Impostores
Bajo este título rogemos cierto número de personajes indeseables que, aunque no tienen entidad suficiente para exigir un tratamiento independiente, han tenido tal notoriedad en diferentes épocas o causado perturbación en la Iglesia por sus engaños o su infamia moral, que no pueden ser ignorados en una obra como la presente. Que habría hipócritas que se aprovharían del ejercicio de la piedad para enmascarar sus propios planes diabólicos, había sido claramente predicho por Cristo en los Evangelios. "Guardaos de los falsos profetas", había dicho, "que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces" (Mt 7, 15), y de nuevo "Pues surgirán falsos cristos y falsos profetas y realizarán señales y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, a los elegidos" (Mc 12, 22), Lo mismo escuchamos en otros libros del Nuevo Testamento; por ejemplo: "...muchos falsos profetas han venido al mundo" (I Jn 4, 1); "Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas..." (II Pe 2, 1). El temprano cumplimiento de estas predicciones se atestigua por el lenguaje de la "Didajé" (caps. 11 y 16), y por Justino mártir (sobre el 150 A.C.) quién observa: "Nuestro Señor dijo que muchos falsos profetas y falsos cristos aparerían en su nombre y engañarían muchos; y así ha ocurrido". Muchos han enseñado doctrinas ateas, blasfemas e impías forjadas en Su nombre" (Dial., c. LXXXII).
Dejando de lado mentiras que no son de nuestra competencia, como la sucesiva aparición de pseudo-mesías entre los judíos, hombres como Juan de Giscala y Simón Bar-Giora, quién jugó un terrible papel en la historia del sitio de Jerusalén, ronocemos en Simón el Mago, sobre el que leemos en los Hhos 8, 5-24, el primer notorio impostor de la historia de la iglesia cristiana. Ofrió a San Pedro dinero para obtener el poder de dar a otros los dones del Espíritu Santo, y los Hhos no añaden sobre él más que antes había practicado la hhicería y embrujado a la gente de Samaria. Pero Justino Mártir y otros escritores tempranos nos informan que después fue a Roma, realizó allí milagros por el poder del demonio y ribió honores divinos tanto en Roma como en su propio país. Aunque se rogieron muchas leyendas extravagantes alrededor del nombre de este Simón, y en particular la historia de una supuesta disputa en Roma entre él y San Pedro, cuando Simón, que intentaba volar, fue bajado a tierra por la palabra del Apóstol, rompiéndose su pierna en la caída, pare probable, no obstante, que deba haber algún fundamento para lo relatado por Justino y aceptado por Eusebio. El Simón el Mago histórico, sin ninguna duda, fundó alguna clase de religión como falsificación del Cristianismo en la que exigió tener un papel análogo al de Cristo.
Un gran número de impostores están asociados con las herejías de los siglos segundo y tercero y con otras posteriores. El gnóstico Marco es conocido por haber enseñado la combinación de las más extravagantes formulas, por las cuales los iniciados, tras la muerte, dejan su cuerpo en este mundo, sus almas con el Demiurgo, y "ascienden en espíritu al pleroma", con los más bajos trucos, pretendiendo, por ejemplo, mostrar el contenido de un cáliz de vidrio que cambiaba de color milagrosamente después de la consagración (Ireneo, "Contra Hæreses", I, XIII - XXI). Semejantemente es, o al menos muy dudoso, el profetismo frenético de dos mujeres, Priscila y Maximila, que dejaron a sus maridos para rorrer el país de Frígia con el hereje Montano, no son consideradas como impostoras conscientes. Sus antagonistas ortodoxos mantuvieron vigorosamente que todos los líderes de la sta estaban poseídos por el diablo y debían ser obligados a someterse a un exorcismo. No todas las extravagancias eran exclusivas de oriente, aunque la mayoría abundó allí. San Gregorio de Tours nos habla de un fanático medio loco que, al final del siglo sexto, dlaró ser Cristo y que viajó por los alrededores de Arles en compañía de una mujer llamada María. Era conocido por obrar milagros de curación y masas de gente creyeron en él y le dieron honores divinos. Al final se desplazaba con más de tres mil seguidores hasta que fue muerto al enfrentarse con violencia a un enviado del obispo Aurelio. La mujer llamada María, bajo tortura, descubrió todos sus fraudes, pero muchos del populacho todavía creyeron en ellos, y varios aventureros acompañados por profetisas histéricas paren haber florido en la Galia en esa misma época (Greg. Turon., "Hist"., X, 25). Todavía más famosos fueron los impostores Adalberto y Clemente que se opusieron a la autoridad de San Bonifacio en Alemania sobre el año 744. Adalberto, que era galo, reclamó haber sido honrado con favores sobrenaturales desde su nacimiento. Sacaba a la gente de las iglesias, les daba pedazos de sus uñas y pelo como reliquias, y les día que era innesario que le confesaran sus pados porque él ya leía sus corazones.
