Sacerdocio
El término presbítero (en alemán, Priester; en francés prêtre; en italino. prete) se deriva del griego presbyteros (el anciano, en contraposición al neoteros, el joven) y, en el sentido jerárquico, equivale al término latino sacerdos, al griego iereus, y al hebreo kahane. El término significa persona (de género masculino) llamada al servicio inmediato de la Deidad y autorizada para celebrar culto público, espialmente para ofrecer sacrificios. En muchos casos, el sacerdote es el mediador religioso entre Dios (los dioses) y el hombre y el maestro responsable de enseñar las verdades religiosas, sobre todo cuando éstas incluyen doctrinas esotéricas. Aplicar el término sacerdote a los magos, profetas y médicos de las religiones de los pueblos primitivos es una mala utilización del mismo. El correlativo esencial del sacerdocio es el sacrificio, por consiguiente, los simples líderes de las plegarias públicas o los guardianes de los templos no pueden rlamar el titulo de sacerdotes.
El tema que nos ocupa puede tratarse en forma conveniente bajo cuatro encabezados:
I. El Sacerdocio Pagano;
II. El Sacerdocio Judío;
III. El Sacerdocio Cristiano;
IV. La contribución del Sacerdocio Católico a la civilización.
I. EL SACERDOCIO PAGANO
A. Desde el punto de vista histórico, la más antigua de las religiones paganas, la más desarrollada, y la más marcada por vicisitudes es la de la India. Se pueden ronocer cuatro divisiones, diferentes en historia y naturaleza: el vedismo, el braminismo, el budismo y el hinduismo. Aún en los antiguos himnos védicos se puede diferencias un sacerdocio espial, porque aunque originalmente el padre de familia era también quién ofría el sacrificio, solía buscar la cooperación de un bramin. De las funciones esenciales de orar y cantar durante el sacrificio, surgieron, en el vedismo, las tres clases de sacerdotes, los que ofren sacrificios (adhvariu), los que cantan (udgâtar), y los que oran (hotar). Las cuatro categorías que incluyen soldados, sacerdotes, artesanos o granjeros y esclavos se desarrollaron formalmente en el braminismo tardío en las cuatro castas (Dahlmann), rígidamente diferenciadas, entre tanto, los bramines avanzaron por encima de los soldados a la posición de mayor importancia. Sólo los bramines entendían el intrincado y difícil ceremonial sacrificial; gracias a sus grandes conocimientos y sacrificios, ejercían una influencia irresistible sobre los dioses; una explicación panteísta del dios Brahma los investía de carácter divino. Por consiguiente, el bramin era una persona sagrada e inviolable y asesinarlo representaba el mayor de los pados. El braminismo se ha comparado equivocadamente con la cristianidad medieval (cf. Teichmüller, "Religionsphilosophie", Leipzig, 1886, p. 528). En la Edad Media existió, de hecho, un sacerdocio privilegiado, pero no una casta sacerdotal hereditaria; entonces, como ahora, las clases más bajas podían alcanzar las más altas funciones eclesiásticas. Aún menos justificados, desde el punto de vista del carácter panteístico de la religión bramínica, son los intentos por rastrear una relación genética ente los sacerdocios católico e indio, puesto que el espíritu monoteísta del catolicismo y la organización característica de su clero son irronciliables con el concepto panteísta de la Deidad y el temperamento insociable de un sistema de castas.
Lo mismo puede dirse, aún con más fuerza, del budismo, que, mediante la reforma introducida mediante el Rey Asoka (239-23 A.C.), forzó al braminismo a un segundo plano. Debido a que esta reforma inauguró el reino del Agnosticismo, el Ilusionismo y la moralidad unilateral, el sacerdocio braminico, con la dadencia de los servicios sacrificiales antiguos, perdió su razón de ser. Si no había sustancia eterna, ni ego, ni alma inmortal, ni vida en el más allá, la idea de un dios, de un redentor, de un sacerdocio tenía que desaparer de inmediato. La redención budista es sólo una autoredención ascética forjada mediante el hundimiento en el abismo de la nada (el nirvana). Los bonzos no son sacerdotes en el sentido estricto de la palabra; ni tampoco tiene el monasticismo budista nada más que el nombre en común con el monasticismo cristiano. Los celotes modernos del budismo dlaran con criente osadía desde Schopenhauer, que lo que desean ante todo es una religión sin dogma y sin un redentor extraño, un servicio sin un sacerdocio. Parerá entonces aún más extraordinario que el budismo, como consuencia de los esfuerzos del reformador Thong-Kaba, haya desarrollado en el Tibet una jerarquía formal y una jerarcracia en el Lamaísmo (Lama=Brahma).
El monasticismo y los servicios religiosos del Lamaísmo presentan también una similitud tan sorprendente con las instituciones católicas que los investigadores no católicos no han vacilado en referirse a un "catolicismo budista" en el Tibet. El Papa y el Dalai-Lama, Roma y la ciudad de Lasa son contrapartes; el lamaísmo tiene sus monasterios, campanas, procesiones, letanías, reliquias, imágenes de santos, agua bendita, cuentas del rosario, mitras obispales, cruces, vestiduras, capas, bautismo, confesión, misa, sacrificios por los muertos. Sin embargo, puesto que es el espíritu interior el que da a una religión su sello característico, en estas manifestaciones externas no podemos ronocer una verdadera copia del catolicismo sino sólo una distorsionada caricatura. Además, debido a que este conglomerado religioso se inició apneas en el siglo XIV, es evidente que el sorprendente paralelismo es el resultado de la influencia del catolicismo en el lamaismo y no lo contrario. Sólo podemos suponer que el fundador, Thong-Kaba fue educado por un misionero católico. Schanz presenta un panorama sombrío del hinduismo moderno: "Además de Vishnu y Siva, se veneran y temen espíritus y demonios. El Río Ganges es objeto de espial veneración. Los templos suelen construirse cerca de los lagos porque a todos los que se bañen en ellos Brama les promete el perdón de sus pados. Las bestias (las vacas) también y espialmente las serpientes y los objetos inanimados, sirven de fetiches. Las ofrendas consisten en flores, aceite, incienso y alimentos. Se ofren también sacrificios cruentos a Siva y su cónyuge. No faltan tampoco la idolatría ni la prostitución" ("Apologie d. Christentums", Freiburg, 1905, II, 84 sq.).
