Papa
(En latín lesiástico papa, del griego papas, variante de pappas, padre; en latín clásico, pappas: "Sátiras"- 6:633 - de Juvenal)
El título papa, que alguna vez fue utilizado con gran amplitud (véase abajo, sción V), actualmente se emplea exclusivamente para denotar al obispo de Roma quien, en virtud en su posición como sucesor de san Pedro, es el supremo pastor de toda la Iglesia, el vicario de Cristo sobre la tierra. Además del obispado de la diócesis romana, el Papa detenta varias otras dignidades junto con la de pastor universal y supremo. Él es el arzobispo de la provincia romana, primado de Italia e islas adyacentes, y único patriarca de la Iglesia Occidental. La doctrina de la Iglesia acerca del Papa fue dlarada por el Concilio Vaticano I en la Constitución Dogmática "Pastor Aeternus", el 18 de julio de 1870. Los cuatro capítulos de esa constitución tratan resptivamente del oficio de cabeza suprema conferido a san Pedro, la perpetuidad de ese oficio en la persona del romano pontífice, la jurisdicción papal sobre todos los fieles y su autoridad suprema para definir cuestiones de fe y moral. Este último punto está bastante discutido en el artículo INFALIBILIDAD, por lo que aquí será mencionado sólo tangencialmente.
El presente artículo está dividido como sigue:
I. Institución por Cristo de una cabeza suprema
II. Primado de la sede romana
III. Naturaleza y alcance del poder papal
IV. Derechos jurisdiccionales y prerrogativas del Papa
V. Primacía de honor: títulos e insignias
I. Institución por Cristo de una cabeza suprema
La prueba de que Cristo constituyó a san Pedro cabeza de su Iglesia se encuentra en los dos famosos textos petrinos: Mt 16, 17-19 y Jn 21, 15-17.
En el texto de Mateo, al apóstol se le promete solemnemente ese oficio. En respuesta a su profesión de fe en la naturaleza divina del Maestro, Cristo se dirige a él con las siguientes palabras: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Hades no prevalerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Claramente se nota que estas prerrogativas se ofren personalmente a Pedro. Contrario a lo que ha sido afirmado en ocasiones, su profesión de fe no fue hecha a nombre de los demás Apóstoles. Esta es evidente por las palabras de Cristo. El Maestro, distinguiendo a Pedro al utilizar su nombre de Simón, hijo de Jonás, pronuncia sobre él una bendición puliar y personal en la que dlara que el conocimiento que Pedro tiene de la filiación divina surge de una revelación espial que le fue concedida por el Padre (Cf. Mt 11, 27). Y procede a rompensar esa confesión de su divinidad entregándole un premio propio de Él: "Tú eres Pedro [Cepha, trascrito también como Kipha], y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". La palabra para "Pedro" y para "roca" en el arameo original es una e idéntica. Esto hace evidente que los diferentes intentos de explicar el término "roca" como haciendo referencia a algo distinto a Pedro son simples errores de interpretación. Es Pedro quien es la roca sobre la que se asienta la Iglesia. La palabra clesia (ekklesia) empleada aquí es la traducción griega del hebreo qahal, nombre con el que los judíos se referían a la Iglesia de Dios (Cfr. LA IGLESIA, I). En ese texto Cristo deja en claro que en el futuro la Iglesia va a constituir la sociedad de aquellos que lo ronozcan a Él, y que esa Iglesia se edificará sobre Pedro. La expresión no presenta ninguna dificultad. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se habla de la Iglesia con la metáfora de "casa de Dios" (Nm 12, 7; Jer 12, 7; Os 8, 1; 9, 15; I Cor 3, 9-17; Ef 2, 20-22; I Tim 3, 5; Heb 3, 5; I Pe 2, 5). Pedro será para la Iglesia lo que los cimientos son para una casa. Él será el principio de unidad, de estabilidad y crimiento. Él es el principio de unidad puesto que lo que no está unido a los cimientos no es parte de la Iglesia; de estabilidad, puesto que es sobre la firmeza de esta base que la Iglesia permane incólume ante las tormentas que la azotan; de crimiento, puesto que si ella cre es porque los nuevos ladrillos se colocan sobre ese cimiento. Es a través de su unión con Pedro, afirma Cristo, que la Iglesia resultará vencedora en su larga lucha con el maligno: "Las puertas del Hades no prevalerán contra ella". Sólo puede haber una explicación para esta impresionante metáfora. La única manera en que un hombre puede ubicarse en una relación tal a un cuerpo es poseyendo autoridad sobre él. Solamente la cabeza suprema de un cuerpo, bajo cuya dependencia toman su poder todas las autoridades subordinadas, puede ser considerada el principio de estabilidad, unidad y crimiento. (Cfr. Catismo de la Iglesia Católica, nos. 881, 882, 895). La promesa, además, adquiere solemnidad adicional cuando rordamos que tanto la profía veterotestamentaria (Is 28, 16) como las palabras mismas de Cristo (Mt 7, 24) le habían atribuido a Él el oficio de fundamento de la Iglesia. Por tanto, Él está otorgando a Pedro- de modo