ALVERNA (La Verna)
Monte de la Toscana italiana al que san Francisco se retiraba a orar y en el que recibió la impresión de las Llagas de Cristo. EL MONTE ALVERNA Y LUGARES CERCANOS Por los caminos de Francisco de Asís por Fernando Uribe, o.f.m. Historia Se puede decir que la historia del monte Alverna se inicia propiamente en el siglo XIII. A comienzos de ese siglo el monte pertenecía al conde Orlando de Chiusi, del Casentino, quien lo había heredado de sus antepasados. Orlando era el terrateniente de la región y pasó a la historia más por su amistad con san Francisco que por sus dotes militares o políticas. La amistad entre estos dos personajes tuvo su origen con ocasión de una fiesta que se celebró en el castillo de san León de Montefeltro (Romaña) en honor de un nuevo caballero. La predicación y el ejemplo de Francisco llamaron tan fuertemente la atención del conde, que después de una conversación, éste le ofreció como obsequio el monte Alverna. Esta fiesta se llevó a cabo en 1213 (el 8 de mayo), fecha que marca el comienzo de la historia del monte. Pocos días después, dos hermanos, enviados por Francisco, hicieron el reconocimiento del lugar. La primera subida de Francisco al Alverna se suele ubicar en el año 1214, después de la cual se afirma que hizo otras cinco: 1215, 1216, 1217, 1221 y 1224. Esta última fue probablemente la estadía más larga y ciertamente la más memorable, pues fue entonces cuando recibió los estigmas (14 de septiembre)
Cuando los hermanos subieron por primera vez, no había en el monte ninguna construcción. Los ladrones y bandidos que algunas veces pasaban por la región, probablemente se refugiaban en las cavernas. Con la ayuda del conde Orlando, los hermanos construyeron algunas cabañas para protegerse del difícil clima. Por esta misma época (año 1218) se construyó una capillita en honor de nuestra Señora de los ángeles, con las mismas dimensiones que la de la Porciúncula. Inicialmente la presencia de los hermanos en este monte era temporal y se presume que se reducía a los meses de temperatura más benigna. San Antonio de Padua fue uno de los que estuvieron aquí, probablemente entre junio y octubre de 1230. Sólo alrededor del año 1250 se comienzan a tener datos de una presencia permanente, cuando ya había construcciones más sólidas. Entre septiembre y octubre de 1259, san Buenaventura, siendo ya ministro general, habitó en este monte y fue entonces cuando escribió el famoso «Itinerarium mentis in Deum» (Itinerario de la mente hacia Dios) y el tratado de las tres vías o «Itinerario de la mente en sí misma». En el año 1260 (¿23 de agosto?) se llevó a cabo la consagración de la iglesita de santa María de los Angeles con la presencia de san Buenaventura y de siete obispos de la región. Dos o tres años después murió el conde Orlando, cuyo cuerpo fue enterrado posteriormente en esta iglesia. La capilla de los estigmas fue iniciada el 20 de agosto de 1263 sobre el lugar en que, según la tradición, se hallaba Francisco cuando recibió las llagas del Crucificado. Cuatro años después se construyeron cinco celditas para los hermanos encargados de cuidar esta capilla. El 9 de julio de 1274 los hijos del conde Orlando firmaron el documento que confirma la donación del monte Alverna hecha por su padre. Fue en el monte Alverna donde Ubertino de Casale escribió su famosa obra «Arbor vitae crucifixae Jesu» durante su estadía entre el 19 de marzo y el 29 de septiembre de 1305. El 5 de septiembre de 1310 se efectuó la consagración de la capilla de los Estigmas y en ese mismo siglo XIV se inició la construcción de la iglesia grande (año 1348), la cual sólo fue terminada en 1509 y consagrada solemnemente el 22 de abril de 1568. La torre fue construida con piedras tomadas del abandonado castillo del Conde Orlando. A lo largo del siglo XVI y a comienzos del XVII se hicieron importantes trabajos complementarios, como el pórtico de entrada, el coro, el nuevo altar, varias capillas laterales, así como la ampliación de la capilla de los Estigmas, la construcción del gran corredor y otras capillas. En la construcción del Convento se suelen distinguir tres períodos, aunque hay que reconocer que cada siglo ha dejado su impronta en la edificación. El primer período (1250-1300) marca la aparición de las primeras habitaciones sólidas y estables a un lado de la capilla de santa María de los Angeles. El segundo período (1300-1430) corresponde a la construcción de un edificio cuadrado y bien proporcionado, de líneas simples. Durante el tercer período (1430-1625) se amplía la construcción anterior y se hacen los claustros y todas las dependencias más importantes: refectorio, biblioteca, enfermería y hospedería. Durante este período un incendio destruyó gran parte del convento (año 1468)
Descripción El Alverna es un promontorio aislado que forma parte de una de las derivaciones montañosas de los Apeninos. En su máxima altura alcanza los 1283 metros, pero el santuario está a 1128 m. sobre el nivel del mar. Uno de sus extremos muestra las rocas al descubierto, recortadas perpendicularmente sobre el pequeño valle. Algunas de estas rocas presentan profundas hendiduras, resultado probablemente de un violento terremoto ocurrido hace muchos siglos. El santuario-convento está constituido por un conjunto de edificaciones de forma irregular, que ha ido creciendo en el curso de los siglos en torno a dos o tres sitios de particular importancia. Como dato curioso, se dice que los techos alcanzan una superficie superior a los 5000 m2. Trataremos de ofrecer una descripción rápida de los lugares más importantes, sin observar un orden muy estricto. Partimos de la plaza que se encuentra frente a la basílica y que es denominada el Cuadrante a causa del reloj solar que está sobre uno de los muros de la basílica. Ubicándonos junto a la gran cruz de madera, maravillosa por su sobriedad, obtendremos una vista panorámica del valle y sus alrededores. Sobresale el caserío de Chiusi della Verna y, muy cerca de él, las ruinas del castillo del conde Orlando. La plazuela del Cuadrante, con su forma irregular, da acceso a los principales sitios del santuario: la basílica, el corredor de los estigmas, la capilla de santa María de los Angeles, el claustro del convento y la hospedería. Su disposición actual fue hecha en el año 1953. El pozo que se encuentra a la izquierda de la entrada del antiguo camino de herradura, fue construido en el año 1516. Muy cerca del pozo se halla la capilla de santa María de los Angeles, adornada en su exterior con un sencillo campanario en forma de espadaña y precedida por un pequeño pórtico irregular que da acceso también al convento y a algunas dependencias de la hospedería. Esta capilla es sin duda la edificación más antigua del santuario. Su interior está dividido en dos partes: la que se encuentra al entrar corresponde a la ampliación realizada durante la década de 1250; la segunda, que va después del cancel hasta el arco que da sobre el altar, corresponde en sus muros perimetrales a la que se construyó entre 1216 y 1218 por deseo de san Francisco. La bóveda protegida por varios arcos, no corresponde a la primitiva. En el altar mayor hay una gran cerámica de Andrea de la Robbia que representa la Asunción de la Virgen rodeada de ángeles y, a sus pies, san Buenaventura, san Francisco, santo Tomás que recibe el cíngulo y san Gregorio; en la luneta superior, la figura del Padre eterno entre dos ángeles. En el cancel que separa el coro del resto de la iglesita hay otras dos cerámicas atribuidas a Juan de la Robbia: la escena de la Navidad rodeada de ángeles, san Francisco y san Antonio, y la Sepultura de Cristo. Nótese que en éstas, como en las demás tablas robbianas, predomina la concepción cristológica franciscana. Una lápida en el piso frente al altar indica el lugar donde reposan los restos del conde Orlando: «Apud sacellum beati Orlandi sive Rolandi Cathani comitis de Clusio qui sacrum Alvernae montem seraphico Patri sancto Francisco donavit et singulari pietate claruit pie genu flecte» (En la capilla del beato Orlando o Rolando Catani, conde de Chiusi, quien donó el sagrado monte al seráfico Padre san Francisco y brilló por una especial piedad, dobla devotamente la rodilla)
La Basílica tiene como único adorno exterior un pórtico sobrio y elegante, que hubo de ser reconstruido después de la segunda guerra mundial. La torre, quizás un poco baja, es cuadrada y maciza. Su único adorno son los arcos que dan salida al sonido de las campanas. Su interior fue ideado en forma de cruz latina, pero diversas dificultades, especialmente económicas, impidieron realizar el proyecto inicial y obligaron a hacer ciertas simplificaciones. Consta de una sola nave y de varias capillas laterales construidas posteriormente, las cuales le hacen perder el sentido de unidad. El altar central, labrado en mármol, consta de un gran expositor rodeado por las estatuas de san Francisco y san Antonio. Fue hecho en 1772 para reemplazar a un retablo dorado del siglo XV y la gran cerámica de la Ascensión que ahora se halla en el primer altar lateral de la izquierda. A los lados del arco triunfal se encuentran dos altorrelieves en terracota: san Francisco (izquierda) y san Antonio Abad (derecha)
Hacia el centro de la iglesia hay dos templetes con dos preciosas obras de Andrés de la Robbia: a la izquierda su obra maestra, la Anunciación, y a la derecha la Navidad. Obsérvese en el primer cruce de los arcos de la bóveda el escudo de la confraternidad del «Arte de la lana», con cuya ayuda se pudieron terminar los trabajos de la construcción. En la primera capilla de la derecha, entrando, son veneradas varias reliquias: de la santa Cruz, de san Francisco (un paño impregnado con la sangre de sus llagas, un pedazo de cordón, una disciplina, un bastón, y otras) y del beato Juan del Alverna (sus huesos recubiertos con una máscara de cera)
La Basílica está dotada de un grandioso órgano tubular con cuatro teclados, 90 registros y más de 5000 tubos. El Coro, detrás del altar mayor, fue construido en 1495. Consta de 57 sillas talladas en madera de nogal. Hay varias figuras hechas con incrustaciones de madera que representan: la estigmatización de san Francisco, la Asunción de la Virgen, san Lorenzo y el beato Juan del Alverna; estos tres últimos trabajos fueron hechos entre 1899 y 1902. En la cornisa de la mesa central hay una inscripción que dice: «Non clamor, sed amor cantat aure Dei; tunc vox est apta chori si cor consonat ori» (No el clamor, sino el amor canta al oído de Dios; por tanto la voz es apta para el coro si el corazón concuerda con las palabras)
La capilla de la Magdalena. Se llega a ella pasando por la puerta de hierro que está al frente de la basílica. Es conocida también como «la primera celda de san Francisco» y se halla debajo de la capilla de san Pedro de Alcántara. Fue construida entre finales del siglo XIV y comienzos del XV por orden de la condesa Catalina de Tarlati sobre el lugar de la primitiva celdita de madera que ocupaba casi siempre san Francisco cuando venía al Alverna. La piedra incrustada en el altar es la misma que sirvió de mesa al santo y sobre la cual, según la tradición, se le apareció Jesucristo. Al salir de esta capilla, se desciende por las escalas hasta llegar al Sasso Spicco. Se trata de una profunda fosa abierta en la roca, la cual forma en la parte inferior un recinto cubierto parcialmente por un gigantesco bloque de piedra (sasso) que presenta tres de sus lados desprendidos de la montaña. La cruz de madera recostada a la roca recuerda que este fue uno de los lugares de retiro y oración frecuentado por Francisco y por varios hermanos de la primitiva Fraternidad. Afortunadamente las adaptaciones que se han hecho para llegar a él, no han logrado destruir el ambiente salvaje y primitivo que lo caracterizan y que nos da una idea sobre dónde y cómo oraba Francisco durante ciertos períodos de su vida. (Nota: El 12 de enero de 1867 se produjo el desprendimiento de una gran piedra y su incrustación en la grieta, produciendo un estruendo especial. En ese momento estaban en el Alverna los delegados del Parlamento italiano, encargados de ejecutar la ley de desapropiación de los bienes de las órdenes religiosas; dicen que se alejaron rápidamente del lugar)
El corredor de los estigmas fue edificado entre 1578 y 1582 para unir la basílica con la Capilla de los estigmas. Tiene 78 m. de largo por 4 m. de ancho. En tiempo de san Francisco sólo había un tronco de árbol que hacía de puente sobre la gran hendidura de la roca. Durante tres siglos el corredor fue convertido en un oscuro callejón, debido a los muros construidos entre las columnas, en los cuales únicamente algunas ventanas permitían un poco de luz. En 1926 se sustituyeron los muros por las vidrieras y se recuperó con ello la luminosidad primitiva. Los actuales frescos del muro opuesto fueron pintados entre 1929 y 1962 por Baccio María Bacci. Representan escenas de la vida de san Francisco. De la antigua serie pintada en 1670 por fray Manuel de Como y destruida por la humedad, solamente quedan dos cuadros. A lo largo del corredor hay tres capillas: la primera (entrando) es la capilla de la Pietá, construida entre 1511 y 1515. Tiene un expresivo Descendimiento de la Cruz atribuido a Juan de la Robbia, fuertemente deteriorado durante la segunda guerra mundial. La capilla Loddi, construida en 1581 por Loddo de Leonardo Loddi, fue reconstruida en 1950; sobre el altar hay un interesante crucifijo en madera, del siglo XIV. La capilla de san Sebastián, a la izquierda al final del corredor, fue construida a fines del siglo XV. Desde el año 1431, los hermanos que habitan en el convento hacen una procesión entre la basílica y la capilla de los estigmas. Las horas y las ceremonias han variado en el curso de los siglos, pero la práctica de la procesión se ha conservado. Una hermosa leyenda cuenta que en cierta ocasión los hermanos no pudieron hacer la procesión a causa de una fuerte tempestad de nieve y que, a la mañana siguiente, encontraron en el mismo trayecto, sobre la nieve, las huellas de los animales del bosque, que los reemplazaron en la procesión. Este fue, dicen, uno de los motivos que llevaron a la construcción del corredor. Actualmente la procesión se hace todos los días a las tres de la tarde, después del rezo de la hora intermedia (nona)
El lecho de san Francisco. Se llega a él pasando por la puerta que está en la mitad del corredor de los estigmas. Allí se puede observar la prolongación de la profunda hendidura de la roca, la cual forma en este sitio una gruta húmeda y fría. La reja de hierro colocada sobre un poyo que forma la roca, recuerda el sitio donde, según la tradición, venía Francisco algunas veces a descansar. También aquí se puede observar el estado primitivo de este lugar de oración. La capilla de la cruz es la que sigue después de la capilla de san Sebastián, al final del corredor de los estigmas. Fue edificada sobre el lugar en donde, según la tradición, estaba la cabañita que habitó Francisco cuando hizo la cuaresma de san Miguel, por lo cual se la conoce también como «la segunda celda de san Francisco». En dicha cabaña tuvieron lugar los diversos acontecimientos narrados por las fuentes durante la cuaresma, en especial la compañía del halcón. Es muy probable que allí mismo haya compuesto las Alabanzas del Dios Altísimo y la Bendición para fray León. La capilla de la cruz fue edificada a fines del siglo XIII, simultáneamente con la capilla de los estigmas, pero sufrió varias transformaciones en el curso de los siglos. Allí se puede observar una expresiva imagen de san Francisco con un libro abierto y un halcón a su lado, obra de Juan Collina Graziani (1887)
Sobre la puerta que da acceso a la capilla de los estigmas hay un bajorrelieve en mármol que representa la impresión de las llagas. Fue hecho a fines del siglo XIII y desde 1529 hasta 1924 ocupó el sitio central de la capilla de los estigmas, donde, según la tradición, se produjo el fenómeno de la estigmatización. Una cuidadosa observación permite ver las huellas producidas por las monedas que dejaban caer encima los devotos. La capilla de los estigmas, inicialmente separada, hoy está unida a la capilla de la cruz por una reja de hierro y unas escalas, desgastadas por el uso. La capilla que fue construida a finales del siglo XIII era más pequeña que la actual. A mediados del siglo XV fue colocado el retablo de la Crucifixión de Andrés de la Robbia, obra de gran valor artístico que acapara toda la atención de la capilla. La figura central, el Crucificado, aparece rodeado de ángeles que lloran y de algunos símbolos: el sol, la luna y el pelícano; en la parte inferior están las figuras de san Francisco, la Virgen, san Juan evangelista y san Jerónimo. Todo el conjunto está enmarcado por dos guardas: una de angelitos y otra policroma de ramos de frutas. A lo largo del siglo XV la capilla fue ampliada y adquirió la forma actual, un tanto fría. En el año 1531 fue colocada la elegante sillería del coro, la cual obligó a reducir la dimensión de las ventanas. Estas sillas adquirieron mucha más vistosidad con las figuras incrustadas en los espaldares por fray Leonardo Galiberti a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El sitio donde se hallaba Francisco al momento de recibir los estigmas se encuentra hoy indicado por una placa de mármol en forma de exágono irregular hecha a finales del siglo XIII, sobre la cual se halla escrita la antífona «Caelorum candor» en caracteres góticos. Cuatro pequeñas columnas y un cordón rojo la protegen. La capilla de san Buenaventura está a un lado de la de los estigmas, sobre el precipicio, entrando por la capilla de la cruz. Cuando el Doctor Seráfico vino al Alverna, en este lugar no había ninguna construcción. Esta se hizo más tarde como un apéndice de la capilla de los estigmas, para observar la roca viva y abrupta. Desafortunadamente a comienzos del siglo XVI se le ocurrió al guardián rebanar la roca y organizar el lugar más o menos como hoy se ve. Sólo a mediados del siglo XVI comenzó a llamarse «capilla de san Buenaventura». Es un lugar pequeño y recogido, que invita fácilmente a la oración. La capilla de san Antonio de Padua se halla a un lado de la capilla de la cruz, también en la parte que da al precipicio. Fue construida a fines del siglo XIII sobre el lugar donde estaba la cabaña que habitó san Antonio en 1230. El altar actual fue hecho en 1780. El precipicio es la parte de la roca que cae perpendicularmente a cerca de 70 metros de altura. Un estrecho pasadizo permite la visita de este lugar que, por lo demás, ofrece una vista espléndida sobre el valle. Aquí se recuerda la amenaza que le hizo el demonio a Francisco de lanzarlo al abismo, en uno de los relatos del mismo tipo narrados por algunas leyendas. La gruta de fray León se encuentra en la parte superior de la roca, sobre la capilla de los estigmas. Se