B. En la religión similar, aunque éticamente superior, de los iraníes (parseismo, zoroastranismo, mazdeismo), que, desafortunadamente nunca superaron el dualismo teológico entre el dios bueno, (Ormuzd=Athura-Mazda) y el malvado antidiós (Ahriman=Angrô-Mainyu), hubo, desde el principio, una casta sacerdotal espial, que en el Avesta (q.v.) estaba dividida en seis clases. El nombre genérico para el sacerdote era âthravan (hombre de fuego), y la principal función del sacerdocio era el servicio del fuego, dado que el fuego era el símbolo espial de Ormuzd, el dios de la luz. Después de la destrucción de la monarquía persa sólo quedaron dos categorías de sacerdotes: los oficiantes (zoatar, jôtî) y los ministros (rathwi). Ambos fueron sucedidos más tarde por los magos Median (magus), que en el parceísmo moderno se conocen como mobed (de mogh-pati, padre mágico). Además del mantenimiento del fuego sagrado, los deberes de los sacerdotes eran ofrecer sacrificios (carne, pan, flores, frutos), hacer purificaciones, ritar oraciones, cantar himnos e instruir en la ley sagrada. Los animales para el sacrificio se colocaban sobre una pila de ramas sas a la intemperie para evitar que la tierra pura quedara profanada por la sangre. Los sacrificios humanos, acostumbrados desde tiempos inmemoriales, fueron abolidos por Zoroastro (Zarathustra). En épocas antiguas, los altares del fuego se colocaban a la intemperie, de preferencia en las montañas, aunque los parses modernos tienen templos espiales para el fuego. El haoma, como el más antiguo de los sacrificios, requiere mención espial; hecho del zumo narcótico de una cierta planta y utilizado como bebida de ofrenda, se identificaba con la misma deidad y se administraba a los fieles como medio de procurar la inmortalidad. Sin duda, esta haoma iraní es idéntica al soma de la India, el embriagante zumo (asclepias acida o sacrostemma acidum) que supuestamente restauraba la inmortalidad que el hombre perdió en el Paraíso (ver EUCARISTÍA). Cuando, durante el reino de Sassanides, Mithras el dios del sol, según la versión más riente del Avesta, el sumo sacerdote y mediador entre dios y el hombre, había suplantado gradualmente al creativo dios Ormuzd, el culto mitra persa dominó el campo prácticamente sin oposición; además, bajo el Imperio Romano ejerció una influencia irresistible sobre occidente (ver MISA).
C. Pasando a la antigüedad clásica, Gria nunca tuvo una casta sacerdotal exclusiva, aunque a partir del período dórico-jónico, el sacerdocio público se consideró privilegio de la nobleza. En Homero los reyes también ofría sacrificio s a los dioses. Por lo general, el culto público era responsabilidad del estado y los sacerdotes eran funcionarios estatales asignados, generalmente, al servicio de templos espiales. La importancia del sacerdocio fue criendo con la expansión de los misterios, representados sobre todo en los cultos órfico y eleusiano. Los sacrificios iban siempre acompañados de oraciones por las que los griegos mostraban espial preferencia debido a que expresaban sus sentimientos religiosos.
Pero ningún pueblo del mundo consideraba la religión, el sacrificio y el sacerdocio como responsabilidad del estado hasta el punto en que lo hacían los antiguos romanos. En las primeras épocas de su historia, sus reyes legendarios (entre ellos Numa) eran sacerdotes encargados de ofrecer sacrificios. Durante la República, la función sacerdotal sólo admitía patricios hasta que la Lex Ogulina (aproximadamente en 300 A.C.) admitió también a los plebeyos. Dado que el objeto espial del sacrificio romano era ahuywntar el infortunio y atraer el favor de los dioses, la adivinación desempeñó una importante función dentro del sacrificio desde las épocas más remotas. De ahí la importancia de las distintas clases de sacerdotes que interpretaban la voluntad de los dioses con base en el vuelo de las aves o en las entrañas de las bestias que sacrificaban (augures, haruspices) (augurios auspicios). Había muchas otras categorías: pontifices, flamines, fetiales, luperci, etc. Durante las épocas imperiales, el emperador era el sumo sacerdote (pontifex maximus).
D. Según Tácito, la religión de los antiguos germanos era un simple culto a los dioses, sin imágenes; sus servicios tenían lugar no en templos sino en bosques sagrados. Los sacerdotes, si se pueden llamar así, eran altamente respetados y poseían facultades judiciales, como lo demuestra el antiguo término germano para sumo sacerdote, êwarte (guardián de la justicia). Sin embargo, los sacerdotes celtas o druidas (del irlandés antiguo, drui, mago) tuvieron una influencia mucho mayor en los pueblos. Su verdadero origen fue en Irlanda y Bretaña de donde se trasladaron a Gaula en el siglo III A.C. Aquí aparen como casta sacerdotal, exenta de impuestos y de la obligación de prestar servicio militar; junto con la nobleza constituyen la clase dirigente y, por su actividad como maestros, jues y médicos, se convierten en representantes de una cultura más alta, religiosa, moral e inteltual. Los druidas enseñaron la existencia de la divina providencia, la inmortalidad del alma y la trasmigración. Aparentemente han tenido imágenes de dioses y han ofrido sacrificios humanos: esta última práctica puede haber entrado en desuso desde una época mucho más remota. Por lo general, realizaban sus servicios religiosos en las cimas de las montañas o en los robledales. Después de la conquista de Gaula, los druidas perdieron la estima popular.
