Iglesia
El término iglesia es el nombre empleado para traducir el griego ekklesia (clesia), término con el que los autores del Nuevo Testamento designan a la sociedad fundada por Nuestro Señor Jesucristo. El término inglés church (en anglosajón cirice, circe; en alemán moderno, Kirche; en suo, Kyrka) es el nombre empleado por los idiomas teutónicos para traducirlo. El origen de esta palabra ha sido muy debatido. Hoy se admite que procede del griego kyriakon (cyriacon), esto es, la casa del Señor, un término que desde el Siglo III se utilizaba, tanto como el de ekklesia, para significar un lugar de culto cristiano. Aunque una expresión menos usual, ésta es la que aparentemente obtuvo éxito entre las razas teutónicas. Las tribus norteñas se habían acostumbrado a saquear las iglesias del imperio, mucho antes de su propia conversión. De ahí que, incluso antes de la llegada de los sajones a Gran Bretaña, su idioma hubiera adquirido palabras que designaban algunos de los asptos externos de la religión cristiana.
Este artículo se ordena como sigue:
I. El término clesia
II. La Iglesia en las profías
III. Su constitución por Cristo; la Iglesia tras la Ascensión
IV. Su organización por los Apóstoles
V. La Iglesia, Sociedad Divina
VI. La Iglesia, medio nesario de Salvación
VII. Visibilidad de la Iglesia
VIII. El Principio de Autoridad; Infalibilidad; Jurisdicción
IX. Miembros de la Iglesia
X. Indeftibilidad de la Iglesia; Continuidad
XI. Universalidad de la Iglesia; Teoría de la "Rama"
XII. Notas de la Iglesia
XIII. La Iglesia, una Sociedad perfta
I. EL TÉRMINO CLESIA
Para comprender la fuerza prisa de esta palabra, se debe dir en primer lugar algo respto a su empleo por los traductores de la versión de los Setenta del Antiguo Testamento. Aunque en uno o dos lugares (Salmos, 25, 5; Judit, 6, 21; etc.) se usa la palabra sin significación religiosa, meramente en el sentido de "asamblea", éste no es habitualmente el caso. Ordinariamente se emplea como el equivalente griego del hebreo qahal, esto es, la entera comunidad de los hijos de Israel contemplada en su aspto religioso. Dos palabras hebreas se emplean en el Antiguo Testamento para significar la congregación de Israel, a saber, qahal y ’êdah. En los Setenta se traducen, resptivamente, como ekklesia y synagoge. Así en Proverbios, 5, 14, donde las palabras aparen juntas, "en medio de la iglesia y la congregación", la traducción griega es en meso ekklesias kai synagoges. La distinción en realidad no se observa rígidamente - así en Éxodo, Levítico y Números, ambas se traducen generalmente por synagoge - pero se cumple en la gran mayoría de los casos, y puede considerarse como una regla establida. En los escritos del Nuevo Testamento las palabras se distinguen netamente. En ellos clesia designa la Iglesia de Cristo; synagoga, a los Judíos adeptos al culto de la Antigua Alianza. Ocasionalmente, es cierto, clesia se emplea en su significación genérica de "asamblea" (Hhos, 19, 32; I Cor., 14,19); y synagoga apare una vez referida a una reunión de cristianos, aunque aparentemente de carácter no religioso (Santiago, 2, 2). Pero clesia nunca se utiliza por los Apóstoles para designar la Iglesia Judía. La palabra como expresión técnica se ha trasladado a la comunidad de creyentes cristianos. Se ha discutido fruentemente si hay alguna diferencia en el significado de las dos palabras. San Agustín (en el Salmo 77, en P.L., XXXVI, 984) las distingue sobre la base de que clesia es indicativa de la convocatoria de hombres, y synagoga de la reunión forzosa de criaturas irracionales: "congregatio magis porum convocatio magis hominum intelligi solet". Pero se puede dudar que haya algún fundamento para esta opinión. Parería, más bien, que el término qahal se usaba con la significación espial de "los llamados por Dios a la vida eterna", mientras que ’êdah designaba meramente a "la comunidad judía existente actualmente" (Schürer, Hist. Jewish People, II, 59). Aunque la prueba de esta distinción se obtiene de la Mishna, y pertene por tanto a una fecha algo posterior, aun así la diferencia de significado probablemente existía en tiempos del ministerio de Cristo. Pero aunque pueda haber sido así, su intención al emplear el término, hasta entonces utilizado para el pueblo hebreo considerado como una iglesia, para designar la sociedad que Él estaba establiendo no puede ignorarse. Implicaba que esta sociedad ahora constituía el verdadero pueblo de Dios, que la Antigua Alianza había finalizado, y que Él, el Mesías prometido, estaba inaugurando una Nueva Alianza con un nuevo Israel.
Con la significación de Iglesia, la palabra clesia se utiliza por los autores cristianos, a ves en sentido más amplio, a ves en sentido más restringido.
