Vigilias
Desde los primeros siglos del Cristianismo era costumbre celebrar en las vísperas de las fiestas unas vigilias que tenían el carácter de penitenciales, lo que se ponía de manifiesto por el color morado de los ornamentos y por el ayuno impuesto a los fieles, desde la tarde, hasta la celebración eucarística del día de la fiesta.
La proliferación de las mismas y los excesos a los que daban lugar, dado que al terminar la vigilia y hasta el momento de asistir a la Misa Solemne la gente comía, cantaba y bailaba en demasía, aconsejó reducirlas al máximo.
Hasta la reciente reforma litúrgica eran dieciocho las vigilias que se celebraban. La Vigilia Pascual, la de Navidad, la de la Epifanía y la de Pentecostés, eran llamadas vigilias mayores. Vigilias menores eran las de la Ascensión, la de la Inmaculada Concepción, la de la Asunción, la de Todos los Santos, las de las fiestas de ocho apóstoles, las de San Juan Bautista y la de San Lorenzo.
Actualmente, el concepto de vigilia ha cambiado radicalmente hasta el punto de ser consideradas como una celebración anticipada de la solemnidad correspondiente, de manera que el color de los ornamentos utilizados es el correspondiente a la misma.
Con carácter especial destacan la Vigilia Pascual y las de Navidad y Pentecostés. Además de ellas, sólo se mantuvieron las del Nacimiento de San Juan Bautista, la de San Pedro y San Pablo y la de la Asunción de María, a las que se han unido recientemente las de la Epifanía y la de la Ascensión. Algunos institutos de vida consagrada pueden celebrarlas con ocasión de las solemnidades particulares de sus Patronos y fundadores.
Dentro de la Liturgia de las Horas tienen un oficio propio en el que se cantan tres cánticos con una antífona común y se proclama un texto evangélico. Puede pronunciarse una homilía o alocución por quien la preside, antes de entonar el Te Deum, terminando con la oración conclusiva.
Las celebraciones eucarísticas de las vigilias tienen textos propios, siendo especialmente relevante la Vigilia Pascual, eje central de todo el año litúrgico.
Pero, además de las citadas existen otras, fruto de la piedad popular, entre las que destacan las de carácter eucarístico, como las protagonizadas por la Adoración Nocturna o las organizadas con ocasión de eventos tales como las Jornadas Mundiales convocadas por el Papa, las de los Congresos Eucarísticos y las que tienen lugar en el transcurso del Año Santo.
También es costumbre realizar una solemne vigilia en la víspera de una canonización o beatificación, tanto en el lugar donde se lleva a cabo como en aquellos otros vinculados a su vida. Asimismo, la dedicación de un templo o la consagración de un altar, va precedida de una vigilia, en presencia de las reliquias que serán introducidas en el ara o en el altar.
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