San Alfonso María de Ligorio
Nacido en Marianela, cerca de Nápoles, el 27 de Septiembre de 1696; murió en Nocera de Pagani el primero de Agosto de 1787. El siglo diiocho no fue una época notable por su vida espiritual, aun así produjo a tres de los más grandes misioneros de la Iglesia, San. Leonardo de Port Maurice, San Pablo de la Cruz, y San Alfonso Maria de Ligorio. Alfonso Maria Antonio Juan Cosme Damián Miguel Gaspar de Ligorio nació en la casa de campo de su padre en Marianela, cerca de Nápoles, el martes 27 de Septiembre de 1696. Fue bautizado dos días después en la Iglesia de Nuestra Señora de las Vírgenes en Nápoles. Era su familia una familia antigua y noble, aunque la rama a la cual pertenía el santo se había empobrido. El padre de Alfonso, Don José de Ligorio era un oficial naval y capitán de la Flota Real. La madre del Santo era descendiente de Españoles, y si, de lo que hay pequeñas dudas, la raza es un elemento en el carácter de un individuo, nosotros vemos en la sangre española de Alfonso una explicación a la enorme tenacidad de propósito que lo caracterizó desde una temprana edad. "Yo conozco su obstinación", día su padre acerca del joven; "una vez que toma una disión, es inflexible". No han quedado muchos detalles de la niñez de Alfonso. Él era el mas grande de siete niños y la esperanza de su casa. El muchacho era brillante y muy despierto para su edad, y mostraba gran progreso en todo tipo de aprendizaje. Además su padre lo hizo practicar el clavicordio por tres horas al día, y a la edad de tre años lo tocaba con la perfción de un maestro. Sus diversiones eran la esgrima y montar a caballo, y por la tarde jugar a las cartas; él nos dice que fue excluido de ser un buen tirador por su mala vista. Al inicio de su edad viril se convirtió en aficionado a la ópera, pero sólo porque oía la música, ya que en cuanto subía la cortina, él se quitaba los lentes, para no distinguir a los artistas. En esta época el foro Napolitano se encontraba en un buen momento, pero el Santo tenía desde sus primeros años una repugnancia ascética a los teatros, una repugnancia que nunca perdió. La falta infantil por la que más se reprochó durante su posterior vida, fue la de habérsele resistido fuertemente a su padre cuando se le propuso participar en una obra. Alfonso no fue a la escuela sino que fue educado por tutores bajo la vigilancia de su padre. A la edad de diesiséis años, el 21 de Enero de 1713, obtuvo el grado de doctor en leyes, aunque veinte era la edad fijada por los estatutos. Él mismo dijo que en ese momento era tan pequeño como para ser completamente cubierto por su toga de doctor y que todos los asistentes rieron. Poco después el muchacho inició sus estudios para el colegio de abogados, y alrededor de los diinueve años practicó su profesión en las cortes. En los ocho años de su carrera como abogado, años colmados de trabajo, se dice que nunca perdió un caso. Aun si hubiera alguna exageración en esto, ya que no está siempre en las manos del abogado el estar del lado ganador, la tradición muestra que fue extraordinariamente capaz y exitoso. De hecho, a pesar de su juventud, pare ser que a sus veintisiete años era uno de los líderes del Colegio Napolitano.
Alfonso, como muchos santos, tuvo un padre excelente y una santa madre. Don José de Ligorio tenía sus deftos. Él era algo mundano y ambicioso, comparado con su hijo, y era de carácter fuerte cuando se le oponía. Pero era un hombre de fe genuina, y de una vida piadosa y sin mancha, y pretendía que su hijo fuera también así. Aun cuando lo presentaba en sociedad para arreglarle un buen matrimonio, él deseaba que Alfonso tuviera a Dios primero, y cada año padre e hijo hacían un retiro religioso en alguna casa religiosa. Alfonso, asistido por la gracia divina, no depcionó a su padre. De una infancia modesta y pura, pasó a la adultez sin reproche. Se le preguntó a un compañero, Baltasar Cito, quien después se convirtió en un distinguido juez, si Alfonso dio señas de veleidad en su juventud. Él respondió enfáticamente: "¡Nunca! , Sería un sacrilegio dir otra cosa." El confesor del Santo dlaró que éste preservó su inocencia bautismal hasta la muerte. Aun en tiempos de peligro.
Puede haber poca duda de que el joven Alfonso con su elevado espíritu y fuerte carácter estaba ardientemente dedicado a su profesión, y en camino a ser consentido por el éxito y la popularidad que ésta daba. Cerca del año1722, cuando él tenía veintiséis años de edad, comenzó a asistir constantemente a la vida de la sociedad, desatendiendo las prácticas piadosas y la oración, que habían sido parte integral de su vida, y disfrutar del placer de la atención que le brindaban en todos lados.
Banquetes, entretenimientos, teatros," escribió mas tarde--"estos son los placeres del mundo, pero son placeres que están llenos de la amargura de la hiel y de afiladas espinas. Créanme porque lo he vivido, y ahora lloro sobre ello". No hubo un gran pado, pero tampoco santidad, y Dios, Quien deseaba que su servidor fuera santo y un gran santo, le iba a hacer tomar ahora el camino a Damasco. En 1723 hubo un litigio entre un noble Napolitano, cuyo nombre no ha llegado a nosotros, y el gran duque de Toscana, en la que una propiedad valuada en 500,000 ducados, es dir, $500,000 o 100,000 libras, estaba en disputa. Alfonso era uno de los principales abogados; no sabemos de cual lado. Cuando llegó el día el futuro Santo dio un brillante discurso de apertura y se sentó confiado de la victoria. Pero antes de que él llamara a un testigo, el consejero opositor le dijo en tono escalofriante: "Sus argumentos son un desperdicio de oxígeno. Usted no revisó el documento que trae abajo todo su caso". "Qué documento es ese?" Dijo Alfonso algo resentido. "Deje que lo veamos". Se le pasó una pieza de evidencia que él la había leído y releído varias ves, pero siempre en un sentido exactamente contrario al que en ese momento veía que tenía. El pobre abogado empalidió. Permanió inmóvil por un momento; y dijo con voz quebrada: "Usted tiene razón. He estado equivocado. Este documento le da a usted la razón". En vano, los que estaban a su alrededor y aun el juez trataron de consolarle. Se había estrellado contra la tierra. Él pensó que su error sería adjudicado no a un descuido sino a un olvido deliberado. Sintió que su carrera estaba arruinada, y dejó la corte casi de lado, diciendo: "Mundo, Yo sé que sabes. Cortes, no me verán nunca más" Durante tres días rhazo la comida. Entonces cesó la tormenta, y él comenzó a ver que la humillación había sido enviada por Dios, para quebrar su orgullo y sacarlo del mundo. Confiado en que algún sacrificio espial se requería de él, aunque todavía no sabía que, no regresó a su profesión, pero pasó días en oración, buscando saber la voluntad de Dios. Después de un corto intervalo--no sabemos que tan largo--vino la respuesta. El 28 de Agosto de 1723, el joven abogado había ido a realizar su acto de caridad favorito visitando a los enfermos del Hospital de Incurables. De pronto se encontró rodeado de una misteriosa luz; la casa paría estremerse, y una voz interior le dijo: "Deja el mundo y entrégate a Mí." Esto ocurrió dos ves. Alfonso dejó el Hospital y fue a la Iglesia de la Redención de los Cautivos. Aquí reposó su espada ante la estatua de Nuestra Señora, e hizo la resolución solemne de entrar en estado lesiástico, y aun mas ofrecerse como novicio a los Padres del Oratorio. Él sabía que tendría duras pruebas. Su padre, ya disgustado del fracaso de dos planes de matrimonio para su hijo, y exasperado del rhazo de Alfonso hacia su profesión, iba a ofrecer una enérgica oposición a la disión de dejar este mundo. Y así resultó. Tuvo que soportar una persución de dos meses. Al final se llegó a un compromiso. Don José estuvo de acuerdo en que su hijo fuera sacerdote, siempre y cuando él cediera en su propósito de unirse al oratorio, y continuara viviendo en casa. Para esto, Alfonso, aconsejado por su dirtor, el Padre Tomás Pagano quien también era Oratoriano, estuvo de acuerdo. De esta manera quedó libre para su verdadero trabajo, la fundación de una nueva congregación religiosa. El 23 de Octubre del mismo año, 1723, el santo se vistió con el hábito sacerdotal. En Septiembre del siguiente año ribió la tonsura y pronto se unió a la asociación de sacerdotes misioneros sulares llamados "Propaganda Napolitana", la cual para ser miembro, no requería tener una residencia común. En Diciembre de 1724, él ribió las ordenes menores, y el subdiaconado en Septiembre de 1725. El 6 de Abril de 1726, fue ordenado diácono, y poco más tarde pronunció su primer sermón. El 21 de Diciembre del mismo año, a la edad de treinta, fue ordenado sacerdote. Por seis años trabajó en y alrededor de Nápoles, llevando a cabo misiones para la Propaganda y predicando a los pobres de la capital. Con la ayuda de dos laicos, Pedro Barbarese, un maestro de escuela, y Nardone, un viejo soldado, a quienes él convirtió de una mala vida, enroló a miles de pobres en una suerte de confraternidad llamada la" Asociación de las Capillas", que hasta hoy existe. Entonces, Dios lo llamó para el trabajo de su vida.