E. La más antigua religión china es el sionismo que puede caracterizarse como el "monoteísmo espiritualista y moral más perfto que haya conocido la antigüedad fuera de Judea" (Schanz). No contaba con un sacerdocio propiamente dicho, los sacrificios (animales, frutas e incienso) eran ofridos por funcionarios estatales a nombre del mandatario. A este respto, el reformador Confucio no cambió nada (en el siglo VI A.C), aunque desmeritó el concepto de la religión y convirtió a un emperador casi deificado, en "El Hijo del Cielo" y en órgano del intelto cósmico. En contraste dirto con este sistema carente de sacerdotes, Laotse (nacido en el año 604 A.C.), fundador del taoísmo (tao, razón), introdujo el monasticismo y el sacerdocio regular, encabezado por el sumo sacerdote. A partir del siglo primero antes de Cristo, estas dos religiones encontraron un fuerte rival en el budismo, aunque, aún hoy, el confucionismo sigue siendo la religión oficial de China.
La religión nacional original de los japoneses fue el shintoismo, una extraña mezcla de culto a la naturaleza, a los antepasados y a los héroes. Se trata de una religión sin dogmas, sin código moral, sin escrituras sagradas. El Mikado es un hijo de la deidad y, como tal, es también un sumo sacerdote; su palacio es el templo: sólo años más tarde construyó el templo de Ise. Cerca del año 280 D.C, el confucionismo se abrió camino hacia Japón, desde China, y trató de coaler con su símil el shintoismo. Sin embargo, el mayor golpe al shintoismo provino del budismo, que llegó del Japón en el año 552 D.C y, por un extraordinario proceso de amalgama, se unió con la antigua religión nacional para formar una tercera religión. Esta fusión dio origen a lo que se conoce como Rio-bu-Shinto. En la revolución de 1868 se dejó a un lado a este religión mixta y se dlaró el shintoismo como la religión del Estado. En 1877, la ley que establía esta situación fue abrogada y, en 1889, se otorgó la libertad religiosa general. en 1879 se abolieron los distintos rangos entre los sacerdotes.
F. Por varios miles de años, el concepto de sacerdocio estuvo inseparablemente unido a la antigua religión de los egipcios. Aunque el mandatario que ocupara el poder en un determinado momento era, nominalmente, el único sacerdote, se había desarrollado, aún en el reino antiguo (desde aproximadamente el año 3400 A.C.) una casta sacerdotal espial, que en el reino medio (desde cerca del año 2000 A.C), y aún más en el reino tardío (desde aproximadamente 1090 A.C), se convirtió en la clase dirigente. El gran intento de reforma del Rey Amenhotep IV (muerto en 1374 A.C.), quien trató de desterrar a todos los dioses de la religión egipcia, con excepción del dios sol, y convertir el culto al sol en la religión del Estado, se vio frustrado por la oposición de los sacerdotes. Toda la dinastía XXI fue una familia de reyes-sacerdotes. Aunque Moisés, instruido como fue en la sabiduría de los egipcios, puede haberle debido a un modelo egipcio una o dos de las características externas de su organización del culto divino, fue, gracias a la inspiración divina, totalmente original en el establimientos del sacerdocio judío, que se basa en la idea única de la alianza de Yahvé con el Pueblo Elegido (cf. "Realencyklopädie für protest. Theologie", XVI, Leipzig, 1905, 33). Aún menos justificado es el intento de algunos autores de historia comparativa de las religiones de rastrear el origen del sacerdocio católico hasta las castas sacerdotales egipcias; porque, en el mismo momento en que este préstamo se hubiera podido llevar a cabo, la idolatría egipcia había degenerado en un culto animal tan detestable, que no sólo los cristianos sino los paganos lo despriaban con aversión (cf. Aristides, "Apol.", xii; Clemente de Alejandría, "Cohortatio", ii).
G. En la religión de los semitas, encontramos a los primeros sacerdotes babilonios-asirios, quienes, bajo el nombre de "caldeos", practicaron la interpretación de los sueños, la lectura de los astros y los sacrificios. De ahí sus divisiones en distintas clases: los oficiantes de sacrificios (nisakku), los videntes (bârû), los exorcistas (asipu), etc. En Asiria surgieron templos grandiosos con ídolos de figuras humanas e híbridas que (fuera del culto obligatorio de las estrellas) sirvieron para propósitos astrológicos y astronómicos. Entre los sirios, el cruel y voluptuoso culto a Moloch y Astarta tuvieron su sede principal en Babilonia, sobre todo Astarta (Ishtar,) a quienes los antiguos conocían simplemente como la "Diosa Siria" (Dea Syria). Igualmente, entre los fenicios, amonitas y filistinos semitizados, estas ominosas deidades encontraron espial veneración. Con gritos y danzas, los sacerdotes procuraban apaciguar a Moloch sediento de la sangre de niños sacrificados y automutilaciones, a la vez que el análogo Galh procuraba apaciguar a la diosa frigia, Cibeles. Los notables sacerdotes de Baal de los cananitas eran para los judíos un incentivo a la idolatría tan acendrado como el culto a Astarta era una tentación a la inmoralidad. La religión semítica del sur de los antiguos árabes paganos era una religión simple del desierto, sin sacerdocio definido: el Islam moderno o mahometanismo tiene un clero (el muezzin, anunciador de la hora de oración; los imanes, líderes de las oraciones; el khâtib, predicador), pero no posee un sacerdocio propiamente dicho. La rama semítica occidental de los hebreos se analizará en la siguiente sción.
