Hospitalidad
En la antigüedad era una ley sagrada, que mandaba acoger y prestar asistencia al extranjero, al peregrino; había que ofrecerla siempre, y en ningún caso debía ser rechazada (Gn 18,2-8; 19,2-7; 24,17-41; Ex 2,20; Dt 10,19; Jer 2,1). Jesucristo ejerció la hospitalidad (Mc 6,41-42; 8,6-8; Lc 12,34; 22,27; Jn 13,1-5), la aceptó (Lc 7,36; 19,1-10; Jn 2,2; 12,1-11), la recomendó vivamente (Lc 14,13), la alabó en sus parábolas (Lc 10,34; 11,5; 14,12) y fustigó a quienes no la ofrecen (Mt 10,14; 22,7; Mt 7,44; 9,53). Al ejercerla con el peregrino, se ejerce con el mismo Jesucristo (Mt 10,40; 25,35.43; Lc 7,36; 9,53; 10,34; 11,5; 14,12).
E. M. N.
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