sundario, claro- una prerrogativa que le pertene sólo a si mismo, y consuentemente, asociando al Apóstol consigo mismo en una forma puliar. En el versículo siguiente (Mt 16, 19) Cristo promete a Pedro las llaves del Reino de los Cielos. Sin duda esas palabras hacen referencia a Is 22, 22, donde Dios dlara que Eliaquim, hijo de Helcías, quedará investido de autoridad en sustitución del indigno Sebná: "Pondré la llave de la casa de David sobre sus hombros; abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá". La llave es símbolo de autoridad en cualquier parte del mundo. De ese modo, las palabras de Cristo constituyen una promesa de que Él conferirá sobre Pedro la autoridad suprema para gobernar la Iglesia. Pedro será su vicario, para reinar en su lugar (cfr. Catismo de la Iglesia Católica, no. 937). Más adelante se indican el carácter y la amplitud de la autoridad que ahí se otorga. Se trata del poder de "atar" y "desatar", palabras que, como se explica más adelante, denotan la delegación de autoridad legislativa y judicial. Y tal poder es otorgado en su medida más completa. El acto por el cual Pedro ata o desata alguna cosa en la tierra ribirá la correspondiente ratificación divina. Nunca ningún escritor puso en tela de duda el significado de ese pasaje hasta el nacimiento de las herejías del siglo XVII. A partir de entonces los opositores protestantes han publicado una gran variedad de interpretaciones al respto. Si bien generalmente hay poco acuerdo entre ellos, siempre hay un punto en el que coinciden: el rhazo al significado evidente de las palabras de Cristo. Cierta interpretación anglicana es de la opinión que la rompensa prometida a Pedro consistía en la relevancia del papel que jugó en las actividades iniciales de la Iglesia, pero que nunca fue más que un primus inter pares en relación a los demás Apóstoles. Queda claro que esta versión es insuficiente para explicar las condiciones de la promesa de Cristo.
La promesa hecha por Cristo en Mt 16, 16-19 ribió su cumplimiento después de la resurrción, en la escena descrita por Jn 21. En ella, el Señor, quien está por abandonar este mundo, encarga al Apóstol todo su rebaño, los corderos y las ovejas por igual. El término utilizado en 21, 16: "Apacienta [poimaine] mis ovejas" indica que esa tarea no consiste únicamente en alimentar sino también en gobernar. Es la misma palabra que se usa en el Salmo 2, versículo 9 (según los LXX): "Los gobernarás [poimaneis] con vara de hierro". La escena marca un paralelismo muy contrastante con Mt 16. Mientras que en este último texto la promesa fue hecha a Pedro a raíz de su profesión de fe, lo que lo singularizó ante los otros once, en aquél Cristo exige una profesión semejante pero de aún mayor virtud: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas tú más que éstos?". Pero en ambos Cristo otorga al Apóstol una misión que- en estricto sentido- es propia de Él exclusivamente. En aquél, Cristo había prometido hacer de Pedro la piedra basal de la casa de Dios; en éste lo hace pastor del rebaño de Dios para que tome su lugar, el del Buen Pastor. El pasaje se hace meredor de un admirable comentario por parte de san Juan Crisóstomo: "Le dijo ’Alimenta mis ovejas’. ¿Porqué no toma en cuenta a los demás y habla del rebaño sólo a Pedro?. Él era el escogido entre los Apóstoles, la boca de sus discípulos, el líder del coro. Fue por esa razón que Pablo fue a buscarlo a él antes que a los demás. Y también lo hizo el Señor para demostrarle que debía tener confianza, una vez que su negación había sido perdonada. Le confía el gobierno (prostasia) sobre sus hermanos...Si alguien preguntara ’¿Porqué fue entonces Santiago quien ribió la sede de Jerusalén ?’, yo le contestaría que Pedro fue constituido maestro no de una sede sino del mundo todo" (Homilia 88 (87) in Joannem, I. Cf. Orígenes, "In epis. Ad Rom.", 5, 10; Efrén de Siria "Humn. In B. Petr.", en "Bibl.Orient. Assemani", 1, 95; León I, "Sermo IV de Natale", 2). Incluso algunos comentaristas protestantes aceptan con franqueza que indudablemente Cristo deseaba conferir el puesto de supremo pastor a Pedro. Pero otros investigadores, fundándose en un pasaje de san Cirilo de Alejandría (In Joan. 12, 1), sostienen que el propósito del triple encargo fue simplemente reinstalar a san Pedro en su cargo como apóstol al que había perdido derecho por su triple negación. Tal interpretación care de toda probabilidad. No hay nada en la Escritura, ni en la tradición patrística, que sugiera que Pedro había perdido su puesto apostólico, además de que tal suposición queda cancelada por el hecho de que, en la noche de la resurrción, él ribió los mismos poderes apostólicos que los otros once. Esa frase solitaria de san Cirilo no tiene peso ante la enorme autoridad patrística en apoyo de la otra opinión. El que tal interpretación haya sido defendida como cosa seria demuestra la gran dificultad que encuentran los protestantes en referencia este texto.
