LECTURA ESPIRITUAL (1)
El acontecimiento de la pasión constituye el punto central y fontal de la tradición evangélica, tanto en relación con la experiencia personal de Jesús como con la de los cristianos. No se trata, evidentemente, de canonizar el dolorismo como ideal de vida, sino del hecho de que la pasión, como parte integrante del misterio pascual de Cristo (muerte y resurrección) es la suprema revelación y comunicación del amor salvífico de bios (Rom 5,8; Gál 2,20; Jn 3,16; 5,12-13; 1 Jn 4,9-10; Ap 1,5-6). En esta perspectiva el evangelio de Marcos, como prototipo del género literario evangélico, fue definido justamente como "un relato de la pasión, dotado de una detallada introducción » (M. Kahler). Efectivamente, el relato de la pasión en los evangelios, a pesar de que parece prevalecer el interés por los datos históricos que recoge, esconde profundas y eminentes intenciones teológicas. En- los límites obligados de este artículo nos detendremos en la presentación de estas intenciones, dejando al margen los problemas de crítica histórica y literaria, que pueden fácilmente encontrarse expuestos en otros lugares.
1. La pasión, suprema realización de Cristo, Hijo del Padre y salvador de los hombres.- La pasión no sólo se narra, sino que fue anunciada de antemano varias veces por Jesús (Mc 8,31-33; 9,30-32; 10,32-34 y par.). Este hecho subraya que se trata del acontecimiento salvífico central de la historia de la salvación, en cuanto que representa el momento culminante de la vida y de la obra mesiánica de Cristo, dato expresado por Juan con los motivos teológicos del momento de la muerte en la cruz como momento de su "exaltación» (Jn 3,14-15; S,ZS; 12,32-34) y del cumplimiento de su «hora» específica, es decir, la hora en que él se realiza plenamente a sí mismo como «Hijo» del Padre y redentor de los hombres (Jn 7 30; S,20; 12,23.27, 13,1; 17 1).
a) Amor obediente incondicionado al Padre. Este dato aparece desde el principio del ciclo de la pasión, y marca de forma decidida la orientación de todo su desarrollo sucesivo. Juan lo enuncia al final de la cena: « Es preciso que el mundo sepa que yo amo al Padre y hago lo que el Padre me ha mandado. Levantaos, ¡vámonos de aquí! » (Jn 14,31). Los sinópticos aluden a esta actitud interior de Jesús sobre todo con la oración de la agonía de Getsemaní: " ¡Abba, Padre! Todo es posible para ti; ¡aparta de mí este cáliz! Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36 y par.). La pasión resume en este aspecto lo que fue característico de toda la existencia anterior de Jesús y lo lleva a su cima más alta (Jn 4,34; 5,30; 6,38; 17,4), por lo que la tradición cristiana primitiva leerá sintéticamente el significado de aquellas horas supremas de Jesús como la expresión principal de su obediencia al Padre (Rom 5,19; Flp 2,8; Heb 5,8; 10,5-10).
b) Amor solidario con y por los hombres. El horizonte de la voluntad del Padre para con el Hijo abarca también el destino de la humanidad: Jesús tuvo siempre conciencia de este hecho: «Yo no rechazaré nunca al que venga a mí. Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado» (Jn 6,37-39). Por eso la pasión es también el momento de su supremo amor solidario con y por los hombres. San Pablo lo subraya recordando el momento en que Cristo, con el gesto de la institución de la eucaristía, anticipa proféticamente en el cenáculo aquel ofrecimiento completo de sí mismo a los hombres, que habría de realiza al día siguiente en el plano efectivo en el Calvario: "Jesús, el Señor la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo entregado por vosotros"» (1 Cor 1 1,23-14). Cristo, fiel hasta el fondo al proyecto del Padre sobre él, se entrega completamente a los hombres precisamente en el momento en que éstos, en la persona de Judas y de los dirigentes del pueblo escogido, lo rechazan definitivamente, Este mismo dato es el que resalta el gesto del lavatorio de los pies a los díscípulos al comienzo de la última cena (Jn 13,1-17): este gesto tiene la finalidad de indicar que todo lo que Cristo vive en las horas sucesivas constituye el acto decisivo por su parte de servir a los hombres, sus hermanos. Los evangelios habían recordado ya anteriormente que aquí es donde se resume todo el objetivo de su vida: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su propia vida en rescate de - la muchedumbre» (Mc 10,45. Mt 20,2S). La función primordial de este servicio consistió precisamente en revelar a los hombres el amor del Padre (Jn 1,1 S) y ellos percibieron este misterio contemplando precisamente a Cristo crucificado : « En esto hemos reconocido el amor, en que él dio su vida por nosotros» (1 Jn 3,16), En el Crucificado vieron la plena manifestación del amor del Hijo unigénito: «Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él, El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados » (1 Jn 4,9-10). Por eso se ve la pasión como la expresión suprema del amor de Cristo a «los suyos»: "Era la víspera de la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, Y él, que había amado a los suyos, que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin » (Jn 13,1).