. Se emplea para designar a todos los que, desde el comienzo del mundo, han creído en el verdadero Dios, y han sido hhos hijos suyos por la gracia. En este sentido, se distingue a ves, entre la Iglesia antes de la Antigua Alianza, la Iglesia de la Antigua Alianza, o la Iglesia de la Nueva Alianza. Así San Gregorio (Epp. V, ep. xviii ad. Joan. Ep. Const., en P.L., LXXVII, 740) escribe : "Sancti ante legem, sancti sub lege, sancti sub gratiâ, omnes hi... in membris clesiae sunt constituti" (Los santos antes de la Ley, los santos bajo la Ley, y los santos bajo la gracia-todos son constituidos miembros de la Iglesia).
. Puede significar el conjunto de los fieles, incluyendo no meramente los miembros de la Iglesia que viven en la tierra sino, también, los que, en el purgatorio o en el cielo, forman parte de la comunión de los santos. Así considerada, la Iglesia se divide en Iglesia militante, Iglesia purgante, e Iglesia triunfante.
. Se emplea además para significar la Iglesia militante del Nuevo Testamento. Incluso en esta acepción restringida, hay alguna variedad en el uso del término. Los discípulos de una determinada localidad son a menudo mencionados en el Nuevo Testamento como una Iglesia (Apoc., 2,18; Rom., 16,4; Hhos, 9,31), y San Pablo incluso aplica el término a discípulos pertenientes a una casa determinada (Rom., 16,5; I Cor.,16,19; Col., 4,15; Flm., 1,2). Además, puede designar espialmente a los que ejercen el oficio de enseñar y gobernar a los fieles, la clesia Docens (MT., 18,17), o también a los gobernados en cuanto distintos de sus pastores, la clesia Discens (Hhos, 20, 28). En todos estos casos el nombre que pertene al todo se aplica a una parte. El término, en su plena significación, designa al conjunto de los fieles, tanto gobernantes como gobernados, en todo el mundo (Ef. ,1,22; Col., 1,18). Es en este sentido en el que se trata de la Iglesia en este artículo. Así entendida, la definición de la Iglesia dada por Belarmino es la habitualmente adoptada por los teólogos católicos: "Un conjunto de hombres unidos por la profesión de la misma fe cristiana, y por la participación en los mismos sacramentos, bajo el gobierno de legítimos pastores, más espialmente del Romano Pontífice, único vicario de Cristo en la tierra" (Coetus hominum ejusdem christianae fidei professione, et eorumdem sacramentorum communione colligatus, sub regimine legitimorum pastorum et praipue unius Christi in Terris vicarii Romani Pontificis. - Belarmino, De cl., III, ii, 9). La exactitud de esta definición se revelará en el curso de este artículo.
II. LA IGLESIA EN LAS PROFÍAS
Las profías hebreas se refieren en proporciones casi iguales a la persona y a la obra del Mesías. Esta obra se concebía como consistente en el establimiento de un reino, en el cual iba a reinar sobre un regenerado Israel. Los escritos proféticos nos describen con prisión muchas características que iban a distinguir a ese reino. Cristo durante su ministerio no sólo afirmó que las profías relativas al Mesías se iban a cumplir en su propia persona, sino también que el esperado reino mesiánico no era otro que su Iglesia. Una consideración de las características del reino tal como las presentaban los profetas, debe por tanto ayudarnos en gran manera a comprender las intenciones de Cristo al instituir la Iglesia. En realidad muchas de las expresiones empleadas por Él en referencia a la sociedad que estaba establiendo sólo son inteligibles a la luz de estas profías y de las consiguientes exptativas del pueblo judío. Se verá además que tenemos un sólido argumento para el carácter sobrenatural de la revelación cristiana en el cumplimiento priso de los oráculos sagrados.
Un rasgo característico del reino mesiánico, tal como se predijo, es su alcance universal. No meramente las doce tribus, sino que los gentiles iban a rendir homenaje al Hijo de David. Todos los reyes iban a servirle y obederle; su dominio iba a extenderse a los confines de la tierra (Salmos, 21, 28 y s.; 2, 7-12; 116, 1; Zac., 9,10). Otra serie de notables pasajes dlara que las naciones que se le sometan tendrán la unidad proporcionada por una fe común y un culto común - un rasgo representado mediante la imagen chocante de la concurrencia de todos los pueblos y naciones a dar culto en Jerusalén. "Sucederá en días futuros [esto es, en la era mesiánica] ...que numerosas naciones dirán: Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa de Dios de Jacob; para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos. Pues de Sión saldrá la Ley y de Jerusalén la palabra de Yahveh" (Miq., 4, 1-2; cf. Is., 2,2; Zac. , 8, 3). Esta unidad de culto será el fruto de una revelación divina común a todos los habitantes de la tierra. (Zac. 14, 8).
Como corresponde al triple oficio del Mesías como sacerdote, profeta y rey, debe señalarse que en relación con el reino, las Sagradas Escrituras insisten en tres puntos: (a) será dotado de un nuevo y puliar sistema de sacrificios; (b) va a ser el reino de la verdad poseída por revelación divina; (c) va a gobernarse por una autoridad que emana del Mesías.
