Vino
El vino aparece en la Biblia por primera vez en la historia de Noé (Gén 9,20-27). Palestina era famosa productora de vino (Dt 6,10; 8,8); las viñas se plantaban en lomas fértiles, bien descantadas; se cercaban cuidadosamente para protegerlas de alimañas y raposas; los sarmientos se sostenían en troncos clavados en la tierra e incluso trepaban por el tronco de las higueras; se construía una choza para los guardas, y allí mismo se hacía un lagar Os 5; Mt 21,33), donde se elaboraba el vino, que en tiempo de fermentación había que echar en odres nuevos, pues los viejos se romperían (Mt 9,17). Israel es comparado a una cepa o a una viña amorosamente plantada y cuidada por Dios (Is 5,1-4). En el N. T., Cristo recoge esta metáfora para ilustrar la naturaleza del Reino (Mt 20,1-16; 21,33-46) y para indicar que El es la cepa, con la que todos tenemos que estar unidos, igual que los sarmientos, para tener vida (Jn 15,1-8). El vino es necesario para la vida y, sobre todo, no debe olvidarse en los viajes (Eclo 39,31; Jue 19,11); solía, sin embargo, reservarse para las fiestas, pues el vino alegra el corazón del hombre (Jue 9,13; Sal 104,15; Eclo 31,28; 40,20); es incluso alegría de Dios (Jue 9,13); no se puede abusar de él (Eclo 31,25-31; Ef 5,18); se utiliza para curar heridas (Lc 10,34) y para aliviar el dolor (Mt 27,3; Mc 15,23). El vino es símbolo de la sabiduría, pero también hace perder la cabeza (Eclo 19,2; 31,25; Prov 23,29-35). Juan no bebía vino (Lc 1,15; 7,33), pero Jesucristo, sí (Mt 11,19; Lc 7,34); su primer milagro consiste en hacer unos 600 litros de vino exquisito (Jn 2,1-11); los tiempos mesiánicos son como un tiempo de bodas inaugurado con un vino nuevo (Mt 9,17; Mc 2,22; Lc 5,37-38). Jesucristo lo utiliza en la última cena para instituir el sacrificio eucarístico y como anuncio del banquete escatológico (Mt 26,29; Mc 14,25; Lc 22,18). -cáliz.
E. M. N.
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