La posición de san Pedro después de la ascensión, según apare en los Hhos de los Apóstoles, lleva al máximo la gran misión que se le había encomendado. Desde el primer momento es él el líder del grupo apostólico- no primus inter pares, sino la cabeza indiscutible de la Iglesia (Cfr. LA IGLESIA, III). Si Cristo, como ya se vio, establió entonces su Iglesia como una sociedad subordinada a una única cabeza suprema, de ahí se sigue, por la naturaleza misma del caso, que ese oficio es perpetuo y no puede ser un detalle pasajero de la vida lesiástica. Pues la Iglesia debe preservar hasta el final la misma organización que Cristo establió. En una sociedad organizada es prisamente su constitución lo que constituye su carácter esencial. Cualquier cambio en su constitución la transforma en una sociedad diferente. Así mismo, si la Iglesia hubiese de adoptar otra constitución, distinta a la que Cristo le dio, ya no sería su obra; no sería el Reino divino que Él establió. Como sociedad, habría pasado por un proceso de transformación esencial y sería ya una sociedad puramente humana, no una institución divina. Nadie que crea que Cristo vino al mundo a fundar una Iglesia, una sociedad organizada y destinada a perdurar siempre, puede admitir la posibilidad de un cambio en la organización que le dejó su fundador. La misma conclusión se sigue de la consideración del fin que, por dlaración de Cristo, debe lograrse por la supremacía de Pedro. Éste debe dar a la Iglesia la fuerza nesaria para resistir a sus enemigos, para que las puertas del infierno no prevalezcan contra ella. La lucha contra las fuerzas del mal no es algo que le corresponda únicamente a la era apostólica; es una característica permanente de la vida de la Iglesia. Consuentemente, el oficio de Pedro debe ser desempeñado en la Iglesia a través de los siglos, para que ella pueda salir avante en su lucha perenne. Un análisis de las palabras de Cristo nos muestra que la perpetuidad del oficio de cabeza suprema debe ser ronocida como una de las verdades reveladas en la Escritura. La promesa a Pedro no implicaba solamente una prerrogativa personal, sino que establía un cargo permanente en la Iglesia. Y, como aparerá en la siguiente sción, esas palabras fueron entendidas con ese sentido por los Padres latinos y griegos por igual.
II. PRIMADO DE LA SEDE ROMANA
Hemos mostrado en la sción anterior que Cristo confirió a Pedro el oficio de pastor supremo, y que la permanencia de ese oficio es esencial al bienestar de la Iglesia. Debemos ahora establer que ese oficio pertene por derecho a la sede de Roma. La prueba tiene dos partes:
A. que san Pedro fue obispo de Roma y
B. que los que lo suceden en esa sede también lo suceden en el cargo de cabeza suprema.
A. San Pedro fue obispo de Roma.
Ya ningún escritor de peso niega que san Pedro visitó Roma y fue martirizado en esa ciudad (Harnack, "Chronol." I, 244, n. 2). Sin embargo, aún entre quienes admiten la estancia de san Pedro en Roma hay algunos que niegan que haya sido obispo ahí. Ejemplo: Lightfoot, "Clement of Rome", II, 50; Harnack, op. cit. I, 703. Mas no es difícil demostrar que el hecho de su episcopado romano es algo tan bien atestiguado que podemos concluir que es históricamente cierto. En este punto, convendría comenzar con el siglo III, donde hay fruentes referencias al respto, y partir de ahí hacia los siglos anteriores. A mediados del siglo III san Cipriano explícitamente llama "Silla de san Pedro" a la sede romana, diciendo que Cornelio ha sido elevado "al sitio de Fabián, que es el sitio de Pedro" (Ep 55:8; cf. 59:14). Firmiliano de Cesarea hace notar que Esteban alegó poder didir la controversia sobre el rebautismo basado en que él ocupaba la sucesión de Pedro (Cipriano, Epistola 75, 17). No niega Firmiliano tal afirmación, cosa que hubiera hecho si hubiera podido. Ello significa que en el año 250 el episcopado romano de Pedro era aceptado por todos aquellos que eran capaces de ronocer la verdad no sólo en la misma Roma, sino en las iglesias de África y de Asia Menor. En algún momento de los primeros veinticinco años de ese siglo (cerca del 220) Tertuliano (De pudicitia, 21) menciona la afirmación de Calixto acerca de que el poder de Pedro para perdonar los pados le había sido heredado de una manera espial a él. Si la iglesia romana simplemente hubiera sido fundada por Pedro, pero él no hubiera sido su obispo, no habría fundamento para hacer tal afirmación. Tertuliano, como Firmiliano, tenía todo la libertad para haber rhazado esa afirmación. Más aún, él había residido en Roma, y hubiera estado perftamente posicionado para contradir eso y argumentar que el episcopado petrino era, según los opositores, una novedad que venía de los primeros días del siglo III y que había suplantado una tradición más antigua según la cual Pedro y Pablo habían sido los cofundadores y Lino el primer obispo. Por ese mismo tiempo, Hipólito (Lightfoot ciertamente tiene razón al atribuirle la autoría de la primera parte del "Catálogo Liberiano" : "Clemente Romano", 1, 259) coloca a Pedro en el primer lugar de la lista de obispos romanos.