llega a ella saliendo por la puerta pequeña que da al altar de los estigmas y subiendo por un estrecho sendero. Desde esa altura, el celoso secretario de Francisco pudo haber espiado muchos de sus movimientos. Eremitorio de los estigmas. Originalmente consistió en cinco celdas para cinco hermanos encargados de custodiar la capilla de los estigmas y de velar por el culto allí. Las celdas fueron construidas en 1267 donde hoy se encuentra un jardincito al lado del corredor de los estigmas. Este eremitorio duró hasta el año 1431. Dos siglos después se restableció dicho eremitorio con una construcción hecha detrás de la capilla Loddi, que es sustancialmente la misma que hoy existe, a la cual se le han hecho algunas modificaciones. Del gran Convento solamente llamamos la atención sobre algunos lugares u objetos importantes. El claustro grande o de la cisterna: se llega a él más fácilmente por la puerta contigua a la capilla de santa María de los ángeles. Obsérvense sobre esta puerta los escudos de Eugenio IV, del pueblo de Florencia, del Municipio de Florencia y de los Cónsules del arte de la lana, protectores del Alverna durante muchos años. El claustro es un cuadrado circundado por un corredor cerrado, con grandes ventanales en arco que le dan luz. En el centro del patio hay un pozo para recoger las aguas de la lluvia, hecho en 1522. Mirado en su conjunto, este claustro da la idea de una gran austeridad. El refectorio es un gran rectángulo de 38 por 8 m., construido en 1515 y ampliado en 1718. En la pared del fondo hay un cuadro de la última Cena pintado en 1873 por Fernando Folchi. En uno de sus muros hay una hermosa terracota de Lucas de la Robbia llamada La Virgen de la consolación. El Museo contiene algunos cuadros, ornamentos y vasos sagrados y otros objetos de valor histórico. En el claustro de santa Clara, al centro, hay una dramática estigmatización de san Francisco en bronce, obra de Fabrizio Giannini. La sala de santa Clara que se encuentra a su lado, tiene un retablo tallado en madera por Hildegarda Hendrichs en 1955; representa la oda de la alegría franciscana. Los medallones del dormitorio fueron pintados entre 1501 y 1509 por Gerino Gerini, discípulo de Perugino. Son retratos de diversos hermanos que vivieron o pasaron por el Alverna y se destacaron por su vida o sus obras. En el bosque hay varios sitios de interés, entre los cuales vale la pena tener en cuenta: la capilla del haya, rodeada de un pequeño muro. Fue construida en 1518 donde había antes un haya, en cuyo tronco el beato Juan incrustó una cruz, frente a la cual solía orar. La capilla del beato Juan, construida a fines del siglo XV en el sitio donde se hallaba la cabaña que sirvió de habitación a este penitente durante casi 30 años. La roca del hermano Lupo, enorme pedazo de roca despegado de la montaña, ligado a algunas leyendas relacionadas con un feroz bandido llamado Lupo, o sea Lobo, quien entró a la Orden y se llamó «Cordero». La capilla de la Penna en el punto más alto del monte, construida en 1580 y recientemente reparada. A la entrada del convento, por la carretera, se observa una escultura en bronce que representa a san Francisco y un muchacho con unas tórtolas. Es una obra de Vincenzo Rosignoli hecha en 1902. Inicialmente estuvo en la plaza del Cuadrante, en 1935 fue colocada a un lado del camino de herradura, cerca de la capilla de las aves, y a partir de 1985 ocupa este lugar. La capilla de las aves fue construida en 1602 en el sitio donde había antes una enorme encina. Según la tradición, cuando Francisco subió por primera vez al Alverna, se recostó sobre esta encina y muchos pájaros vinieron a recibirlo. En el interior se observa una modesta escultura (de 1887) que recuerda el hecho. El castillo del conde Orlando. Un complemento importante del monte Alverna es la visita de las ruinas del castillo llamado familiarmente del conde Orlando, pero que en realidad es el castillo de los condes Catani de Chiusi en el Casentino. Seguramente allí estuvo san Francisco varias veces como huésped de su amigo el conde Orlando. Sus orígenes se remontan a la república romana, cuando fue construida aquí una fortaleza para impedir que Aníbal pasara de Romaña a Toscana. El nombre de Chiusi parece que se deriva de «Clusium» (chiuso = cerrado), en cuanto cierra el paso que comunica el valle del Tíber con Romaña. Durante el medioevo el castillo tuvo también una función defensiva y de vigilancia contra los bandidos que asaltaban a los comerciantes y peregrinos que transitaban por la región. El interés del conde Orlando en traer a un grupo de hermanos al Alverna se explica en parte por el deseo de evitar que el monte continuara siendo el refugio de los malhechores. En el año 967 se hizo un convenio firmado por el emperador Otón I, en el que se hace mención de este castillo, reconociendo su propiedad y los derechos de «clientela» a Gualfredo d’Ildebrando. Esto permite suponer que su construcción es un poco anterior al siglo X. A lo largo de los siglos tuvo distintos dueños. La familia de los condes Catani figura como su propietaria por cerca de cuatro siglos, hasta el año 1324, cuando pasó a manos de la familia Tarlati de Arezzo, la cual lo tuvo hasta 1360. A partir de esta fecha volvió a los Catani, pero sólo por 24 años, pues a partir de 1384 formó parte de la república florentina, la cual lo dio en encomienda a varios beneficiados, quienes se preocuparon poco de su conservación. A comienzos del siglo XV este castillo ya había perdido importancia estratégica y dejó de ser centro de poder. En el año 1428 fue decretada la unión administrativa de Chiusi a Caprese, la cual significó su decreto de muerte: fue abandonado el castillo y poco a poco demolido. Muchas de sus piedras sirvieron para construcciones vecinas, entre las cuales las del monte Alverna. Hoy no quedan más que algunos muros, propiedad de Enrico Montini. La Superintendencia de Bellas Artes de Arezzo se ha preocupado de su conservación. Acontecimientos - Francisco, hombre de oración, buscaba los lugares solitarios, las rocas y las peñas escarpadas, para dedicarse a la oración: 1 Cel 71.91a; LM 10,3. - Francisco se hace acompañar de unos pocos hermanos para subir al Alverna y celebrar allí la cuaresma de san Miguel: 1 Cel 91b. - Escena del campesino que calma su sed por intercesión de Francisco, cuando subían al monte Alverna: 2 Cel 46; LM 7,12. - Se indica el tiempo y el lugar del acontecimiento: LM 13,1; Lam 6:1a; LP 118ab. - Amistad de Francisco con el halcón y otras aves: 2 Cel 168; LM 8,10b-d; LP 118d. - Escena de la piel sustraída al fuego: LP 87; EP 117. - Francisco sufre las tentaciones del demonio: LP 118e; EP 99d. - Después de permanecer allí algún tiempo, quiere saber cuál es la voluntad de Dios. Consulta el libro de los evangelios: 1 Cel 91c-93; LM 13,2; LP 118c. - Aparición del Serafín alado. Impresión de las llagas. Descripción: 1 Cel 94-95a; LM 13,3; Lam 6:1-3; TC 69; AP 46b. - Francisco escribe para fray León la Bendición y las Alabanzas del Dios altísimo: 2 Cel 49; LM 11,9cd; Lam 4:6. - Descenso del monte Alverna: LM 13,5; Lam 6:4. - Además de estos textos, se debe tomar como texto guía las Consideraciones sobre las llagas, especialmente las tres primeras. Téngase en cuenta, sin embargo, que este documento es anacrónico: reúne todos los datos conocidos sobre el monte Alverna en una sola estadía, o sea la de la estigmatización (año 1224)
Actualización Los acontecimientos del monte Alverna son muy ricos en sugerencias para nuestra reflexión y actualización. Aquí solamente proponemos algunas, a manera de punto de partida. Francisco y sus compañeros se hacen presentes en la fiesta del castillo de San León de Montefeltro. Es una fiesta profana, pero esto no impide que Francisco esté allí, que participe de los acontecimientos ordinarios de la vida del pueblo. él no concibe la vida religiosa como una separación timorata del mundo, sino como una presencia viva y evangelizadora en medio del mundo. Por ello, cuando participa de la fiesta, él no deja de ser el hermano Francisco. Quizás esto nos puede servir para reubicar nuestro sentido de la vida franciscana, para revalorar las realidades de la vida ordinaria de la gente y para fortalecer nuestro sentido de coherencia, independientemente del lugar en que nos encontremos. La selección que hacía Francisco de ciertos lugares tan abruptos y rudos como los presentaba, y aún presenta, el monte Alverna para hacer su oración nos puede dejar un poco desconcertados, especialmente cuando verificamos nuestra incapacidad para hacer cosas semejantes. Pensamos que son actitudes para admirar pero no para imitar. No obstante, de alguna manera nos interpelan, en cuanto nos indican que hay una serie de aspectos y características de la oración quizá desconocidos por nosotros, pero que de alguna manera, así sea en forma reducida o adaptada, deben ser cultivados por nosotros como un valor. Aparte de las consideraciones de tipo psicológico o de cualquier otro tipo que se puedan hacer acerca de los estigmas de san Francisco, vale la pena tener en cuenta aquí, sobre todo, su dimensión teológica. Los estigmas no fueron en Francisco un fenómeno improvisado ni aislado del resto de su vida. Haciendo eco a la consideración de Tomás de Celano (cf. 2 Cel 11), se podría decir que las llagas del Crucificado comenzaron a gestarse en el cuerpo de Francisco desde su encuentro con el Crucifijo de san Damián; más aún, desde cuando comenzó a descubrir a Jesucristo en los pobres y en los leprosos. Jesucristo no fue para Francisco una teoría. Fue una persona concreta que cada día tomaba posesión de él. «Su vivir era Cristo». Jesús estaba en sus labios, en su mente, en su corazón... (cf. LM 9,2)
Lo que ocurrió en el monte Alverna no fue otra cosa que la floración, en cinco flores rojas, de una larga y amorosa gestación. Entre Francisco y nosotros hay, sin duda, una gran diferencia. Nuestra capacidad de respuesta quizá nunca llegará a ser semejante a la suya. Sin embargo, la llamada que hemos recibido es la misma. La urgencia de Jesús crucificado, del siervo que padece, es un imperativo para nosotros. De alguna forma debemos ofrecer hoy una respuesta. ¿Cómo la estamos dando?
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CITTÀ DI CASTELLO CittÀ di Castello es el más importante centro urbano del valle alto del Tíber. En tiempos de san Francisco era un paso obligado para quien quería hacer el camino más corto entre Asís y el monte Alverna. Es de suponer, por tanto, que el santo pasó muchas veces por aquí. Las fuentes biográficas no han conservado más que la narración de dos hechos prodigiosos, obrados por intercesión de Francisco, los cuales se pueden ubicar hacia el mes de octubre de 1224, cuando regresaba del monte Alverna ya estigmatizado. En ese entonces estuvo hospedado «durante un mes» (?) en la casa de la familia Salamacchi, situada al frente de donde hoy se encuentra el Monte de Piedad. - Francisco expulsa el demonio de una mujer fuertemente atormentada: 1 Cel 70; LM 12,10f; Llagas 4. - Curación de un niño enfermo a causa de una llaga maligna: Llagas 4. BORGO SAN SEPOLCRO Borgo San Sepolcro es una pequeña ciudad que pertenece hoy a la provincia de Arezzo. Hay quienes afirman que la presencia franciscana aquí se remonta al año 1213. Los documentos más antiguos sobre esta presencia son del año 1258 y están relacionados con la iglesia de San Francisco. Sólo una vez aparece mencionado explícitamente Borgo San Sepolcro en las fuentes biográficas en relación con san Francisco. Se refiere a su regreso del monte Alverna a fines de septiembre o comienzos de octubre de 1224, después de haber recibido los estigmas. Muchas personas salen a su paso, pues quieren ver, tocar y conservar alguna reliquia del estigmatizado. Francisco, absorto en una profunda oración, no se da cuenta de su paso por el poblado: 2 Cel 98; LM 10,2; Llagas 4. Después de muerto Francisco, se menciona como milagroso el castigo de un hombre blasfemo, caballero de Borgo: LM milagros 9,3. MONTECASALE Historia Donde hoy se levanta el eremitorio de Montecasale existió antiguamente una fortaleza militar que vigilaba un castillo cercano. Por esta región pasaba el camino de la sal que atravesaba los montes Apeninos (de aquí derivan algunos el nombre: monte de la casa de la sal = Monte-ca-sale), llamado también el «camino de los romeros», del cual se pueden observar todavía algunos restos. Tanto el castillo como la fortaleza fueron abandonados a mediados del siglo XII. A finales del mismo siglo los Camaldulenses de Borgo San Sepolcro construyeron en los restos de la fortaleza un pequeño eremitorio y una hospedería para los peregrinos, la cual se transformó muy pronto en hospital para enfermos pobres. Se dice que la presencia franciscana en este lugar se remonta al año 1213, cuando le fue ofrecido a Francisco y a sus hermanos; al menos en esta fecha se suele ubicar la carta del permiso para habitar allí que les dio el obispo Juan de CittÀ di Castello. Además de los acontecimientos ligados a la vida de san Francisco, que veremos más adelante, en este eremitorio se recuerdan también las estadías de san Antonio de Padua (probablemente a finales de 1230) y de san Buenaventura (alrededor de 1260)
Los hermanos menores habitaron en Montecasale hasta el año 1268, cuando se trasladaron al convento que había sido construido para ellos en San Sepolcro. El eremitorio siguió siendo habitado por un grupo de penitentes de la Tercera Orden, los cuales permanecieron allí durante un poco más de dos siglos y medio. A partir de 1531 este lugar ha sido habitado permanentemente y custodiado celosamente por los hermanos menores capuchinos, salvo durante dos interrupciones en el siglo XIX (1810-1830 y 1872-1894)
Durante todo este tiempo, al núcleo inicial (los restos de la fortaleza) y a las pocas habitaciones existentes alrededor de la capilla, se han ido agregando las modestas construcciones que constituyen el conjunto arquitectónico que hoy vemos. Descripción El eremitorio de Montecasale está ubicado en un lugar solitario, rodeado de bosques, a una altura de 700 m. A pesar de las addendas que se le han hecho a lo largo de los siglos, conserva el encanto de la simplicidad primitiva. A la izquierda de la puerta de entrada hay una inscripción que dice: «Qui abitarono tre santi: Francesco, Antonio, Bonaventura. Qui tre empi ladroni vissero come santi. Qui parecchi venerabili morirono nel Signore. Pertanto: beati coloro che abitano in questa tua casa, Signore» (Aquí habitaron tres santos: Francisco, Antonio, Buenaventura. Aquí tres impíos ladrones vivieron como santos. Aquí muchos venerables murieron en el Señor. Por tanto: bienaventurados los que habitan en esta tu casa, Señor)
La iglesita constituye el núcleo del eremitorio y la edificación más primitiva, al menos en algunos de sus muros, pues con motivo del derrumbamiento que sufrió en 1500, fue ampliada y modificada parcialmente. El retablo del altar, hecho con madera de nogal, encierra en un nicho una antigua imagen de la Virgen con el Niño tallada en madera y policromada, la cual se remonta a fines del siglo XIII o comienzos del XIV. El coro es una reducida habitación ubicada detrás del altar. Allí se encuentra una interesante serie de cerámicas (año 1667) que representan escenas de la vida de san Francisco especialmente relacionadas con Montecasale. En la pared opuesta a la ventana hay un cuadro que muestra a san Francisco bebiendo del costado de Jesucristo; se trata de una original forma de expresar uno de los puntos claves de su espiritualidad. Fue hecho probablemente en el siglo XVII, aunque algunos lo atribuyen a D. Pecori ( 1527)
Del coro se pasa, por una puertecita, al primitivo dormitorio en donde se pueden ver las celditas que habitaron antiguamente los hermanos. La primera de la derecha recuerda la permanencia de san Buenaventura en este lugar; la siguiente está ligada a la memoria de san Antonio. El oratorio de san Francisco fue construido (¿siglo XV?) en el lugar donde se refugiaba el santo para orar y descansar: los salientes de la roca que en aquel entonces estaban a la intemperie. Cerca de este oratorio se puede observar, en el nicho de la derecha, una PietÀ tallada en madera, del siglo XIV. La imagen estilizada de san Francisco fue tallada en un tronco de tilo por el capuchino Flaviano Laghi en 1964. El claustro es de una agradable simplicidad primitiva, con sus techos bajos cubiertos con lajas de piedra y un modesto pozo en el centro. Desde uno de sus ángulos se observa el campanario en forma de espadaña. En las cercanías del conventito se encuentra la llamada fuente Grappa l’Orso, a la cual se llega por un camino sombreado de árboles. La fuente es de una especial frescura y está ligada a varias leyendas. Tomando por otro camino que desciende la pendiente se llega al Sasso Spicco, una gigantesca laja de piedra recortada en hemiciclo y asomada a un precipicio de cerca de sesenta metros; la laja tiene la forma de un enorme alero sobre el cual se desliza un torrente de agua (el Spisciolo) que cae en una hermosa cascada. Acontecimientos - Francisco manda traer a Montecasale unas reliquias para darles el culto debido: 2 Cel 202; LM 6,7. - Francisco da una lección a los hermanos sobre la manera de tratar evangélicamente a los ladrones: LP 115; EP 66; Flor 26. - En Montecasale recibe Francisco a un joven de la noble familia de los Tarlati de Borgo San Sepolcro, el beato ángel Tarlati: Flor 26. - Es aquí donde Bartolomé de Pisa ubica el conocido episodio de las coles que Francisco mandó plantar al revés a unos novicios para probar su obediencia: De Conformitate, Lib. II, en Analecta, t. V, p. 141. - A su regreso del monte Alverna, después de recibir los estigmas, Francisco permanece algunos días en el eremitorio de Montecasale. Mediante su intervención, un hermano fuertemente enfermo recupera la salud: Llagas 4. Actualización La enseñanza que dio Francisco a los hermanos sobre la forma de acoger a los ladrones está en estrecha relación con las normas que aparecen en la Regla no bulada 7,4: «Y todo el que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente». Aquí se nos ofrece una de las notas características de la fraternidad franciscana en su dimensión universal, abierta a todos. Se trata de una fraternidad que no es exclusivista ni excluyente. La lección dada a los hermanos de entonces es todavía mucho más incisiva para los hermanos de hoy, que fácilmente nos guiamos por «prudencias humanas» frente a los bandidos de hoy, las cuales no son otra cosa que temores, inseguridades y, en definitiva, ausencia de Evangelio en nuestra vida, sin el cual no alcanzamos ni la intrepidez ni el vigor que tenía Francisco para tratar a los «hermanos ladrones». Fernando Uribe, O.F.M., El Monte Alverna y lugares cercanos, en Idem, Por los caminos de Francisco de Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1990, pp. 177-194.
