Cáliz
Se trata, sin duda, del más importante de los objetos litúrgicos, utilizado en la celebración eucarística para contener el vino que, en virtud del Misterio de la Transustanciación, se convertirá en el momento de la Consagración, en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Por la dignidad del fin al que está destinado se dispuso, desde épocas remotas, que fuera elaborado en metales nobles, oro o plata, aunque se permitieron otros de menor valor en casos de necesidad. Sin embargo, siempre ha estado expresamente prohibido la utilización de cálices de madera, vidrio o plomo.
El cáliz era consagrado por el obispo antes de ser utilizado y, cuando, por evidente deterioro, debía ser sometido a una restauración, era preceptivo volver a ser consagrado.
A partir de época gótica la elaboración se torna, progresivamente, más refinada y de ella se encargan orfebres de prestigio. Desde entonces, el modelo se ha mantenido constante, aunque la decoración se ha adaptado a los gustos de cada momento.
Básicamente está compuesto por tres elementos: La copa que es el recipiente que ha de contener la Sangre de Cristo y que, necesariamente, debe ser dorada; el astil con un nudo central que permita asirlo con seguridad; y el pie, de forma circular o poligonal sobre el que se asienta.
Desde un punto de vista más técnico podemos distinguir: copa, sobrecopa o rosa, astil, manzana, gollete, y pie o peana.
La sobrecopa es la parte sobre la que se asienta la copa y suele estar ricamente decorada. La manzana es el ensanchamiento del astil, también llamado nudo. El gollete es la parte que une el astil al pie o peana.
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