Tenemos un poema, "Adversus Marcionem", aparentemente escrito en ese mismo período, en el que se afirma que Pedro entregó a Lino "la silla en la que él mismo se había sentado" (P.L. II, 1077). Esos testigos nos llevan al inicio del siglo III. No encontramos muchas evidencias en el siglo II. Excepción hecha de Ignacio, Policarpo y Clemente de Alejandría, todos los autores cuyos escritos han llegado a nosotros son apologistas en contra de judíos o paganos. En tales obras no había motivo para referirse a asuntos como el episcopado romano de Pedro. Ireneo, sin embargo, nos brinda un argumento muy poderoso. En dos pasajes (Adversus Haereses, I, 27, 1 y III, 4, 3) él habla de Higinio como noveno obispo de Roma, empleando una numeración que incluye a Pedro como primer obispo (Lightfoot indudablemente erró al suponer que había alguna duda respto a la lectura de estos pasajes). En III, 4, 3, la versión latina, es cierto, se lee "octavus", pero en el texto griego citado por Eusebio se lee enatos. Se sabe que Ireneo visitó Roma en 177. Apenas había pasado un poco más de un siglo desde la muerte de Pedro y bien pudo haber entrado en contacto con personas cuyos padres habrían hablado con el Apóstol. Una tradición sustentada de ese modo debe ser aceptada como libre de toda duda legítima. La sugerencia de Lightfoot (Clemente, 1,64), de que dicha tradición había tenido su origen en el romance clementino, resultó particularmente desafortunada ya que hoy día se sabe que esa obra no pertene al siglo II sino al IV. Tampoco hay sustento alguno para defender que el lenguaje de Ireneo, III, 3, 3, implica que Pedro y Pablo compartían el obispado de Roma en forma dividida, cosa que jamás ha sucedido en la Iglesia en tiempo alguno. Sí habla, es cierto, de los dos Apóstoles transmitiendo juntos el episcopado a Lino. Pero esa expresión queda explicada si se atiende al propósito de ese argumento, que es defender la doctrina enseñada en la iglesia romana en contra los gnósticos. Por eso Ireneo se vio en la nesidad de acentuar el hecho que la Iglesia había heredado la enseñanza de ambos Apóstoles. Epifanio ("Haer" 27, 6) sí pare insinuar un episcopado dividido, pero lo hace porque aparentemente entendió mal las palabras de Ireneo.
B. Quienes sucedieron a Pedro en esa silla también lo sucedieron en el primado
La historia da testimonio de que desde los primeros tiempos la sede romana siempre ha rlamado para si el primado, y que ese primado ha sido siempre y libremente ronocido por la Iglesia universal. Aquí nos limitaremos a considerar la evidencia aportada por los tres primeros siglos. El primer testigo es san Clemente, un discípulo de los Apóstoles, quien, luego de Lino y Anacleto, sucedió a san Pedro como el cuarto en la lista de papas. En su "Epístola a los corintios" (Ep. 59), escrita en 95 ó 96, él suplica a éstos que riban a los obispos a quienes había expulsado una facción violenta. "Si algún hombre- dice- desobediera las palabras que Dios ha pronunciado a través de nosotros, sepan que ese tal habrá cometido una grave transgresión y se verá en grave peligro" (Ep.59). Además, los exhorta a "obeder las cosas escritas por nosotros a través del Espíritu Santo". El tono de autoridad que inspira esa carta es tan evidente que Lightfoot no duda en hablar de ella como "el primer paso hacia la dominación papal" (Clemente, 1, 70). Al comienzo mismo de la historia de la Iglesia, antes de que el último sobreviviente de los Apóstoles hubiese muerto, encontramos a un obispo de Roma, discípulo él mismo de Pedro, interviniendo en los asuntos de otra iglesia y afirmando que él los solucionará con una disión tomada bajo la inspiración del Espíritu Santo. Ese hecho únicamente tiene una explicación: que en los tiempos en que la predicación apostólica estaba fresca aún en las mentes de los fieles, ya la Iglesia universal ronocía en el obispo de Roma el oficio de cabeza suprema.