II. EL SACERDOCIO JUDÍO
En la era de los patriarcas, la ofrenda de sacrificios era responsabilidad del padre o jefe de familia (cf. Gen., viii, 20; xii, 7, etc.; Job, i, 5). Pero, aún antes de Moisés, también había sacerdotes regulares, que no eran padres de familia (cf. Ex., xix, 22 sqq.). La hipótesis de Hummelauer "Das vormosaische Priestertum in Israel", Friburgo, 1899) que sostiene que este sacerdocio premosaico fue establido por el mismo Dios y que luego se tornó hereditario en la familia de Manasses, pero que fue luego abolido en castigo por la adoración del berro de oro (cf. Ex., xxxii, 26 sqq.), difícilmente puede establerse sobre bases científicas (cf. Rev. bibl. internat., 1899, pp. 470 sqq.). En el período mosaico hay que diferenciar: sacerdotes, levitas y sumos sacerdotes.
A. Sacerdotes
Sólo después de la legislación sinaítica el sacerdocio israelita se convirtió en una clase espial dentro de la comunidad. De la tribu de Leví, Yahvé eligió la casa de Aarón para desempeñar en forma permanente y exclusiva todas las funciones religiosas; Aarón mismo, y luego el primogénito de su familia, debería encabezar este sacerdocio como sumo sacerdote, mientras que los demás levitas actuarían no como sacerdotes sino como asistentes y sirvientes. La consagración solemne de los aaronitas al sacerdocio tuvo lugar al tiempo con la unción de Aarón como sumo sacerdote y caso con el mismo ceremonial (Ex., xxix, 1-37; xl, 12 sqq.; Lev., viii, 1-36). Esta consagración única abarcaba la consagración de todos los futuros descendientes de los sacerdotes, de manera que el sacerdocio quedó establido en la casa de Aarón por simple descendencia, y fue por lo tanto hereditario. Después del exilio de babilonia, se exigió aún con más rigidez la prueba genealógica estricta de la descendencia sacerdotal y cualquier falla en el suministro de la misma equivalía a la exclusión del sacerdocio (I Esd., ii, 61 sq.; II Esd., vii, 63 sq.). Algunos deftos físicos, entre los que los talmudistas tardíos mencionan 142, eran también motivo de descalificación del ejercicio del oficio sacerdotal (Lev., xxi, 17 sqq.). Se fijaron, además, los límites de edad (veinte y cincuenta años) (II Par., xxxi, 17); a los sacerdotes les estaba prohibido tener esposa o concubina o una mujer divorciada (Lev., xxi, 7); durante el ejercicio activo del sacerdocio, estaba prohibido el contacto sexual marital. Además de una vida previa impable, la limpieza levítica era también requisito esencial para el sacerdocio. Quienquiera que ejerciere una función sacerdotal en impureza levítica era expulsado al igual que cualquiera que ingresara al santuario después de haber tomado vino u otras bebidas embriagantes (Lev., x, 9; xxii, 3). Estaba estrictamente prohibido incurrir en impureza "a la muerte de sus ciudadanos", excepto en el caso de parientes de primer grado, (Lev., xxi, 1 sqq.). En casos de duelo, no debía haber signos externos de tristeza (por ejemplo, desgarrarse las vestiduras). Al asumir su cargo, el sacerdote tenía que bañarse primero para purificarse (Ex., xxix, 4; xl, 12), ser rociado con aceite (Ex., xxix, 21; Lev., viii, 30), y colocarse luego las vestiduras.
Las vestiduras sacerdotales consistían en pantalones, túnica, faja y mitra. Los pantalones (feminalia linea) los cubrían desde los riñones hasta los muslos (Ex., xxviii, 42). La túnica (tunica) era un tipo de abrigo tejido de una sola pieza, con mangas estrhas, que iba desde el cuellos hasta los tobillos y se ataba al cuello con bandas (Ex., xxviii, 4). La faja (balteus) tenía tres o cuatro dedos de ancho y (según la tradición rabínica) tenía 36 metros de largo; debía ser bordada con el mismo patrón y tener el mismo color de la cortina del patio anterior del Tabernáculo de la Alianza (Ex., xxxix, 38). La mitra complementaba las vestiduras oficiales (Ex., xxxix, 26), era una espie de gorro de lino fino. Puesto que nada se dice del calzado, los sacerdotes deben haber oficiado descalzos como lo dlara, de hecho, la tradición judía (cf. Ex., iii, 5). Estas vestiduras se prescribían para ser utilizados únicamente durante los servicios y el resto del tiempo permanían guardadas en un lugar determinado para ese fin, a cargo de un custodio espial. Para información detallada sobre las vestiduras sacerdotales , ver Josephus, "Antiq.", III, vii, 1 sqq.