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La montaña sagrada El peregrino que, saliendo de Bibbiena por la antigua puerta romana cerca de la antigua iglesia de la Pieve, toma la senda campestre, ve surgir aislada, emergiendo sobre el valle y los collados, una montaña rocosa, de azulada cumbre, que atrae su mirada más que otra cualquiera. Es el Alverna, el místico calvario del Pobrecillo de Asís. El aspecto de este monte es verdaderamente extraño; fue comparado por unos a un gigantesco baluarte que alza el mayor de sus ángulos hasta 1283 metros sobre el nivel del mar, y por otros a un original cometa, cuya cola, vuelta al mediodía, y de la cual sale una larga escollera, se prolonga hasta debajo de las colinas de Chiusi; o también a una isla que surgiera del océano, o a una pirámide de Egipto. La mancha que corona su frente, sobre las rocas blanquecinas, y en medio de las cuales aparece como engastado el grupo de los Santuarios franciscanos, está formada por un magnífico bosque, poblado de fresnos y de abetos que el viento hace vibrar como arpa gigante; recortado por rocas, precipicios y cavernas; adornado y embalsamado por musgo y flores silvestres. Excepto en los meses de verano, el clima es aquí bastante vario, húmedo y frío, a causa de las frecuentes lluvias de casi perpetuo invierno. Pero desde junio hasta septiembre la estancia en el Alverna es verdaderamente agradable y deliciosa. Seguramente por este contraste los historiadores y poetas que describieron la montaña seráfica, al buscar el significado etimológico de la misma, formularon hipótesis diametralmente opuestas, y mientras unos sostuvieron llamarse la Averna, de ver sólo por ironía, por ser lugar sin primavera, otros lo hacen derivar de vernans, casi perenne primavera [en latín, ver, veris, significa primavera]. Creo, con todo, que, a pesar de las razones de estos últimos, la pedregosa montaña casentina, de vastos y encantadores panoramas, no hubiera sido nunca meta de las almas piadosas, que desde hace siglos la visitan en inmortal peregrinación, si Francisco de Asís no hubiese recorrido con sus pies descalzos todos estos riscos y profundos barrancos. Sabemos que cuando el Pobrecillo amoroso subió por primera vez a las rocas del Alverna para orar, meditar y llorar sobre la pasión de Cristo, y recibir finalmente los Estigmas de su martirio, aquel monte estaba infestado por fieras y salteadores. Hoy es uno de los lugares más santos del mundo, asilo de reposo y de paz, morada de corazones puros y generosos, sagrario de místicos recuerdos. El «crudo sasso» (Dante, Paraíso, XI, 106-108) Recuérdalo el Dante en el último admirable terceto de su canto franciscano, undécimo del Paraíso. El sublime poeta dedica al milagro del Alverna: «Nel crudo sasso intra Tevere ed Arno / Da Cristo prese l’ultimo sigillo / Che le sue membra due anni portarno», «En el áspero monte entre el Tíber y el Arno / de Cristo recibió el último sello / que sus miembros llevaron durante dos años». La situación de la prodigiosa roca no puede estar mejor determinada de lo que aparece en el recuerdo de estos dos grandes ríos, que bajando el uno de las alturas del monte Fumaiolo y el otro del Falterona, recorren y bañan el bello Casentino. Bien hizo Alighieri en recordar con preferencia a todo el resto de la montaña el «crudo Sasso», como hace bien nuestro artista en reproducirlo en el boceto adjunto, porque el nombre y vista de aquella traen poderosamente a la memoria el don divino que el Cielo se dignó conceder entre sus piedras al Santo humildísimo. El enorme macizo, abrupto y desnudo, que mereció convertirse en el altar del más puro y sublime holocausto que criatura humana pudo ofrecer a su Creador, ¿no parece simbolizar la suprema renuncia que hizo Francisco ante el Obispo de su ciudad, cuando se despojó de los vestidos y se desposó místicamente con la Dama Pobreza? ¡He aquí el primer paso decisivo y enérgico hacia el monte del sacrificio! Llegado a estas alturas el Pobrecillo de Dios no poseía ya nada de lo que era suyo: ni sus bienes, distribuidos por él en limosna a los pobres; ni su cuerpo, extenuado por la penitencia y destrozado por las fatigas del apostolado; ni sus instituciones, para cuyo nacimiento, desarrollo y conservación se consideraba como instrumento inútil en las manos del Señor. Cuando llegó por última vez a la vista del «áspero monte» que para él debía ser casi tierno, Francisco, como Cristo, sólo llevaba el peso de su cruz, que era su tesoro; no visible instrumento de martirio que pesara sobre su espalda, sino invisible tormento del corazón: un vivo, profundo y consciente deseo de sufrimiento y de amor; el ansia de una unión más íntima con su Amado, de una completa inmolación por él, de una total transformación en él. Es lo que había de suceder poco después, coronando el Alverna de esplendores inmortales, de los fulgores de Sión y de la gloria del Tabor. Aún hoy, a siete siglos de distancia, al acercarse a la montaña sacra, parece siempre que se ve elevarse sobre la prodigiosa mole, humilde y grande, la figura del Estigmatizado, dominando desde aquella roca el inmenso panorama, alabando a Dios y bendiciendo a sus criaturas. El castillo del Conde Orlando Es actualmente un montón de gigantescas ruinas, al sudoeste del «crudo Sasso», que recuerdan al pensador todo un mundo medieval de hazañas caballerescas, de justas y torneos, de guerras y de batallas, de derrotas y de victorias. Pero toda alma franciscana sabe sin embargo que a estos escombros está unido el recuerdo de una de las páginas más sugestivas de la historia del Santo de Asís: la generosa donación del Monte Alverna, por el Conde Orlando Cattani, señor de Chiusi, a Francisco y a sus frailes. Véase la Consideración I sobre las Llagas. El apóstol umbro y el noble del Casentino se habían encontrado por primera vez en Montefeltro, donde el juglar de Cristo, acompañado de su fiel Fray León, quiso tomar parte en una fiesta mundana, con la esperanza de hacer bien y ganar algún alma para Cristo. Subido sobre un pequeño poyo que dominaba la plaza del castillo, donde se había reunido toda la nobleza de la vecindad, el heraldo del Gran Rey quiso predicar a aquel auditorio disipado, tomando por tema de su discurso los conocidos versos de una canción popular, entonces en boga: «Tanto é il bene che mi aspetto / que ogni pena mi é diletto», «Tanto es el bien que espero, que el penar me es placentero». Orlando quedó de tal modo admirado y conmovido del fervor religioso con que el frailecillo supo comentar su canto que, después de un coloquio con él, lo selló con la oferta de la montaña de la Verna. Francisco la aceptó, una vez que, visitada por algunos de sus religiosos, la encontraron como muy adecuada para una vida de soledad, de oración y de penitencia. La cesión se realizó oralmente el 18 de Mayo de 1213; pero sólo más tarde, el 19 de Julio de 1274, fue confirmada con documento notarial por los hijos del Conde Orlando. En este acto legal encontramos la más antigua y exacta descripción de la montaña seráfica, llamada tierra arboratam, saxosam et pratosam, poniendo así en relieve el triple elemento natural, el bosque, la roca y el prado, que encierra también hoy el Alverna en su circuito, dándole un triple aspecto: solemne, selvático e idílico. Donaron igualmente a los hijos del Pobrecillo la servilleta, el vaso y el plato de madera de que se había servido el Santo cuando fue huésped del Conde de Chiusi, objetos que ahora se conservan como reliquias en el Santuario. Prueba todo ello de la profunda veneración con que el Conde Orlando y sus familiares rodearon siempre la cara memoria del apóstol del Señor, el cual, con su sencillez, su fe y su amor, sabía atraer a sí a todas las almas y a todos los corazones. El camino entre Chiusi y el Alverna Se desliza, a veces, llano; otras veces, a través de los bosques; a veces montuoso y entre rocas, pero siempre poético y sugestivo. El Santo de Asís lo recorrió, sin duda, en el primer viaje que hizo hacia la montaña de su martirio, durante el verano de 1214, o tal vez más probablemente de 1215, a su regreso de España a la Porciúncula. También entonces le acompañaban sus íntimos León, ángel y Maseo, director este último de la devota peregrinación. Sucedió que, al llegar a Citerna, el varón de Dios quiso predicar al pueblo, que se había reunido en el campo a la sombra de una gran encina. Al apoyarse Francisco en el árbol, vio que era un hervidero de hormigas, pero con una sola palabra suya aquel sinnúmero de insectos abandonó el lugar procesionalmente, alejándose con orden admirable y entre el asombro del estupefacto auditorio. Al emprender de nuevo el camino y encontrándose al anochecer distantes de poblado, nuestros peregrinos se vieron obligados a refugiarse en una iglesia abandonada, en el término de Caprese, de la cual existen aún algunas ruinas. Dice la tradición que en este lugar el místico Santo, que velaba en oración, fue asaltado con tal furor por una legión de demonios, que el relato de las Florecillas está lleno aún hoy de maravilla y espanto. Pero en esa misma noche Francisco, después de la batalla, fue visto por sus compañeros, al despertar del sueño, «orando con los brazos en cruz por largo tiempo, en el aire y elevado de la tierra y rodeado de una esplendente nube». El espíritu había triunfado, pero el cuerpo quedó a tal punto extenuadas sus fuerzas por la lucha que, cuando se trató de emprender de nuevo el viaje, fue necesario buscar para el Seráfico Padre un borriquillo, que prestó un pobre aldeano, el cual, en su sencillez, se permitió poner a prueba la humildad del Poverello, exhortándole a que fuera realmente tan bueno como el pueblo creía. Francisco inmediatamente baja del borriquillo «y se arrodilla delante de él y empieza a besarle los pies, agradeciéndole humildemente el que se hubiera dignado amonestarle con tanta caridad. Entonces el aldeano, juntamente con los compañeros de San Francisco, con grande devoción le levantaron del suelo y colocaron de nuevo sobre el borriquillo continuando su camino». Poco después y en obsequio del mismo aldeano, que moría de sed entre las rocas de la montaña, abrasada por el sol, el Pobrecillo hacía surgir de la roca una fuente viva (cf. Consideración I sobre las Llagas)
¡éste y otros son los recuerdos franciscanos que se presentan a la memoria recorriendo el histórico camino que, desde los valles de Perusa, por Citerna y Capresi, conduce al Gólgota seráfico! La Capilla de los Pajarillos Las Florecillas continúan narrando que, al pie de la escarpada pendiente, Francisco quiere descansar un poco a la sombra de una soberbia encina. Mientras el Santo consideraba alegremente la disposición del lugar, y se gozaba de la encantadora visión del panorama, he aquí que viene una gran bandada de pajaritos de distintos puntos, los cuales, cantando y batiendo las alas, demostraban todos grandísima fiesta y alegría, rodeando a Francisco de tal manera, que algunos se le posaron sobre la cabeza, otros sobre la espalda, otros sobre los brazos, algunos en el regazo y otros en torno a sus pies. Viendo esto sus compañeros y el labriego, y maravillándose San Francisco, lleno de júbilo espiritual dice así: «Yo creo, carísimos hermanos, que a nuestro Señor Jesucristo le agrada que nosotros vivamos en este monte solitario, ya que tanta alegría muestran por nuestra llegada nuestros hermanos los pájaros» (Consideración I sobre las Llagas)
Bellísimo episodio, que lleva toda la impronta de la poesía franciscana. Es bien sabido cómo el amoroso Poverello, llamado con razón poeta de la naturaleza y cantor de la fraternidad, abrigaba singular terneza por las inocentes criaturas del aire, que lo alegran con sus cantos y lo animan con su júbilo. Todos conocen «el bello sermón» que el Santo de Asís dirigió un día a una gran bandada de nuestros hermanos los pajaritos en la llanura de Bevagna. Otra vez, en la laguna de Venecia, se puso a pasear tranquilamente en medio de ellos, recitando el breviario con un compañero; ninguno de aquellos pajaritos huyó, y todos callaron a una señal suya. Ejemplo parecido de pronta obediencia lo dieron en otra ocasión las hermanas alondras, las cuales como distrajesen al auditorio mientras el Santo predicaba en la plaza de Aviano, fueron invitadas por el Santo a que callasen, y los alados animalitos guardaron silencio hasta el final de la ceremonia. No es, por lo tanto, inverosímil el hecho del Alverna, transmitido por la más constante tradición. En el lugar del gracioso milagro se levanta la pequeña capilla, en la cual una vez al año, durante el estío, se celebra el divino sacrificio. Un pequeño coro de pintados pajaritos en torno del oratorio, frente a la imagen del Santo que bendice -valiosa obra de Graciano de Faenza-, da todavía hoy, a siete siglos de distancia, la ilusión de asistir a la poética escena. Puerta de entrada al Santuario Cuando el Pobrecillo llegó por primera vez al Alverna no existía nada del inmenso edificio que se alza hoy a corta distancia de la Capilla de los Pajarillos, en lo alto de la rápida subida que conduce al Pianellino dei Balli, y sigue después, descendiendo, hacia la senda que lleva a Pieve di Santo Stefano. Existían sólo las pocas chozas que la gente del Conde Orlando había construido con ramas de árbol y barro para Francisco y sus compañeros. Lo demás era bosque. Hoy, en cambio, por lo menos en este sitio, la montaña sagrada presenta un aspecto bien diferente. Parece casi una pequeña ciudadela fortificada, construida en la viva roca, en la falda de la misteriosa floresta. Es curiosa especialmente, por su trazado irregular, la gran puerta que da entrada al edificio. Está formada por una tosca arcada, de estilo casi ojival, apoyada sobre dos enormes peñascos, cerrada y defendida de noche por pesados postigos que recuerdan el castillo feudal. Encima, aparecen alineadas las ventanas de la hospedería exterior. El que quiera conocer la razón de este aparato de fuerza y de defensa tendrá que hacerse explicar el significado de las armas nobiliarias que se ven esculpidas en medallones de mármol sobre el arquitrabe de la puerta que conduce a la hospedería interior y a las oficinas del convento. Se trata de los escudos del pontífice Eugenio IV, del pueblo florentino, del Municipio de Florencia y de los Cónsules del arte de la lana, todos protectores y defensores del Santuario. Fijemos nosotros más bien nuestra mirada sobre la inscripción que rodea la arcada y proclama solemnemente: «Non est in toto sanctior orbe mons»: «No hay en todo el mundo otro monte más santo». Evidente hipérbole. Jerusalén, Roma, Asís mismo se jactan de tener santuarios no menos célebres que el Alverna. Pero es también evidente la finalidad de los devotos que la han hecho grabar: el de preparar el ánimo a visitar con la piedad debida las rocas que fueron teatro del más sublime misterio de amor y de dolor que recuerda la historia, después de la tragedia del Calvario, y que encierran algunos de los más conmovedores recuerdos de la vida del tutto Seráfico in ardore. Aceptemos la devota invitación, descalcémonos en espíritu; purifiquemos la mente y el corazón y preparémonos a visitar el Santuario franciscano con humilde fe y ferviente amor. El patio exterior del convento y la iglesita de Santa María Pasada la puerta de entrada, nos encontramos ante un patio rústico que se extiende atravesando el convento y conduce a la hospedería interior. Su estructura, humilde y pobre, hirió la imaginación del artista que quiso reproducirlo aquí, ejecutándolo