Algunos años después (cerca del 107) san Ignacio de Antioquía, en el inicio de su carta a la iglesia romana, se refiere a su primacía sobre todas las otras iglesias. Él la describe como "presidiendo la hermandad de amor [prokathemene tes agapes]. Como bien hace notar Funk, esa expresión no es compatible gramaticalmente con la traducción defendida por algunos escritores no católicos: "preeminente en las obras del amor". El mismo siglo nos trae el testimonio de san Ireneo, un hombre estrhamente ligado con la edad apostólica puesto que fue discípulo de san Policarpo, quien fue nombrado obispo de Esmirna por san Juan. En su obra "Adversus haereses" (III, 3, 2) vuelve a argumentar en contra de los agnósticos de su tiempo diciéndoles que sus doctrinas no tienen apoyo en la tradición apostólica que ha sido conservada fielmente por las iglesias, cuyos obispos vienen en sucesión desde los Doce. Escribe: "Pero como sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las iglesias en este volumen, indicaremos sobre todo las más antiguas y de todos conocidas, la de la iglesia fundada y constituida en Roma por los dos gloriosísimos Apóstoles Pedro y Pablo, la que desde los Apóstoles conserva la tradición y la fe anunciada a los hombres por los sucesores de los Apóstoles que llegan hasta nosotros. Así confundimos a todos aquellos que de un modo o de otro, o por agradarse a si mismos, o por ceguera, o por una falsa opinión, acumulan falsos conocimientos. Es nesario que cualquier iglesia esté en armonía con esta iglesia, cuya fundación es la más garantizada- me refiero a todos los fieles de cualquier lugar- porque en ella todos los que se encuentran en todas partes han conservado la tradición apostólica [Ad hanc enim clesiam propter potentiorem principalitatem nesse est omnem convenire clesiam, hoc est eos qui sunt undique fideles, in qua semper ab his qui sunt undique, conservata est ea qua est ab apostolis traditio]". Enseguida procede a enumerar la sucesión romana desde Lino a Eleuterio, el duodécimo después de los Apóstoles, quien ocupaba entonces la sede. Algunos escritores no católicos han intentado quitarle importancia al pasaje a base de traducir la palabra convenire como "rurrir a ", y entendiendo de ese modo únicamente que los fieles de todos lados (undique) rurrían a Roma para que el flujo de la doctrina de la Iglesia se mantuviera inmune al error. Esa traducción, sin embargo, queda rebatida por la conclusión del argumento, el cual está basado enteramente en la afirmación de que la doctrina romana se mantiene pura gracias a que tiene su origen en los dos Apóstoles fundadores de dicha iglesia, Pedro y Pablo. Las fruentes visitas de miembros de las otras iglesias cristianas a Roma no añadían nada a eso. Por otra parte, la traducción tradicional es exigida por el mismo contexto, por sobre la cual, aunque ha sido objeto de innumerables ataques, no se ha encontrado ninguna otra con mejores probabilidades reales (véase Dom J. Champman en "Revue Benedictine", 1895, p. 48).
La afirmación más explícita respto a la supremacía de la sede romana frente a las otras iglesias se dio en el pontificado de san Víctor (189-198). El Papa se vio forzado a actuar a raíz de una diferencia en la práctica de la fiesta de la Pascua en las iglesias de Asia Menor y el resto del mundo cristiano. Existen elementos que hacen suponer que los herejes montanistas alegaban que la costumbre asiática (o Quartodiman) era la verdadera y eso hacía indeseable a los ojos del Papa la presencia de comunidades cristianas en las fiestas que se celebraban bajo ese rito porque parería que con ello las avalaban. Pero, además, en cualquier otra circunstancia, razonaba Víctor, la existencia de una diversidad tan grande en la vida lesiástica de los diferentes países podría haberse convertido en una característica lamentable de la Iglesia; su misión es prisamente dar testimonio de la unidad y unicidad de Dios (Jn 17, 21). Víctor exhortó entonces a las iglesias asiáticas a que se conformaran a la costumbre del resto de la Iglesia, pero encontró gran resistencia en Polícrates de Éfeso, quien afirmaba que sus costumbres procedían del propio San Juan. Víctor contestó a ello con la excomunión. Hubo de intervenir san Ireneo para suplicarle a Víctor que no cortara sus vínculos con tantas iglesias a causa de un punto que ni siquiera era asunto de fe. Él sabía que el Papa tiene el derecho de ejercer su autoridad, pero le suplica que no lo haga. Del mismo modo, la resistencia de los obispos asiáticos no constituye un rhazo de la supremacía de Roma; únicamente significa que los obispos creían que san Víctor estaba abusando de su poder al quererlos forzar a renunciar a una costumbre para la que ellos contaban con autorización apostólica. Era inevitable que, con el desarrollo y expansión de la Iglesia, se presentaran problemas y cuestionamientos acerca de las condiciones y los casos en que se debería y se podría ejercer legítimamente la autoridad suprema. San Víctor, habiendo visto que su insistencia podría provocar más daño que beneficio, retiró el castigo.
No hace mucho tiempo que una nueva evidencia acerca de ese período salió a la luz en Asia Menor. La inscripción mortuoria del sepulcro de Abercio, obispo de Hierópolis (+ alrededor del año 200), contiene una narración de sus viajes en lenguaje alegórico. El habla así de la iglesia romana: "Él [Cristo] me envió a Roma a contemplar la majestad y a ver a una reina cubierta con un manto de oro y calzada con sandalias de oro". Es difícil no ronocer en ese texto la descripción de la supremacía de la sede romana. La amarga polémica de Tertuliano, "De pudicitia" (cerca del año 220), fue originada por el ejercicio de una prerrogativa papal. El Papa Calixto había didido que la rígida disciplina que había estado vigente en muchas iglesias debería ser relajada un tanto. Tertuliano, que ya había caído en la herejía, ataca duramente "el edicto perentorio", que había sido promulgado por "el supremo pontífice, obispo de obispos". Las palabras, claro, pretenden ser un sarcasmo, pero igualmente subrayan claramente la posición de autoridad de Roma. Curiosamente la respuesta a este texto proviene no de un obispo católico sino de monje hereje.
