Tablas de la Ley
Eran las losas de piedra con los preceptos del Decálogo que el propio Dios había escrito y que entregó a Moisés en el monte Sinaí. Sin embargo, al bajar del mismo, pudo ver que, en su ausencia, el pueblo elegido estaba adorando a un becerro de oro, como representación material de una divinidad, algo expresamente prohibido por la Ley de Dios grabada en las tablas, por lo que enfurecido las destruyó, como relata el libro del Éxodo.
Tras implorar el perdón de Dios por tan grave pecado y renovar la alianza, el Señor le ordenó que tomara otras dos piedras en las que quedaron grabados los diez preceptos del Decálogo.
Estas segundas tablas fueron las que se conservaban en el Arca de la Alianza, fabricada según las instrucciones divinas, junto con otros objetos como el cayado de Aarón y un recipiente con el maná que había servido de alimento al pueblo en el desierto, la cual estuvo depositada en el Sancta Santorum, el espacio más sagrado del templo que Moisés construyó cumpliendo las instrucciones divinas. Separada del resto del tabernáculo por una cortina a su presencia accedía, únicamente, el Sumo Sacerdote, una vez al año. El rey David la condujo a Sion y allí fue colocada en el templo que mandó edificar su hijo Salomón.
Las tablas, junto con el Arca de la Alianza, desaparecieron en un momento que no ha podido precisarse, ni tampoco su destino final, habiéndose convertido su búsqueda en un tema recurrente.
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