Ejercicios espirituales
En una etapa trascendental de su vida, San Ignacio de Loyola se retiró durante un tiempo a vivir como anacoreta en una cueva de Manresa. Fruto de aquella experiencia ascética fue la redacción de Exercitia Spiritvalia, una obra en la que describía la forma en que cualquier persona pudiera llevar a cabo esta práctica que, desde entonces, ha estado presente en la espiritualidad difundida por la Compañía de Jesús e imitada por otros.
Los ejercicios, inicialmente concebidos para ser llevados a cabo durante un período de 30 días, han sido adaptados para otros más cortos, aunque cuando es inferior a una semana pierden gran parte de su estructura.
La norma común es que se realicen en una casa de retiro, impartidos por un director y manteniendo el silencio total entre los participantes para favorecer la introspección del alma y el diálogo con Dios.
Constan de una serie de meditaciones y otras prácticas, como la lectura o la meditación, buscando siempre lo que Dios pide a cada uno.
En su primera parte se reflexiona sobre los novísimos y el pecado, encontrando su punto de inflexión en la llamada «meditación de las dos banderas», finalizando con la contemplación de la Pasión de Cristo, como manifestación de lo que Él ha hecho por nosotros.
El fruto principal de los mismos es una reorientación de la vida de cada uno, la posibilidad de obtener el perdón a través de una confesión general y la concreción de un plan de vida futuro, por medio de unos compromisos concretos y realizables.
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