Jerusalén
Etimológicamente significa "fundación del dios Salem" o acaso "de paz". Jerusalén ocupa un lugar central en la historia bíblica. David la conquistó, arrebatándosela a los jebuseos (2 Sam 5, 6-9). Hizo de ella la capital del reino y fue su gobernador. Por eso se llamó la "ciudad de David". Fue la sede del Arca de la Alianza (2 Sam 6, 1-23) y luego del templo construido por Salomón (1 Re 7-8); fue, por tanto, el centro político y religioso de la nación. Ciudad santa, querida y elegida por Dios para morada suya, para que se le diera culto en ella (Dt 12, 5; 14, 23. 25; 15, 20; 16, 5. 7-11; 18, 6; 26, 2). Jerusalén, con todas sus vicisitudes de gracias y castigos, sintetiza la historia del pueblo entero. Por eso en la orientación escatológica se hace casi sinónimo del Reino de Dios, centro de la Nueva Alianza; que anudará en sí a todas las naciones (Is 2, 2-5; 12, 6; 23, 20; 40, 1-11; 60, 1-22). Así aparece en el N. T. como teatro de los acontecimientos de la Redención -allí predica y muere Jesús: Mt 21-28; Mc 11-16; Lc 19-24; Jn 12-21- y del nacimiento de la Iglesia (Act 2) y es punto de partida de la predicación apostólica (Lc 24, 44-53; Act 1, 8). Con esto ha cesado el sentido geográfico de Jerusalén para pasar al teológico. La nueva Jerusalén, como el nuevo Israel, es ya la Iglesia, edificada sobre los doce apóstoles, representantes de las doce tribus, sobre el cimiento, que es Jesús, nuestro David. A través de la historia prosigue su desarrollo interno y oculto, hasta que aparezca al fin del mundo en toda su gloria; precisamente con esta visión de la Jerusalén celeste termina la Biblia (Ap 21-22).
E. M. N.
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