Los deberes oficiales de los sacerdotes se relacionaban en parte con sus ocupaciones principales y en parte con servicios subsidiarios. A la primera de esta categoría, correspondían todas las funciones relacionadas con el culto público; por ejemplo, las ofrendas de incienso, dos ves al día (Ex., xxx, 7), la renovación semanal de los panes de la proposición sobre la mesa de oro (Lev., xxiv, 9), la limpieza y llenado de las lámpara de aceite del candelabro de oro (lev., xxiv, 1). Todos estos servicios se realizaban dentro del santuario. Había, además, algunas funciones que se realizaban en el patio exterior: el mantenimiento del fuego sagrado en el altar para los sacrificios inmolados (Lev., vi, 9 sqq.), las ofrendas diarias de los sacrificios de la mañana y de la tarde, en espial corderos (Ex., xxix, 38 sqq.). Como servicios subsidiarios, los sacerdotes debían presentar el agua maldita a las esposas sosphosas de adulterio (Num., v, 12 sqq.), tocar las trompetas que anunciaban los días sagrados (Num., x, 1 sqq.), dlarar puros o impuros a los leprosos (Lev., xiii-xiv; Deut., xxiv, 8; cf. Matt., viii, 4), dispensar de los votos, evaluar los objetos ofridos al santuario (Lev., xxvii), y, por último, ofrecer sacrificios por quienes violaran la ley de los nazaritas, es dir, un voto por el que se comprometían a evitar cualquier bebida embriagante y cualquier impureza (espialmente por contacto con un cadáver) y dejarse crer el pelo (Num., vi, 1-21). Además, los sacerdotes eran maestros y jues; no sólo debían explicar la ley a las gentes (Lev., x, 11; Deut., xxxiii, 10) sin remuneración (Mich., iii, 11) y preservar cuidadosamente el Libro de la Ley, copia del cual se le presentaba al (futuro) rey (Deut., xvii, 18), sino que tenían que dirimir, además, las demandas legales difíciles entre los individuos (Deut., xvii, 8; xix, 17; xxi, 5). Dada la compleja naturaleza del servicio litúrgico, más tarde, David dividió el sacerdocio en veinticuatro clases o cursos, cada uno de los cuales, a su vez, con su miembro más antiguo como cabeza, tenía que oficiar el servicio de un sábado al otro (IV Reyes, xi, 9; cf. Lucas, i, 8). Las otras clases se determinaban a la suerte (I Par., xxiv, 7 sqq.).
Los ingresos de los sacerdotes provenían de los diezmos y primicias de los frutos y animales. A esto se agregaban los ingresos accidentales y los restos de alimentos y las oblaciones presentadas en satisfacción de las culpas, cuando dichas oblaciones no fueran totalmente consumidas por el fuego; además ribían las pieles de los animales sacrificados y los productos naturales y el dinero ofrido a Dios (Lev., xxvii; Num., viii, 14). Con todos estos requisitos previos, todo pare indicar que los sacerdotes judíos no fueron nunca una clase adinerada, debido en parte a su criente número y en parte a las numerosas familias que criaban. Pero su alto rango, su educación superior y su posición social les garantizaba gran prestigio entre el pueblo. En términos generales, cumplían con su alto cargo en forma honrosa, aunque con fruencia merieron la rígida reprobación de los Profetas (cf. Jer., v, 31; Ezh., xxii, 26; Os., vi, 9; Mich., iii, 11; Mal., i, 7). Con la destrucción de Jerusalén por Tito, en el año 70 D.C, todo el servicio sacrificial y con él el sacerdocio judío, llegaron a su fin. Los últimos rabinos nunca se consideraron sacerdotes sino simples maestros de la ley.
B. Los Levitas en el Sentido Estricto de la Palabra
Ya se ha dicho antes que el verdadero sacerdocio fue hereditario exclusivamente para la casa de Aarón y que a los demás descendientes de Leví se les asignó una posición subordinada como sirvientes y asistentes de los sacerdotes. Estos últimos son los levitas propiamente dichos. Estaban divididos en las familias de los gersonitas, caatitas, y meraritas (Ex., vi, 16; Num., xxvi, 57), llamados así por los tres hijos de Leví, Gersón, Caat, y Merari (cf. Gen., xlvi, 11; I Par., vi, 1). Como simples sirvientes de los sacerdotes, los levitanos no podían ingresar al santuario ni oficiar actos sacrificiales, sobre todo la aspersión de sangre (aspersio sanguinis). Este era privilegio de los sacerdotes (Num., xviii, 3, 19 sqq.; xviii, 6). No obstante, los levitas tenían que asistir a las aspersiones durante los servicios sagrados, preparar las distintas oblaciones y mantener en buen estado los vasos sagrados. Entre sus principales deberes estaba el de custodiar constantemente el Tabernáculo con el Arca de la Alianza; los gersonitas acampaban al occidente, los caatitas al sur, los meraritas al norte y Moisés con Aarón y sus hijos custodiaban el Santo Tabernáculo hacia el este (Num., iii, 23 sqq.). Una vez que el tabernáculo encontró un hogar fijo en Jerusalén, David creó cuatro clases de levitas: los sirvientes de los sacerdotes, los funcionarios y jues, los porteros y, por último, los músicos y cantores (I Par., xxiii, 3 sqq.). Después de la construcción del Templo por Salomón, los levitas se convirtieron, como era de esperarse, en sus guardianes (I Par., xxvi, 12 sqq.). Cuando se ronstruyó el Templo los levitas se establieron como guardias en veintiún puntos a su alrededor (Talmud; Middoth, I, i). Al igual que los sacerdotes, los levitas estaban también obligados a instruir al pueblo en la ley (II Par., xvii, 8; II Esd., viii, 7), e incluso, en ciertos momentos, estuvieron facultados para ejercer funciones judiciales (II Par., xix, 11).