En Abril de 1729, el apóstol de China, Mateo Ripa, fundó un colegio misionero en Nápoles, conocido coloquialmente como el "Colegio Chino". Pocos meses después Alfonso dejó la casa de su padre y se fue a vivir con Ripa, sin llegar a ser miembro de su sociedad. En su nuevo aposento conoció a un amigo de su anfitrión, el Padre Tomás Falcoia, de la congregación de los "Pii Operarii" (Obreros Píos), y entabló con él la gran amistad de su vida. Había una diferencia considerable en edad entre ellos, porque Falcoia, nacido en 1663, tenía ahora sesenta y seis, y Alfonso solo treinta y tres, pero el viejo sacerdote y el joven tenían almas semejantes. Muchos años antes, en Roma, Falcoia había tenido una visión de una nueva familia de hombres religiosos y mujeres cuyo propósito particular debía ser la imitación perfta de las virtudes de Nuestro Señor. Él había tratado de formar una rama del Instituto al unir a doce sacerdotes en una vida común en Tarentum, pero la comunidad se deshizo pronto. En 1719, junto con el Padre Filangieri, también uno de los "Pii Operarii", había refundado un Conservatorium de mujeres religiosas en Scala en las montañas detrás de Amalfi. Pero cuando les puso una regla, formada de aquélla de las monjas de la Visitación, él no paría tener una idea clara para establer el nuevo instituto de su visión. Sin embargo, Dios quiso que el nuevo Instituto comenzara con estas monjas de la Scala. En 1724, poco después de que Alfonso dejara el mundo, una postulante, Julia Crostarosa, nacida en Nápoles el 31 de Octubre de 1696, y por lo tanto casi de la misma edad que el Santo, entró al convento de Scala. Su nombre religiosos era hermana María Celeste. En 1725, cuando ella era todavía una novicia, tuvo una serie de visiones en las cuales vio una nueva orden (aparentemente de monjas solamente) similar a la revelada a Falcoia muchos años antes. Aún su Regla era conocida para ella. Se le pidió a ella que la escribiera y que se la enseñara a la autoridad del convento, al mismo Falcoia. Con el propósito en mente de tratar a la monja con severidad y no hacer caso de sus visiones, el dirtor se sorprendió al encontrar que la Regla que ella había escrito era una realización de lo que había estado por largo tiempo en su mente. Él entregó la nueva Regla a un grupo de teólogos, quienes la aprobaron, y dijeron que podía ser implementada en el convento de la Scala, siempre y cuando la comunidad la aceptara. Pero cuando el asunto se expuso a la comunidad, comenzó la oposición. La mayoría estaba a favor de la aceptación, pero el superior objetaba y apelaba a Filangieri, el compañero que ayudó a Falcoia a fundar el convento, y ahora, como General de los "Pii Operarii", su superior. Filangieri prohibió cualquier cambio a la Regla y removió a Falcoia de toda comunicación con el convento. Así estuvieron los asuntos por varios años. Cerca de 1729, sin embargo, Filangieri murió, y el 8 de Octubre de 1730, Falcoia fue consagrado Obispo de Castellamare. Ahora él era libre, sujeto a la aprobación del Obispo de Scala, para actuar de acuerdo a lo que él pensaba que era lo mejor para el convento. Ocurrió que Alfonso, enfermo y agotado por el trabajo, había ido con unos compañeros a la Scala a principios del verano de 1730. Incapaz de permaner desocupado, el había predicado a los pastores de cabras de las montañas con tal éxito que Nicolás Guerriero, Obispo de Scala, le pidió que regresara y dirigiera un retiro en su Catedral.
Falcoia, oyendo esto, le pidió a su amigo que diera un retiro a las monjas de su Conservatorium al mismo tiempo. Alfonso estuvo de acuerdo con ambas peticiones y arregló todo con sus dos amigos, Juan Mazzini y Vicente Mannarini, en Septiembre. El resultado del retiro para las monjas fue que el joven sacerdote, quien había tenido prejuicios en contra de la nueva Regla propuesta por unos reportes en Nápoles, se volvió en un convencido partidario, y aún obtuvo el permiso del Obispo de la Scala para el cambio. En 1731, el convento unánimemente adoptó la nueva Regla, junto con el hábito rojo y azul, los colores tradicionales del vestido de Nuestro Señor. Se establió una rama del nuevo Instituto de acuerdo a la visión de Falcoia. La otra no tardaría en llegar. Sin duda Tomás Falcoia tenía la esperanza de que el ferviente joven sacerdote, quien era devoto de él, pudiera bajo su dirción, ser el fundador de la nueva Orden que él tenía en su corazón. Una nueva visión de la hermana Maria Celeste paría mostrar que tal era la voluntad de Dios. El 3 de Octubre de 1731, en la tarde de la fiesta de San Francisco, ella vio a Nuestro Señor con San Francisco a su mano derha y a un sacerdote a su izquierda. Una voz dijo "Éste es a quien Yo he escogido como cabeza de mi Instituto, el General Prefto de una nueva Congregación de hombres que trabajarán para Mi Gloria." El sacerdote era Alfonso. Poco después, Falcoia le hizo saber a éste su vocación de dejar Nápoles e ir y establer una orden de misioneros en Scala, quien deberían sobre todo trabajar por los pastores de cabras abandonados. Siguió a esto un año de molestias y ansiedad.
El superior de la Propaganda y aun el amigo de Falcoia, Mateo Ripa, se opusieron al proyto fervientemente. Pero el dirtor de Alfonso, el Padre Pagano; el Padre Fiorillo, un gran predicador Dominico; el Padre Manulio, Provincial de los Jesuitas; y Vicente Cutica, Superior de los Vicentinos, apoyaron al joven sacerdote y el 9 de Noviembre de 1732, la "Congregación de el Más Santo Redentor", o como se le llamó por diisiete años, "del Más Santo Salvador", comenzó en un pequeño hospicio perteniente a las monjas de Scala. Aunque San Alfonso era el fundador y de facto cabeza del Instituto, en un principio la dirción general, así como la posición de dirtor y consejero de Alfonso, fue asumida por el Obispo de Castellamare y no fue sino hasta la muerte de este ultimo, el 20 de Abril de 1743, que se tuvo una reunión general y el Santo fue elegido formalmente Superior-General. De hecho, en su humildad, en el principio el joven sacerdote no era Superior ni de la casa, con el juicio de que uno de sus compañeros, Juan Bautista Donato, llenaba mejor el puesto porque el ya había tenido alguna experiencia de la vida en comunidad en otro Instituto.
Los primeros años, después de la fundación de la nueva orden, no eran prometedores. Surgieron las diferencias, el amigo y compañero principal del Santo, Vicente Mannarini, se opuso a él y a Falcoia en todo. El primero de Abril de 1733, todos los compañeros de Alfonso excepto un hermano laico, Vitus Curtius, lo abandonaron, y fundaron la congregación del Sagrado Sacramento, la cual, confinada al Reino de Nápoles, se extinguió en 1860 por la Revolución Italiana. Las diferencias también se extendieron a las monjas, y la misma hermana Maria Celeste dejó la Scala y fundó un convento en Foggia, donde murió en olor de Santidad, el 14 de Septiembre de 1755. Ella fue dlarada Venerable el 11 de Agosto de 1901. Alfonso, sin embargo, se mantuvo firme; pronto llegaron otros compañeros, y aunque la Scala misma fue dejada de lado por los Padres en 1738, en 1746 la nueva congregación tenía cuatro casas en Nocera de Pagani, Ciorani, Iliceto (ahora Deliceto), y Caposele, todas en el reino de Nápoles. En 1749, la Regla y el Instituto para hombres fueron aprobados por el Papa Benedicto XIV, y en1750, La Regla y el Instituto de monjas. Alfonso era abogado, fundador, superior religioso, obispo, teólogo, y místico, pero sobre todo un misionero, y ninguna biografía del Santo negará darle este lugar prominente. De 1726 a 1752, primero como miembro de la "Propaganda", y luego como líder de sus propios padres, él atravesó las provincias de Nápoles gran parte de cada año llevando misiones aun a los pueblos mas pequeños y salvando muchas almas. Una característica espial de su método era el regreso de sus misioneros, después de un intervalo de varios meses, a la escena de sus trabajos para consolidar su trabajo, en lo que se llamó la "renovación de la misión".