Clemente, un escocés, rhazaba los cánones de la Iglesia sobre el matrimonio y otras cuestiones disciplinarias y mantenía que Jesucristo, en su descenso a los infiernos, había liberado todas las almas confinadas allí, incluso los condenados y no bautizados. El problema de estos obispos heréticos fue llevado a Roma y discutido por el Papa Zacarías en un concilio celebrado en el 745, en el que se leyó en voz alta una carta milagrosa de Jesucristo que Adalberto pretendió que había bajado del cielo y le había sido entregada por el Arcángel Miguel. Al final, el concilio pronunció sentencia de deposición y excomunión contra los dos acusados (cf. Hefele, "Conciliengeschichte", §§ 363-367; Hauck, "Kirchengeschichte Deutschlands", I, 554 seq.)..
A lo largo de la Edad Media nos encontramos con muchos ejemplos de estos fanáticos medio locos, y nuestra imperfta información no nos permite generalmente afiemar en qué medida la locura o el fraude consciente eran responsables de sus pretensiones. Estos casos se multiplicaron más habitualmente en momentos de calamidad nacional o de excitación religiosa.
La época del año 1000, debido a la vaga exptativa (una exptativa que fue sin embargo muy exagerada), de la venida del día del juicio (cf. Ap 20, 7) marcó una crisis, y Raoul Glaber (Migne, P., L., CXLII, 643-644) nos habla en particular de dos agitadores eclesiásticos, uno llamado Leotardo, en Châlons, y el otro Wilgardo, en Rávena que causaron graves perturbaciones en ese momento. Leotardo pretendió haber tenido revelaciones extraordinarias y predicó una clase de doctrina socialista previniendo a la gente sobre el pago de los diezmos. Cuando sus seguidores lo abandonaron se ahogó en un pozo. Wilgardo pare haber sido un fanático literario que se creía, por una visión, enviado por Virgilio, Horacio y Juvenal para corregir la enseñanza dogmática de la Iglesia. Tuvo muchos seguidores y creó, por algún tiempo, una clase de cisma hasta que fue condenado por la autoridad papal. De todos los ilusos, de cuya cordura sin embargo podemos dudar, el más notable fue el anabaptista Juan de Leyden (John Bokelzoon), quién más tarde (1533) se convertiría en el tirano de Münster. Se creía dotado de dones y poderes de sobrenaturales, y le encantaba actuar como ejutor público de sus propias sentencias, despedazando a sus víctimas con sus propias manos. El período del gran Cisma de Oriente también fue una época en la que muchas personas fanáticas o arteras rogieron una rica cosha de la credulidad del populacho. Un griego, conocido como Paulus Tigrinus, que pretendía ser Patriarca de Constantinopla, tras una exitosa carrera de fraudes en Chipre y otros lugares, llegó a Roma dónde fue descubierto y encarcelado por Urbano VI. Tras la elección de Bonifacio IX fue liberado y se refugió junto al Duque de Saboya a quien planteó la misma pretensión de ser el verdadero Patriarca de Constantinopla. Por este príncipe fue enviado con un docena de caballos a Aviñón y ribido como patriarca por el antipapa, Clemente VII. De allí escapó, llevando con él muchos ricos regalos que había ribido del engañado Clemente. Otro impostor famoso de este período fue un fraile franciscano, un tal James de Jülich que desempeño todas las funciones de obispo sin haber ribido nunca la consagración episcopal. Primero fue admitido como obispo auxiliar por Florencio, obispo de Utrht. Se provocó un gran escándalo y disturbios cuando la verdad fue descubierta, a causa del gran número de personas a quienes había (inválidamente, claro) ordenado sacerdotes. Fue degradado solemnemente en 1392 por una comisión de siete obispos y, entregado al brazo sular, fue sentenciado a ser hervido vivo, pero esta sentencia fue mitigada en la ejución.