. Con relación al primero de estos puntos, el sacerdocio del propio Mesías es afirmado explícitamente (Salmo 109, 4); mientras que se enseña además que el culto que va a inaugurar sustituirá a los sacrificios de la Antigua Ley. Esto está implícito, como nos dice el Apóstol, en el mismo título, "sacerdote según el orden de Melquised"; y la misma verdad se contiene en la predicción de un nuevo sacerdocio que va a ser instituido, sacado de otros pueblos, además de los israelitas (Is., 66, 18), y en las palabras del profeta Malaquías que previó la institución de un nuevo sacrificio que iba a ser ofrido "desde donde sale el sol hasta el ocaso" (Mal. 1,11). Los sacrificios ofridos por el sacerdocio del reino mesiánico van a perdurar tanto como duren el día y la noche (Jer., 33, 20).
. La revelación de la verdad divina bajo la Nueva Alianza confirmada por Jeremías: "He aquí que vienen días, oráculo del Señor, en que yo pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá... y ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano diciendo: Conoced a Yahveh, pues todos ellos me conocerán, del más chico al más grande" (Jer., 31, 31, 34), mientras Zacarías nos asegura que en esos días Jerusalén será conocida como ciudad de la verdad. (Zac., 8,3).
. Los pasajes que predicen que el Reino poseerá un puliar principio de autoridad en el gobierno personal del Mesías son numerosos (vg. Salmos 2; 71; Is., 9,6 y s.); pero en relación con las propias palabras de Cristo es de interés observar que en algunos de esos pasajes la predicción se expresa mediante la metáfora de un pastor guiando y gobernando su rebaño (Ezeq., 34,23; 37, 24-28). Hay que señalar, además, que igual que las profías relativas a la función sacerdotal predicen el nombramiento de un sacerdocio subordinado al Mesías, así las que se refieren a la función de gobierno indican que el Mesías asociará consigo mismo otros "pastores", y ejercerá su autoridad sobre las naciones a través de gobernantes delegados para gobernar en su nombre (Jer. 18, 6; Salmos, 44,17; cf. San Agustín Enarr. in Psalm. 44, no. 32). Otra característica del reino ha de ser la santidad de sus miembros. El camino a ella va a ser llamado "la vía sacra; no pasará por ella el impuro". Los incircuncisos y los impuros no entrarán en la renovada Jerusalén (Is., 35, 8; 52, 1).
La literatura apocalíptica tardía no inspirada de los judíos nos muestra cuán profundamente estas predicciones han influido en sus esperanzas nacionales, y nos explica la intensa exptación entre el pueblo descrita en las narraciones del Evangelio. En estas obras como en las profías inspiradas los rasgos del reino mesiánico presentan dos asptos muy diferentes. Por un lado, el Mesías es un rey davídico que reúne a los dispersos de Israel, y estable en esta tierra un reino de pureza y ausencia de pado (Salmos de Salomón, xvii). El enemigo exterior va a ser sometido (Asunción de Moisés, c.x) y los malvados van a ser juzgados en el valle del hijo de Hinnon (Enoch, xxv, xxvii, xc). Por otro lado, el reino es descrito con características escatológicas. El Mesías es preexistente y divino (Enoch, Simil., xlviii, 3); el reino que establerá va a ser un reino celestial inaugurado por una gran catástrofe cósmica, que separará este mundo (aion outos) del mundo que va a venir (mellon). Esta catástrofe va a estar acompañada de un juicio tanto de los ángeles como de los hombres (Jubileos, x, 8; v, 10; Asunción de Moisés, x,1). Los muertos resucitarán (Salmos de Salomón, iii, 11) y todos los miembros del reino mesiánico se harán semejantes al Mesías (Enoch, Simil., xc, 37). Este doble aspto de las esperanzas judías relativas al Mesías por venir debe tenerse en cuenta, si se quiere comprender el uso por Cristo de la expresión "Reino de Dios". Con fruencia, es cierto, la emplea en un sentido escatológico. Pero mucho más habitualmente la usa para un reino establido en esta tierra - su Iglesia. Estos, en realidad, no son dos reinos, sino uno. El Reino de Dios que se establerá en el último día es la Iglesia en su triunfo final.