Después de1752 Alfonso dio menos misiones. Sus dolencias se incrementaban, y él se mantenía ocupado con sus escritos. Su promoción al Episcopado en 1762 le llevó a una renovación de su actividad misionera, pero de una forma ligeramente diferente. El Santo tenía cuatro casas, pero durante su vida, no sólo se volvió imposible abrir más en el reino de Nápoles, sino que apenas se podía obtener alguna tolerancia mínima para las casas que ya existían. La causa de esto fue la "regalismo", la omnipotencia de los reyes incluso en asuntos espirituales, la cual era el sistema de gobierno en Nápoles al igual que en todos los estados Borbones. El autor inmediato de lo que fue prácticamente toda una vida de persución para el Santo fue el Marqués Tanucci, quien llegó a Nápoles en 1734. Nápoles había sido parte del dominio español desde 1503, pero en 1708 cuando Alfonso tenía diez años, fue conquistado por Austria durante la guerra de la sucesión Española. En 1734, sin embargo, fue ronquistada por Don Carlos, el joven Duque de Parma, bisnieto de Luis XIV, y el reino Borbón independiente de las dos Sicilias fue establido. Con Don Carlos, o como se le llamaba generalmente, Carlos III, de su último titulo como Rey de España, vino el abogado, Bernardo Tanucci, quien gobernó Nápoles como Primer Ministro y regente por los siguientes cuarenta y dos años. Esto fue una revolución grande para Alfonso. Si esto hubiera ocurrido pocos años antes, el nuevo Gobierno podría haber encontrado a la congregación Redentorista ya autorizada, y como la política anticlerical de Tanucci mostró ser más la de suprimir nuevas Ordenes, que, a excepción de la Sociedad de Jesús, en suprimir viejas Ordenes, El Santo pudo haber sido libre en desarrollar la nueva orden con relativa paz. Lo que pasó fue que se le negó la exequatur real al edicto de Benedicto XIV, y el ronocimiento del estado de su Instituto como una congregación religiosa hasta el día de su muerte. Hubo años enteros, de hecho, en que paría que el Instituto estuvo al borde de ser cerrado. El sufrimiento que esto le dio a Alfonso, con su disposición sensitiva e intensa, fue muy grande, además, lo que fue peor, la relajación de la disciplina y la pérdida de vocaciones en la Orden misma. Alfonso, sin embargo, hacía incansables esfuerzos con la Corte. Quizá era muy ansioso, y en una ocasión cuando él estaba impresionado por una denegación, su amigo el Marqués Brancone, Ministro de Asuntos eclesiásticos y un hombre de piedad profunda, le dijo amablemente: "Pariera que has puesto toda tu confianza aquí abajo"; con lo cual el Santo ruperó la paz interior. Un intento final para ganar la aprobación real, el cual finalmente paría que tenía éxito, le condujo a Alfonso a su dolor máximo: la división y la ruina aparente de su Congregación y el disgusto de la Santa Sede. Esto fue en 1780, Alfonso tenía ochenta y tres años. Pero, antes de relatar el episodio del "Reglamento", como se le conoce, debemos hablar del periodo en el Episcopado del Santo.
En el año 1747, el Rey Carlos de Nápoles deseaba nombrar a Alfonso Arzobispo de Palermo, y fue sólo por sus vivos ruegos que pudo librarse. En 1762, no hubo escape y fue por la obediencia al Papa que aceptó el puesto de Obispo de Santa Agata de los Góticos, una pequeña Diócesis Napolitana, que estaba a unas pocas millas del camino de Nápoles a Capua. Aquí con 30,000 personas sin instrucción, 400 clérigos indiferentes y algunas ves escandalosos, y diisiete casas religiosas más o menos relajadas, a las cuales cuidar, en un campo tan lleno de yerbas que paría que era lo único que se podía coshar, lloró y rezó días y noches y trabajó incansablemente por tre años. Más de una vez intentaron asesinarlo. En un motín que ocurrió durante la hambruna que aftó el sur de Italia en 1764, él salvó la vida al sindical de Santa Ágata, ofriendo la suya a la muchedumbre. Él alimentó al pobre, instruyó al ignorante, reorganizó su seminario, reformó sus conventos, creó un nuevo espíritu en sus sacerdotes, reprendió a los nobles escandalosos y a las malas mujeres con la misma imparcialidad, le dio el honor correspondiente al estudio de la teología y la teología moral, y todo este tiempo le estuvo rogando al Papa que le permitiera renunciar de su puesto porque no hacía nada por su diócesis. A todo su trabajo administrativo debemos agregarle su continuo trabajo literario, sus muchas horas de oración, sus terribles austeridades, y la tensión de una enfermedad que hizo de su vida un martirio.
Ocho ves durante su larga vida sin contar su última enfermedad, el Santo ribió los sacramentos para los moribundos, pero la peor de todas sus dolencias fue un ataque de fiebre reumática durante su episcopado, un ataque que duró de Mayo de 1768 a Junio de 1769, y lo dejó paralítico hasta el final de sus días. Esto le dio a Alfonso la cabeza inclinada que notamos en los retratos que de él se han hecho. Tan inclinada que al principio, la presión que producía su barbilla le produjo una peligrosa herida en el pho. Aunque los doctores tuvieron éxito en enderezarle un poco el cuello, el santo por el resto de su vida tuvo que alimentarse mediante un tubo. No hubiera podido celebrar misa nunca más, si es que un prior Agustino no le hubiese enseñado cómo apoyarse en la silla para que con la asistencia de un acólito pudiera llevar el cáliz a sus labios. Pero a pesar de sus achaques, ambos Clemente XIII (1758-69) y Clemente XIV (1769-74) obligaron a Alfonso a permaner en su puesto. En Febrero de 1775, sin embargo, Pío VI fue elto Papa, y el siguiente Mayo le permitió al santo renunciar a su puesto.