acertadamente. Pero, mas bien que comentar este dibujo, prefiero evocar en estas páginas el recuerdo de la devota capilla que se alza a la izquierda de este edificio, por ser la más antigua iglesita edificada en el Alverna, y es rica en recuerdos del Pobrecillo y de algunos de sus más fieles discípulos. Sabida es la devoción que Francisco de Asís tenía a la Santísima Virgen y el ardiente amor y filial ternura que le profesaba. No es infundada la tradición de que todas las iglesias que hizo edificar las dedicara a la Reina del Cielo, escogida por protectora de su Orden, y que, como la de Porciúncula, llevasen el título de Santa María de los Angeles. De todos modos es cierto que la iglesita del Alverna fue hecha construir por él a consecuencia de una visión celeste, en la cual la misma Madre de Dios se dignó expresar a su siervo el deseo de que se edificase en este lugar un pequeño santuario que le fuera dedicado, dignándose también indicar al Pobrecillo la forma y las medidas del mismo. Esto sucedía la primera vez que Francisco subió a la sacra montaña. Poco después, gracias a la generosidad de su amigo y bienhechor el Conde Orlando, el diminuto y devoto templo que medía nueve metros de largo por cinco de ancho, estaba terminado. Aumentando el número de los religiosos, y encontrándolo demasiado pequeño, tanto para ellos mismos como para la afluencia de los peregrinos, decidieron agrandarlo, pero sin cambiar el diseño, antes bien separando con una pared divisoria los dos edificios, que fueron consagrados por los Obispos de Umbría y del Casentino, en Agosto de 1260 y en presencia de San Buenaventura, entonces General de la Orden. La devotísima iglesita fue pronto la predilecta del Seráfico Padre, quien, cuando venía en busca de un poco de reposo a la mística soledad de su futuro Calvario, gustaba refugiarse entre los muros sagrados, tan caros a su corazón, para meditar, orar y disciplinarse hasta hacerse sangre. Más tarde, el alma extática del Beato Juan de Alverna se verá alegrada aquí por apariciones celestes de Angeles y de Santos y por la visita del mismo Salvador «en el momento de ser bajado de la cruz». Por esto el pequeño santuario de Santa María de los Angeles fue siempre tenido en gran veneración por los religiosos, que lo visitan procesionalmente todos los días, recitando fervorosas plegarias y cantando devotos himnos. La gran plaza del Cuadrante Se conoce con este nombre la plaza, de forma bastante irregular, que desde la pequeña subida que hay a continuación de la puerta de entrada termina en la iglesia mayor. En el centro se alza la tradicional cruz franciscana, y, asomado a un bajo pretil, puede el peregrino gozar a satisfacción de uno de los más espléndidos panoramas. No es todavía la escena grandiosa y solemne que puede contemplarse desde la cima de la montaña, pero la mirada extática puede ya deleitarse, especialmente del lado de Chiusi, en una visión de collados, de bosques y de prados que hacen descansar el ánimo y lo elevan hacia el cielo. En medio de tanta paz de la naturaleza y de tanta belleza de lo creado se comprende todavía mejor como Francisco, alma siempre vibrante de los más puros entusiasmos, gustase volver tan frecuentemente, después de sus peregrinaciones apostólicas, a recogerse entre los bosques y prados del Alverna. Y acaso por esto mismo fue levantado en 1902 sobre esta plaza [hoy se encuentra en otro emplazamiento; véase el trabajo de F. Uribe] un monumento en bronce «al Santo de la fraternidad universal», composición artística del llorado escultor profesor Vicente Rossignoli, que se ha inspirado en uno de los episodios más sugestivos de las Florecillas. Leámoslo nuevamente en el delicioso libro, para gustar toda la íntima poesía de la narración y la genialísima expresión del grupo. «Cierto muchacho había apresado un día muchas tórtolas y las llevaba a vender. Encontróse con él San Francisco, que sentía especial ternura por los animales mansos, y, mirando las tórtolas con ojos compasivos, dijo al muchacho: -- ¡Oye, buen muchacho; dame, por favor, esas aves tan inocentes, que en la Sagrada Escritura representan a las almas castas, humildes y fieles, para que no vengan a parar en manos crueles que les den muerte! El muchacho, impulsado por Dios, le dio al punto todas a San Francisco, y él las recibió en el seno y comenzó a hablar con ellas dulcemente: -- ¡Oh hermanas mías tórtolas, sencillas, inocentes y castas! ¿Por qué os habéis dejado coger? Yo quiero ahora libraros de la muerte, y os haré nidos para que os multipliquéis y deis fruto, conforme al mandato de vuestro Creador. Y San Francisco les hizo nido a todas. Ellas se domesticaron, y comenzaron a poner huevos y a empollar a la vista de los hermanos. Y vivían y alternaban familiarmente con San Francisco y los demás hermanos como si fueran gallinas alimentadas siempre por ellos. Y no se marcharon hasta que San Francisco les dio licencia para irse con su bendición» (Florecillas, 22)
El instante escogido por el artista es aquel en que el Santo, conseguido ya del muchacho uno de los inocentes animales, le pide, con dulce insistencia, el otro. El buen joven no se resiste a las súplicas del Poverello, es claro, pero se resigna con pena al don completo... El campanario y el pozo Queremos hablar de ellos aparte, porque ambos constituyen uno de los ángulos más característicos y sugestivos de la plaza del Cuadrante. La cisterna es el ornamento tradicional de todo claustro, singularmente franciscano. El campanario que se levanta junto a la iglesia mayor trae a la memoria el templo principal del Alverna, en el cual los religiosos celebran constantemente de día y de noche sus devotas funciones. Como se deduce de una inscripción gótica, puesta sobre la fachada, la iglesia fue fundada en 1348, por haberse encontrado insuficiente, dada la afluencia de peregrinos, la capilla, aun ampliada, de Santa María de los Angeles. Al principio debió de tener una forma sencillísima, grave y austera, pero elegante; las anexas y posteriores amplificaciones falsearon su forma: sólo en estos últimos tiempos se intentó restaurar el edificio según sus líneas primitivas. Además de las terracotas de La Robbia, que pronto ilustraremos, recordemos el órgano secular, cuya construcción se remonta al siglo XVI, que tuvo la fortuna de ser pulsado por manos de habilísimos maestros, como fueron, en lo pasado, los Padres Pagniucci da Fabriano, Luti da Signa, Pasquinelli da Luciana y, sobre todo, del Padre Poggiolini di Rocca San Casciano. Todavía hoy el Padre Vigilio Guidi, siguiendo las gloriosas tradiciones de los maestros que le precedieron, continúa arrancando del viejo instrumento sonoro armonías inefables. A la música del órgano, que llena los ámbitos de la Basílica de celestiales notas, va unida la de las campanas que, especialmente en las más solemnes festividades, difunden a lo lejos, por montes y valles, sus concentos, invitando a los hombres al júbilo y a la plegaria. Son cuatro las canoras hermanas, voz de Dios y voz del pueblo, las que desde lo alto de la torre del siglo XVI construida con gastada piedra de las ruinas del Castillo de Chiusi, lanzan al cielo y a la tierra sus armoniosos sonidos. Pero la campana más antigua y más famosa es la que hizo fundir, hacia 1260, el Seráfico Doctor San Buenaventura, General entonces de la Orden, y es tradición que estuvo colgada de un haya cercana al convento, no existiendo aún la torre. Ahora, con devotas miras, está colocada sobre el minúsculo campanario que se levanta al lado de la iglesita de los Angeles. Los cuadros o terracottas de La Robbia Constituyen el gran tesoro artístico del Santuario del Alverna. No hay duda que alguno de los magos de la terracotta, probablemente Andrea de La Robbia, subió al Calvario franciscano y que allí trabajó con ardor. Así lo afirma explícitamente Vasari: «En la iglesia y otros lugares del Alverna, hizo (Andrea) muchos cuadros que han permanecido en aquel lugar desierto». Es cierto que los críticos no han llegado todavía a un acuerdo para atribuir a Andrea la paternidad de todas las obras a que nos referimos, y parece que algunas deban atribuirse al mismo Lucas, mientras otras, como la «Natividad», la «Piedad», que se hallan en la pared divisional de la capillita de Santa María de los Angeles, así como el «Desprendimiento», en la capilla del Conde Checco, y el «Crucifijo», en la pared sobre el altar de la capillita de la Penna, pertenecen, sin duda, a su escuela; de todos modos, puede asegurarse que la mayor parte de estos celebérrimos cuadros son obra del más glorioso de los sobrinos del insigne Maestro. Ocho son las obras de La Robbia custodiadas celosamente, admiradas y veneradas en el Alverna: los cuatro grandes cuadros «Madonna del Refugio», «Anunciación», «Natividad» y «Ascensión», que forman el retablo de las varias capillas de la iglesia mayor; las dos estatuas de «San Francisco» y de «San Antonio Abad», que se admiran a los lados del arco del presbiterio del mismo templo; los otros dos cuadros no menos grandiosos y maravillosos que se conservan en la capilla de los Estigmas y en la capillita de los Angeles, y reproducen, respectivamente, la «Crucifixión» y la «Ascensión». En cambio la «Madonna con el hijo», que se admira en el refectorio del convento, no es de la escuela de La Robbia. No es preciso describir estas creaciones prodigiosas del genio artístico italiano, porque todo el mundo recuerda aquellas Vírgenes de celestial semblante, aquellos Niños de una ingenuidad divina, aquellas estatuas que parecen hablar, aquellos óvalos y círculos, aquel conjunto de ángeles y jóvenes cantando y tocando, aquellas guirnaldas llenas de suaves e inspiradas figuras y adornos de singulares fajas policromadas, hechas de hojas, de flores y de frutos. Quizás a nadie mejor que a los de La Robbia supo hacerse más dúctil y obediente la materia, para moldearla a imitación de la naturaleza y de los más suaves argumentos religiosos; nadie, entre los escultores del siglo XV, fue más sencillo y mesurado que ellos en el sentimiento, ni nadie supo aunar mejor la fuerza de la expresión con la alegre vivacidad y la plácida compostura. Su arte ingenuo y sublime fue eminentemente franciscano, y no nos resta sino lamentar que los de La Robbia no hayan intentado cantar en la terracotta, con la técnica maravillosa de la cual sólo ellos poseían el secreto, toda la epopeya del Pobrecillo de Asís. La "Roca cortada" ("Sasso spicco") Empezamos ahora la visita a los lugares que más íntimamente nos hablan del mártir del Alverna, de su vida de recogimiento y de oración entre las rocas de la sagrada montaña. Dejando a la izquierda la capilla dedicada al santo de la Eucaristía, Pascual Bailón, que se alza al lado del antiguo cementerio de los religiosos, y a la derecha la dedicada a San Pedro de Alcántara, mandada construir por la Condesa Catalina Tarlati a fines del siglo XV, descendemos por una larga escalinata de cincuenta y cuatro peldaños y llegamos a un balconcillo desde el que se ofrece a la vista un profundo y pavoroso precipicio sobre las praderas del fondo. Bajando otra escalinata más estrecha y desigual, nos hallamos en el centro de una gran caverna, envuelta en una obscuridad casi completa. Dos muros de granito de una altura espantosa forman a nuestra izquierda una especie de corredor estrecho que ofrece un espectáculo terrorífico. Un inmenso pedrusco está como engastado entre los dos muros y parece deba precipitarse a cada momento al suelo. Se desprendió de la montaña el 12 de enero de 1867, en el preciso momento en que un delegado del Gobierno tomaba sacrílegamente posesión del Alverna. Pero sobre nuestra cabeza se encuentra un pedrusco aun más enorme, que mide aproximadamente cuatro metros de ancho por cinco de largo y parece enteramente suspendido en el aire, porque, separado del monte, sólo se halla unido a él por la parte más estrecha. Por esto se le llama Sasso spicco, la roca cortada, pues parece que deba desprenderse de lo alto y caernos encima. Los biógrafos de nuestro Santo atestiguan que prefería los sitios solitarios idóneos a la oración: Solitaria loca quaerebat amica moeroribus; y la tradición nos cuenta que cuando el Pobrecillo llegó por primera vez al Alverna buscando lugares semejantes, fue de roca en roca hasta la Roca quebrada, la cual le agradó, escogiéndola como celda predilecta para sus meditaciones sobre la pasión del Salvador. Cuando un día, escondido en este su Getsemaní, se preguntaba la razón de las enormes quiebras que tiene la montaña, especialmente en el sitio en que se encontraba, se le apareció un ángel, informándole que el resquebrajamiento del Alverna se había efectuado en la tarde del Viernes Santo, al tiempo de la muerte de Cristo. Desde aquel día el Seráfico Padre cobró aún mayor cariño a la roca, de la que no fueron capaces de alejarlo las insidias del demonio, que muchas veces arrojó desde lo alto grandes piedras, con el fin de aterrarle y distraerle de la oración. Escalinata de salida a la "Roca cortada" Antes de 1905 se salía del precipicio de la Roca quebrada por otra escalinata que iba a parar al camino que flanquea la galería que conduce a la capilla de los Estigmas. Este camino es rico en recuerdos franciscanos que vamos a dar a conocer a nuestros lectores. No nos olvidemos de la capillita llamada de la Magdalena por estarle dedicada, que se eleva más arriba de la Roca quebrada, en el preciso lugar en que estaba la primera celda de San Francisco. Se la hizo construir, de madera y barro, por el Conde Orlando, junto a una altísima haya. Aquí pasó largas vigilias en oración, aquí afligió sus carnes inocentes con penitencias y ayunos, aquí fue favorecido con visiones celestiales. Un día, deseando Francisco conocer el porvenir de su Orden, se le apareció, benigno, el Señor, quien, sentándose sobre una piedra -ungida después con bálsamo y otros aromas por el Hermano León, y conservada aún como mesa de altar a la piedad de los fieles- formuló cuatro solemnes promesas, consignadas en la Crónica de los XXIV Generales. En este mismo lugar bendito escribió, sin duda, Francisco para su fiel amigo la «Ovejuela del buen Dios», la conocida bendición seráfica, cuyo autógrafo que lleva al dorso las Alabanzas del Dios altísimo, se venera como reliquia en la sacristía del Sacro Convento de Asís. Viene en seguida el pequeño tabernáculo llamado «el haya del agua». La pequeña plancha en terracota policromada, sobre el muro del fondo, da cuenta del prodigio que recuerda: «Aquí -dice una tosca inscripción- existía un haya, al pie de la cual brotaba agua milagrosa, por haberse lavado en ella San Francisco estigmatizado. Desde dicha haya María Santísima bendecía a los religiosos que se dirigían procesionalmente a la capilla de los sagrados Estigmas». En el fondo del caminito, donde ahora se encuentra el pequeño jardín cultivado por los píos eremitas que custodian el santuario de los Estigmas, se alzaban antiguamente cinco celdas, mandadas construir hacia 1267 por un devoto del Pobrecillo, en memoria de las Llagas de Nuestro Señor y de las del Seráfico Padre. Estas celdas fueron habitadas por hombres célebres por la santidad de su vida, como el Beato Juan de Alverna y el Beato Conrado de Offida. Por esto, la peregrinación a través de este camino rico en recuerdos es muy a propósito para preparar el espíritu a la meditación del gran misterio que se impone a nuestra consideración con todo el atractivo de su mística elocuencia, en el pequeño santuario junto a la roca que fue testigo del celeste prodigio.
