Papa Alejandro II
(1061-1073)
Como Anselmo de Lucca, había sido ronocido durante varios años como uno de los líderes del partido reformista, espialmente en el territorio milanés, donde nació en Baggio, de familia noble. Junto con Hildebrando, introdujo en Cluny (q.v.) el celo por la reforma. El primer escenario de sus actividades fue Milán, donde fue uno de los fundadores de la Pataria y añadió peso a la gran agitación contra la simonía y la incontinencia clerical su gran elocuencia y su noble cuna. El aparato para silenciarlo, encabezado por el arzobispo Guido y otros antagonistas de la reforma en Lombardía, que lo envió a la corte del emperador Enrique III resultó contraproducente pues le permitió difundir sus ideas en Alemania. En 1057 el emperador lo nominó para el obispado de Lucca.
Con su prestigio incrementado, reaparió dos ves en Milán como legado pontificio, en 1057 en compañía de Hildebrando y en 1059 en compañía de San Pedro Damián. Bajo el capaz liderazgo de este santo triunvirato, las fuerzas reformistas fueron bien sostenidas, en preparación para el inevitable conflicto. El dreto de Nicolás II (1059) por medio del cual el derecho de elegir al Papa raía sobre el colegio de cardenales, formó el asunto a pelear y didió a la siguiente vacancia del Trono Apostólico. La muerte del Papa Nicolás dos años después encontró dos partidos separados. El candidato de los Hildebrandistas, apoyado por los cardenales era el Obispo de Lucca; el otro lado proponía a Cadalo, obispo de Parma, prottor y ejemplo de los vicios prevalientes en la época. Los cardinales se reunieron de forma legal y eligieron a Anselmo, quien tomó el nombre de Alejandro II.
Antes de proceder a su entronización, el Sacro Colegio notificó su disión a la corte alemana. Se consideraba que los alemanes habían obtenido el privilegio de confirmar la elección, reservado a su rey con estudiadas salvedades en el dreto de Nicolás II, cuando sin razón despidieron al embajador de los cardenales sin conceder audiencia. Anticipando una guerra civil, los cardenales completaron la elección el 30 de septiembre con la ceremonia de entronización. Mientras tanto, una diputación de nobles romanos, furiosos por su eliminación como factor dominante en la elección del Papa, junto con representantes del episcopado antirreformista de Lombardía, se dirigieron a la corte alemana para solicitar la sanción real para la riente elección. La emperatriz Agnes, como regente por su hijo de diez años, Enrique IV, convocó una asamblea de magnates clérigos y laicos en Basle y allí, sin ningún derecho legal, y sin la presencia de un solo cardenal, el Obispo de Parma fue dlarado Papa y tomó el nombre de Honorio II (28 de octubre). En la lucha por su causa, el Papa Alejandro era respaldado por la conciencia de la santidad de su causa, por la opinión pública que exigía las reformas, por la ayuda de los normandos aliados del sur de Italia y por la benevolencia de Beatriz y Matilde de Toscana. Aún en Alemania, las cosas dieron un giro favorable a su favor, cuando Anno de Colonia asumió la regencia y la arrepentida emperatriz se retiró a un convento. En una nueva dieta, en Augsburgo (Oct. 1062), se didió que Burchard, Obispo de Halberstadt debería dirigirse a Roma y, después de investigar minuciosamente la elección de Alejandro, hacer un reporte a la asamblea de obispos de Alemania e Italia. El reporte de Burchard fue completamente favorable a Alejandro.
Después, Alejandro defendió su causa con elocuencia y espíritu en un concilio realizado en Mantua en Pentostés de 1064 y fue ronocido formalmente como legítimo Papa. Su rival fue excomulgado, pero siguió luchando hasta su muerte acaida en 1072. Durante las horas más difíciles del cisma, Alejandro y su canciller el cardenal Hildebrando, no relajaron ni por un momento su control del gobierno.
Bajo estandartes bendidos por él, Rogelio avanzó a la conquista de Sicilia y Guillermo a la conquista de Inglaterra.
Estaba en todas partes a través de sus legados, castigando obispos simoníacos y clérigos incontinentes. Ni siquiera a su prottor, Anno de Colonia, a quien convocó dos ves a Roma, una en 1068 para hacer penitencia descalzo por mantener relaciones con el antipapa y de nuevo en 1070 para purgar el cargo de simonía. Una disciplina similar se le impuso a Sigfrido de Mainz, Hermann de Bamberg y Werner de Estrasburgo. En su nombre, su legado San Pedro Damián, en la dieta de Frankfurt en 1089, bajo amenaza de excomunión y exclusión del trono imperial, disuadió a Enrique IV del proyto de divorciarse de su emperatriz Berta de Turín. Su triunfo más completo fue persuadir al Obispo Carlos de Constanza y al Abad Roberto de Reichenau a regresar al emperador las cruces y anillos obtenidos por simonía.
Una disputa seria con Enrique fue dejada a su sucesor. En 1069 el Papa había rhazado como simoniaco al subdiácono Godofredo, a quien Enrique había nombrado Arzobispo de Milán; Enrique se negó a condescender, el Papa confirmó a Atto, la opción del partido reformista. A raíz de la orden imperial de consagrar a su nominado, Alejandro fulminó una anatema contra los consejeros reales.
La muerte del Papa el 21 de abril de 1073, dejó a Hildebrando, su fiel canciller como heredero de sus triunfos y dificultades. Alejandro hizo bien a la Iglesia inglesa al elevar a su antiguo maestro, Lanfranc de B (q.v.) a la Sede de Canterbury y nombrándolo Primado de Inglaterra.
JAMES F. LOUGHLIN
Traducido por Antonio Hernández Baca
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