III. CONSTITUCIÓN POR CRISTO
El Bautista proclamó la cercanía del Reino de Dios, y de la Era Mesiánica. Mandó a todos los que quisieran compartir sus beneficios que se prepararan mediante la penitencia. Su propia misión, día, era preparar el camino del Mesías. A sus discípulos les indicó a Jesús de Nazaret como el Mesías cuyo advenimiento había dlarado ( Juan, 1, 29-31). Desde el mismo comienzo de su ministerio Cristo sostuvo de manera explícita la pretensión a la dignidad mesiánica. En la sinagoga de Nazaret (Lucas, 4, 21) afirma que las profías se cumplen en su persona; dlara que es más grande que Salomón (Lucas, 11,31), más venerable que el Templo (Mateo,12, 6), Señor del Sábado (Lucas, 6, 5). Juan, dice, es Elías, el prursor prometido (Mateo, 17, 12); y a los mensajeros de Juan les presenta las pruebas de su dignidad mesiánica que ellos le solicitan (Lucas, 7, 22). Pide una fe implícita basada en su misión divina (Juan, 6,29). Su entrada pública en Jerusalén fue la aceptación por todo el pueblo de una afirmación reiterada una y otra vez ante ellos. El tema de toda su predicación es el Reino de Dios que ha venido a establer. San Marcos, describiendo el comienzo de su ministerio, dice que llegó a Galilea diciendo, "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca". Para el reino que estaba incluso entonces establiendo a su alrededor, día, la Ley y los profetas no habían sido sino una preparación (Lucas, 16, 16; cf. Mateo, 4,23; 9, 35; 13, 17; 21, 43; 24, 14; Marcos, 1, 14; Lucas, 4, 43; 8, 1; 9, 2; 18, 17).
Cuando uno se pregunta qué es este reino del que Cristo habló, sólo puede haber una respuesta. Es su Iglesia, la sociedad de los que aceptan su misión divina, y admiten su derecho a (exigir) obediencia a la fe que Él proclamó. Toda su actividad está dirigida al establimiento de tal sociedad: la organiza y nombra a sus gobernantes, estable ritos y ceremonias en ella, traslada a ella el nombre que hasta entonces había designado a la Iglesia Judía., y advierte solemnemente a los judíos que el reino ya no es suyo, sino que se les ha quitado y dado a otro pueblo. Los diversos pasos dados por Cristo en la organización de la Iglesia se trazan por los evangelistas. Se le presenta como reuniendo a numerosos discípulos, aunque selcionando doce de ellos para ser sus compañeros de manera espial. Estos comparten su vida. A ellos revela las partes más ocultas de su doctrina. (Mateo, 13,11). Les envía como sus delegados a predicar el reino, y les concede el poder de hacer milagros. Todos están obligados a aceptar su mensaje; y los que rehúsen escucharles se enfrentarán a un destino más terrible que el de Sodoma y Gomorra (Mateo, 10, 1-15). Los autores sagrados hablan de estos doce discípulos elegidos de manera que indican que son vistos como formando un órgano coltivo. En varios pasajes son llamados "los doce" incluso cuando el nombre, entendido literalmente, sería inexacto. El nombre se les aplica cuando se han reducido a once por la defción de Judas, en una ocasión cuando sólo diez de ellos están presentes, y nuevamente tras el nombramiento de San Pablo que ha aumentado su número a tre (Lucas, 24, 33; Juan, 20,24; I Cor., 15, 5; Apoc., 21, 14).
En esta constitución del Apostolado Cristo pone el fundamento de su Iglesia. Pero no es hasta que la actitud del judaísmo oficial le ha hecho manifiestamente imposible esperar que la Iglesia judía admitiría su pretensión cuando ordena la Iglesia como un organismo independiente de la sinagoga y teniendo una administración propia. Después de que la ruptura se haya definido, convoca a los Apóstoles y les habla de la acción judicial de la Iglesia, distinguiendo, de manera inconfundible, entre el individuo privado que emprende la tarea de la corrción fraterna, y la autoridad lesiástica facultada para pronunciar una sentencia judicial (Mateo, 18, 15-17). A la jurisdicción así conferida otorga una sanción divina. Una sentencia pronunciada así, asegura a los Apóstoles, será ratificada en el cielo. Un paso ulterior fue el nombramiento de San Pedro para ser el jefe de los doce. Había sido designado ya para esta posición (Mateo, 16, 15 y ss.) en una ocasión previa a la ahora mencionada: en Cesarea de Filipo, Cristo le había dlarado que él sería la roca sobre la que edificaría su Iglesia, afirmando así que la continuidad y desarrollo de la Iglesia se basaría en el cargo creado en la persona de Pedro. A él, además se le dieron las llaves del Reino de los Cielos-una expresión que significaba la concesión de una plena autoridad (Is., 22, 22). La promesa así hecha fue cumplida tras la Resurrción, en la ocasión narrada en Juan, 21. Aquí Cristo emplea un símil usado en más de una ocasión por Él mismo para designar su propia relación con los miembros de su Iglesia - la del pastor y su rebaño. Su solemne encargo, "Apacienta mis ovejas", constituyó a Pedro en pastor común de todo el rebaño en su conjunto.(Para una consideración adicional de los textos petrinos ver el artículo PRIMACÍA) A los doce Cristo encomendó la tarea de extender el reino entre todas las naciones, instituyendo el rito del bautismo como único medio de admisión a una participación en sus privilegios (Mateo, 28, 19).
