Hístoria de la Teología Dogmática
El imponente edificio de la teología católica no se ha erigido por naciones y hombres individuales, sino más bien por los esfuerzos combinados de todas las naciones y teólogos de todos los siglos. Nada puede estar más en desacuerdo con el carácter esencial de la teología que un esfuerzo por imponerle el sello del nacionalismo: como la propia Iglesia Católica, la teología debe ser internacional. En la historia de la teología dogmática, como en la historia de la Iglesia, se pueden distinguir tres periodos:
* el patrístico
* el medieval
* el moderno
El periodo patrístico (hacia 100-800)
Los Grandes Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos de los primeros 800 años rindieron importantes servicios por su demostración positiva y su tratamiento espulativo de la verdad dogmática. Son los Padres los que son honrados por la Iglesia como sus principales teólogos, al sobresalir como lo hicieron en pureza de fe, santidad de vida y plenitud de sabiduría, virtudes que no siempre se encuentran en los que son conocidos como escritores eclesiásticos. Tertuliano (nacido hacia 160), que murió como montanista, y Orígenes (muerto en 254), que mostró una marcada tendencia hacia el Helenismo, se desviaron mucho del camino de la verdad. Pero incluso algunos de los Padres, por ejemplo, San Cipriano (muerto en 258) y San Gregorio de Nisa, se desviaron en puntos concretos; el primero respto al bautismo de los herejes, el segundo en la cuestión de la apocatástasis. No fue tanto en las escuelas catequéticas de Alejandría, Antioquía y Edesa como en la lucha contra las grandes herejías de la época donde se desarrolló la teología patrística. Esto sirve para explicar el carácter de la literatura patrística, que es apologética y polémica, parenética y ascética, con riqueza de sabiduría exegética en cada página; pues las raíces de la teología están en la Biblia, espialmente en los Evangelios y en las Epístolas de San Pablo. Aunque no era la intención de los Padres dar un tratado metódico y sistemático de teología, no obstante, manejaron de manera tan completa los grandes dogmas desde los puntos de vista positivo, espulativo y apologético, que pusieron los fundamentos permanentes para los siglos venideros. Möhler bastante justamente llama la atención sobre el hecho de que en los escritos de los Padres Apostólicos pueden encontrarse todos los modos de tratamiento: el estilo apologético está representado por la carta de Diogneto y las cartas de San Ignacio; el dogmático en el pseudo Bernabé; el moral, en el Pastor de Hermas; el derecho canónico, en la carta de San Clemente de Roma; la historia de la iglesia, en las actas del martirio de Policarpo e Ignacio. Debido a la inesperada ruperación de manuscritos perdidos podemos añadir: el estilo litúrgico, en la Didaché; el catequético en la "Prueba de la predicación apostólica" de San Ireneo.
Aunque las diferentes épocas de la edad de la patrística se solapan unas a otras, puede dirse en general que el estilo apologético predominó en la primera época hasta Constantino el Grande, mientras que en la segunda época, es dir, hasta los tiempos de Carlomagno, prevalió la literatura dogmática. Aquí sólo podemos trazar en sus líneas más generales esta actividad teológica, dejando a la patrología la discusión de los detalles literarios.
Cuando los escritores cristianos salieron a la palestra contra el Paganismo y el Judaísmo, les esperaba una doble tarea: tenían que explicar las principales verdades de la religión natural, tales como Dios, el alma, la creación, la inmortalidad y la libertad de la voluntad; al mismo tiempo tenían que defender los principales misterios de la fe cristiana, como la Trinidad, la Encarnación, etc., y tenían que probar su sublimidad, su belleza, y su conformidad con la razón. El grupo de leales paladines que lucharon contra el politeísmo y la idolatría paganos es muy extenso: Justino, Atenágoras, Taciano, Teófilo de Antioquía, Hermias, Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes, Cipriano, Minucio Félix, Comodiano, Arnobio, Lactancio, Prudencio, Firmicio Materno, Eusebio de Cesarea, Atanasio, Gregorio de Nacianzo, Cirilo de Alejandría, Nilo, Teodoreto, Orosio y Agustín. Los escritores más eminentes en la lucha contra el Judaísmo fueron: Justino, Tertuliano, Hipólito, Cipriano, Atanasio, Gregorio de Nisa, Epifanio, Crisóstomo, Cirilo de Alejandría, Isidoro de Sevilla. Los ataques de los Padres no se dirigían, naturalmente, a la religión israelita del Antiguo Testamento, que era una religión revelada, sino a la obstinación de aquellos judíos que, adhiriéndose a la letra muerta de la Ley, rehusaban ronocer el espíritu profético del Antiguo Testamento.
Pero mucho mayor provho resultó del conflicto con las herejías de los primeros ocho siglos. Como el pedernal, cuando se golpea con el acero, despide luminosas chispas, así el dogma, en su choque con la enseñanza herética, arrojó nueva y maravillosamente brillante luz. Como los errores eran legión, era natural que en el curso de los siglos todos los dogmas principales fueran tratados, uno por uno, en monografías que establían su veracidad y les proporcionaban una base filosófica. La lucha de los Padres contra el Gnosticismo, el Maniqueísmo y el Priscilianismo no sólo sirvió para presentar a una luz más clara la esencia de Dios, la creación o el problema del mal; además aseguró los verdaderos principios de la fe y la autoridad de la Iglesia contra las aberraciones heréticas. En la inmensa lucha contra el Monarquianismo, el Sabelianismo y el Arrianismo se concedió una oportunidad a los Padres y a los concilios uménicos para determinar el verdadero significado del dogma de la Trinidad, asegurarla por todos los lados y extraer, por espulación, su genuino sentido. Cuando estalló la disputa con el Eunomianismo, los fuegos de la crítica teológica y filosófica purificaron la doctrina sobre Dios y nuestro conocimiento de Él, tanto terrenal como celestialmente. De interés universal fueron las disputas cristológicas, que, comenzando con el surgimiento del Apolinarismo, alcanzaron su clímax en el Nestorianismo, Monofisismo y Monotelismo, y revivieron una vez más en el Adopcionismo. En esta larga y amarga contienda, la doctrina sobre la persona de Cristo, sobre la Encarnación y la Redención, y en relación con ella también la Mariología, se colocaron sobre un fundamento permanente y seguro, del que la Iglesia no se ha separado ni la anchura de un cabello en épocas posteriores. Como paladines orientales en la disputa sobre la Trinidad y la Cristología puede mencionarse a los siguientes: los grandes alejandrinos, Clemente, Orígenes, y Dídimo el Ciego; el heroico Atanasio y los tres capadocios (Basilio, Gregorio de Nacianzo y Gregorio de Nisa); Cirilo de Alejandría y Leoncio de Bizancio; finalmente, Máximo el Confesor y Juan Damasceno. En Occidente los principales fueron: Tertuliano, Cipriano, Hilario de Poitiers, Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Fulgencio de Ruspe, y los dos Papas, León I y Gregorio I. Tal como la disputa con el Pelagianismo y el Semipelagianismo purificó los dogmas sobre la gracia y la libertad, la providencia y la predestinación, el pado original y la condición de nuestros primeros padres en el Paraíso, así de manera similar las disputas con los donatistas subrayaron más clara y fuertemente la doctrina de los sacramentos (bautismo), la constitución jerárquica de la Iglesia, su magisterium o autoridad para enseñar, y su infalibilidad. En todas estas luchas fue siempre Agustín el que dirigió con valor indomable, y junto a él vino Optato de Milevo y una larga línea de devotos discípulos. La última disputa se resolvió en el Segundo Concilio de Nicea (787); fue en esta lucha donde, bajo la dirción de San Juan Damasceno, se pusieron las bases científicas para la comunión de los santos, la invocación de los santos, la veneración de las reliquias y las santas imágenes.
Desde esta breve persptiva puede verse que las enseñanzas dogmáticas de los Padres son una colción de monografías más que una exposición sistemática. Pero los Padres excavaron el terreno y suministraron el material para erigir después el sistema. En el caso de algunos de ellos hay signos evidentes de un intento de sintetizar el dogma en un conjunto orgánico y completo. Ireneo (Contra las Herejías, III-V) muestra huellas de tal tendencia; la bien conocida trilogía de Clemente de Alejandría (muerto en 217) marca un progreso en la misma dirción; pero el esfuerzo más exitoso de la antigüedad cristiana para sistematizar los principales dogmas de la fe fue hecho por Orígenes en su obra "De principiis", que desgraciadamente está desfigurada por serios errores. Su obra contra Celso, por otro lado, es un clásico de la apologética y de valor duradero. Gregorio de Nisa (muerto en 394), diestro en cuestiones filosóficas y de la misma tendencia de opinión que Orígenes, se esforzó en su "Tratado Catequético Amplio" (logos kathetikos ho megas) en relacionar en una visión sintética extensa los dogmas fundamentales de la Trinidad, la Encarnación y los Sacramentos. De la misma manera, aunque algo fragmentariamente, Hilario (muerto en 366) desarrolló en su valiosa obra "De Trinitate" las principales verdades del Cristianismo. Las instrucciones catequéticas de San Cirilo de Jerusalén (muerto en 386) espialmente sus cinco tratados mistagógicos, sobre el Credo de los Apóstoles y los tres sacramentos de Bautismo, Confirmación y la Sagrada Eucaristía, contienen un tratado dogmático casi completo. San Epifanio (muerto en 496), en sus dos obras "Ancoratus" y "Panarium", aspiró a un tratado dogmático completo, y San Ambrosio (muerto en 397) en sus principales obras "De fide", "De Spiritu S.", "De incarnatione", "De mysteriis", "De poenitentia" trató magistralmente y en latín clásico los principales puntos del dogma, aunque sin ningún intento de una síntesis unificadora. Con respto a la Trinidad y a la Cristología, San Cirilo de Alejandría (muerto en 444) es incluso hoy un modelo de teólogos dogmáticos. Aunque todos los escritos de San Agustín (muerto en 430) son una mina inagotable, aun así ha escrito una o dos obras, como el "De fide et symbolo" y el "Enchiridium" que pueden ser llamados justamente compendios de teología dogmática y moral. Su obra espulativa "De Trinitate" no ha sido superada. Su discípulo Fulgencio de Ruspe (muerto en 533) escribió una extensa y completa confesión de fe bajo el título "De fide ad Petrum, seu regula rtæ fidei", un verdadero tesoro para los teólogos de su época.
Hacia el fin de la Época Patrística Isidoro de Sevilla (muerto en 636) en Occidente y Juan Damasceno (nacido hacia 700) en Oriente prepararon el terreno para un tratamiento sistemático de la teología dogmática. Siguiendo de cerca las enseñanzas de San Agustín y San Gregorio Magno, San Isidoro propuso roger todos los escritos de los primeros Padres y transmitirlos como priada herencia a la posteridad. Los resultados de esta empresa fueron los "Libri III sententiarum seu de summo bono". Tajón de Zaragoza (650) tuvo la misma finalidad en vista en sus "Libri V sententiarum". La obra de San Juan Damasceno (muerto después de 754) fue culminada con un éxito mayor aún; pues no sólo reunió las enseñanzas y opiniones de los Padres griegos, sino que por haberlos abreviado en un conjunto sistemático mere ser llamado el primero y el único escolástico entre los griegos. Su obra principal, que se divide en tres partes, se titula: "Fons scientiæ" (pege gnoseos), porque pretendía ser la fuente, no meramente de la teología, sino de la filosofía y de la historia de la Iglesia también. La tercera o parte teológica, conocida como "Expositio fidei orthodoxæ" (ekthesis tes orthodoxou pisteos), es una excelente combinación de teología escolástica y positiva, y tiende a la perfción tanto al establer como al elucidar la verdad. La teología griega nunca ha ido más allá de San Juan Damasceno, una detención provocada principalmente por el cisma de Focio (869). El único griego anterior a él que había producido un sistema completo de teología fue el Pseudo-Dionisio el Areopagita, en el Siglo V; pero fue más popular en Occidente, al menos desde el Siglo VIII, que en Oriente. Aunque insertó abiertamente pensamientos y frases neoplatónicos en el genuino sistema católico, no obstante disfrutó una reputación sin paralelo entre los grandes escolásticos de la Edad Media porque se suponía que había sido discípulo de los Apóstoles. A pesar de eso, el Escolasticismo no siguió la guía de San Juan Damasceno ni del Pseudo-Dionisio, sino de San Agustín, el mayor de los Padres. El pensamiento agustiniano discurre como un hilo dorado a través de todo el camino de la filosofía y la teología occidentales. Fue Agustín el que dirigió por todos lados, quien siempre señaló el camino corrto, y cuya dirción buscaron todas las escuelas. Incluso los herejes trataron de reforzar sus errores con la fuerza de su reputación. Hoy su grandeza es ronocida y cada vez más apriada, conforme la investigación espializada profundiza más en sus obras y revela su genio. Como señala Scheeben: "sería fácil compilar a partir de sus obras un rico sistema de teología dogmática". No podemos dejar de admirar la habilidad con que siempre trató de Dios, como principio y fin de todas las cosas, en la posición central, incluso donde se vio obligado a abandonar opiniones anteriores que había encontrado eran insostenibles. El mundo anglófono puede estar orgulloso de Beda el Venerable (muerto en 735), un contemporáneo de San Juan Damasceno. Debido a su inusualmente sólida educación en teología, su extenso conocimiento de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, es el enlace que une la patrística con la historia de la teología medieval.
La Edad Media (800-1500)
Los comienzos del Escolasticismo pueden rastrearse ya en los tiempos de Carlomagno (muerto en 814). Desde aquí progresó en un desarrollo crientemente acelerado hasta la época de Anselmo de Canterbury, Bernardo de Claraval y Pedro Lombardo, y desde entonces hasta su pleno desarrollo en la Edad Media (primera época, 800-1200).El periodo más brillante del Escolasticismo abarca aproximadamente 100 años (segunda época, 1200-1300), y con ella se relacionan los nombres de Alejandro de Hales, Alberto Magno, Buenaventura, Tomás de Aquino y Duns Escoto. Desde el comienzo del siglo XIV, debido al predominio del Nominalismo y a la lamentable situación de la Iglesia, el Escolasticismo comenzó a dlinar (tercera época, 1300-1500)
Primera época: Comienzo y progreso del Escolasticismo (800-1200)
En la primera mitad de esta época, hasta los tiempos de San Anselmo de Canterbury, los teólogos estaban más preocupados de preservar que de desarrollar los tesoros almacenados en los escritos de los Padres. En ninguna parte se cultivaba con mayor industria la ciencia sagrada que en las escuelas catedralicias y monásticas, fundadas y favoridas por Carlomagno. Los primeros signos de un nuevo pensamiento aparieron en el Siglo IX en el curso de las discusiones relativas a la Última Cena (Paschasius Radbertus, Ratramnus, Rabano Mauro). Estas espulaciones fueron llevadas a una mayor profundidad en la segunda controversia eucarística contra Berengario de Tours (muerto en 1088), (Lanfranco, Guitmundo, Alger, Hugo de Langres, etc.). Por desgracia, el único teólogo sistemático de esta época, Escoto Eriúgena (muerto después de 870) era un panteísta confeso, así que el nombre de "Padre del Escolasticismo" que algunos le darían, es totalmente inmerido. Pero el que mere plenamente este título es San Anselmo de Canterbury (muerto en 1109). Pues fue el primero en aportar una aguda lógica a interesarse en los principales dogmas del Cristianismo, el primero en revelar y explicar su significación con todo detalle, y diseñar un plano científico para el majestuoso edificio de la teología dogmática. Tomando lo sustancial de su doctrina de Agustín, San Anselmo, como filósofo, no fue tanto discípulo de Aristóteles como de Platón, en cuyos magistrales diálogos se había instruido a fondo. Otro pilar de la Iglesia fue San Bernardo de Claraval (muerto en 1153), el "Padre del Misticismo". Aunque mayoritariamente autor de obras ascéticas con tendencia mística, utilizó las armas de la teología científica contra el Racionalismo de Abelardo y el Realismo exagerado de Gilberto de la Porrée. Los escolásticos de las generaciones sucesivas se basaron en la doctrina de Anselmo y Bernardo, y su espíritu fue el que animó los esfuerzos teológicos de la Universidad de París. Menos destacados, aunque dignos de ser mencionados, son: Ruperto de Deutz, Guillermo de Thierry, Gaufredo y otros.