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LA LECCIóN DEL MONTE ALVERNA por Constantino Koser, o.f.m. Carta Encíclica del Ministro General de los Franciscanos [24-VIII-75], con motivo de la celebración del 750 aniversario de la impresión de las Llagas de San Francisco en la cima del monte Alverna. 1. «Llevaba arraigada en el corazón la cruz de Cristo. Y por eso le brillaban las llagas al exterior, en la carne, porque la cruz había echado muy hondas raíces dentro, en el alma» (2 Cel 211)
Estas palabras de Tomás de Celano encierran las cosas más profundas y verdaderas que puedan decirse acerca del hecho singular de las Llagas de Cristo impresas en la carne de nuestro seráfico padre San Francisco. Dentro de poco vamos a concluir las celebraciones conmemorativas del 750 aniversario de la estigmatización en el monte Alverna. Para todos nosotros que, por vocación y profesión, estamos comprometidos en la imitación de nuestro Padre, este hecho es un desafío permanente para que la cruz eche raíces, cada vez más profundas, en nuestra alma. 2. Este año jubilar de las Llagas ha visto a muchos franciscanos en peregrinación contemplativa sobre la cima de nuestro monte santo. Pero son muchos más los que, repartidos por el mundo entero y sin posibilidad de llegar hasta él, se han esforzado ejemplarmente en la misma meditación y han formulado nuevos propósitos para una renovada y mayor fidelidad a nuestra «forma de vida». Creo, sin embargo, que si bien han sido muchas las reflexiones y los propósitos, no estará de más que os dirija todavía una palabra antes de finalizar las celebraciones jubilares. Tal vez no tenga importancia cuanto os puedo decir; quiero, sin embargo, dirigirme a vosotros y hablaros con suma humildad: acogedlo en vuestro espíritu y hacedlo florecer en vuestra vida con humildad también. I. Desafío de las Llagas de San Francisco 3. Un signo. Las Llagas de San Francisco son una realidad que encierra su propio misterio, y constituyen un signo que evoca una realidad todavía más misteriosa. Tuvieron sentido para el mismo San Francisco y lo tienen para otros, especialmente para nosotros que somos seguidores del Santo de Asís. Por nuestra condición de hombres, sólo podemos llegar a las realidades sobrenaturales mediante signos sensibles: el lenguaje hablado, los signos-cosas, que expresan algo por lo que son o por el sentido adicional convenido. La viveza de un signo depende de él mismo, pero mucho más de quien lo percibe e interpreta. 4. Crisis de los signos. La crisis en que se debate la Iglesia en nuestros días y particularmente la crisis de la vida religiosa, y también de la vida franciscana, se origina, en buena parte, en la pérdida de vigor de los signos sensibles, en la dimensión interpretativa. Desafortunadamente no es fácil recuperar los signos desgastados y hasta anulados en cuanto a su valor expresivo, y asimismo es difícil sustituirlos adecuadamente por otros. Para nosotros, sin embargo, como hombres que somos, es de suma importancia recuperar los signos que han perdido su fuerza, o sustituirlos por otros que influyan eficazmente sobre nuestra subjetividad de percepción y de realización; de no ser así, la crisis aumentará en su intensidad demoledora. 5. Las Llagas son todavía signo vigoroso. Las Llagas de Cristo y su realidad impresa en el cuerpo de San Francisco continúan teniendo una fuerza enorme de significación; continúan siendo signo. Son un signo al que se contradice para perdición, o se integra en la propia vida para resurrección (cf. Luk 2:34)
Las Llagas de Cristo, abiertas en la cruz y mantenidas en la resurrección, tienen una fuerza significativa inmensa e insospechada; nadie puede permanecer neutral y sin respuesta ante ellas. Las Llagas de San Francisco reciben de las de Cristo su vigor significativo. Poseen, no obstante, su propio valor: en cuanto hecho que la crítica abundante de quienes se resisten a aceptarlas no ha podido eliminar de la historia, y en cuanto signo de que la realidad de las Llagas de Cristo continúa viva hasta el punto de manifestarse de esta manera intensa y maravillosa. La fuerza del signo pervive, y es necesario abrir nuestras almas y las de los demás para que esta fuerza de significación transformante pueda actuar. 6. Mucha crisis, mucha duda, poca fuerza. La crisis en que nos vemos inmersos no es de ayer, pero se ha intensificado en nuestros días. Su influencia en las almas proviene de un cuestionamiento o puesta en tela de juicio generalizado. Todo cuestionamiento puede ser vida si su desafío es aceptado y conducido hasta la respuesta; pero engendra la muerte cuando no se acepta el reto y los interrogantes que suscita permanecen sin esa respuesta: produce la muerte a través de la duda que fácilmente se convierte en escepticismo; y el escepticismo hace de la vida un cementerio. El cuestionamiento, ante el cual nos estamos viendo emplazados, ha sido y continúa siendo muy grande; y por desgracia es muy grande también la proporción en que no es afrontado con responsabilidad y llevado hasta desembocar en la respuesta necesaria. Son muchos los que se complacen en controversias estériles. Así es como ha nacido la duda en muchas mentes, ha crecido un sentimiento difuso de reservas y frecuentemente se ha instaurado un escepticismo progresivo que viene produciendo la muerte de la vida cristiana y de la vida religiosa. Es urgente afrontar con responsabilidad toda puesta en tela de juicio y caminar hasta encontrarle la respuesta. El monte Alverna constituye para ello una lección fecunda. 7. San Francisco estigmatizado sugiere una orientación nueva. Si con toda seriedad nos confrontáramos con San Francisco, si no huyéramos de su mirada escrutadora, estaríamos ya en camino para hacer frente con responsabilidad al cuestionamiento crítico en que nos debatimos. Si lo hiciéramos efectivamente así, surgiría en nosotros una nueva orientación de vida y la inversión de la marcha letal de la duda o del escepticismo. 8. También es necesaria la integración de nuestro hoy. Para que esta confrontación produzca en nosotros sus efectos saludables, es imprescindible que al realizarla asumamos e integremos nuestra realidad concreta, la situación precisa en que nos encontramos. El pasado, con todas sus conquistas, nos puede ayudar eficazmente; pero esto no basta: hay que integrar también las realidades de hoy. Aceptemos el desafío con seriedad e integridad, con honestidad y valor. Debemos llevar a cabo la parte que nos corresponde con decisión y coherencia. II. Las Llagas de San Francisco son un hecho 9. La voz de la crítica histórica. Uno de los elementos de la crisis que vivimos es la duda relativa a los hechos, como, por ejemplo, la estigmatización que sucedió sobre el monte Alverna. Hay que superar esa duda acerca del hecho para que la estigmatización ejerza su influencia en nosotros. Comencemos por aquí la recuperación. A finales del siglo XVIII, la recién nacida ciencia histórica, que se apellidaba «crítica», negó el hecho de la impresión de las Llagas en el Alverna e intentó liquidar cuanto al respecto se venía afirmando. No pocos hermanos nuestros de entonces se sintieron profundamente heridos en su visión de la vida de San Francisco; tuvieron que soportar la tempestad de la negación y del ridículo: no tenían una respuesta a tal negación. Nosotros hoy, acostumbrados al método histórico-crítico, nos asustamos menos; nos parece un modo necesario de ver las cosas; y tenemos, además, la ventaja de que otros, antes de nosotros, han superado las negaciones artificiosas de lo que se presentaba como ciencia, legándonos una certeza críticamente garantizada sobre lo sucedido. Cuanto sabemos, como fruto del análisis histórico crítico de los documentos, no es mucho en realidad; no tiene la amplia dimensión de cuanto desearíamos saber. Es suficiente, sin embargo, para cimentar nuestras reflexiones y para que la lección del Alverna tenga en nosotros consistencia y valor. Como es obvio, en estas páginas no pretendemos asumir el papel del investigador; nos proponemos resumir los logros suficientemente garantizados como fundamento de las reflexiones posteriores. Nos limitamos estrictamente al hecho de las Llagas. 10. Cien años atrás: un resumen negativo. Carlos Augusto Hase hizo un primer resumen de los resultados obtenidos mediante la aplicación del método histórico-crítico a los relatos de la estigmatización de 1224: la conclusión era negativa (Franz von Assisi, Ein Heiligenbild, Leipzig 1856, pp. 143-202: «Sospecha: Investigación sobre las Llagas»)
Se creyó en el derecho y deber de restringir los documentos auténticos a la Carta Encíclica sobre el tránsito de San Francisco de Fr. Elías (An. Franc. X, 526, n. 5)
Los demás documentos fueron considerados como fruto de la fantasía, carentes de todo valor histórico; y aun la Carta de Fr. Elías la interpretó en clave minimizante. No tuvo escrúpulo en atribuir las Llagas a una falsificación desleal y criminosa realizada en el cuerpo de San Francisco, inmediatamente después de su muerte, por el propio Fr. Elías, hombre capaz -afirma Hase- de semejante monstruosidad. 11. Cien años después, el P. Octaviano de Rieden (Schmucki), capuchino, publicó un trabajo titulado «Investigación histórico-crítica, a la luz de los testimonios del siglo XIII, acerca de la estigmatización de San Francisco» (en Collectanea Franciscana 1963-1964)
Este estudio señala el punto en que se encuentran las investigaciones en el momento presente, con resultados mucho más positivos y serios que los presentados por Hase. Para nosotros significa la recuperación de los hechos a la luz de la crítica histórica, con las mayores garantías en la aplicación del método científico. No son ciertamente garantías absolutas: son garantías históricas, no metafísicas; pero garantías del más alto nivel dentro de la categoría histórica. 12. Los documentos así garantizados son los siguientes: La «Carta Encíclica sobre el tránsito de San Francisco», de Fr. Elías; la Nota que escribió Fr. León en el «Papel que dio a Fr. León» San Francisco; la «Vida primera de San Francisco», de Tomás de Celano, nn. 94-95 y 112-113. La información que contienen estos documentos se repite en otros muchos con matices complementarios. Para la finalidad de la presente Carta bastan las noticias de los tres textos mencionados: por sí solos poseen luz suficiente para disipar cualquier duda acerca del hecho de la estigmatización. 13. La impresión de las Llagas es pues un hecho que no admite duda, siempre que se respeten las normas del método histórico-crítico. Las Llagas comenzaron a formarse durante o poco después de la experiencia mística de San Francisco en el monte Alverna en septiembre de 1224: dos años antes de su muerte vio «un hombre cual un serafín que tenía seis alas» (1 Cel 94)
San Buenaventura nos proporciona una ulterior precisión cronológica: «Cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz» (LM 13,3)
Las fuentes no permiten aquilatar más la fecha. De la manera como se describe el acontecimiento se saca la impresión de que las Llagas no se formaron repentinamente durante la visión, sino que fueron apareciendo poco a poco, sin que podamos precisar lo que tardaron en formarse. «Comenzaron a aparecer -escribe Celano- en sus manos y pies las señales de los clavos, tales cuales las había visto poco antes en el hombre crucificado» (1 Cel 94)
Y San Buenaventura: «Al momento comenzaron a aparecer (statim... apparere coeperunt) en sus manos y pies las señales de los clavos» (LM 13,3)
14. La forma de las Llagas merece especial atención. La descripción de Fr. Elías y la de Celano presentan diferencias que han sido interpretadas como contradictorias. Sin embargo, leyendo las dos relaciones con escrupulosa atención y sin prejuicios, hay que reconocer que no existen tales contradicciones, y que el texto de Celano, lejos de contradecir el texto de Fr. Elías, lo confirma. Hay que tener presentes las dos descripciones. Fray Elías escribe: «Sus manos y pies tuvieron como las punzadas de los clavos, las cuales atravesaban ambas partes, conservando las cicatrices y mostrando la negrura de los clavos. Su costado apareció alanceado y a menudo destilaba sangre» (An. Franc. X, 526-527, n. 5)
Tomás de Celano, dos años después, a la vista de Fr. Elías y en vida de muchos que habían contemplado las Llagas, refiere: «Veíanse las manos y pies traspasados en su mitad o centro, y las cabezas de los clavos aparecían en la parte interior de las manos y en la superior de los pies, y sus puntas en la parte opuesta. Las señales de la palma de la mano eran redondas y por encima puntiagudas, de tal modo que se advertían algo más carnosas, como si las puntas salientes de los clavos hubieran sido retorcidas y machacadas, sobresaliendo del resto de la carne. En idéntica forma estaban impresas las señales de los pies y eran más prominentes que lo restante. El costado derecho estaba atravesado como por una lanza, por cuya cicatriz abierta manaba con frecuencia sangre tan abundante que llegaba muchas veces a teñir la túnica y aun los paños menores con la sagrada sangre» (1 Cel 94)
15. ¿Quiénes vieron las Llagas? San Francisco sintió el deber de guardar suma cautela acerca de las Llagas, siguiendo en ello una de sus normas más inolvidables: «Bienaventurado el siervo que custodia en su corazón los misterios del Señor» (Adm 28)
Los primeros biógrafos subrayan muchas veces esta cautela del Santo (Cf. 1 Cel 94-95; 2 Cel 99 y 133; LM 6,3; 10,4; 13,4)
Según Tomás de Celano, sólo Fr. Elías y Fr. Rufino contemplaron la Llaga del costado en vida de San Francisco (1 Cel 95)
Las Llagas de las manos y de los pies no se podían ocultar tan fácilmente y, a buen seguro, los más íntimos compañeros del Santo las contemplaron con cierta frecuencia. No obstante, durante los dos años de estigmatización, tanto Francisco como los pocos íntimos que conocían lo sucedido mantuvieron en secreto las Llagas. Así lo confirman las noticias que nos han trasmitido los documentos del siglo XIII: corrían rumores discretos al respecto, pero nada cierto se supo en vida del Santo. Esta es la impresión que le queda a quien lee atentamente las referencias que han llegado hasta nosotros, teniendo en cuenta el característico modo de hablar de las fuentes. Es difícil comprender cómo San Francisco consiguió mantener el secreto; sin embargo, es un hecho. Podemos suponer que las Llagas, a lo largo de los dos años, sufrirían modificaciones diversas: cicatrización, reapertura, aumento, disminución, etc., de tal modo que los períodos que podríamos llamar agudos serían cortos, lo que facilitaría el secreto y explicaría el hecho de la discreta difusión. Se afirma que de la Llaga del costado a veces, no siempre, destilaba sangre; esto es todo lo que sabemos (Fr. Elías, en la citada Carta, y Celano, 1 Cel 95, dicen saepe)
16. Muchos pudieron contemplar las Llagas después de muerto. «En apiñada multitud salió la ciudad de Asís y acudió la región entera a presenciar las maravillas de Dios» (1 Cel 112)
«Era maravilloso admirar en medio de las manos y de los pies, no ya las señales de los clavos, sino los mismos clavos formados de su propia carne, y de negrura idéntica a la del hierro, y su costado derecho teñido de sangre... Acudían solícitos los hermanos e hijos, y con lágrimas besaban los pies y las manos de tan apreciado padre que los acababa de dejar, y también su costado derecho... Todos juzgaban como el mayor regalo que se les permitiera, no ya besar, sino contemplar tan sólo las sagradas Llagas de Jesucristo, que el bienaventurado Francisco ostentaba en su cuerpo» (1 Cel 113)
También Santa Clara y sus hijas vieron las Llagas y pudieron besarlas cuando el cuerpo del Santo fue depositado, por breves instantes, en la Iglesia de San Damián, antes de ser sepultado en la de San Jorge (1 Cel 116-117)
El hecho de que tantos vieran las Llagas después de la muerte de San Francisco, hace más difícil explicar el laconismo de Fr. Elías en su comunicación, y la no menor concisión de Tomás de Celano, y el silencio de la Bula de canonización («Mira circa nos» de 19-VII-1228, aunque Gregorio IX en «Usque ad terminos», de 31-III-1237, afirme que las Llagas fueron para él «causa especial» para la canonización)
