Justificación
En sentido estricto se aplica este término a la remisión de los pecados, mediante la Fe y la acción de la gracia, a través de los sacramentos y la purificación interior a través de sus obras.
El problema de la justificación fue uno de los puntos clave de la Reforma protestante, dado que para Lutero basta la Fe para justificarse, sin necesidad de recurrir al sacrificio mediador de Cristo.
Pero la opinión de la Iglesia, formulada en el concilio de Trento rechaza el único concurso de la Fe para la salvación, poniendo su acento en el Misterio de la Redención obrada por Jesucristo operante para todos los hombres, pero como Dios mantiene la libertad o libre albedrío de cada uno, no todos se salvan, dado que se requiere la acción permanente de la gracia, renovada por los sacramentos, y la práctica de aquellas obras que, fundadas en la Caridad, predisponen a recibir la justificación, de manera que una fe sin obras está muerta, como se expresa en la Epístola de Santiago, donde rebate ese concepto de fe sin obras: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?», para concluir afirmando: «Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe» (St 2, 14-18).
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