Sacramento del Bautismo
Es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo quien, tras su muerte y Resurrección confió a sus apóstoles la misión de «haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Con el Sacramento de la Confirmación y el de la Eucaristía constituye los llamados Sacramentos de la iniciación cristiana.
En los primeros tiempos de la Iglesia, esa iniciación se alcanzaba tras un largo período de catecumenado, al término del cual se administraba el Bautismo e, inmediatamente después, la Confirmación y la Eucaristía. Así se sigue haciendo en las iglesias orientales, pero en la Iglesia Católica es habitual, desde hace siglos, el bautismo de los niños, aunque el Concilio Vaticano II restableció el catecumenado de adultos.
El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva de Cristo y, según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como es la Iglesia misma, a la que este sacramento introduce.
La palabra bautismo procede del griego baptizein que significa «sumergir», «introducir dentro del agua», porque inicialmente se administraba mediante la triple inmersión en el agua de los ríos o en las piscinas construidas, para este fin, en los baptisterios. Por este motivo, este sacramento es llamado, también, «baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo». La celebración del Bautismo tenía lugar en el transcurso de la solemne Vigilia Pascual y era administrado a los catecúmenos que habían culminado su proceso de preparación por el obispo.
En la actualidad, el bautismo se administra por infusión, derramando sobre la cabeza del neófito el agua consagrada en la Vigilia Pascual, en la que se recomienda administrar este sacramento, aunque puede recibirse en cualquier momento del año.
El ministro ordinario del sacramento es el obispo, el presbítero o el diácono, en el rito latino. En caso de necesidad puede ser ministro extraordinario y administrar el bautizo cualquier persona, incluso aunque no esté bautizada, siempre y cuando tenga intención de hacer lo que la Iglesia hace al bautizar y emplee la fórmula establecida que es: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
El sujeto del sacramento es todo ser humano, no bautizado, y sólo él. Si se duda de que se encuentre con vida, puede ser administrado sub conditione.
La materia es el agua de cualquier procedencia que el ministro ordinario consagra mediante una oración de epiclesis en el momento mismo, si no se utilizase la consagrada en la noche pascual.
El rito de celebración comienza con la señal de la Cruz que el ministro realiza sobre el neófito que representa la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y la gracia de la Redención que nos ha adquirido por su sacrificio en la cruz.
Sigue el anuncio de la Palabra de Dios que ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea, suscitando la respuesta de la fe, inseparable al Bautismo.
El celebrante pronuncia uno o varios exorcismos sobre el neófito ya que el sacramento le libera del pecado y de su instigador, el demonio. Seguidamente, es ungido con el óleo de los catecúmenos y por sí o, por medio de los padrinos, renuncia explícitamente a Satanás, confesando después la fe de la Iglesia, a la cual es confiado por el Bautismo.
Se procede, a continuación, al rito esencial del sacramento: derramar el agua consagrada sobre su cabeza, mientras se pronuncia la fórmula establecida a la que precede el nombre con el que el bautizado será conocido.
La unción con el Santo Crisma, el óleo perfumado que fue consagrado por el obispo en la Misa Crismal, representa el don del Espíritu Santo que acaba de recibir. Es ya un cristiano, «ungido» por el Espíritu Santo e incorporado a Cristo.
La vestidura blanca que se le coloca simboliza, precisamente, ese revestirse de Cristo con el que ha resucitado. Se enciende entonces una vela en el cirio pascual que está presente en la ceremonia, como expresión de que Cristo le ha iluminado para que sea «luz del mundo». Sigue el rezo del Padre Nuestro, la oración de los hijos de Dios, a los que se ha unido. La ceremonia termina con la bendición solemne.
Por el Bautismo son perdonados todos los pecados, tanto el pecado original como aquellos personales que, en caso de ser adulto, pudiera haber cometido. Por él se convierte en hijo adoptivo de Dios, miembro del Cuerpo Místico de Cristo, y templo del Espíritu Santo. Confiere al bautizado la gracia santificante por la que es capaz de creer en Dios, esperar en Él y amarlo mediante las virtudes teologales; le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo; y le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Por el Baustimo, el neófito se incorpora a la Iglesia y está obligado a confesar delante de los hombres la fe que han recibido, y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.
El Bautismo es uno de los sacramentos que imprimen carácter, un sello espiritual indeleble de su permanencia a Cristo que no puede ser borrado por ningún pecado, ni siquiera el de apostasía.
Cuando el sacramento se administra a los niños es preciso un catecumenado postbautismal para formarles en la fe han recibido. A ello se comprometen los padres y, en su defecto, los padrinos del bautismo.
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