Con todo, esta dificultad no disminuye la certeza de cuanto nos refieren Fr. Elías y Celano. 17. Un hecho extraordinario, un mensaje. La estigmatización de San Francisco es un hecho cierto, no una leyenda. Sobre ser un hecho y sin dejar de serlo, pertenece a la categoría de los signos y, como tal, solicita la respuesta de una «lectura». La fuerza del signo existe, pero aguarda a quien haga esa «lectura». Cada cual la debe hacer para sí, y sólo de esa manera estará en condiciones de comunicarla a los demás. Comunicada, alcanzará su eficacia en comunidad, como debe ser entre franciscanos. Nos corresponde intentar esa «lectura»; demos, al menos, los primeros pasos. III. Confrontación con el Alverna 18. Primado de Dios. Lo que aconteció sobre el Monte Santo en septiembre de 1224 y las Llagas impresas en la carne de nuestro Padre San Francisco, significa y manifiesta sobre todo que «Dios es Señor». Dios se adueñó del Hombrecillo de Asís y en él actuó como le plugo. Esta verdad eterna e inamovible, «Dios es Señor», constituye el fundamento de toda nuestra vida natural y de nuestra vida de gracia. Sin esta realidad todo es absurdo; con ella todo es luz. Así entendió San Francisco el señorío de Dios y lo aceptó con júbilo reconocido: hizo de esta verdad el punto de referencia de su vida entera, sobre todo en el Alverna. Poseemos una información excepcional al respecto, escrita de puño y letra del mismo San Francisco en el Monte Santo, después de la estigmatización y todavía en la cima de la experiencia mística: «El Papel que dio a Fr. León» nos asegura lo que Dios era para él: «Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero. Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres belleza, tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú eres quietud, tú eres gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, tú eres templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción. Tú eres belleza, tú eres mansedumbre; tú eres protector, tú eres custodio y defensor nuestro; tú eres fortaleza, tú eres refrigerio. Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra, tú eres caridad nuestra, tú eres toda dulzura nuestra, tú eres vida eterna nuestra: Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador». 19. El señorío de Dios en la vida de San Francisco no comenzó a ser aceptado y vivido por él en el monte Alverna; la respuesta del Pobrecillo se inició antes. El señorío de Dios fue de siempre; la respuesta del hijo de Pedro Bernardone empezó con intensidad veinte años atrás, en Espoleto. El Alverna de 1224 significa una cumbre no superada. «El Papel que dio a Fr. León» es la síntesis de una experiencia de Dios muy singular y única. Cada una de sus expresiones merece una larga meditación, y debe ser traducida a la existencia concreta y cotidiana. Es necesario meditar lo que significa cada palabra en una experiencia cual fue la de San Francisco, tan viva, tan intensa, tan honda, tan sincera, tan auténtica, hasta el punto de que la más encendida expresión poética es tributaria de la realidad experimentada. Es necesario meditar y vivir en esta misma dirección, para caminar y alcanzar las cimas más elevadas, hasta que este himno se transforme, empezando por nuestra vida, en la expresión sincera de toda nuestra existencia. 20. Dios es conquista e interiorización del hombre, no alienación. Vivimos sumergidos en la densa y oprimente nube de una acusación blasfema: «Dios es alienante»; «el hombre, para encontrarse a sí mismo, debe liberarse de Dios». Es obvio que si Dios no existe -tesis cada vez más difundida; ateísmo de nuestros días-, nada más alienante para el hombre y para la humanidad que la religión, el cultivo de las relaciones con Dios; relaciones éstas que lo afirman y absorben todo, por fuerza intrínseca, en el absoluto y único Dios, y reducen al hombre a la total, ilimitada e inconmensurable dependencia, sumisión, heteronomía, propiedad «de otro». Nada más absurdo ni más nocivo si Dios no existe. Pero... Dios existe. Es un hecho inmutable e indestructible. Es una verdad. Por eso, nada más aniquilador del hombre que negar a Dios y no querer reconocer su primacía. Nosotros los hombres, «el hombre» y «la humanidad», no somos realidades absolutas. Si algo demuestra nuestro tiempo es que el hombre, al situarse en el centro de la realidad, al centrarse en sí mismo, se anula absolutamente, se «aliena» de la manera más radical, se convierte en absurdo para sí mismo. Sólo nos liberamos y nos encontramos a nosotros mismos, sólo huimos de la alienación y tenemos sentido, meta y destino, sólo tenemos historia y consistencia «en Dios». Pero no «en Dios» en el sentido panteísta de identificación, ni en el sentido aniquilador de absorción, sino en el sentido difícil y misterioso de criaturas que existen de hecho y en verdad, pero finitas y en relación. San Francisco, principalmente en la culminación mística del Alverna, lo evidencia de la manera más patente: nadie más «él mismo», en identidad y distinción, que el bienaventurado Francisco; porque nadie, como él, referido a Dios; nadie más «realizado» y «promovido»; y él nunca más realizado y promovido que cuando Dios se adueñó de su ser de manera tan radical en el monte Alverna. Hagamos resonar este mensaje en nuestra alma y convirtamos nuestra vida en resonancia del mismo. 21. «Con todas las fuerzas...» Dios es, en el sentido más radical, el centro, la cima, el núcleo del hombre. Un hecho, en el plano de la realidad; pero, al mismo tiempo y extrañamente, un hecho que debemos «realizar» en nuestra inteligencia y voluntad, en nuestra subjetividad y efectividad..., en todo lo que somos. Es la tarea y la meta de la vida presente; tarea que tenemos que realizar nosotros mismos, personalmente; tarea que no excluye, sino que implica, a los demás, a los «otros». No es una tarea que se pueda llevar a cabo en solitario, aislados y separados, individualistas, sino en comunión con los «otros». La dimensión de los «otros» es inseparable de nuestra tarea personal; pero sin olvidar que la tarea continúa siendo personal y que nadie puede asumirla en sustitución nuestra. La realización de esta tarea es precisamente lo que hace «comunión». Sin ella no es posible una verdadera comunión de hombres; a ella se reduce toda comunión posible. Con ella se llenan todas las legítimas aspiraciones del hombre, y del hombre en comunión. Por voluntad divina, no sólo se realizan, sino que se cumplen con creces, en una comunión con Dios, que sobrepasa hasta las posibilidades activas de ésta y de cualquier otra creación posible: en la comunión que nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1:4)
Nuestra comunión forma parte del misterio de Dios. Es una comunión en la que no somos aniquilados, sino que permanecemos nosotros mismos. Todos somos uno y, sin embargo, permanecemos individuos y personas. Nadie más «él mismo» que San Francisco; nadie más individuo y persona; nadie más sumergido en comunión. 22. «Y la misma creación será liberada... en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8:21)
En Dios no sólo nos liberamos nosotros los hombres, sino que nosotros liberamos la creación entera, todo el cosmos: animales, plantas, minerales, cosas, estructuras, sistemas, economía, política, ciencia, técnica, leyes, normas, preceptos, relaciones, progreso, madurez..., todo. En el «Cántico del Hermano Sol» de San Francisco nos parece entrever consumada esta liberación integral del cosmos en la transfiguración final. Sin Dios el cosmos está «alienado», está «en pecado»; en Dios, se encuentra a sí mismo. El camino para esta liberación es largo y penoso -«como en dolores de parto»-, y se recorre de mil maneras y por senderos muy diversos, pero convergentes -si no son errados- hacia la liberación final. Incluso la ciencia y la técnica coadyuvan valiosamente; pero son instrumentos, no objetivos; son medios sí, pero parciales y no definitivos, «in via», ineficaces ante la culminación última. A pesar de todas sus limitaciones, crisis, alternativas y equívocos, son parte del camino «en dolores de parto». Nosotros debemos continuar el «Cántico del Hermano Sol» de San Francisco con nuestras propias estrofas; porque este Cántico no termina en la naturaleza «natural», sino que abarca también la «nueva naturaleza» de la técnica. El desarrollo de este propósito y su realización progresiva en nuestra existencia acoge todas las aspiraciones del hombre de todos los tiempos, incluidas las del hombre de hoy; las purifica de manchas y de equívocos, corrige los errores, supera las crisis y conduce a la realización en Dios sobre todas las cosas. Esta es la tarea global que nos incumbe llenar en nuestra vida, en la parte que nos corresponde. San Francisco es un ejemplo vigoroso y lleno de atractivo irresistible. Seámoslo también nosotros mismos y todos nuestros hermanos. 23. «En Cristo Jesús». Dios, en sus altos designios, realiza su proyecto de tal modo que converge en el Hombre-Jesús unido al Verbo «reconciliar por él todas las cosas» (Col 1:20)
San Francisco no es «el» modelo, y mucho menos el punto de convergencia: lo es Cristo Jesús. San Francisco es sin duda una realización maravillosa de la inserción en Cristo, de la convergencia de todo en Cristo. Precisamente por esto se ha convertido en mensaje y signo para nosotros: escuchándolo e imitándolo adelantaremos mucho en el camino real de la convergencia en Cristo y del cumplimiento de los designios de Dios sobre la creación. Nada más evidente en la vida del Hombrecillo de Asís que esta posición «en Cristo Jesús». En ese asemejarse a Cristo siguió el camino más corto, pero más empinado: la obediencia incondicional al Evangelio de una forma tan directa e inmediata que, por un don particular de Dios, hasta en su porte externo se asemejó a Cristo en su peregrinación por este mundo. Porque Cristo es «el camino, la verdad y la vida» (Joh 14:6), fuera de él no hay posibilidad de realización del hombre. Todo cuanto es realización del hombre, lo es en Cristo; aquello que no lo sea en Cristo, no es realización del hombre. Esto es evidente en la vida de San Francisco; con la impresión de las Llagas su fuerza de signo ha crecido en cuanto a significación sensible. 24. «Si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo...» (Gal 6:14)
En la vida del bienaventurado Francisco, la cima del Alverna nos sitúa frente al misterio de la cruz. Comprendemos el profundo contraste de las Llagas con el camino que la humanidad hodierna -como la de todos los tiempos- se empeña en seguir: fuga de la cruz de Cristo en busca del sueño ilusorio de un paraíso terrenal, lo que contrasta con los designios de Dios. Contra esta ilusión peligrosa, que hoy se cifra en el consumismo desenfrenado e idolátrico, la estigmatización del Alverna constituye un signo y mensaje vigoroso. Los esfuerzos gigantescos y desmedidos que hoy se realizan en busca de ese paraíso son vanos, como lo fueron siempre: sólo son capaces de producir amarga desilusión. El camino hacia la meta del hombre es muy distinto: está señalizado con la cruz. Es urgente registrar de nuevo esta verdad en nuestra mente y realizarla en nuestra vida. Volveremos a encontrar el camino estrecho (cf. Mat 7:14): su derrotero es opuesto al que prefiere gran parte de los hombres; está codificado en las Bienaventuranzas, en el Sermón de la Montaña. Estamos quizá habituados al camino ancho y fácil de los falsos profetas. Es hora de pasarse a la senda estrecha de Cristo, al camino de la cruz. De nuevo encontraremos la sana austeridad, la disciplina, el rigor de nuestra vida franciscana, la pobreza -¡la Dama Pobreza!- que San Francisco amó sólo porque la amó Cristo. 25. Pascua de Resurrección. A pesar de todo, la cruz no es la meta, es camino. No hemos sido creados para la cruz, sino para la Pascua de Resurrección. En la mística de la cruz, en la mística del sufrimiento, de la austeridad, del martirio..., se olvida a menudo esta verdad. A primera vista pudiera parecer que San Francisco la olvidó también un poco. Basta, sin embargo, recordar la importancia que atribuyó siempre a la alegría, pensar en la alegría con que vivió y que no se cansó de proponer a sus hermanos, para comprender que también para él la cruz era camino y no la meta final. Basta rememorar el tránsito de San Francisco para descubrir cuán centrado estaba en la Pascua de Resurrección. Afortunadamente esta verdad, la referencia de la cruz a la Pascua, ha sido restituida a su primitiva luz y está siendo proclamada con entusiasmo en nuestros días. Es necesario que sea propagada con mayor energía todavía, que sea vivida con mayor fidelidad, sentida con mayor intensidad y practicada con mayor alegría. No sólo se trata de una resurrección futura, de una esperanza, sino de una realidad ya presente y operante, ya cumplida en nuestra vida por el bautismo. Vivimos ya misteriosamente la Pascua de Resurrección; a esta nuestra Pascua le falta la resurrección subjetiva en nuestra vida: vivimos ya, pero todavía no, la Pascua. Entre el ya y el todavía no, se sitúa el camino de la cruz. 26. Verdaderamente ha sido afortunada la disposición de la nueva liturgia de Semana Santa, que ha sabido unir la cruz al «misterio pascual». San Francisco hizo semejante integración de los misterios pascuales; no en los mismos términos ni con la misma modalidad, pero sí en su vida práctica y en su experiencia espiritual. El serafín alado que se le apareció en el Alverna -uno de los rasgos más vigorosos del signo y del mensaje-, se le presentó crucificado sí, pero con luminosidad de gloria. Lo inundó de alegría, de felicidad inmensa; sin embargo, como el siervo de Dios estaba todavía en camino, las Llagas le fueron dolorosas y aún sufrió esta crucifixión dos años. Durante estos dos años experimentó agonía y abandono, vivió la prueba de los sufrimientos corporales, y la terrible oscuridad de las noches místicas. Agonía y oscuridad que se trocaban en luz y gloria, en alegría profunda e indecible que jamás lo abandonaba. Repetidas veces lo recuerdan sus primeros biógrafos. Esta alegría provenía del sentirse asimilado a Cristo en el camino de la cruz, y de saber que de esta manera se aproximaba a la resurrección del Señor. La muerte fue para él un verdadero tránsito de esta vida a la perenne, en la esperanza de la resurrección del cuerpo. Esta integración de todos los elementos del misterio pascual es un mensaje acuciante para nuestros días; mensaje contrario al «aleluya» falaz de los que creen estar más allá de la cruz y de la prueba. Es una respuesta que contradice la austeridad, ascesis, rigor, culto al sufrimiento, como meta y fundamento de la espiritualidad -deformación del mensaje cristiano y siembra o fruto de desviaciones psíquicas-, en vez de recurso para el camino, instrumento, condición de la vida presente, correctivo de muchas imperfecciones: de la concupiscencia que no muere, ni siquiera en los bautizados, mientras vivimos en este mundo. 27. Santa María. La ermita que San Francisco hizo construir en el Alverna a su llegada -en la cuaresma que el Santo pasó en el Santo Monte-, quiso que se dedicara a Santa María de los Angeles. María Santísima está siempre presente en su vida espiritual. Para San Francisco, con Cristo y en Cristo tenía que estar siempre la Madre de Cristo. La devoción a su Señora, a su Reina, a la Madre de su Señor, era muy profunda, delicada y sentida, con los acentos caballerescos del medievo. Desconocemos más detalles acerca de su devoción mariana en el Alverna en 1224; pero el mero hecho de haber dedicado la ermita a Santa María de los Angeles demuestra que el Pobrecillo se entretendría no pocas veces con su Reina. El Concilio nos ha invitado encarecidamente a perfeccionar nuestra piedad mariana, purificándola de exageraciones y desviaciones. No es una invitación a eliminar la devoción, ni a actuar indiscriminadamente contra la religiosidad popular de veneración y confianza en la Madre de Dios. El Concilio propugna un análisis en profundidad, una renovación, un progreso en las manifestaciones de devoción, en fe, confianza, amor e imitación. Se había producido una inflexión sensible en la piedad mariana y ha sonado la hora de la restauración. Siguiendo el ejemplo de San Francisco, pongamos a Santa María en nuestro Alverna. Cuanto más auténtica y conforme a la fe sea nuestra espiritualidad mariana, será más intensa y ferviente. Como la de nuestro Padre. 28. Vida de oración. El monte Alverna es una demostración patente de que San Francisco, aun al final de sus días, sentía la necesidad apremiante de lo que hoy llamamos «tiempos fuertes» de oración y de «experiencia del desierto». Su absorción en Dios era tan fuerte y profunda, que de hecho todo era oración: el trabajo, el contacto con los hermanos, su peregrinar apostólico, su convivencia y encuentro con todas las criaturas. Sentía, no obstante, «el polvo del camino que se adhiere a los pies de los apóstoles»; sentía la necesidad de reavivar su vida de oración con estas «cuaresmas» de vida retirada, con más rigor de penitencia y mayor radicalidad de recogimiento; con mayor plenitud de oración. Se subraya acertadamente que oración y vida, oración y trabajo, oración y convivencia humana, oración y apostolado, oración y experiencia del cosmos, deben constituir una unidad indestructible y no una mera yuxtaposición y, menos todavía, un mutuo obstáculo. Pero fácilmente olvidamos que el «debe ser así» es una meta muy alta, y que en la vida presente esta convergencia e identificación no suelen ser un hecho cotidiano: son una meta lejana que difícilmente se logra. Nada más pernicioso para la vida de oración que pensar que se ha alcanzado la meta cuando todavía no se ha llegado a ella. 29. Oración que se convierte en vida del alma. Si es verdad, como lo es, que necesitamos «tiempos fuertes» de oración y «tiempos de desierto», no lo es menos que, durante los entretiempos, la oración no debe disminuir; debe ser realmente la vida del alma, la realidad ininterrumpida y perseverante de nuestra existencia. Sólo en la oración encontramos en Dios a los hermanos, la creación, el apostolado, el trabajo; hallamos nuestra realización y promoción completas: pues sólo en la oración realizamos subjetivamente la participación en la divina naturaleza, nuestro estar «en Cristo». Nuestro Padre San Francisco hizo tales progresos en este camino que, por ello, se convirtió en signo y mensaje elocuente de cómo se realiza aun «lo humano» por estas altas sendas de la vida espiritual. La vida del espíritu no progresa por «alienación», sino por integración: es el mensaje del Alverna. Hay que tener en cuenta, no obstante, nuestra debilidad y flaqueza, y no pretender quemar etapas. En la medida en que la oración se hace vida de nuestra alma de una manera total, en esa misma medida habremos logrado progresar en la integración de todo en Dios: todo será oración. Conclusión 30. San Francisco abandonó el Alverna en 1224 con un gran misterio escondido en su alma. Si no pudo ocultar completamente las Llagas, supo mantener recóndito lo que había vivido durante tantos días de intimidad con Dios, con Cristo, con María Santísima; y, sobre todo, la singular experiencia durante la aparición del serafín crucificado y cuanto esta aparición significaba. Algo se trasparenta en «El Papel» que escribió a Fr. León; pero lo más importante se lo llevó consigo como «secreto del Rey». No obstante, aun sin conocer su contenido, sabemos que el Alverna fue para Francisco una experiencia irrepetible de vida con Dios. Las Llagas que llevó durante dos años fueron la señal permanente de esta experiencia y lo mantuvieron siempre unido a ella. También para nosotros, aunque desconocedores de una tal experiencia mística, el Sagrado Monte es una lección tan sublime como intensa, un mensaje ardiente, un estímulo poderoso. Desde hace 750 años, este Monte Santo está presente en el pensamiento de todos los hijos de San Francisco, incitándolos, estimulándolos a la vida con Dios, en Cristo, en la cruz: a la Pascua de Resurrección. Que, al concluirse las celebraciones jubilares, el santo monte Alverna no deje de influir intensamente en nuestras almas. Que nuestro Padre San Francisco nos alcance a todos esta gracia.
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Constantino Koser, O.F.M., La lección del monte Alverna, en Selecciones de Franciscanismo, vol. IV, n. 11 (1975) 141-153.