Los primeros intentos de un sistema teológico pueden verse en los así llamados "Libros de Sentencias", colciones e interpretaciones de citas de los Padres, más espialmente de San Agustín. Uno de los primeros de estos libros es la "Summa sententiarum" de Hugo de San Víctor (1141). Sus obras se caracterizan desde el principio al fin por una estrha adhesión a San Agustín y, según el veredicto de Scheeben, aún pueden incluso servir como guía para los principiantes en la teología de San Agustín. Menos alabanza mere la obra similar de Robert Pulleyn (muerto en 1146), que es descuidado en la ordenación de la materia y confunde las diversas cuestiones que trata. Pedro Lombardo, llamado el "Magister Sententiarum" (muerto en 1164), por otro lado, se sitúa muy por encima de todos ellos. Lo que Graciano había hecho por el derecho canónico los hizo Lombardo por la teología moral y dogmática. Con incansable laboriosidad examinó, explicó y parafraseó el saber patrístico en sus "Libri IV Sententiarum", y el orden que adoptó fue, pese a las lagunas, tan excelente que hasta el Siglo XVI su obra fue el libro de texto modelo de teología. El trabajo de interpretar esta obra maestra empezó ya en el Siglo XIII y no hubo teólogo destacado en la Edad Media que no escribiera un comentario a las Sentencias de Lombardo. Cientos de estos comentarios yacen aún, inéditos, bajo el polvo de las bibliotas. Ninguna otra obra ejerció tan poderosa influencia en el desarrollo de la teología escolástica. Ni la obra análoga de su discípulo, Pedro de Poitiers (muerto en 1205), ni la importante "Summa aurea" de Guillermo de Auxerre (muerto después de 1230) sustituyeron a las "Sentencias" de Lombardo. Junto a Alain de Lille (muerto en 1203), mere espial mención Guillermo de Auvernia que murió(en 1248) como arzobispo de París. Aun prefiriendo el método libre, no escolástico, de una época anterior, aun así se muestra a la vez como filósofo original y teólogo profundo. Puesto que en sus numerosas monografías sobre la Trinidad, la Encarnación, los Sacramentos, etc., tomó en cuenta los ataques anticristianos de los exponentes árabes del Aristotelismo, es, por así dir, el enlace que une esta época con las más brillante del Siglo XIII.
Segunda época: El Escolasticismo en su cenit (1200-1300)
Este periodo del Escolasticismo estuvo marcado no sólo por la aparición de las "Summae Teológicas", sino también por la construcción de las grandes catedrales góticas, que tiene una espie de afinidad con las grandiosas estructuras del Escolasticismo (Cf. Emil Michael, S.J., "Geschichte des deutschen Volkes vom 13. Jahrh. bis zum Ausgang des Mittelalters", V, Freiburg, 1911, 15 y s.). Otro rasgo característico fue el hecho de que en el Siglo XIII los paladines del Escolasticismo iban a encontrarse en las grandes órdenes religiosas de los Franciscanos y los Dominicos, junto a quienes trabajaron los Agustinos, los Carmelitas y los Servitas. Este brillante periodo es introducido por dos figuras principales: una un franciscano, Alejandro de Hales (muerto hacia 1245), la otra un dominico, Alberto Magno (muerto en 1280). La "Summa theologiae" de Alejandro de Hales, la obra más amplia y extensa de su clase, se distingue por su profunda y madura espulación, aunque sazonada de platonismo. La disposición de los asuntos tratados ruerda uno de los métodos hoy de moda. Alberto Magno fue un gigante inteltual no meramente en cuestiones filosóficas y teológicas, sino también en ciencias naturales. Fue él el que hizo el primer intento de presentar la filosofía entera de Aristóteles en su verdadera forma y ponerla al servicio de la teología católica - una empresa con consuencias de largo alcance. La lógica de Aristóteles de hecho se había traducido al latín por Boio y se había utilizado en las escuelas desde finales del Siglo VI; pero la física y la metafísica del Estagirita se dio a conocer en el mundo occidental sólo a través de los filósofos árabes del Siglo XIII, y entonces de tal manera que la doctrina de Aristóteles paría chocar con la religión cristiana. Este hecho explica por qué sus obras fueron prohibidas por el Sínodo de París en 1210, y de nuevo por una Bula de Gregorio IX en 1231. Pero después de que los escolásticos, dirigidos por Alberto Magno hubieron revisado una vez más la deftuosa traducción latina, ronstruido la genuina doctrina de Aristóteles y ronocido la solidez fundamental de sus principios, ya no dudaron en tomar, con la aprobación de la Iglesia, al filósofo pagano como su guía en el estudio espulativo del dogma.
Otros dos representantes de las grandes órdenes son las gigantescas figuras de Buenaventura (muerto en 1274) y de Tomás de Aquino (muerto en 1274), que marcan el supremo desarrollo de la teología escolástica. San Buenaventura, el "Doctor Seráfico", sigue claramente los pasos de Alejandro de Hales, su predesor y compañero de orden, pero le sobrepasa en profundidad de misticismo y claridad de dicción. A diferencia de otros escolásticos de este periodo, no escribió una "Summa" teológica, pero la construyó bastante con su "Comentario a las Sentencias", tanto como con su famoso "Breviloquium", un "cofre de perlas", que, breve como un compendio, es nada menos que una Summa condensada. Alejandro de Hales y Buenaventura son los auténticos representantes de las antigua escuela franciscana, de la que la escuela posterior de Duns Escoto difería esencialmente. Aun así, no es Buenaventura sino Tomás de Aquino el que siempre ha sido honrado como "Príncipe del Escolasticismo". Santo Tomás tiene entre los teólogos el mismo rango que San Agustín entre los Padres de la Iglesia. Poseído de un conocimiento angélico más que humano, el "Doctor Angélico" se distingue no sólo por la riqueza, profundidad y veracidad de sus ideas y por la sistemática exposición de ellas, sino también por la versatilidad de su genio, que abarcaba todas las ramas del conocimiento humano. Para la teología dogmática, su obra más importantes es la "Summa theologica". La experiencia ha demostrado que, igual que una fiel adhesión a Santo Tomás significa progreso, apartarse de sus enseñanzas trae consigo una dadencia de la teología católica. Pare providencial, por tanto, que León XIII en su Encíclica "Æterni Patris" (1879) restaurara el estudio de los escolásticos, espialmente de Santo Tomás, en todas las escuelas superiores católicas, una medida que fue de nuevo ralcada por el Papa Pío X. Los temores predominantes en algunos círculos de que por la restauración de los estudios escolásticos los resultados del pensamiento moderno se verían forzados a volver al anticuado punto de vista del Siglo XIII se han demostrado carentes de fundamento por el hecho de que ambos Papas, aunque insistían en la adquisición de la "sabiduría de Santo Tomás" rhazan enfáticamente cualquier intención de revivir las nociones acientíficas de la Edad Media. Sería una locura ignorar el progreso de siete siglos, y, además, la Reforma, el Jansenismo y las filosofías que desde Kant han originado problemas teológicos que Santo Tomás en su tiempo no podía prever. Sin embargo, es una prueba convincente de la exactitud lógica y amplitud del sistema tomista que contiene al menos los principios nesarios para la refutación de los errores modernos.
Ante la brillantez del genio de Santo Tomás incluso los grandes teólogos de este periodo menguan como estrellas de segunda y tercera magnitud. Aun así, Ricardo de Middleton (muerto en 1300), cuya claridad de pensamiento y lucidez de exposición ruerda la genial inteligencia de Aquino, es un representante clásico de la Escuela Franciscana. Entre los Servitas, Enrique de Gante (muerto en 1293), un discípulo de Alberto Magno, mere mención; su estilo es original y retórico, sus juicios son independientes, su tratamiento de la doctrina de Dios testimonia un pensador profundo. Las huellas de Santo Tomás las siguió su discípulo Pedro de Tarentaise, que más tarde se convirtió en el Papa Inocencio V (muerto en 1276), y Ulrico de Estrasburgo (muerto en 1277), cuyo nombre es poco conocido, aunque su "Summa" manuscrita fue tenida en alta estima en la Edad Media. El famoso General de los Agustinos, Egidio de Roma (muerto en 1316) vástago de la noble familia Colonna, aunque difería en algunos detalles de la enseñanza de Santo Tomás, en lo principal se adhería a sus sistema. En su propia orden sus escritos se consideraron clásicos. Pero el intento del agustino Gavardus en el Siglo XVII de crear una "Escuela Egidiana" diferenciada se demostró un fracaso. Por otro lado, surgieron adversarios de Santo Tomás, incluso durante su vida. El primer ataque vino de Inglaterra y fue dirigido por William de la Mare, de Oxford (muerto en 1285). Hablando en términos generales, los estudiosos ingleses, famosos por su originalidad, jugaron un papel nada mediocre en la vida inteltual de la Edad Media. Al inclinarse su mente por lo empírico y práctico más que por lo apriorístico y teórico, enriquieron la ciencia con un nuevo elemento. Su predilción por las ciencias naturales es también el resultado de este sentido práctico. Como los eslabones de una cadena continua se siguen los nombres de Beda, Alcuino, Alfredo (Anglicus), Alexander de Nkham, Alejandro de Hales, Robert Grosseteste, Adam de Marsh, John Basingstoke, Robert Kilwardby, John Pham, Roger Bacon, Duns Escoto, Occam. Kuno Fischer tiene razón cuando dice: "Cuando se viaja por la gran carretera de la historia, podemos atravesar toda la Edad Media hasta Bacon de Verulam sin dejar ni un momento Inglaterra" ("Francis Bacon", Heidelberg, 1904, p. 4). Este puliar espíritu inglés encarnó en el famoso Duns Escoto (1266-1308). Aunque en cuanto a su habilidad pertene a la edad de oro del escolasticismo, su aguda y virulenta crítica del sistema tomista fue en gran medida responsable de su dlive. Escoto no puede ser relacionado con la antigua escuela franciscana; es más bien el fundador de la nueva escuela escocesa, que se desvió de la teología de Alejandro de Hales y Buenaventura, no tanto en cuestiones de fe y moral como en el tratamiento espulativo del dogma. Mayor aún es su oposición al punto de vista fundamental de Tomás de Aquino. Santo Tomás compara el sistema de teología y filosofía al organismo animal, en el que el alma vivificante impregna a todos los miembros, los mantiene juntos y los conforma en una unidad perfta. Por otro lado, en las propias palabras de Escoto, el orden de las cosas está más bien simbolizado por la planta, la raíz haciendo brotar sucesivamente ramas y tallos que tienen una tendencia innata a crer a partir del tallo. Esta diferencia fundamental también arroja luz sobre las puliaridades del sistema de Escoto como opuesto al Tomismo: su formalismo en la doctrina de Dios y de la Trinidad, su insegura concepción de la Unión Hipostática, su relajación de los lazos que unen los sacramentos con la humanidad de Cristo, su explicación de la transubstanciación como una sustitución atractiva, su énfasis en la supremacía de la voluntad, y así sucesivamente. Aunque no puede negarse que el Escotismo preservó los estudios teológicos de un desarrollo unilateral e incluso ganó una señalada victoria sobre el Tomismo mediante su doctrina referente a la Inmaculada Concepción, es evidente no obstante que el servicio esencial que rindió a la teología católica a largo plazo fue subrayar, por el contraste de argumentos, la solidez duradera de la estructura tomista. Nadie puede dejar de admirar en Santo Tomás la claridad de pensamiento y la lucidez de dicción, en contraste con las abstrusas y desconcertantes concepciones de su crítico. En siglos posteriores no pocos franciscanos de juicio más sosegado, entre ellos Costantino Sarnano (1589) y Juan de Rada (1599), emprendieron la tarea de minimizar o incluso ronciliar las diferencias doctrinales de los dos maestros.
Tercera época: gradual dlive del Escolasticismo (1300-1500)
La muerte de Duns Escoto (muerto en 1308) marca el final de la edad de oro del sistema escolástico. Lo que el periodo siguiente llevó a cabo como obra constructiva consistió principalmente en preservar, reproducir y resumir los resultados de las épocas anteriores. Pero simultáneamente con esta romendable labor encontramos elementos de desintegración, debidos en parte a la equivocada concepción del misticismo de los Fraticelli, en parte a las aberraciones y superficialidad del Nominalismo, en parte al doloroso conflicto entre la Iglesia y el Estado (Felipe el Hermoso, Luis de Baviera, el exilio en Aviñón). Aparte de los fanáticos entusiastas que se estaban inclinando hacia la herejía, el desarrollo y rápida difusión del Nominalismo debe atribuirse a dos discípulos de Duns Escoto: el francés Pierre Auriol (muerto en 1321) y el inglés William Occam (muerto en 1347). En unión con Marsilio de Padua y Juan de Jandun, Occam utilizó el Nominalismo con la finalidad confesada de minar la unidad de la Iglesia. En esta atmósfera floría el regalismo y la oposición a la primacía del Papa, hasta que alcanzó su clímax en el falso principio "Concilium supra Papam", que se predicó a los cuatro vientos hasta la época de los Concilios de Constanza y Basilea. Es justo afirmar que fueron las apremiantes nesidades de la época más que cualquier otra cosa lo que llevó a algunos grandes hombres como Pierre d’Ailly (muerto en 1425) y Gerson (muerto en 1429), a abrazar una doctrina que abandonaron tan pronto se puso remedio al cisma papal. Para comprender los errores de Wyclif, Huss y Lutero, debe estudiarse la historia del Nominalismo. Pues lo que Lutero conoció como Escolasticismo era sólo la forma degenerada que presentaba el Nominalismo. Incluso los más destacados nominalistas del final de la Edad Media, como el general de los Agustinos, Gregorio de Rímini (muerto en 1359) y Gabriel Biel (muerto en 1495), que ha sido llamado el "último escolástico", no escapan a la desgracia de caer en graves errores. Las sutilezas nominalistas, asociadas a un austero pseudoagustinismo del tipo ultrarrigorista, hicieron de Gregorio de Rímini el prursor de Bayo y de Jansenio. Gabriel Biel, aunque alineándose entre los mejores nominalistas y combinando la solidez de doctrina con un espíritu de lealtad a la Iglesia, ejerció aun así una funesta influencia sobre sus contemporáneos, tanto por su alabanza indebidamente entusiasta de Occam como por la manera en que comentó los escritos de Occam.
La Orden que menos daño sufrió del Nominalismo fue la de Santo Domingo. Pues, con la posible excepción de Durand de St.Pourçain (muerto en 1332) y Holkot (muerto en 1349), sus miembros fueron por regla general leales a su gran colega de religión Santo Tomás. Los más destacados de entre ellos durante la primera mitad del Siglo XIV fueron: Hervé de Nedell (muerto en 1323), valiente opositor de Escoto; Juan de París (muerto en 1306); Pierre de Palude (muerto en 1342) y espialmente Rainiero de Pisa (muerto en 1348), que escribió un sumario alfabético de la doctrina de Santo Tomñas que incluso hoy es útil. Una figura prominente del Siglo XV es San Antonino de Florencia (muerto en 1459), distinguido por su laboriosidad como compilador y por su versatilidad como autor; hizo un excelente servicio a la teología positiva con su "Summa Theologiæ". Un poderoso paladín del Tomismo fue Juan Capreolus (muerto en 1444), el "Príncipe de los tomistas" (princeps Thomistarum). Utilizando las mismas palabras de Santo Tomás refutó, en su diamantino "Clypeus Thomistarum", a los adversarios del Tomismo de manera magistral y convincente. Sólo en la primera parte del Siglo XVI empezaron a aparer los comentarios a la "Summa Theologica" de Santo Tomás, siendo el Cardenal Cayetano de Vio (muerto en 1537) y Konrad Köllin (muerto en 1536) de los primeros en emprender este trabajo. La filosófica "Summa contra Gentes" encontró en Francisco de Ferrara (muerto en 1528) un magistral comentarista.
Mucho menos unidos que los Dominicos estuvieron los Franciscan
Historia de los Jesuitas antes de la Supresión de 1773
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I. Europa
A. Italia
La historia de los jesuitas en Italia fue generalmente muy pacífica. Las únicas perturbaciones serias fueron las surgidas por las ocasionales disputas de los gobiernos civiles con los poderes eclesiásticos. Los primeros seguidores de San Ignacio tuvieron inmediatamente gran demanda de instruir a los fieles, y de reformar el clero, monasterios y conventos. Aunque había poco mal organizado o profundamente arraigado, la cantidad de males menores era inmensa; la posibilidad de una catástrofe aquí y allí era evidente. Mientras los predicadores y misioneros evangelizaban el país, se fundaron colegios en Padua, Venia, Nápoles, Bolonia, Florencia, Parma, y otras ciudades. El 20 de Abril de 1555, la Universidad de Ferrara dirigió a la Sorbona un muy notable testimonio a favor de la orden. San Carlos Borromeo fue, después de los Papas, quizá el más generoso de todos sus prottores, y ellos pusieron liberalmente sus mejores talentos a su disposición. (Para las dificultades sobre su seminario y con el P. Giulio Mazarino, ver Sylvain, "Hist. de S. Charles", iii, 53). Juan de Vega, embajador de Carlos V en Roma, había aprendido a conocer y a estimar a Ignacio allí, y cuando fue nombrado virrey de Sicilia trajo consigo a los jesuitas. Se abrió un colegio en Messina; el éxito fue señalado, y sus reglas y métodos fueron más tarde copiados en otros colegios. Cincuenta años después, la Compañía contaba en Italia con 86 casas y 2.550 miembros. El problema principal en Italia ocurrió en Venia en 1606, cuando Paulo V puso la ciudad bajo interdicto por graves violaciones de las inmunidades eclesiásticas. Los jesuitas y otras órdenes religiosas se retiraron de la ciudad, y el Senado, inspirado por Paolo Sarpi, el fraile desafto, aprobó un dreto de expulsión perpetua contra ellos. En efto, aunque se hicieron las paces con el Papa poco después, pasaron cincuenta años antes de que la Compañía pudiera volver. Italia, durante los dos primeros siglos de la Compañía era aún el país más culto de Europa, y los jesuitas italianos gozaron de una alta reputación de sabiduría y letras. Segneri el mayor está considerado el primero de los predicadores italianos, y hay cantidad de otros de primera categoría. Maffei, Torellino, Strada, Pallavicino, y Bartoli (vid.) han dejado obras históricas que son aún altamente apriadas. Entre Bellarmino (muerto en 1621) y Zaccharia (muerto en 1795) los jesuitas italianos de importancia en teología, controversia, y ciencias auxiliares son considerados muchísimos. También presentan una gran proporción de santos, mártires, generales y misioneros. (Ver también Belius; Bolgeni; Boscovich; Possevinus; Scaramelli; Viva.). Italia se dividió en cinco provincias, con las siguientes cifras para el año 1749 (poco antes del comienzo del movimiento para la Supresión de la Compañía): Roma 848; Nápoles 667; Sicilia 775; Venia 707; Milán 625; total 3.622 miembros, aproximadamente la mitad de los cuales eran sacerdotes, con 178 casas.
