Enemigos del alma
En su formulación tradicional los enemigos del alma eran: Demonio, mundo y carne.
El demonio es quien incita al hombre a obrar mal a través de la tentación, en sus distintas formas.
El mundo representa la inclinación hacia las cosas temporales, poniendo en ellas nuestra meta que debe tener a Dios como fin.
La carne hace alusión al deseo sexual desordenado y no orientado hacia su objetivo primordial que, según la doctrina de la Iglesia, es el de la procreación.
San Agustín afirmaba «yo no le tengo tanto miedo al demonio, al mundo le tengo más miedo, pero nuestro peor enemigo es nuestra propia carne».
Para vencerlos, la Iglesia recomienda frecuentar las prácticas religiosas, rezar y hacer sacrificios, pero también evitar las ocasiones de pecar y frecuentar amistades peligrosas, teniendo siempre presente el momento en el que tendremos que rendir cuentas antes de enfrentarnos con la realidad de la Eternidad.
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