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ALVERNA SEGúN YO LO VI, EL por Agustín Gemelli, o.f.m. El Señor me concedió una inmensa gracia: la de hacer el curso anual de ejercicios espirituales aquí en el Alverna, en el Santo Monte Franciscano, donde tanto rezó nuestro San Francisco a Nuestro Señor, y donde tanto sufrió por él, que llevó impresa en su cuerpo la señal de amor. Fue para mí una gracia muy grande; sobre todo porque amo hacer los ejercicios así: solo, solo, solo, después de un año de continuo y estéril contacto con los hombres; además, porque soy tan perezoso en la vida espiritual que, si no me recojo en un lugar donde los recuerdos sagrados despiertan los sentimientos más profundos, puede suceder que me entibie y no llegue a nada. El año pasado los realicé en una ermita camaldulense. Pasé diez días en una pequeña casa toda para mí, rodeada de un jardín y un pequeño muro. No veía a los frailes sino en el coro. Fueron días de paraíso. Sólo faltaba un poco de atmósfera franciscana, que obtuve recordando que tiempo atrás en el lugar de aquella ermita, había un pequeño hospicio de Terciarios franciscanos, retirados para santificarse en ese monte, entre los bosques. Pero el retiro que más profundas señales dejó en mi alma lo hice, después de la gran guerra, en San Damián, es decir, en Asís, dulce cuna de la Orden franciscana, donde las toscas piedras de la iglesia, del pequeño coro, del convento hablan, a quien sabe entender, de San Francisco y de la primera hermana Clarisa. Hacía ya quince años que vestía el seráfico hábito y aún no había visitado ese santo lugar. Pero estoy hecho a mi manera. Ir a un santuario, entrar y salir, distraída y aturdidamente, celebrar la misa, luego una rápida mirada a los recuerdos y después afuera otra vez, no me basta, no me satisface, no queda nada en el alma. Me gusta visitar los santuarios con ánimo reposado, sin preocupaciones, sin premura, sin angustias de horarios ferroviarios, sin solicitaciones de caleseros, o combinaciones de trenes. Quedarme lo necesario para conocer cada piedra, para hacer revivir en cada rincón los recuerdos, para sentir su perfume. Nosotros, pobres mortales que no recibimos de Dios dones extraordinarios, debemos contentarnos con ver, comprender, sentir con los medios comunes; pero también podemos gustar de esta manera alegrías de paraíso. Decía, pues, que hacía ya muchos años que pensaba subir al Alverna y hacer allí los santos ejercicios. Una vez llegué como hacen tantos otros, por un día o dos; un ligero sorbo que me dejó sed más ardiente de la que antes sintiera; y bajé del Monte Sagrado disgustado conmigo mismo y con quien me había conducido allí; porque permanecí frío e insensible, sin alegría y con la decepción de algunos contratiempos. Ahora no; aquí me siento cómodo; tengo ante mí, íntegros, diez hermosos días, para orar y conocer la voluntad del Señor; diez días que comprenden la semana santa, y a los cuales me he dado el lujo de agregar otros dos, substrayéndolos a mis trabajos, para recorrer y explorar el monte con toda libertad. En la estación de Florencia saludé a un amigó que había sido hasta allí mi compañero de viaje, e inicié mi viaje hacia el Alverna. Noté en mí un sentimiento que ya otra vez había experimentado al partir para los ejercicios. Es como si se partiera para otro mundo, para un mundo nuevo, hacia algo que orienta distintamente la vida. Cuando esto sucede, no consigo sofocar una cierta agitación en lo profundo del alma. La campiña toscana, maravillosa en su vivaz despertar, encendida ya de magníficos colores por el cálido sol primaveral, no me interesa. Trato de distraerme porque este estado de ánimo deja en el alma un sentimiento de malestar, de descontento. Observo las colinas de suaves ondulaciones. He aquí en el fondo a Fiesole, amado nido de vida franciscana; vuelvo a ver en mi memoria el interior de la bella iglesita; he aquí el Incontro, la solitaria ermita de San Leonardo de Puerto Mauricio; he ahí la Capponcina, la Abadía; más abajo, la ciudad, el Cupolone, Santa Cruz; y a uno y a otro lado del canino viñas que comienzan a vestirse de verde y campos de trigo que brota poniendo la tonalidad de un verde claro en el paisaje, y las bellas casas toscanas, grandes, macizas, con pocas ventanas, con las puertas abiertas que parecen una cordial invitación; y junto a cada casa, los cipreses, altos, obscuros, que se mecen en el cielo cortando el horizonte y que parecen haber sido puestos allí para velar sobre las pequeñas familias; una campiña apacible, rica, abierta como una sonrisa. Pero es vano el esfuerzo por interesarme en estos detalles que otras veces me han seducido con su belleza; me obsesiona un pensamiento: "¿Qué haré en estos días? ¿Cómo transcurrirán?" Y después, oculta en el fondo, la razón del malestar: "¿Qué querrá Dios de mí?" Y las más absurdas hipótesis sobre lo que Dios me pediría desfilan ante mí, despertando, como consecuencia, este otro pensamiento: "Y si esto me pide el Señor, ¿seré capaz de cumplir su voluntad?" Trato de distraerme en otra forma: mis estudios, mis tareas, mis angustias, mis preocupaciones. Peor; el pensamiento insiste en volver allí de donde lo quería desviar. Pero desde el interior del alma prorrumpe de improviso una franca risotada al pensar que, si un partidario de la teoría de Freud quisiera aplicar el método psicoanalítico para descubrir la razón por la cual este pensamiento vuelve con tanta insistencia, quién sabe qué confirmación de la teoría descubriría. Decididamente, es necesario vencer la repugnancia. He ahí todo: "Escúchame, alma mía; este malestar que se manifiesta en ti respecto de lo que serán los ejercicios, se debe a la repugnancia que sientes por el sacrificio, por el renunciamiento que Dios te pide, por la renuncia a algo que te es demasiado querido. Pero ya estamos en el camino de los ejercicios y es necesario identificar el mal y determinar el remedio a adoptarse". Mas todo esto no te interesa, querido lector; tal vez no es oportuno decírtelo. No escribo esto para hablarte de mí, sino del Alverna según yo lo vi, según lo gusté yo.
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El que viene de Arezzo para ir al Alverna advierte, en cierto momento, que está entrado en otro mundo. Arezzo, severa en su belleza, es el último saludo del mundo ruidoso. Luego se está preparado para subir al místico monte de la serena paz en el valle del Arno. Tal vez San Francisco recorrió muchas veces, viniendo de Asís, el valle del Tíber; pero también vino por aquí. Quizás, pienso, éste fue su camino la última vez, en 1224, hace ya siete siglos, cuando recibió los estigmas. Fue en agosto, para prepararse con un ayuno de cuarenta días a la fiesta de San Miguel, teniendo como compañeros a León, a Maseo y a ángel. Ellos, como yo, siguieron el camino que sube, por detrás del curso del Arno, hasta Rassina y que, atravesando varias aldeas, al llegar al pie del Alverna, se desvía por el Valle Santo hacia la Romaña. El tren corre veloz entre los viñedos; los campesinos que llenan el vagón hablan de bueyes, de abonos, y lo hacen en su lengua, matizada de expresiones que nosotros, lombardos, adivinamos más que comprendemos. Es una demostración de vida sencilla. Luego, en una curva, he aquí que de improviso se perfila en el horizonte el Alverna, el Alverna de mi San Francisco, con su cresta característica, como una enorme nave que surcara un mar inmenso y enfilara la proa hacia playas inexploradas. No he leído de nadie que haya venido aquí sin haber experimentado la impresión que desde lejos produce, por su forma característica, este Monte santo. Toda alma religiosa repite las palabras de San Francisco: ¡Salud a ti, Monte de Dios, Monte Santo, Mons coagulatus, mons in quo beneplacitum est habitare! En la estación me recibió la sonrisa fraternal, buena, de un fraile que comenzó a hablarme de sus estudios como si la conversación hubiese sido interrumpida pocos momentos antes. Es un joven que está estudiando la historia del arte franciscano; pero de pronto se interrumpe, y me habla de cierto padre, muerto hace varios años, que había adquirido por sí mismo una gran cultura botánica, que había encontrado el modo de conservar las plantas en los herbarios con los colores de las flores como recién cortadas, que había hecho un maravilloso herbario. Yo lo dejaba razonar. ¡Qué maravillosa esta vocación franciscana! Atrae a los hombres de más diversa cultura, de más variadas tendencias, de niveles intelectuales comprendidos entre los dos extremos de la escala, y, mientras a todos hace vestir un mismo hábito, y a todo da una celda y un jergón, un crucifijo y una mesa, deja después que cada uno desarrolle su actividad por su camino, que puede ser enteramente distinto al de los demás, con una libertad, con una pasión y con un amor que es difícil encontrar en otras Ordenes religiosas. Por este camino se hizo artista el frailecito que aprendió a tallar en madera y fijar los rasgos de los hermanos en algunos tallados de la pequeña Iglesia de los Estigmas; he aquí otro artista, el organista del Alverna, que de su órgano saca maravillosas melodías, y otros más aún; hay en nuestros conventos obreros de todos los oficios, hombres de todas inclinaciones: desde el cocinero que repite las antiguas y sabias recetas, heredadas de los viejos, para hacer menos insípido el bacalao de la cuaresma, hasta el docto que se consume sobre los pergaminos para descifrar las sabias escrituras. Hay de todo en estas comunidades en las que no desaparece la individualidad y en las que cada uno cuida de hacer su trabajo. Se explica así que hayan existido vocaciones como la de San Bernardino de Siena, de San Jaime de la Marca, de San Juan de Capistrano, de San Leonardo de Puerto Mauricio, y así hasta los muchos santos y muchísimos beatos que la Iglesia ha elevado a los altares de todas las épocas. ¡Verdadero árbol maravilloso este árbol franciscano! Cuando parece seco, brota de él una nueva rama; siempre hay alguno que crea una nueva empresa; a veces, algunas que parecen las más descabelladas y las más irrealizables. ¿Deseáis un ejemplo relativamente reciente? Leed la vida del venerable Ludovico de Casoria. Por todas partes hay de estos hombres, en todo tiempo, en todo país, en todo convento; grandes hombres junto a hombres pequeños; hombres que consiguen realizar grandes empresas junto a hombres que concluyen comprendiendo que no son capaces de nada. Luego mueren, y nos olvidamos de ellos, de quien lo ha hecho, pero recordamos la obra, la empresa, como si fuese de un desconocido. Así está hecha esta tradición franciscana; es obra de la actividad más individual que existe en este mundo; cada uno trabaja por sí mismo en su empresa, sin que otros lo ayuden ni le den mucha importancia; después, cuando muere el hombre, queda la obra e ingresa en esta maravillosa y secular tradición franciscana que es mi patrimonio así como el de todos mis hermanos de religión. Esta tradición que volvemos a encontrar en nuestros antiguos conventos, a la que los amados frailes viejos están apegados y que para defenderla protestan contra los jóvenes que no saben y que la desprecian, esta tradición que es una poesía y un sufrimiento, porque para vivirla es necesario vivir con pasión esta vida nuestra de soledad de los pequeños conventos perdidos en la montaña, o esta vida febril de los conventos de ciudad, meta de todos los desventurados y de todas las almas en pena. ¿Qué es esta tradición? ¿De qué está hecha? No lo sé. Tal vez, si tratara de analizarla, ya no la encontraría. Sé, sin embargo, que la he comprendido sin que nadie me haya explicado jamás en qué consiste; y la he comprendido de pronto, cuando mi Provincial me vistió las seráficas ropas. Me encontré franciscano, más aún, me descubrí como tal, y descubrí que había nacido así; que si no hubiese sido tal, quizá no lo hubiera sido nunca, a pesar de todos los maestros; nací así, Dios me dio esta vocación; amaré, sufriré, gozaré, y así moriré bendiciendo a Dios que ha puesto también en mi pobre alma un poco del ideal de San Francisco.
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La mula arrastraba penosamente el carro por las rapidísimas subidas. Un paisaje que cambia a cada paso. Bosques de hayas y de encinas; luego, un claro; luego, los abetos, raquíticos y raros al principio, majestuosos y numerosos después; otra vez, hayas; después, rocas pequeñas y pequeños valles; me vuelvo para mirar atrás; he ahí a mis pies el valle Santo que siete Obispos bendijeron cuando asistieron a la consagración de la pequeña iglesia de Santa María de los Angeles; allá, en el fondo, los negros bosques de Camaldoli; aquí Pratomagno, con sus laderas nevadas; en el fondo, Chitignano, donde naciera un querido viejecito que nos dejó a nosotros, franciscanos, algunos libros que hablan de Dios, de la Virgen, de los Santos en un toscano tan puro que es una delicia leerlos; después, Sarno, Dama; henos llegados a Case Nuove, lugares todos por los que pasó, bendiciendo, San Francisco. El Alverna ahora ya no se ve, escondido como está detrás de los bosques y de las pequeñas cumbres. Pero al llegar a un pequeño llano repentinamente reaparece en toda su majestad, con sus hayas todavía sin hojas, como brazos extendidos hacia el cielo; con sus oscuros abetos, con sus enormes rocas. La mula se detiene jadeando. No me atrevo a animarla con la voz. Callo, medito: "¿Qué querrá Dios de mí en este monte sagrado? ¿Qué gracias de reforma espiritual le pediré?" Y he aquí que de improviso baja, suave, un repicar: dos campanas graves, y a ellas hace eco una campanita de sonora voz. Es el saludo del mediodía: "¡Ave María!". ¡Cuánta paz! ¡Y nosotros nos agitamos tanto en la vida cotidiana y no conocemos estos oasis de paz! Para nosotros, Frailes Menores, el Alverna forma, junto con la Porciúncula y con San Damián de Asís, el gran trinomio de Santuarios a los cuales venimos a beber, como a fuente perenne, el espíritu de San Francisco. La pequeña iglesia de Santa María de los Angeles, la Porciúncula, la iglesita que San Francisco amó con particular amor, donde la Virgen Santísima y Jesús le concedieron el inestimable tesoro del Perdón, la primera iglesia de la Orden, donde también Santa Clara fue admitida en la seráfica milicia, la pequeña iglesia celosamente custodiada bajo la cúpula del Vignola, que dicen ser tan bella, es el centro de la vida franciscana; porque allí, por medio de San Francisco, el Señor dispensa, aun hoy, sus gracias a sus hijos. San Damián es, en cambio, la cuna de la Orden, el convento ideal de la vida franciscana, es el templo de la pobreza; en él se recuerdan los primeros pasos de San Francisco en el nuevo camino por el que debía llevar tantas criaturas a imitar a Jesús. San Damián encierra el pequeño coro de Santa Clara de donde salieron o, al menos, fueron concebidas tantas obras franciscanas. Pero el Alverna es el Calvario de nuestro Padre; el Calvario que puso fin, aquí abajo, a su vida y a su apostolado. Releamos las páginas de las Florecillas: «Por último dijo messer Orlando a San Francisco: -- Tengo en Toscana un monte muy a propósito para la devoción, que se llama monte Alverna; es muy solitario y está poblado de bosque, muy apropiado para quien quisiera hacer penitencia en un lugar retirado de la gente o llevar vida solitaria. Si lo hallaras de tu agrado, de buen grado te lo donaría a ti y a tus compañeros por la salud de mi alma. Al escuchar San Francisco tan generoso ofrecimiento de algo que él deseaba mucho, sintió grandísima alegría, y, alabando y dando gracias, ante todo, a Dios y después a messer Orlando, le habló en estos términos: -- Messer, cuando estéis de vuelta en vuestra casa, os enviaré a algunos de mis compañeros y les mostraréis ese monte. Si a ellos les parece apto para la oración y para hacer penitencia, ya desde ahora acepto vuestro caritativo ofrecimiento. Dicho esto, San Francisco se marchó, y, terminado su viaje, regresó a Santa María de los ángeles. Por su parte, messer Orlando, terminados los festejos de aquel cortejo, volvió a aquel castillo suyo que se llama Chiusi y se halla a una milla del Alverna. Vuelto, pues, San Francisco a Santa María de los ángeles, envió a dos de sus hermanos al dicho messer Orlando; cuando hubieron llegado, fueron recibidos por él con grandísima alegría y caridad. Y, queriendo mostrarles el monte Alverna, los hizo acompañar de más de cincuenta hombres armados para que los defendieran de las fieras salvajes. Con tal compañía, los hermanos subieron al monte y lo exploraron atentamente; por fin llegaron a un paraje muy recogido y muy apto para la contemplación, con una explanada; éste fue el lugar que escogieron para morada de ellos y de San Francisco. Y entonces mismo, con la ayuda de aquellos hombres armados que les acompañaban, levantaron un cobertizo de ramas de árboles. Así aceptaron y tomaron posesión, en nombre de Dios, del monte Alverna y del lugar de los hermanos en este monte. Después partieron y regresaron donde San Francisco. Llegado que hubieron a él, le refirieron cómo y en qué manera habían tomado posesión del lugar en el monte Alverna, muy apropiado para la oración y la contemplación. Al oír San Francisco estas nuevas, se alegró mucho, y, alabando y dando gracias a Dios, habló a estos hermanos con rostro alegre, diciéndoles: -- Hijos míos, se acerca nuestra cuaresma de San Miguel Arcángel, y yo creo firmemente que es voluntad de Dios que hagamos esta cuaresma en el monte Alverna, que nos ha sido preparado, por providencia divina, para que, a honra y gloria de Dios, de la gloriosa Virgen María y de los santos ángeles, merezcamos de Cristo consagrar aquel monte bendito con la penitencia. Dicho esto, San Francisco tomó consigo al hermano Maseo de Marignano de Asís, que era hombre de gran discreción y de gran elocuencia; al hermano ángel Tancredi de Rieti, que era muy cortés y había sido caballero en el siglo, y al hermano León, hombre de gran sencillez y candor, por lo que San Francisco lo amaba mucho y le tenía al tanto de casi todos sus secretos. Con estos tres hermanos se puso San Francisco en oración; terminada ésta, encomendándose a sí mismo y a sus compañeros a las oraciones de los hermanos que se quedaban, se puso en camino con los tres, en nombre de Jesucristo crucificado, hacia el monte Alverna» (Consideración I sobre las llagas)
