Promesa
Aunque en el A. T. no haya un término técnico para expresarlo, el designio salvífico de Dios, revelado a la humanidad, se ha llamado después «promesa», porque es la Palabra solemne de Dios, tan firme y fiel por sí misma, que equivale a una promesa absoluta, corroborada a veces mediante un juramento. Dirigida a todas las naciones, aplicada temporalmente a Israel por la Alianza, es el fundamento de la elección, de la fe y de la esperanza en el futuro. Está mantenida por la fidelidad y la justicia de Dios en el «resto de Israel», y se realiza en la Nueva Alianza por la fe en la redención de Jesús. La promesa incluía también la tierra de Palestina, a la que por eso se llama «Tierra Prometida», lugar de descanso y morada de Dios, preludio del nuevo cielo y de la nueva tierra que Dios creará para todos los fieles a su Promesa, todos los creyentes. Los evangelios sólo hablan expresamente una vez de la promesa (Lc 24, 49); el resto del N. T. lo hace con frecuencia confirmando que Dios ha cumplido su promesa, enviando a su Hijo al mundo como redentor de los hombres (Act 13, 23. 32; 26, 6; Rom 1, 2; 4, 13, 21; 9, 4-9; 15, 8; 2 Cor 1, 20; Gál 316-29; 4, 23. 28; Ef 3, 6; Heb 4, 1; 6, 12-17; 7, 6; 8, 6; 9, 15; 11, 9-39), y que Jesús ha cumplido también enviando a los hombres el Espíritu Santo (Act 1, 4; 2, 33; Gál 3, 5; Ef 1, 13). -esperanza.
E. M. N.
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