Mal
La existencia del mal en el mundo, como contraposición al bien, es algo evidente. El dolor, el sufrimiento, las injusticias y hasta la propia muerte, son en cierto modo expresiones de ese mal que puede llevar a dudar de la fe en un Dios que parece ausente e incapaz de impedirlo.
Pero el problema del mal guarda una relación íntima con la libertad del hombre que tiene capacidad de adherirse o no a la misión salvífica de Cristo, vencedor del mal, la muerte y el pecado. Por otra parte, Dios es capaz de sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, como señala el Catecismo, y los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. En cualquier caso, el hombre dispone de los recursos para hacer el bien y no sucumbir a la tentación del mal que es obra del demonio.
En el Padrenuesto, la oración que enseñó el propio Jesucristo, hay una petición expresa con la que concluye: «Y líbranos del mal», que no es una abstracción, sino que designa a Satanás, el Maligno por excelencia, el que intenta interponerse en el designio de Dios y su obra de salvación llevada a cabo en la persona de Cristo.
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