Obtenido el precioso don, San Francisco volvió muchas veces al Alverna a hacer oración, y aquí pasaba sus días en la oración. Reproduzco una página bella de la vida de San Francisco de Asís, de Celano: «Francisco buscaba siempre lugares escondidos, donde no sólo en el espíritu, sino en cada uno de los miembros, pudiera adherirse por entero a Dios. Cuando, estando en público, se sentía de pronto afectado por visitas del Señor, para no estar ni entonces fuera de la celda hacía de su manto una celdilla; a veces -cuando no llevaba el manto- cubría la cara con la manga para no poner de manifiesto el maná escondido. Siempre encontraba manera de ocultarse a la mirada de los presentes, para que no se dieran cuenta de los toques del Esposo, hasta el punto de orar entre muchos sin que lo advirtieran en la estrechez de la nave. En fin, cuando no podía hacer nada de esto, hacía de su corazón un templo. Enajenado, desaparecía todo carraspeo, todo gemido; absorto en Dios, toda señal de disnea, todo visaje. Esto en casa. Pero, cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lágrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí -como quien ha encontrado un santuario más recóndito- hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él -mirada interior y afectos- hacia lo único que buscaba en el Señor» (2 Cel 94-95)
He reproducido este pasaje pues es particularmente apto para hacernos conocer y comprender a San Francisco. Había llegado a ser, al final de su vida, el hombre del dolor, de la pobreza, del renunciamiento, porque era el hombre del amor. Sin embargo, San Francisco es presentado por algunos como el hombre de la alegría, como el hombre de la naturaleza, como el artista, el poeta; otros creen descubrir el secreto del espíritu franciscano en la pobreza, es decir, en un total renunciamiento de todo. Los primeros se detienen a considerar el San Francisco de los primeros años, cuando, hecho heraldo del gran Rey, recorría las calles de Asís cantando: "El amor me ha abrasado". Estos no advierten que la contemplación de la naturaleza tenía para San Francisco un significado particular, pues le hacía encontrar a Dios y le sugería las palabras con que alabarlo y cantar sus grandezas. Pero no ven que San Francisco fue el hombre del sufrimiento y de la penitencia. Estos rasgos de su fisonomía escapan a quienes no saben doblar la dura cerviz de la inteligencia para reconocer lo sobrenatural; no ven sino a un San Francisco hombre, demasiado hombre, artista, demasiado artista, amante de la naturaleza, demasiado amante de la naturaleza. Pero tampoco los otros comprenden quién fue San Francisco; lo limitan exclusivamente en el celoso cuidado de la pobreza, el punto céntrico de la vida franciscana, sin ir a la fuente de la misma. Puede comprenderse cómo todos ellos se formaron su propia convicción. No es necesario repetir las páginas de las Florecillas, del Espejo de Perfección, de las dos vidas de Celano, de la de San Buenaventura, de las otras fuentes franciscanas para reconocer que todo esto existe en San Francisco; existe el amor por la naturaleza que habla de Dios; existe el poeta que expresa en el verso la plenitud del alma; existe la delicadeza del hombre que habla a los pájaros del espacio y acaricia al hermano lobo; existe el celoso guardián de la pobreza con la que contrae espirituales nupcias. Pero estos sentimientos no son sino la base sobre la cual la gracia construirá un maravilloso edificio espiritual; la naturaleza con su belleza y con los encantos de sus montes y de sus selvas, la naturaleza que habla en sus flores y en sus pájaros, no es sino un instrumento para conocer a Dios. Todo sirve a Francisco para arrobarse en la contemplación de Aquel que murió por nuestro amor. Maravillosa sabiduría, gracias a la cual los hombres que no son capaces de llegar directamente a Dios son llevados a conocerle por medio de los sentimientos humanos. No es tampoco elemento fundamental del espíritu franciscano, por mucha importancia que tenga, la misma pobreza. Es verdad: San Francisco recomienda a sus hijos no ofender en modo alguno a dama Pobreza; y nuestros "lugares" (como llamaba el Santo a nuestras moradas), y nuestras celdas y toda nuestra vida deben adaptarse a los preceptos de la santa Pobreza. Pero la vida franciscana no se restringe a la búsqueda de la pobreza, aunque ella sea sublime virtud. San Francisco recomienda así, y recomienda amar la Pobreza: «En la medida en que los hermanos se alejan de la pobreza, se alejará también de ellos el mundo; buscarán y no hallarán. Pero, si permanecieren abrazados a mi señora la pobreza, el mundo los nutrirá, porque han sido dados al mundo para salvarlo» (2 Cel 70)
La pobreza es un medio, y el medio más poderoso para atraer las criaturas a Dios. El elemento fundamental del Franciscanismo es el amor de Dios, este amor que consumió al Pobrecillo y que lo llevó a buscar asilo de paz en el Alverna. «Yo creo -dijo Francisco a sus hermanos- que a nuestro Señor Jesucristo le agrada que moremos en este monte solitario, ya que tanta alegría muestran por nuestra llegada nuestros hermanos los pájaros» (Consideración I)
Y después de haber explicado a los hermanos León, Maseo y ángel cómo debían vivir, agregó: «Este es el modo de vivir que he determinado para mí y para vosotros. Y, puesto que me voy acercando a la muerte, es mi intención estar a solas y recogido en Dios, llorando ante él mis pecados. El hermano León, cuando le parezca bien, me traerá un poco de pan y un poco de agua; y por ningún motivo habéis de permitir que se acerque ningún seglar, sino que vosotros les responderéis de mi parte» (Consideración II)
Y heme aquí también a mí para meditar sobre mis pecados, para rezar, para recogerme en Dios. Desde que puse los pies aquí, desde que los hermanos salieren a mi encuentro saludándome con renovado regocijo, casi como si fuera yo quien los honrara viniendo, se apoderó de mi alma una alegría, una fe, una serenidad, tan grande, como raramente sintiera anteriormente. Angustias, dolores, me parecen cosas lejanas, y aún más: sé que dentro de pocos días deberé volver a la lucha, al trabajo duro y fatigoso de todos los días, al lugar en que el Señor me ha colocado; conozco bien las dificultades y los dolores que me esperan, como en una encrucijada; pero ya todo me parece más fácil. Tengo tanta alegría en el corazón que me sobrecoge la duda de que tal vez no haya venido aquí suficientemente compenetrado de la decisiva importancia que tienen en nuestra vida los ejercicios espirituales. Pero luego me recobro; hice una corta visita a todas las capillas erigidas en recuerdo de las distintas estadías y de los distintos episodios de la vida de San Francisco; volví a ver la querida capilla de los Estigmas, el lecho de San Francisco, su celda, la pequeña iglesia; me he deleitado ante las cerámicas de Della Robbia; volví a encontrar el coro, amplio, luminoso, con los jóvenes novicios atentamente recogidos; visité el refectorio, la larga fila de celdas; los rústicos patios que te hacen perder el norte como las vueltas de un laberinto; visité las huertas; me mostraron el capelo del Cardenal Ferrari que vino aquí a rezar antes de morir y que aquí comprendió por primera vez, me lo dijo él mismo, lo que quiere decir ser terciario franciscano; volví a encontrar a algunos viejos frailes que vieron las tempestades del Alverna; me arrodillé en todos los lugares cuyos nombres la tradición une a la vida de San Francisco y de sus compañeros, más tarde, me encerré en la celda que me fue asignada, una celda pobre y desnuda y por esto más querida. Me sirve, con una gracia conmovedora, un joven lego, llegado de Albania para hacerse fraile; cuando se arrodilla a mi lado para preguntarme qué es lo que deseo, tiene ciertos gestos infantiles y ciertas delicadezas que me recuerdan a fray León, ovejuela de Dios. Heme aquí solo, delante de Dios, para rendirle cuenta de un año de vida y para pedirle luz y fuerza. Intento abrir la valija y sacar mis cosas, pero siento que algo se enternece en mí; los ojos se me nublan; las lágrimas caen cálidas; y me encuentro de rodillas besando esta sagrada tierra. ¡Señor, dame la fuerza y el valor para hacerme santo! Es necesario visitar de noche la capilla de los Estigmas, lugar sagrado donde Jesucristo quiso mostrar a su siervo que había llegado a la cima del Calvario en su imitación. Había yo esperado ese momento ansiosamente. Sabía que el Señor había dado, en esa hora, tanta luz a tantas almas franciscanas llegadas aquí para apaciguar su sed en la fuente de agua viva. Se cena cuando el sol aún no se ha ocultado; se recoge cuando el cielo está aún rosado allí donde el sol se ha puesto. Pero en la espera, no dormí; estaba ya en pie, listo, cuando las campanas a medianoche anunciaron maitines. El oficio divino terminó rápido. Recité los salmos de maitines y de laudes sumergido en un único pensamiento: la capilla que recuerda los estigmas. Quien no ha visitado el Alverna difícilmente puede darse cuenta de lo que es esta pequeña iglesia y de lo que ella evoca. No trataré de decirlo. Pero es necesario que diga algunas palabras para seguir el curso de mis pensamientos. El monte del Alverna es un monte rocoso, calcáreo, sobre el que las hayas y los abetos han crecido formando una maravillosa corona. Aquí y allá se muestran desnudas rocas, enormes peñas, columnas colosales; una parte del monte se precipita al fondo del valle y las rocas que permanecen erguidas tienen un aspecto salvaje. Algunas peñas se han desprendido en parte y se mantienen gracias a un milagroso equilibrio; sobre otras se han asentado las hayas y sus raíces abrazan a las rocas en contorsiones extrañas. Las rocas, en parte desnudas, en parte cubiertas de vegetación, presentan un aspecto horrible y salvaje; entre ellas San Francisco escogía sus lugares preferidos para la oración; he aquí el "Sasso Spico": una enorme piedra que permanece como sostenida en el aire y bajo la cual se refugiaba el Santo para rezar; más allá, en una caverna, está el lecho de San Francisco, es decir, otra piedra sobre la que se arrodillaba para rezar y sobre la que se recostaba para descansar. Sobre una de estas enormes rocas es precisamente donde hoy se levanta a pique la pequeña iglesia de los Estigmas y donde más frecuentemente se retiraba el Santo en la última visita al Alverna, en 1224. Una roca separada del resto del monte; para llegar a ella fray León y fray Maseo tendían maderos sobre el precipicio; por estos pasaba el Santo, que se retiraba completamente solo a una choza de barro y ramas construida a la sombra de una gran haya. Aquí la noche del 14 de septiembre de 1224 ocurrió el milagro de la estigmatización. Para recordarlo, los religiosos van todas las noches en procesión a ese lugar sagrado. Parten de la iglesia grande después del Oficio: precede un novicio que lleva una gran cruz; a su lado otros dos novicios con dos grandes linternas; lo siguen de dos en dos los religiosos salmodiantes: un canto lento, grave, solemne: Crucis Christi Mons Alvernae / Recenset mysteria, / Ubi salutis aeternae / Dantur privilegia: / Dum Franciscus dat lucernae / Crucis sua studia... Sigo la procesión con los religiosos; la noche está ya entrada; son casi las dos, pero no siento ningún cansancio; el canto sale espontáneo y lento de los pechos y, sin embargo, repito: "Hoc in monte vir devotus, specu solitaria, pauper, a mundo semotus, condensat jejunia, vigil, nudus, ardens totus, crebra dat suspiria". He aquí por qué no me benefician las oraciones -comento en mi corazón-, no soy suficientemente pobre, no estoy suficientemente alejado del mundo, suficientemente atento contra las tentaciones, suficientemente despojado de deseos, suficientemente ardiente de amor. Un viento frío que llega del portal de la iglesia me llama a la realidad del momento; las estrellas están altas, esplendorosas en un cielo profundo; adivino el perfil de los montes; es un instante; hénos de nuevo en el corredor semioscuro. El canto prosigue lento y grave. Los frailes caminan todos con la cabeza inclinada, meditando sus problemas. Por aquí pasaba San Francisco por la noche; hasta aquí lo acompañaba fray León, ovejuela de Dios. Una pequeña ventana me deja adivinar los lugares donde San Francisco pasaba las noches en vela; se filtra un tenue rayo de la luna que surge de entre las nubes; y las rocas y los árboles se aclaran bajo esa lluvia de luz. Todavía algunos pasos; una serie de capillas; los nombres vienen a la memoria. Aquí vino San Buenaventura, y aquí escribió el Itinerarium mentis in Deum; aquí vino San Antonio a inspirarse para su enseñanza teológica; aquí vino San Leonardo de Puerto Mauricio para animarse a la predicación de las Misiones. Y yo ¿qué obtendré para mi alma? Estamos en la pequeña iglesia. La cerámica de Della Robbia, iluminada por la luz de la linterna, vuelca en la iglesia la fascinación de su sugestiva belleza. Jesús está en lo alto, sobre la cruz; ha reclinado su cabeza; el cuerpo descansa después del sobresalto de la muerte. Todo está consumado. Al pie de la Cruz, María, en cuyo rostro se refleja lo irremediable, tiene la vista fija en el vacío; también ella ha ofrecido todo lo que podía dar; San Juan, del otro lado, contempla al Maestro. Parece sereno, recuerda tal vez las últimas palabras, espera la Resurrección. Y he aquí, a un lado, San Francisco que abre los brazos y presenta el costado a la estigmatización que renueva en él el dolor de la crucifixión; más allá, San Jerónimo que se golpea el pecho con una piedra. La luna y el sol asisten llorando desde lo alto, y, desde más alto todavía, el Padre y el Espíritu Santo bendiciendo, dominan la visión; todo alrededor, los ángeles adoran con actos de dolor, quienes con las manos juntas, quienes cubriéndose el rostro. Es el cuadro de la Pasión tal como nosotros, franciscanos, gustamos figurárnoslo desde el Giotto hasta hoy, como nos lo ha enseñado Francisco; el cuadro de la Pasión que nos ha hecho Misioneros de ese Divino Amor que todo pudo, hasta la muerte, "y una muerte de cruz". Soy todo ojos. Los novicios que llevan la cruz y las linternas, las depositan; luego, de dos en dos, se arrojan al suelo para besar la roca sobre la cual estuvo San Francisco en aquella memorable noche. Y se reinicia el canto; he aquí la antífona: Signasti, Domine, hic, servum tuum signis Redemptionis nostrae: «Aquí sellaste, Señor, a tu siervo con el sello de nuestra redención». En cierto momento no queda sino arrojarse al suelo y rezar. Lo exige la ceremonia, y yo lo hago con ardor: «Concédeme, Señor, un verdadero espíritu franciscano; el mundo debe ser conquistado para Ti; no te ama. Para conducirlo a Ti se necesitan buenos obreros, siervos fieles, almas abrasadas de amor. Concédeme todo esto; que descienda de este monte habiendo comprendido mi deber y poseyendo las fuerzas necesarias de renunciamiento para cumplirlo. Señor, ten piedad de mí, que siento repugnancia por el sacrificio; concédeme la fuerza para servirte hasta el fin». Me levanto sereno. El canto es ahora alegre y festivo. Son las letanías de la Virgen. La invocamos porque ella es la consoladora de los afligidos y porque es el refugio de los pecadores. La procesión se reinicia lenta; la cruz y los fanales son llevados por jóvenes novicios; junto a mí, camina un viejo; adelante, un fraile joven, robusto y gallardo, en la plenitud de sus fuerzas. ¡Adelante, santa milicia de Francisco, el mundo te espera para sus luchas, para tus santas victorias; adelante, hasta que el reino de Cristo se establezca en la tierra, siempre adelante! Después de un día de lluvia, de viento, de humedad, mientras ceno, el sol quiebra las nubes y entra con decisión por las ventanas del refectorio. Un sol de atardecer como se ve únicamente en Toscana y Umbría; un sol que desprende rayos hechos de un polvo de oro que da a las cosas, a los montes sobre todo, pero también a las nubes, un tinte violáceo, luego púrpura; algo tan vivo que llega directamente al corazón; al verlo se enmudece y se siente apretada la garganta, tan repentina y fuerte es la impresión. Ante esa ola de luz, el musgo acumulado debido a la lluvia y a la humedad desaparece de golpe. Y veo los montes de los alrededores incendiados por el crepúsculo y, en el fondo, más oscuros, los valles; en el cielo, suaves extractos de nubes, negras en la parte superior, violáceas y purpúreas en la inferior, se extienden como bandas, a semejanza de lo que se ve en ciertos cuadros antiguos que todos conocemos y amamos; el aire es el dulce aire del crepúsculo lleno de la tristeza y de la tranquilidad del paisaje toscano. Todo esto vi, y en seguida formulé en la mente un propósito: con un pretexto, fácil a un religioso que no pertenece a la familia, me propongo salir del refectorio, llegar de un salto a la gran terraza sobre el valle y beber toda esta belleza de un sorbo, para llevármela a Milán, como recuerdo querido para evocar en ciertos días de niebla. ¿Y si hiciese un pequeño renunciamiento por amor a Nuestro Señor, para pedirle que esta noche, a maitines, me conceda su luz, esa luz que no teme las nieblas de Milán? Detuve las piernas prontas a ponerse en movimiento y me dispuse a comer con rapidez la sabrosa ensalada de mi cena cuaresmal.
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