicación. No sólo promovía profunda renovación en la vida religiosa y moral, sino que repercutía también en la vida pública. En sus misiones populares, además de las instrucciones doctrinales y del sermón moral, impartía conferencias especializadas a los niños, jóvenes, hombres y mujeres. Fomentaba la religiosidad popular celebrando procesiones de penitencia y rosarios públicos. Divulgó la devoción a la Virgen en la advocación de la Divina Aurora. Promovió los ejercicios espirituales, como medio de renovación del pueblo cristiano, que se difundieron entre el clero secular y regular, e incluso entre seglares. A pesar del barroquismo propio de la época, se distinguió en su predicación por la sencillez y dignidad. Marcelino Menéndez y Pelayo hace del beato Diego José de Cádiz la figura más representativa de la oratoria religiosa de España después de san Vicente Ferrer y san Juan de Avila. Fue al encuentro del Señor, después de infatigables trabajos, en Ronda el 24 de marzo de 1801. El Papa León XIII lo beatificó en 1894. Llamado en su tiempo el beato Diego José de Cádiz el «nuevo san Pablo», tuvo un papel destacado en la vida espiritual de la sociedad de aquella época por su acción santificadora en el clero, en los religiosos y religiosas, y en muchos seglares. Su pródiga correspondencia, de alta calidad espiritual, da testimonio de ello. Fue el gran apóstol de España. En tiempos en que arreciaba el regalismo y el jansenismo, hizo con su palabra vibrar a las multitudes como ninguno de su tiempo y logró hacerse escuchar por todas las clases sociales. A. Llin Testigos de la fe en Val, Valencia 1997, pp. 167-168]
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Beato Diego José de Cádiz (1743-1801)
por Serafín de Ausejo, o.f.m.
cap Treinta años de activísima vida misionera no caben en unas páginas. No es posible reducir a tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca. Pero hay que recordar, además, que en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como a un «enviado de Dios»); que tuvo por oyentes de su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y universitarios y a las clases más populares, al clero en todas sus categorías y a los ejércitos de mar y tierra, a los ayuntamientos y cabildos eclesiásticos y a los simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de las cárceles; que intervino con su consejo personal y con su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos, bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales asuntos de su época y en la dirección de muchas conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes; que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de oración mental al día; y que, si le seguía un cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial. ¿Cómo describir, siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual, durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones. Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y aun veinte días en cada ciudad. La misión concreta de su vida y el porqué de su existencia podría resumirse en esta enviado de Dio a la España oficial de fines de aquel siglo y auténtico misioner del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio. Nuestros intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las puertas del alma española a la revolución que nos venía de allende el Pirineo, disfrazada de «ilustración», de maneras galantes, de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la «pérdida de Dios» en las inteligencias. Luego vendría la «pérdida de Dios» en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después. No todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio con intuición penetrante -y mejor diríamos profética-, ya desde sus primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: «¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!» Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se lo inculcaba repetidas veces: «Fray Diego misionero es un legítimoenviado de Dio a España». Y convencido de ello, el santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la fe y de la patria y presentar la batalla a la «ilustración». Había que evitar esa «pérdida de Dios» en las inteligencias y fortalecer la austeridad .e costumbres en la masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y Godoy...!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban. En su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: «No quiero que los reyes se acuerden de mí». Para cumplir fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios, que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación continua de visibles milagros. Pero Dios no se lo dio todo hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él más que al misionero del pueblo que predica con celo de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol, aparece también a cada momento el hombre. También él siente las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun sólo «a costa de estudio y de trabajo» -dice él- logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo, nada de «tremendismo» en su predicación, como no fuera en contados momentos, cuando el impulso divino le arrebata a ello. Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de los pueblos por medio de un castigo misericordioso, «yo lo pido -escribe- por medio de una misericordia sin castigo». Y no se olvide que vivió en los peores tiempos del rigorismo. ¿Y cómo no iba a ser así, si él fue siempre, como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en los milagros que hacía? Pero el celo de la gloria de Dios y el bien de las almas le dominaron de suerte que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo, y aquel idear disparates: como el deseo de no morir, para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos de París en 1793, para reducir a buen camino a los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa. Dícese de Napoleón que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias y su derrota definitiva: «La desgraciada guerra de España es la que me ha derribado». Pero esta guerra no la vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del «enviado de Dios». Este pueblo, fiel a la misión de fray Diego, no traicionó a su fe ni a su patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión, traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su fe. Sólo Dios puede medir y valorar -como sólo Él los puede premiar- los frutos que produjo la constante y difícil, fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: «Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo». Y lo fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue un don que Dios concedió a España a fines del XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos, fray Diego f capuchino, misionero y sa.to Serafín de Ause, O.F.M.Cap., Beato Diego José de C, enAño Cristian, Tomo I, Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 684- 687.
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