Alfonso regresó a su pequeña celda en Nocera en Julio de 1775, para preparar, una feliz y rápida muerte. Doce años, sin embargo, todavía lo separaban de su rompensa, años que en su mayor parte no fueron de paz sino de grandes aflicciones como nunca las había tenido. En 1777, el Santo, además de cuatro casas en Nápoles y una en Sicilia, tenía otras cuatro en Scifelli, Frosinone, San Ángelo a Cupclo, y Beneventum, en los Estados de la Iglesia.. En caso de que las cosas se pusieran difíciles en Nápoles, el buscó mantener en estas casas la Regla y el Instituto. En 1780, surgió una crisis en la cual ellos hicieron esto, aunque de tal manera que trajo división en la Congregación y sufrimiento y desgracia extremas para su fundador. La crisis surgió de esta manera. Desde el año de 1759 dos benefactores de la Congregación, el Barón Sarnelli y Francis Maffei, por uno de esos cambios comunes en Nápoles, se convirtieron en sus enemigos más amargos, e iniciaron una vendetta contra ella en las cortes legales que duró veinticuatro años. Sarnelli era apoyado casi abiertamente por el poderoso Tanucci, y finalmente la eliminación de la Congregación paría una cuestión de días, cuando el 26 de Octubre de 1776, Tanucci, quien había ofendido a la reina María Carolina, de repente cayó del poder. Bajo el gobierno del Marqués de la Sambuca, quien, a pesar de que era un regalista, era un amigo personal del santo, hubo una promesa de tiempos mejores, y en Agosto de 1779, las esperanzas de Alfonso aumentaron por la publicación de un dreto real que le permitía nombrar superiores en su Congregación y tener un noviciado y casa de estudios. El Gobierno había ronocido el buen efto de sus misiones, pero deseaba que los misioneros fueran sacerdotes seglares y no de orden religiosa. El dreto de1779, sin embargo, paría un gran paso hacia adelante. Alfonso, habiendo obtenido tanto, esperaba conseguir aún más, y mediante su amigo, Mgr. Testa, el Gran Almoner, para conseguir la aprobación de su Regla. A diferencia del pasado, no pidió exequatur al edicto de Benedicto XIV, porque las relaciones en ese momento estaban más tensas que nunca entre las cortes de Roma y Nápoles; pero él esperaba que el rey pudiera dar una sanción independiente a su Regla, provisto, él renunció a todo derecho a la propiedad en común, lo cual él estaba preparado a hacer. Era del todo importante para los Padres el rhazar el cargo de ser una congregación religiosa ilegal, la cual era una de los principales alegatos en la acción siempre presente y agresiva del Barón Sarnelli. Quizá, en cualquier caso el sometimiento a su regla a un poder civil hostil y sosphoso era un error. En todo evento, el resultado fue desastroso. Alfonso estando tan viejo y débil--tenía ochenta y cinco años, paralítico, sordo, y casi ciego--su única oportunidad de éxito era la de ser servido fielmente por sus amigos y subordinados, y fue traicionado en ambos casos. Su amigo el Gran Almoner lo traicionó; sus dos enviados para negociar con el Gran Almoner, Los Padres Majone y Cimino, lo traicionaron, siendo ellos los consultores generales. Incluso su confesor y vicario general en el gobierno de su Orden, El Padre Andrés Villani, tomó parte en la conspiración. Al final la Regla fue alterada al punto de ser irronocible, los propios votos de religión fueron abolidos. En esta Regla alterada o Reglamento, como fue llamada, el inocente Santo fue inducido a poner su firma. Fue aprobada por el rey y forzada a la estupefacta congregación mediante todo el poder del estado. Surgió una conmoción de miedo. Alfonso mismo no estaba enterado. Le habían llegados vagos rumores de la traición, pero el se había negado a creerlos. "Tú fundaste la Congregación y tú la destruiste ", le dijo un padre. El santo lloró en silencio y trató en vano de encontrar un medio por el cual la orden pudiera salvarse. Su mejor plan hubiera sido consultar a la Santa Sede, pero en esto de le habían adelantado. Los padres en los Estados Papales, con pripitado empeño, denunciaron muy temprano el cambio de la Regla a Roma. Pío VI, ya de por sí disgustado con el Gobierno Napolitano, tomó a los padres en sus dominios bajo su protción espial, les prohibió todo cambio de Regla en sus casas, y aún renunciar a la obediencia a los superiores napolitanos, es dir a San Alfonso, hasta que pudiera haber un interrogatorio. Siguió un largo proceso en la corte de Roma , y el 22 de Septiembre de 1780, se redactó un dreto provisional , el cual se hizo absoluto el 24 de Agosto de 1781, ronociendo que las casas en los estados papales solas constituían la congregación Redentorista. El Padre Francisco de Paula, uno de los principales apelantes, fue nombrado su Superior General, "en lugar de aquellos", el edicto día, "quienes siendo sus altos superiores de la dicha congregación han adoptado junto son sus seguidores un nuevo sistema esencialmente diferente del anterior, y han abandonado el Instituto en el cual ellos profesaron, y han por lo tanto dejado de ser miembros de la congregación." De modo que el Santo fue cortado de su propia orden por el Papa quien lo iba a dlarar "Venerable". Él vivió en este estado de exclusión por siete años más y en ese estado murió. No fue hasta después de su muerte, como el profetizó, que el gobierno Napolitano, al fin ronoció su Regla, y que se reuniera la Congregación Redentorista bajo una cabeza (1793).
Alfonso todavía tenia que enfrentar una tormenta más, y sobre el final. Alrededor de tres años antes de su muerte pasó a través de una verdadera "Noche del Alma". Le cayeron espantosas tentaciones contra cada virtud, junto con apariciones diabólicas y alucinaciones, y terribles escrúpulos e impulsos para desanimarse le hicieron vivir un infierno. Al fin vino la paz, y el 1 de Agosto de1787, cuando sonaban las campanas del ángelus del mediodía, el Santo pasó pacíficamente a su rompensa. Casi había completado su año noventa y uno. Fue dlarado "Venerable", el 4 de Mayo de 1796; fue beatificado en1816, y canonizado en 1839. En 1871, fue dlarado Doctor de la Iglesia. "Alfonso fue de estatura mediana", dice su primer biógrafo, Tannoia; "Su cabeza era algo grande, su cabello negro, y barba larga." Él tenía una sonrisa placentera, y su conversación muy agradable, pero aún así tenía modales de gran dignidad. Era líder natural de hombres. Su devoción al Santísimo Sacramento y a Nuestra Señora eran extraordinarios. Él tenía caridad tierna para todos los que estaban en problemas; rorrería cualquier distancia para salvar una vocación; se expondría a la muerte para prevenir el pado. Sentía amor por los animales inferiores, y las criaturas silvestres que volaban de todos lados se acercaban a él como a un amigo. Sicológicamente, Alfonso puede ser clasificado entre las almas dos ves nacidas; es dir, hubo un punto de conversión o cambio marcado en su vida, en el cual él se convirtió, no del pado serio, que el nunca cometió, sino de lo comparativamente mundano, a un completo sacrificio personal para Dios. El temperamento de Alfonso era muy ardiente. Él era un hombre de pasiones fuertes, usando el término en el sentido filosófico, y de tremenda energía, pero desde su infancia sus pasiones estuvieron bajo control. Aun más, hablando sólo de la ira, aunque comparativamente temprano en su vida él paría muerto al insulto o injusticia cometido contra él, en casos de crueldad, o de injusticia con otros, o del deshonor a Dios, el mostró la indignación de los profetas incluso en avanzada edad. Al final, sin embargo, todo lo humano de esto había desaparido. En el peor caso, era solo el escaparate donde el templo de la perfción estaba construido. De hecho, aparte de los que fueron santos por la gracia del martirio, puede dudarse que muchos hombres y mujeres de temperamento flemático hayan sido canonizados. La differentia en los santos no es que no tengan falta sino el poder de guía, un poder de guía de generoso auto sacrificio y ardiente amor a Dios. El impulso de este apasionado servicio a Dios , viene de la gracia Divina, pero el alma debe corresponder (lo cual es también gracia de Dios), y el alma de fuerte voluntad y pasión fuerte responde mejor. La dificultad entre fuertes voluntades y fuertes pasiones es que son difíciles de domar, pero cuando se les doma, son ingrediente principal para la santidad.
No menos notable que la intensidad con la que Alfonso trabajó, es la cantidad de trabajo que realizó. Su perseverancia fue indomable. Él hizo y guardó un voto de no perder un solo momento de su tiempo. A él le ayudó su característica de ser muy práctico. Aunque era un buen teólogo dogmático--un hecho que aún no se ronoce lo suficiente-- no era un metafísico como los grandes escolares. Él era un abogado, no solo durante sus años en el Colegio, sino a través de toda su vida--un abogado, que a su habilidad para abogar y enorme conocimiento de los detalles prácticos se le agrega una compresión brillante de los principios fundamentales. Esto fue lo que lo convirtió en el príncipe de los teólogos morales, y le ganó, cuando su canonización lo hizo posible, el título de "Doctor de la Iglesia". Esta combinación del sentido común práctico con la extraordinaria energía en el trabajo administrativo debían hacer a Alfonso, si fuera más conocido, particularmente atractivo a las naciones de habla inglesa, espialmente siendo un santo moderno. Pero no debemos buscar los paridos tan lejos. Si en algunas cosas Alfonso era un anglo-sajón, en otras era un verdadero napolitano, aunque siempre un santo. Él escribió fruentemente de un napolitano a los napolitanos. Si las cosas vehementes que escribió en sus cartas, espialmente en los asuntos de quejas y alegatos, fueran considerados escritos por un santo de sangre Anglo-Sajona, nos sorprendería e impactaría. Ver a los estudiantes Napolitanos, en una animada pero amigable discusión, parería a los extraños como una disputa violenta. San Alfonso paría un milagro d
San Ambrosio
Fue obispo de Milán del 374 al 397. Probablemente nació en 340, en Tréveris, Arles, o Lyon. Murió el 4 de abril de 397. Es uno de los más ilustres Padres y Doctores de la Iglesia, y fue escogido, muy apropiadamente, a una con San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Atanasio, para ocupar la venerable Cátedra del Príncipe de los Apóstoles en la tribuna de San Pedro en Roma. Los datos que nos pueden servir para hacer su biografía están mayormente dispersos entre sus escritos, dado que su "Vida", escrita luego de su muerte por su Secretario, Paulino, a sugerencia de San Agustín, es extremadamente frustrante. Ambrosio descendía de una antigua familia romana que había abrazado el cristianismo años antes y que contaba entre sus miembros tanto mártires cristianos como altos funcionarios del Estado. En la época de su nacimiento, su padre, que también se llamaba Ambrosio, era prefto en la Galia, y en ese carácter gobernaba los actuales territorios de Francia, Bretaña y España, además de Tingitana, en África. Era una de las grandes prefturas del Imperio y se trataba del puesto más alto que podía ocupar cualquier súbdito. Las tres principales ciudades de la provincia, Tréveris, Arles y Lyon, se disputan el honor de haber sido el lugar de nacimiento del Santo, quien era el menor de tres hijos. Su hermana, Marcelina, se hizo monja, y su hermano, Sátiro, al ser elto Ambrosio al episcopado, renunció a la preftura para vivir con él y relevarlo de las tareas temporales. El padre, Ambrosio, murió alrededor del año 354. A raíz de ello la familia se mudó a Roma. La santa y virtuosa viuda fue grandemente ayudada en la educación religiosa de los hijos por su hija, Marcelina, quien tenía diez años más que Ambrosio. Para ese entonces Marcelina ya había ribido el velo de las vírgenes de manos de Liberio, el Pontífice Romano, y vivía en casa de su madre en compañía de otras vírgenes. Fue de ella que el Santo aprendió a mostrar ese amor por la virginidad que luego se convirtió en su característica. Su progreso en conocimientos sulares iba a la par de su crimiento en la piedad. Fue una bendición espial para Ambrosio mismo y para la Iglesia el que él hubiese adquirido tan gran dominio del idioma y literatura griegos, cuya carencia es tan dolorosamente patente en San Agustín y, en la generación posterior, en San León Magno. Muy probablemente no hubiese acaido el cisma griego si las iglesias de Oriente y Occidente hubiesen podido continuar dialogando tan íntimamente como lo hacían San Ambrosio y san Basilio. Una vez terminada su educación liberal, el Santo dedicó su atención al estudio y práctica del derecho, y muy pronto se distinguió por la elocuencia y habilidad de sus alegatos en la corte del prefto pretoriano, Ancius Probus. Fue por ello que este último lo incorporó a su consejo y más tarde obtuvo para él del emperador Valentiniano el puesto de gobernador consular de Liguria y Emilia, con residencia en Milán. "Ve- le dijo el prefto, profetizando involuntariamente- y condúcete no como juez sino como obispo". No hay forma de saber cuánto tiempo gobernó esa provincia. Lo único que sabemos es que su honesta y humanitaria administración le ganó el afto y la estimación de todos sus gobernados, pavimentando así el camino para la revolución que iba a tener lugar en su vida poco después. Esto fue algo por demás notable, si tomamos en cuenta que en esa época Milán estaba en medio de un caos religioso causado por las continuas maquinaciones de la facción arriana.