Se posesionaban de su cargo mediante un rito de consagración: se les roseaba con agua de purificación, se les afeitaban las cabezas y se lavaban sus vestiduras, se ofrían sacrificios, los ancianos les imponían las manos (Num., viii, 5 sqq.). En cuanto a la edad del servicio se fijó la de treinta años para el ingreso y cincuenta para retirarse del cargo (Num., iv, 3; I Par., xxiii, 24; I Esd., iii, 8). La ley no prescribía para ellos vestiduras espiales; en tiempos de David y de Salomón, los portadores del Arca de la Alianza y los cantores utilizaban vestiduras de lino fino (I Par., xv, 27; II Par., v, 12). Cuando se dividió la Tierra Prometida entre las doce tribus, la tribu de Leví quedó sin territorio puesto que el Señor mismo era la porción de su heredad (cf. Num., xviii, 20; Deut., xii, 12; Jos., xiii, 14). En compensación, Yahvé cedió a los levitas y sacerdotes los dones de los productos naturales hhos por el pueblo y otros ingresos. En primer lugar, los levitas ribieron los diezmos de las frutas y las bestias del campo (Lev., xxvii, 30 sqq.; Num., xviii, 20 sq.), de los que, a su vez, debían entregar la décima parte a los sacerdotes (Num., xviii, 26 sqq.). Además, tenían participación en los banquetes sacrificiales (Deut., xii, 18) y, al igual que los sacerdotes, estaban exentos de impuestos y de la obligación de prestar servicio militar. El aspto de la residencia se resolvió ordenando a las tribus dotadas de propiedad territorial a ceder a los levitas cuarenta y ocho ciudades levíticas con sus printos, diseminadas por toda la región, (Num., xxxv, 1 sqq.);, tre de éstas fueron asignadas a los sacerdotes. Después de la división de la monarquía en el Reinos del Norte de Israel y el Reino del Sur de Judá, muchos levitas de la parte norte trasladados al Reino de Judá que se mantuvieron fieles a la ley, y se instalaron en Jerusalén. Después de que el Reino del Norte fue castigado por la deportación a Asiria, en 722, A.C., el Reino del Sur fue también derrocado por los babilonios en 606 A.C., y numerosos judíos, incluyendo muchos levitas, huyeron apresuradamente al "exilio en Babilonia". Sólo unos pocos levitas regresaron a su antiguo hogar, bajo Esdras en el año 450 (cf. I Esd., ii, 40 sqq.). Con la destrucción del templo herodiano, en el año 70 D.C., quedó sellado el final de los levitas.
C. El sumo sacerdote
Por orden de Yahvé, Moisés consagró a Aarón, su hermano, como el primer sumo sacerdote, repitió la consagración durante siete días y, al octavo día, lo introdujo solemnemente en el Tabernáculo de la Alianza. La consagración de Aarón consistió en abluciones, investidura con costosos ornamentos, unción con aceite bendito y el ofrimiento de varios sacrificios (Ex., xxix). Como signo de que Aarón estaba dotado de la plenitud del sacerdocio, Moisés vertió sobre su cabeza el aceite de la unción (Lev., viii, 12), mientras que los demás aaronitas, como simples sacerdotes, sólo ribían la unción en las manos (Ex., xxix, 7, 29).Para los judíos, el sumo sacerdote era la máxima personificación de la teocracia, el monarca de todos los sacerdotes, el mediador espial entre Dios y el Pueblo de la Alianza, y la cabeza espiritual de la sinagoga. Era el sacerdote por excelencia, el "gran sacerdote" (en griego archiereus), el "príncipe de todos los sacerdotes" y, debido a la unción de su cabeza, el "sacerdote ungido". A este altísimo cargo correspondían sus vestiduras espiales y costosas, que utilizaba además de las de los sacerdotes comunes (Ex., xxviii). Una prenda (probablemente sin mangas) de color azul violeta (tunica) que le llegaba hasta las rodillas, con el borde orlado con pequeñas campanas doradas y granadas bordadas en hilos de colores. Sobre los hombros utilizaba una prenda conocida como efod; elaborada de un costo material, hecha de dos partes de aproximadamente 114 cms. de largo cada una (o la medida conocida como un "elle"), que le cubrían la espalda y el pho, estaban unidas en la parte superior por dos bandas u hombreras, y terminaban en la parte inferior en una magnífica faja. Al frente del efod colgaba el escudo (rationale), una bolsa cuadrada que llevaba grabados en su exterior en piedras priosas los nombres de las doce tribus (Ex., xxviii, 6), en cuyo interior se guardaban los famosos Urim y Thummim (q.v.) como medios para obtener las profías y los oráculos; completaba las vestiduras del sumo sacerdote un prioso turbante (tiara), que ostentaba una placa de oro al frente con la inscripción "Consagrado a Yahvé".
El sumo sacerdote era responsable de la supervisión suprema del Arca dela Alianza (y del Templo), del servicios divinos en general y de todo el personal relacionado con la totalidad del culto público. Era él quien presidía el Sanedrín. Sólo él podía celebrar la liturgia en la Fiesta de la Expiación, ocasión para la cual sólo se ponía sus costosas vestiduras una vez terminados los sacrificios. Sólo él podía ofrecer sacrificios por sus propios pados y los del pueblo (Lev., iv, 5), entrar al sanctum sanctorum y pedir consejo a Yahvé en ocasiones importantes. Inicialmente, el cargo de sumo sacerdote en la casa de Aarón fue hereditario, en la línea de su primogénito Eleazar, pero en el período desde Helí hasta Abiatar (1131 a 973 A.C.), pertenió, por derecho de primogenitura, a la línea de Itamar. Bajo el reinado de Seleucide (desde cerca de 175 A.C.), el cargo se vendió por dinero al mayor postor. En un período más tardío se tornó hereditario, en la familia de Hasmon. El sumo
Sacerdote (Presbítero)
Este término (etimológicamente "anciano", de presbyteros, presbyter) ha tomado el significado de "sacerdos", para el que no existen sustantivos en varias lenguas modernas (inglés, francés y alemán). El sacerdote es el ministro del culto Divino y en espial del mayor acto de culto, el sacrificio. En este sentido, todas las religiones tiene sus sacerdotes, que ejercen funciones sacerdotales más o menos elevadas, como intermediarios entre el hombre y la Divinidad (cf. Heb., v, 1: "porque todo pontífice entresacado de los hombres, es puesto para beneficio de los hombres en lo que mira al culto de Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pados "). En distintas épocas y en distintos países se pueden encontrar múltiples e importantes diferencias: los pontífices, como tales, pueden tener la asistencia de ministros menores de diversa índole; el pontífice puede pertener a una clase o casta espial, a un clero, o puede ser como cualquier otro ciudadano, excepto en lo que concierne a sus