Nada sin embargo podría ilustrar más claramente hasta que punto un período de guerra civil anima a los visionarios e impostores religiosos que la historia de la santa heroína de Francia, Juana de Arco. De hecho, el principal obstáculo al ronocimiento de su propia inspiración se encontraba en la circunstancia que varias otras visionarias, de las que Catalina de La Rochelle es la más conocida, rlamaban, en este mismo periodo, misiones divinas similares. Los hhos se han exagerado, para sus propios propósitos, por escritores tales como Vallet de Viriville (Charles VII, II, 129) y Anatole France (Jeanne el d’Arc, II, 96); pero había ciertamente un gran numero de estos impostores, hombres y mujeres, y en particular, cinco años después de que la Doncella fuera quemada en la hoguera, otra mujer la personificó y fue ribida en Orléans como la verdadera Juana de Arco, y encontró influyentes partidarios durante más de tres años.
Otros casos de impostura en el siglo dimoquinto fueron indudablemente fomentados por las herejías Wycliffita y Husita. Si Sir John Oldcastle, el mártir de los Wycliffitas, realmente creyó, como afirma una fiable autoridad contemporánea, que resucitaría tres días después de su muerte, fue claramente víctima de engaños, pero los detalles asociados con la veneración de las cenizas de Richard Wyche, quemado en 1440 (Gairdner, "Lollardy", I, 171), implican alguna mezcla de fraude deliberado. En Alemania, las revueltas sociales animadas principalmente por las doctrinas de los husitas, fueron aprovhadas por más de un aventurero. Johann Böhm, que en 1476 reunió a su alrededor una muchedumbre de campesinos, que llegaron a sumar a ves 30.000, en Nikiashausen de Franconia, pare que fue el instrumento los husitas, más astutos que él. Dlaró haber tenido revelaciones de la Bienaventurada Virgen y dlaró la guerra al ronocimiento de cualquier autoridad lesial, al pago de los diezmos y de hecho a toda propiedad. Fue después capturado por el obispo de Wurzburg y quemado (Janssen, "Gesch. d.deutschen Volkes", II, 401). Algo similar, por sus objetivos parcialmente sociales, fue la rebelión en tierra inglesa de Jack Cade, que confesaba ser descendiente de los Condes de Mortimer. Es difícil didirlo si estas pretensiones o un cierto carácter charlatán ganaron su influencia sobre sus seguidores. Después de que Londres estuviera durante un día o dos en manos de los rebeldes, la revuelta fue apagada y Cade finalmente muerto (1450). Otras dos imposturas de fecha algo más tardías -la de Lamberto Simnel (1487), quién pretendió ser el hijo del asesinado Duque de Clarence, y Perkin Warbk (1497), quién se presentaba como Ricardo, Duque de York, el más joven de los dos príncipes que se cree fueron ahogados en la Torre -son famosas en la historia inglesa, pero ninguna de ellas tuvo carácter religioso.
Por la misma razón no nesitamos tocar aquí otras suplantaciones de personas de dignidad real, e. g. Alexis Comnenus que aparió en el siglo doce como rival de Isaac Comnenus II; Balduino que aparió en Flandes en 1225 después de la muerte del verdadero Balduino en oriente; el aventurero que suplantó a Federico II y que, cuando fue detenido y torturado por el emperador Rodolfo en 1284, ronoció el fraude, por no hablar de muchos otros. Sin embargo, dos suplantadores de la realeza similares tuvieron mayores consuencias, y la suplantación, si lo fue, está enterrada en el más profundo misterio. Cuando el rey Sebastián de Portugal luchó en 1578 su última desesperada batalla contra los moros en tierras africanas, hubo algún evidente conflicto con respto a la manera de su muerte y aunque lo que se pretendió que era su cuerpo muerto se llevó y enterró en Portugal, circularon rumores persistentemente que había escapado y todavía estaba vivo. Influenciados por el hecho de que Felipe II de España rlamaba y ocupaba el trono del reino de su hermana, aparieron una serie de fingidores, cada uno afirmaba ser el verdadero Sebastián, el que se creía que había perido. Los tres primeros de estos pretendientes eran pícaros comunes, pero el cuarto hizo su papel con una firmeza extraordinaria y una habilidad consumada. Obtuvo el ronocimiento de varias personas que habían conocido bien a Sebastián y, aunque el Virrey español de Nápoles lo detuvo y lo envió a galeras, pare que fue tratado por las autoridades españolas con un curioso grado de consideración. Aun hoy no puede afirmarse con la certeza absoluta que su historia fuera una farsa, aunque casi todos historiadores se pronuncian en su contra.