B. España
Aunque la mayoría de los compañeros de Ignacio eran españoles, él no los reunió en España, y los primeros jesuitas sólo hicieron visitas pasajeras allí. En 1544, sin embargo, el Padre Aroaz, primo de San Ignacio y un predicador muy elocuente, vino con seis compañeros, y entonces su éxito fue rápido. El 1 de Septiembre de 1547, Ignacio establió la provincia de España con siete casas y unos cuarenta religiosos; San Francisco de Borja ingresó en 1548; en 1550, Laínez acompañó a las tropas españolas en su campaña africana. Melchor Cano, O.P., un teólogo de reputación europea, atacó a la joven orden, que no podía dar respuesta eftiva, ni pudo nadie conseguir que el profesor se mantuviera en paz. Pero, por muy desagradable que fuera la prueba, con el tiempo fue provhosa para la orden, a la que dio buena publicidad en los círculos universitarios, y además suscitó defensores de inesperada eficiencia, como Juan de la Peña de los dominicos, e incluso su general, Fray Francisco Romero. Los jesuitas continuaron prosperando, e Ignacio subdividió (29 de Septiembre de 1554) la existente provincia en tres, con doce casas y 139 religiosos. Aun así hubo problemas internos tanto aquí como en Portugal bajo Simón Rodríguez, que produjeron ansiedad al fundador. En ambos países las primeras casas se habían establido antes de que las Constituciones y reglas fueran puestas por escrito. Era inevitable por tanto que la disciplina introducida por Aroaz y Rodríguez difiriera algo de la que estaba siendo introducida por Ignacio en Roma. En España, los buenos oficios de Borja y las visitas del Padre Nadal hicieron mucho para conseguir una gradual unificación del sistema, aunque no sin dificultad. Estos problemas, sin embargo aftaron a los altos cargos de la orden más que a los miembros ordinarios, que estaban animados por los más elevados motivos. Se dice que el gran predicador Ramírez atrajo 500 vocaciones a órdenes religiosas en Salamanca en el año 1564, unas 50 de ellas a la Compañía. Había 300 jesuitas españoles a la muerte de Ignacio en 1556; y 1.200 al final del generalato de Borja en 1572. Bajo los generales no españoles que le sucedieron, hubo un desagradable rrudimiento del espíritu nacionalista. Considerando las disputas que surgían diariamente entre España y las demás naciones, no se puede uno asombrar de tales ebulliciones. Como se ha explicado en Acquaviva, Felipe de España prestó su ayuda al partido de los descontentos, de los que el virtuoso José de Acosta era portavoz, y los Padres Hernández, Dionisio Vázquez, Henríquez y Mariana los dirigentes reales. Su objetivo ulterior era conseguir un comisariado general separado para España. Este conflicto no se calmó hasta la quinta congregación, 1593, tras la cual sobrevino el gran debate de auxiliis con los dominicos, siendo los protagonistas de ambos lados españoles (Ver Congregatio de Auxiliis; Gracia, Controversias sobre la).
Por graves que fueran esos problemas en su propia esfera, no se les debe permitir que oscurezcan el hecho de que en la Compañía, como en todas las organizaciones católicas de la época, los españoles jugaran los papeles más importantes. Cuando enumeramos sus grandes hombres y sus grandes obras, desafían toda comparación. Esta comparación gana mayor fuerza cuando rordamos que el éxito de los jesuitas en Flandes y en las partes de Italia entonces unidas a la corona española fue ampliamente debida a los jesuitas españoles; y lo mismo es cierto de los jesuitas en Portugal, país que, con sus muy extensas colonias, estuvo también bajo la corona española de 1581 a 1640; aunque ni la organización de los jesuitas portugueses ni el gobierno civil del propio país se unificaron con los de España. Pero fue en la más abstracta de las ciencias donde el genio español brilló con el máximo lustre: Toledo (muerto en 1596); Molina (1600); de Valencia (1603); Vázquez (1604); Suárez (1617); Ripalda (1648); de Lugo (1660) (vid.) - estos forman un grupo de brillo insuperado, y hay bastante cantidad de otros casi igualmente notables. En teología moral, Sánchez (1610); Azor (1603); Salas (1612); Castro Palao (1633); Torres (Turrianus, 1635); Escobar y Mendoza (1669). En Escrituras, Maldonado (1583); Salmerón (1585); Francisco Ribera (1591); Prado (1595); Pereira (1610); Sancho (1628); Pineda (1637). En literatura sular, se puede hacer mención de Isla (vid) y Baltasar Gracián (1584-1658), autor del "Oráculo manual y arte de prudencia" y "El criticón", que pare haber sugerido la idea de Robinson Crusoe a Defoe.
Siguiendo la casi universal costumbre de finales del Siglo XVII, los reyes de España tuvieron generalmente confesores jesuitas; pero sus intentos de reforma fueron demasiado a menudo ineficaces por las intrigas de la corte. Este fue espialmente el caso del austriaco Padre Everard Nidhard, más tarde cardenal, (confesor de Mariana de Austria) y el Padre Daubenton, confesor de Felipe V. Tras la era de los grandes escritores, la principal gloria de los jesuitas españoles ha de encontrarse en sus extensas y florientes misiones extranjeras en Perú, Chile, Nueva Granada, Filipinas, Paraguay, Quito, de las que se da cuenta más abajo en "misiones". Eran atendidas por 2.171 jesuitas en la época de la supresión. La propia España estaba en 1749 dividida en cinco provincias: Toledo con 659 miembros, Castilla, 718; Aragón, 604; Sevilla, 662; Cerdeña, 300; total, 2943 miembros (1.342 sacerdotes) en 158 casas.
C. Portugal
Por el tiempo en que Ignacio fundó su orden, Portugal estaba en su época heroica. Sus gobernantes estaban llenos de iniciativa, sus universidades estaban llenas de vida, sus rutas comerciales se extendían por todo el mundo conocido. Los jesuitas fueron acogidos con entusiasmo, e hicieron buen uso de sus oportunidades. San Francisco Javier, atravesando colonias y establimientos portugueses, siguió adelante para hacer sus espléndidas conquistas misioneras. Estas fueron continuadas por sus colegas en países tan distantes como Abisinia, el Congo, Sudáfrica, China y Japón, por los padres Nunhes, Silveira, Acosta, Fernandes y otros. En Coimbra, y más tarde en Évora, la Compañía hizo los progresos más sorprendentes con profesores tales como Pedro de Fonsa (muerto en 1599), Luis Molina (muerto en 1600), Christovao Gil, Sebastiao de Abreu, etc., y de aquí viene también la primera serie global de manuales filosóficos y teológicos para estudiantes (ver Conimbricenses). Con la llegada de la monarquía hispánica, 1581, los jesuitas portugueses no sufrieron menos que el resto de su país. Luis Carvalho se unió a los opositores españoles del padre Acquaviva, y cuando el raudador apostólico, Ottavio Accoramboni, lanzó un interdicto contra el gobierno de Lisboa, los jesuitas, espialmente Diego de Arida, se vieron implicados en la indigna contienda. Por otro lado, jugaron un papel honroso en la restauración de la libertad de Portugal en 1640, y en su éxito, la dificultad fue evitar que el rey Joao IV diera al Padre Manuel Fernandes un escaño en las Cortes, y que empleara a otros en misiones diplomáticas. Entre estos padres estaba Antonio Vieira, uno de los más elocuentes oradores de Portugal. Hasta la Supresión, Portugal y sus colonos sostuvieron las siguientes misiones, de las que se encontrarán ulteriores noticias en otro lugar, Goa (originariamente la India), Malabar, Japón, China, Brasil, Maranhao. Las provincias portuguesas en 1749 contaban con 861 miembros (381 sacerdotes) en 49 casas (Ver también Vieira, Antonio; Malagrida, Gabriel).
D. Francia
Los primeros jesuitas, aunque eran casi todos españoles, se formaron e hicieron sus primeros votos en Francia, y la suerte de la Compañía en Francia ha sido siempre de excepcional importancia para la comunidad en general. En los primeros años, sus jóvenes eran enviados a París para educarse allí como Ignacio había hecho. Fueron ribidos hospitalariamente por Guillaume du Prat, obispo de Clermont, cuyo hôtel se convirtió en el Collège de Clermont (1550), más tarde conocido como Louis-le Grand. El Padre Viola fue el primer rtor, pero las clases públicas no comenzaron hasta 1564. El Parlement de París y la Sorbona opusieron vehemente resistencia a las cartas patentes, que Enrique II y después de él Francisco II y Carlos IX habían concedido con poca dificultad. Mientras tanto el mismo obispo de Clermont había fundado un segundo colegio en Billom, en su propia diócesis, que se abrió el 26 de Julio de 1556, antes de la primera congregación general. Pronto siguieron colegios en Mauriac y Pamiers, y entre 1565 y 1575, otros en Aviñón, Chambery, Toulouse, Rodez, Verdun, Nevers, Burdeos, Pont-à-Mousson, mientras que los Padres Coudret, Auger, Roger, y Pelletier se distinguían por sus labores apostólicas. La utilidad de la orden se demostró también en los Coloquios de Poissy (1561) y de St-Germain-en-Laye por los padres Laínez y Possevinus, y de nuevo por el Padre Brouet, quien, con dos compañeros, dio su vida al servicio de los atacados por la plaga en París en 1562, mientras que el Padre Maldonado daba clases con impresionante efto en París y Bourges. Mientras tanto estaba criendo un serio conflicto con la Universidad de París debido a una cantidad de causas mezquinas, envidia de los nuevos maestros, rivalidad con España, resentimiento galicano frente a la entusiasta devoción de los jesuitas a Roma, y quizá una pizca de calvinismo. Se entabló una demanda para el cierre del Colegio de Clermont ante el Parlement, y Estienne Pasquier, abogado de la Universidad, pronunció un célebre plaidoyer contra los jesuitas. El Parlamento, aunque entonces favorable a la orden, estaba ansioso de no irritar a la Universidad, y llegó a una solución no concluyente (5 de Abril de 1565). Los jesuitas, a despho de la licencia real, no se incorporarían a la Universidad, pero podían continuar sus clases. Insatisfha con esto, la Universidad se vengó impidiendo a los escolásticos jesuitas obtener grados y más tarde (1573-76), se mantuvo una disputa con el Padre Maldonado (vid.) que al final fue terminada por la intervención de Gregorio XIII que había elevado también el colegio de Pont-à-Mousson a la dignidad de universidad. Pero mientras tanto, las más o menos incesantes guerras de religión estaban devastando el país, y de vez en cuando, varios jesuitas, espialmente Auger y Manare, actuaron como capellanes del ejército. No tuvieron relación con la Matanza de San Bartolomé (1572); pero Maldonado fue después delegado a ribir a Enrique de Navarra (luego Enrique IV) en la Iglesia, y en muchos lugares los Padres pudieron albergar refugiados en sus casas; y por ronvenciones e intercesión, salvaron muchas vidas.
Inmediatamente después de su coronación (1575), Enrique III escogió al Padre Auger como su confesor, y durante exactamente doscientos años el confesor jesuita de la corte se convirtió en una institución en Francia, y como las modas francesas son influyentes, todas las cortes católicas de la época siguieron el predente. Teniendo en cuenta la dificultad de cualquier clase de control sobre soberanos autocráticos, la institución de un confesor de la corte estuvo bien adaptada a las circunstancias. Los ocasionales abusos del cargo que tuvieron lugar deben atribuirse principalmente a los exorbitantes poderes de que estaba investido el autócrata, al que ninguna guía humana podía salvar de periodos de dadencia y degradación. Pero esto se vio más claramente con posterioridad. Una crisis para el catolicismo francés se acercaba cuando, tras la muerte de François, duque de Anjou, en 1584, Enrique de Navarra, entonces un apóstata, se convirtió en heredero al trono que el débil Enrique III no podría posiblemente retener por mucho tiempo. Se tomaron posiciones con entusiasmo, y La sainte ligue se constituyó para la defensa de la Iglesia (ver Liga, la; Guisa, Casa de; Francia). Difícilmente se podía esperar que los jesuitas como un solo hombre permanerían fríos, cuando todo el populacho estaba en un fermento de excitación. Era moralmente imposible impedir a los jesuitas amigos de los exaltés de ambas partes que participaran en sus medidas extremas. Auger y Claude Matthieu gozaban resptivamente de la confianza de las dos partes contendientes, la Corte y la Liga. El Padre Acquaviva logró retirar a ambos de Francia, aunque con gran dificultad y considerable pérdida de favor en cada lado. A uno o dos no pudo controlarlos por algún tiempo, y de estos, el más notable fue Henri Samerie, que había sido capellán de María Estuardo, y fue luego capellán del ejército en Flandes. Durante un año pasó como agente diplomático de un príncipe a otro de la Liga, eludiendo, por sus propios medios y el favor de Sixto V, todos los esfuerzos de Acquaviva para traerlo de vuelta a la vida regular. Pero al fin, la disciplina prevalió, y las órdenes de Acquaviva de respetar las conciencias de ambas partes permitieron a la Compañía mantener la amistad con todos.
Enrique IV utilizó mucho a los jesuitas (espialmente a Toledo, Possevinus y Commolet) aunque habían favorido a la Liga, para obtener la absolución canónica y la conclusión de la paz; y en su momento (1604) tomó como confesor al Père Coton (vid). Esto, sin embargo, es una anticipación. Después del atentado contra la vida de Enrique IV por Jean Chastel (27 de Diciembre de 1594), el Parlement de París aprovhó la oportunidad de atacar a la Compañía con furia, tal vez para disimular el hecho de que había estado entre los más extremados de los miembros de la Liga, mientras que la Compañía estaba entre los más moderados. Se pretendió que la Compañía era responsable del crimen de Chastel, porque había sido estudiante suyo, aunque lo cierto es que entonces estaba en la universidad. El bibliotario del colegio jesuita, Jean Guignard, fue ahorcado el 7 de Enero de 1595, porque se encontró en el armario de su cuarto un viejo libro contra el rey. Antoine Arnauld, el mayor, introdujo en su plaidoyer ante el Parlement todas las calumnias posibles contra la Compañía y se ordenó a los jesuitas que dejaran París en tres días y Francia en una quincena. El dreto se ejutó en los distritos sujetos al Parlement de París, pero no en otras partes. El rey, al no estar aún canónicamente absuelto, no interfirió entonces. Pero el Papa, y muchos otros, solicitaron formalmente la revocación del dreto contra la orden. La cuestión fue calurosamente debatida y al final el propio Enrique dio permiso para su readmisión, el 1 de Septiembre de 1603. Hizo entonces gran uso de la Compañía, fundó para ella el gran Colegio de La Flèche, fomentó sus misiones en el interior, en Normandía y Béarn, y el comienzo de las misiones exteriores en Canadá y Levante.