Obispo de Milán
Desde que el heroico obispo Dionisio, en el año 355, había sido arrastrado en cadenas al exilio en el lejano Oriente, la antiquísima sede de San Bernabé había estado ocupada por el intruso capadocio, Auxencio, un arriano lleno de odio hacia la fe católica. Este tal, no sólo no conocía la lengua latina, sino que era un perseguidor astuto y violento de sus súbditos ortodoxos. Para alivio de los católicos, la muerte le sobrevino al tiranuelo en 347 y con ello terminó una servidumbre que había durado casi 20 años. Los obispos de la región, temiendo que una elección popular diera pie a tumultos populares, solicitaron al emperador Valentiniano que designara al sucesor por medio de un edicto imperial. El Emperador, sin embargo, ordenó que se llevara la elección según se acostumbraba. Le correspondió entonces a Ambrosio la tarea de mantener el orden ciudadano en tan peligrosa coyuntura. Se dirigió a la basílica en la que se encontraban reunidos el desunido clero y el pueblo. Ya ahí, inició un discurso que buscaba motivar a la moderación y la paz, pero fue interrumpido por una voz (la de un niño, según Paulino) que clamaba: "Ambrosio, Obispo". La multitud inmediatamente comenzó a repetir el grito aquel y, para sorpresa y angustia de Ambrosio, él resultó elto por unanimidad. Aparte de la intervención sobrenatural, él era el único candidato viable: conocido por los católicos como firme creyente en el Credo de Nicea, aceptable para los arrianos y ronocido por todos como alguien que se había mantenido alejado de las controversias teológicas. Sólo había un problema: convencer al azorado cónsul de que aceptara un puesto para el que no había sido educado. Y además- aunque nos parezca extraño-, como muchos otros creyentes de esa época, quizás guiados por una reverencia equivocada hacia la santidad del bautismo, Ambrosio aún era catecúmeno y, consuentemente, las sabias providencias de la ley canónica lo hacían inelegible para el episcopado. Los únicos que han dudado acerca de la sinceridad del terror que sintió él ante las responsabilidades de ese oficio sagrado son aquellos que quieren juzgar a un gran hombre según los criterios de su propia insignificancia. Si Ambrosio hubiese sido una persona como la que dichas personas quieren hacernos ver: mundano, ambicioso y intrigante, le hubiera bastado apoyarse en su ronocida capacidad y en su noble sangre para proseguir esa carrera consular que tan brillante futuro le deparaba. Es muy difícil aceptar que rurrió a la estratagema de fingir terror, como dicen algunos biógrafos, para minar su propia popularidad entre el pueblo. Mas Valentiniano, orgulloso de que la favorable opinión que él tenía de Ambrosio hubiera sido aceptada tan entusiastamente por el pueblo y por el clero, confirmó la elección y estipuló severas penas para quienes quisieran ayudarlo a evadirse. Finalmente, el Santo aceptó. Ribió el bautismo de manos de un obispo católico y ocho días después, el 7 de diciembre de 374, día en el que Oriente y Occidente celebran su memoria, habiendo pasado por las etapas preliminares, fue consagrado obispo. Tenía treinta y cinco años de edad. Pero estaba destinado a edificar la Iglesia durante el espacio comparativamente prolongado de 23 años. Desde el principio dio testimonio de ser lo que siempre ha sido a los ojos del mundo cristiano: el modelo perfto del obispo cristiano. Hay algo de verdad en el eulogio de Teodosio, según lo informa Teodoreto (V,18): "No conozco a otro obispo que más merezca tal nombre, sino Ambrosio". En él la magnanimidad del patricio romano se temperó con la mansedumbre y la caridad del santo cristiano. Su primer acto como obispo, y que luego imitaron muchos santos sucesores, fue el de deshacerse de todas sus posesiones terrenas. Dio a los pobres su propiedad personal; cedió a la Iglesia las tierras que poseía, dejando aparte una provisión para mantener a su amada hermana. La generosidad de su hermano Sátiro le quitó el peso de la administración de las cosas temporales y le permitió dedicarse totalmente a las espirituales. Para sobreponerse a su deficiencia de preparación en cuestiones teologales, se dedicó asiduamente al estudio de las Escrituras y de los Padres, mostrando preferencia por Orígenes y San Basilio, cuya influencia se percibe en sus obras. Dotado de un verdadero ingenio romano, Ambrosio, como Cicerón, Virgilio y otros autores clásicos, se dedicó a digerir y a meter en moldes latinos los mejores frutos del pensamiento griego. Sus estudios tenían una naturaleza eminentemente práctica. Aprendió, además, que podía enseñar. En el exordio de su tratado "De officiis", se queja de que, a causa de su inesperado paso del tribunal al púlpito se vio forzado a enseñar y aprender simultáneamente. Su piedad, su juicio prudente y su genuino instinto católico lo protegieron del error. Su fama como elocuente expositor de la doctrina católica pronto llegó a los confines de la tierra. La fuerza de su oratoria está testimoniada no sólo por las repetidas alabanzas de que era objeto, sino, más aún, por la conversión de un retórico de la talla de Agustín. Su estilo es el de una persona que está más atenta a las ideas que a las palabras. No nos lo podemos imaginar gastando su tiempo en pronunciar una frase elegante. "Era una de esas personas- dice de él San Agustín- que dice la verdad, la dice bien, juiciosamente, agudamente, y con belleza y fuerza de expresión" (De doct. christ., IV,21).