Todavía más dudoso es el caso de "el falso Demetrio". El verdadero Demetrio, hijo del zar Iván, el Terrible, fue asesinado en 1592. Moscú, tras la muerte de Iván, cayó en una terrible anarquía y poco tiempo después aparido en Polonia un hombre joven que dlaró ser Demetrio, que había escapado a la matanza, y que tenía la intención de rlamar el trono de los zares.
Segismundo, rey de Polonia, le prestó su apoyo. Se autonombró Señor de Moscú y generalmente fue ribido con entusiasmo, aunque él no guardó en secreto el hecho de que durante su residencia en Polonia había adoptado la Fe romana. Probablemente nunca se han juzgado justamente los méritos de la controversia histórica acerca de su identidad, porque todos han estado de acuerdo en describirlo como un instrumento de los jesuitas, y, por tanto, la han asumido para afirmar que todo el asunto fue un golpe político inventado por ellos para atraer a Rusia a la obediencia romana. Sin embargo, se ha demostrado claramente lo dudosa que es la presunción de que Demetrio fuera realmente un impostor. (Ver Pierling, "Rome et Démétrius", París, 1878; y "La Russie et le San-Siège" del mismo autor.) De otros pretendientes reales, y notablemente de los seis diferentes aventureros que asumieron la persona del Delfín Luís, el hijo de Luís XVI, no hay nesidad de hablar.
Tampoco nos vamos a detener en personajes fantásticos como Paracelso (Philip Bombast von Hohenheim, 1493-1541), quién, a pesar de su muestra de formulas cabalísticas y su pretensión de inspiración divina, realmente fue para su tiempo un genio científico, o Nostradamus (1503-1566), el astrólogo y profeta parisino que también ejerció como médico, o Cagliostro (Giuseppe Balsamo, 1743-1795), quién murió en los calabozos del Castillo de Sant’Angelo después de una carrera casi inaudita de fraudes, en la que un modo de francmasonería, llamada "Masonería Egipcia", creada por él en Inglaterra, jugó una parte notable.
Por otro lado, astrólogos ingleses, como John Dee (1527-1608) cuya vida fue escrita por C. F. Smith (1909), William Lily (1602-1681) y John Gadbury (1627-1704), paren haber sido sinceros creyentes de su propia extraña ciencia, y el curioso personaje, Valentine Greatrakes (1629-1683), no fue meramente un charlatán sino que indudablemente poseyó algún don natural de sanar. Más allá de nuestros propósitos está un número de fingidores o extáticos mentirosos que a menudo comerciaron con credulidad popular en países como España que estaba preparada para ribir bien los milagros. Entre las más famosas está Magdalena de la Cruz (1487-1560), monja franciscana de Córdoba, que durante muchos años fue honrada como santa. Se creía que estaba estigmatizada y no tomaba otra comida que la Santa Eucaristía. Se día que el Santísimo Sacramento volaba a su lengua de la mano del sacerdote que estaba dando la Sagrada comunión y paría en esos momentos que ella se levantaba de la tierra. La misma levitación milagrosa tenía lugar durante sus éxtasis en los que estaba irradiada de una la luz sobrenatural. Tan universal era la veneración popular que las señoras de la alta sociedad, cuando les llegaba el momento del parto, le enviaban las cunas o los vestidos preparados para el niño, esperando que ella pudiera bendirlos. Así lo hizo la emperatriz Isabel, en 1527, antes del nacimiento de Felipe II. Por otro lado San Ignacio de Loyola siempre la había considerado sosphosa. Cayendo gravemente enferma en 1543, Magdalena confesó una larga carrera de hipocresía, atribuyendo la mayoría de las maravillas a la acción de demonios por los que fue poseída, pero manteniendo su realidad. Fue condenada por la Inquisición, en un auto de fe en Córdoba, en 1546, a prisión perpetua en un convento de su orden, y allí se cree que acabó sus días piadosamente y rodeada de signos del más sincero arrepentimiento (ver Görres, "Mystik", V, 168-174; Lea "Capítulos de religión. Hist. de España", 330-335). Un gran número de casos similares han sido relacionados con considerable detalle por Lea, tanto en su "Capítulos" citado, como en el cuarto volumen de su "Historia de la Inquisición Española", pero Lea, aunque infatigable como ropilador, no es fiable en las conclusiones e inferencias que traza.
