Universalismo
En el pueblo de Israel se dio un proceso progresivo del particularismo al universalismo. La unicidad de Yahvé, como único Dios del mundo, y la promesa hecha a Abrahán de que en su posteridad se gloriarían todas las naciones de la tierra (Gén 22,18), son las dos bases fundamentales del universalismo en el A. T. A pesar de todo ello, y muchas veces empujado por las circunstancias históricas, se descubre y se vive un nacionalismo furioso (Is 56,1-7;63,6; Esd 10,10; Neh 13,23-25). Hubo profetas (Is 2,2-4; Miq 4,1-3) y salmistas (Sal 67,4; 87) que proclamaron un universalismo sin discriminación. En el N. T. observamos los mismos contrastes. Jesucristo no quiere ejercer su ministerio en tierra de paganos (Mt 10,5; 15,24; Mc 7,27). El Evangelio, sin embargo, es universalista: adoración de los magos (Mt 2,1-12), acto de fe del centurión pagano (Mc 15,39), el Cántico de Simeón —›Nunc dimittis (Lc 2,32); y aunque la salvación viene de los judíos (Jn 4,24), Jesucristo ha venido a quitar el pecado del mundo entero y a reunir a todos los hijos de Dios dispersos (Jn 1,29; 4,42; 11,52). Jesucristo encomienda a sus discípulos una misión universalista (Mt 28,19; Mc 16,15; Act 1,8). Pero este universalismo sólo lentamente se abre paso definitivo en la Iglesia primitiva; buena prueba de ello es el concilio de Jerusalén (Act 15,1-29).
E. M. N.
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