funciones sacerdotales; pu ede ser miembro de una jerarquía o, por el contrario, puede ejercer un sacerdocio independiente (por ejemplo, Melquised, Heb., vii, 1-33); por último, los métodos de rlutar ministros para el culto, los ritos por los que riben sus facultades y la autoridad que los estable como tales pueden ser todos distintos. Sin embargo, dentro de estas diferencias accidentales hay una idea fundamental común a todas las religiones: el sacerdote es la persona nombrada por autoridad para rendir homenaje a Dios a nombre de la sociedad, aún la sociedad primitiva de la familia (cf. Job, i, 5) y ofrecerle sacrificio (en el sentido amplio, pero sobretodo en el sentido estricto de la palabra). Dejando de lado cualquier análisis adicional del concepto general del sacerdocio y omitiendo toda referencia al culto pagano, podemos llamar la atención a la organización dentro del pueblo de Dios de un servicio Divino con ministros, debidamente designados por ese nombre: los sacerdotes, los clérigos menores, los levitas y su cabeza el sumo sacerdote. Conocemos las reglas detalladas contenidas en el Levítico en cuanto a los distintos sacrificios ofridos a Dios en el Templo de Jerusalén y el carácter y los deberes de los sacerdotes y levitas. Estos se elegían no por libre disión de los individuos sino por descendencia de la tribu de Leví (en espial de la familia de Aarón), quien había sido llamado por Dios a Su servicio ritual con exclusión de todos los demás. Los ancianos (presbyteroi) formaban una espie de concejo, pero no tenían facultades sacerdotales; fueron ellos quienes se pusieron de acuerdo con los príncipes de los sacerdotes para aprehender a Jesús(Mat., xxvi, 3). Este nombre de presbítero (anciano) ha llegado a significar dentro del cristianismo el ministro del servicio Divino, el sacerdote. La ley cristiana tiene también nesariamente sus sacerdotes para oficiar el servicio Divino, cuyo acto principal es el Sacrificio Eucarístico, la representación y renovación del Sacrificio del Calvario. Este sacerdocio tiene dos grados: el primero, total y completo, el segundo, una participación incompleta del primero. Al primero pertenen los obispos. El obispo es realmente un sacerdote (sacerdos), e incluso un príncipe del sacerdocio; tiene el control principal del culto Divino (sacrorum antistes), es quien preside las reuniones litúrgicas; tiene la plenitud del sacerdocio y las facultades para administrar todos los sacramentos. El segundo grado corresponde al sacerdote (presbyter), también un sacerdos, pero de segundo rango ("sundi sacerdotes" Innocent I ad Eugub.); por su ordenación sacerdotal queda facultado para ofrecer el sacrificio (es dir, para celebrar la Eucaristía), para perdonar los pados, para bendir, para predicar, para santificar y en otras palabras, para cumplir los deberes litúrgicos no reservados o las funciones sacerdotales. En el ejercicio de estas funciones está sujeto, sin embargo, a la autoridad del obispo a quien le ha prometido obediencia canónica; inclusive en algunos casos requiere no sólo la autorización sino la jurisdicción real, sobretodo para perdonar pados y para ser curador de almas. Además, ciertos actos de las facultades sacerdotales que aftan la sociedad de la que el obispo es la cabeza, están reservados a éste último (por ejemplo, la confirmación, el rito final de la iniciación cristiana, la ordenación, por la que se rlutan los clérigos y la consagración solemne de los nuevos templos erigidos a Dios. Las facultades sacerdotales son conferidas a los sacerdotes por al ordenación sacerdotal y es ésta ordenación la que los coloca en el nivel jerárquico más alto después del obispo.
Puesto que el término sacerdos se aplicaba tanto a los obispos como a los sacerdotes, y sólo se puede ser presbítero por la ordenación sacerdotal, el término presbítero pronto perdió su significado original de "anciano" y se aplicó únicamente a los ministros del culto y del sacrificio (es dir, nuestro sacerdote). Sin embargo, originalmente, los presbyteri eran miembros del concejo supremo que, bajo la presidencia del obispo, administraba los asuntos de la Iglesia local. No cabe duda de que, en términos generales, estos miembros sólo ingresaban al presbiteriado mediante la imposición de las manos que los convertía en sacerdotes; sin embargo, el hecho de que pudiera haber presbyteri que no fueran sacerdotes se deriva de los cánones 43-47 de Hippolytus (cf. Duchesne, "Origines du culte chretien", append.), en donde se ve que algunos de los que habían confesado la Fe ante los tribunales eran admitidos al presbiteriado sin ordenación. No obstante, estas excepciones eran simples hhos aislados y, desde tiempos inmemoriales, la ordenación ha sido la única forma de ingresar al orden presbiterial. Los documentos de la antigüedad nos muestran a los sacerdotes como miembros del concejo permanente, asesores del obispo, a quien rodean y ayudan en las ceremonias solemnes del Culto Divino. En ausencia del obispo, un sacerdote hace sus ves y preside en su nombre la asamblea litúrgica. Los sacerdotes reemplazan al obispo, espialmente en los distintos lugares de la diócesis a los que han sido asignados por él; en ese lugar, atienden las funciones relacionadas con el oficio del Servicio Divino, como lo hace el obispo en la ciudad episcopal, con excepción de ciertas ceremonias reservadas a este último, y los demás actos litúrgicos que se celebran con menor solemnidad. A medida que se fueron multiplicando las iglesias en campos y ciudades, los sacerdotes las han atendido bajo título permanente, convirtiéndose en rtores o titulares de las mismas. Así, el vínculo que une a estos sacerdotes a la iglesia catedral se fueron debilitando cada vez más mientras que en el caso de quienes servían en la catedral con el obispo (es dir, los canónigos) se fortalía; al mismo tiempo, el clero menor comenzó a reducirse dado que los clérigos pasaban por las órdenes menores sólo para llegar a la ordenación sacerdotal, indispensable para la administración de las iglesias y el ejercicio del ministerio útil entre los fieles. Por lo tanto, el sacerdote no estaba generalmente aislado sino que dependía estaba asignado a una determinada iglesia o contado con una catedral. Por consiguiente, el Concilio de Trento (Ses. XXIII, cap. xvi, que renovó el canon vi de Calcedonia) romienda que los obispos no ordenen más clérigos de los nesario o útiles para la iglesia o para el establimiento lesiástico al que se van a afiliar y al que van a servir.