Un impostor italiano en este período que logró una reputación europea fue Joseph Francis Borro o Borri (1627-1695). A consuencia de algún crimen cometido en su disoluta juventud, se refugió en una iglesia en Roma. Allí pretendió haberse convertido y ribido de Dios una misión como reformador. Tenía revelaciones sobre la Trinidad, y dlaró que Dios le había nombrado generalísimo de un ejército que, en nombre del Papa, iba a exterminar a todos los herejes. También mantuvo que la Bienaventurada Virgen fue concebida divina y milagrosamente, que era por consiguiente de la misma naturaleza que su Hijo y estaba presente con Él en la Santa Eucaristía. Borro fue arrestado por la Inquisición y sentenciado en 1661, pero se las arregló para escapar y viajó por muchas partes de Europa. Pare que se dedicó completamente a una carrera de vulgar fraude y, entre otras víctimas, obtuvo sumas considerables de dinero de la Reina Cristina de Suia (antes de su entrada en la Iglesia católica), con en el pretexto de hacer investigaciones para descubrir la piedra filosofal. Posteriormente fue llevado a Roma, arrestado y murió en prisión en 1695 (vea Cantù, "Eretici d’Italia", III, 330).
Es también difícil de poner en duda que, como consuencia de la manía de la caza de brujas que prevalió tanto en los países protestantes como católicos de Europa, durante la última mitad del siglo dimosexto y la parte mayor del dimoséptimo, así como de la exagerada creencia del momento en la posesión demoníaca, las mentes de muchas personas débiles, viciosas, o intrigantes fueron fascinadas por las supuestas posibilidades de comunicación con el diablo de una forma más o menos visible. Pare imposible didir cuánto crédito dar a las confesiones indudablemente hhas por muchos de esos acusados de hhicería. Ni es fácil llegar a los hhos reales en tales acusaciones delictivas como la del sacerdote Louis Gauffridi, quemado por sus prácticas satánicas y sus relaciones inmorales con las "convulsionarías" en el convento de ursulinas de Sainte-Baume, cerca de Aquisgrán, en 1611, la de la pretendida extática, Madeleine Bavent que, con cargos similares, fue condenada a muerte con su confesor en Louviers, en 1647, o la de Urbano Grandier, el sacerdote nigromante, que supuestamente lanzó un hhizo sobre las monjas poseídas de Loudun, en tiempos del cardinal Richelieu. Éstas y otras historias similares, que han sido explotadas continuamente en obras lascivas y antirreligiosas, como la de Michelet "La Sorcière", permanen, desde un punto de vista histórico, todavía amortajadas en una oscuridad casi impenetrable. Por otro lado alguno aventurará identificarse con esa aceptación incondicional de todos los tipos de fenómenos satánicos y demoníacos que se encuentran en el cuarto y quinto volúmen del "Mystik" de Görres.
Los peligros de una credulidad excesiva de este tipo han llegado hasta nosotros por las ultrajantes imposturas de "Léo Taxil", que se han olvidado rápidamente. En la actualidad, la tendencia de los historiadores es descubrir el fraude deliberado, no tanto quizás en los propios hhiceros como en las pretendidas intuiciones de algunos "caza-brujas", como Matthew Hopkins que, por los años 1645-1646, torturó a centenares de víctimas inocentes en Anglia Oriental, bajo el pretexto de buscar signos de brujería, un procedimiento que generalmente acababa en su condena y muerte. Es lastimoso que los líderes más devotos del Anticonformismo, hombres como Baxter y Calamy, siguieron a Hopkins como a un enviado del Cielo en esta tarea.