La Compañía comenzó inmediatamente a crer con rapidez, y contaba con treinta y nueve colegios, aparte de otras casas, y 1.135 religiosos antes de que el rey cayera bajo el puñal de Ravaillac (1610). Esta fue la ocasión aprovhada para nuevos ataques del Parlement, que se valió del libro de Mariana, "De rege", para atacar a la Compañía como defensora del regicidio. La "Defensio fidei" de Suárez fue quemada en 1614. El joven rey, Luis XIII, era demasiado débil para dominar a los parlementaires, pero tanto él como el pueblo de Francia favorieron a la Compañía tan eficazmente que en la fecha de su muerte en 1643 sus cifras se habían triplicado. Ahora tenían cinco provincias, y la de París sola contaba más de 13.000 estudiantes en sus colegios. Los confesores durante este reinado fueron fruentemente cambiados por las maniobras de Richelieu, e incluyeron a los Pères Arnoux de Seguiron, Suffren, Caussin (vid.), Sirmond, Dinet. La política de Richelieu de apoyar a los protestantes alemanes contra la católica Austria (que Caussin resistió) resultó ser la ocasión para airadas polémicas. Se creyó que el jesuita alemán Jacob Keller había escrito (aunque faltan por completo pruebas de su autoría) dos duros panfletos, "Mysteria politica", y "Admonitio ad Ludovicum XIII" contra Francia. Los libros fueron quemados por el verdugo, como en 1626 lo fue la obra del Padre Santarelli, que trataba inoportunamente sobre el poder papal para pronunciarse contra los príncipes.
La historia político-religiosa de la Compañía bajo Luis XIV se centra alrededor del Jansenismo (ver Jansenius y Jansenismo) y las vidas de los confesores del rey, espialmente los Pères Amat (1645-60), Ferrier (1660-74) La Chaise (1674-1709) (vid.), y Michel Le Tellier (1709-15) (vid.). El 24 de Mayo de 1656, Blaise Pascal (vid.) publicó la primera de sus "Provinciales". Habiendo sido condenadas por la autoridad papal las cinco proposiciones del Jansenismo, Pascal ya no podía defenderlas abiertamente, y encontró que el método más eficaz de venganza era la sátira, las burlas y la rriminación contra la Compañía. Concluía con la habitual evasión de que Jansenius no escribió en el sentido que le atribuía el Papa. Las "Provinciales" fueron el primer ejemplo notable en idioma francés de sátira escrita en términos moderados y estudiadamente corteses; y su gran mérito literario atrajo poderosamente el gusto francés por la agudeza. Demasiado ligeras para ser respondidas eficazmente mediante la refutación, estaban al mismo tiempo lo suficientemente envenenadas como para hacer un daño grande y duradero; aunque fruentemente se ha probado que tergiversa las enseñanzas de los jesuitas mediante odmisiones, alteraciones, interpolaciones y falsos contextos, notablemente por el Dr. Karl Weiss, de Gratz, "P. Antonio de Escobar y Mendoza als Moraltheologe in Pascals Beleuchtung und im Lichte der Wahrheit".
La causa de los jesuitas estuvo también comprometida por las diversas disputas de Luis XIV con Inocencio XI, espialmente las concernientes a la régale, y a los artículos galicanos de 1682 (Ver Luis XIV e Inocencio XI. Los diferentes puntos de vista de estos artículos pueden ayudar a ilustrar las diferencias de opinión prevalientes dentro de la orden en esta cuestión). Al principio hubo en ambas partes la tendencia a dejar de lado a los jesuitas franceses. En ese momento no se les pidió que suscribieran los artículos galicanos, mientras que Inocencio pasó por alto su adhesión al rey, con la esperanza de que su moderación pudiera producir la paz. Pero apenas era posible que pudieran escapar a todos los conflictos bajo una presión tan apremiante. Luis concibió la idea de unir a todos los jesuitas franceses bajo un vicario, independiente del general de Roma. Antes de dar a conocer esto, convocó a todos sus súbditos jesuitas, y todos, incluso el asistente, Père Fontaine, volvieron a Francia. Luego propuso la separación, que Tirso González rhazó formalmente. Los provinciales de las cinco provincias jesuitas francesas imploraron al rey que desistiera, lo que al fin hizo. Se ha alegado que el dreto papal prohibiendo la repción de novicios entre 1684-6 se publicó en castigo del apoyo dado por los jesuitas franceses a Luis (Cretineau-Joly). Se alude a la cuestión en el Breve de Supresión; pero es aún oscura y parería más bien estar relacionada con los ritos chinos que con las dificultades en Francia. Excepto por el interdicto sobre sus escuelas de París, en 1716-29, por el Cardenal de Noailles, la suerte de la orden fue muy tranquila y próspera durante la siguiente generación. En 1749, los jesuitas franceses estaban divididos en cinco provincias con los siguientes miembros: Francia, 891; Aquitania, 437; Lyon, 772; Toulouse, 655; Champagne, 594; total, 3.350 (1.763 sacerdotes) en 158 casas.
E. Alemania
El primer jesuita en trabajar aquí fue el Beato Pedro Fabro (vid.) quien ganó para sus filas al Beato Pedro Canisio (vid.) a cuya diligencia y destacada santidad de vida se debe espialmente el surgimiento y prosperidad de las provincias alemanas. En 1556 había dos provincias, Alemania del Sur (Germania Superior, hasta Maguncia incluida) y Alemania del Norte (Germania Inferior, que incluía Flandes). La primera residencia de la Compañía estuvo en Colonia (1544), el primer colegio en Viena (1552). Los colegios jesuitas fueron pronto tan populares que se solicitaban en todas partes, más rápido de lo que era posible fundarlos, y los grupos más grandes de estos se convirtieron en nuevas provincias. Austria se desgajó en 1563, Bohemia en 1623, Flandes se había convertido en dos provincias separadas en 1612, y Renania también dos provincias en 1626. En esa época, las cinco provincias de habla alemana contaban más de 100 colegios y academias. Pero mientras tanto toda Alemania estaba en desorden con la Guerra de los Treinta Años, que se había desarrollado hasta entonces, en términos generales, de manera favorable a las potencias católicas. En 1629 se produjo el Restitutionedikt (ver Contrarreforma) por el que el emperador redistribuía con la sanción papal la antigua propiedad de la Iglesia que había sido robrada de la usurpación de los protestantes. La Compañía ribió amplias concesiones, pero no se benefició mucho por eso. Siguieron algunas amargas controversias con los antiguos poseedores de las propiedades, que a menudo eran benedictinos, y muchas de las adquisiciones se perdieron durante el siguiente periodo de la guerra.
Los sufrimientos de la orden durante el segundo periodo fueron dolorosos. Incluso antes de la guerra habían sido sistemáticamente perseguidos y enviados al exilio por los príncipes protestantes, en cuanto estos tuvieron oportunidad. En 1618 fueron expulsados de Bohemia, Moravia, y Silesia; y después de la llegada de Gustavo Adolfo la violencia a la que estaban sujetos se incrementó. La fanática propuesta de expulsarlos para siempre de Alemania fue hecha por él en 1631, y de nuevo en Francfort en 1633; y este consejo de odio adquirió un arraigo que aún ejerce influencia sobre la opinión protestante alemana. El éxito inicial de los católicos naturalmente excitó mayores antipatías, espialmente en cuanto que los grandes generales católicos, Tilly, Wallenstein, y Piccolomini habían sido alumnos de los jesuitas. Durante el sitio de Praga, 1648, el Padre Plachy formó con éxito un cuerpo de estudiantes para la defensa de la ciudad, y se le concedió la corona mural por sus servicios. La provincia del Alto Rhin sola perdió setenta y siete padres en hospitales de campaña o durante los combates. Tras la paz de Westfalia, 1648, la marea de la Contrarreforma se había más o menos agotado. El periodo de fundación había pasado y hay pocos acontimientos externos que registrar. La última conversión notable fue la del Príncipe Federico Augusto de Sajonia (1697), después rey de Polonia. Los Padres Vota y Salerno (después cardenal) estuvieron íntimamente relacionados con esta conversión. Tras los muros de sus colegios y en las iglesias por todo el país la obra de enseñanza, escritura y predicación prosiguió sin mengua, mientras se elevaban y descendían las tormentas de la controversia, y las misiones lejanas, espialmente China y las misiones españolas de Sudamérica, reivindicaban logros de la mayor nobleza y elevación de espíritu. A este periodo pertenen Philip Jenigan (muerto en 1704) y Franz Hunolt (muerto en 1740), quizá los máximos predicadores jesuitas alemanes; Tschupick, Josef Sneller, e Ignatius Wurz adquirieron una reputación casi igual en Austria. En 1749 las provincias alemanas contaban como sigue: Germania Superior, 1.060; Bajo Rhin, 772; Alto Rhin, 497; Austria, 1772; Bohemia, 1.239; total, 5.340 miembros (2.558 sacerdotes) en 307 casas.(Ver también el artículo índice bajo el título "Compañía de Jesús", y nombres tales como Ban, Byssen, Brouwer, Dreschel, Lohner, etc.). Hungría estaba incluida en la provincia de Austria. El principal prottor de la orden fue el cardenal Pazmany (vid.). Varias ves se intentó por los jesuitas alemanes la conversión de Suia, pero no se les permitió permaner en el país. El rey Juan III, sin embargo, que se había casado con una princesa polaca, se convirtió en realidad (1578) por medio de varias misiones de los Padres Warsiewicz y Possevinus, este último acompañado por el inglés Padre William Good; pero el rey no tuvo valor para perseverar. La reina Cristina (vid.) en 1654 ingresó en la Iglesia, en gran medida por la ayuda de los Padres Macedo y Casati, habiendo renunciado a su trono para este propósito. Los padres austriacos mantuvieron una pequeña residencia en Moscú de 1684 a 1718, que había sido abierta por el Padre Vota (ver Possevinus).
F. Polonia
El beato Pedro Canisio, que visitó Polonia en el séquito del legado Mantuato en 1558, tuvo éxito al animar al rey Segismundo a una enérgica defensa del Catolicismo, y el obispo Hosius de Ermland fundó el colegio de Braunsburg en 1584, que con el de Vilna (1569) se convirtieron en los centros de la actividad católica de la Europa Nororiental. El rey Esteban Bathory, gran prottor de la orden, fundó un Colegio Ruteno en Vilna en 1575. Desde 1588, el Padre Peter Skarga (muerto en 1612) produjo una gran impresión con su predicación. Hubo violentos ataques contra la Compañía en la revolución de 1607, pero tras la victoria de Segismundo III los jesuitas ruperaron con cres el terreno perdido; y en 1608 la provincia se subdividiría en Lituania y Polonia. La animosidad contra los jesuitas, sin embargo, se desahogó en Cracovia en 1612, por medio de la difamatoria sátira titulada "Monita sreta" (vid.). El rey Casimiro, que había sido antes jesuita, favorió no poco a la Compañía; así lo hizo también Sobieski, y su campaña para liberar a Viena de los turcos (1683) se debió en parte a las exhortaciones del padre Vota, su confesor. Entre los grandes misioneros polacos se cuentan Benedict Herbst (muerto en 1593) y el Beato Andrés Bobola. En 1756 las provincias polacas fueron reorganizadas en cuatro: Gran Polonia, Pequeña Polonia, Lituania, y Mazovia, que contaban en total con 2.359 religiosos. Los jesuitas polacos, aparte de sus propias misiones, tenían otras en Estocolmo, Rusia, Crimea, Constantinopla, y Persia (Ver Cracovia, Universidad de).
G. Bélgica
La primera fundación fue en Lovaina en 1542, adonde los estudiantes que estaban en París se retiraron ante la dlaración de guerra entre Francia y España. En 1556 Ribadeneira obtuvo autorización legal de Felipe II para la Compañía, y en 1564 Flandes se convirtió en una provincia separada. Sus comienzos, sin embargo, no fueron de ningún modo uniformemente prósperos. El duque de Alba era frío y suspicaz, mientras que las guerras de las provincias en rebelión obraban con fuerza contra ella. En la pacificación de Gante (1576), se ofreció a los jesuitas un juramento contra los gobernantes de los Países Bajos, lo que ellos rehusaron firmemente, y fueron expulsados de sus casas. Pero esto por fin les ganó el favor de Felipe; y bajo Alejandro Farnesio la suerte cambió por completo en su favor. El Padre Oliver Manare se convirtió en el dirigente a la medida de la situación, a quien el propio Acquaviva saludó como "Pater Provinciae". En pocos años se fundaron un gran número de colegios bien dotados, y en 1612 la provincia tuvo que ser subdividida. La Flandro-Belgica contaba con diesiséis colegios y la Gallo-Belgica con diiocho. Todos salvo dos eran escuelas diurnas sin colegios preparatorios para niños pequeños. Funcionaban con un personal relativamente pequeño de cinco o seis, a menudo sólo tres profesores, aunque sus alumnos podían contar con varios cientos. La enseñanza era gratuita, pero una dotación suficiente para el sostén de los maestros era un preliminar nesario. Aunque la educación preparatoria y elemental no estaba aún de moda, la atención prestada a la enseñanza del catismo era muy elaborada. Las clases eran regulares, y los intervalos se animaban con música, ceremonias, representación de misterios, y procesiones. A éstas asistían a menudo toda la magistratura en traje de ceremonia, mientras que el mismo obispo asistía a la distribución de premios. Una congregación espial se constituyó en Amberes en 1648 para organizar a damas y caballeros, nobles y burgueses, como maestros de escuela dominical, y en ese año sus clases contaban en total con 3.000 niños. Organizaciones similares existieron por todo el país. Las clases de primera comunión constituyeron una extensión del catismo. En Brujas, Bruselas, y Amberes, entre 600 y 1600 asistían a las clases de comunión.
Las congregaciones marianas jesuitas fueron instituidas en primer lugar en Roma por un jesuita belga, Juan Leunis, en 1563. Su país natal pronto las adoptó con entusiasmo. Cada colegio tenía normalmente cuatro:
* para los alumnos (más a menudo dos, una para los mayores, otra para los pequeños);
* para los jóvenes que salían del colegio;
* para adultos (más a menudo varias) - para trabajadores, comerciantes, clases profesionales, nobles, sacerdotes, médicos, etc., etc.;
* para niños pequeños.
En la época anterior a que los hospitales, asilos, y la educación elemental estuviera regularmente organizada y sostenida por el Estado; antes de que las cuotas para entierros, los sindicatos, y similares suministraran ayuda espífica al trabajador, estas cofradías desempeñaban las funciones de tales instituciones, de manera t
Historia del Matrimonio
La palabra matrimonio puede ser usada para denotar la acción, contrato, formalidad, o ceremonia en la que la unión conyugal es creada, o para la unión en sí, en su condición de permanente. En este artículo tratamos, en gran parte, del matrimonio como condición, y de sus asptos morales y sociales. Normalmente es definido como la unión legítima entre marido y mujer. "Legítimo" indica la sanción de una ley, ya sea natural, evangélica, o civil, mientras que la frase, "marido y mujer", implica los derechos mutuos en las relaciones sexuales, de la vida en común, y de una unión permanente. Las dos últimas características distinguen el matrimonio del concubinato y de la fornicación, resptivamente. La definición, sin embargo, es lo suficientemente amplia como para comprender la poligamia y la poliandria, cuando estas uniones son permitidas por el derecho civil; pues en tales relaciones hay tantos matrimonios como individuos del sexo numéricamente mayor. Podemos ciertamente dudar que la promiscuidad, la condición en la que todos los hombres de un grupo mantienen relaciones y viven indiscriminadamente con todas las mujeres del mismo, sea llamada matrimonio. En semejante convivencia, la relación y vida doméstica está desprovista de la exclusividad que normalmente está asociada a la idea de una unión conyugal.
(1) Teoría de la Primitiva Promiscuidad
Todas las autoridades están de acuerdo en que en tiempos históricos la promiscuidad era inexistente o que se daba sólo en pequeños grupos. ¿Prevalió en algún tipo de escala durante el periodo prehistórico de la espie? Un considerable número de antropólogos que escribieron entre 1860 y 1890, como por ejemplo, Bachofen, Morgan, McLennan, Lubbock, y Giraud-Teulon, dlaran que éste era el tipo de relación entre los sexos casi entre todas las personas. Esta teoría ganó con tal rapidez gran número de adeptos, que en 1891 era, según Westermarck, "considerada por muchos escritores como una verdad demostrada" (History of Human Marriage, pág. 51). Apeló bastante a los que creían en la evolución orgánica, los cuales presuponían que las costumbres sociales del hombre primitivo, incluso las relaciones sexuales, deben de haber diferido muy poco de los usos correspondientes entre los brutos. Ha sido ávidamente asumida por los Socialistas Marxistas, debido a la similitud con sus teorías de la propiedad común primitiva y del determinismo onómico. Según esta última hipótesis, todas las demás instituciones sociales están, y lo han sido siempre, determinadas por las instituciones onómicas subyacentes; por ello, en la situación original de la propiedad común, las esposas y maridos deben de haber sido igualmente comunes (véase Engles, "The Origin of the Family, Private Property, and the State", tr. del alemán, Chicago, 1902). De hecho, la moda temporal que disfrutó la teoría de la promiscuidad se debió en gran grado, aparentemente, a teorías a priori, como las que hemos mencionado, y a su deseo de creer en ello, que a evidencias positivas.
