Jubileo de las Cuarenta Horas
Es el culto tributado al Santísimo Sacramento durante cuarenta horas continuadas, en recuerdo al tiempo en el que Jesucristo permaneció en el sepulcro hasta su gloriosa Resurrección propagándose al calor de la devoción eucarística propiciada por el Concilio de Trento.
Había surgido en Milán, impulsada por varios religiosos, entre los que se encontraba el dominico español Tomás Nieto, encontrando el apoyo del Papa Paulo III quien, en 1537, concedió indulgencias a quienes las practicaban. De Milán pasó a Roma, por medio de San Felipe Neri y, desde allí, se extendió por todo el mundo.
Fue el Papa Clemente VIII quien en 1592, estableció el Jubileo de las Cuarenta Horas, fijando las normas necesarias para lucrarse con sus indulgencias, y Urbano VIII ordenó, en 1623, que se hiciera en todas las iglesias de la Cristiandad. El Código de Derecho Canónico de 1917 aún mantuvo esta práctica y el Papa Benedicto XVI hizo alusión a la misma, a pesar de que la costumbre decayó tras el Concilio Vaticano II, entre otras razones porque se reorientó el carácter del monumento, ante el que se llevaba a cabo, en el sentido de que se dispuso que no fuera asociado al simbolismo de sepulcro, como había sido frecuente, y además las iglesias ya no permanecen abiertas a partir de las doce de la noche del Jueves Santo.
Relacionada con la devoción de las Cuarenta Horas, existía la práctica del Jubileo Circular, en el que se iba rotando por diferentes iglesias a lo largo de todo el año, de manera que se convertía en una permanente manifestación del culto eucarístico.
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