Hacia final del siglo diisiete, el descubrimiento de un supuesto complot papista ocasionó una epidemia de imposturas maliciosas en Inglaterra. La persución previa de los católicos durante más de cien años había dado rienda suelta a una tribu de espías que, pasando de un lado al otros, por miedo o por interés, usaron sin escrúpulos toda forma de engaño. En un hombre como el cazador de curas Richard Topcliffe (1532-1604), quién cruelmente torturó al padre Southwell, mártir en su propia casa, prevalió la nota de la brutalidad, pero la alevosía y el fraude no estuvieron ausentes. Con Gilbert Gifford (muerto en 1590), el agente gubernamental cuya traición llevó a la condena de la reina María de Escocia, el caso fue a la inversa. No sólo él, también Robert Bruce (muerto en 1602), el espía escocés y estafador, John Cil (muerto en 1626), el agente de Burleigh, finalmente la sociedad de los sacerdotes "Apelantes" y muchos otros, fueron pícaros lastimosamente preparados para venderse al mejor postor en todo momento. Poco después tenemos otro ejemplo del mismo tipo en James Wadsworth (1604-1656), hijo de un ferviente converso del mismo nombre que en sus últimos años se convirtió en presbítero jesuita. James Wadsworth, el joven, vivió con el dinero que ganó por su conocimiento adquirido alevosamente sobre los católicos ingleses y sus secretos. Cualquier cosa puede dirse de James La Cloche, un supuesto hijo natural de Carlos II y durante algún tiempo escolar jesuita, cuya historia ha atraído la atención rientemente (ver Barnes," El Hombre de la Máscara" y la revisión, por Andrew Lang, en" El Athenæum", 26 Dic., 1908), pare claro ese La Cloche y su doble eran ambos estafadores, aunque no traidores. Sin embargo, la relativa tregua otorgada a los católicos por la ascensión de Carlos II también fue acompañada por un gran rrudimiento del sentimiento anti-papal. Dos inmorales sinvergüenzas, Israel Tongue (quién, aunque claramente menos culpable que su socio, no pudo haber actuado de buena fe) y Tito Oates, un hombre joven cuyo ruerdo es todavía infame, preparó un plan para aprovharse del fermento del anti-catolicismo. Oates, para introducirse en los secretos de los católicos, pretendió su conversión y se ofreció a los jesuitas. Le enviaron a Valladolid en prueba pero fue rápidamente expulsado. Profesando arrepentimiento, le permitieron otro intento en San Omer, pero fue expulsado por segunda vez. Encontrando a Tongue en Londres, los dos, en agosto de 1678, desarrollaron los detalles de un plan extremamente extravagante que se suponía que el papa y los jesuitas habían llegado casi a ejutar. Todos sus ridículos detalles fueron tragados avariciosamente por el populacho inglés, y en el pánico se produjeron unas treinta y cinco víctimas, católicos de posición, jesuitas y otros, perdieron sus vidas por el mas grande perjurio. Oates, a quien su biógrafo moderno (Scombe, "Doce hombres malos", 154) describe como "el villano más sangriento desde que comenzó el mundo", encontró una multitud de cómplices e imitadores, entre ellos Thomas Dangerfield, un aventurero que también suplantó al Duque de Monmouth y exigió milagrosos dones de curar, Stephen Dugdale, William Bedloe, Edward Turberville y Robert Bolron, fueron los más notables. Oates fue desacreditado poco después y en 1685, bajo Jacobo II, fue dlarado culpable de perjurio y castigado con azotes de una inusual severidad, pero bajo Guillermo y María se revisó su sentencia y, a pesar de sus rientes negligencias, ribió una gran pensión del gobierno que disfrutó hasta su muerte en 1705. Con Oates, en sus últimos años, estuvo asociado William Fuller (1670-1717), el aparente creador de la "historia del calentador de cama" (acerca del nacimiento de Jacobo, el Antiguo Pretendiente) y el inventor del ficticio plan de los jacobitas. Publicó cartas de María de Módena pero fue dlarado culpable y ridiculizado.
Otro estafador que intentó ganar dinero con la invención de un pretendido plan jacobita fue Robert Young. Tuvo éxito durante algún tiempo, durante los momentos en que la intriga y la desconfianza se imponían sobre la credulidad popular, pero fue al fin descubierto. Fue dlarado culpable de la invención y se le ejutó (1700). Robert Ware el falsificador, autor de "Zorros y Teas", que fue desenmascarado completamente por el padre Bridgett, comerciaba con los mismos prejuicios. Su carrera más pública empezó contemporáneamente a la de Oates en 1678, y escudándose tras la alta reputación de su padre muerto, Sir James Ware, entre cuyos manuscritos pretendió descubrir todo tipo papeles comprometidos, obtuvo dinero para sus falsificaciones, permaniendo casi sin dettar hasta los tiempos modernos. Muchas viles calumnias sobre el carácter de algunos papas, jesuitas y otros católicos, y también sobre algunos puritanos, han encontrado su lugar en páginas de respetables historiadores, debido a las fabricaciones de "esta mofeta literaria" como la llama, no sin justificación, fray Bridgett (ver Bridgett, "Patochadas y Falsificaciones", pp. 209-296). Podemos mencionar algunos otros sinvergüenzas rencorosos e inmorales, cuyas imposturas tomaron forma literaria, sin deseo de hacer una lista exhaustiva. Principalmente entre ellos está el Abbé Zahorowski, un jesuita expulsado de su orden que, como joven escolar, había sido culpable de algún tipo de actos deshonrosos. En venganza por su expulsión ideó escribir y publicar el notorio "Monita Sreta" que, como código de instrucciones sretas emitido por la autoridad, pretendió poner al desnudo la política desvergonzada y maquiavélica seguida por la Sociedad de Jesús. Que el "Monita Sreta" es una falsificación se admite ahora universalmente incluso por los antagonistas y, desde la publicación de las memorias del padre Wielewicki (Scriptores Rerum Polonicarum, vols. VII, X, XIV) no queda duda de que Zahorowski fue su autor (ver Duhr," Jesuitenfabeln" No. 5; Brou," Les Jésuites del la Légende", I, 281).