2. La experiencia de la pasión como dato específico del seguimiento de Cristo'- La reciente exégesis ha subrayado en varias ocasiones la dimensión y la función catequética de los relatos de la pasión. En este sentido constituyen, cada uno desde diferentes ángulos, diversos intentos de la Iglesia primitiva por acercarse al misterio de la persona de Cristo. En efecto, es en la pasión donde Cristo hizo la revelación más plena de sí mismo. Pero ésta no fue una revelación estática, conceptual, puramente anagráfica de Cristo, sino que se desarrolló en un plano intensamente dinámico, y a que reveló a Jesús a través de la trama palpitante de cómo vivió su existencia como proyecto del Padre. Por tanto, su pasión fue leída y propuesta a los creyentes para que tuvieran un criterio seguro y cualificado con que saber orientar su vida en sentido «cristiano», es decir, viviendo su llamada a la fe como «seguimiento de Cristo».
Este seguimiento se condensa esencialmente en compartir hasta el fondo no sólo el proyecto de vida vivido por Jesús, sino también su destino. A este propósito es elocuente la condición esencial para el « seguimiento »... " Si alguien quiere venir detrás de mi, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc S,34), en donde «tomar la propia cruz» evoca el momento en que el condenado a muerte cargaba sobre sus espaldas el patibulum para dirigirse al lugar de la ejecución. Por eso, seguir a Jesús significa estar dispuestos a morir, como él, si lo exige la fidelidad a la voluntad del Padre (Mc 14,36 y par.). Lucas precisa que esta disponibilidad debe ser la de " cada día», sugiriendo que tiene que impregnar toda la vida del creyente. Esta conciencia se expresa claramente en la tradición sinóptica por el modo con que se dispone en ella el material catequético sobre el seguimiento. Sigue siempre a los tres anuncios de la pasión por parte de Jesús (Mc 8,31-33.34-38 y par.; 9,3032.33-37 y par.; 10,32-34.35-45 y par.).
La intención es palpable: se quiere dar a comprender de este modo que los verdaderos rasgos del seguimiento, con todo lo que éste implica, sólo pueden comprenderse a la luz del destino de Jesús, luz que es la única que nos presenta en toda su plenitud el verdadero rostro del maestro al que se desea seguir.
San Pablo ahonda en estas reflexiones con el principio de la imitación de Cristo, que lejos de identificarse con la reproducción de determinadas formas exteriores de comportamiento, supone más bien la asunción real de los sentimientos más específicos de Jesús, de las orientaciones de fondo de su ánimo. Así, al inculcar la caridad fraterna, apela al hecho primordial de la encarnación con todo lo que ésta supuso: el anonadamiento de Cristo que lo llevó a hacerse hombre y a vivir completamente para el Padre y para los hombres hasta la obediencia de la cruz (Flp 2,1-4.5-11; Ef 5,1-2). Vuelve a proponerse este mismo principio para el amor que perdona (Ef 4,32). Por lo demás, se trata de la línea directiva propuesta por el mismo Jesús: no sólo exige que «nos amemos mutuamente», sino que amemos «como yo os he amado», especificando que él dio su vida por nosotros, sus amigos (Jn 15,1213). Sólo así es como no se reniega del Maestro, siguiéndolo sólo «de lejos», como hizo Pedro en la pasión (Mc 14,54 y par.); y al contrario, así es cómo uno «mora en él», sin equívocos (Jn 1,39), y cómo lleva la cruz «detrás de Jesús»,- de la misma manera que Simón de Cirene (Lc 23,26; cf 9,23; 14,27. Gál 2,20).
A. Dalbesio
Bibl.: x, Léon-Dufour Jesús y Pablo ante la muerte, Cristiandad, Madrid í982; M. Gourgues, Jesús ante su pasión y su muerte, Verbo Divino, Estella 1987. H. Schurmann, ¿Cómo entendió y vivió Jesus su muerte?, Sígueme, Salamanca 1982; H, Cousin, Los textos evangélicos de la pasión, Verbo Divino. Estella 1981.
PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teol\u243?gico Enciclop\u233?dico, Verbo Divino, Navarra, 1995
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