Las opiniones de san Cipriano (+258) respto a la autoridad papal han sido fuente de muchos debates. Indudablemente que él sí sostenía algunas ideas exageradas sobre la independencia de los obispos individuales, cosa que lo situó en posición de conflicto serio con Roma. Sin embargo, su posición es clara en lo tocante al principio fundamental. Él atribuía un primado eftivo del papa como sucesor de Pedro. Está en comunión con la sede de Roma, lo cual es esencial para mantener la comunión católica, describiéndola como "la iglesia principal donde nace la unidad episcopal" (ad Petri cathedram et ad clesiam principalem unde unitas sacerdotalis exorta est). La fuerza de esa expresión se percibe mejor cuando se ve a la luz de su doctrina sobre la unidad de la Iglesia. El enseña que ésta fue establida cuando Cristo fundó su Iglesia sobre Pedro. Mediante ese acto, al dar unidad al cimiento, quedó asegurada la unidad del colegio apostólico. A través de los siglos, los obispos han formado un colegio semejante y están unidos por la misma unidad indivisible. La fuente de esa unidad es la sede de Pedro. Ella desempeña el mismo oficio que desempeñó Pedro durante su vida: ser principio de unidad. Mantener la comunión con un antipapa como Novaciano sería caer en un cisma (Ep. 68, 1). También sostiene que el papa tiene autoridad para deponer a un obispo herético. Cuando Marciano de Arles cayó en la herejía, Cipriano, a petición de los obispos de esa provincia, escribió al Papa Esteban para solicitarle que "escribiera cartas para excomulgar a Marciano y hacer que alguien tomara su lugar" (Ep. 68, 3). Es evidente que alguien que veía la sede romana bajo esa luz ciertamente creía que el papa posee un primado real y eftivo. Al mismo tiempo, no se puede negar que eran poco aduadas sus ideas respto al derecho del papa para intervenir en el gobierno de las diócesis gobernadas por obispos legítimos y ortodoxos. En la controversia sobre el rebautismo, el lenguaje empleado por Cipriano ante el Papa Esteban fue agrio e inmoderado. Su error en este asunto no contradice el hecho de que sí admite una primacía que trascendía el simple honor o jurisdicción. Ni debe sorprendernos mucho su error. Es algo normal tanto en la Iglesia como en cualquier organización humana que las implicaciones de un principio general a ves sólo se entienden gradualmente. Fruentemente, se rhaza al inicio la aplicación dicho principio sobre un asunto particular aunque las generaciones posteriores se preguntan cómo fue posible que alguien se opusiera a ello.
San Dionisio de Alejandría era contemporáneo de san Cipriano. Hay dos incidentes que versan sobre la presente cuestión y que están relacionados con él. Eusebio (Historia clesiastica 7, 9) nos ofre una carta que Dionisio dirigió a san Sixto II acerca de un hombre que, según pare, había sido bautizado inválidamente por herejes pero que por muchos años había estado fruentando los sacramentos de la Iglesia. En la carta dice que nesita el consejo de san Sixto y solicita su disión (gnomen), para no caer en el error (dedios me hara sphallomai). De nuevo, algunos años después, el mismo patriarca produjo ansiedad a algunos de los hermanos por haber utilizado algunas expresiones que aparentemente eran incompatibles con la fe en la divinidad de Cristo. Esos hermanos inmediatamente rurrieron a la Santa Sede y lo acusaron de inclinaciones heréticas ante su tocayo, san Dionisio de Roma. El Papa respondió con toda su autoridad para dejar en claro la verdadera doctrina sobre el tema. Ambos acontimientos son iluminadores para enseñarnos cómo Roma era ronocida por la segunda sede de la cristiandad como poseedora del poder para hablar con autoridad en asuntos doctrinales (cfr. San Atanasio, "De sententia Dionysii", en P.G. XXV, 500). Igualmente digna de mención es la acción del Emperador Aureliano en el 270. Un sínodo de obispos había condenado a Pablo de Samosata, patriarca de Alejandría, bajo cargos de herejía y había elegido a Domnus en su lugar. Pablo se negó a abandonar la sede y se hubo de acudir a las autoridades civiles. El Emperador dretó que quien fuera ronocido por los obispos de Italia y por el obispo de Roma debería ser ronocido como el legítimo ocupante de la sede. Ese acontimiento prueba que aún los paganos sabían que la comunión con la sede romana era la señal distintiva de todas las iglesias cristianas. El que el gobierno imperial estuviese plenamente consciente de la posición del papa entre los cristianos obtiene confirmación adicional a partir del dicho de san Cipriano de que para Dio hubiera sido más fácil aceptar la proclamación de un emperador que la elección de un nuevo papa para ocupar el lugar del mártir Fabián (Ep. 55, 9).