La naturaleza de este servicio depende espialmente de la naturaleza del beneficio, oficio o función asignada al sacerdote; el Concejo desea espíficamente (cap. xiv) que los sacerdotes celebren Misa por lo menos los domingos y días festivos, mientras que los que tienen encargo de cura de almas deben celebrar con la fruencia que su oficio lo exija.
Por lo tanto, no es fácil dir, en forma que se pueda aplicar a todos los casos, cuales son los deberes y derechos de un sacerdote; tanto unos como otros varían considerablemente en casos individuales. Por su ordenación, el sacerdote queda investido de facultades más que de derechos, el ejercicio de estas facultades (celebrar Misa, perdonar pados, predicar, administrar los sacramentos, dirigir y cuidar al pueblo cristiano) está reglamentado por el derecho común de la Iglesia, por la jurisdicción del obispo y por el oficio o cargo de cada sacerdote. El ejercicio de las facultades sacerdotales es tanto un derecho como un deber para los sacerdotes encargados de la cura de almas, ya sea a nombre propio (como los párrocos) o como auxiliares (es dir, los curas parroquiales). Excepto en lo que tiene que ver con la cura de almas, las funciones sacerdotales son también obligatorias en el caso de sacerdotes que tengan cualquier beneficio u oficio en una Iglesia (por ejemplo, los canónigos); de lo contrario, estas funciones son opcionales y su ejercicio depende de la aprobación del obispo (es dir, el permiso para escuchar confesiones o para predicar que se otorga a sacerdotes corrientes o a sacerdotes que no pertenezcan a la diócesis). En lo que respta al caso de los sacerdotes que son totalmente libres, los moralistas limitan sus obligaciones, en cuanto al ejercicio de sus facultades sacerdotales a la celebración de la Misa varias ves al año (San Alfonso María de Ligorio, 1. VI, no.313) y a la administración de los sacramentos en caso de nesidad, además del cumplimiento de otras obligaciones no estrictamente sacerdotales (por ejemplo, el Breviario, el celibato). No obstante, los autores canónicos al no considerar ésta como una condición regular, sostienen que el obispo está obligado en este caso a asignar a dicho sacerdote a una Iglesia y a imponerle algún deber, aunque sea solamente la asistencia obligatoria a las ceremonias solemnes ya las procesiones (Inocente XIII, Constitución "Apostolici ministerii", Marzo 23 de 1723; Benedicto XIII, Const. "In supremo", Septiembre 23 de 1724; Concilio Romano de 1725, tit. vi, c. ii).
En cuanto a la situación material del sacerdote, sus derechos están claramente estipulados en el derecho canónico, que varía considerablemente con la situación actual de la Iglesia en distintos países. En principio, cada clérigo debe ribir desde su ordenación como subdiácono un beneficio, cuyos reditos le garanticen un medio de vida respetable, si se ordena con un título de patrimonio (es dir, con la posesión de medio independientes suficientes para permitirle vivir en condiciones aceptables), tiene el derecho de ribir un beneficio tan pronto como sea posible. Este es un aspto que rara vez se presenta en el caso de los sacerdotes, puesto que los clérigos se ordenan por lo general con el título de servicio lesiástico y no pueden desempeñar debidamente un cargo remunerado a menos que sean sacerdotes. Cada sacerdote ordenado con el título de servicio lesiástico tiene, por lo tanto, el derecho de exigir al obispo, y el obispo tiene la obligación de asignarle, un beneficio de servicio lesiástico que le garantice los medio suficientes para llevar una vida respetable; en este ejercicio, el sacerdote tiene el derecho de cobrar las sumas asignadas a su ministerio, incluyendo las ofrendas que la costumbre legítima le permita ribir o inclusive exigir con ocasión de ciertas celebraciones espíficas (estipendios por Misas, derechos curales por entierros, etc.). Incluso en su vejez o enfermedad, un sacerdote que no haya cometido ningún acto que lo haga indigno y que no pueda ya cumplir con las funciones de su ministerio, continua estando bajo la responsabilidad de su obispo, a menos que se hayan hecho otros arreglos. Es evidente, por lo tanto, que los derechos y deberes de un sacerdote están, en realidad, condicionados por su situación. (Ver BENEFICIO; PASTOR; PARROCO; SACERDOCIO.)
Ver bibliografía de ORDENES, SANTAS, y SACERDOCIO; consultar también PHILLIPS, Droit clesiastique (French tr., Paris, 1850), 36; MANY, Proeltiones de sacra ordinatione (Paris, 1905), n. 16; y las colciones de ZAMBONI y de PALLOTTINI, s.v. Presbyteri (simplices).
A. BOUDINHON
Transcrito por Robert B. Olson
Ofrido a Dios Omnipotente por el padre Jeffrey Ingham, el padre. Joseph Mulroney, el padre Thanh Nguyen, el padre. Richard Rohrer,y el padre. John Williams y todos los sacerdotes ordenados al sacerdocio de Nuestro señor Jesucristo
Traducido por Rosario Camacho-Koppel
www.catholicmedia.net
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