Eclesiastés
Es uno de los llamados libros sapienciales del Antiguo Testamento, entre los que ocupa el cuarto lugar, tras el libro de los Proverbios y antes del Cantar de los Cantares.
Al inicio, el autor se identifica como «Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén», pero los investigadores no han podido precisar de quién se trata, aunque durante algún tiempo se atribuyó al rey Salomón, algo imposible dado que, un poco más adelante, afirma que «fui rey de Jerusalén» y, además, el análisis lingüístico de texto lo sitúa en una época más tardía, posterior al exilio en Babilonia.
Eclesiastés es la traducción al griego de la voz Qohélet que, según San Jerónimo equivale a «orador», siendo significativo que el término «Kohéleth» o «Qohélet» como se transcribe en la versión española de la Biblia es femenino.
Es un libro breve, de 12 capítulos y un epílogo, con reflexiones que han arraigo en el sentir cotidiano, como «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» o advertencias tales como «Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir; nada hay nuevo bajo el sol».
La fugacidad de la vida, lo absurdo del placer y la sabiduría que impregnan su contenido, así como sus recomendaciones a los jóvenes de disfrutar antes de que «lleguen los días aciagos» y una muerte sin remedio que parece ser el final, ha dado lugar a una crítica que acusa al autor de cierto escepticismo pesimista y hasta de un materialismo epicúreo, aunque en realidad Dios está presente en sus enseñanzas, así como un sentido de trascendencia incluso al final cuando «el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio».
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