Los límites del presente artículo nos impiden ahondar en el argumento histórico más allá del año 300. Pero tampoco hace falta que lo hagamos. Desde el comienzo del siglo IV la supremacía de Roma está escrita en las páginas de la historia. Las preguntas sólo surgen acerca de la primera edad de la Iglesia. Mas los hhos que hemos descrito son más que suficientes para probar ante las mentes sin prejuicios que el primado fue ejercido y ronocido desde los días de los Apóstoles. Claro que el primado no fue ejercido del mismo modo que en tiempos posteriores. La Iglesia estaba aún en su infancia; sería ilógico buscar en ella un proceso totalmente desarrollado de relaciones entre el Sumo Pontífice y los obispos de otras sedes. Fue obra del tiempo el establer un sistema tal, y su incorporación a los cánones fue algo gradual. Tampoco hubo, además, mucha nesidad de usar el primado cuando la tradición apostólica estaba aún estaba fresca y vigorosa en toda la cristiandad. Es por ello que fue poco fruente el ejercicio de las prerrogativas papales. Pero cuando la fe se vio amenazada, o cuando la salud de las almas exigía alguna acción, entonces sí intervino Roma. Tales fueron las causas que llevaron a la intervención de san Dionisio, san Esteban, san Calixto, san Víctor y san Clemente, y nadie jamás discutió su primacía como ocupantes de la Silla de Pedro. Si se tiene a la vista aquellos únicos motivos por los que los primeros papas ejercieron su poder supremo, desapare la afirmación tan firmemente sostenida por los protestantes de que el primado romano tuvo sus orígenes en la ambición de los papas. El motivo que inspiró a esos hombres no fue la ambición terrena sino el celo por la fe y la conciencia de que eran ellos a quienes se les había encargado la responsabilidad de su protción. Los opositores en cuestión llegan incluso a afirmar que es justificable rhazar como evidencia del primado papal cualquier afirmación emanada de Roma, bajo la premisa de que, cuando están en juego los intereses de una persona, no deben aceptarse sus dlaraciones como evidencia. Tal afirmación es abiertamente falaz. No estamos tratando aquí acerca de los intereses de un individuo sino acerca de la tradición de una Iglesia; de la Iglesia que, desde los tiempos primeros, es ronocida por la pureza de su doctrina y que tuvo como fundadores y maestros a dos de los Apóstoles pr
Papa Adrián I
Aproximadamente del 1ro de Febrero de 772, hasta el 25 de Diciembre de 795; la fecha de nacimiento es dudosa; murió el 25 de Diciembre de 795. Su pontificado de veintitrés años, diez meses, y veinticuatro días fue inigualable en duración por ningún sucesor en San Pedro hasta mil años después, cuando Pío VI, destronado y prisionero por las mismas fuerzas Frankish que habían tronado al primer Papa-Rey, sobrepasa a Adrián en su pontificado por seis meses más. En un periodo critico en la historia del papado, Adrián poseía todas las cualidades esenciales como fundador de una nueva dinastía Él era Romano de noble descendencia y de talla majestuosa. Tenia una vida de singular devoción, por acontimientos considerados extraordinarios en esa era dura y difícil, y por servicios valiosos realizados durante el pontificado de Paulo I y Esteban III, él había ganado la estima de los rebeldes lugareños mas que el poderoso canciller, Paúl Afiarta, quien representaba en Roma los intereses de Desiderius, el rey Lombardo, estaba sin poder en resistir la voz unánime del clérigo y de la gente que exigía que Adrián estuviera en la silla papal.. La nueva política temporal del pontífice era, desde el primer, ásperamente definido y tenazmente adherido a, la nota clave era una firme resistencia a la agresión de Lombardo. Él libero de la prisión o hizo volver a los exiliados a numerosas victimas de la violencia del canciller, y, después de enterarse que Afiarta había causado que Sergius, un oficial mayor de la corte papal, de ser asesinado en prisión, ordenó su arresto en Rimini, justo cuando Afiarta venia de regreso de la embajada para con Desiderius con la expresa intención de traer al Papa ala corte de Lombardo, "estaban acaso encadenados". Los tiempos parieran propensos para someter a todo Italia alas reglas de Lombardo, y menos capaces los antagonistas que Adian y Carlos (de ser famoso en eras anteriores como Carlomagno), lo más probable es que la ambición de Desiderius había sido gratificada. Pariese un poco probable la intervención de los Frankish. Los Lombardos tenían control de los pases de los Alpes, y Carlos estaba saturado por las dificultades de la guerra Saxon; mas aun, la presencia de Pavia de Gerberga y sus dos hijos, la viuda y huérfanos de Carloman, quienes territorios, después de la muerte de su hermano, Carlos había anexado, pariera que ofría una excelente oportunidad de avivar la discordia entre los Franks, si solo se le pudiera persuadir al Papa, o presionar, el de consagrar a los hijos como herederos al trono de su padre, En vez de acceder, Adrián valientemente se determino en resistir. Él endorso la fortificación de Roma, llamo ala