BEATA MARÍA BERNARDA BÜTLER (1848-1924)
Textos de L’Osservatore Romano
María Bernarda, fundadora de las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, nació en Suiza y murió en Cartagena de Indias (Colombia). Siendo ya religiosa franciscana en su patria, marchó a Ecuador para desarrollar su vocación misionera, y luego pasó a Colombia. Dimensiones principales de su vida fueron la intensa oración, el apostolado, el servicio a los enfermos y desamparados, y la dirección de la Congregación en que se convirtió lo que en principio iba a ser una casa filial del monasterio suizo. El 29 de octubre de 1995, Juan Pablo II la beatificó junto a otras dos hijas espirituales de san Francisco: María Teresa Sherer (16 de junio) y Margarita Bays (27 de junio). Biografía tomada de L’Osservatore Romano María Bernarda (de nombre de pila: Verena) nació y fue bautizada en Auw (cantón de Argovia, Suiza) el día 28 de mayo de 1848. Era la cuarta hija de Enrique y de Catalina Bütler, campesinos humildes y católicos practicantes. Al concluir la enseñanza escolar básica, se dedicó a los quehaceres domésticos y al trabajo en el campo. En plena juventud ingresó en una casa de religiosas. Al sentir que Dios no la llamaba a vivir en aquel lugar, regresó a la casa paterna, donde, entregada al trabajo, a la oración y al apostolado, continuó alimentando su vocación hasta que, el día 12 de noviembre de 1867, a los 19 años de edad, ingresó en el monasterio franciscano de María Auxiliadora, en Altstätten (Suiza). El 4 de mayo de 1868 vistió el hábito franciscano, tomando el nombre religioso de María Bernarda del Sagrado Corazón de María. Hizo la profesión religiosa el 4 de octubre de 1869. Destacaba por su profunda virtud y sus cualidades humanas; por ello, no tardó en ser nombrada maestra de novicias y, más tarde, superiora, servicio que prestó hasta su partida para las misiones. Cuando Mons. Pedro Schumacher, obispo de Portoviejo (Ecuador), escribió relatando el total abandono en que vivía la gente de aquellas tierras y ofreciendo su diócesis como campo misionero, María Bernarda tuvo el convencimiento de que aquella invitación era una clara llamada de Dios a anunciar el Evangelio y a fundar una casa filial del monasterio de Altstätten en tierras ecuatorianas. Tras vencer la resistencia inicial de las autoridades eclesiásticas y obtener el permiso pontificio para dejar el monasterio, el 19 de junio de 1888, se dirigió, con seis compañeras, a Le Havre, Francia, donde embarcaron las siete rumbo a Ecuador. Aquel paso, concebido sólo como el inicio de la fundación de una filial misionera del monasterio suizo, fue, de hecho, el inicio de un proceso que convirtió a María Bernarda en fundadora de un nuevo instituto, la congregación de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora. Cuando llegaron a Ecuador, el obispo asignó a las siete religiosas la población de Chone, lugar difícil y espiritualmente abandonado, que contaba con unos 13.000 habitantes. Puso como base de su actividad misionera la oración, la pobreza, la fidelidad a la Iglesia y el ejercicio de las obras de misericordia. Se encargaron de la educación de los niños y jóvenes, anunciándoles el Evangelio, animaban la liturgia, visitaban y asistían a los enfermos y a los pobres. La semilla derramada por esta gran mujer germinó y fructificó. Surgieron varias casas filiales en Ecuador. Pero la obra estuvo marcada también por el misterio de la cruz: pobreza absoluta, clima tórrido, inseguridades y dificultades de toda especie, se agregaron a malentendidos por parte de algunas autoridades de la Iglesia y la separación del instituto de algunas hermanas de su primera fundación fuera de Ecuador. En 1895 la madre María Bernarda y más de 15 hermanas tuvieron que huir de Ecuador, a causa de una violenta persecución contra la Iglesia. En el puerto de Bahía se embarcaron rumbo a Colombia. Durante la travesía recibieron la invitación de Mons. Eugenio Biffi, obispo de Cartagena de Indias, a trabajar en su diócesis. El día 2 de agosto de 1895 llegaron al puerto de Cartagena. Mons. Biffi las atendió paternalmente y les asignó como residencia un ala del hospital de mujeres, llamado Obra Pía, donde María Bernarda murió años más tarde. El número de las hermanas creció y la congregación fundó casas en Colombia, Austria y Brasil. La madre Bernarda permanecía temporadas con las hermanas en los diversos lugares, compartía con ellas su trabajo y su vida, era ejemplo vivo de sencillez evangélica, edificaba y animaba a todas. Atendía con ternura y misericordia a todos los necesitados en el alma o en el cuerpo, pero sus predilectos eran los pobres y los enfermos. Oraba, exhortaba, escribía y evangelizaba con asombrosa entrega e intensidad. Dirigió su congregación durante 32 años. Y cuando renunció con gratitud y humildad a este servicio, continuó animando a las hermanas con su ejemplo, su palabra y sus innumerables escritos, que son una mina de doctrina y de fecundidad espiritual. Falleció el 19 de mayo de 1924, en la Obra Pía, a los 76 años de edad, 56 de vida religiosa franciscana y 36 de misionera en Amé.ica Latina. El 29 de octubre de 1995, Juan Pablo II beatificó a tres hijas espirituales de san Francisco: María Bernarda Bütler, María Teresa Sherer (cf. 16 de junio) y Margarita Bays (cf. 27 de junio). L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 27 de octubre de 1995]
