Maldición
Es una palabra de Dios, que produce la desgracia o la muerte sobre los hombres o las cosas a causa del pecado. En los demás pueblos de la antigüedad tenía un efecto mágico que se cumplía fatalmente. En Israel la eficacia de la maldición pronunciada por un hombre dependía deI Dios justo y, por tanto, se eliminaba el valor puramente mágico. Son eficaces e irrevocables las bendiciones y maldiciones de los patriarcas sobre su descendencia, por ser exponentes de los designios de Dios. Esta dependencia de Dios las hacía convertirse a menudo en deprecaciones («maldito seas», «maldígate Dios»). En la historia de la salvación, la maldición es secundaria, como una sustitución de la bendición, que era el primer plan de Dios. Son malditos los que rehúsan la bendición, es decir, los que quebrantan la Alianza, los infieles a los mandamientos, los pecadores. La Ley condena a los que la quebrantan (Di 11,26-29; 30,1.19; Rom 3,14; Gál 3,10; 2 Pe 2,14). Jesús prohíbe la maldición: hay que bendecir a los que nos maldicen (Lc 6,28), aunque él mismo maldice a la higuera infructuosa (Mc 11,21), a los que quebrantan la ley (Jn 7,49). San Pablo maldice a los que no aman al Señor (1 Cor 16,22). Jesucristo se hizo «maldito» (Gál 3,13); era maldito el que se oponía al designio de Dios, poniendo su salvación en la Ley. Jesús se sometió a esa situación de maldición para destruirla y proponernos el único camino de salvación: la gracia de su cruz recibida por la fe. Los que no la aceptan ni la hacen fecunda por la caridad oirán en el juicio último la maldición eterna (Mt 25,41).
E. M. N.
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