Renuncia papal
El Código de Derecho Canónico en su canon 332, parágrafo 2, establece la posibilidad de que el Romano Pontífice renuncie a su oficio, para cuya validez se requiere que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.
Dada la excepcionalidad de esa renuncia no existen disposiciones complementarias que se refieran a la forma concreta de llevarla a cabo ni a la situación en que queda quien renunciara al Papado.
Lo que es evidente es que, tras consumarse, se abre un período de sede vacante, siendo preciso proceder a la elección de un nuevo Papa, de la misma forma que si hubiera fallecido.
En la historia de la Iglesia se han dado muy pocos casos de Pontífices que hubieran renunciado. Concretamente se citan los de Ponciano (230-235), que lo hizo tras ser deportado a las minas de sal de Cerdeña; Benedicto IX (1032-1044) que fue un caso peculiar pues fue depuesto para colocar en el solio pontificio a Silvestre III. Sin embargo (1045) lo declaró antipapa y logró expulsarlo, volviendo a retomar su oficio que, poco después, lo vendió a un archidiácono que tomó el nombre de Gregorio VI, pero dado el carácter simoníaco de la elección fue expulsado. Lo sorprendente es que Benedicto IX logró hacerse con el control de Roma y volvió a ser Papa durante casi dos años, hasta que fue excomulgado.
Otro caso diferente es el de Gregorio XII (1406-1415), dado que se produjo en el contexto del llamado Cisma de Occidente, cuando llego a haber tres Papas al mismo tiempo, por lo que se decidió dar solución al problema con la renuncia simultánea de todos ellos, acordada en el Concilio de Pisa. Gregorio XII era el Papa de Roma y aceptó el acuerdo, al igual que el antipapa Juan XXIII (al no ser considerado legítimo, pudo utilizar ese nombre en el siglo XX San Juan XXIII). El que no lo hizo fue Benedicto XIII, el «Papa Luna», que murió en Peñíscola considerándose el verdadero Pontífice.
Mucho más conocido es el caso de Celestino V, un monje eremita que fue elegido Papa en 1294 y que, poco después de cumplirse los cinco meses, decidió renunciar ante las dificultades encontradas para imponer las reformas que pretendía. Adujo razones de salud y el deseo de retornar a su retiro donde falleció, siendo canonizado en 1313.
Desde entonces, no se había producido ningún caso de renuncia papal, por lo que la Cristiandad se sorprendió cuando el Papa Benedicto XVI hizo pública su decisión de abandonar el Pontificado, ante un consistorio de cardenales el 11 de febrero de 2013, haciéndose efectiva el 28 de febrero de ese mismo año. Desde entonces vivió retirado en un convento de religiosas de clausura «Mater Ecclesiae» ubicado en la propia Ciudad del Vaticano, con el tratamiento de «Papa emérito» y el tratamiento de Su Santidad.
Aunque desde diversas instancias se llegó a considerar inválida la renuncia, debido a las fuertes presiones recibidas y la posible intervención de personas ajenas a la Iglesia, el propio Benedicto XVI zanjó esa cuestión, a través de una carta dirigida al periódico La Stampa en la que se reafirmaba en la libertad con la que la adoptó, condición indispensable para su validez.
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