El único testimonio dirto a su favor, lo encontramos en las fragmentarias dlaraciones de algunos escritores antiguos, como Herodoto y Estrabón, acerca de unas pocas personas sin importancia, y en los relatos de algunos viajeros modernos que se basan en algunas tribus primitivas de la actualidad. Ninguna de estos testimonios muestran con claridad que las personas a quienes se refieren practican la promiscuidad, y estos dos son muy poco para justificar la generalización de que todas las personas vivieron originalmente en las condiciones que ellos describen. En cuanto a evidencias indirtas en favor de esta teoría, se basan en la inducción de algunas costumbres sociales, tales como el trazar el parentesco a través de la madre, la prostitución religiosa, las relaciones prematrimoniales en algunos pueblos primitivos, y por la comunidad primitiva de bienes, (ninguna de estas condiciones ha sido universal en fase alguna del desarrollo humano, y cada una de ellas puede ser explicadas de manera más fácil y natural de otra manera que asumiéndola como promiscuidad. Podemos dir que los argumentos positivos en favor de la teoría de la promiscuidad primitiva paren insuficientes para darle cualquier tipo de probabilidad, mientras que los argumentos biológicos, onómicos, psicológicos, e históricos dados en su contra por muchos escritores rientes, por ejemplo Westermarck (op. cit., iv-vi) paren considerarlos indignos de seriedad alguna. La actitud de los estudiosos contemporáneos es descrita de esta manera por Howard: "Las investigaciones de algunos escritores rientes, espialmente las de Starcke y Westermarck, si bien confirman y van más allá de las conclusiones más tempranas de Darwin y Spencer, establen la posibilidad que el matrimonio o unión entre un hombre y una mujer, aunque a menudo era transitoria y la regla fruentemente violada, era la forma típica de unión sexual desde los comienzos de la raza humana" (History of Matrimonial Institutions, I, pp. 90, 91).
(2) Poliandria y Poligamia
Una desviación de la forma típica de unión sular que, sin embargo, también es llamada matrimonio, es la poliandria, la unión de una mujer con varios hombres al mismo tiempo. Ha sido practicada en varios momentos por un número considerable de personas o tribus. Existió entre los antiguos bretones y árabes, los habitantes de las Islas Canarias, los aborígenes de América, los hotentotes, los habitantes de la India, Ceilán, Tíbet, Malabar, y Nueva Zelanda. En la gran mayoría de estos casos, la poliandria fue una forma excepcional de unión conyugal. La monogamia e incluso la poligamia eran mucho más fruentes. Pare ser que el mayor número de uniones poliandras fueron las llamadas fraternas; es dir, los esposos de un grupo conyugal eran todos hermanos. Fruentemente, si no lo era generalmente, el primer marido tenía mayores derechos conyugales y domésticos que los otros, siendo, de hecho, el marido principal. Los otros sólo eran maridos en un sentido sundario y limitado. Ambos casos muestran que incluso en los comparativamente pocos casos en que se daba la poliandria, ésta era ablandada en dirción a la monogamia; la esposa no pertenía a varios hombres totalmente independientes, sino a un grupo unido por los lazos más íntimos de la sangre; ella se casaba con una familia en vez de con una persona. Y el hecho de que uno de sus consortes poseía mayores privilegios matrimoniales, muestra que ella tenía sólo un marido en el sentido pleno de la palabra. Algunos escritores, por ejemplo McLennan (Studies in Ancient History, pp.112, sq.) han afirmado que el levirato, la costumbre que obligaba al hermano de un marido difunto ha casarse con su viuda, tuvo su origen en la poliandria. Pero el levirato puede ser explicado sin este tipo de hipótesis. En muchos casos simplemente indicaba que la esposa, al ser propiedad del marido, era heredada por su más cercano heredero, es dir, su hermano; en otros casos, como entre los antiguos hebreos, era con el fin evidente de continuar con el nombre, familia, e individualidades del difunto marido. Si el levirato señalara en todos los casos a una condición anterior de poliandria, esta última debió de haber sido mucho más común de lo que muestran las evidencias dirtas. Se sabe con certeza que el levirato existió entre los habitantes de Nueva Caledonia, los indios piel roja, los mongoles, afganos, hindúes, hebreos, y abisinios; pero en ninguno de estos pueblos encontramos rastros de poliandria. Las causas principales de poliandria eran la escasez de mujeres, debido al infanticidio de las mismas y a la apropiación de muchas mujeres por parte de muchos jefes polígamos y los poderosos de la tribu, y a la escasez de comida que hacía imposible que cada miembro masculino de una familia mantenga a una esposa. Incluso hoy la poliandria no es totalmente desconocida. Se encuentra en alguna magnitud en el Tíbet, en las Islas Aleutianas, entre los hotentotes, y los cosacos de Zaporogian.
La poligamia (muchos matrimonios) o más corrtamente, la poliginia (muchas esposas) ha sido, y todavía es bastante más común que la poliandria. Existió entre la mayoría de pueblos antiguos conocidos en la historia, y se da en la actualidad en algunas naciones civilizadas, así como en la mayoría de tribus primitivas. Los únicos grupos importantes de la antigüedad que han tenido pequeño o ningún rastro de ella, han sido los griegos y los romanos. No obstante, el concubinato, que puede ser considerado como una forma más alta de poligamia o por lo menos como lo más parido a la monogamia, fue durante muchos siglos ronocido por las costumbres e incluso por las leyes de estas dos naciones (véase Concubinato). Hoy en día, esta costumbre se sigue dando espialmente entre quines están bajo la influencia del mahometismo, como por ejemplo, en Arabia, Turquía, y algunos en la India. Entre las razas primitivas, se da principalmente en el África. Sin embargo, la poligamia se ha extendido sólo de manera territorial, y nunca ha sido practicada por más que una pequeña minoría. Incluso en los lugares que ha sido prohibida por la costumbre o el derecho civil, la inmensa mayoría de la población era monógama. Las razones son obvias: no hay suficientes mujeres para que cada hombre tenga varias esposas, ni la mayoría de hombres están en capacidad de mantener más de una. Por ello, los matrimonios polígamos se dan mayormente entre los reyes, jefes, los poderosos, y los ricos de la comunidad; y pare que normalmente se daba bajo la forma de bigamia. Es más, las uniones polígamas son, como regla, modificadas en la dirción de la monogamia, ya que una de las esposas, normalmente la primera, ocupa un lugar más elevado en la casa que las otras, o una de ellas es la favorita, y tiene grandes privilegios en sus relaciones y trato con el marido común. Entre las causas principales de la poligamia tenemos:
La relativa escasez de varones, a ves por causa de las numerosas y devastadoras guerras, y a ves por un exceso de nacimientos de mujeres; la renuencia del marido a permaner continente cuando las relaciones con su esposa son indeseables o imposibles; y los deseos lujuriosos. Otra causa, o más propiamente una condición, es un cierto grado de avance onómico de una persona, y una cierta cantidad de riqueza acumulada por algunos individuos. En las sociedades más humildes la poligamia es casi desconocida, ya que la caza o pesca son los medios principales de sustento, y el trabajo de las mujeres no tiene valor que tienen cuando las esposas pueden trabajar cuidando los rebaños, cultivando el campo, o realizando trabajos manuales. Antes de que se llegase a la época pastoral pocos podían darse el lujo de mantener varias mujeres. Pero, cuando, se dio cierta acumulación de riqueza, la poligamia se empezó a dar entre los más adinerados, y entre aquellos que podían aprovhar el trabajo de sus esposas. Podemos concluir que esta práctica ha sido más fruente en algunos pueblos salvajes y bárbaros no tan antiguos entre los más antiguos; incluso, en épocas más antiguas, se tendía hacia cierto tipo de monogamia.
Ahora podemos resumir la situación histórica sobre las formas de unión sexual y de matrimonio usando las palabras de una de las autoridades vivientes más capaces en este campo de investigación:
No es en lo absoluto imposible que, en algunos pueblos, la relación entre los sexos haya podido ser casi promiscua. Pero no existen evidencias genuinas para dlarar que la promiscuidad estuvo presente de forma generalizada en una etapa de la historia de la humanidad. aunque la poligamia se ha dado entre la mayoría de los pueblos existentes, y la poliandria en algunos, la monogamia es por lejos la forma más común de matrimonio humano. Lo fue así entre nuestros antepasados, de quienes tenemos ciertos conocimientos dirtos. La monogamia es la forma más ronocida y permitida. La gran mayoría de personas es, por lo regular, monógamo, y las demás formas de matrimonio normalmente son modificadas hacia la monogamia. Podemos sin duda alguna afirmar que, si el avance de la humanidad sigue siendo como hasta ahora; si, por consiguiente, los motivos a los que la monogamia en las sociedades más avanzadas debe su origen continúan operando con una fuerza constantemente criente; si, sobre todo, el altruismo aumenta y el sentimiento de amor se vuelve más refinado y más exclusivamente dirigió hacia uno, las leyes de la monogamia no podrán nunca ser modificadas, pero deberán vivirse de una manera más estricta de cómo se ha venido haciendo hasta ahora (Westermarch, op.cit., pp. 133, 459,510).
La experiencia de la espie, particularmente en su movimiento hacia el progreso de la civilización, ha aprobado la monogamia por la simple razón que la monogamia está en armonía con los elementos esenciales e inmutables de la naturaleza humana. Tomando la palabra natural en su sentido pleno, podemos afirmar que la monogamia es la única forma natural de matrimonio. Mientras la promiscuidad responde a ciertas pasiones elementales y satisface temporalmente ciertas nesidades superficiales, se opone a nuestro instinto paternal, el bienestar de los niños y de la espie, y a la irresistible fuerza de los celos y de la preferencia individual tanto de los hombres como de las mujeres. Mientras la poliandria satisfizo en alguna medida las nesidades temporales y excepcionales que se dieron por la escasez de comida o de mujeres, encuentra una barrera insuperable en los celos masculinos, en el sentido masculino de la propiedad, y se opone dirtamente al bienestar de la esposa, y es fatal para la fundidad de la espie. Si bien la poligamia ha prevalido entre muchos pueblos y por tan largo periodo de la historia, hasta poder sugerir que es en algún sentido natural, y si bien pare proporcionar una cierta satisfacción al cada vez más fuerte y fruente deseo masculino, choca con la igualdad numérica de los sexos, con los celos, el sentido de propiedad, igualdad, dignidad y bienestar de la mujer, y con los mejores intereses de la prole.
En todas aquellas regiones en que la poligamia ha existido o todavía existe, la posición social de la mujer es sumamente baja; ella es considerada como una propiedad del varón, no como su compañero; su vida, invariablemente, está llena de grandes sufrimientos, y sus calidades morales, espirituales, e inteltuales son casi totalmente ignorados. Además, el varón es en el sentido más pleno de la palabra, naturalmente monógamo. Sus facultades morales, espirituales, y estéticas sólo pueden desarrollarse de manera normal cuando sus relaciones sexuales se limitan a una mujer, viviendo en común y en la unión duradera dadas por la monogamia. El bienestar de los hijos, y, por consiguiente, de la espie, obviamente exige la atención y cuidado de ambos como pareja, y no de forma dividida. Cuando hablamos de lo natural en toda institución social, nesariamente tomamos como norma, no la naturaleza en un sentido superficial o unilateral, o en su estado salvaje, o como puede darse en unos individuos o en una sola generación, sino que la consideramos de manera aduada, en todas sus nesidades y capacidades, presente en todas las generaciones del presente y futuras, y tal como apare en aquellas tendencias que la guían hacia su desarrollo más pleno. El veredicto de la experiencia y el llamado a un refuerzo de lo natural, por consiguiente, la enseñanza cristiana de la unidad del matrimonio. Además, el progreso de la humanidad hacia la monogamia, así como hacia una más pura monogamia, durante los últimos dos mil años, se debe más a la influencia del cristianismo que a todas las demás fuerzas combinadas. El cristianismo no sólo ha abolido o disminuido la poliandria y la poligamia entre los pueblos salvajes y bárbaros que ha convertido, sino que también ha preservado a Europa de la civilización polígama del mahometismo, ha protegido el ideal de la monogamia ante la mirada de los personajes más ilustrados, y ha dado al mundo la concepción más plena de la igualdad que debe existir entre el varón y la mujer que conforman una pareja matrimonial. También, su influencia a favor de la monogamia la ha extendido, y continúa extendiéndola, más allá de los confines de los países que se llaman a sí mismos cristianos.
(3) Desviaciones del Matrimonio
Nuestro tratado sobre las diferentes formas de matrimonio quedaría incompleto sin una referencia a aquellas prácticas que de alguna u otra manera existen, y que son además una trasgresión del matrimonio. El libertinaje sexual que es casi semejante a la promiscuidad pare haber prevalido entre algunos pueblos o tribus. En algunos pueblos primitivos la mujer, espialmente las solteras, practicaban la prostitución como acto religioso. Algunas tribus, tanto antiguas como relativamente modernas, han mantenido la costumbre de entregar a la rién casada a los parientes e invitados del novio. Las relaciones sexuales prematrimoniales han estado prohibidas en algunos pueblos primitivos. En algunas tribus salvajes el marido permitía a sus invitados tener relaciones sexuales con su esposa, o la alquilaba. Se conocen ciertas culturas no civilizadas que tenían la costumbre de realizar matrimonios de prueba, matrimonios que sólo comprometían a la pareja sólo cuando les nacía un hijo, y matrimonios que obligaban a la pareja sólo durante algunos días de la semana. Si bien la practica generalizada de lo que se conoce como el jus primae noctis no tiene ninguna base histórica, y hoy en día se admite que fue una invención de los enciclopedistas, en algunas ocasiones, se les exigió a las siervas someterse a su señor antes de tener relaciones sexuales con sus maridos (Schmidt, Karl, "Jus Primae Noctis, a historical examination"). Las jóvenes japonesas solteras de las clases más pobres fruentemente pasaban parte de su juventud como prostitutas, con el consentimiento de sus padres y aprobación de la opinión pública.
El concubinato, la práctica de formar una espie de unión duradera con una mujer que no es la esposa, o una unión similar entre una pareja de solteros, ha prevalido en alguna forma entre la mayoría de los pueblos, incluso entre algunos que habían llegado a un alto grado de civilización, como los griegos y romanos (para conocer más detalles sobre las dlaraciones anteriores, véase Westermarck, op, cit., passim). En una palabra, la fornicación y el adulterio han sido bastante comunes en todas las épocas de la historia del mundo y entre casi todas las civilizaciones, para inquietud de los moralistas, estadistas, y sociólogos. Debido al crimiento de las ciudades, el cambio en las relaciones entre los sexos en la vida social e industrial, el daimiento de la religión, y el relajo del control paterno, estos males han aumentado bastante en los últimos cien años. La magnitud que la prostitución y las enfermedades venéreas están socavando la salud mental, moral y física de las naciones, es en sí mismo una prueba rotunda de que las elevadas y estrictas normas de pureza que proclama la Iglesia católica, tanto dentro como fuera de las relaciones matrimoniales, constituyen el único resguardo aduado para la sociedad.
(4) El divorcio
Es una modificación de la monogamia y se opone tanto a su espíritu como la poliandria, la poligamia y el adulterio. De hecho, requiere que la pareja espere cierto tiempo o contingencia antes de romper la unidad del matrimonio, pero es de hecho una violación de la monogamia, de la unión perdurable de marido y mujer. Aunque es practicada en casi todos los pueblos, ya sean salvajes o civilizados. Los únicos pueblos que aparentemente nunca lo han practicado o ronocido formalmente, son los habitantes de las Islas Andamán, algunas de Papúa-Nueva Guinea, algunas tribus del Archipiélago Índico, y los veddas de Ceilán. Entre la mayoría de pueblos no civilizados pare ser que las uniones matrimoniales que duraban hasta la muerte eran una práctica poco común. Resulta cierto afirmar que en la mayoría de pueblos no civilizados el marido estaba autorizado a divorciarse de su esposa en el momento en que lo deseaba. Una gran mayoría de los más desarrollados pueblos que estaban fuera del influjo del cristianismo restringían el derecho de divorcio al marido, aunque las razones para poder realizarlo, eran, por lo general, no tan numerosos como entre los pueblos no civilizados. Sin embargo, cuando estos países adoptaron la religión católica, el divorcio fue muy pronto abolido, y continuó siéndolo mientras el Estado ronocía oficialmente la religión. Los primeros emperadores cristianos, como Constantino, Teodosio y Justiniano, legalizaron esta costumbre, pero, antes del décimo siglo las enseñanzas católicas sobre la indisolubilidad del matrimonio ya se habían incluido en la legislación civil de los países católicos (véase Divorcio). Las Iglesias Orientales separadas de Roma, entre ellas la Iglesia Ortodoxa griega, y todas las stas protestantes, permiten el divorcio en distintos grados, y esta práctica prevale en los países en los que estas Iglesias ejercen una considerable influencia. En algunos países no-católicos el divorcio es sumamente fácil de conseguir y escandalosamente fruente. Entre 1890 y 1900 los divorcios realizados en los Estados Unidos promediaron 73 por cada 100,000 habitantes por año. Esta proporción era dos ves mayor que la de cualquier otra nación Occidental. La proporción en Suiza era de 32; en Francia, 23; en Sajonia, 29; y en la mayoría de países europeos, menos de 15. Hasta ahora, según nos informan las estadísticas, sólo un país en el mundo, a saber, Japón, tenía una mayor proporción que los Estados Unidos, con una proporción de 215 por cada 100,000 habitantes del Reino Florido. En la mayoría de los países civilizados la proporción de divorcios está aumentando, de manera lenta en algunos, y muy rápidamente en otros. Proporcionalmente a la población, hoy en día, en los Estados Unidos se han realizado aproximadamente dos y medio divorcios más que los que se realizaron hace cuarenta años.