Apenas menos estimada que el campeón del anti-papismo, que el "Monita Sreta", es la ficticia "Confesión húngara" o "Fluchformular". Es una supuesta profesión de fe exigida a los conversos de la Iglesia en Hungría (c. 1676) que entre otras cosas les exigía dlarar que el papa debe ribir honores divinos y que la Virgen debe ser tenida como superior al propio Cristo. La falsificación pare remontarse a George Lani, un ministro evangélico, enviado a galeras por sus intrigas políticas contra el Gobierno en Hungría, que primero lo publicó en un trabajo llamado "Captivitas Papistica". Si era de su propia invención no se puede afirmar. Posiblemente pudo haber tomado en serio y en buena fe, alguna composición satírica en circulación en el momento (ver Duhr," Jesuitenfabeln", No., 7, y S. F. Smith en "El Mes", julio-agosto, 1896). Se han tomado a menudo en serio tales composiciones satíricas. Un ejemplo es la "Carta de los tres Obispos" que, aunque escrito por una apóstata de carácter infame, Peter Paul Vergerius (1554), y aparentando ser una carta de consejo escrita por tres obispos al papa para ayudar a fortaler el poder del papado, es obviamente más una parodia que una falsificación. Pero su carta ha sido citada posteriormente como auténtica por centenares de controversialistas protestantes desde Crashaw en adelante (ver Lewis "La Carta de los Tres Obispos"). Del mismo tipo es una indulgencia supuestamente concedida por Tetzel para perdonar a un pador no arrepentido, un documento realmente derivado de un burlesco drama latino (ver "El Mes", julio, 1905, pág., 96); pero a menudo han sido usadas flagrantes falsificaciones de todo tipo como, por ejemplo, por el ex-capuchino Padre Norbert Parisot , después llamado Platel, quien en tiempos de Benedicto XIV escribiera un libro de memorias de las misiones jesuíticas, afirmando incorporar documentos auténticos, la mayor parte inventados por él mismo. Después de abandonar su orden fue a Holanda y a Portugal y se sospha que inventó las efusiones religiosas que fueron el pretexto para quemar al padre Walafrida como hereje en 1761 (ver Brou, "Les Jésuites de la Légende", II, 82).