En el curso de este artículo se dedicará una detallada consideración a las principales características de la Iglesia. La enseñanza de Cristo sobre este punto puede ser brevemente resumida aquí. Va a ser un reino gobernado en su ausencia por hombres (Mateo, 18,18; Juan, 21, 17). Es por tanto una teocracia visible; y será la sustituta de la teocracia judía que le ha rhazado (Mateo, 21, 43). En ella, hasta el día del juicio, los malos se mezclarán con los buenos (Mateo, 13, 41). Su alcance será universal (Mateo, 28, 19), y su duración, hasta el fin de los tiempos (Mateo, 13, 49); todos los poderes que se le opongan serán aniquilados (Mateo, 21, 44). Además, será un reino sobrenatural de verdad, en el mundo, aunque no de él (Juan, 28, 36). Será único e indiviso, y esta unidad testimoniará ante todos los hombres que su fundador venía de Dios (Juan, 17, 21).
Ha de observarse que ciertos críticos rientes discuten las posiciones mantenidas en los párrafos predentes. Niegan del mismo modo que Cristo proclamara ser el Mesías, y que el reino del que hablaba fuera su Iglesia. Así, con respto a la afirmación de la dignidad mesiánica de Cristo, dicen que Cristo no dlara ser Él mismo el Mesías en su predicación: que manda a los posesos que lo proclaman el Hijo de Dios que se callen: que el pueblo no sosphaba su carácter mesiánico, sino que formulaba diversas hipótesis extravagantes sobre su personalidad. Es manifiestamente imposible dentro de los límites de este artículo entrar en una discusión detallada de estos puntos. Pero, a la luz del testimonio de los pasajes arriba citados, se verá que esa postura es completamente insostenible. En relación con el Reino de Dios, muchos de los críticos sostienen que la concepción habitual judía era totalmente escatológica, y que las referencias de Cristo a él deben interpretarse así de una vez por todas. Esta opinión hace inexplicables los numerosos pasajes en que Cristo habla del reino como algo presente, y además implica un error respto a la naturaleza de las esperanzas judías, que, como se ha visto, junto a rasgos escatológicos, contenían otros de carácter diferente. Harnack (What is Christianity? p.62) sostiene que en su significado íntimo el reino tal como lo concebía Cristo es "un beneficio puramente religioso, el lazo interno del alma con el Dios vivo". Tal interpretación no puede en manera alguna conciliarse con las dlaraciones de Cristo sobre el asunto. Todo el tenor de sus expresiones es insistir en el concepto de una sociedad teocrática.
La Iglesia tras la Ascensión
La doctrina de la Iglesia tal como se establió por los Apóstoles después de la Ascensión es en todos los resptos idéntica a la enseñanza de Cristo arriba descrita. San Pedro, en su primer sermón, pronunciado el día de Pentostés, dlara que Jesús de Nazaret es el rey mesiánico (Hhos, 2, 36). El medio de salvación que indica es el bautismo; y por el bautismo sus conversos se agregan a la sociedad de los discípulos (2, 41). Aunque en estos días los cristianos aún asistían a los servicios del Templo, aun así desde el principio la fraternidad de Cristo formó una sociedad esencialmente distinta de la sinagoga. La razón por la que San Pedro manda a su oyentes que acepten el bautismo no es otra que la de que ellos pueden "salvarse de esta generación incrédula". Dentro de la sociedad de creyentes no sólo estaban unidos los miembros por ritos comunes, sino que el lazo de unidad era tan estrho como para producir en la Iglesia de Jerusalén ese estado de cosas en el que los discípulos tenían todas las cosas en común (2, 44).
Cristo había dlarado que su reino se extendería entre todas las naciones, y había encargado la ejución de la tarea a los doce (Mateo, 28, 19). Aun así la misión universal de la Iglesia no se reveló sino gradualmente. En realidad San Pedro hace mención de ello desde el principio (Hhos, 2, 39). Pero en los primeros años la actividad apostólica se limita a solo Jerusalén. De hecho una antigua tradición (Apolonio, citado por Eusebio "Hist. cl.", V, xvii, y Clem. Alex., "Strom.", VI, v, en P.G. IX, 264) afirma que Cristo había ordenado a los Apóstoles esperar doce años en Jerusalén antes de dispersarse para llevar su mensaje a otras partes. El primer progreso notable ocurre como consuencia de la persución que se produjo tras la muerte de Esteban en el año 37. Esta fue la ocasión de predicar el Evangelio a los samaritanos, un pueblo excluido de los privilegios de Israel, aunque ronocedor de la Ley Mosaica (Hhos, 8,5). Una expansión aún ulterior resultó de la revelación que ordenó a San Pedro admitir al bautismo a Cornelio, un gentil piadoso, esto es, simpatizante con la religión judía pero no circuncidado. Desde este momento en adelante la circuncisión y la observancia de la Ley no fueron una condición requerida para la incorporación a la Iglesia. Pero el paso final de admitir a los gentiles que no habían tenido previa relación con la religión de Israel, y habían pasado su vida en el paganismo, no se dio hasta más de quince años después de la Ascensión de Cristo; no se produjo, al parer, antes del día descrito en Hhos, 13, 46, cuando en Antioquía de Pisidia, Pablo y Bernabé anunciaron que puesto que los judíos se juzgaban indignos de la vida eterna ellos "se volvían a los gentiles".