Su vida diaria
Podemos tener una breve visión de su vida diaria si hamos una mirada a través de la puerta de su habitación, abierta todo el día y cruzada sin cita previa por toda clase de personas, cualquiera que tuviera algo que tratar con él. Entre la variada multitud de sus visitantes no faltaba algún alto funcionario que buscaba su consejo sobre algún problema de Estado, ni aquél que buscaba una respuesta a alguna duda, ni el pador arrepentido que estaba ahí para confesar sus pados, seguro de que el Santo "no revelaría sus pados a nadie sino solamente a Dios" (Paulinus, Vita, XXXIX). Comía frugalmente y únicamente cenaba los sábados, domingos y las fiestas de los mártires más célebres. Sus largas vigilias nocturnas transcurrían en oración, en atender su vasta correspondencia y en anotar los pensamientos que se le ocurrían durante el día acerca de sus lturas, tan fruentemente interrumpidas. Su laboriosidad incansable y sus hábitos disciplinados explican cómo un hombre tan ocupado pudo escribir tantos y tan valiosos libros. Él nos narra que cada día ofría el Santo Sacrificio por su pueblo (pro quibus ego quotidie instauro sacrificium). Cada domingo acudían inmensas multitudes a la basílica, atraídas por sus elocuentes discursos. Uno de sus temas favoritos era la excelencia de la virginidad, y tuvo tanto éxito en convencer a las doncellas de que adoptaran la vida religiosa que más de una madre prohibió a sus hijas ir a escuchar sus palabras. Ante la acusación de que estaba despoblando el imperio, el Santo se vio forzado a refutarla a base de interrogar amenamente a los jóvenes acerca de si tenían dificultad en encontrar esposas. El afirma, y la experiencia de los siglos sostiene su afirmación (De Virginibus, VII), que la población aumenta en proporción dirta al grado de estima en que la población tenga la virginidad. Como es de esperarse, sus sermones eran eminentemente prácticos, repletos de sentenciosas normas de conducta que han permanido como palabras de uso corriente entre los cristianos. En su método de interpretación bíblica, todos los personajes de la Escritura, de Adán en adelante, aparen como personas vivas, portando cada una un mensaje distinto de Dios para instruir a la generación actual. Nunca escribía sus sermones, sino que los pronunciaba a partir de lo que tenía en el corazón. De las notas que se tomaban durante sus sermones él compiló casi todos los tratados suyos de los que tenemos conocimiento.
Ambrosio y los arrianos
Era natural que un prelado de tan altas miras, tan afable, tan caritativo con los pobres, tan dispuesto a entregar sus grandes capacidades al servicio de Cristo y de la humanidad, pronto gozara del amor entusiasta de su pueblo. Rara vez ha habido, si es que lo ha habido, un obispo cristiano tan popular, en el buen sentido de ese término tan abusado, como Ambrosio de Milán. Y esa misma popularidad, unida a su intrepidez, fue la clave para destronar la iniquidad. La hereje emperatriz Justina y sus consejeros bárbaros con fruencia hubieran querido callarlo con el destierro o el asesinato, pero como en el caso de Herodes y Juan Bautista, ellos "temían a la multitud". Sus heroicas luchas en contra de las agresiones del poder sular lo han inmortalizado como el modelo y pionero de todos los Hildebrandos, Bkets y otros paladines de la libertad religiosa. El anciano Valentiniano I murió súbitamente en 375, el año siguiente a la consagración de Ambrosio, dejando a su hermano Valente, arriano, para que hiciera de las suyas en el Este, y a su hijo mayor, Graciano, para que se hiciera cargo de los territorios antes gobernados por Ambrosio, pero sin definir nada sobre el gobierno de Italia. En esa circunstancia, el ejército tomó el mando y proclamó emperador al hijo de Valentiniano y su segunda esposa, Justina, un niño de cuatro años de edad. Graciano aceptó gustosamente y asignó a su medio hermano la soberanía de Italia, Ilírico (la actual región adriática de Montenegro y Albania, N.T.) y África. Mientras aún vivía su ortodoxo esposo, Justina prudentemente le ocultó sus creencias arrianas, pero en ese momento, apoyada en la corte por una poderosa facción gótica, hizo pública su disión de educar a su hijo en la herejía y una vez más intentó arrianizar el Occidente. Esto la colocó en confrontación abierta con el obispo de Milán, quien había ya apagado los últimos rescoldos de arrianismo en su diócesis. Esa herejía nunca había sido aceptada por el pueblo ordinario; debía su vitalidad artificial a las intrigas de reyes y cortesanos. Como paso preliminar para la inevitable contienda, Ambrosio, a solicitud de Graciano, quien estaba por conducir un ejército para auxiliar a Valente y deseaba tener a su lado un antídoto contra los sofismas orientales, escribió su obra "De fide ad Gratianum Augustum", que luego sería ampliado y aún subsiste en cinco libros. El primer choque entre Ambrosio y la Emperatriz acontió con ocasión de la elección episcopal en la sede de Sirmio, capital del Ilírico, que por entonces era la residencia de Justina. A pesar de los esfuerzos de la Emperatriz, Ambrosio logró que quedara elto un obispo católico. Esa victoria fue repetida en el Concilio de Aquilea (381), el cual él presidió, cuando logró derrocar a los únicos prelados arrianos que quedaban en el Occidente, Paladio y Sundiano, ambos ilirios. La batalla campal entre Ambrosio y la Emperatriz, en los años 385-386, ha sido gráficamente descrita por el cardenal Newman en sus "Historical Sketches". El asunto en cuestión era la cesión de una de las basílicas a los arrianos para que celebrasen allí su culto público. A lo largo de la prolongada batalla Ambrosio demostró en grado eminente las cualidades de un gran líder. Su valor en los momentos de mayor peligro sólo era igualado por su admirable moderación. En ciertos momentos críticos del drama una sola palabra suya podría haber derribado del trono a la Emperatriz y a su hijo. Pero nunca fue pronunciada esa palabra. Un resultado perdurable de esa lucha contra el despotismo fue el rápido desarrollo del canto lesiástico, del que Ambrosio había colocado los cimientos. Incapaz de vencer la fortaleza del obispo y el espíritu del pueblo, finalmente la corte desistió de su esfuerzo. No sólo eso, sino que debió acudir a Ambrosio para que hiciera lo posible para salvar el trono del peligro.
Ya había él enviado una embajada a la corte del usurpador, Máximo, que en el 383 había derrotado y dado muerte a Graciano y ahora reinaba en su lugar. Gracias en gran parte a sus esfuerzos, se había logrado un entendimiento entre Máximo y Teodosio, a quien Graciano había designado como gobernante del Oriente. El acuerdo día que Máximo debería contentarse con sus posesiones presentes y respetar los territorios de Valentiniano II. Tres años después Máximo didió cruzar los Alpes. El tirano ribió a Ambrosio desfavorablemente y con la excusa, muy honorable al Santo, de que rhazaba mantener comunión con los obispos que habían apoyado la muerte de Prisciliano (primer caso de pena capital por herejía ordenada por un príncipe cristiano), lo hó de la corte. Poco después Máximo invadió Italia. Valentiniano y su madre buscaron la protción de Teodosio, quien aceptó defenderlos, derrocó al usurpador y ordenó darle muerte. Por ese tiempo murió Justina y Valentiniano, por consejo de Teodosio, abjuró del arrianismo y se colocó bajo la protción de Ambrosio, con el cual entabló una sincera amistad. Fue durante la prolongada estancia de Teodosio en el Occidente que tuvo lugar el episodio más notable de la Iglesia: la penitencia pública ordenada por el obispo y cumplida por el emperador. La narración tradicional del acontimiento, transmitida por Teodoreto a muchos años de distancia, que exalta la firmeza del Santo a costa de su mansedumbre y prudencia, afirma que Ambrosio detuvo al Emperador a la entrada de la Iglesia y lo regañó y humilló públicamente. El criticismo moderno demuestra que eso es una grave exageración. La emergencia demandaba que el obispo pusiera en práctica todas sus virtudes. Cuando las noticias de que los sediciosos tesalonicenses habían asesinado a los funcionarios del Emperador, Ambrosio y el colegio episcopal, el cual él presidía en ese momento, hicieron un llamado de clemencia a Teodosio, aparentemente con éxito. ¿Cuál no sería su horror al enterarse poco después que Teodosio, cediendo a los consejos de Rufinoso y otros cortesanos, había ordenado una mascare indiscriminada de ciudadanos en la que perdieron la vida 7,000 personas?. Para evitar encontrarse con el monarca asesino u ofrecer el Santo Sacricio en su presencia, y, sobre todo, para darle tiempo de ponderar la atrocidad de una acción tan ajena a su carácter, el Santo se excusó alegando una enfermedad y, sabiendo que ello propiciaría que lo llamaran cobarde, se retiró al campo desde donde envió una carta "escrita por mi propia mano, que sólo usted debe leer", en la que exhortaba al Emperador a reparar su crimen con una penitencia ejemplar. San Agustín narra (De civitate Dei, V, XXVI), que con "humildad religiosa" Teodosio obedió y "según la disciplina de la Iglesia, hizo penitencia de tal manera que la vista de su postrada majestad imperial llevó a las personas que intercedían por él a llorar más grandemente que el temor que les había causado la conciencia de la ofensa que él les había inflingido cuando ésta los había enojado". "Despojándose de todos sus emblemas de realeza- dice San Ambrosio en su oración fúnebre (c. 34)-, lloró en la Iglesia sus pados públicamente. No se avergonzó el Emperador de realizar una penitencia pública que muchos individuos evitarían. Ni hubo después día en su vida en que él no llorara su error". Esta sencilla narración, sin ningún adorno histriónico, tanto honra al obispo como a su soberano.