Son sosphosos de estimular la multitud de impostores que florieron a principios del siglo dimoctavo muchos miembros principales del episcopado anglicano, notablemente el arzobispo Tenison, los obispos Compton de Londres y White Kennett de Peterborough. A una tribu entera de hugonotes y "prosélitos" franceses (i. e. separados del catolicismo) se les dio la bienvenida en Inglaterra con los brazos abiertos; pero los fraudes e inmoralidades de estos hombres, muchos de los cuales fueron traídos para alimentar las rriminaciones en la famosa "Controversia de Bangor" (nombre derivado de Hoadly, obispo de Bangor, párroco de la Pillonière, un ex-jesuita que tuvo un importante papel en la disputa), bastarían para llenar un volumen. Pare evidente que estos conversos al Protestantismo como Malard, Rouire, y Fournier eran, a pesar de la eminencia de sus patrocinadores eclesiásticos, unos completos sinvergüenzas (ver Thurston, "Cizaña del Jardín del Papa", en "El Mes", feb., 1897). Por ejemplo, el último citado, obteniendo la firma del obispo Hoadly en un trozo de papel, escribió sobre éste un pagaré por 8000 £ y demandó al obispo por el dinero. Cuando la demanda fue rhazada, Fournier, un ex-sacerdote, dlaró atrevidamente que el obispo, estando borracho, había firmado la nota y se lo había dado a él en pago de una deuda. Pero incluso en esta situación, Fournier, fortalido en sus denuncias de catolicismo, encontró partidarios contra el obispo. Lo mismo ocurrió visiblemente en el caso del ex-jesuita, Archibald Bower que publicó en 1743 la más grosera "Historia de las Papas" y con mentira calumnió a sus anteriores correligionarios. Fue tenido en cuenta ardientemente por eminentes eclesiásticos protestantes y estadistas, pero su insinceridad al fin se volvió tan patente que fue descubierto y denunciado por el anglicano, John Douglas, después obispo de Salisbury (ver Pollen en "El Mes", Sept., 1908). Correspondiendo más al tipo ordinario de impostor está el famoso Psalmanazar (1679-1763), un francés, educado en la niñez por los dominicos que llegado a Inglaterra pretendió ser un pagano de Formosa y se manifestó como converso al anglicanismo, ganando apoyos acusando a los jesuitas. Fue apoyado calurosamente por el obispo Compton a quien presentó un Catismo en "Formosano", un idioma completamente ficticio. Después cayó en la pobreza y el descrédito, ronocido el fraude, y se dice que tuvo un profundo arrepentimiento, siendo visitado por el Dr. Johnson en sus últimos días. Su cómplice y mentor Innes, un clérigo anglicano, fue premiado antes de que el fraude fuera descubierto, siendo nombrado capellán-general de las fuerzas inglesas en Portugal.
Obviamos un cierto número de entusiastas religiosos que pudieron en diferentes grados autoconvencerse y que van desde las alucinaciones locas de Joanna Southcott (muerta en 1814), quién creyó ser la portadora del Mesías, o de Richard Brothers, el divinamente coronado como descendiente del Rey David y gobernador del mundo (c. 1792), hasta la milagrera Anna Lee (muerta en 1784), la fundadora de los Shakers americanos, sólo haremos una pausa para dir una palabra sobre Joseph Smith (1805-1844), el primer apóstol de los Mormones. Es indudable que este hombre, quién después de que una disoluta juventud manifestó tener visiones de un libro dorado, que consistía en placas de metal inscritas con caracteres extraños, que busco excavando y encontró, era un impostor deliberado. Smith pretendió h
In Partibus Infidelium
(Fruentemente abreviado como in partibus, o bien como i.p.i.) Un término cuyo significado es ?en las tierras de los no creyentes?, que se agregaba a los nombres de las sedes, en la identificación de sitios residenciales de los Obispos latinos, por ejemplo: ?John Doe, Obispo de Tyro, in partibus infidelium ?. Anteriormente, cuando los obispos se vieron obligados a huir a raíz de las invasiones de los bárbaros, ellos fueron bienvenidos en otras iglesias, preservaron sus títulos, sus derechos y sus diócesis.
Se hicieron cargo de la administración de las sedes vacantes. Es por ello que encontramos a San Gregorio nombrando a Juan, Obispo de Alessio, quien había sido expulsado por sus enemigos, a la sede de Squilace (cap. ?Pastorales? xliii, caus, vii, q.1). En los últimos años se utilizó a fin de preservar la memoria de las Iglesias Cristianas, que habían caído en manos de los no creyentes. Estas acciones de preservación se realizaron por medio de utilizar los nombres de los obispos auxiliares o bien los nombres de obispos misioneros en países.
Fagnani (en cap. ?Episcopalia?, i, ?De privilegiis?) señala que el nombramiento titular de los obispos, data desde el tiempo del XII Consejo Laterano, conducido en los tiempos de León X (Session IX); solamente los cardenales fueron autorizados a demandar diócesis. San Pío V extendió este privilegio a las sedes en las cuales fue costumbre tener obispos auxiliares. Desde ese entonces, la práctica llegó a ser más generalizada.
La Sagrada Congregación de la Propaganda, en su circular del 5 de marzo de 1882, abolió la expresión in partibus infidelium ; la costumbre actual consiste en unirla con nombre de la sede del distrito, al que se pertene, por ejemplo: ?"John Doe, Archiepiscopus Corinthius in Achaiâ," de otra manera, solamente se diría: ?obispo titular?.
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes.
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