Trabajo
La primera ley que Dios impuso al hombre fue la del trabajo (Gén 2,15). Sólo después del pecado el trabajo adquiere el carácter de castigo (Gén 3,17-19). El código mosaico regula la ley del trabajo: hay que trabajar seis días y descansar uno (Ex 20,8-11). La ley del trabajo es sagrada y universal; de ella sólo pueden sentirse excluidos los ancianos y los inválidos. El primer trabajador es Dios, que se presenta, además, como un obrero en jornada continua (Jn 5,17). Jesucristo no cambió nada ni modificó en nada la ley del trabajo. El personalmente se sometió voluntariamente a ella y se ganó de comer con su propio esfuerzo; tenía el oficio de carpintero (gr. tekton: carpintero, artesano). En el A. T., Dios aparece como el redentor de los trabajadores (Ex 6,6), y en el N. T., Jesucristo aparece también como el redentor de los oprimidos, de los que trabajan con exceso (Mt 11,28). El apostolado es un trabajo, y de él, con pleno derecho, se puede vivir; pero es mejor hacerlo gratis (Mt 10,7-10) y ganarse el pan de cada día con el otro trabajo, como hacía San Pablo (Act 20,33-35; 1 Cor 4,12; 1 Tes 2,9; 2 Tes 3,7-12), que llegó incluso a decir, con plena autoridad y con la más absoluta razón, que "el que no trabaje, que no coma" (2 Tes 3,11). -providencia.
E. M. N.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.