ayuda de la milicia de los habitantes de los territorios adyacentes, y, ala vez que avanzaba la horda de Lombardo, arrasando y saqueando llamados por Carlos para aceleraran a defender sus intereses comunes. Un oportuno tiempo de calma en la guerra de Saxon dejo al gran comandante libre para actuar. Incapaz de llegar a un acuerdo con el engañoso Lombardo de una propuesta pacifica, el escalo los Alpes en el otoño del 773, se apodero de Verona, donde Gerberga y sus hijos había buscado refugio, e invadieron la capital de Desiderius. En la próxima primavera, dejando que su ejercito prosiguiera en la invasión de Pavia, él prosiguió con un fuerte destacamento a Roma, con el propósito de festejar el festival de Pascua en la tumba de los Apóstoles. Llegando en Sábado Santo, fue ribido por Adrián y los Romanos con la más grande solemnidad. Los próximos tres días fueron dedicados a ritos religiosos; el siguiente Miércoles a asuntos del Estado. El resultado permanente de sus juntas momentáneas fue la famosa "Donación de Carlomagno", por once siglos la Carta Magna del temporal poder de los Papas (Véase CHARLEMAGNE.) Duchesne’s realizo una extensiva e imparcial investigación de su autenticidad en su edición de Liber Pontificalis (I, ccxxxv-ccxliii) pariera que había disipado cualquier duda. Dos meses después Pavia cayo en las manos de Carlos; el reinado de los Lombardos fue extinguido, y el Papado por siempre fue entregado de sus persistentes y enemigos hereditarios. Nominalmente, Adrián era ya monarca de mas de las dos terceras partes de la Península Italiana; pero su influencia era mas que nominal. Sobre una gran porción del distrito mencionado en la Donación, el papal permitía tener lapsos de sus logros. Para obtener y retomar el descanso, A Carlos se le forzó en realizar repetidas expediciones a través de los Alpes. Podemos dudar si el gran rey de los Franks habría padido dificultades del Papa para interferir teniendo sus más inmediatas preocupaciones, si no fuera por la extrema veneración personal de Adrián, quien en vida y muerte nunca ceso en proclamar su padre y mejor amigo. No es en poco grado deberte a la sagacidad política de Adrián, vigilante, y activista, que el poder temporal del Papado no permaniera en una figuración de la imaginación.
Sus meritos son igualmente grandes en referencia lo concerniente a espiritual de la Iglesia.. En cooperación con la Emperatriz Ortodoxa Irene, el trabajo en reparar los daños traídos por las tormentas Iconoclastic . En el año 787 el presidio, a través de sus legados, sobre el Séptimo Concejo General, presidido en Nicaea, en el cual la doctrina Católica se refiere al uso y veneración de imágenes fue definitivamente explicada. La importancia de la oposición temporal a los dretos del Concejo a través del Oeste, fue a causa de una mala traducción, agravado aun más por motivos políticos, ha sido grandemente exagerada en tiempos actuales. La controversia emano una fuerte refutación del un libro llamado Libri Carolini del Papa Adrián y no ocasiono una disminución de amistad entre el y Carlos. El se oponía muy vigorosamente, por sínodos y escritos, la naciente herejía del Adoptionism (q.v.), una de pocos errores Cristological originados por el Oeste. El Liber Pontificalis se engrande en sus meritos del embellimiento de la ciudad de Roma, en el cual se le ha dicho que gasto grandes sumas. Su muerte universalmente se lamenta, y fue enterrado en San Pedro. Su epitafio, escrito por su amigo de toda la vida, Carlomagno, todavía esta en pie. Raramente el sacerdocio y el imperio han trabajado juntos tan armoniosamente, y con tantos resultados beneficiosos para la Iglesia y la humanidad, como fue durante el tiempo de estos dos grandes gobernantes. La fuente de nuestra información en referencia de Adrián está en la Vida en el Liber Pontificalis (q.v.), y en sus cartas a Carlomagno, preservados por el antesor en su Codex Carolinus. Se estima que el trabajo de Adrián y su carácter por historiadores modernos difieren por las variantes noticias de los escritores en respto a la soberanía temporal de los papas, de los cuales Adrián I debe considerarse como el fundador real.
Liber Pontificalis (ed. DUCHESNE), I, 486-523, and praef. CCXXXIV sq.; ID., Les premiers ternps de l’état pontifical (Paris, 1898); JAFF , Regesta RR. PP. (2d ed.), I, 289-306, Il. 701; ID., Bibl. Rer. Germanic. (Codicis Carol. Epistolae), IV, 13-306; CENNI, Monum. dominat. pontif. (1761), II, 289-316, also in P.L. XCVIII; MANN, The Lives of the Popes in the Early Middle Ages (London, 1902), I, II, 395-496; HEFELE, History of the Councils (tr.), III, passim; NIEHUES, Gesch. d. Verh ltnisses zwischen dem Kaiserthum u. Papsthum im Mittelalter (Munster, 1877), I, 517-546; GOSSELIN, Power of the Pope in the Middle Ages (Baltimore, 1853), I, 230 sq.; SCHN RER, Entstehung des Kirchenstaates (Cologne, 1894). For a bibliography of Adrian I see CHEVALIER, Bio-Bibliogr. (2d ed., Paris, 1905), 55, 56.
JAMES F. LOUGHLIN
Traducido por: Lourdes P. Gómez
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.