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De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (29-X-1995) 3. En esa misma época [siglo XIX], otra religiosa, María Bernarda Bütler oye una llamada semejante para servir a los pobres y entra en el monasterio de las Franciscanas Misioneras de María Hilf d’Altstätten. Como perfecta hija de san Fdesea servir a Dios sirviendo a sus he. Esos admirable su generosidad. De forma radical se desprende de todo y arriesga su vida por Cristo, pues su deseo más grande es anunciar al Señor hasta los extremos de la tierra. Abandona definitivamente Suiza para ponerse al servicio de la Iglesia, primero en Ecuador y después en Colombia, donde va a compartir los sufrimientos de la gente, en particular de los pobres, los enfermos y marginados. Funda en este último país la congregación de las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, a las cuales deja como tarea esencial el trabajo por la salvación de los hombres y por el reconocimiento de su dignidad como hijos de Dios. La fuente de su apostolado fue siempre la oración, y de modo especial l, pilar de su vida espiritual, actualización del sacrificio de Cristo por medio del cual Dios unifica la existencia de cada hombre y transfigura su humanidad. La participación en la Eucaristía realiza la comunión con Dios y la nueva fraternidad en Cristo. En el centro de la existencia de María Bernarda está el amor. Ella estaba convencida de que la virtud principal es la caridad, alma de todas las demás virtudes (cf. San ViceAvisos y máxim, n. 46): el amor a Dios y el amor a los hombres, que la llevaba a perdonar siempre; en efquien recibe el Cuerpo de Cristo no puede despreciar a su . Incluso en la persecución, mostró que el camino que supera todos los caminos es el amor. Tuvo también una viva conciencia de ser hija de la Iglesia, de «nuestra santa madre Iglesia», como le gustaba repetir, pues toda vida cristiana se desarrolla en el seno de la Iglesia, de la cual Cristo es la cabeza. Y honraba especialmente a los que habían recibido el ministerio sacerdotal, pues participan del poder santificador del Señor, y rezaba para que ejercitasen su ministerio según la voluntad de Dios. Por la Iglesia y en la Iglesia cada uno recibe la plenitud de gracias del Salvador. Vemos, pues, así que María Bernarda Bütler es una perla resplandeciente de la corona de gloria del Señor y de su Iglesia. La nueva beata nos invita a este mismo amor a Dios y a su pueblo santo, para que seamos siempre artífices de la comunión eclesial, pues «allí donde está la Iglesia, está también el Espíritu de Dios; allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y tAdversus gracias» (San Ireneo, haerese, 3, 24, 1).
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Del discurso que Juan Pablo II dirigió, al día siguiente, a los peregrinos (30-X-1995) María Teresa Scherer, María Bernarda Bütler y Margarita Bays, cada una a su manera, vivieron el carisma propio de san Francisco de Asís. Saludo con afecto a las religiosas de los institutos a los que pertenecieron María Teresa y María Bernarda. Deseo vivamente que las celebraciones en Roma sean aliento para vuestra consagración religiosa, ayuda para llevar una vida de oración como la de ellas, y renovado impulso en los numerosos servicios prestados a la Iglesia y a la humanidad en todo el mundo. Me complazco especialmente por todos los esfuerzos para ayudar a las personas que se encuentran en situaciones difíciles de pobreza y de enfermedad, y que tienen derecho a toda nuestra solicitud. Cuando acudís a asistirlas, les mostráis de manera explícita el rostro de Dios, que oye el clamor de su pueblo y que manifiesta así toda su ternura de Padre infinitamente bueno. Vuestra dedicación a los niños y a los jóvenes es también importante. Su educación humana y cristiana debe atraer vuestra atención, tanto en el ámbito escolar como en el de la formación religiosa. Amadísimos hermanos y hermanas, sabed aceptar la invitación a seguir a Cristo por el camino de la humildad y la obediencia, camino que María Teresa, María Bernarda y Margarita recorrieron con intrepidez, inspirándose y sacando fuerzas, aun en situaciones muy diversas, de los ejemplos y de la espiritualidad de san Francisco de Asís. Su historia humana y espiritual muestra cuán maravillosas son las obras que el Señor realiza en los corazones sencillos y dóciles a su gracia. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3 de noviembre de 1995]
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