Los últimos días de Ambrosio
El asesinato de su joven pupilo, Valentiniano II, que tuvo lugar en la Galia en mayo del 393, mientras Ambrosio cruzaba los Alpes para ir a bautizarlo, causó al Santo una gran aflicción. La eulogía que pronunció en Milán es singularmente tierna: describe al fallido rey como un mártir, bautizado con su propia sangre. En realidad el usurpador, Eugenio, sí era un infiel en lo hondo de su corazón y abiertamente anunció su intención de restabler el paganismo. Reabrió los templos paganos y determinó que se instalara de nuevo en el Senado Romano el altar de la Victoria, respto al cual Ambrosio y Símaco habían sostenido un largo y didido debate literario. Este triunfo del paganismo tuvo una corta vida. En la primavera del 391 Teodosio de nuevo condujo sus legiones al Occidente y, en una breve campaña, derrotó y mató al tirano. El paganismo romano perió con él. El Emperador ronoció los méritos del gran obispo de Milán anunciando su victoria la misma tarde de la batalla y pidiéndole que celebrara un solemne sacrificio de acción de gracias. No vivió Teodosio mucho tiempo después de su triunfo. Murió en Milán pocos meses después (enero del 395) teniendo a Ambrosio junto a su lho y el nombre de Ambrosio en sus labios. "Incluso cuando la muerte estaba desmoronando su cuerpo- dice el Santo- él estaba más preocupado por el bienestar de las iglesias que por el peligro propio". "Yo lo amaba y estoy seguro que el Señor escuchará la oración que yo le dirijo a favor de su alma piadosa" (In obitu Theodosii, c. 35). Sólo pasaron dos años para que estas dos almas generosas fueran reunidas por la muerte. Ningún cuerpo humano puede soportar por mucho tiempo la actividad incansable de un Ambrosio. Es significativa una escena, narrada por su Secretario, de su extraordinaria capacidad de trabajo. Él murió un Viernes Santo. Al día siguiente, cinco obispos tuvieron dificultad para administrar el bautismo a una multitud igual a la que él acostumbraba bautizar sin ayuda. Cuando se corrió el rumor de que estaba seriamente enfermo, el conde Stilico, "temeroso de que su muerte pudiera significar la destrucción de Italia", despachó unos emisarios, entre los que estaban los principales ciudadanos, para suplicarle que le rogara a Dios que prolongara sus días. La respuesta del Santo impresionó profundamente a san Agustín: "No he vivido entre ustedes de modo que me avergüence de vivir, ni temo morir porque tenemos a un Señor de bondad". Durante horas antes de su muerte él permanió con los brazos extendidos a imitación de su Maestro al agonizar, quien también se le aparió en persona. El obispo de Vercelli le llevó el Cuerpo de Cristo. "Terminando de consumirlo, exhaló pacíficamente su último aliento". Era el 4 de abril de 397. Fue enterrado en su amada basílica, tal como él había deseado, al lado de los santos mártires Gervasio y Protasio, cuyas reliquias habían sido descubiertas durante su lucha con Justina, evento que les proporcionó un gran consuelo a él y a sus seguidores. En el año 835 las reliquias de los tres santos fueron colocadas por uno de sus sucesores, Angilberto II, en un sarcófago bajo el altar, donde fueron descubiertos en 1864. La primera edición de los trabajos de Ambrosio salió de la imprenta de Froben en Basilea, en 1527, bajo la supervisión de Erasmo de Rotterdam. En el año 1580 comenzó a salir a la luz en Roma una edición más elaborada, que continuó apariendo durante algunos años más. El editor en jefe fue el Cardenal Montalto hasta que fue elevado al papado como Sixto V. Fueron cinco volúmenes que conservan su valor gracias a la "Vida" del Santo, compuesta por Baronio, con que comienza la obra. Posteriormente aparió la excelente edición de Maurist, publicada en dos volúmenes en P earis, en 1686 y 1690, resptivamente. Esta fue reimpresa por Migne en cuatro volúmenes. La carrera de San Ambrosio ocupa un lugar prominente en todas las historias, eclesiásticas y sulares, del siglo IV. Es de particular valor la narración de Tillemont, en el cuarto volumen de sus "Memoirs". Es de menor importancia la discusión sobre la autenticidad de los así llamados 18 himnos ambrosianos. El gran mérito del Santo en el campo de la himnología consiste en que él puso sus cimientos y mostró a la posteridad hasta dónde había oportunidad en el futuro para desarrollarla.
Escritos de San Ambrosio
El carácter espial y el valor de los escritos de San Ambrosio quedan patentes ya en el título de Doctor de la Iglesia que, desde tiempo inmemorial, ha compartido en Occidente con San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio. Él es testigo oficial de la enseñanza de la Iglesia Católica en su propio tiempo y en las generaciones predentes. Como tal, sus escritos siempre han sido citados por papas, concilios y teólogos. Ya desde su época se sabía que pocos podían dar voz tan claramente al verdadero sentido de las escrituras y a las enseñanzas de la Iglesia (San Agustín, De Doctrina Christiana, IV, 46,48,50). Ambrosio es preeminentemente un maestro lesiástico que puso a la luz en forma sólida y edificante, y con consciente regularidad, el depósito de la fe que se le había confiado. No es de modo alguno un filósofo académico que meditaba en el silencio de la soledad sobre las verdades de la fe cristiana, sino un esforzado administrador, obispo y estadista cuyos escritos constituyen la expresión madura de su vida y trabajo oficiales. La mayor parte de sus escritos son en realidad homilías, comentarios orales sobre el Antiguo y Nuevo Testamentos, que fueron puestos por escrito por sus oyentes y, posteriormente, redactados en su forma actual. Pocos, claro, de esos discursos nos han llegado tal y como salieron de los labios del gran obispo. En Ambrosio brilla con distinto resplandor su nativo genio romano; es claro, sobrio, práctico y siempre busca persuadir a sus oyentes de que actúen inmediatamente de acuerdo a los principios y argumentos que él expone y que abarcan prácticamente todas las facetas de la vida religiosa y moral. "Es un verdadero romano en el que siempre domina el acento ético-práctico. No tenía ni tiempo ni gusto por las espulaciones filosófico-dogmáticas. En todas sus obras persigue un objetivo práctico. Es por ello que con fruencia repite lo que ya ha sido tratado, preparar para otra cosha los campos que ya han sido arados. No despria aprovhar las ideas de algún escritor anterior, cristiano o pagano, con tal de apoyar sus reflexiones, y adapta sus pensamientos con prudencia al público de su tiempo y nación. Visto desde el aspto formalmente literario, su estilo deja algo que desear, pero no nos debe extrañar, dadas las exigencias de tiempo que tienen los hombres públicos como él. Su dicción abunda en remembranzas inconscientes de los escritores clásicos, tanto griegos como romanos. Está particularmente familiarizado con los escritos de Virgilio. Pero su estilo siempre conserva una puliaridad personal. Nunca le falta cierta reserva digna. Cuando pare que su escrito es más estudiado de lo que acostumbra, sus características son una enérgica brevedad y una audaz originalidad. De entre sus escritos, los que tienen origen y estilo homilético dejan patente las grandes dotes de oratoria de Ambrosio; a ves, incluso, llega a alcanzar elevados niveles de inspiración poética. Sus himnos son prueba suficiente del dominio que tenía de la lengua latina" (Bardenhewer, Les pères de l’église, París, 1898, 736 -737; cf. Pruner, Die Theologie des heil. Ambrosius, Eichstadt, 1864). Las obras que han llegado a nosotros pueden dividirse, en aras de la conveniencia, en cuatro clases: exegéticas, dogmáticas, ascético-morales y ocasionales. Las obras exegéticas, o comentarios a las Sagradas Escrituras, tratan sobre la gloria de la creación, las figuras vetero-testamentarias de Caín y Abel, Noé, Abraham y los patriarcas, Elías, Tobías, David y los salmos y otros temas. De sus discursos sobre el Nuevo Testamento sólo ha sobrevivido el largo comentario sobre San Lucas (Expositio in Lucam). Definitivamente él no es el autor del maravilloso comentario sobre las tre epístolas de San Pablo conocido como "Ambrosiater". Todos esos comentarios escriturísticos juntos conforman más de la mitad de los escritos de Ambrosio. Demuestra un gusto espial por las interpretaciones alegórico-místicas de la Escritura. O sea, aunque admite un significado natural o literal, siempre encuentra un significado más profundo, místico, que él convierte en enseñanzas prácticas para la vida cristiana. En esto, dice San Jerónimo (Ep. XLI), "él era discípulo de Orígenes, pero bajo las modificaciones que habían hecho del estilo de ese maestro San Hipólito de Roma y San Basilio Magno". También ribió influencia en ese sentido del escritor judío Filón. Dicha influencia fue tal que el texto de este último, que se encuentra en estado de descomposición, puede a ves ser corregido exitosamente gracias a los os y ruerdos que de dicha obra se hayan en las obras de Ambrosio. Debe dejarse en claro, sin embargo, que al citar a los autores no cristianos, el gran Doctor nunca abandona una actitud estrictamente cristiana (cf. Kellner, Der heilige Ambrosius als Erklärer das Alten Testamentes, Ratisbona, 1893). La más influyente de sus obras ascético-morales es la que escribió acerca de los deberes de los eclesiásticos cristianos (De officiis ministrorum). Es un manual de moralidad cristiana que sigue de cerca, en su orden y disposición, un trabajo homónimo de Cicerón. "Empero, dice el Doctor Bardenhewer, es muy notable y aguda la antítesis entre la moralidad filosófica del pagano y la moralidad del lesiástico cristiano". En sus exhortaciones, particularmente, Ambrosio deja ver una irresistible fuerza espiritual" (cf. R. Thamin, Saint Ambroise et la morale chrétienne at quatrième siècle, París, 1895). Escribió varios textos sobre la virginidad. O mejor dicho, publicó varios de sus discursos acerca de dicha virtud, de los cuales el más importante es el tratado "Sobre las vírgenes", dirigido a su hermana Marcelina, consagrada ella misma al servicio divino. San Jerónimo (Ep. XXII) afirma que él es el más elocuente y exhaustivo de todos los exponentes de la virginidad, y que su juicio coincide totalmente con el de la Iglesia. Su impresionante obrita "Sobre la caída de una virgen consagrada" (De lapsu virginis consratæ) ha sido debatida, pero sin razones suficientes. Dom Germain Morin sostiene que sí se trata de una homilía de Ambrosio que, como muchos otros de sus así llamados "libros", debe su forma actual a alguno de sus oyentes. La mayor parte de sus trabajos dogmáticos versan sobre la divinidad de Jesucristo y del Espíritu Santo; también sobre los sacramentos cristianos. A petición del joven emperador Graciano (375-383) elaboró una defensa, contra los arrianos, de la verdadera divinidad de Jesucristo, y otra sobre la divinidad del Espíritu Santo, contra los macedonios.