Pero la práctica de querer disolver la unión matrimonial por medio de la ley, no se reduce a los protestantes, cismáticos, y a los países paganos. También se da con cierta magnitud en los países católicos de Europa, excepto en Italia, Portugal, y España. América del Sur es el continente en donde menos se da. La mayoría de los países en esta división geográfica no permiten el divorcio. Un hecho notable para la historia del divorcio es que en aquellos países que nunca han sido evangelizados, y aquellos que han permanido fieles a las enseñanzas cristianas durante un tiempo corto (por ejemplo, las regiones que cayeron bajo el influjo mahometano) realizaron esta práctica con términos más favorables para el marido que para la mujer. La única excepción importante a esta regla fue la Roma pagana durante los últimos siglos de su existencia. En países modernos en donde el divorcio es permitido, y que todavía se llaman cristianos, la mujer tiene las mismas facilidades que el marido para poder realizarlo; pero esto se debe indudablemente a la influencia que ejerció el cristianismo en la creación del estado civil y social de la mujer durante el largo periodo en el que el divorcio estaba prohibido. A la larga, el divorcio es, inevitablemente, más perjudicial para la mujer que para el hombre. Si la mujer divorciada permane soltera, por lo general tiene mayores dificultades para su manutención que el hombre divorciado; si ella es joven, las posibilidades que tiene para volver a casarse, son, de hecho, iguales que las de un hombre divorciado que es joven; pero si ella es mayor, la posibilidad de que encontrará un esposo conveniente es menor que en el caso de su marido separado.
El hecho de que en los Estados Unidos más mujeres que hombres solicitan el divorcio no prueba nada en contra las dlaraciones que acabamos de dar; ya que no sabemos si a estas mujeres les ha sido fácil conseguir otros maridos, o si su nueva condición era mejor que la anterior. El fruente rurso al divorcio de las mujeres americanas es comparativamente un fenómeno riente, e indudablemente se debe más a la emoción, a esperanzas imaginarias, y a un uso apresurado de la libertad rién adquirida, que para calmar y poder realizar un aduado estudio de las experiencias de otras mujeres divorciadas. Si la facilidad presente con que se da el divorcio continúa cincuenta años más, las desproporcionadas penurias de las mujeres serán tan evidentes, que lo más probable es que el número de ellas que abusa de él, o lo aprueban, será bastante menor de lo que es hoy.
Los males sociales de los divorcios fáciles son tan obvios que la mayoría de americanos está, indudablemente, en favor de una política más estricta. Uno de los males de más largo alcance debido a esto es una idea bastante deteriorada de lo que es la fidelidad conyugal; pues cuando una persona considera la posibilidad de volver a casarse por una cantidad de razones ligeras como algo totalmente legal, su sentido de obligación hacia su pareja no puede ser ni muy fuerte ni profundo. Paralelamente no puede parer mucho peor que la pluralidad sucesiva de relaciones sexuales. El promedio de marido y mujeres que se divorcian por una causa trivial son menos fieles unos a otros mientras dura su unión temporal que el promedio de parejas que no cree en el divorcio. Asimismo, el divorcio fácil da ímpetu a las relaciones ilícitas entre solteros, ya que tiende a destruir la conciencia que se da entre el concepto de relación sexual y unión permanente entre un hombre con una mujer. Otro mal es el aumento del número de matrimonios apresurados e infelices entre personas que consideran el divorcio como una fácil solución a sus posibles errores. Además, los hijos de parejas divorciadas se ven privados de su herencia natural, es dir, la educación y cuidado de ambos padres en un mismo hogar, y casi siempre sufren graves y variados daños. Finalmente, existe un daño moral. El matrimonio indisoluble es uno de los medios más eficaces para desarrollar el autodominio y el sacrificio mutuo. Muchos saludables inconvenientes son soportados pues no se pueden evitar, y muchas imperfciones de carácter y temple son corregidas porque el marido y la mujer comprenden que sólo así es posible la felicidad conyugal. Por otro lado, cuando el divorcio se puede obtener fácilmente, no existe motivo suficiente por sufrir aquellas incomodidades que son tan importantes para la autodisciplina, el desarrollo de uno mismo, y la práctica del altruismo.
Todas las objiones nombradas son válidas contra el divorcio fruente, contra el abuso del divorcio, pero no contra el divorcio que involucre la separación de camas y mesa sin que signifique el derecho para contraer otro matrimonio. La Iglesia permite una cierta separación en algunos casos, principalmente, cuando uno de ellos ha cometido adulterio, y cuando la convivencia común sea causa de graves daños para el alma o el cuerpo. Si un divorcio se diera por alguno de estos dos casos, algunos dlaran que sería socialmente preferible la separación sin derecho a volver a casarse, por lo menos para el que fue inocente. Pero sería ciertamente menos ventajoso a la sociedad que un régimen que no permita ningún tipo de divorcio. En los lugares en que la separación es permitida, requiere que esta sea en proporciones considerables sólo temporal, y el bienestar de los padres e hijos se beneficiará mucho más por medio de una ronciliación que si una de las partes formara otra unión matrimonial. Cuando no existen esperanzas de poder realizar otro matrimonio, las posibles ofensas que pudieran justificar una separación son menos comunes, y la separación probablemente será buscada sin fundamentos suficientes o se obtendrá a través de métodos fraudulentos. Es más, la experiencia nos muestra que cuando el divorcio es permitido por algunos motivos, hay una tendencia casi irresistible a aumentar el número de posibilidades legales, y de hacer menos estricta la administración de esta ley. Finalmente, la prohibición absoluta del divorcio tiene ciertos eftos morales que contribuyen de una manera fundamental y duradera al bienestar social. La idea popular impresa en el pensamiento sobre el matrimonio, es que es una relación exclusiva entre dos personas, y que las relaciones sexuales que se dan en ella, normalmente requieren una unión para toda la vida.
La obligación de un autodominio, y de la subordinación de la naturaleza animal a la naturaleza humana, a la razón y al espíritu, así como la posibilidad de cumplir con esta obligación, es enseñada de una manera más llamativa y práctica. La humanidad es con ello ayudada y animada ha alcanzar un plana moral más elevado. Las enseñanzas cristianas sobre la indisolubilidad, así como de la unidad del matrimonio, están en mejor armonía con la naturaleza de las mismas, y con las nesidades más profundas de la civilización. "Existen abundantes evidencias", dice Westermarck, "que el matrimonio, como un todo, se ha vuelto más durable a medida que el ser humano ha subido a los grados más elevados de civilización, y, que, una cierta cantidad de civilización es condición esencial para formación de una unión de por vida" (op. cit., pág. 535). Esta dlaración nos lleva a dos generalizaciones admisibles y seguras: primera, que la prohibición del divorcio durante muchos siglos ha sido causa y efto de aquellos ’más elevados grados de civilización’ alcanzados: y, segunda, que la misma política ha de ser hallada esencial en el grado más elevado de civilización.
(5) Abstención del Matrimonio
Son pocas e insignificantes las excepciones entre los pueblos, salvajes o civilizados, que no han aceptado la religión católica, que no consideren con cierto desdén el celibato. Los miembros de pueblos no civilizados se casan a muy temprana edad, y tiene una proporción menor de personas célibes que las naciones civilizadas. Durante el último siglo la proporción de solteros ha aumentado en los Estados Unidos y en Europa. Las causas de este cambio son, en parte, onómicas, ya que se ha hecho más difícil poder mantener una familia de acuerdo a las normas contemporáneas de vida; en parte sociales, ya que el aumento de placeres sociales y oportunidades han desplazado en cierto grado las aspiraciones e intereses domésticos; y en parte morales, pues la relajada noción de la castidad ha hecho que aumente el número de los que buscan satisfacer sus deseos sexuales fuera del matrimonio. Desde el punto de vista de la moral social y del bienestar social, el celibato moderno es casi un gran mal. Por otro lado, el celibato religioso proclamado y animado por la Iglesia es socialmente beneficioso, ya que muestra que la continencia es factible, y los religiosos con su vida célibe ejemplifican un grado más elevado de altruismo que cualquier otro grupo de la sociedad. La afirmación que el celibato tiende a que el estado matrimonial parezca bajo o indigna, es contradictorio con la opinión pública y la práctica en los países en que el celibato se considera un honor muy alto. Es pues prisamente en esos lugares en donde por lo general las relaciones entre los sexos son más puras (véase CELIBATO).
(6) El Matrimonio como una Ceremonia o Contrato
El acto, formalidad, o ceremonia en la que la unión matrimonial se crea, ha diferido ampliamente en épocas diferentes y entre las diferentes civilizaciones. Uno de las primeras y más fruente costumbre acerca del matrimonio era la captura de una mujer por parte de su futuro marido, normalmente de otra tribu a la que él pertenía. En la mayoría de los pueblos primitivos este hecho pare haber sido considerado un medios para conseguir esposa, más que la formación propiamente de la unión matrimonial. Luego de la captura, empezaba la convivencia, y esta, estaba generalmente desprovista de cualquier tipo de formalidad. La captura de esposas continuó de manera simbólica en muchos lugares después de que esta cesara. Todavía existe en algunos pueblos no civilizados, y en tiempos no tan lejanos se daba en algunos lugares de Europa Oriental. Después de que esta práctica se convirtiera en algo simulado, era fruentemente considerado como la ceremonia en sí, o como un acompañamiento esencial del matrimonio. La captura simbólica ha dado en gran parte pie a la costumbre de comprar esposas, la cual prevale hasta hoy en día en muchos pueblos no civilizados. Esta ha adquirido varias formas. A ves la persona que deseaba una esposa entregaba a cambio de ella a una parienta; a ves trabajaba durante un periodo de tiempo para el padre de su futura esposa, costumbre esta fruente entre los antiguos hebreos; pero la más común era pagar por la
Historia del Pueblo Judío
(Yehúd’m; Ioudaismos).
De estos dos términos, Judíos y Judaísmo, el primero se refiere, generalmente, a los israelitas o descendientes de Jacob (Israel), para distinguirlos de los pueblos gentiles; el segundo se refiere al culto y al credo de los judíos, en comparación con los de los cristianos, mahometanos, etc. En un artículo aparte trataremos del judaísmo como comunión religiosa, con su sistema espial de fe, ritos, costumbres, etc. (Ver JUDAÍSMO). Aquí cubriremos la historia de los judíos desde su regreso del exilio de Babilonia, época a partir de la cual los israelitas ribieron el nombre de judíos (Para la historia de épocas anteriores, ver ISRAELITAS).
Podemos dividir esta historia en varios periodos, de acuerdo con una serie de acontimientos clave que pueden distinguirse en la existencia de los judíos desde su regreso del exilio, en el año 538 a. C.
(1) Soberanía persa (538-333 a. C.)
En octubre del año 538 a. C., Babilonia abrió sus puertas al ejército persa y, unas pocas semanas después, el gran conquistador de Babilonia, Ciro, hizo su entrada triunfal en la ciudad derrotada. Una de las disposiciones oficiales del nuevo soberano de Babilonia consistió en conceder a los exiliados judíos plena libertad para regresar a Judá (ver I Esdras, 1). En esencia, el dreto de Ciro en favor de los judíos está en perfta armonía con otros dretos conocidos de este monarca, que se caracterizó por una política general de clemencia y tolerancia respto a los pueblos conquistados y por su deseo natural de tener en la frontera con Egipto una comunidad tan amplia como fuera posible, unida a Persia por fuertes lazos de gratitud. Un número relativamente amplio de judíos exilados (50.000 según I Esdras, 2, 64-65) se aprovhó de la autorización de Ciro. Su caudillo oficial fue Zorobabel, descendiente de la familia real de Judá, a quien el monarca persa había investido con el gobierno de la subprovincia de Judá y confiado los vasos priosos que habían pertenido a la casa de Yahvé. A su lado estaba el sacerdote "Josué, el hijo de Josed", probablemente como cabeza religiosa de la comunidad que regresaba del exilio. Los exiliados, que pertenían en su mayoría a las tribus de Benjamín y de Judá, se asentaron principalmente en las inmediaciones de Jerusalén. Una de las primeras cosas que hicieron fue organizar un consejo de doce ancianos, presidido por Zorobabel, que controlaba y guiaba los asuntos internos de la comunidad, bajo la soberanía de Persia. También sin demora, erigieron un nuevo altar que quedó preparado para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos en el año 537 a. C. A partir de esta fecha, el sistema de ritos quedó completamente restablido. Los fundamentos del segundo Templo se colocaron el segundo mes del segundo año después del regreso del exilio, pero no se hicieron mayores avances durante quince o diesiséis años debido a las constantes interferencias y a los enredos producidos ante los reyes de Persia por los samaritanos, a quienes los judíos habían impedido participar en los trabajos de ronstrucción de la Casa del Señor. Entretanto, los propios judíos perdieron gran parte de su interés en la ronstrucción del Templo; tan sólo en el año 520 a. C., los profetas Ageo y Zacarías consiguieron despertarles de su indiferencia. La comunidad judía de Babilonia y el rey de Persia (aunque éste último un poco más tarde) enviaron ayuda onómica. Animados de esta forma, los judíos realizaron rápidos progresos y, el 3 de marzo del año 515 a. C., el nuevo Templo quedó solemnemente consagrado. Los dirigentes del pueblo judío abordaron, a continuación, la ronstrucción de las murallas de Jerusalén, pero se encontraron de nuevo con la hostilidad de los samaritanos, cuyas quejas ante la Corte de Persia fueron escuchadas, durante el reinado de Artajerjes I "Longimano" (464-424 a. C.), quien dictó órdenes prohibiendo estrictamente a los judíos que prosiguieran los trabajos.
No es nesario utilizar aquí demasiado espacio para explicar la misión espial de Esdras y Nehemías en favor de la luchadora comunidad palestina y sus agotadores esfuerzos para elevar su moral (ver ESDRAS; NEHEMÍAS). Baste con dir que, en todas sus actuaciones (ver CAUTIVERIOS), el escriba Esdras y el sátrapa Nehemías dejaron una huella permanente entre sus compatriotas judíos. Poco se sabe con prisión de la historia de los judíos de Palestina después de la muerte de Esdras que, probablemente, tuvo lugar no mucho antes del final de la dominación persa sobre Judá, en el año 333 a. C. Sin embargo, pare que bajo los sátrapas de Celesiria, las actuaciones del sumo sacerdote tenían una considerable influencia tanto en los asuntos religiosos como en los asuntos civiles (cf. Josefo, "Historia antigua de los judíos", 11, 7), y que la comunidad disfrutó de una criente prosperidad, apenas empañada por la deportación de un determinado número de judíos a regiones lejanas, tales como Hircania, lo cual tuvo lugar, probablemente, en tiempos de Artajerjes III (358-337 a. C.). Los judíos que prefirieron quedarse en Babilonia durante la dominación persa permanieron en contacto constante con los exilados que retornaron a su patria, a quienes enviaban ocasionalmente ayuda material, y formaron una comunidad floriente profundamente arraigada en la fe y en las tradiciones de su pueblo. En esta misma época fracasa la formación de la colonia judía en Elefantina (Alto Egipto), que contó durante un cierto tiempo con un templo propio; su lealtad a Persia queda atestiguada por unos papiros judeo-arameos descubiertos rientemente. Finalmente, las instituciones del judaísmo que paren haber experimentado un mayor desarrollo durante la dominación persa son las Sinagogas, con sus puliaridades educativas y religiosas, y los Escribas, con su espial conocimiento de la ley.
(2) Periodo Heleno (333-168 a. C.)
