Denudación del altar
El día de Jueves Santo, tras la celebración vespertina de la Eucaristía y el traslado del Santísimo al monumento, se procede a retirar del altar los manteles y todos los elementos del mismo, en señal de dolor.
Generalmente se efectúa ahora de manera muy simple y, en la mayoría de los casos, por medio de un simple acólito, sin embargo este rito se realizaba antes de una forma más solemne, siguiendo las rúbricas que prescribían que el celebrante, tras retirarse a la sacristía, se quitaba la casulla y estola blanca que había usado en la celebración y revestido con alba y estola morada, retornaba al altar y, mientras recitaba el salmo 22 Deus, Deus meus y la antífona Diviserunt sibi, quitaba manteles, floreros y frontal, dejando únicamente la cruz con los candeleros apagados. Lo mismo se hacía con el resto de altares del templo.
También era costumbre lavar el altar con vino mezclado con agua, que se derramaba con un hisopo, como signo de purificación.
Aunque lo habitual es que todo lo retirado se deposite en la sacristía, hay lugares en los que se reúnen formando un hato, envuelto por el mantel y permanecen sobre el altar.
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