Iglesia
Iglesia como sinónimo de templo es un edificio sagrado destinado al culto divino, al que los fieles tienen derecho a entrar para la celebración, sobre todo pública, de dicho culto. Este aspecto es importante, en unos momentos en los que, en muchos de estos edificios, por su carácter monumental, se abonan cuotas para poder visitarlos. El Código de Derecho Canónico establece, sin embargo, que la entrada debe ser libre y gratuita durante el tiempo de las celebraciones sagradas. Así sucede en todos los lugares, aunque suele ser frecuente restringir el acceso a la zona específica de la celebración, lo que contribuye a desvirtuar el concepto sagrado de todo el conjunto que, de manera insensible, se va convirtiendo en un museo.
Para edificar una iglesia se requiere el consentimiento del obispo diocesano que, para otorgarlo, debe escuchar al consejo presbiteral y a los rectores de las iglesias vecinas.
Al terminar la construcción, la nueva iglesia debe dedicarse o bendecirse cuanto antes. La dedicación es un rito solemne que debe ser efectuado por el obispo, de acuerdo con el ritual establecido para estos casos. El Código de Derecho Canónico especifica que deben ser dedicadas, sobre todo, las catedrales y las iglesias parroquiales.
En los casos en los que no pudiera efectuarse la dedicación se debe proceder a la bendición que realiza el obispo o el presbítero en quien delegue. Tanto en un caso como en otro, se debe extender la correspondiente acta que de fe de ello.
Todas las iglesias han de tener su propio título o denominación que no puede modificarse una vez efectuada la dedicación.
Cuando las iglesias no pueden ya cumplir los fines para los que fueron edificadas, pueden ser reducidas por el obispo «a un uso profano no sórdido», como especifica el Código, lo que significa que pierden su condición de espacio sagrado pero, por respeto a su primitiva función, no pueden ser dedicadas a cualquier cometido. Lamentablemente, es triste comprobar que antiguos templos son utilizados como almacenes o, incluso, como apriscos de ganado. Tampoco es infrecuente que, junto a loables fines culturales, sean dedicados a cometidos que, en ocasiones, resultan cuando menos sorprendentes.
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