La derrota de Darío III (335-330 a. C.) por Alejandro Magno en Iso, Cilicia, abre un nuevo periodo en la historia de los judíos. La victoria del joven conquistador de Persia puso, indudablemente, a los judíos de Palestina en contacto dirto con la civilización griega; puede conocerse la exacta importancia histórica de este hecho a través de lo que cuenta Josefo (Historia antigua de los judíos, 11, 8, 3-5) en relación con la visita personal de Alejandro a Jerusalén. Alejandro permitió a los judíos el libre disfrute de sus libertades civil y religiosa y rompensó a quienes le acompañaron en la guerra contra Egipto y se asentaron en Alejandría, ciudad fundada por él, concediéndoles los mismos derechos ciudadanos que a los macedonios. Cuando los samaritanos se rebelaron contra él, incorporó de nuevo una parte de Samaria a Judea (331 a. C.). Después de la prematura muerte de Alejandro (323 a. C.), Palestina sufrió muchísimo por culpa de los conflictos que se ocasionaron cuando se produjo el reparto del vasto imperio entre sus capitanes. Situada entre Siria y Egipto, se transformó en la manzana de la discordia de sus resptivos gobernantes. Al principio, como parte integrante de Celesiria, Palestina pasó a ser una posesión de Laomedonte de Mitilene. Pero ya en el año 320 a. C., fue invadida por el egipcio Tolomeo I (323-285 a. C.), quien tomó Jerusalén un día de Sábado y se llevó a muchos samaritanos y judíos a Egipto. Pocos años después (315 a. C.), cayó en poder de Siria; pero después de la batalla de Ipsos, en Frigia (301 a. C.), quedó incorporada a Egipto y permanió así casi un siglo (301-202 a. C.). Seleuco I, fundador de Antioquía hacia el año 300 a. C., atrajo a los judíos a la nueva capital, otorgándoles los mismos derechos que a los ciudadanos griegos; y desde allí se fueron extendiendo paulatinamente por las principales ciudades de Asia Menor. El reinado de los tres primeros Tolomeos fue incluso más popular con los judíos que el de los Seléucidas. Tolomeo I (Soler) asentó a muchos judíos en Alejandría y Cirene, desde donde fueron expandiéndose poco a poco por el resto del país, y alcanzaron importante relevancia en la ciencia, en el arte e, incluso, en la literatura, como queda probado por numerosos fragmentos judeo-griegos que han llegado hasta nosotros. Bajo Tolomeo II (Filadelfo), se tradujo el Pentateuco del hebreo al griego; lo cual, a su vez, posibilitó, con el transcurso del tiempo, que se realizara una traducción completa del Antiguo Testamento, conocida como la Septuaginta. Su sucesor, llamado Evergetes (247-222 a. C.), gozó de espial reputación, después de una triunfal campaña en Siria, al haber ofrido ricos presentes en el Templo de Jerusalén. De nuevo, el tributo anual solicitado por los primeros Tolomeos era aparentemente ligero y, mientras lo pagaran regularmente, se permitía a los judíos de Palestina que gestionaran libremente sus propios asuntos bajo la tutela de sus sumos sacerdotes a cuyo lado se encontraba el Gerusia de Jerusalén, como un consejo de estado, que incluía la aristocracia sacerdotal. De este modo, las cosas se desarrollaron positivamente bajo el sumo sacerdocio de Simón el Justo (310-291 a. C.) y de sus dos hermanos, Eleazar II (291-276 a. C.) y Manasés (276-250 a. C.).
Las cosas no fueron tan satisfactorias bajo Onías II (250-226 a. C.), quien durante varios años retuvo el tributo del soberano egipcio. Bajo Simón II (226-198 a. C.), hijo y sucesor de Onías, cuyo piadoso gobierno es altamente loado en el lesiástico (capítulo 4), la condición de Palestina llegó a ser muy praria debido a los renovados conflictos entre Egipto y Siria por la posesión de Celesiria y Judea. Sin embargo, fue el rey de Siria, Antíoco II, quien finalmente continuó gobernando Palestina e hizo todo lo posible para asegurase la lealtad de los judíos no sólo de Judea, sino también de Mesopotamia y Babilonia. Seleuco IV (187-175 a. C.) continuó, al principio, la política conciliatoria de su padre y los judíos de Judea prosperaron durante los primeros años de Onías III (198-175). Pronto, sin embargo, luchas intestinas perturbaron el inteligente gobierno del pontífice, y Seleuco, mal aconsejado por Simón, el gobernador del Templo, envió a su tesorero, Heliodoro, para apoderarse de los fondos del Templo. El fracaso de la misión de Heliodoro trajo como consuencia el apresamiento de Onías y su expulsión del sumo sacerdocio. Esta expulsión, comprada al nuevo rey, Antíoco IV (Epífanes), por Jasón, un indigno hermano de Onías, supuso el triunfo real del helenismo en Jerusalén. El hombre que, a su vez, suplantó a Jasón fue Menelao, otro caudillo helenizante que, con astucia y dinero, se mantuvo en su puesto a pesar de las quejas de los judíos al monarca de Siria. Finalmente, se produjo una revuelta popular contra Menelao, que fue sofocada con gran crueldad por Antíoco, y que acabó con el abandono, por parte de Menelao, de su responsabilidad en el sumo sacerdocio, mientras que dos oficiales extranjeros se irconvirtieron en gobernadores de Jerusalén y Samaria, resptivamente (170).
(3) La Época de los Macabeos (168-63 a. C.)
Todo el periodo que acaba de ser descrito se caracterizó por el constante desarrollo y por la influencia generalizada de la cultura helena. Hacia el final de esta etapa los sumos sacerdotes judíos no sólo tomaron nombres griegos y adoptaron costumbres griegas, sino que se transformaron en ardientes defensores del helenismo. De hecho, Antíoco IV pensaba que ya había llegado el momento de unificar a los distintos pueblos bajo su dominio y que el modo de hacerlo era helenizándolos completamente. Su edicto general, que perseguía dicho propósito, se encontró, probablemente, con una oposición inesperada por parte de la mayoría de los judíos de Palestina. A través de comunicados espiales, ordenó que se interrumpiera por completo el culto a Yahvé en Jerusalén y en todas las ciudades de Judea: se prohibió, bajo pena de muerte, cualquier distintivo claramente judío y se establió la idolatría griega (168 a. C.). La Ciudad Santa había sido devastada rientemente y una parte de ella (Acra) quedó transformada en una ciudadela siria. El Templo fue consagrado a Zeus, a quien se ofrían sacrificios en un altar que se levantó sobre el dedicado a Yahvé. De forma similar, en todos los municipios de Judá se levantaron altares, sobre los cuales se ofrían sacrificios paganos. En la terrible persución que se desencadenó, cualquier posibilidad de resistencia paría imposible. Sin embargo, en la pequeña ciudad de Modin, un anciano sacerdote, Matatías, alzó descaradamente el estandarte de la revuelta. A su muerte (167 a. C.), nombró a su hijo Judas, llamado Macabeo, para dirigir las fuerzas que había reunido paulatinamente en torno a él. Bajo el competente liderazgo de Judas, las tropas de los Macabeos obtuvieron diversas victorias y, en diciembre del año 165 a. C., Jerusalén fue ronquistada, el Templo limpiado y el culto divino restablido.
La lucha contra los numerosos ejércitos de Antíoco V y Demetrio I, los siguientes reyes de Siria, fue tremenda y se mantuvo de forma heroica, aunque con éxito variable, por Judas hasta su muerte en el campo de batalla (161 a. C.). Le sucedió uno de sus hermanos, Jonatás, quien gobernó durante los siguientes diiocho años (161-143 a. C.). El nuevo caudillo no sólo consiguió ronquistar y fortificar Jerusalén, sino que, además, fue ronocido como sumo sacerdote de los judíos por los reyes de Siria y como un aliado por Roma y por Esparta. Sin embargo, no consiguió la completa independencia para su país: fue capturado alevosamente e inmediatamente después condenado a muerte por el general sirio Trifón. Entonces asumió el poder Simón (143-135 a. C.), otro hermano de Judas, bajo cuyo gobierno los judíos alcanzaron un alto grado de felicidad y prosperidad. Restauró las fortalezas de Judea, tomó y destruyó la ciudadela de Acra (142 a. C.), y renovó los tratados con Roma y con Lacedemonia. En el año 141 a. C., fue proclamado por la asamblea nacional "príncipe y sumo sacerdote perpetuo hasta que surgiera un profeta fiel". Ejercitó el derecho de acuñar moneda y puede ser considerado como el fundador de la última dinastía judía, la dinastía de los Asmoneos. El gobierno de Juan Hircano I, sucesor de Simón, duró 30 años y se caracterizó por una serie de conquistas, entre las que destacan la conquista de Samaria y la conversión por la fuerza de Idumea. Se unió a los aristócratas Saduceos en contra de los más rígidos defensores de la teocracia, los Fariseos, sucesores de los Asideos. Las partes más antiguas de "Los Oráculos de las Sibilas" y el "Libro de Enoch" son, probablemente, restos de la literatura de la época. Le sucedió su hijo mayor, Aristóbulo I (en hebreo, Judas), que fue el primer gobernante Macabeo que tomó el título de rey. Solamente reinó durante un año y conquistó una parte de Galilea. Su hermano Alejandro Janeo (en hebreo Jonatán) ocupó el trono durante veintiséis años (104-78 a. C.). Durante la guerra intestina que estalló entre él y su pueblo, coshó muchos fracasos; pero finalmente obtuvo la victoria frente a sus oponentes y tomó una terrible venganza sobre ellos. También tuvo éxito, al final de su reinado, al conquistar y judaizar todo el territorio al este del Jordán.
Al acceder al trono, su viuda Alejandra (en hebreo, Salomé) entregó, prácticamente, el gobierno a los Fariseos. Pero esto no aseguró la paz del reino y sólo la muerte de Alejandra impidió que se viera envuelta en una nueva guerra civil. La lucha que estalló inmediatamente después de su muerte (69 a. C.), entre sus dos hijos Hircano II y Aristóbulo II, que estaban apoyados por los Fariseos y los Saduceos, resptivamente, fue hábilmente controlada por Antipáter, el ambicioso Gobernador de Idumea y padre de Herodes el Grande. La situación llevó a ambos hermanos a someterse al arbitrio de Pompeyo, que en aquel entonces estaba al mando de las tropas de Roma en el Este. El cauteloso general se didió finalmente a favor de Hircano, marchó sobre Jerusalén y asaltó el templo, como consuencia de lo cual tuvo lugar una matanza. Todo esto supuso el final del corto periodo de independencia que los Macabeos habían conseguido para el país (63 a. C.). Durante la Época de los Macabeos tuvo lugar la construcción de un templo judío en Leontópolis, en el Delta, y la transformación del Gerusia judío en el Sanedrín de Jerusalén. Entre la literatura de la época hay que tener en cuenta los deuterocanónicos Libros de los Macabeos, Libro de la Sabiduría y el lesiástico; y los apócrifos "Salmos de Salomón", "Libro de los Jubileos", y la "Asunción de Moisés", a los cuales muchos eruditos añaden el Libro de Daniel y varios himnos sagrados incorporados a nuestro Salterio.
(4) Primeros tiempos de la Supremacía de Roma (63 a. C. - 70 d. C.)
La caída de Jerusalén en el año 63 a. C. marca el principio del vasallaje de Judea a Roma. Pompeyo, su conquistador, desmanteló la Ciudad Santa y ronoció a Hircano II como sumo sacerdote y etnarca, pero apartó de su jurisdicción todos los territorios de Judea propiamente dicha y le prohibió terminantemente que intentara nuevas conquistas. Después de esto, regresó a Roma llevando consigo numerosos cautivos, que aumentaron de forma importante, si no lo habían hecho hasta entonces, la comunidad judía en la Ciudad. Pronto, Judea fue presa de varias discordias, en medio de las cuales el débil Hircano fue perdiendo progresivamente su autoridad, mientras que su señor virtual, Antipáter el Idumeo, mejoraba sus relaciones con los soberanos del país. Después de la derrota final de Pompeyo en Farsalia (48 a. C.) por Julio César, Antipáter se situó inmediatamente del lado del vencedor, a quien rindió insignes servicios en Egipto. La rompensa fue el pleno ronocimiento de Hircano como sumo sacerdote y etnarca; además, se le concedieron los derechos de ciudadano romano y el cargo de procurador sobre todo Palestina. A continuación, comenzó a ronstruir los muros de las Ciudad Santa y nombró a dos de sus hijos, Fasael y Herodes, gobernadores de Jerusalén y Palestina, resptivamente. A partir de este momento, y en adelante, la fortuna de Herodes crió rápidamente; incluso en la ciudad de Roma, a la que tuvo que huir escapando de la cólera del partido nacionalista, consiguió alcanzar sus objetivos más ambiciosos. Herodes el Idumeo ascendió al Trono de David y su largo reinado (37-4 a. C.) supuso, en varios asptos, una época gloriosa en la historia de los judíos (ver HERODES EL GRANDE). Sin embargo, en su conjunto, fue un desastre para los judíos de Palestina. La primera parte de su reinado (37-25 a.C.) la empleó en librarse de los Asmoneos sobrevivientes. Tras la muerte de éstos, Herodes consiguió afianzarse en el trono pero también se indispuso con la mayoría de sus súbditos, que estaban profundamente unidos a la familia de los Macabeos. A estos motivos de queja fue añadiendo otros, no menos odiosos para el partido nacional. El pueblo le odiaba como a un tirano sangriento que se había propuesto destruir el culto a Dios y de cuya soberanía quería librarse a la primera oportunidad, pero odiaba aún más a los romanos, que le mantenían en el trono. Poco antes de la muerte de Herodes nació Jesús, el verdadero Rey de los Judíos, y tuvo lugar la matanza de los Santos Inocentes.
La muerte de Herodes fue la señal que marcó el comienzo de una insurrción que fue extendiéndose paulatinamente y que fue, finalmente, sofocada por Varo, el Gobernador de Siria. Lo que sucedió a continuación fue la ratificación práctica, por parte de Augusto, de la última voluntad de Herodes. El principal heredero fue Arquelao, que fue nombrado etnarca de Idumea, Judea y Samaria, con la promesa de un título real a condición de que gobernara a la completa satisfacción del emperador. Sin embargo, debido a su desgobiernos, Augusto le destituyó (6 d. C.) y puso en su lugar a un procurador romano. A partir de este momento, Judea continuó como una parte de la provincia de Siria, excepto durante un breve intervalo (41-44 d. C.), durante el cual Herodes Agripa I ejerció el poder sobre todos los dominios de Herodes el Grande. Los procuradores romanos de Judea residían en Cesarea e iban a Jerusalén solamente en ocasiones espiales. Dependían de los gobernadores de Siria, mandaban el ejército, mantenían la paz y tenían a su cargo la raudación de impuestos. Generalmente se abstenían de intervenir en los asuntos religiosos, espialmente por temor a despertar la violencia de los Zelotes, quienes consideraban que el pago de tributos al César era contrario a la ley. El gobierno local fue prácticamente dejado en manos de la aristocracia sacerdotal de los Saduceos y el Sanedrín fue la corte suprema de justicia, desprovista, sin embargo (hacia el año 30 d. C.), del poder de condenar a muerte. Fue bajo el poder de Poncio Pilatos (26-36 d. C.), uno de los procuradores nombrados por Tiberio, cuando Jesús fue crucificado.
Hasta el reinado de Calígula (37-44), los judíos disfrutaron, sin ninguna interrupción digna de tenerse en cuenta, de la tolerancia universal con la que la política de Roma permitía la práctica de la religión en los estados vasallos. Pero cuando el emperador ordenó que se le rindieran honores divinos, estos pueblos, en general, rehusaron obederle. Petronio, el gobernador romano en Siria, ribió órdenes terminantes de usar la violencia, si era nesario, para levantar una estatua de Calígula en el Templo de Jerusalén. En Alejandría tuvo lugar una temible matanza y paría como si todos los judíos de Palestina estuvieran condenados a perer. Sin embargo, Petronio retrasó la ejución del dreto y solamente se pudo evitar el castigo porque Calígula murió asesinado en el año 41 d. C. De esta manera los judíos quedaron a salvo y, con la ascensión de Claudio, que alcanzó la dignidad imperial gracias, principalmente, a los esfuerzos de Herodes Agripa, un brillante día amanió para ellos. En gratitud, Claudio concedió a Agripa la totalidad del reino de Herodes el Grande y otorgó a los judíos, incluso a los que vivían en el extranjero, importantes privilegios. El esmerado gobierno de Agripa se hizo sentir en toda la comunidad y el Sanedrín, ahora bajo la presidencia de Gamaliel I, maestro de San Pablo, tenía más autoridad de la que jamás había tenido anteriormente. El partido nacional permanía aún en un estado casi constante de amotinamiento, mientras que los cristianos eran perseguidos por Agripa. Tras la muerte de Agripa (44 d. C.), el país quedó sujeto de nuevo a los procuradores de Roma; este hecho es el preludio de la destrucción de Jerusalén y del pueblo judío. Prácticamente, los siete procuradores que gobernaron Judea entre los años 44 a 66 d. C. actuaron como si quisieran conducir al pueblo a la desesperación y a la revuelta. La confusión se fue haciendo, poco a poco, tan grande y tan general que se presagiaba claramente la disolución de la república. Finalmente, en el año 66 d. C., a pesar de los esfuerzos y prauciones de Agripa II, el partido de los Zelotes se alzó en una abierta rebelión que terminó (en el año 70 d. C.) con la conquista de Jerusalén por Tito, la destrucción del Templo y la matanza y deportación de cientos de miles de inocentes, que fueron repartidos entre sus hermanos por todo el mundo. Según Eusebio, los cristianos de Jerusalén, prevenidos por su Maestro, escaparon a los horrores del último asedio, huyendo a tiempo a Pella, al este del Jordán. Entre los escritores judíos del primer siglo de nuestra era destacan Filón, quien intercedió por la causa judía en Roma ante Calígula, y Josefo, que ocupó el cargo de gobernador judío en Galilea durante la revuelta final contra Roma, y que describió sus vicisitudes y horrores de forma emocionante y también, probablemente, exagerada.
