Elevación
En la celebración de la Eucaristía, el sacerdote muestra las especies consagradas, pan y vino, en dos ocasiones, elevándolas o alzándolas como se dice también, para que las contemplen los fieles, como expresión de la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en ellas. Esta práctica se introdujo en época medieval a raíz de algunas herejías que la negaban.
La primera elevación, o elevación mayor, tiene lugar inmediatamente después de la consagración de cada una de ellas, al término de las cuales pronuncia las palabras: «Éste es el Misterio de la fe», respondiendo los fieles: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús».
La segunda o elevación menor se realiza antes de la comunión. En este caso, se deben alzar conjuntamente, mientras el sacerdote pronuncia las palabras: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor», a lo que responde el pueblo: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».
Curiosamente, esta segunda elevación es la que tiene mayor tradición en la liturgia cristiana, pues tiene su origen en los primeros siglos, siendo la única que se realiza en las iglesias orientales.
La palabra «elevación» se utiliza también para referirse al acto de reconocimiento de los restos de una persona, en el marco del proceso de beatificación, cuando son colocados en un lugar más digno, o para extraer reliquias.
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