En la enseñanza apostólica el término Iglesia, desde el mismo principio, toma el lugar de la expresión Reino de Dios (Hhos, 5, 11). La mayor idoneidad del primer nombre era evidente donde, además de los judíos otros estaban concernidos; pues Reino de Dios tenía espial relación con las creencias judías. Pero el cambio de título sólo enfatiza la unidad social de los miembros. Son la nueva congregación de Israel -el estado teocrático: son el pueblo (laos) de Dios (Hhos, 15, 14; Rom., 9, 25; II Cor., 6, 16; I Pedro, 2, 9 y s.; Hebr., 8, 10; Apoc., 18, 4; 21, 3). Por su admisión en la Iglesia, los gentiles se han injertado en ella y forman parte del olivo fructífero de Dios, mientras que el apóstata Israel ha sido separado (Rom., 11, 24). San Pablo, escribiendo a sus conversos gentiles de Corinto, denomina a la antigua Iglesia Hebrea "nuestros padres" (I Cor. 10,1). En realidad de vez en cuando se emplea la terminología anterior, y el mensaje del Evangelio es llamado predicación del Reino de Dios (Hhos, 20, 25; 28, 31).
En la Iglesia los Apóstoles ejercían ese poder regulador del que Cristo les había dotado. No era una masa caótica, sino una verdadera sociedad que poseía una vida coltiva, y organizada en diversos órdenes. La evidencia muestra que los doce han tenido (a) un poder de jurisdicción, en virtud del cual ejercieron una autoridad legislativa y judicial, y (b) una función de magisterio para enseñar la revelación divina a ellos confiada. Así (a) encontramos a San Pablo regulando con autoridad el orden y disciplina de las iglesias. No aconseja; ordena (I Cor. , 11, 34; 26, 1; Tito, 1, 5). Pronuncia sentencias judiciales (I Cor., 5, 5; II Cor., 2, 10), y sus sentencias, como las de los demás apóstoles, riben a ves la solemne sanción del castigo milagroso (I Tim., 1, 20; Hhos, 5, 1-10). De manera similar ordena a su delegado Timoteo que oiga las causas incluso de sacerdotes y reprenda, a la vista de todos, a los que pan (I Tim., 19 y s.). (b) Con carácter no menos definido afirma que el Apostolado lleva consigo una autoridad doctrinal, que todos están obligados a ronocer. Dios les ha enviado, afirma, a predicar "la obediencia de la fe" (Rom., 1, 5; 15, 18). Aún más, su deseo expresado solemnemente, de que incluso si un ángel del cielo fuera a predicar una doctrina distinta de la que él había predicado a los gálatas, fuera considerado anatema (Gal., 1, 8), implica una pretensión de infalibilidad en la enseñanza de la verdad revelada. Aunque todo el Colegio Apostólico disfrutaba de este poder en la Iglesia, San Pedro apare siempre en la posición de primacía que Cristo le asignó. Es San Pedro quien ribe en la Iglesia a los primeros conversos, tanto del judaísmo como del paganismo (Hhos, 2, 41; 10, 5 y s.), quien obra el primer milagro (Hhos, 3, 1 y s.), quien inflige la primera pena lesiástica (Hhos, 5, 1 y ss.). Es Pedro quien expulsa de la Iglesia al primer hereje, Simón el Mago (Hhos, 8, 21), quien realiza la primera visita apostólica a las iglesias (Hhos, 9, 32), y quien pronuncia la primera disión dogmática (Hhos, 15, 7). (Ver Schanz, III, p. 460). Tan indiscutible era esta posición que cuando San Pablo está a punto de emprender la obra de predicar a los paganos el Evangelio que Cristo le había revelado, consideró nesario obtener el ronocimiento de Pedro (Gal., 1, 18). Por más que esto no fuera nesario, por la aprobación de Pedro era definitivo.
IV. ORGANIZACIÓN POR LOS APÓSTOLES
Pocos asuntos han sido más debatidos durante el pasado medio siglo que la organización de la primitiva Iglesia. El presente artículo no puede tratar todo esta amplia materia. Su ámbito se limita a un solo punto. Se hará un esfuerzo por valorar la información existente respto de la propia época apostólica. Más allá se ilustra la cuestión mediante una consideración de la organización que se descubre como existente en el periodo inmediatamente posterior a la muerte del último Apóstol. (Ver OBISPO). La evidencia independiente derivada del análisis de cada uno de esos periodos, se encontrará, en opinión de este autor, cuando se sopese con imparcialidad, que produce resultados similares. Así las conclusiones aquí avanzadas, además y por encima de su valor intrínso, obtienen apoyo en el testimonio independiente de otra serie de autoridades que tienden en todo lo esencial a confirmar su exactitud. La cuestión en litigio es si los Apóstoles establieron o no en las comunidades cristianas una organización jerárquica. Todos los estudiosos católicos, junto con unos pocos protestantes, sostiene que así lo hicieron. La opinión opuesta es mantenida por los racionalistas críticos, junto con la mayoría de los protestantes.