(5) Últimos días de la Roma pagana (70-320 d. C.)
Roma se alegró de la caída Jerusalén y acuñó monedas conmemorativas de la victoria. Los cabillas de la defensa, una larga hilera de prisioneros fuertemente encadenados, los vasos del Templo, el candelabro de los siete brazos, el altar de oro y un rollo de la Ley testimoniaron el triunfo de Tito en la ciudad imperial. Pero aún permanían en pie contra los romanos tres sólidas fortalezas en Palestina: Herodium, Maqueronte y Masada. Las dos primeras cayeron en el año 71 d. C. y la tercera el año siguiente, testimoniando la completa conquista de Judea. Durante cierto tiempo, algunos Zelotes fugitivos de Judea se afanaron por fomentar una rebelión en Egipto y Cirenaica. Pero sus esfuerzos pronto quedaron en nada y Vespasiano se aprovhó de las convulsiones que existían en Egipto para cerrar definitivamente el templo de Onías en Heliópolis. En estas circunstancias, paría como si, en lo sucesivo, los distintos grupos de familias judías estuvieran destinadas a caminar a la deriva por separado para terminar, finalmente, siendo absorbidos por diferentes pueblos, en medio de los cuales se aventuraron a vivir. Sin embargo, este peligro fue evitado por la rápida concentración de los judíos sobrevivientes en dos grandes comunidades, básicamente independientes entre sí, y que se correspondían con las dos grandes divisiones del mundo en aquella época. La primera comprendía naturalmente a todos los judíos que vivían a este lado del Éufrates. No mucho tiempo después de la caída de Jerusalén y de las consuentes desgracias, ronocieron progresivamente la autoridad de un nuevo Sanedrín que, sin importar cómo surgió, estaba realmente constituido en Jamnia (Yabné), bajo la presidencia del rabí Jochanan ben Sakkai. Junto con el Sanedrín, [que ahora era la corte suprema (Bêth Din) de las comunidades occidentales], había en Jamnia una escuela en la cual Jochanan inculcaba la Ley oral (concretamente, la Halaká), transmitida de padres a hijos, y realizaba lturas expositoras (Hagadá) de otros textos hebreos distintos de la ley escrita (Pentateuco). El sucesor de Jochanan al frente del Sanedrín (año 80 d. C.) fue el rabí Gamaliel II, quien tomó el título de Nasi ("príncipe"; entre los romanos, "patriarca"). También Gamaliel vivió en Jamnia y presidió su escuela, que sirvió de modelo para otras escuelas que se fueron creando en los alrededores. Finalmente, trasmitió a sus sucesores "Los patriarcas de Occidente" (año 118 d. C.), una autoridad religiosa a la que, en lo sucesivo, se rindió obediencia y reverencia, incluso después de que la sede de su autoridad fuera trasladada, primero a Séforis y, finalmente, a Tiberíades.
La supremacía del "rabinismo", que quedó, de esta manera, establida firmemente entre los judíos de Occidente, prevalió asimismo en la otra gran comunidad, que comprendía a las familias judías del este del Éufrates. El jefe de esta comunidad de Babilonia asumió el título de Resh-Galutha (príncipe de la Cautividad), y fue un poderoso tributario del Imperio Parto. Fue el juez supremo de las comunidades menores, tanto en asuntos civiles como criminales, y ejerció sobre ellas, de muchas otras maneras, una autoridad poco menos que absoluta. Las principales zonas bajo su jurisdicción fueron las de Nares, Sura, Pumbedita, Nahardea, Nahar-Paked, y Machuzza, cuyas escuelas rabínicas disfrutaron de gran fama e influencia. Los patriarcas de Occidente tuvieron mucho menos autoridad temporal que los príncipes de la Cautividad y esto solamente se entiende si se tiene en cuenta la relosa vigilancia que Vespasiano y Tito ejercieron sobre los judíos del Imperio. Una guarnición de 800 hombres ocupó las ruinas de Jerusalén para evitar su ronstrucción por el celo religioso de sus anteriores habitantes y, para eliminar a cualquier posible pretendiente al Trono Judío o a la dignidad Mesiánica, se llevó a cabo un estricto seguimiento de todos aquellos que se dían descendientes de la real casa de David. Bajo Domiciano (81-96 d. C.), el Fiscus Judaicus, impuesto de dos dracmas establido por Vespasiano para el templo de Júpiter Capitolino, fue exigido con extremo rigor a los judíos, quienes se vieron envueltos en las persuciones que este tirano ordenó contra los cristianos. El reinado de Nerva (96-98 d. C.) supuso un breve intervalo de paz para los judíos; pero durante el de Trajano (98-117), mientras las legiones romanas se habían retirado de África para luchar contra Partia, los judíos de Egipto y de Cirene tomaron las armas contra los griegos de estas comarcas y por ambas partes se cometieron terribles atrocidades. Desde allí la llama se extendió a Chipre, donde, según se dice, los judíos masacraron a 240.000 de sus ciudadanos. Adriano envió fuerzas para suprimir la sublevación en la isla y prohibió que ningún judío pusiera los pies en ella. A continuación, fue sofocada la revuelta en Egipto y Cirene. Entretanto, los judíos de Mesopotamia, insatisfhos con los romanos, que acababan de vencer a los partos, se empeñaron en librarse del Fiscus Judaicus que se les había impuesto. Su insurrción fue pronto sofocada por Lucio Quinto, que había sido nombrado por entonces gobernador de Judea, donde se temían posibles disturbios.
El año siguiente (117 d. C.), Adriano fue nombrado emperador. Esto fue un buen acontimiento para los judíos de Babilonia porque, como el nuevo César abandonó las conquistas de Trajano más allá del Éufrates, quedaron de nuevo sujetos a las leyes, más suaves, de sus antiguos soberanos. Sin embargo, este hecho fue de lo más desafortunado para los judíos que vivían en el mundo romano. Adriano promulgó un edicto prohibiendo la circuncisión, la lectura de la Ley y la observancia del Sábado. A continuación, el emperador dio a conocer su intención de establer una colonia romana en Jerusalén y de erigir un santuario a Júpiter en el lugar en el que se levantaba el destruido templo a Yahvé. En tales circunstancias, se anunció que acababa de aparer el Mesías. Su nombre, Barcokebas, "Hijo de la Estrella", paría cumplir la antigua profía: " una estrella se levantará de Jacob" (Números, 24, 17). El rabí Aquibá, el más docto y venerado de los miembros del Sanedrín de aquel entonces, ronoció claramente las pretensiones del nuevo Mesías. Guerreros judíos de todos los países se reunieron en torno a Barcokebas y defendieron su causa contra Adriano durante dos años. Pero terminaron por prevaler la táctica y la disciplina de los romanos. Las fortalezas judías fueron cayendo una detrás de otra ante el general romano Julio Severo; cayó Jerusalén y, finalmente (135 d. C.), la fortaleza de Bither, el último refugio de los rebeldes, fue capturada y derruida por completo. Barcokebas había sido asesinado; y algún tiempo después, el rabí Aquibá fue hecho prisionero y ejutado, aunque, afortunadamente, sus siete principales discípulos lograron escapar a Nisibis y Nahardea. Terribles masacres sucedieron a la supresión de la revuelta; de los fugitivos que consiguieron escapar de la muerte, muchos huyeron a Arabia, siendo ésta la razón de que dicho país tuviera una población judía; los demás fueron vendidos como esclavos. Para anular definitivamente cualquier esperanza de restauración de un reino judío, se construyó una nueva ciudad en Jerusalén, que fue habitada por una colonia de extranjeros. La ciudad ribió el nombre de Ælia Capitolina, y a los judíos no se les permitió ni residir en ella, ni siquiera acercarse a sus alrededores. A los cristianos, que ahora se distinguían claramente de los judíos, se les permitió establerse dentro de las murallas y Ælia llegó a ser la sede de un floriente obispado.
Bajo Antonino Pío (138-161), quedaron revocadas las leyes de Adriano y se acabó la persución activa contra los judíos. Entonces, los discípulos de Aquibá volvieron a Palestina y reorganizaron el Sanedrín en Usha, en Galilea (140), bajo la presidencia de Simón II, hijo de Gamaliel II. El patriarcado de Simón no estuvo libre de la intolerante opresión de los oficiales romanos, que los judíos de Palestina tuvieron que pader espialmente. Por consiguiente, con ocasión de los preparativos bélicos de los partos contra Roma, durante el último año del reinado de Antonio se produjo una nueva revuelta en Judea. Tal revuelta quedó sofocada inmediatamente por el siguiente emperador, Marco Aurelio (161-180), y seguida por la promulgación, de nuevo, de las severas medidas de Adriano, las cuales, sin embargo, o bien fueron pronto anuladas o bien nunca llegaron a ponerse en práctica. En el año 165, el rabí Judá I sucedió a Simón II como presidente del Sanedrín y patriarca de Occidente. El más importante de sus hhos es la terminación de la ley oral, la Mishná (hacia el año 189) que, junto con la Biblia, llegó a ser la principal fuente de estudios rabínicos y una espie de constitución que, incluso ahora, mantiene unidos a los miembros dispersos del pueblo judío. Puesto que el rabí Judá estuvo en el poder durante más de treinta años, fue el último patriarca judío que
Holocausto
Como sugiere su origen griego (holos "todo", y kaustos "quemado") la palabra designa una ofrenda completamente consumida por fuego, usada entre los judíos y algunas naciones paganas de la antigüedad. Como es empleado en la Vulgata, corresponde a dos términos hebreos: (1) para holah, literalmente,: "Aquel a quien va", o al altar para hacer sacrificios, o al cielo en la llama de sacrificio; (2) Kalil, literalmente,: "Entero", "perfto", como término de sacrificio, normalmente es un sinónimo descriptivo de holah, y denota una ofrenda consumida totalmente en el altar. En cualquier momento y a quienquiera que se ofría, los holocaustos fueron considerados naturalmente como lo superior, debido a que era la expresión visible, más completa, del respeto del hombre a Dios. De hecho, es verdad que ciertos pasajes de los profetas de Israel han sido traducidos por críticos modernos, con un rhazo absoluto por la ofrenda de sacrificios, holocaustos incluidos; pero esta posición es el resultado, de una vista parcial, de la evidencia de un concepto erróneo, del ataque, tanto a los abusos como a la institución que ellos habían contaminado. Para detalles acerca de este punto y para una discusión del lugar, que los mismos estudiosos asignan al holah, (holocausto) en su teoría de la evolución del método de sacrificio entre los hebreos, ver: SACRIFICIO.
El siguiente es un informe breve de la Ley Mosaica, que contiene principalmente, lo tocante al conjunto de la quema de ofrendas, que los críticos usualmente llaman: el Código de los Sacerdotes.
Víctimas para los Holocaustos
Solamente podían ofrecerse animales en holocausto; víctimas humanas, sacrificadas por cananeos y otras gentes, estaban excluidas positivamente del legítimo culto a Yahvé (cf. Lev., xviii, 21,; xx, 2-5,; Deut., xii, 31,; etc.). en general, las víctimas debían ser tomadas de la manada (berros) o del rebaño (corderos o cabras); y, para ser bien ribida, se requería que el animal fuera macho, el más valioso y sin defto, sólo así era digno para Dios (Lev., i, 2, 3, 5, 10,; xxii, 17 sqq.). En ciertos casos, los pájaros (sólo tórtolas o palomos jóvenes) se ofrían en holocausto (Lev., i, 14,; etc.); los pájaros normalmente eran permitidos a los pobres, como sustituto de animales más grandes y costosos (Lev., v, 7,; xii, 8,; xiv, 22), incluso, se los prescribió dirtamente en algunos casos de impureza ceremonial (Lev., xv, 14, 15, 29, 30). Los animales de caza y pesca, que se sacrificaban en algunos cultos paganos de Asia Occidental, no eran objetos de sacrificio en la Ley Mosaica.
Ritual de los Holocaustos
Los ritos principales llevados a cabo en la ofrenda de los holocaustos, eran (1) por parte del oferente, que debía traer el animal a la puerta del tabernáculo, imponerle sus manos sobre la cabeza, mátarlo al norte del altar, desollar y cortar su cadáver y lavar sus entrañas y patas; (2) por parte del sacerdote, que debía ribir la sangre de la víctima, rociarla sobre el altar, y quemar la ofrenda. En el caso de ofrendas de pájaros, el sacerdote mataba a las víctimas y dejaba a un lado, como impropios, su buche y plumas (Lev., i). En sacrificios públicos, era también obligación del sacerdote matar a las víctimas, siendo asistido en ocasiones por los Levitas. El exámen de las entrañas, que jugaba una parte muy importante en los sacrificios de varios pueblos antiguos, espialmente fenicios, no tenía lugar en el ritual Mosaico.
Clases de Holocaustos
Entre los hebreos, los holocaustos eran de dos tipos generales, conforme a las ofrendas prescritas por la Ley o según el resultado de voto o devoción, privados. Los holocaustos obligatorios eran (1) la quema de ofrenda diaria de un cordero; este holocausto se preparaba dos ves al día (a la tercera y novena hora), acompañado de un oblación de cereal y una libación de vino (Ex., xxix, 38-42,; Num., xxviii, 3-8); (2) el sábado, la quema de ofrenda incluía una cantidad doble de todos los elementos del holocausto diario ordinario (Num., xxviii, 9, 10); (3) la quema de ofrendas solemnes, celebradas en Luna Nueva, en Pascuas, en la Fiesta de las Trompetas, en el Día de Expiación, y en la Fiesta de los Tabernáculos, en ocasiones, el número de víctimas y de otras ofrendas aumentaba considerablemente; (4) los holocaustos prescriptos, para la consagración de un sacerdote (Ex., xxix, 15 sqq.; Lev., viii, 18,; ix, 12), para la purificación de las mujeres (Lev., xii, 6-8), para limpiar a leprosos (Lev., xiv, 19, 20), para purgar la impureza ceremonial (Lev., xv, 15, 30), y finalmente en relación con el voto de los Nazareos (Num., vi, 11, 16). En la quema de ofrendas voluntarias, el número de víctimas quedaba a la liberalidad o riqueza del oferente (cf. III Reyes, iii, 4,; I Par., xxix, 21, etc., para los holocaustos voluntarios muy grandes), y las víctimas podían ser proporcionadas por los gentiles, una licencia que Augusto aprovhó para sí, según Philo (Legatio ad Caium, xl).
Propósitos principales de los Holocaustos
Los siguientes son los principales propósitos del conjunto de la quema de ofrendas prescritas por la Ley Mosaica: (1) por la rendición total y destrucción de víctimas valiosas, puras, inocentes, y casi contadas al hombre, los holocaustos rordaban vivamente a los hebreos el dominio supremo de Dios sobre Sus criaturas, y les hizo pensar en sentimientos de interna pureza y en la entera entrega de sí mismos a la Divina Majestad sin que ni siquiera, los sacrificios más excelentes, pudieran ser tenidos en cuenta, por el Omnipotente Observador de los secretos del corazón. (2) ofriendo holocaustos con disposición propia y fiel podían sentirse confiados de su admisión con Dios, Quien en aquel tiempo consideraba a las víctimas como medios de expiación de sus pados (Lev., [A.V.], i, 4), como un sacrificio bueno y grato en su nombre (Lev., I, 3, 9), y como limpieza de cualquier deshonra que les podría haber impedido, aparer meridamente ante Él (Lev., xiv, 20). (3) Los holocaustos de la Ley Antigua simbolizaron el gran y perfto sacrificio que Jesús, el Sacerdote Superior de la Nueva Ley y el verdadero Cordero de Dios, ofreció en cumplimiento de todos los sangrientos sacrificios del primer pacto (Heb., ix, 12, el sqq.; etc.).
Haneberg, Die religioesen Alterthuemer der Bibel, 2nd ed. (Munich, 1869); Schoepfer, Geschichte des A. T. 2nd. ed., (Brixen, 1895); Larange, Etudes sur les Religions Semitiques, 2nd ed. (Paris, 1905). Non-Cath. authors: Kurtz, Sacrificial Worship of the Old Testament, tr. (Edinburgh, 1863); Edersheim, The Temple and its Services (London, 1874); Riehm, Alttestamentliche Theologie (Halle, 1889); Nowack, Hebraeische Archaeologie (Freiburg, 1894); Schultz, Old Testament Theology, tr. (Edinburgh, 1898); Kent, Israel’s Laws and Legal Predents (New York, 1907); Benzinger, Hebraeische Archaeologie, 2nd. ed. (Freiburg, 1907). Ver también bibliografía en: Sacrificio.
FRANCIS E. GIGOT
Transcrito por Donald D. Ross
Traducido por José Luis Anastasio
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