También, una obra sobre la Encarnación de Nuestro Señor. Escribió su trabajo "Sobre la penitencia" para refutar los postulados rigoristas de los novacianos y en él profundiza sobre las evidencias útiles del poder de la Iglesia para perdonar los pados, la nesidad de la confesión y el carácter meritorio de las buenas obras. Ha desaparido una obra espial sobre el bautismo (De sacramento regenerationis), fruentemente citada por San Agustín. Sí poseemos, afortunadamente, el excelente tratado (De mysteriis) sobre el bautismo, la confirmación y la Sagrada Eucaristía (P.L. XVI, 417-462), que dirigió a los rién bautizados. Algunos opositores a la enseñanza católica sobre la Eucaristía han puesto en duda su autenticidad, pero sin razón alguna. Es altamente probable que la obra sobre los sacramentos (De sacramentis, ibid) sea idéntica a la predente, sólo que, como explica Bardenhewer, "fue publicada indiscretamente por algún oyente de Ambrosio". Sus evidencias respto al carácter sacrificial de la Misa, y a la antigüedad del Canon Romano de la Misa son demasiado bien conocidas como para requerir mayores pruebas. Algunas de ellas son fácilmente localizables en cualquier edición del Breviario Romano (cf. Probst, Die Liturgie des vierten Jahrhunderts und deren Reform, Münster, 1893, 232-239). La correspondencia de Ambrosio incluye pocas cartas confidenciales o personales. La mayor parte son documentos oficiales, registros de asuntos públicos, reportes sobre los concilios que se realizaron y cosas paridas. Sin embargo su valor histórico es incalculable, además de mostrarlo como un administrador romano y estadista inigualable en cualquier nación o en la Iglesia. Pero aunque sus cartas fueran materia de poca monta, no se puede dir lo mismo de sus discursos. Su discurso ante la muerte de su hermano Sátiro (378) (De excessu fratris sui Satyri) contiene el sermón funerario del mismo y constituye uno de los panegíricos cristianos más antiguos y un modelo de los discursos de consolación que desde entonces habrían de ocupar el lugar de las dlamaciones frías e ineftivas de los estoicos. Su discurso funerario sobre Valentiniano II (392) y sobre Teodosio el Grande (395) son considerados clásicos de la composición retórica (cf. Villemain, De l’éloquence chrétienne, París, ed. 1891). También deben ser considerados como documentos históricos de gran importancia. Y lo mismo se puede afirmar de su discurso contra el intruso arriano, Auxencio (Contra Auxentium de basilicis tradendis), y los dos discursos referentes al hallazgo de los cuerpos de los mártires milaneses Gervasio y Protasio.
No faltan, claro, obras atribuidas falsamente a Ambrosio. Casi todas ellas se encuentran en la edición benedictina de sus obras (reimpresas en Migne) y se discuten en los manuales de Patrología (eg. Bardenhewer). También se han extraviado algunas de sus obras auténticas, como, por ejemplo, la obra citada arriba sobre el bautismo. San Agustín (Ep. 31, 8) alaba encaridamente una obra (actualmente extraviada) de Ambrosio escrita contra aquellos que afirma
San Ambrosio de Camaldoli
Teólogo y escritor italiano, nacido en Pórtico, cerca de Florencia el 16 de septiembre de 1386; murió el 21 de octubre de 1439. Su nombre era Ambrosio Traversari. Entró en la Orden de Camaldoli a la edad de catorce años y se convirtió en su Dirtor General en el 1431. Fue un gran teólogo y escritor, conocía el Griego al igual que el Latín. Estos dotes y su familiaridad con los asuntos de la Iglesia hicieron que Eugenio IV le llevará al Concilio de Basle, donde Ambrosio fuertemente defendió la primacía del pontífice romano y ordeno al Concilio a no partir la túnica sin costura de Cristo. Fue posteriormente enviado por el Papa al Emperador Sigismundo a pedir su ayuda en los esfuerzos del Pontífice para terminar el Concilio que por cinco años había estancado las prerrogativas papales. El Papa transfirió el Concilio de Basle a Ferrara el 18 de Septiembre de 1437.
En este Concilio y posteriores en Florencia, Ambrosio por sus esfuerzos y caridad hacia los pobres Obispos Griegos, ayudó grandemente en lograr una unión de las dos Iglesias, dreto el cual el 6 de Julio de 1439 él fue llamado a redactar. Murió poco después. Sus obras son; un tratado sobre la Santa Eucaristía, uno sobre la Procesión del Espíritu Santo, muchas de las vidas de los santos y una crónica de su generalazgo de los Camaldolitas. Tradujo del griego al latín la vida de Crisóstomo (Venia, 1533); la Sabiduría Espiritual de Juan Mosco; la Escalera del Paraíso de San Juan Clímaco (Venia, 1531), P.G., LXXXVIII. También tradujo libros contra los errores de los Griegos por Manuel Kalekas, Patriarca de Constantinopla, un monje Dominico (Inglostadt, 1608), P.G., CLII, col. 13-661, una obra conocida solamente por la traducción de Ambrosio. Tradujo también muchas homilías de San Juan Crisóstomo; el tratado de pseudo Denis el Areopagita sobre la jerarquía celestial; el tratado de San Basilio sobre la virginidad; treinta y nueve discursos de San Efrén el Sirio y muchas otras obras de los Padres y escritores de la Iglesia Griega. Dom Mabillon publicó "Las cartas y oraciones de San Ambrosio de Camaldoli"en Florencia, 1759. San Ambrosio es honrado por la Iglesia el 20 de Noviembre.
HEFELE, Hist. of Councils (Edinburgh, 1871-96), XI, 313 sqq., 420, 463; MANSI, Coll. sacr. council. (Venice, 1788, 1792, 1798), XXIX, XXX, XXXI; EHRHARD in KRUMBACHER, Geschichte der byzantinischen Literatur, 2d ed. (Munich, 1897), 111-144.
JOHN J. A’ BKET
Transcrito por Vivek Gilbert John Fernández
Dedicado a Jane-Anne, Bibliotaria en el Colegio San Ignacio, Riverview, Sydney Australia
Traducido por Anónimo de Borinquen
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.