Al considerar la evidencia del Nuevo Testamento sobre el asunto, apare enseguida que hay una marcada diferencia entre el estado de cosas revelado en los escritos tardíos del Nuevo Testamento, y la que apare en los de fecha más temprana. En los escritos más antiguos encontramos sólo escasa mención de una organización oficial. Tales posiciones oficiales que pueden haber existido parerían haber tenido menor importancia en presencia de los carismas milagrosos (vid.) del Espíritu Santo concedidos a individuos, y capacitándolos para actuar como órganos de la comunidad en diversos grados. San Pablo en sus primeras Epístolas no tiene mensajes para los obispos o diáconos, aunque las circunstancias de las que se ocupó en las Epístolas a los Corintios y en la de los Gálatas parerían sugerir una referencia a los gobernantes locales de la Iglesia. Cuando enumera las diversas funciones a las que Dios ha llamado a los diversos miembros de la Iglesia, no nos da una lista de cargos de la Iglesia. "Dios", dice, "los puso en la Iglesia, primeramente como apóstoles, en segundo lugar como profetas, en tercer lugar como maestros [didaskaloi]; luego el poder de los milagros; luego el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas" (I Cor., 15, 28). Esta no es una lista de designaciones oficiales. Es una lista de "carismas"concedidos por el Espíritu Santo, que habilitan al que los ribe para llevar a cabo una función espial. El único término que constituye una excepción a esto es el de apóstol. Aquí la palabra se usa indudablemente en el sentido en el que significa los doce y San Pablo sólo. Así aplicada el Apostolado era una función distinta, que implicaba una misión personal ribida del propio Señor Resucitado (I Cor., 1,1; Gal., 1,1).Tal posición daba con mucho un carácter tan espial a los que la ribían como para ser colocados en cualquier otra categoría. El término podía en realidad usarse con sentido más amplio. Se utiliza para Bernabé (Hhos, 14,13) y para Andrónico y Junia, parientes de San Pablo (Rom., 16, 7). En este sentido amplio es aparentemente equivalente a evangelista (Efes., 4,11; II Tim., 4, 5) y designa a los "hombres apostólicos", que, como los Apóstoles, iban de sitio en sitio trabajando en nuevos campos, pero que habían ribido su encargo de ellos, y no de Cristo en persona. (Ver APÓSTOLES).
Los "profetas", la segunda categoría mencionada, eran hombres a quienes se les concedía hablar de vez en cuando bajo la influencia dirta del Espíritu Santo como reptores de inspiración sobrenatural (Hhos, 13, 2; 15, 23; 21, 11; etc.). Por la naturaleza del caso el ejercicio de tal función sólo podía ser ocasional. El "carisma" de los "doctores" (o maestros) difería del de los profetas, en que podía usarse continuamente. Habían ribido el don de la visión inteligente de la verdad revelada, y la facultad de impartirla a los demás. Es manifiesto que los que poseían tal facultad deben haber ejercido una función de vital importancia para la Iglesia en esos primeros días, cuando las comunidades cristianas consistían en tan gran medida de conversos rientes. Los demás "carismas" mencionados no exigen espial atención. Pero los profetas y los maestros paren haber tenido importancia como órganos de la comunidad, lipsando la del mi
Iglesia Latina
La palabra Iglesia (clesia) se utilizó en su primer sentido para expresar la entera congregación de la Cristiandad Católica unida en una Fe, obediendo a una jerarquía en comunión consigo misma. Este es el sentido de Mateo, 16,18; 18,17; Efesios 5,25-27 y otros. En este sentido es en el que hablamos de la Iglesia sin calificación, dimos que Cristo fundó una Iglesia, y así sucesivamente. Pero la palabra se aplica constantemente a los diversos elementos individuales de esta unión. Como el conjunto es la Iglesia, la Iglesia Universal, así lo son sus partes las Iglesias de Corinto, Asia, Francia, etc. Esta segunda acepción de la palabra también apare en el Nuevo Testamento (Hhos, 15,41; II Corintios, 11,28; Apocalipsis, 1, 4,11, etc.) Entonces cualquier porción que forme una unidad subsidiaria en sí misma puede ser llamada Iglesia local. La parte más pequeña es una diócesis-así hablamos de la Iglesia de París, de Milán, de Sevilla. Por encima de estas aún agrupamos provincias metropolitanas y secciones nacionales como unidades, y hablamos de la Iglesia de África, de Galia, de España. La expresión "Iglesia de Roma", debe señalarse que, aunque aplicada comúnmente por los no-católicos al conjunto de los católicos, sólo puede usarse corrtamente en este sentido sundario para la diócesis local (o posiblemente la provincia) de Roma, madre y maestra de todas las Iglesias. Un católico alemán no es, hablando con propiedad, miembro de la Iglesia de Roma sino de la Iglesia de Colonia, o de Munich-Freising, o de cualquiera que sea, en comunión