Sangre
El A. T. considera que la sangre es la sede del alma, de la vida (Gén 9,5; Lev 7,11-14; Di 12,23); y como la vida pertenece a Dios, la sangre no puede comerse (Dt 12,16; Act 15,20; 21,19). La sangre de las víctimas se derramaba en el altar de los sacrificios expiatorios (Heb 9,22). La sangre injustamente derramada tenía que ser vengada (Gén 9,5-6; Ex 21,12; Lev 24,17; Núm 35,16-21), y Dios, ciertamente, vengará la sangre inocentemente vertida (Mt 27,25; Lc 11,5051). La frase "sangre y carne" designa al hombre en su frágil condición terrenal (Mt 16,17; 1 Cor 5,50; Gál 1,16). La Antigua Alianza fue sellada con sangre de víctimas (Ex 24,8; Heb 9,18-19) y la Nueva lo está también con la sangre de Cristo (Mt 26,28; Mc 14,24). La sangre y el agua, que brotan del costado abierto de Jesucristo (Jn 19,34.37), tienen un claro simbolismo: la sangre es propiciación por nosotros y nos purifica de todo pecado (1 Jn 1,7; Heb 9,22; Ap 7,14); Jesucristo vino por el agua y la sangre (1 Jn 5,6): el agua es el símbolo del bautismo y del Espíritu Santo (Jn 3,5-4,13) y la sangre de la Eucaristía (Jn 6,53-54).
E. M. N.
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