y bajo la obediencia de la Iglesia de Roma (aunque, sin duda, por una ulterior extensión Iglesia Romana puede usarse como equivalente a Iglesia Latina para el patriarcado). La palabra es también utilizada muy comúnmente para las aún mayores porciones que están unidas bajo los patriarcas, esto es, para los patriarcados. En este sentido es en el que hablamos de Iglesia Latina. La Iglesia Latina es simplemente esa vasta porción del conjunto católico que obede al patriarca latino, que se somete al Papa, no sólo en asuntos papales, sino también en los patriarcales. Se distingue así de las Iglesias Orientales (sean católicas o cismáticas) que representan los otros cuatro patriarcados (Constantinopla, Alejandría, Antioquia y Jerusalén) y cualquiera de las fracciones separadas de ellas. El patriarcado latino siempre ha sido considerablemente más amplio. Ahora, dado que la mayor parte de la Cristiandad Oriental ha caído en el cisma, y dado que nuevas y vastas tierras han sido colonizadas, conquistadas o (parcialmente) convertidas por latinos (América, Australia, etc.), la parte latina de la Iglesia Católica apare tan enorme comparada con las otras que mucha gente cree que todo el que está en comunión con el Papa es un latino. Este error es promovido por la teoría de la rama anglicana que supone que la situación sea que la Iglesia Oriental ya no está en comunión con Roma. Contra esto debemos rordar siempre, y cuando sea nesario señalar, que la constitución de la Iglesia Católica es aún esencialmente la que era en tiempos del Segundo Concilio de Nicea (787; ver también el canon 21 del IV de Constantinopla en 869 en "Corp. Jur.can.", dist xxii,c.vii) A saber, hay aún los cinco patriarcados, de los que la Iglesia Latina es sólo uno, aunque una tan gran parte de los orientales se hallan separado. Las Iglesias Orientales, por pequeñas que sean, aún representan a la antigua Cristiandad católica del Oriente en unión con el Papa, obediéndole como Papa, aunque no como su patriarca. Todos los latinos son católicos, pero no todos los católicos son latinos. La antigua frontera pasaba justo al este de Macedonia, Gria (el Ilírico fue rlamado después por Constantinopla), y Creta, y cortaba África al oeste de Egipto. Todo lo que estaba al oeste de esto era la Iglesia Latina.
Ahora debemos añadir a Europa Occidental todas las nuevas tierras ocupadas por europeos occidentales, para formar el enorme patriarcado latino actual. En todo este vasto territorio el Papa reina como patriarca tanto como por su suprema posición como cabeza visible de la Iglesia entera, con la excepción de pequeñísimos restos de otras prácticas (Milán, Toledo, y los bizantinos del sur de Italia), su Rito Romano es usado en todas partes según el principio general de que el rito sigue al patriarcado, que los obispos locales utilizan el rito de su patriarca. Las prácticas medievales de Occidente (París, Sarum, y otras), que en una época la gente promovió mucho con fines de controversia, no eran en ningún sentido ritos realmente independientes, como lo son los restos de la práctica galicana en Milán y Toledo. Fueron sólo modificaciones locales muy ligeras del Rito Romano. De esta concepción deducimos que la práctica desaparición del rito galicano, pese a lo mucho que los arqueólogos puedan lamentarlo, se justifica por el principio general de que el rito debe seguir al patriarcado. La uniformidad de rito en toda la Cristiandad no ha sido nunca un ideal entre los católicos; pero la uniformidad en cada patriarcado sí lo es. Deducimos también que la sugestión, ocasionalmente hecha por anglicanos destacados, de una Iglesia Anglicana "Uniata" con su propio rito y hasta cierto punto sus propias leyes (por ejemplo, con un clero casado) es absolutamente opuesta a la antigüedad y al Derecho Canónico consuente. Inglaterra es muy ciertamente parte del patriarcado latino. Cuando los anglicanos vuelvan a la antigua fe se encontrarán sujetos al Papa, no sólo como cabeza de la Iglesia sino también como patriarca. Como parte de la Iglesia Latina, Inglaterra debe someterse al Derecho Canónico latino y al Rito Romano tanto como Francia o Alemania. La comparación con los católicos de Rito Oriental se basa en una errónea concepción de la situación en su conjunto. Se deduce también que la expresión católico latino ( o incluso romano) está bastante justificada, ya que expresamos por ella que no sólo somos católicos, sino también miembros del patriarcado latino o romano. Un católico de rito oriental por otra parte es un católico bizantino, o armenio o maronita. Pero una persona que está en cisma con la Santa Sede no se admite, por supuesto, por los católicos que sea católico en absoluto.
ADRIAN FORTESCUE
Transcrito por Michael C. Tinkler
Traducido por Francisco Vázquez
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